La peculiar invención de la realidad
en la escritura de Antonio Muñoz Molina

You-Jeong Choi

Universidad Nacional de Seúl


 

   
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Resumen: Este trabajo investiga el panorama de la trayectoria literaria de Antonio Muñoz Molina, enfocando su trabajo que resulta de la simbiosis entre novelas y columnas. Su curiosidad innata lleva a Muñoz Molina a leer, a investigar y a reinventar a Robinson o al Capitán Nemo, adoptados y recreados en sus primeras obras reunidas de las columnas como El Robinson urbano (1984) y Diario de Nautilus (1985). A partir de la variedad de sus desafíos literarios y de la penetración de la vida a través de su propio estilo y pensamiento, por fin llega a la publicación de La vida por delante (2002), que escribó desde el año 1997 hasta 2002 en El País, pasando por los finales del siglo XX y recibiendo el nuevo milenio. Aquí, su perspectiva como un individuo español y cosmopolitano se amplía y se profundiza con más espectros y matices.
Palabras clave: columnismo, realidad inventada, narrativa posfranquista, Antonio Muñoz Molina.

 

Miro para saber, pero la mirada miente
y las apariencias engañan, tal vez
más eficacia que la imaginación y el recuerdo,
con más exactitud,
pero sigo mirando porque
no conozco otro remedio contra la mentira [...]
La manera de mirar, en Las apariencias
Antonio Muñoz Molina

 

I

Tenemos en común que el año 1975 se ha convertido en un indicador imprescindible y simbólico de la historiogragrafia española. Desde aquella fecha, España ha comenzado a encaminarse hacia la vía de los países democráticos. Ya la ambientación de la sociedad se ha transformado en otra mucho más abierta y moderna desde la perspectiva cultural, económica y sociopolítica. Tras la época de transición política, pasando por las décadas de los años 80, diversos fenómenos y discursos se llenan y se rebosan en la sociedad.

Bajo esta situación, como señala Asís Garrote, han aparecido nuevos narradores, cuya actitud y actividades se han calificado y definido como ‘la novela joven española’ (Asís Garrote, 1990: 261-263). Ellos han recibido su denominación a través de la suma de críticas procedentes de destacadas secciones, como del dossier intitulado “Diez años de la novela en España” (1976-1985) de la revista Ínsula, el capítulo dedicado a la novela y redactado por Darío Villanueva en Letras españolas 1976-1986, el Cuaderno con el tema Generación del 68 de El Urogallo, y el número monográfico sobre la Narrativa española actual de la Revista de Occidente (Asís Garrote, 1990: 361). La fama de estos escritores sigue vigente, y su escritura cada vez más se ha enriquecido en esta átmosfera, mostrando diversos desafíos a través de su propio estilo.

Pero en ese marco podemos investigar también, además de la novela, otro género literario que podríamos denominar ‘columna’, perteneciente a los géneros didáctico-ensayísticos, según la división de Javier Huerta Calvo (Huerta Calvo, 1992: 226), el cual confronta y aparece con gran impulso en el mundo literario de España. La fundación de El País en 1976 fue una buena contribución para dicha átmosfera. Las opiniones encarceladas y reprimidas durante cuatro décadas de dictadura comenzaron a recuperar su propia voz.

Aunado a este fenómeno, la difusión del periodismo produjo un cambio en la literatura tan importante como el que supuso la invención de la escritura y la imprenta, y no sólo por su carácter popular, sino porque el periódico vino a ser lugar de producción de la literatura (Seoane, 1997: 17-25). Junto con el movimiento de aceleración de la publicación de novelas por las editoriales, se extendieron también las columnas literarias por vía de la sección diaria o de las suplementos culturales de la prensa escrita, en periódicos como El País, ABC y, en el ámbito minoritario, a través de revistas y publicaciones universitarias (Comajuncosas, 1998: 11).

