Réquiem por un campesino español: La tragedia de la mala conciencia.
(¿Mosén Millán, padre de Paco el del Molino?)

Carlos Campa Marcé

Universidad de Valencia
carlos.campa@uv.es


 

   
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Resumen: El objetivo de este artículo es defender una tesis muy osada, a propósito de la novela Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, en la que se defiende que el personaje Mosén Millán es el padre del deuteragonista, Paco el del Molino, en cuya muerte tiene no escasa responsabilidad. Este hecho dota a la novela de una profundidad trágica que va más allá de la habitual lectura política del texto.
Palabras clave: Mosén Millán, Réquiem por un campesino español, Ramón J. Sender, Paco el del Molino, close reading

Abstract: The aim of this article is to propose an innovative thesis on Ramón J. Sender´s novel Réquiem por un campesino español. The idea is that Mosén Millán is the real father of Paco el del Molino. His responsability in the death of the last one, gives the novel a tragic depth beyond its usual political reading.
Key Words: Mosén Millán, Réquiem por un campesino español, Ramón J. Sender, Paco el del Molino, close reading

 

- Y en el caso concreto de una obra, [el papel de la crítica es] ¿valorarla? ¿iluminar rincones?
- Y entrar si puede en el sentido secreto de la intención del autor.
Iluminar rincones que no vería el lector sin la luz que proyecta la buena crítica.
(Marcelino C. Peñuelas: Conversaciones con Ramón J. Sender, p. 250)

 

Mosén Millán, la novela que Ramón J. Sender publicó en México en 1953, y que más tarde, al ser publicada en los Estados Unidos en 1960, pasó a denominarse Réquiem por un campesino español, ha sido interpretada habitualmente como una obra de denuncia de la violencia desatada por los nacionalistas en los albores de la guerra civil española. Es una lectura evidente y contra la que no cabe oponer objeción alguna. Sería entonces una novela política que refleja el punto de vista de los vencidos tal como se podía manifestar desde el exilio. Como decimos, todo ello es cierto. Pero el objetivo de esta nota es proponer otro tipo de interpretación, fruto de una close reading a la manera en que practicaban los viejos representantes del New Criticism, y que incide en lo que la obra tiene de tragedia, puesto que eso paradójicamente nos parece esta novela: la tragedia de la mala conciencia. Extraña tragedia, no sólo por tratarse de una novela, sino por estar protagonizada por un personaje decididamente antitrágico: el cura Mosén Millán, verdadero centro y protagonista de la obra.

La osada tesis que vamos a defender, y que extrañamente jamás ha sido señalada por la crítica, es la de que Mosén Millán es el verdadero padre de Paco el del Molino, el otro personaje protagónico, pero de menor relieve psicológico y tratado por ello de manera más esquemática en la obra. No olvidemos que toda la novela, aunque en tercera persona, está focalizada narrativamente desde la conciencia del cura, que es quien recuerda los diversos episodios de la vida de Paco mientras espera que llegue el momento de oficiar la misa de réquiem que en su memoria quiere celebrar. Con las evocaciones que lleva a cabo Mosén Millán alternan los episodios que ocurren en el presente de la sacristía y la iglesia, y el romance que sobre el prendimiento y muerte de Paco va recitando el monaguillo actual. Ese romance no es, por supuesto, más que una verdad parcial sobre los dramáticos hechos que se narran. Así, tras recordar los versos que dicen

Ahí va Paco el del Molino
que ya ha sido sentenciado,
y que llora por su vida
camino del camposanto.

leemos: “Eso de llorar no era verdad, porque el monaguillo vio a Paco, y no lloraba.” [45]

Pues bien, vamos a sostener la tesis de que la rememoración del cura tampoco resulta del todo digna de confianza y que, si leemos entre líneas, podremos hacernos una idea de las acciones del relato y sus motivaciones profundas bien diferentes de las que una lectura superficial nos proporciona.

Intentaremos ir enumerando y comentando todas las pistas textuales que han conducido a la interpretación que proponemos de la figura de Mosén Millán. Al final haremos unas consideraciones generales sobre el sentido de lo trágico tal como se manifiesta en la obra.

