El final de una era, en la obra “Samurái” de Hisako Matsubara

Orlando Betancor

Universidad de La Laguna


 

   
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Resumen: Esta sorprendente novela recrea una dramática historia de amor situada en la era Meiji, un período trascendental del Japón contemporáneo. Un acaudalado samurái adopta al pequeño Nagayuki, quien es educado en el rígido código del honor y el sometimiento a las normas del deber, y luego lo desposa con su única hija. Más tarde, el padre perderá por avatares del destino todo su patrimonio y su vástago deberá emigrar solo a América, en contra de sus deseos, para hacer fortuna y salvaguardar el honor de la familia. En la imagen del sueño americano sólo encuentra dolor, sufrimiento y un profundo desarraigo.
Palabras clave: Hisako Matsubara, narrativa japonesa, honor, sentido del deber, era Meiji

 

Samurái fue escrita originariamente en alemán por la escritora y ensayista japonesa Hisako Matsubara, bajo el título de Brokatrausch, el año 1978. Este libro muestra como telón de fondo las profundas transformaciones sociales, políticas y económicas que trajo consigo para el Japón el advenimiento de la restauración Meiji (1867-1912). En sus páginas se refleja el difícil tránsito desde las antiguas tradiciones nacionales a las nuevas formas de vida occidentales que obligaron a todo un país a adaptarse a los vientos de cambio de una nueva era. Igualmente, en esta novela, se abordan diferentes temas como el sentido del deber, la obediencia ciega, el amor incondicional, la pérdida de las ilusiones o la intransigencia, vistos a través de la óptica de sus personajes.

Este relato narra la historia de Hayato, un rico samurái, que adopta a Nagayuki, descendiente de una familia aristocrática empobrecida, a quien educa según las rígidas normas tradicionales y lo promete a su hija Tomiko. Luego, la pareja contrae matrimonio y vive felizmente varios años en la ciudad de Tokio, mientras el joven estudia la carrera de Derecho en la Universidad Imperial. En medio de esta época de grandes transformaciones, el cabeza de familia, cuyo honor le prohíbe hablar de dinero, va perdiendo poco a poco todos sus bienes por su falta de visión empresarial. Éste, anclado en un pasado que existe únicamente en su mente, envía a Nagayuki a América a hacer fortuna, no como miembro de una poderosa empresa nipona, sino como un simple samurái, provisto tan sólo de su espada y portando cinco cajas de ricos kimonos. Tomiko tiene que permanecer sola en el pueblo, cuidando de la familia y lejos del hombre al que ama. Mientras tanto, su marido intenta abrirse paso en los Estados Unidos bajo el peso de una devastadora realidad.

El sentido del deber se muestra en esta obra a través de la abnegada figura de Nagayuki, quien es acogido en la familia Hayato como un “yoshi” (hijo adoptivo). La esposa legítima de este samurái no le había dado descendencia masculina y por tanto necesitaba un heredero varón. El muchacho pertenecía por nacimiento al clan Ogasawara, integrante de la nobleza de la antigua corte de Kyoto, que había perdido su status y posesiones con la restauración Meiji. Éste es educado para seguir el apellido familiar con dignidad, ser fiel al antiguo código de honor (bushido) y prestar obediencia ciega a su padre: “Jamás olvidaba que era un yoshi y que nunca podía cejar en sus esfuerzos por convertirse en un digno portador del apellido Hayato. Quería demostrar al padre que era un buen hijo y que asumía totalmente el espíritu de los samurái”. Tras terminar sus estudios universitarios, recibe varias ofertas de trabajo de entidades bancarias e importantes empresas comerciales. El joven deseaba trasladarse al extranjero y estas firmas poseían delegaciones en el exterior, entre ellas el Banco de Yokohama. Ante la difícil situación económica familiar, el padre se muestra inflexible, obliga a su hijo a rechazar dichas ofertas y le envía sin más dilación a los Estados Unidos, la nueva tierra de promisión. Según la exigencia de Hayato, tendría que partir sin su esposa, pues un samurái siempre es más fuerte cuando está solo. Allí, deberá abrirse camino por sus propios medios, hacer fortuna y devolver el honor a la familia: “(…) un samurái se bastaba sólo con su fortaleza. Cuando un samurái dirigía sus pasos hacia una tierra extraña, todos los peligros quedaban vencidos. La altanera conciencia de su inexorabilidad le daba fuerza y seguridad. Era su voluntad la que hacía invencible al samurái”. El joven se debate interiormente contra la decisión tomada por el cabeza de familia, pero no es capaz de enfrentarse a sus deseos, aunque pensaba firmemente que no llevaba razón. Nagayuki contempla esta etapa de profundos cambios en su país desde una postura más realista y menos anclada en el pasado que la que posee su padre. Finalmente, su traslado a América se convertirá en un viaje sin retorno hacia un abismo de sufrimiento, privaciones y frustración.

