El último gesto de Josef K.
Una reflexión filosófica en torno a su muerte

Dr. Iñaki Martínez Ortigosa


 

   
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Resumen: Nos proponemos mostrar, a través de algunos textos, cómo la vergüenza que invade al protagonista en el último instante de vida gana pleno sentido en el terreno de “lo político” - más allá del análisis psicológico del sentimiento, más allá de sus conexiones con la vida de Kafka, sus raíces biográficas.
Palabras clave: Kafka, El proceso, existencialismo.

 

El Proceso acumula tras de sí gran cantidad de intérpretes ávidos de dar con una clave de lectura definitiva. De resultas, tenemos muy dispares ofertas: la que nos invita a leer la novela a través de una óptica existencialista [1], la que señala el elemento religioso [2], la que propone entenderla desde la psicología [3], la que obliga a entenderla desde el psicoanálisis, la que ve en el texto referencias biográficas [4], la que destaca la dimensión política, etc. El trabajo que proponemos a continuación trata de algunas reflexiones que, desde la filosofía, han contribuido a presentar El proceso como una obra fundamentalmente política. Probablemente no sea casual que autores sobradamente conocidos como Walter Benjamin, Primo Levi, Hannah Arendt o Giorgio Agamben coincidan en su interés por Kafka, por El Proceso y, más concretamente, por el final de la novela. Nos proponemos mostrar, a través de algunos textos, cómo la vergüenza que invade al protagonista en el último instante de vida gana pleno sentido en el terreno de “lo político” - más allá del análisis psicológico del sentimiento, más allá de sus conexiones con la vida de Kafka, sus raíces biográficas.

 

La historia de K

El proceso es la historia de Josef K., acusado y condenado por algo que no llegará a saber. Una mañana, este funcionario es arrestado en la pensión en la que se aloja sin que los encargados de hacerlo le informen del motivo. Se abre entonces un largo proceso judicial cuya lógica escapa a la comprensión del acusado. El tribunal que le juzga tampoco le comunica los motivos. K. se ve envuelto en algo sin saber por qué. A pesar de ese desconocimiento, le asedian dudas acerca de su culpabilidad. Sin haber dejado de declararse inocente en todo momento, y tras la infructuosa acción de su abogado, Josef K. es condenado a muerte y ejecutado. Recordemos las palabras que cierran la historia:

Al final, dejaron a K. en una posición que ni siquiera era la mejor de las que habían conseguido antes. Luego, uno de los caballeros se desabrochó la levita y sacó de una vaina que llevaba colgada de un cinturón unido al chaleco, un cuchillo de carnicero largo, estrecho y afilado por ambos lados, lo levantó y comprobó el filo a la luz. De nuevo comenzaron las repugnantes cortesías, uno le pasaba el cuchillo al otro por encima de K., éste se lo devolvía otra vez por encima de K. Ahora K. sabía exactamente que su deber hubiera sido coger él mismo el cuchillo cuando pasaba de mano en mano por encima de él y clavárselo a sí mismo. Pero no lo hizo, sino que giró su cuello, aún libre, y miró a su alrededor. No podía probar del todo su eficacia, no podía quitarle todo el trabajo a las autoridades, la responsabilidad de aquel último error la tenía aquel que le había negado el resto de las fuerzas necesarias para ello. Sus miradas recayeron en el último piso de la casa que lindaba con la cantera. Del mismo modo en que palpita una luz, así se abrieron de par en par los cristales de una ventana; una persona, débil y delgada por la distancia y la altura, se inclinó de golpe hacia delante y extendió los brazos aún más hacia delante. ¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Una buena persona? ¿Uno que tomaba parte en ello? ¿Uno que quería ayudar? ¿Era uno solo? ¿Eran todos? ¿Era aún una ayuda? ¿Había objeciones que habían olvidado? Seguro que había algunas. Sin duda la lógica es inconmovible, pero no se resiste a una persona que quiere vivir. ¿Dónde estaba el alto tribunal hasta el que no había llegado jamás? Levantó las manos y separó todos los dedos.

Pero las manos de uno de los caballeros se posaban sobre la garganta de K. mientras el otro le clavaba el cuchillo hasta lo más hondo del corazón y lo hacía girar en él dos veces. Con los ojos vidriosos, K. vio todavía cómo los caballeros, mejilla contra mejilla, observaban el desenlace ante su rostro. ‘¡Como un perro!’, dijo, era como si la vergüenza hubiera de sobrevivirle. [5]

 

Primo Levi se identifica con Josef K

Atendamos únicamente a esa escena final, en la que Josef K. muere acuchillado, tratando de sacar a la luz su contenido político. Algunos pensadores contemporáneos lo han señalado.