Conforme a ello, a partir de 1975, el creciente número de columnistas atestigua este florecimiento a lo largo de las últimas tres décadas. Como señalan Alexis Grohmann y Maarten Steenmeijer en su estudio El columnismo de escritores españoles (1975-2005), la columna se ha ido perfilando y emancipando como género literario en el muestrario del trabajo de varios escritores españoles, desde el reinicio de la democracia en el año 1975, especialmente en los años recientes (Grohaman, 2006: 9). En consecuencia, aparecen las propias firmas de los columnistas y el creciente número de recopilaciones que se han ido publicando y que integran la columna en la obra literaria de los autores correpondientes. A este grupo se suman numerosos escritores representativos de la contemporaneidad española, como Juan Bonilla, Javier Cercas, Javier Marías, Eduardo Mendoza, Juan José Milla, Pere Gimferrer, Rosa Montero, Justo Navarro, Francisco Umbral, Arturo Pérez-Reverte, Rosa Regás, Manuel Vázquez Montalbán, Enrique Vila-Mata y otros más. Todos ellos, siguiendo a los escritores anteriores, constituyen la nómina de autores del columnismo español. Conforme a esta tendencia, Muñoz Molina también suscribe su nombre en la lista, y sigue creciendo como un escritor representante de los tiempos contemporáneos de España.

 

II

Existen varios casos muy conocidos de escritores que iniciaron su trayectoria literaria desde el periodismo, y que a partir de esa plataforma alcanzaron el reconocimiento universal. A esta categoría pertenece Antonio Muñoz Molina, según confiesa mediante el ‘yo’ de la novela autobiográfica El dueño del secreto (1994):

Yo había nacido para periodista, y periodista de raza, según leía algunas veces, y lo había dejado todo para irme a Madrid, que era donde ocurrían las cosas y donde los periodistas se forjaban, pero a los dos meses de estar allí mi trato con el periodismo seguía siendo idéntico al que mantenía en mi pueblo, con la diferencia única, aunque sustanciosa, de que podía leer los periódicos del mismo día, y no aquellos ejemplares enfriados y como desabridos del día anterior que entonces llegaban a provincias, y que lo reducían a uno a una especie de anacronismo obligatorio. (El dueño del secreto, 83)

Muñoz Molina empezó a escribir artículos en el periódico Ideal de Granada, desde el año 1981. Pero se hizo famoso en la escala nacional no como columnista sino como novelista con la publicación de Beatus Ille (1986), apoyada por la editorial Seix Barral de Pere Gimferrer, y luego con los éxitos sucesivos que le merecieron varios premios nacionales, con lo cual se convirtió en uno de los autores más importantes y destacados de la novela española de hoy en día.[1]

Los críticos académicos que investigan la narrativa posfranquista (inclusive, la autovaloración del propio escritor) señalan que el novelista Muñoz Molina, escribiendo novelas, juega como un funámbulo entre el alejamiento y el encadenamiento, la sucesión y la superación a partir de los estilos y temáticas construidos por las generaciones pasadas. Por ello, en sus textos se han reflejado los intentos de la nueva sensibilidad posmoderna adoptando los artefactos intertextuales tomados desde la cultura urbana y el mundo del cine, la fotografía, la pintura, la música, el género negro, el thriller y el jazz norteamericano. Mientras tanto, por su parte, han funcionado constantemente como un leit-motiv la identidad y el espíritu de lo español que perseguía especialmente la Generación del 98, y los recuerdos y las referencias de la época franquista, ya fueran recuerdos traumáticos o no. Con todo ello, como opina Asís Garrote, podemos diagnosticar que las novelas de Muñoz Molina han superado las contradicciones entre el realismo y el idealismo, el formalismo y el ‘contenidismo’, la literatura pura y la literatura comprometida, la narrativa de élite y la narrativa de masas, y con todo aquello abrió un nuevo camino hacia la novela posmoderna española (Asís Garrote, 1990: 400).