El amor incondicional se nos revela en este libro a través de la mirada de Tomiko, cuyo único anhelo es reunirse lo antes posible con su marido. Ésta aguarda en la casa de su padre pacientemente su regreso, mientras su imagen lejana permanece constante en su mente. Frente a la sumisión de Nagayuki observamos la determinación y firmeza de su esposa. Esta joven, de apenas veinte años, se encuentra embarazada cuando ve partir a su marido con inmenso dolor. Se revela con todas sus fuerzas contra la decisión del padre y desea acompañarlo en su viaje más allá del océano, pero se tropieza con una barrera infranqueable de intransigencia y de incomprensión: “En aquellas horas de impotente cólera, Tomiko advirtió que Nagayuki seguía siendo el muchacho pequeño, tímido, que fuera adoptado a los doce años y que, desde entonces, no había hecho sino esforzarse por complacer a Hayato. Como más claramente lo advertía, más profundos eran sus sentimientos por Nagayuki. Todo en ella la instaba a protegerle y a no dejarle marchar a aquel mundo extraño, desconocido, al otro lado del Pacífico. Una y otra vez estudiaba todas las posibilidades de cambiar la decisión del padre”. Mientras la familia esperaba el retorno de su hijo, la miseria se va adueñando de sus vidas. Tomiko, a causa de las dificultades económicas, se vuelve más práctica y comienza a trabajar como costurera para sacar adelante a los suyos, cuestiona las órdenes de su padre y se plantea que la mayor cobardía consiste en obedecer ciegamente. Ella aparece representada en este libro como una mujer valiente que lucha contra un modo de pensar arbitrario y caduco. Anteriormente, mientras vivía en Tokio, se había planteado estudiar en la universidad como su marido, pero tropieza con la frontal negativa paterna. Con el paso del tiempo, va naciendo en su interior un profundo sentimiento de aversión ante las decisiones de su progenitor y su forma de dilapidar el dinero que su marido les envía desde América en cosas absolutamente superfluas. Desea llevar una vida distinta de la que el cabeza de familia le impone y pretende que su esposo se libere de su papel de “yoshi”, subyugado totalmente a los dictados del viejo samurái. Transcurren los meses, los años, y en sus cartas su marido insiste en que se reúna con él en América, pero su padre se opone siempre a que su hija se traslade a los Estados Unidos, siguiendo sus propios intereses. En su presencia encontramos la esencia del moderno Japón que se enfrenta con determinación a los nuevos retos del siglo XX. Otras dos figuras femeninas de este drama son: Fumiya, madre biológica de Nagayuki, dama inteligente y realista, que observa con temor los preparativos del viaje de su hijo a América y que intenta convencer a Hayato de que sus esperanzas de rápido enriquecimiento son una mera utopía, y la progenitora de Tomiko, mujer invisible, convertida en la sombra del padre y sometida a su férrea voluntad.

