Neoliberalismo y producción cultural (segunda parte).
Neoliberalismo y literatura en Argentina:
entre una retórica mercenaria y la autonomía de un arte crítico

Maria Cristina Pons

University of California, Los Angeles (UCLA)
mcpons@ucla.edu


 

   
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Resumen: El siglo XXI es un inequívoco testigo del rotundo fracaso del modelo neoliberal, y la crisis económica que cristaliza en Estados Unidos en el 2008 da cuenta de ello. Este modelo es de una perversa incoherencia, cuyas nocivas y complejas repercusiones alcanzan no sólo al ámbito de lo económico, sino también de lo político y lo social. Ya lo había experimentado Argentina cuando en el 2001 sufre la más brutal crisis de su historia. Esta situación, sin embargo, se fue incubando a la sombra de las políticas neoliberales que alcanzaron su apogeo durante la década de los 90, bajo la presidencia de Carlos Menem. En sus diferentes manifestaciones, la cultura argentina producida en esos años registró, de una manera u otra, las nefastas consecuencias de esa época. Este trabajo se propone considerar la vinculación entre el neoliberalismo y la producción literaria argentina, particularmente la que corresponde a los años previos a la crisis.
Palabras clave: Neoliberalismo, literatura, argentina

 

La crisis económica que se hace manifiesta en Estados Unidos en el 2008, amenazando incluso en convertirse en una recesión global, pone de relieve las perniciosas consecuencias de políticas neoliberales que promovieron el desplazamiento del Estado como ente regulador, convirtiendo al Mercado en el único rector de la economía mundial. “Es la primera vez desde la crisis del 1929 que vemos algo así”, se oye una y otra vez repetir, con desconcierto y enorme preocupación, tanto a líderes políticos en Washington como al sinnúmero de expertos financieros que desfilan en los medios estadounidenses. Para la Argentina, sin embargo, esa situación no le es del todo ajena. En 2001, Argentina experimentó la peor crisis económica de su historia, igualmente producto de una ideología neoliberal, cuyas políticas terminaron con la devastación del país. Un desempleo masivo y un 56% de la población viviendo bajo en nivel de pobreza, millares de cartoneros que sigilosamente rastrillan cada noche la ciudad, el congelamiento de los activos bancarios, el masivo cierre de fábricas, la aniquilación de toda capacidad de producción y la eliminación del país del mapa crediticio internacional, fueron algunos de los aspectos del panorama desolador que dejó aquella debacle financiera. Esta situación se fue incubando a la sombra de una política económica neoliberal, e ideológicamente neoconservadora, que alcanzó su apogeo durante la década de los 90, bajo la presidencia de Carlos Menem.

En sus diferentes manifestaciones, la cultura argentina producida en esos años registró, de una manera u otra, las nefastas consecuencias de esa época. De hecho, la literatura argentina producida a fines de los 80 y durante los 90 pone en evidencia las relaciones que se establecen entre el modo de producción dominante de una sociedad y los modos de producción de un texto. Este trabajo se propone considerar la vinculación entre el neoliberalismo y la producción literaria argentina, particularmente la que corresponde a los años previos a la crisis.

I. Neoliberalismo. Consideraciones generales.

Para los propósitos de este trabajo, me parece pertinente subrayar algunos de los rasgos principales que caracterizaron el neoliberalismo, especialmente sus implicancias para Argentina y América Latina en general. En principio habría que recordar que el neoliberalismo es una política de ajuste en los países industrializados, especialmente como consecuencia del fin de la guerra fría, y que coincide con el naufragio del socialismo. Por lo tanto, el neoliberalismo aparece como una ideología triunfante y hegemónica que va a dictar los patrones rectores de la política económica de la mayoría de los gobiernos de mundo (Samour 1994:1071). Una serie de políticas de ajustes, exigidas por los organismos internacionales, son entonces implementadas en los países en vías de industrialización para que pudieran resolver sus problemas de deuda externa y, en el caso de América Latina, poder salir de la crisis económica que marcó la década de los 80 en la región. Ello implicaba, a su vez, un intento de redefinir el papel de los estados nacionales y la inserción de las economías periféricas en el mercado mundial. Por lo tanto, el neoliberalismo es un modelo que entraña la articulación del actuar local y global. Y en tal articulación, el neoliberalismo también aparece como una ideología hegemónica que va a dictar las reglas de juego, y no sólo en el campo de la economía global, sino también a nivel de las realidades nacionales en el ámbito de lo político y lo social.

En este nuevo vigor del capitalismo internacional y las instituciones que lo sostienen (el FMI y el Banco Mundial), el papel del Estado se ve totalmente reducido al perder casi por completo el control de la economía y al abandonar su compromiso como Estado benefactor. Según este modelo, el estado, el intervencionismo del estado y las empresas estatales son parte del problema y no de las soluciones, y lo social es considerado más como un gasto que como una inversión. Por lo tanto, se propone que el estado debe participar menos en la provisión de servicios sociales (incluyendo la educación, la salud, pensiones y jubilaciones, transporte público y viviendas accesibles), y la noción de “privado” (y privatización) es glorificada como parte del mercado libre (Burbules y Torres 2000: 292). Se trata, por lo tanto, de un simulacro del liberalismo cuyos principios quedan casi reducidos “a la afirmación genérica de libertad y de primacía del mercado sobre el Estado, de lo individual sobre lo colectivo", a la vez que introduce propuestas “mucho más próximas a las del conservadurismo político y a las de una suerte de darwinismo social" (Draibe 1994: 182-183).