Pocos años antes de morir, Primo Levi [6] recibió el encargo de traducir al italiano El Proceso de Kafka. Aún tratándose de alguien hacia quien no se consideraba afín, Levi aceptó. En un artículo publicado en La Stampa [7], justifica su decisión: uno puede sentirse atraído incluso por aquellos que son muy distintos, precisamente porque lo son. Si así no fuera, escritores, lectores y traductores se clasificarían en “castas rígidas como las indias”, cada uno leería sólo a los escritores que le fueran consanguíneos, el mundo perdería en diversidad.

Vale la pena reproducir un fragmento del artículo, en el que Levi, haciendo referencia al final de la novela, asimila la vergüenza de Josef K. con la vergüenza de ser hombre que él había experimentado con motivo de Auschwitz:

El Proceso promovido contra el diligente y mezquino funcionario de banca Josef K. concluye de hecho con una condena a muerte, nunca pronunciada, nunca escrita, y la ejecución tiene lugar en el entorno más desolado e inhóspito, sin aparato y sin cólera, con meticulosidad burocrática, de la mano de dos justicieros fantoches que cumplen con su obligación maquinalmente, sin pronunciar palabra, intercambiando tontos cumplimientos. Es una página que corta el aliento. Yo, superviviente de Auschwitz, no la habría escrito jamás, o jamás así: por incapacidad y fantasía insuficiente, cierto, pero también por un pudor ante la muerte que Kafka no conocía, y si lo conocía, lo rechazaba; o quizás por falta de coraje.

La famosa y comentadísima frase que cierra el libro como una lápida («Fue como si la vergüenza hubiera de sobevivirle») no me parece para nada enigmática. ¿De qué puede avergonzarse Josef K., que había decidido combatir hasta la muerte, y que en todo momento se declara inocente? Se avergüenza de muchas cosas contradictorias, porque no es coherente, su esencia consiste en ser incoherente, no igual a sus semejantes en el curso del tiempo, inestable, errático, incluso dividido en el mismo instante, partido en dos o más individualidades que no coinciden. Se avergüenza de haberse enfrentado al tribunal de la catedral, y al mismo tiempo de no haber resistido suficiente al tribunal de la buhardilla. De existir cuando ya no debería de haber existido: de no haber encontrado la fuerza de liquidarse por cuenta propia cuando todo estaba perdido, antes de que sus verdugos lo visitaran. Pero siento en esta vergüenza otro componente que conozco: Josef K., al final de su angustioso itinerario, experimenta vergüenza porque existe este tribunal oculto y corrupto, que invade todo lo que le rodea, y al cual pertenecen también el capellán de la cárcel y las chicas precozmente viciosas que molestan al pintor Titorelli. Es al fin y al cabo un tribunal humano, no divino: está hecho de hombres y por hombres, y Josef, con el cuchillo ya clavado en el corazón, experimenta vergüenza de ser hombre. [8]

Se da el siguiente paralelismo entre ambas experiencias: la vergüenza de no haber resistido al tribunal que siente K. se corresponde con la de no haber resistido a la autoridad nazi en Levi; la vergüenza de haber participado en el proceso en el caso de K. equivale a la de haber participado en Auschwitz por parte de Levi; la vergüenza de no haberse suprimido por cuenta propia de K. es la vergüenza de existir cuando ya no debiera hacerlo en Levi; y finalmente, la vergüenza de que el tribunal esté hecho por hombres y de hombres en el caso de K. es asimilable a la vergüenza de que Auschwitz sea producto de hombres en Levi.

Todos estos elementos conforman un fenómeno complejo como la vergüenza, pero es el último el que nos sitúa en la dimensión política del sentimiento: la vergüenza por lo que «otros hombres» son capaces de hacer y por ser humano como ellos.

Cuando Primo Levi experimenta su vergüenza al salir de Auschwitz probablemente no conoce la vergüenza de Josef K. Mucho más tarde, al traducir su obra, «entiende» esa vergüenza (tan enigmática para algunos) porque él la ha sentido antes. La vergüenza de Josef K. y la vergüenza de Primo Levi tienen la misma base: la participación directa en unos hechos, no haber roto esa participación hasta el final -habiendo tenido oportunidad-, así como la condición humana compartida con los responsables. Ambas vergüenzas son, en este sentido, la misma experiencia.