La intransigencia y el inmovilismo ante el cambio están representados por el personaje de Hayato. En esta novela se nos muestra como un ser altivo, lleno de orgullo y aferrado a un pasado del que sólo quedan cenizas, en el que existe tan sólo él. El padre dedica su tiempo al cultivo de bonsáis, al arte de la caligrafía y a las representaciones de teatro Nô. El cabeza de familia, que dirige su casa con dignidad y con honor, se niega siempre a hablar de dinero, pues esto era una cuestión absolutamente mundana. Carente de sentido práctico para los negocios, sus desastrosas aventuras empresariales le conducen sin remisión a la ruina. Contempla como única solución para escapar de la miseria enviar a su hijo a América y que éste le transfiera dinero rápidamente para seguir manteniendo el mismo nivel de vida que había llevado hasta entonces: “Tenía gran capacidad de decisión, quizá debido a la naturaleza misma del samurái, y creía firmemente que sus decisiones, muchas veces inesperadamente rápidas, siempre habían sido justas. Pero nunca se atormentaba con reproches a sí mismo, ni a los que le rodeaban, cuando aquéllas defraudaban”. Se muestra insensible ante la desgarradora separación de los amantes y se niega a escuchar cualquier postura que no sea la suya. Desde su punto de vista, el sufrimiento que provoca su intransigencia en el seno de la familia carecía de sentido, pues para él su modo de actuar era siempre el correcto: “Tomiko sabía que palabra alguna podría atravesar el caparazón de su seguridad. Hacía que todo le resbalara como gotas de agua por hojas de loto. Desconocía el llanto. Cuanto más reflexionaba, más evidente le parecía que también Nagayuki no era para él sino un árbol bonsái al que daba la forma que quería”. Hayato observa impasible la ruina de su estirpe, la pérdida de su fortuna y el fin de sus sueños de gloria, mientras se desmoronan los cimientos de su antiguo poder: “A veces, era casi como si no se percatara del cambio en su estilo exterior de vida. Mientras todo a su alrededor se hundía en la pobreza, seguía siendo, inalterable, el mismo samurái arrogante y orgulloso“. Se atrinchera en sus antiguas convicciones y observa con indiferencia un mundo que se derrumba lentamente ante su vista. Bajo su rostro imperturbable se esconde la imagen de una máscara de teatro japonés, convertida en un alter ego demoníaco, como la que preside una de las paredes de su vivienda. Se transforma en un actor que realiza una singular puesta en escena, en medio de una gran farsa, ante los ojos de la sociedad, intentando preservar su imagen social y el peso de un rancio apellido como el suyo. Detrás de este antifaz se encuentra su verdadera personalidad que enmascara un implacable egocentrismo y una infinita soberbia. Se muestra incapaz de entender la inevitable transformación del país feudal y preindustrial en el que nació a un estado moderno de corte occidental donde la influencia de la clase samurái ha desaparecido. Su insensata obstinación, persiguiendo una quimera que existe únicamente en sus sueños, sólo causará la destrucción de los que le rodean.

La empresa confiada a Nagayuki estaba destinada desde un comienzo al fracaso. En la Norteamérica de principios del siglo XX, las posibilidades de que un japonés triunfara como un simple samurái eran remotas. Los emigrantes de esta nacionalidad eran considerados simplemente como mano de obra barata y recibían el calificativo despectivo de “kimin”. Nagayuki comprende, nada más llegar, que su título de abogado por la Universidad Imperial no le abrirá ninguna puerta en los Estados Unidos. Empieza ocupando los puestos más bajos del escalafón: en la industria conservera de Alaska, en la recolección de fruta en las plantaciones de California, limpiando en un teatro, hasta convertirse después en asesor jurídico de estos mismos pobres emigrantes. Es totalmente consciente de que la fortuna es difícil de conseguir, pero decide quedarse allí obligado por la promesa dada a su padre, pues todavía se siente ligado al concepto de “yoshi”, cuya principal misión consistía en satisfacer las esperanzas depositadas en él. Se enfrenta a la realidad de una utopía y el sueño americano se transforma para él en una amarga pesadilla. Su vida quedará marcada por un intenso dolor, un profundo desarraigo y una inmensa soledad. Frente a la capacidad de sacrificio de Nagayuki, encontramos en esta obra al miserable personaje de Eda, un hombre de baja condición, que se ha enriquecido con negocios turbios en los Estados Unidos, y cuyo objetivo es ascender socialmente al precio que sea. Éste teje un ardid para separar definitivamente a esta pareja de amantes con pérfidas mentiras y afianzar sus vínculos con la familia Hayato. Éste último, tras la muerte de su esposa, había contraído nupcias con su antigua criada, cuñada de Eda, con la que en el pasado había tenido un hijo varón y al que adopta legalmente. Cuando pasa el tiempo y su hijo adoptivo deja de enviarle dinero, el padre decide desheredarlo, anula su matrimonio con Tomiko y concierta nuevos esponsales para su hija, sin consultarle sus propósitos, con su antiguo corredor de bolsa por una cuantiosa suma de dinero. Finalmente, Nagayuki regresará sesenta años más tarde, convertido en un pobre anciano solitario, para morir en su país natal.