No cabe duda que este modelo económicamente liberal y culturalmente conservador, es de una perversa incoherencia, cuyas repercusiones complejas, contradictorias y aun deletéreas, se harán sentir, consecuentemente, tanto en el ámbito económico como político y social. Más aún, se trata de un modelo que presenta un doble nivel de contradicciones, por un lado, a nivel de la alianzas que establece, y por otro, a nivel de los efectos que produce. Por ejemplo, la ausencia de un intervencionismo estatal no es total, sino diferencial; el estado no abandona los mecanismos de disciplina y coerción, tampoco las estrategias populistas de distribución de la riqueza (o más bien las promesas de tal distribución) con el fin de conseguir un consenso electoral (Burbules y Torres 2000: 291-92). En el caso de Argentina de la época menemista, mientras la política social se descentralizaba, Menem centralizaba la seguridad policial y mecanismos de disciplina. El de Menen no fue un gobierno liberal ni representativo ni popular. Era una democracia vacía, y en cuyas políticas estaba implicada, además, una voluntad de desmantelar los sindicatos y los movimientos organizados de la sociedad. Las políticas económicas neoliberales, de hecho, se convirtieron en un serio obstáculo en los procesos de consolidación democrática en América Latina (Borón 1995: manuscrito). [1]

Otro aspecto importante de notar es que si bien la precarización, la violencia, la inseguridad personal y la desigualdad social creciente forman parte de los resultados de las políticas económicas que dominaron la década de los 90, también son consecuencia de las políticas adoptadas para enfrentarlas. En Argentina, la población en condiciones de pobreza creció al doble del ritmo que la población total de América Latina (44% y 22%, respectivamente), poniendo de relieve un proceso de “producción de pobreza que no obedece a causas demográficas sino estructurales y de política económica" (Vilas 1997: 946). Se trata, además, no sólo de un proceso de producción de pobreza sino de urbanización de la pobreza; alrededor del 80% de los 60 millones de "nuevos pobres" generados en la década de 1980 viven en ciudades (Vilas 1997: 946). Después de la crisis, en diciembre del 2002, los indicadores marcaban un 54.3% de pobreza a nivel nacional, y un 24.7% de indigencia en la Capital Federal y el gran Buenos Aires, y con una desocupación que en mayo de ese mismo año había llegado a un récord histórico de 21.5% (según los datos del INDEC publicados en Clarin, 28 de diciembre de 2002). En el interior del país la situación es aún más desalentadora; la muerte infantil por desnutrición fue alarmante noticia, y sigue siéndolo. A la legión de chicos desnutridos se suman el colapso del sistema de salud y la nueva generación de analfabetos e indigentes. [2]

A continuación propongo analizar la producción literaria argentina, especialmente la de los años 90, que acusa o registra esa condición neoliberal en torno a cuatro grandes rasgos culturales que marcan la época y el tema: 1) el predominio del mercado sobre el estado; 2) la relación mercado/producción literaria; 3) el individualismo posesivo, junto a la fragmentación y atomización de las identidades colectivas, y 4) la alienación y el desencanto ante las condiciones de vida. Concentro mi análisis en dos aspectos de esa producción literaria; por un lado, el impulso dado por la industria editorial a ciertos géneros literarios, y el fenómeno del best-sellerismo que ello entraña. Por otro lado, considero la producción de una literatura crítica que se distancia de los postulados y modos de producción de la ideología dominante, pero que inequívocamente apunta al impacto negativo de las políticas neoliberales.

 

II. Producción literaria y mercado.

Hacia fines de los años 90 se advierten claros procesos de mercantilización de géneros literarios específicos que, llevados de la mano invisible del mercado, dejan que ciertos valores vinculados a la obra literaria (como por ejemplo, el valor estético o el espíritu crítico) pasen a un segundo plano. En este sentido sería ilustrativo considerar, por ejemplo, el caso de la novela histórica.

La producción de novelas históricas, tanto en Argentina como en el resto de América Latina, comienza a hacerse notoria hacia fines de la década de 1970 y continúa con creciente intensidad durante las décadas siguientes llegando a imponerse como uno de los géneros dominantes dentro de la producción literaria de las últimas décadas del siglo XX. Incluso, no sería erróneo afirmar que esta renovadora producción de novelas históricas sólo es comparable con la que tuvo lugar en el siglo XIX. [3]

Es decir, se puede hablar de un retorno de la novela histórica que se incuba al calor de la desazón frente al fracaso de la gesta revolucionaria y libertadora de los años cincuenta y sesenta, y comienza a cobrar fuerza durante la crisis política de los años 70 y la crisis económica de los 80. Las condiciones históricas que marcaron esos años cambiaron rotundamente la construcción del pensamiento y las condiciones de producción material y simbólica, y el discurso histórico aparece, como señaló Tomás Eloy Martínez, como un recurso subversivo (en Rama 1984:86). Sin duda, una de las obras que más claramente marca la inflexión que experimenta la narrativa argentina en esos años es Respiración artificial (1980) de Ricardo Piglia, publicada en plena dictadura, y la cual no sólo hace del discurso histórico un discurso subversivo de resistencia, sino que la mirada al pasado también implica un gesto que busca entender el presente. [4] Y, de alguna manera, en esta novela comienza a perfilarse lo que va a implicar posteriormente el retorno la novela histórica: un discurso de resistencia y de búsqueda.