Sin embargo, profundizando en su mundo narrativo, antes mencionado, no debemos pasar por alto lo que este autor publicaba mientras escribía las novelas, ya que seguía escribiendo columnas en los periódicos principales de España, como El País o ABC. De aquí, se pone primeramente en entredicho la cuestión acerca de la frontera entre la ficción y la no-ficción, que siempre ha sido puesta en debate por muchos teóricos postestructualistas a lo largo de las últimas décadas del siglo XX. Y luego, contemplando su doble oficio en paralelo, podemos deducir lo que sus considerables motivaciones y actitudes reflejadas en el columnismo sin duda habrían influido en el desarrollo de las novelas, aunque también otras veces podría haber ocurrido al revés, desde las novelas a las columnas:

Yo he disfrutado tanto con la escritura de una columna como con la de una novela, y me la he tomado igualmente en serio, pero también he sentido a veces la necesidad de poner punto final a una serie, de quedarme callado por un tiempo. Escribir crónicas, reportajes, entrevistas, me ha servido para escapar de la claustrofobia confortable del yo, de la rutina de la opinión. Opinar puede estar bien, en ciertos casos, incluso puede ser una obligación civil, pero contar lo que uno oye y lo que uno ve es el gran regalo de la literatura de periódico. En ese oficio, tan habitual en los grandes periódicos internacionales, no conozco maestros mejores en España que Josep Pla y Manuel Chaves Nogales. (Muñoz Molina, 2007: 9, las negritas son mías)

Por ello, si consideramos la naturaleza de la columna periodística, cuyo proceso de escritura y publicación se realiza casi simultáneamente día a día, o semana a semana, podemos darnos cuenta de que las columnas de Muñoz Molina suelen desempeñarse como una muestra bien concentrada y, a la vez, salen diariamente expuestas sus labores literarias en contacto con los lectores:

Hay ciertas trampas de la literatura que tiene la virtud de revelar lo azaroso y mágico de su condición, porque la obligan a dar un paso hacia la realidad y a confiundirse con algunas de sus apariencias, contaminándola como un veneno de sus fantasmagorías, y proponiendo al lector un juego de sombras donde lo verdadero y lo imaginario no siempre logan mantenerse en sus mutuos y enconados límites. (Manuscrito hallado en una oficina, en Diario del Nautilus, 1986: 85)

 

III

Cuando se publicó la obra reunida de las columnas La vida por delante (2002), Muñoz Molina comentó en entrevista con J. Ruiz Mantilla de El País, afirmando que sus artículos son una invención curiosa de la realidad:

Me interesaba que estos artículos tuvieran una unidad y fueran duraderos. Tenía que escribirlos 15 días antes de que fueran publicados y era difícil ponerme en situación con tanto adelanto, porque los artículos necesitan una cierta vibración del presente y mi obsesión era que no dieran la impresión de que aparecieran recalentados o en conserva [...]

Los artículos deben tener dos vidas, una inmediata y otra un poco más larga [...] El tiempo las va seleccionando, en cinco años habré escrito más de 300 artículos y siempre me ha movido la observación y la curiosidad, ésas son las palabras claves, una observación regida por la curiosidad ilustrada. El artículo es una forma de mirar y están poblados de literatura, pintura, música, recuerdos y vivencias. (El País, 20 de diciembre de 2002, las negritas son mías)

Esta postura sobre la escritura, y entre todo, el afán por las columnas ya se había revelado desde las primeras obras. En las primeras líneas de su primera obra narrativa El Robinson urbano (1984), se identificó a sí mismo como uno de la escuela de Robinsones, ratificando como “La mejor literatura de la modernidad la han escrito grandes robinsones urbanos” (Escuela de Robinsones, de El Robinson urbano, 13). Y luego, no sólo habla de las aventuras de otros Robinsones desde la mirada de una tercera persona, sino que inicia en la voz de la primera persona a contar de sí mismo y de su escuela :

Tristemente, la noche se cierra en amenazas y sirenas para los robinsones urbanos. Nos dan a cambio, como reservas de sioux vencidos, lugares nocturnos donde aún podemos gozar los módicos paraísos de alcohol [...]