Esta obra ha sido comparada por la crítica con El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) que ofrece un magistral relato sobre la decadencia de la nobleza y su relevo como clase dominante durante la época de la unificación italiana. Frente a este autor italiano que aseveraba en su libro que algo debería cambiar para que todo siguiera igual, Hisako Matsubara nos ofrece una visión de la ruina de un antiguo régimen que se debilita lentamente y finalmente fenece, degradando todo lo que se encuentra a su alrededor. En este texto se observa el declive del clan Ogasawara, encarnado en el personaje de Fumiya, que contempla las últimas horas del shogunato Tokugawa y la caída en desgracia de la vieja aristocracia de Kyoto, mientras el emperador traslada su corte a Tokio para iniciar la era del nuevo Japón. Este ocaso afecta de la misma forma a los samuráis, representados en la figura de Hayato, que es incapaz de comprender que en la nueva sociedad surgida en la era Meiji el papel de su clase ya no tenía cabida. En las páginas de esta novela observamos la decadencia de su linaje a través de elaboradas metáforas, relacionadas con los elementos de la naturaleza: “Con pasos, que se deslizaban aparentemente ligeros, señalando así el reducido peso de su viejo cuerpo, como de madera seca, en descomposición, Hayato recorría un bosque imaginario”. Igualmente, esta apariencia de decrepitud se asemeja a la visión de un carcomido mástil que se degrada lentamente como el emblema de su antiguo abolengo: “Algunos árboles habían caído ya de las rocas tras el último tifón y yacían, descomponiéndose, en el agua”. También, algunos críticos han visto cierto paralelismo de esta obra con El jardín de los cerezos del escritor y dramaturgo Antón Chéjov (1860-1904) que muestra el declinar de la aristocracia rusa de finales del siglo XIX.

En este texto la imagen del deseo es percibida desde la óptica femenina. Así, Tomiko recuerda en la distancia la proximidad física y las caricias de Nagayuki sobre su piel en momentos de refinado placer: “De vez en cuando, también los padres iban a la fuente. Entonces, Tomiko se acercaba a la madre y Nagayuki al padre. Se sentaban en silencio en el agua humeante y sólo se movían para secarse el sudor de la frente. Pero, una vez, estando solos y sentados uno al lado del otro en el borde del estanque acolchado de musgo, Nagayuki rozó con la mano la raíz del pelo de Tomiko, detrás de la oreja, y la bajó despacio al tiempo que apretaba de lado su cuerpo contra el de ella. Tomiko recordaba aún, como si hubiera ocurrido hacía pocos días, que un cálido temblor le había recorrido el cuerpo y que, no obstante, se había quedado muy quieta, como para no perder ni una pizca de la sensación que se había apoderado de ella”. Igualmente, la autora recrea en esta obra una delicada atmósfera, repleta de poderosas imágenes, que deleita los sentidos: “Hasta donde Fumiya podía recordar, la vida transcurría entre cerezos en flor y arces ardientes en un mar de llamas otoñales. Las noches de verano se poblaban del luminoso baile de las luciérnagas, y, a principios de la primavera, se dedicaba una noche a la fiesta de la contemplación de la Luna”. Asimismo, esta escritora nos sorprende por su intensidad poética al describir la deslumbrante belleza de un cuadro, representar los exquisitos detalles de un jarrón o definir la singular estética de un jardín de piedras japonés.