Ciertamente que el conjunto de novelas históricas producidas en esos años (en las décadas de los 80 y 90), constituye un corpus heterogéneo tanto por la variedad de enfoques desde donde se aborda la historia, como por los diferentes procedimientos o estrategias narrativas que cada novela pueda privilegiar. Aún así, el regreso al pasado se manifiesta, por un lado, como un gesto que intenta rescatar o cuestionar temas, valores y toda una red de significantes sobre los que se articulan la identidad y el sentido. Y, por otro lado, se trata de novelas que recuperan momentos y/o figuras claves del pasado colonial y del siglo XIX para cuestionar la verdad, los héroes y los valores abanderados por la historia oficial y grupos hegemónicos de poder; especialmente aquellos que afectaron nuestro presente, y no necesariamente de manera positiva (al menos para América Latina). En general, son novelas en las que se sugiere que el presente histórico desde el que se recuerda el pasado está lejos de representar un momento histórico superado por el progreso, sino más bien implica el resultado de proyectos inconclusos, de promesas incumplidas y de un proceso de modernización que derivó en una historia de dictaduras, exterminio, dependencia y dominación, y en una gran incertidumbre sobre el presente y el futuro. Por lo tanto, se plantean la búsqueda de una identidad cuestionada o la necesidad de reconocerse en un proceso cuya racionalidad no es clara.

A modo de ejemplo se pueden mencionar novelas como Cuerpo a cuerpo (1979), de David Viñas, que intenta revisar, con una mirada crítica grandes mitos fundacionales, en la línea de sus novelas anteriores. Sin embargo, en esta novela, la recuperación del pasado y su relación con el presente, más que narrarse o describirse, son aludidos en una exposición fragmentada, por momentos extremadamente fabuladora, mítica, grotesca, desaforada. Estos aspectos claramente muestran que la intención del texto no es reconstruir de manera puntual el pasado. Se trata más bien de una travesía que llega al presente en virtud de la escritura, enfatizando una determinada línea de acción y la persistente presencia de determinados grupos de poder que marcaron el devenir de la historia argentina. Ya lo ha señalado Halperín Donghi, lo que Viñas explora es, en primer lugar, "la afirmación del estado nacional en el territorio como empresa militar y de conquista " y, luego, "la individualización de un Otro que requiere ser marginalizado y, en el límite, exterminado, como correlato ideológico igualmente necesario a esa empresa"; todo lo cual, al triunfar, constituye un anuncio del "horror del presente" (Halperín Donghi 1987: 86).

Como se lee en El entenado de Juan José Saer, "el momento presente no tiene más fundamento que su parentesco con el pasado" (1983: 174), lo cual parece condensar la posición de una cadena de novelas que giran en torno a una idea parecida, muy vinculada con la racionalidad misma de la novela histórica. El machismo y la prepotencia militar son señalados como aspectos indisolubles en la construcción de un orden social autoritario, y son tópicos recurrentes en novelas como Juanamanuela, mucha mujer (1980) o Belisario en son de guerra (1984) de Martha Mercader; Ríos de las congojas (1981) de Libertad Demitrópulos; Un sueño donde sueña Camila O’Gorman (1981) de Enrique Molina, o Como vivido cien veces (1995) de Cristina Bajo.

Las referencia a un presente de dominación, exterminio, pobreza y desolación es también puesto de relieve en novelas como Fuegia (1991) de Eduardo Belgrano Rawson; la Pasión de los nómades (1994) de María Rosa Lojo; Jaque a Paysandú (1984) de María Esther de Miguel, o Un piano en Bahía Desolación (1994) y Flor de hierro (1978), ambas de Libertad Demitrópulos. En La pasión de los nómades (1994), por ejemplo, se narra un viaje extraño por el territorio mítico del pasado argentino en el que Lucio V. Mansilla regresa, en los años 90 del siglo XX, sobre sus propios pasos a aquella su famosa "excursión a los indios ranqueles". Desde la encrucijada del pasado y del presente, Lucio V. Mansilla observa:

Mal andamos todavía, con gobiernos democráticos que amenazan desmoronarse cotidianamente, militares capaces de sublevarse cuando tienen un ataque de gota en el pie de la dignidad, una multitud de indigentes y un selecto número de afortunados en la especulación financiera y/o el desfalco del Estado. Únicos medios, al parecer (igualmente apreciados y practicados -debo reconocerlo- en nuestro anterior fin de siglo), de hacerse rico sin dolor y sin pérdida de tiempo en este país que siempre dio para todo. (Lojo 1997: 63)

En otros términos, ciertamente existe una gran variedad de intereses o propósitos que persigue cada novela en particular, así como diferentes procedimientos narrativos que cada una privilegia en la representación del pasado histórico; pero cualquiera sea el caso, la mayoría de estas novelas revelan que las condiciones del presente histórico requieren una mirada crítica hacia el pasado en búsqueda de respuestas que den cuenta de la realidad actual. Incluso, la gran mayoría de estas novelas históricas asumen abiertamente su carácter político en cuanto que evidencian que recurrir a la historia, desde una igualmente asumida posición crítica, es parte de esa lucha contra el olvido, contra ese del que habla Kundera, el cual borra y silencia lo que pueda amenazar la legitimidad de orden social y político (1981: 159).