Los más tempranos indicios las encontramos en la primera rememoración de Mosén Millán, cuando recuerda el bautizo del niño: “Recordaba el cura aquel acto entre centenares de otros porque había sido el bautizo de Paco el del Molino.” [47]

El motivo del recuerdo resulta bastante tautológico, lo que nos hace sospechar que hay alguna razón más seria de fondo. ¿Por qué recuerda ese bautizo más que los otros? ¿Por algún vínculo especial, imborrable?

Poco después, en la fiesta que tiene lugar en casa, asistimos a la siguiente escena:

El padre atendía a los amigos. Uno de ellos se acercaba a la cuna, y preguntaba:

— ¿Es tu hijo?

— Hombre, no lo sé -dijo el padre acusando con una tranquila sorna lo obvio de la pregunta. Al menos de mi mujer sí que lo es.

Luego soltó la carcajada. Mosén Millán, que estaba leyendo su grimorio, alzó la cabeza:

— Vamos, no seas bruto. ¿Qué sacas con esas bromas?” [47]

Si leemos en su literalidad (estrategia que vamos a seguir en muchas ocasiones) la broma a la que el padre sigue el juego, junto con la reacción de Mosén Millán (ese alzar la cabeza que se produce siempre que algo nos afecta personalmente), sospecharemos que hay mar de fondo.

Algo más tarde, en la comida del bautizo, nos encontramos con lo siguiente:

Una de las cabeceras la ocupó el feliz padre. La abuela dijo al indicar al cura el lado contrario:

— Aquí el otro padre, Mosén Millán.

El cura dio la razón a la abuela: el chico había nacido dos veces, una al mundo y otra a la iglesia. De este segundo nacimiento el padre era el cura párroco.” [48]

De nuevo podemos hacer hincapié en cierta literalidad de los enunciados, que juega al doble sentido. Los dos padres presiden la mesa, pero por razones distintas a las que el texto explicita: uno es el padre real (el párroco); otro, el que figura legalmente. Máxime si leemos pro domo nostra la simpleza de que acaba de dar muestras el padre de Paco en una anterior manifestación: “¡Qué cosa es la vida! Hasta que nació ese crío, yo era sólo el hijo de mi padre. Ahora soy, además, el padre de mi hijo” [48] Un personaje que resulta tan simple (a propósito de asunto tan importante) puede que yerre en su apreciación.

En estos momentos iniciales del relato aparece dos veces la palabra misterio, ambas en relación con la paternidad. Y, en efecto, creemos que el misterio en torno al origen de Paco es uno de los asuntos centrales de la novela. Nuestro propósito es desvelarlo. Cuando el cura recuerda, como cosa especial, el bautizo de Paco, se dice: “En la capilla bautismal la pila sugería misterios antiguos.” [47] Y luego, desde el presente de la sacristía, se nos dice: “Todos habían mirado al niño aquella mañana, sobre todo el padre, felices, pero con cierta turbiedad en la expresión. Nada más misterioso que un recién nacido.” [49] El término misterioso puede remitir a muy distintas cosas en esta frase, pero también al misterio del origen que sospechamos.

En la novela se harán varias alusiones malignas a las posibles libertades de los curas con las mujeres, que iremos reseñando. Pero la que nos interesa señalar en este momento es una de la Jerónima hacia el médico:

Trató de malquistar al médico con los maridos. ¿No habían visto cómo se entraba por las casas de rondón, y sin llamar, y se iba derecho a la alcoba, aunque la hembra de la familia estuviera allí vistiéndose? Más de una había sido sorprendida en cubrecorsé o en enaguas. ¿Y qué hacían las pobres? Pues nada. Gritar y correr a otro cuarto. ¿Eran maneras aquellas de entrar en una casa un hombre soltero y sin arrimo? Ése era el médico. Seguía hablando la Jerónima, pero los hombres no la escuchaban. Mosén Millán intervino por fin:

— Cállate, Jerónima -dijo-. Un médico es un médico.” [51]

O un cura es un cura, pensamos nosotros. Otro hombre “soltero y sin arrimo” que, por su condición, podría entrar y salir de las casas sin levantar sospechas. Y algo que sabemos es que Mosén Millán tiene bastante confianza con la familia de Paco, como se pone de manifiesto en varios momentos de la obra, en que ocupa un lugar principal en celebraciones familiares (bautizo, boda de Paco), o por el conocimiento tan cercano que tiene de los guisos de ese hogar (esa perdiz en adobo que no se le va de la cabeza: “En aquella casa solían tenerla.” [48]). Resulta harto significativo que, a propósito de cosa tan delicada como ese poco respetuoso entrar y salir de las casas, sea Mosén Millán quien tome la defensa del médico. ¿O es que se trata también de una autodefensa?