Esta novela nos ha mostrado los grandes cambios generados por la era Meiji, una revolución política, social y económica que llevó a Japón a convertirse en una de las grandes potencias contemporáneas. En sus páginas se reflejan algunos de los acontecimientos políticos que marcaron esta etapa de grandes transformaciones: la Guerra Ruso-Japonesa, la anexión de Corea y la ocupación de China por las tropas imperiales. Además, abordan aspectos como el traslado del poder de manos de los antiguos señores feudales al emperador, la centralización de la administración en Tokio, el desarrollo de la economía y la industria de alto rendimiento, y la modernización del transporte y las comunicaciones. También, se resalta la influencia de los bancos y de las grandes empresas que habían sido las precursoras del moderno Japón, puesto que habían contribuido a la caída del shogunato Tokugawa y con su capital habían apoyado las reformas del nuevo soberano. Asimismo, muchos jóvenes son enviados a estudiar al extranjero, principalmente a Europa y a los Estados Unidos, y empiezan a decaer los antiguos valores tradicionales en un país que tuvo que adaptarse y renovarse ante unos nuevos retos marcados por el signo de los tiempos.

Este libro, bellamente escrito, está lleno de sensibilidad y de marcado lirismo. Hisako Matsubara nos ha ofrecido en esta obra una profunda recreación psicológica de unos personajes, perfectamente estudiados, que reflejan las emociones y los deseos más íntimos del ser humano. A través de un estilo sobrio y cuidado, esta autora nos ha mostrado con intensidad los sentimientos de una pareja de amantes, separados por la intransigente voluntad de un padre, mientras los poderosos vientos del cambio soplaban sobre el antiguo Japón.

 

Hisako Matsubara nació en Kyoto el 21 de mayo de 1935, hija de un gran sacerdote de la religión sintoísta. También, ella está ordenada como sacerdotisa de este credo. Estudió literatura inglesa y religión comparada en la International Christian University de Tokio y se graduó en Arte del Teatro, en la Pennsylvania State University, en los Estados Unidos. Allí, trabajó como editora antes de trasladarse a Europa para ampliar estudios en Zurich, Marburgo y Göttingen. Posteriormente, se doctoró en Historia del Pensamiento por la Universidad de Ruhr, en Alemania, país en el que residió durante mucho tiempo, concretamente en la ciudad de Colonia. Salvo algunos poemas de juventud en japonés, toda su obra está escrita en alemán. En 1969 traduce a la lengua de Goethe el texto Taketori-monogatari, clásico japonés del siglo décimo, junto a su hermana Naoko Matsubara que realiza las ilustraciones de este libro. Entre sus obras destacan: Samurái, su novela más conocida y que ha sido traducida a ocho idiomas, Glückspforte (1980), Los pájaros del crepúsculo (1981), ambientada a finales de las Segunda Guerra Mundial y principios de la posguerra, Bajo el puente en Hiroshima (1988), Karpfentanz (1994) y Himmelszeichen (1998). Asimismo, destacan sus libros de ensayo Blick aus Mandelaugen: eine Japanerin in Deutschland (1968), Weg zu Japan: west-östl. Erfahrungen (1983) y Raumschiff Japan: Realität und Provokation (1989) y el libro en inglés The Japanese: A Mystery Unfolded (1990). Además, ha realizado una edición completa y comentada de la literatura japonesa del siglo XIX. Igualmente, ha escrito artículos regularmente para el diario germano Die Zeit y para la televisión alemana como autora de documentales y en labores de asesoramiento sobre temas literarios y políticos. En los últimos años, esta novelista, una de las más importantes escritoras japonesas actuales, se ha trasladado junto a su familia a los Estados Unidos, donde ha impartido clases en varias de sus universidades.

 

© Orlando Betancor 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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