Paralelamente a estas novelas históricas se produjeron obras literarias que no pertenecen al género pero que, en su mirada al pasado, especialmente a un pasado inmediato, privilegian el concepto de la memoria; de una memoria colectiva que se opone al olvido de la “memoria” institucional, como se sugiere en Realidad nacional desde la cama (1990), de Luisa Valenzuela. De hecho, en su trabajo sobre la producción literaria de los años 90, Carolina Rocha sugiere que a partir de 1989 surge una narrativa reflexiva que se enmarca en una “cultura de la memoria”, la cual no sólo responde a la situación local sino que también reacciona al discurso (del olvido y lo efímero) de la globalización (ver Rocha 2007). [5]

En los últimos años de la década del 90, sin embargo, también empiezan a aparecer en el mercado novelas históricas que van a estar lejos de la diversidad y complejidad (e incluso de la profundidad) que presentaban sus antecesoras. Por lo general, se trata de novelas que relatan los romances de personajes históricos marginales, algunas con tonalidades melodramáticas o de un heroísmo trágico, o las aventuras amorosas de las grandes figuras históricas, ninguna necesariamente controversial. Es paradigmático, en este sentido, el patrón que establecen, por ejemplo, los best-sellers de María Esther de Miguel, con novelas como El general, el pintor y la dama, premio Planeta 1996, que trata de los amores del pintor Blanes y de su hijo por la misma dama; o Las secretas batallas de Belgrano (1995), premio de los Libreros 1996, y que, según dice la autora fue escrita porque le interesaban "los amores, los temores, las vivencias internas" de esta figura histórica (El Cronista, 22 de noviembre de 1996: 12).Es decir, a diferencia de las novelas históricas anteriores, no necesariamente se trata de narrativas contra-hegemónicas, o de gesto político. Se trata más bien de novelas que conforman un cuerpo relativamente homogéneo, de fácil lectura en cuanto a la sofisticación de sus técnicas de representación, de su temática, así como de la manera en que se aborda la historia. En ellas, el pasado no es percibido como un proceso ininterrumpido de cambio que afecta la vida del individuo de manera que la existencia de éste aparezca como históricamente condicionada. Más bien todo el esfuerzo literario está puesto en lo temático y lo anecdótico, particularmente en leer el pasado (y no necesariamente de manera crítica) a través de las pasiones y amoríos de sus protagonistas, algunas recalcando más que otras las leyendas, y sobre todo la intimidad de los actores o los chismes de la historia. Es como si recordaran el pasado sin realmente recordarlo, quizá alimentando una política de olvido que favorece el intento neoliberal de hacernos creer en un presente sin problemas y un futuro prometedor.

Pero, además, siendo la novela histórica uno de los géneros más vendidos hacia fines de los 90 en Argentina, podemos pensarla como un fenómeno editorial que posiblemente responde al auge que este género ha tenido en años anteriores. Quizá sea ilustrativo el caso de la editorial Sudamericana, por ejemplo, que lanza la serie titulada "Narrativas históricas". Para esta editorial, las novelas históricas constituían en ese entonces su más alto porcentaje de ventas (al igual que para la editorial Planeta). Las políticas editoriales implicadas en esa serie por momentos nos hacen pensar en una literatura mercenaria, si se nos permite el término, ya que en la mayoría de los casos se responde a una iniciativa programática de la editorial que intenta sacar provecho comercial de la coyuntura. Por ejemplo, un número considerable de las novelas incluidas en esta serie, publicadas entre fines de 1998 y 1999, ya son anunciadas como de próxima aparición en un catálogo distribuido por la editorial aproximadamente dos años antes de su publicación. Ciertamente las relaciones entre el mercado y la producción literaria siempre han sido complejas, como también parece ser cierto que se trata, en muchos de los casos, de una literatura por encargo y un negocio editorial. [6] De hecho, la política editorial que existía detrás de esta serie consistía en contactar a algún individuo, que haya o no previamente incursionado en la escritura literaria, para que presente un proyecto de novela histórica y, de ser éste aprobado según los criterios de posibilidades de venta de la editorial (que se guía por el gusto del público masivo), se hace el consiguiente contrato. Al escritor se le paga, por adelantado, cierto porcentaje sobre los eventuales (futuros) derechos de autor (y calculados sobre una venta segura de 5.000 ejemplares, según me informó quien en ese momento estaba a cargo de la edición de esta colección). Luego, por supuesto, viene la promoción de la novela, algunas de las cuales llegan a ser best-sellers, como el caso de Felicitas Guerrero. La mujer más hermosa de la República de Ana María Cabrera, que en menos de dos meses había vendido más de 12.000 ejemplares (aún cuando su calidad literaria es cuestionable). Ciertamente, este ejemplo suena como a demasiada manipulación del 'gusto literario' (parafraseando a Bourdieu), así como se puede argumentar que las novelas por encargo no son algo nuevo en el mundo literario, y que el hecho de que lo sean tampoco impiden la calidad literaria de lo escrito. O también se puede argumentar que hay varios tipos de best-sellers, algunos de los cuales han llegado a ser clásicos de la literatura (como El quijote, El nombre de la rosa, Martín Fierro o Cien años de soledad). Pero también es cierto que muchas de las novelas históricas que lograron publicarse y alcanzaron un alto índice de ventas, quizá no lo hubiesen logrado si no hubiesen sido favorecidas por la moda, y las políticas de mercadotecnia que la alimentó. Es decir, esa proliferación y fomento de novelas históricas nos recuerda una observación de Joel Samoff, quien afirma que “cuando el mercado es la orientación prevaleciente, toda innovación está limitada a lo que los inversores están dispuestos a financiar” (Samoff 1994: 145, la traducción es mía). A diferencia, entonces, de lo que antes podría haberse leído como un producto autónomo de creatividad, de producción de múltiples significaciones o un discurso contra-hegemónico, ahora la novela histórica contemporánea aparece como parte de un fenómeno de mercado, cuyas condiciones y características ciertamente responden a una preocupación o interés comercial de las casas editoriales; o en el mejor de los casos, se ha convertido en una mera retórica, o en una especie de forma residual de la sociedad de consumo (como observa Saer hablando de las tradiciones) (Piglia-Saer 1995:20). Y como cualquier otro objeto material de consumo, se agota en acto mismo del consumo; son productos perecederos. Aunque sería pertinente observar que la literatura “difícil” no por sólo el hecho de serlo es necesariamente profunda y estéticamente válida.