En la tercera rememoración del cura, que trata de la infancia de Paco, asistimos de nuevo a pasajes fuertemente indiciales. Cuando se nos cuenta que el pequeño Paco (a quien el párroco considera su “hijo espiritual” [52]) iba a verlo con frecuencia, se produce el siguiente encuentro con el zapatero:

- Ya veo que eres muy amigo de Mosén Millán.

— ¿Y usted no? -preguntaba el chico.

— ¡Oh! -decía el zapatero, evasivo-. Los curas son la gente que se toma más trabajo en el mundo para no trabajar. Pero Mosén Millán es un santo.

Esto último lo decía con una veneración exagerada para que nadie pudiera pensar que hablaba en serio.

El pequeño Paco iba haciendo sus descubrimientos en la vida. Encontró un día al cura en la abadía cambiándose de sotana y al ver que debajo llevaba pantalones, se quedó extrañado y sin saber qué pensar.” [53]

Lo que resulta muy significativo de este pasaje es cómo se liga la dudosa santidad del cura en boca del zapatero (que, según veremos, parece saber cosas, igual que el médico) con el hecho de que Mosén Millán lleve pantalones (como cualquier otro hombre). A lo mejor su falta de santidad tiene que ver con sus instintos de hombre.

Inmediatamente otro fragmento igualmente indicial:

Cuando Mosén Millán veía al padre de Paco le preguntaba por el niño empleando una expresión halagüeña:

—¿Dónde está el heredero? [53]

En efecto, y así con la perífrasis evita preguntar por “su hijo”, lo cual constituiría una notable falsedad.

Poco después nos encontramos con otro de los pasajes más significativos de la novela en relación con el tema que tratamos. Lo copio con extensión, porque en él se acumulan los detalles:

Se sentía Paco seguro en la vida. El zapatero lo miraba a veces con cierta ironía -¿por qué?-, y el médico, cuando iba a su casa, le decía:

— Hola, Cabarrús.

Casi todos los vecinos y amigos de la familia le guardaban a Paco algún secreto: la noticia del revólver, un cristal roto en una ventana, el hurto de algunos puñados de cerezas en un huerto. El más importante encubrimiento era el de Mosén Millán.

Un día habló el cura con Paco de cosas difíciles porque Mosén Millán le enseñaba a hacer examen de conciencia desde el primer mandamiento hasta el décimo. Al llegar al sexto, el sacerdote vaciló un momento, y dijo, por fin:

— Pásalo por alto, porque tú no tienes pecados de esa clase todavía.

Paco estuvo cavilando, y supuso que debía referirse a la relación entre hombres y mujeres.

Como decíamos, se acumulan los detalles. La subrayada ironía del zapatero (que más tarde soltará en el carasol una maligna referencia a las ocultas paternidades de los curas: “decía que los curas son las únicas personas a quienes todo el mundo llama padre, menos sus hijos, que los llaman tíos.” [77]) incide en la idea de que hay gato encerrado en torno a algún misterio que rodea a Paco. La alusión del médico a Cabarrús, que ninguna edición de las que hemos manejado anota, pero que nos parece clave, aunque no acertemos a ver claro su alcance (el conde de Cabarrús nació en Francia, pero en su juventud se vino a España a vivir prohijado en casa de un familia aragonesa: ¿quiere el médico apuntar a que Paco no vive con su verdadero padre?). En el párrafo siguiente la última frase, que alude al “encubrimiento” del cura, puede tener un doble sentido: ¿Mosén Millán encubre que Paco posee el revólver de que se ha hablado antes? ¿O encubre un misterio mucho más hondo e “importante”? Y ya, para terminar con el fragmento, la referencia al sexto mandamiento, el relacionado con la “fornicación”: “ no tienes pecados de esa clase todavía.” Si damos énfasis a la forma pronominal, podríamos tal vez entonces sobrentender: “pero yo sí los tengo”. Lo que sería una confesión del cura de sus caídas en ese tipo de pecado.