El aire de la ciudad hace hombres libres, decía un refrán medieval. En cualquier caso, es ese aire el único que respira con placer el Robinson urbano. (Escuela de Robinsones, en El Robinson urbano, 14)

De esta manera, ha reunido su primera travesía aventurera en 1984 bajo el título El Robinson urbano, y poco después, su segundo libro ha aparecido intitulado Diario del Nautilus (1986), que recogía artículos publicados en 1983 y 1984 en el periódico Ideal y la revista Las Nuevas Letras. Como los títulos nos indican, su ademán y su reto como escritor se parecen mucho a los dos personajes aventureros Robinson Crusoe o al Capitán Nemo del submarino Nautilus, que fueron tomados de Daniel Defoe y Julio Verne, a la vez que nos predica su visión hacia la vida y la literatura, según veremos en las dos largas citas siguientes:

1) El papel que espera, quieto como un lago, una primera palabra, es una gran pared blanca donde es inútil palpar con las yemas de los dedos en busca de una leve fisura o un resorte oculto que abra un pasadizo para la huida, porque el único modo de huir de tan duro trance es dibujar en la blancura helada una perta y una cerradura y abrirlas luego con la llave de los sueños, que es tal vez la misma llave que alguien dibujó, sobre una mano abierta, en dos arcos de la Alhambra. La mano casi la alcanza, pero nunca puede asirla: Robinson, a un paso del papel todavía en blanco, tiene las dos manos suspendidas sobre la máquina de escribir su propia fábula, pero no llega o no se atreve a iniciar la escritura, y entonces finge que la derrota es una tregua y, dejando a un lado las temidas armas de su oficio, apaga la luz y se sienta junto a la ventana para mirar las luces que desde la calle suben a invitarlo al juego antiguo de las sirenas y Ulises [...] Robinson sabe, y lo recuerda a medida que se acerca la hora de volver a la oficina sórdida donde se ha confinado la mitología al héroe de las ciudades nocturnas, que no hay modo de eludir el desafío y la cita con el papel que espera una primera palabra. (Manhattan transfer, en El Robinson urbano, 107-108)

2) Porque uno, al escribir, siempre a alguien, hoy quiero escribirle a usted, a quien nunca vi, como si pudiera escucharme o abrir estas páginas como quien abre una carta y sonríe leyéndola camino del ascensor y luego la guarda en un bolsillo y la olvida. A quién, si no, podría escribirle que entendiera esas cosas que ocurren tan levemente que casi no ocurren, esas aventuras de microscopio que suceden en la fisura entre dos instantes, en el espacio vacío y blanco que hay en el reverso de las hojas de los calendarios, entre los dedos, en el aire, en los océanos de cenizas y en las selvas de sueños mineralizados por la sociedad que unos cronopios astronautas del siglo pasado vieron o imaginaron que vieron en la cara oculta de la Luna. Sólo a usted, de quien aprendí lo tenue que es el tejido de la realidad y el número giratorio de mundos que caben en uno solo, puedo explicarle lo que sucedió esta mañana de lunes iluminado como un domingo, en uno de esos lugares quitinosamente acorazados contra el azar y la dicha, en los que algunas veces, sin embargo, también eso lo aprendí de usted- uno puede sentir que una cosa delicada y blanca le sube garganta arriba y se le posa en la lengua y luego en la palma de la mano, y es un conejo recién nacido de uno mismo que mueve el hocico rosa en la grave cima de un escritorio y se pierde en seguida entre las patas de las mesas y los papeles timbrados para instalar su guarida tan cálida en el último cajón de un armario fuera de toda sospecha. (Orfeo Nemo, en Diario de Nautilus, 89, las negritas son mías)

En los años del 80 y 90, luego de escribir novelas destacadas como Beatus Ille (1986), El invierno en Lisboa (1987), Beltenebros (1989), El jinete polaco (1991), Los misterios de Madrid (1992), El dueño del secreto (1994), Ardor guerrero (1995), Plenilunio (1997), Carlota Fainberg (1999), En ausencia de Blanca (2000), Sefarad (2002) y más obras sucesivas, seguía escribiendo columnas en periódicos, para luego publicar un libro que recogía la serie recopilatoria de artículos, en los volúmenes Las apariencias (1991), La huerta del Edén- Escritos y diatribas sobre Andalucía (1996), Escrito en un instante (1998) y La vida por delante (2002).