 

III. Neoliberalismo y literatura crítica

Frente a este fenómeno en la relación entre la literatura y el mercado, hay también novelas que no sólo tematizan tal vinculación de manera críticamente explícita, sino que buscan postular una cierta autonomía. Se podría mencionar, por ejemplo, la novela de Marcelo Cohen, El testamento de O'Jaral (1995). En esta novela, el protagonista, O'Jaral, es un secreto traductor de best-sellers para un editor pirata. En su tarea de traducción O’Jaral emplea una "solemnidad estúpida" con el propósito "plasmar una verdadera porquería, algo a la altura del original", y "según la idea de corrección que. . . le dan los dictadores del lenguaje: los libros estilo de las cadenas de prensa y las editoriales" (Cohen 1995: 65-66). Aunque O'Jaral termina siendo un "empleado de las contingencias" y triturado por las instituciones, todavía "soñaba con un salto imaginativo de síntesis, de superación, . . . que llevara a la gente a liberarse de Ellos [los de Arriba de Todo] antes de convertirse definitivamente en una réplica purulenta de Ellos" (78). En más de una ocasión la novela es muy explícita respecto de la homogeneización, serialización y alienación que puede resultar de las políticas editoriales de mercado para la producción y consumo masivo. A semejanza de los deseos liberadores de O´Jaral, en la novela se menciona a un grupo de individuos que proponen la idea de formar una red o asociación que proteja la variedad significativa de historias porque, según ellos, "los consorcios culturales. . . quieren que pase una sola cosa: lo mismo. . . Y así dominan al pueblo: empaquetándolo en la repetición. . . . En cambio nosotros estamos por el estallido, por lo diverso" (120). Para el grupo ésa es la única oportunidad de encontrarse, en medio de ese mundo desdibujado, en calidad de seres humanos.

También podría mencionarse una novela como La máquina de escribir (1996), de Juan Martini, en la cual se destaca la figura del escritor, entre los tantos personajes de la novela; un escritor que, a pesar de sus intenciones, termina sin embargo publicando su novela en forma de folletín en el diario oficial, e incluso hay quienes lo confunden con un periodista. Aquí obviamente se alude a la relación que se da hacia fines de los años 90 entre el escritor o el intelectual, el mercado y la circulación de información. La referencia apunta a que el espacio y la presencia del escritor en la producción de significados e interpretación de la realidad se vieron desplazados por el periodista y por el periodismo; o también se podría estar insinuando que simplemente su discurso se ha vulgarizado, acotado por un cierto tipo de información circulante. “¿Por qué la ficción vende tan poco en relación con la historia y el periodismo?”, se pregunta el escritor Carlos Gamarro, y agrega:

[antes de los 80] te daba la sensación de que leer literatura era algo vital, de lo cual dependían la vida propia y la del país. Los libros, además, eran capaces de escandalizar, de considerarse peligrosos al punto de ser prohibidos. Nadie añora la censura, pero ¿por qué no discutir las razones por las cuales la literatura parece haber perdido ese principio de peligrosidad del arte que el cine sí conserva? La ficción literaria polémica por su contenido ha desaparecido y creo que eso es una pérdida. (en Garzón 2005: 4)