 

La vergüenza de K. como resistencia

La vergüenza de Josef K en la escena final de El Proceso ha sido también objeto de análisis por parte de autores como Hannah Arendt. Sus comentarios conectan la ficción con nuestro presente. No en vano, la obra de Kafka ha sido y es interpretada con frecuencia como crítica de la modernidad. Arendt sitúa la cuestión del sentimiento en el terreno de la política al conectarlo con la noción de “resistencia”.

…no sólo perderá el proceso, sino que además lo perderá ignominiosamente, de modo que al final, en el momento de la ejecución, lo único que puede oponer a los verdugos es su sentimiento de vergüenza. [9]

Explica Arendt que durante toda la historia, lo que explica la sumisión de K. al poder oculto que lo procesa son la “necesidad” del orden del que forma parte y la “culpa” que se adueña de la víctima de esa necesidad:

El poder de la máquina que atrapa y destruye a K. reside en la apariencia de necesidad, una apariencia que se hace real gracias a la fascinación de los seres humanos por la necesidad. La máquina se pone en marcha porque los hombres consideran la necesidad como un principio supremo, y porque su automatismo, sólo interrumpido por la arbitrariedad humana, es tomado por símbolo de la necesidad. La máquina se mantiene en funcionamiento gracias a las mentiras que justifican la necesidad, de modo que, consecuentemente, un hombre que se niegue a someterse a ese «orden del mundo», a esa maquinaria, se convierte a ojos de todos en un criminal contra una especie de orden divino. Esa sumisión se alcanza cuando el hombre deja de preguntarse por la culpabilidad y la inocencia, y pasa a desempeñar resueltamente el papel ordenado por el poder arbitrario en el juego de la necesidad. En el caso de El proceso, la sumisión no se consigue por medios violentos, sino mediante el creciente sentimiento de culpa que la acusación vacía e injustificada produce en el acusado K. Este sentimiento, por supuesto, se fundamenta en la conciencia de que, al fin y al cabo, ningún ser humano está libre de culpa”. De la perpetuación de la mentira que hay detrás de todo se encarga la “maligna máquina burocrática”, en la que Joseph K. se ve “atrapado”, mientas una evolución interna desencadenada por la culpa lo va educando, transformando y conformando “hasta hacerlo capaz de encajar en el papel que le han impuesto y de desempeñarse mal que bien en el mundo de la necesidad, la injusticia y la mentira”. [10]

Esa evolución del protagonista y el funcionamiento de la máquina, añade Arendt, acaban convergiendo en la última escena, cuando K. “se deja conducir y matar sin oponer resistencia”. Es asesinado en nombre de la necesidad y ofuscado por el sentimiento de culpa. Sin embargo, sucede algo que, de alguna manera, rompe el orden necesario de las cosas: su reacción final, su vergüenza. En ella ve Arendt un gesto no sumiso, el primero de la novela:

fue como si la vergüenza hubiera desobrevivirle. La vergüenza que le produce el orden que rige el mundo, y la vergüenza de ser, él mismo, Josef K., un miembro obediente del sistema, a pesar de ser su víctima. [11]

Quizás la vergüenza de los miembros obedientes de un orden vergonzante sea el primer paso para subvertirlo. [12]

 

La vergüenza de K. como sentimiento políticamente valioso

Volvemos de nuevo a la figura de Josef K. y a su gesto de resistencia al avergonzarse en el instante último de su vida. Se avergüenza, como dice Primo Levi, de no haber resistido al tribunal, corrupto e injusto, pero también de ser hombre, ya que se trata de un tribunal humano hecho de hombres y por hombres. La vergüenza final no hace sino traer a colación la dignidad humana (“¡Como un perro!”, exclama refiriéndose a su muerte). En esa rebeldía, inesperada habida cuenta de la actitud sumisa que ha mostrado durante todo el proceso, se concentra una voluntad de resistir que viene acumulándose desde el principio de la historia y que ha necesitado de la ignominia final para salir a la luz. Se dirá que llega tarde y que por tanto es estéril como resistencia. No es cierto. La vergüenza es algo que va a sobrevivirle, que va a quedar en el mundo de los vivos, poseedora de una fuerza de cambio que lo inunda todo, que hace tambalear los más profundos cimientos del orden social del que K. es miembro y víctima. Hay una pequeña gran victoria en la vergüenza final, en la medida en que con ella el individuo reniega del orden que lo desprecia, contrariando la voluntad de éste de vencer física y mentalmente a sus miembros por la via de la culpabilización. La culpa, que acompaña al protagonista durante la historia, abre paso, al final, a la vergüenza. Con ella, el orden corrupto e injusto queda al desnudo, mientras el individuo evoca en el instante de la vergüenza aquello que la culpa había tapado: la dignidad del hombre.