Como vemos aquí, no tenemos que pasar por alto lo que los dos géneros procedentes del mismo autor muestran en común, aunque se considere gradual o radical, la evolución de la escritura plasma el acto mirar y duplicar. Por ello, Díaz Navarro afirmó que conforme al avance de estilo y forma de escritura de novelas, resulta que el matiz de las columnas también se ha cambiado (Días Navarro, 1997: 17-24). En el mismo sentido, Elvira Lindo también aclaró en el prólogo de La apariencias:

Muñoz Molina, en cambio, nos avisa, nos ha ido avisando a través de los artículos de sus cambios literarios, que son, en definitiva, cambios o crecimientos personales. Estos avisos han aparecido casi regularmente, cada semana, en las páginas de los periódicos en los que ha colaborado. La historia de un escritor es la historia de su estilo, decía Nabokov. Siendo como es Muñoz Molina un asiduo y apasionado escritor de periódico, es relativamente sencillo seguir el rastro de sus intereses desde aquel año 1984 en que publicó su Robinson [...]

Cuando Muñoz Molina publica el último de esta selección, Sospecha de una trampa, está entregado en cuerpo y alma a la última parte de El jinete polaco. Es, por tanto, una época de cambio en su manera de entender la literatura, incluso me atrevo a decir que en ese periodo el escritor descubre, se descubre a sí mismo, una idea original de convivir con su oficio, entendiendo por original aquello que parte de una reflexión íntima y sincera. (Elvira Lindo, 1995: 11, las negritas son mías)

En esa misma dirección, Morales Cuesta señaló que El jinete polaco era un giro importante y que marcaba una frontera en la trayectoria literaria de Muñoz Molina, y muy probablemente en la trayectoria global de la narrativa española de los últimos tiempos. Por ello, se tiene que investigar un antes y un después de la publicación de una obra maestra. (Morales Cuesta, 1996: 85). Entre ello, la perspectiva histórica y la sensación del humor y la ironía destacan más que antes, y van desarrollándose en sus posteriores narraciones como Los misterios de Madrid (1992) o El dueño del secreto (1994), que poseen una gran agilidad narrativa y contienen la fuerte carga irónica y autocrítica. Al mismo tiempo, en ambas se contemplan también la memoria histórica personal y colectiva, numerosas explicaciones de hechos históricos, las expresiones infrecuentes, y referencias intertextuales, algunas sin duda obvias. En esta corriente, se incluyen las columnas que casi nunca han parado.

 

IV

Por mucho que se desarrolle la escritura con diversos temas a lo largo de su trayectoria, su cuestión básica y principal derivada del que cómo se puede mirar y escribir la realidad de la vida sigue revelándose. En la misma manera, la vida cotidiana acompaña constantemente el afán por la literatura, música, pintura, fotografía y otras disciplinas más en el ámbito del arte. Con todos estos detalles que existen alrededor de sí mismo se forma como un collage el presente, y en este sentido, el periódico es siempre el retrato más confiable y fiel de la realidad:

El periódico es el pan de cada día, el tiempo de la vida diluido en presente, la arena con aspereza ligera de papel que es la arena fugaz que se le va a uno entre los dedos y la que cae en un hilo en los relojes antiguos. La novela, según Stendhal, es el espejo que discurre a lo largo de un camino, con la lentitud de lo que se recuerda, de lo que va cobrando forma de devenir; pero el periódico es el espejo instantáneo y convulso de lo que casi no tiene ayer ni tendrá mañana, la polaroid de las últimas 24 hora, con toda la poesía frágil de las polaroids, y también con esa capacidad de conservar, al cabo de unos días, lo que ya se convierte en un ayer lejano. Dentro de cada novela hay un reloj, decía E. M. Forster, y dentro de cada periódico hay un cronómetro sacudido por una taquicardia de segundos, de modo que todo va mucho más rápido en sus páginas, y el periódico de hoy parece el mismo de ayer y de hace diez o de hace veinte años, y también le es completamente ajeno. Nunca te bañarás dos veces en el mismo río ni abrirás dos veces el mismo periódico, y, sin embargo, el periódico es uno de los hábitos más arraigados de la vida, y uno lo reconoce cada mañana igual que reconoce su propia cara en el espejo, y no se da cuenta de que el periódico cambia tan veloz y tan invisiblemente como la cara, a no ser que de pronto encuentre un ejemplar de hace algunos años, y entonces comprobará que los cambios han sido tan graduales y sutiles como incesantes, y se dará cuenta de que ese presente firme y sosegado en el que cree vivir, y del que el periódico forma parte igual que el café del desayuno y la primera claridad mantial, es un vértigo. (El tiempo del periódico, en La vida por delante, 13, las negritas son mías)

Guardando la motivación básica derivada de la cuestión de su realidad, junto con la madurez que sea gradual o radical como escritor como antes mencionado, Muñoz Molina ha alcanzado a la publicación de La vida por delante en el año 2002, cuyos artículos fueron escritos desde 1997 hasta 2002 en la revista dominical de El País. De esta manera, pasaba el nuevo milenio, a través de 105 columnas más aumentadas y catalogadas más que desde el punto de vista del tema y matiz, por lo que plasman los diversos espectros y matices de su presente, y la vez, la visión más amplia y extensa que reflexiona todo lo que existe en su presente inceptable, mezclado de la memoria pasada y la expectativas hacia futuro, como un individuo y, a su vez, un miembro de la sociedad. En este sentido, podemos investigar algunos enfoques como tema general, conforme a la ambientación finisecular del siglo XX.

Constantemente, Muñoz Molina evoca su pasado o el pasado histórico de España, como se revela en Mayo 1968: un testimonio, Santos de verano, Fin de verano, Noche de verano, Los días de radio y otros más artículos, donde la memoria no funciona sólo como la nostalgia sino que se convierte en un cronotopo íntimamente conectado a su presente:

Veranos de otro tiempo, de otro mundo que sólo sobrevive, como algunas civilizaciones extinguidas, en unas pocas fechas, en algunos nombres. Hubo alguien que tal vez no hubiera caído en la trampa en la que perdió la vida si no hubiera amado tanto las fiestas íntimas del santoral del verano: a lo que fue García Lorca a Granada en julio de 1936 fue a celebrar su santo y el de su padre, don Federico, que era y es el día 18. (Santos de verano, en La vida por delante, 74)

En este sentido, como señala David K. Herzberger, este escritor fusiona el tiempo con la intimidad y como ésta, a su vez, se deriva de la voluntad del autor de explorar su vida siempre dentro del fluir del tiempo. Por ello, la comunión de su conciencia con el pasado emerge como un aspecto crítico de sus artículos, a la vez que le permite contemplar los horizontes del futuro (David K. Herzberger, 2006: 53).