En definitiva, ante esta relación entre la literatura y el fenómeno del mercado editorial, quizás habría que recordar aquella observación de Saer cuando señala que "sin hablar de la homogeneización cultural, o como quiera llamarse a eso de la multiplicación de la información, etcétera, no hay que olvidar que la literatura es, antes que nada, un arte. Y que frente a la literatura experimentamos emociones estéticas" (Piglia-Saer 1995: 21). Algo similar dice Francine Masiello respecto de cierta producción literaria de esos años, la cual "bajo la tutela del neoliberalismo, con sus estimados intentos de suprimir la ambigüedad y fijar las categorías del significado en un limitado sentido de fáciles opciones, la estética consigue construir un espacio para el significado elusivo e incierto, crear un terreno para la experimentación que el mercado compra-venta no puede acomodar" (1996: 764). Y en este sentido es ilustrativa la mencionada novela de Martini, La máquina de escribir, en la que historias fluyen pobladas de cientos de personajes. Pero, según se nos indica, es además una novela en la que se puede hacer con el mismo elenco y con los mismos temas “lo que usted quiera" (25), y que por momentos "es apenas algo más que una conjetura, una hipótesis, una formulación . . . cruzada por contradicciones y marcada por puntos ciegos, agujeros negros del relato que parecen capturar el sentido y hacer del sentido una poética antes que un verosímil" (Martini 1996: 74).

En esta novela de Juan Martini, si bien se alude, de manera auto-referencial, a una poética que valora la diversidad, la fragmentación, los silencios, las contradicciones y la incertidumbre en una obra literaria, a su vez, se sugiere que estos aspectos no son más que un reflejo especular de la época a la cual se refiere de manera inequívoca. Los personajes forman lo que el narrador denomina "la cátedra" del bar, que es donde se reúnen y hablan de todo sin saber nunca de qué están hablando, y es el único lugar donde ocurre la historia y el único lugar donde "uno se siente en contacto" (Martini 1996: 302). Pero "La historia [dice el narrador], es sabido, se escribe en los silencios y ya no hay hombre que dé la talla cuando se habla de las ilusiones perdidas. De modo que la época, como todas las épocas, tiene su ceguera y frente a ella desfilan tanto el elenco como el repertorio de los temas propios de la época" (23). Y el tema en esta historia, dice otro de los personajes,

es el abandono de los temas. . . Así como la vida, muchas veces. . . nos deja librados, verdaderamente librados, a nuestras circunstancias y de esta forma vamos viviendo, de peripecia en peripecia, de tema en tema . . . y de abandono en abandono, así también en esta historia, los temas van quedando en el camino, . . . y las cosas van quedando atrás, como si de pronto supiéramos, más allá de la importancia que pueden haber tenido en nuestras vidas, que nunca volverán a emocionarnos. Y esto, a mí me parece . . . [es] un signo más de la intolerancia de los tiempos. (24)

El sentido de abandono, alienación y aislamiento, y el de haber quedado librado a las circunstancias, son ecos de un país en el que el “sálvese quien pueda” y la fragmentación social estaban a la orden del día. La perversa fragmentación del capitalismo moderno y su creciente tendencia a crear impenetrables apartheid, afirma Borón, “ha creado sociedades duales en las que la gente coexiste sólo de manera ilusoria gracias a la integración vicaria e igualmente ilusoria que provee la televisión. De hecho, los ricos y los pobres tienden cada vez más a vivir, social, económica y ecológicamente en mundos aparte” (1995: manuscrito; la traducción es mía).

Es decir, se trata de una producción literaria que si bien se aparta del valor de consumo y de las políticas del mercado, y defiende el valor de la experiencia estética, no necesariamente defiende la autonomía del texto literario como lo pudo haber hecho “el modelo más puro de la vanguardia”.

Junto a este tipo de novelas como la de Martini o la de Cohen, encontramos otras que aunque no se presentan como espacios de experimentación y de significado elusivo e incierto, no por eso dejan de conformar una literatura crítica de la ideología neoliberal. Estoy pensando en novelas como Latas de cervezas en el Río de la Plata (1995) de Jorge Stamadianos, en la cual, con gran humor e implacable ironía, se cuenta la historia de Ulises (el narrador-protagonista), hijo de inmigrantes, y quien llega a los 24 años sin saber qué hacer de su vida y cuyo único objetivo es emborracharse para evadirse del mundo de pesadilla que lo rodea. Es el mundo de los años 90 de una Argentina donde se vive con salarios de mínima subsistencia, trabajando en varios empleos, o como Ulises 10 horas diarias en un mísero bar en una zona del Gran Buenos Aires; una zona arrasada por "las crisis y los milagrosos planes económicos [a los que] los diferentes gobiernos y dictaduras sometieron al país" (Stamadianos 1995: 67). Además, se trata de una época en que decir que "los hijos son la alegría de la vida" (77), suena a un chiste sarcástico, o a un perverso consuelo de alienación y sobrevivencia en un país donde los corruptos del gobierno "te dicen que no hay guita y se les caen los billetes de los bolsillos! ¡Te dicen que tenés que estudiar y después no encontrás laburo en ningún lado!" (Stamadianos 1995: 50).