El proceso, en este caso, nos interesa como ejemplo de arte “político”, el lugar donde lo artístico y lo político confluyen. La novela ha planteado desde su publicación serias dificultades a los intérpretes. Su ambigüedad, se ha dicho, ha motivado la existencia de interpretaciones muy dispares: religiosas, existencialistas, biográficas, psicológicas o psicoanalíticas, sociales y políticas. Un ejemplo de éstas últimas lo proporcionan Gilles Deleuze y Félix Guattari. Para éstos, como ha explicado Rafael Hernández Arias, El proceso es una obra fundamentalmente política y Kafka un revolucionario que utiliza una sintaxis peculiar como arma de combate [13]. Según Deleuze, la pertenencia a una minoría aislada lo lleva a pensar más allá de las leyes, de los Estados y de los regímenes. Su lenguaje “es expresión de una micropolítica que desvela procesos sociales y políticos para a continuación deconstruirlos”. La interpretación que hacen Deleuze y Guattari de El proceso gira en torno al concepto de “literatura menor”, que sería el tipo de literatura propio de Franz Kafka, al tratarse de un autor checo que escribe en alemán. Pues una literatura menor no es la literatura de una lengua menor, sino “aquella que una minoría hace en una lengua mayor”. En las literaturas menores todo es política, a diferencia de las grandes literaturas donde el asunto individual (familiar, conyugal...) aúna otros aspectos no menos individuales, apareciendo el medio social únicamente como trasfondo. En la literatura menor, cuyo espacio es más exiguo, el asunto individual se ramifica inmediatamente en la política, se torna necesario e indispensable, en la medida en que toda una historia se agita en él. En la literatura menor, todo toma un valor colectivo:

precisamente porque los talentos no abundan en una literatura menor, las condiciones no son datos de una enunciación individualizada, que sería la de este o aquel maestro, y podría separarse de la enunciación colectiva. De tal manera que este estado de la escasez de talentos es de hecho benéfico, y permite concebir otra cosa que una literatura de maestros: aquello que el escritor dice constituye ya una acción común, y lo que dice o lo que hace es necesariamente político, aunque los demás no estén de acuerdo. El campo político ha contaminado todo enunciado. Pero sobre todo porque la conciencia colectiva o nacional está a menudo desactivada en la vida exterior y siempre en vías de desagragación, es la literatura la que se encuentra cargada positivamente de este rol y de esta función de enunciación colectiva, e incluso revolucionaria: es la literatura la que produce una solidaridad activa, a pesar del escepticismo; y si el escritor está al margen o apartado de su comunidad frágil, esta situación le coloca tanto más en situación de experimentar otra comunidad potencial, de forjar los medios de otra conciencia y de otra sensibilidad. (...) La máquina literaria toma así el relevo de una máquina revolucionaria por venir, no por razones ideológicas, sino porque sólo ella está determinada a cumplir las condiciones de una enunciación colectiva que faltan por todos lados en ese medio: la literatura es el asunto del pueblo. (...) El enunciado no remite a un sujeto de enunciación del cual sería la causa, ni a un sujeto de enunciado que sería su efecto. No hay sujeto, sólo agenciamientos colectivos de enunciación; y la literatura expresa esos agenciamientos (...) La soledad de Kafka le abre a todo lo que atraviesa la historia hoy. La letra K no designa un narrador ni un personaje, sino un agenciamiento tanto más maquínico, un agente tanto más colectivo cuanto más ramificado se encuentra un individuo en su soledad (es por la referencia a un sujeto por lo que lo individual sería separable de lo colectivo...). [14]

 

La mirada de Josef K

Volvamos a la escena final de El proceso y tratemos de entenderla a la luz de lo dicho. Josef K. experimenta vergüenza como consecuencia de lo que está presenciando. Su ejecución le sitúa en el nivel de lo infrahumano (“como un perro”). Se trata de una situación extrema en la que toma conciencia de su condición vergonzante. Teniendo en cuenta que K. se ha mostrado en todo momento dispuesto a colaborar con el tribunal como “miembro obediente del sistema”, el gesto final llega cargado de un gran valor político. La contemplación de su ejecución le sitúa en otro plano, pues la vergüenza no es sólo reacción a su ejecución sino al conjunto de su odisea, a la totalidad de la que se siente parte. Esa mirada final, por tanto, merece ser analizada.