Esta estrategia atrae otra memoria histórica alrededor de 1898, junto con la memoria privada, y luego esto funciona como un gran tema. Los años en que publicaba las columnas La vida por delante en El País, eran la época en la que todos los países se preocupaban por el nuevo milenio, llena de ambientación finisecular. España también lo percibía, pero su manera de acercarse a la nueva era habría sido más severa y distinguida en comparación de otros países. Porque aquel año 1898 fue el ‘Desastre’ para los españoles, porque perdió sus tierras y su poder nacional, pasando dramática y simbólicamente las décadas que abarcaron los años finales del siglo XIX y los principios del siglo XX. Detrás de este acontecimiento doliente y angustioso, ya ellos se enfrentaban con el entorno de sí mismos, que como si fueran dos rostros de Jano, una mirando hacia el futuro anunciando el maquinismo, la industrialización y la vida moderna, mientras que la otra más soñadora con la nostalgia quiere retroceder hacia el pasado evocando las épocas más ingenuas, menos desarrolladas, más primitivas, como señala Lily Litvak (Lily Litvak, 1990: 200). Desde aquella fecha, después de cien años, Muñoz Molina se ha enlistado en la nómina de los escritores representantes de España, como hicieron sus antecesores, ha escrito los artículos tratando de España y de su vida por delante.

Pero aquí, podemos implicar tres cosas derivadas del contexto histórico. Primero, en el año 1996, el gobierno de Felipe González del Partido Socialista Obrero Español (PSOE por su siglas) perdió su legislatura en el referéndum con José María Aznar del Partido Popular (PP). Segundo, el periódico El País, donde Muñoz Molina escribía las columnas de La vida por delante, pertenece al Grupo Prisa que se administra con la estrategia favorable del PSOE. Y por último, nuestro escritor, que ha sido adoptado por el diario El País como testigo de la época, era antiguo militante del PCE y hoy activista favorable del Grupo Prisa. Por todo ello, su visión y perspectiva acerca de la ambientación de la patria, bajo el gobierno del PP, puede ser más crítica. Esto se plasma en tono irónico y humor negro.

En Historias viejas o palabras tristes, comentó que el gobierno socialista tiene tendencia de eludir las palabras que tuvieran adherencias del dolor o de las ilusiones de tiempos adheridos, mientras tanto, el autor critica en tono de ironía al gobierno de derecha con motivo del centenario de Federico García Lorca, diciendo:

A los dirigentes socialistas, en los años dorados de su hegemonía, no les gustaban las palabras tristes, ni las cosas antiguas, ni tenían mucha paciencia con las evocacaciones del pasado, aunque ese pasado fuera el suyo, las historias de heroísmo y derrota, de inevitable tristeza, que con el tiempo ha dejado de ser patrimonio de una organización política para convertirse en una parte de la memoria progresista española [...] Muchos socialistas han recobrado lucidez y memoria después de los fracasos electorales, y ahora es a la derecha en el poder a la que le toca el turno de prescindir de las palabras tristes, de las antiguallas desagradables del pasado.

A los socialistas le entró en los ochenta el síncope de la modernidad y procuraban eludir las palabras que tuvieran adherencias del dolor o de las ilusiones de tiempos abolidos. Ahora, la derecha, que siempre ha sido más conmemorativa, se vanagloria de recobrar generosamente una tradición intelectual y política por la que jamás se había interesado sino para perseguirla, y lo hace con una mezcla de desparpajo y de astucia, con una estricta precaución sanitaria. [...]

José María Aznar recita versos de Lorca e imparte la consabida doctrina, pone un mohín de desagrado ante los inevitables recuerdos de oscurantismo y crueldad que despierta el nombre del poeta: ya está bien de contar historias viejas, declara, y la sonrisa fría no se sabe si ahora es también un gesto de irritación. (Historias viejas, palabras tristes, en La vida por delante, 63-64, las negritas son mías)

Junto con esta visión crítica de la legislatura del gobierno actual, critica el estereotipo arraigado de su país, sobre todo la españolidad o andalucidad formado por la imagen Andalucía, que siempre intervenía la autenticidad y el pluralismo, reflexionado en El toro y el pollo. Y en otros artículos como Una provincia del idioma, La justicia, Mujeres sin velo, Otro terrorismo, Un dolor de historia, En la frontera, El país de tontos y otros más denuncia en tono irónico la injusticia social represionada y sufrida en la sociedad:

Cualquier idioma es único e imprescindible, lo hablen mil personas o lo hablen mil millones. Sólo quiero resaltar lo que a nosotros, dentro de España, se nos olvida, adictos como somos a confinarnos en espacios herméticos, en tentaciones de arrogancia o de masoquismo. El español de España, al que llamamos castellano, no es esa lengua oficial y censurable que tanto desagrada a los nacionalistas ortodoxos: es absurdo ponerse apocalíptico y declamar que el castellano está en peligro por culpa de un decreto ley de un Gobierno autónomo, pero también son bastante ridículos los empeños por excluirla, en algunos casos, por variantes dialectales sacralizadas o parodias de idiomas que sólo se sostienen en la intransigencia victimista de sus inventores.

A principios de este siglo, Rubén Darío nos rescató para la imaginación y la poesía una lengua reumática; en los años cincuenta y sesenta fue en gran medida la prosa del español de América la que nos devolvió el impulso de contar la vida y el mundo en las novelas. Acordándome desde lejos de la sucia y triste actualidad de mi país, escuchando la radio en un hotel de Nueva York, pienso con alivio que en siglo que viene el porvenir del idioma no dependerá de nosotros. (Una provincia del idioma, en La vida por delante, 41, las negritas son mías)

Con todo ello, tras la discriminación, injusticia o prejuicio, el autor se encamina hacia la vida por delante donde se comprende bien la polífonia de los individuos entre sí como una ciudadanía española a la vez cosmopolita.

 

V

Antonio Muñoz Molina es uno de los escritores que más atraen en el florecimiento del columnismo a partir del año 1975. En las columnas de Muñoz Molina existe siempre un deseo fuerte de escribir plasmando a través de la mirada singular y la invención curiosa de la realidad. Su preocupación por su vida y por su patria sale al mismo giro que su angustia sobre su escritura y su oficio de escribir. Por eso, siempre lleva a mano un cuaderno en blanco, donde irán surgiendo las palabras y las imágenes futuras en el lento revelado del tiempo. Por ello, abrir un cuaderno con todas las páginas en blanco es como habitar una casa intacta, como tener toda una vida por delante, como decía en el Cuaderno en blanco (Cuaderno en blanco, en La vida por delante, 16). Vivir escribiendo en el periódico al hilo de los días que se encuaderne entre dos tapas y quede ennoblecido por un lomo sólido y respetable para que llegue a ser plenamente un libro como un trabajo secreto en el cuarto de trabajo. Existe fugazmente en cada artículo, se reanuda a la mañana siguiente, siete días más tarde, y el lector lo va viendo escribirse, casi en la luz pública, como ve cualquiera de los trabajos que se hacen en la calle (Epílogo, en La vida por delante, 325). Así, en el cuaderno escribe la realidad inventada como hizo desde la primera caminata:

En el periódico, día a día, semana a semana, sin darse mucha cuenta, uno va escribiendo un libro que no tiene borradores ni forma precisa, cuyo principio queda fácilmente atrás con un final que se pierde en la niebla cerrada del más inmediato porvenir [...] Un artículo ha de caber, sin que se note mucho, un concentrado muy intenso de la vida y la literatura, una breve cápsula de tiempo que será no mucho menos fugaz, en la mayor parte de los caso, que una pompa de jabón [...] el punto final de estos artículos ha llegado ahora. (Epílogo, en La vida por delante, 325, las negritas son mías)

 

Notas:

[1] Su primera novela Beatus Ille (1986) se publicó con la editorial Planeta y consiguió rápidamente la fama nacional. Desde luego, Muñoz Molina publicaba con editoriales principales como Seix Barral o Alfaguara, incluso Planeta. En 1986, ganó el Premio Ícaro de la Literatura por su primera novela Beatus Ille (1986), y el año siguente ganó el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa por El invierno en Lisboa (1987) y en 1991, el Premio Planeta por El jinete polaco (1991), y por esta obra, el año siguiente en 1992, ganó el Premio Nacional de Narrativa.

 

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© You-Jeong Choi 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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