Sin duda, en esta novela, como en las otras, se alude a ese tendal de víctimas que el modelo económico neoliberal ha dejado. Entre ellas, un montón de desesperados, sin ninguna protección, sin empleo, y sin ninguna chance de nada, ni siquiera de acceder a la fuerza del trabajo para ser explotado por sistema el capitalista. Sólo les queda sobrevivir, como puedan. [7]

La nefasta relación entre el Estado neoliberal y los pobres emergentes es planteada de manera también explícita e implacable en la mencionada novela de Cohen, El testamento de O'Jaral:

[es un] Estado, cuya policía eliminaba cumplidamente a todo periférico que abandonara demasiado tiempo la eternidad de parálisis que le correspondía. Eran represalias sordas pero no desganadas: el Estado sabía que la duración de la democracia. . . dependía de los consumidores, y con los que no podía incorporar al consumo nunca sabía qué hacer, y en el fondo soñaba con exterminarlos. (59)

Ambas novelas además llaman la atención a que la situación es particularmente complicada en lo que toca a los nuevos pobres. Según observa Vilas, la gente que ingresó al mundo de la pobreza durante la década de 1980 como efecto de la crisis y el ajuste neoliberal “fueron generados por un esquema económico que ya no existe y carecen de inserción en el que hoy tenemos. . . Para ellos no se trata solamente de sobrevivir sino de recuperar lo perdido, en una búsqueda donde la frustración y el enojo se fusiona con la ingenuidad" (Vilas 1997: 946). En El Testamento de O'Jaral, por ejemplo, una de las tantas líneas del argumento de la novela es la persecución que “los de Arriba” emprenden para encontrar y delatar al líder del único foco conflictivo que aún existe: un grupo de disidentes formado "en general por pobres emergentes y profesionales divorciados del consumo" (144), y que no tienen el poder ni la intención de tomarlo, "ni estrategias, ni guita, ni nada de lo que se organiza con dinero", y aún así se lanzan a la protesta en acciones erráticas, sin objetivos precisos (166). En Latas de cervezas en el Río de la Plata, la salida no es unirse a un grupo de disidentes sino huir. Ulises, el protagonista de esta novela, lo único que quiere lograr es irse a Estados Unidos a empezar una vida nueva.

El proceso de fragmentación, y atomización de familias y comunidades que resulta de la migración de individuos expulsados de sus países en los cuales no pueden sobrevivir, es un fenómeno que va cada vez más generalizado. Y de hecho, Latas de cerveza va poniendo de relieve que el darwinismo social del neoliberalismo entraña tanto el problema de la alienación de los individuos en una competitiva búsqueda de la sobrevivencia material, como el problema de la ruptura de los referentes para las construcciones colectivas (como la familia en el caso de Ulises) y el problema de reubicación de las identidades territoriales. A diferencia de su hermano mayor, quien diez años antes y pensando en su madre decide no abandonar el país, a pesar de que había sido reclutado para pelear en la guerra de Las Malvinas donde lo matan, Ulises finalmente abandona el país a bordo de un crucero estadounidense creyendo que es el último sobreviviente. Es interesante, además, como en esta novela se plantea la des-idealización y desintegración no sólo de los valores familiares sino de la noción de familia como agente histórico. Lo mismo podría observarse respecto de El testamento de O´Jaral y de La máquina de escribir de Juan Martini, en las cuales la noción de familia es inexistente o se disuelve en un conjunto de individuos que viven o sobreviven como pueden. Incluso el hablar o tener relaciones sexuales es un aspecto notoriamente recurrente en estas novelas, en las que se percibe, por un lado, que las relaciones heterosexuales aparecen en una dimensión puramente sexual, y en un lenguaje crudo y brutalmente despojado de todo erotismo y con un fuerte énfasis en que se trata de un puro goce físico y sin término, que podrían funcionar como una forma de escape, o una expresión de frustración, o de individualidad extrema. Y esta insistencia no es gratuita, por supuesto, ya que con la globalización neoliberal hay una exaltación casi teológica del individualismo posesivo que sobrepasa los conceptos básicos de comunidad, de pareja y de familia (especialmente ese concepto de familia burguesa en tanto agente histórico del progreso que fue fomentada durante el período de globalización del capitalismo mercantilista, en el siglo XVII y XVIII).En definitiva, lo que estas últimas novelas comentadas ponen de relieve es el desajuste social que entraña el neoliberalismo y los consecuentes problemas del miedo y la desesperanza, el problema de la ruptura de los referentes hijos para las construcciones colectivas, o de los referentes culturales y territoriales, así como el problema del aislamiento y la desagregación de las sociedades. De alguna manera, en estas novelas se dan dos fenómenos desencontrados pero aparentemente vinculados por el mismo proceso. Por una parte, las condiciones creadas por el neoliberalismo invitan a una desarticulación o cuestionamiento de ciertas formas de producción literarias en boga, y en esa desarticulación estas novelas privilegian la fragmentación y las contradicciones, la ambigüedad y la diversidad, lo incierto y elusivo. Y desde su propia fragmentación y desarticulación vislumbran, como “modelos para armar”, un orden social contra-hegemónico. Por otra parte, la fragmentación y atomización que resulta de ese proyecto pernicioso e incongruente del neoliberalismo invita a una representación donde los principios morales se desdibujan, pero también donde cierto desencanto moral puede aparecer como una forma de trasgresión y hasta de resistencia. Pero en ese gesto de trasgresión y resistencia siempre se rescata la validez de la creación como un espacio crítico que, como dice la novela de Cohen (1995: 120), "le puede dar a un montón de desparramados la chance de verse, no ya como comunidad, sino como red humana de alternativas probables".