¿Qué modo de ver ha provocado la vergüenza?

Con los ojos vidriosos, K. vio todavía cómo los caballeros, mejilla contra mejilla, observaban el desenlace ante su rostro. [15]

La mirada de K. es una mirada consternada, que no da crédito, se diría que renovada, como si hubiera despertado. Es una mirada de repudio ante el espectáculo de su propia muerte; a continuación, mediante la vergüenza, K. se eleva de la condición de espectador pasivo a la de agente de una resistencia, miembro crítico del sistema que se niega a aceptar el devenir de los acontecimientos, que se rebela ante la necesidad, que lanza un “no” antes de abandonar el mundo. Se diría que en ese último instante de su vida, K. toma plena conciencia de su humanidad y de su dignidad humana ultrajadas.

La mirada de K. ante el espectáculo de su propia ejecución genera la vergüenza porque vuelve sobre su proceso pero esta vez presentándolo todo él como ignominioso [16]. En esa última relectura de sus experiencias, K. ve nítidamente cuán vergonzoso ha sido haber participado del proceso hasta el final, no haberse quitado la vida antes, no haber resistido al tribunal y, también, tomar conciencia de su naturaleza “humana” (al estar compuesto el tribunal por hombres y de hombres). Todos estos componentes de la vergüenza se encuentran de algún modo concentrados en su reacción final, en el verse “como un perro” que ha desencadenado todo. Todos forman parte en definitiva de la vergüenza de ser hombre, la reivindicación categórica de una dignidad humana en el contexto de un medio social perverso y deshumanizador.

Como han dado a entender Deleuze y Guattari, Josef K. no es nadie y somos todos; ahí radica justamente el carácter político de la novela (y de la obra de Kafka). Como en toda “literatura menor”, los asuntos individuales se ramifican inmediatamente en la política y todo toma un valor colectivo. La letra K “no designa un narrador ni un personaje sino un agente colectivo”. La vergüenza de ser hombre va más allá del ámbito personal. Desde el momento en que se encarna en la persona, se sitúa en un plano colectivo que hace de ella el sentimiento fundamentalmente político. Se trata, en sí misma, de una revolución. Y Josef K., al liberarla, está rompiendo todos los lazos que le unen a un sistema que rebaja al individuo a una condición inhumana.

 

Conclusión: esperanza en el gesto final de Josef K.

La vergüenza final de Josef K supone la ruptura con un determinado orden social, “hecho de hombres y por hombres”. Y de ese carácter rupturista extrae Hannah Arendt un mensaje de esperanza. La víctima no opone resistencia a la decisión del tribunal: acata la sentencia y obedeec las órdenes de sus verdugos, se comporta, en definitiva, “como un miembro obediente del sistema”, porque ha caído en un “estado de ofuscación » que le hace dudar de su inocencia y confundir el mal que lo rodea con la culpa común a todos los seres humanos. Pero no todo está perdido: la vergüenza final es una resistencia porque convierte en vergonzantes el «orden que rige el mundo» y la obediente participación de la víctima en él. En ese último gesto radica la esperanza:

Sólo hay una pincelada de esperanza, que aparece como un relámpago en el extremo final de la narración: «fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo». La vergüenza que le produce el orden que rige el mundo, y la vergüenza de ser, él mismo, Josef K., un miembro obediente del sistema, a pesar de ser su víctima.[17]

La esperanza radica en que esa resistencia que supone, en sí misma, la vergüenza de los miembros obedientes de un orden vergonzante sea el primer paso para subvertirlo. Esperanza de que en un futuro el hombre pueda liberarse de ese “mundo de la injusticia y la mentira” [18].