 

Notas

[1] Borón lo explica de la siguiente manera: “El tipo de sociedad empobrecida y fragmentada que resulta tanto de la crisis como de la respuesta conservadora que se le dió, no constituye precisamente un suelo fértil para el florecimiento de la democracia, o para mejorar la calidad de la capacidad de gobierno democrático en América Latina. El desequilibrio estructural entre: a) un puñado de poderosos actores burgueses y las “fuerzas del mercado” que reinan sin ningún contrapeso; b) grandes sectores una población desmovilizada, desorganizada, mayormente apática, despolitizada o sumisa; y c) un creciente estado democrático impotente, amenaza con impedir una genuina consolidación de las nuevas democracias en el Cono Sur”. (Borón 1995, la traducción es mía). El documento al que esta cita pertenece es un manuscrito que el autor me proveyó de la conferencia que dictó en el Center for International Studies of the University of Southern California, Los Angeles.

[2] Los niños son los más golpeados por la pobreza en el interior del país. Siete de cada diez menores de 14 años es pobre. Así, cuatro millones de los 5,7 millones de niños no puede acceder a la canasta básica de alimentos y servicios; en tanto, los niños subalimentados y sumidos en la indigencia suman 2,1 millones. Entre los peores casos, están la provincia de Chaco y Formosa con el 78,3% de nivel de pobreza. Respecto de la totalidad de la población, lo que más se destaca es el fuerte incremento de la indigencia, que después de la crisis del 2001 se duplicó en apenas 12 meses. Así, se agregaron 4,5 millones de nuevos indigentes, a razón de 12.300 nuevos indigentes por día.

[3] Para un estudio más detallado de la novela histórica latinoamericana contemporánea, en general, y la novela histórica argentina en particular, ver mis estudios Memorias del olvido y "El secreto de la historia y el regreso de la novela histórica”, respectivamente.

[4] En otro trabajo analizo en detalle el discurso codificado de esta novela de Piglia (ver Pons 1993).

[5] En este trabajo Rocha se centra en las novelas de Mempo Giardinelli, Santo oficio de la memoria (1991), y de Tununa Mercado, La madriguera (1997). En el mimo volumen, Fernando Reati analiza el film Mala época (1998) y la novela de Fogwill, Vivir afuera (1998). Su estudio plantea que en los años 90 se da la emergencia de una nueva estética de representación del espacio urbano basada en la vida fragmentada de los ciudadanos que resulta de las transformaciones producidas por las políticas neoliberales. Ver Hortiguera, H. y C. Rocha (2007: 187.

[6] Una de las más claras excepciones es la novela de Martín Kohan, El informe. San Martín y el otro cruce de los Andes (1995) y que fue la primera de la serie.

[7] ¿Qué relación económica y social, si es que hay alguna, se pregunta Borón, “puede existir entre esa criatura social, ‘la burguesía de fin del siglo XX’, y los millones de ‘condenados de la tierra’ que se ganan la vida vendiendo golosinas, chicles, cigarrillos, y otros tantos productos baratos, en la intersección de las más transitadas calles de nuestras decadentes ciudades; o como traga fuego o como andrajosos payasos en las veredas del centro de la ciudad; o como ocasionales limpia parabrisas aprovechando el tráfico parado gracias a la luz roja del semáforo; o como un trabajador precario e informal sin ningún tipo de destreza, que apenas habla la lengua del país, sin educación formal, quien nunca vio a un doctor y que vive en una choza de cartón y lata? Como Darcy Ribeiro ya lo observó alguna vez, no sólo esta gente no lucha contra la explotación capitalista sino que tiene un ferviente deseo de poder llegar a convertirse en parte de la fuerza de trabajo. Ellos están dispuestos a hacer lo que sea necesario para tener un ticket de entrada, aunque sea costoso, al peor de los niveles del sistema” (Borón 1995, manuscrito; la traducción es mía).

 

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María Cristina Pons. Nació en Buenos Aires, Argentina. Hizo sus estudios de postgrado en Canadá y en los Estados Unidos. Recibió su doctorado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Southern California (USC), Los Angeles. Actualmente se desempeña como profesora literatura y cultura latinoamericana y chicana en la Universidad de California, Los Angeles (UCLA). Entre su principales publicaciones se encuentran: Memorias del olvido (Siglo XXI, 1996), Más allá de las fronteras del lenguaje (UNAM, 1998), y Delirios de grandeza. Los mitos argentinos: memoria, identidad y cultura (compilado con Claudia Soria, Beatriz Viterbo, 2005). También ha publicado varios trabajos sobre diversos autores, tales como Cortázar, Piglia, Monsiváis, del Paso, Saer, y Soriano, así como sobre la novela histórica argentina y los mitos culturales de la cultura chicana. Actualmente está trabajando en un proyecto sobre Neoliberalismo y cultura en América Latina.

 

© Maria Cristina Pons 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/neolibe2.html