Pero Hannah Arendt no es la única que ha vinculado la obra de Kafka con la esperanza. Albert Camus trata “la esperanza y lo absurdo en la obra de F. Kafka” en el apéndice al Mito de Sísifo. Su comentario rebate a quienes han visto en su literatura la presencia de la desesperación e ignoran la esperanza que la acompaña:

La mayoría de quienes han hablado de Kafka definieron su obra, en efecto, como un grito desesperado en el que no se deja al hombre recurso alguno. Pero esto exige una revisión. Hay esperanzas y esperanzas (...) La obra que no era sino repetición sin alcance de una condición estéril, exaltación clarividente de lo perecedero, se convierte aquí en cuna de ilusiones. Explica, da una forma a la esperanza. El creador no puede ya separarse de ella. No es el juego trágico que debería ser. Da sentido a la vida del autor (...) Resulta singular que obras de inspiración emparentada como las de Kafka, Kierkegaard o Chestov, las de los novelistas y los filósofos existencialistas, vueltas por entero hacia lo absurdo y sus consecuencias, desenboquen en resumidas cuentas en este inmenso grito de esperanza. [19]

 

Notas:

[1] Wilhem Emrich entiende que la novela trata fundamentalmente del sentido de la existencia.

[2] Max Brod ve El Proceso como una alegoría religiosa que tiene en Josef K a Job; G. Scholem ve en la novela una crítica de la idea tradicional de religión.

[3] Cf. El otro proceso de Kafka, Elias Canetti. Muchnik Editores

[4] Cf. Georges Bataille «La pervivencia de la situación infantil», en La literatura y el mal, Taurus, Madrid, 1959, pp. 112-113.

[5] Kafka, F. El proceso, Cátedra, Madrid, 2001, pp. 275-276.

[6] Escritor italiano nacido en Turín en 1919. De origen judío, ingresó en grupos de resistencia antifascista durante la dictadura de Mussolini, fue detenido y deportado a Auschwitz. Tras la liberación del campo, regresó a Turín. Ejerció de químico más de veinte años, para luego dedicarse por entero a la literatura. Murió en 1987.

[7] Cf. “Tradurre Kafka”, en Levi, P. Opere, Einaudi, Turín, 1990 [la traducción es mía].

[8] Op. Cit. p. 922. [la traducción es mía].

[9] « Franz Kafka, revalorado », en Kafka, F. Obras completas, Círculo de lectores, Barcelona, 1999, pp. 176.

[10] «Franz Kafka, revalorado », en Kafka, F. Obras completas, Círculo de lectores, Barcelona, 1999, pp. 176-177.

[11] « Franz Kafka, revalorado », en Kafka, F. Obras completas, Círculo de lectores, Barcelona, 1999, pp. 176-177

[12] Michel Löwy ha analizado la relación de la obra de Kafka con el pensamiento socialista libertario y entiende, coincidiendo con Arendt, que el final de la novela puede interpretarse como una llamada a la resistencia: “Qui qu’il en soit, la conclusion du roman est à la fois `pessimiste´ et résolument incomformiste. Elle exprime la sensibilité de paria-rebelle chez Kafka, qui manifeste dans ces pages en même temps de la compassion pour la victime et une critique de sa soumission volontaire. On peut le lire comme un appel à la résistance”. Cf. Löwy, M. Franz Kafka. Rêveur insoumis. Éditions Stock, París, 2004, pp. 99-100.

[13] Cf. Prólogo a El proceso, Valdemar, Madrid, 2004.

[14] Cf. Kafka. Pour une littérature mineure, Ed. Minuit, París, 1975, pp. 32-33 [la traducción es mía].

[15] El Proceso, Ed. Valdemar, Madrid, 2004, p. 276.

[16] En opinión de Giorgio Agamben, “Kafka intenta enseñar a los hombres el uso del único bien que les queda: no a librarse de la vergüenza, sino a liberar a la vergüenza. Es cuanto Josef K. se plantea conseguir a lo largo de todo el tiempo que dura su proceso, y es para salvar su propia vergüenza, no su inocencia, por lo que al final se doblega tercamente al cuchillo del verdugo: « Le pareció -se dice en el instante de su muerte- que su vergüenza le iba a sobrevivir »” (Idea de la prosa, Península, p. 65).

[17] « Franz Kafka, revalorado », en Kafka, F. Obras completas, Círculo de lectores, pp. 176-177.

[18] El propio Kafka manifestó en sus Diarios: «hay infinita esperanza, pero no para nosotros ».

[19] Camus, A. El mito de Sísifo, Alianza Editorial, Madrid, 2004, pp. 174-175.

 

© Iñaki Martínez Ortigosa 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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