Es palpable que empleamos mucho, en nuestras conjeturas, las formas verbales del condicional y locuciones adverbiales de probabilidad, pero es que lo que proponemos es sencillamente indemostrable. No se le puede hacer la prueba del ADN a Mosén Millán, esencialmente porque su ser está compuesto sólo de palabras, en tanto que ente de ficción, pero es precisamente recogiendo la multitud de alusiones, leyéndolas a partir de una sospecha y valorando la multiplicidad de sus matices y connotaciones, como llegamos a esa idea que se nos impone como una evidencia indubitable, la de que Mosén Millán es el padre verdadero, en la sombra, del otro personaje principal del relato.

En la parte central del relato, la que gira en torno al matrimonio de Paco, las elecciones republicanas y reivindicaciones populares que encabeza el joven campesino, este tipo de pistas que hemos ido registrando escasean, pero no desaparecen del todo. ¿Por qué canta la Jerónima en el carasol una canción que precisamente reza “el cura le dijo al ama / que se acostara a los pies” [84]? No creemos necesario recordar aquel principio expuesto por Chejov de que si en una obra dramática aparece una pistola en el primer acto en el último se producirá un disparo. La densidad semántica de todos y cada uno de sus elementos es una característica básica de la literatura y en esta obra Sender la ha cultivado con máxima aplicación.

En la parte final de la novela, en la relacionada con la detención y asesinato de Paco, vuelven a acumularse las pistas conducentes a nuestra interpretación. Cuando Mosén el cura, a través de un ambiguo subterfugio, llega a saber el lugar donde se esconde el joven, leemos: “Mosén Millán tenía miedo, y no sabía concretamente de qué.” [94]. Y poco después, tras hablar con don Valeriano: “Y le gustaba, sin embargo, dar a entender que sabía dónde estaba escondido.” [95] El inconsciente del cura empieza a trabajar activamente sin que éste lo pueda controlar. Y ese trabaja se dirige en la dirección de entregar a Paco. ¿Por qué? Pronto reflexionaremos sobre ello.

Cuando el centurión, interrogándole, pone la pistola sobre la mesa, nos encontramos con lo siguiente:

Mosén Millán pensaba si el centurión habría sacado la pistola para amenazarle o sólo para aliviar su cinto de aquel peso. Era un movimiento que le había visto hacer otras veces. Y pensaba en Paco, a quien bautizó, a quien casó. Recordaba en aquel momento detalles nimios, como los búhos nocturnos y el olor de las perdices en adobo. Quizá de aquella respuesta dependiera la vida de Paco. Lo quería mucho, pero sus afectos no eran por el hombre en sí mismo, sino por Dios. Era el suyo un cariño por encima de la muerte y la vida. Y no podía mentir.” [95-96]

A punto de revelar el escondite de Paco, nos interesa llamar la atención sobre esos “detalles nimios” a que le lleva su recuerdo. El “olor de las perdices en adobo”, que presumiblemente cocinaba la madre de Paco, y que muestra la familiaridad del párroco con ese hogar, al que sospechamos que podría entrar y salir con cierta naturalidad. La anécdota de “los búhos nocturnos” remite a la infancia del niño y presenta otro tipo de simbolismo.

El pasaje de la infancia a que hace referencia reza así:

Paco andaba por entonces muy atareado tratando de convencer al perro de que el gato de la casa tenía también derecho a la vida. El perro no lo entendía así, y el pobre gato tuvo que escapar al campo. Cuando Paco quiso recuperarlo, su padre le dijo que era inútil porque las alimañas salvajes lo habrían matado ya. Los búhos no suelen tolerar que haya en el campo otros animales que puedan ver en la oscuridad, como ellos. Perseguían a los gatos, los mataban y se los comían. Desde que supo eso, la noche era para Paco misteriosa y terrible, y cuando se acostaba aguzaba el oído queriendo oír los ruidos de fuera.” [54]

Tal vez sea rizar el rizo de la interpretación, pero podríamos identificar a Paco con “el pobre gato que tuvo que escapar al campo” y al párroco con los búhos “que no suelen tolerar que haya en el campo otros animales que puedan ver en la oscuridad, como ellos.” El búho, que ve en la noche, que sabe los misterios de la noche (y en nuestra lectura sabemos cuáles son esos misterios) no está dispuesto a dejar que el gato llegue a ver y decide matarlo y comérselo, o quizás -en la situación de la novela- dejar que maten a Paco.

Es una interpretación osada, pero también es significativo en extremo que Mosén Millán piense en esos “detalles nimios” momentos antes de revelar el escondite de Paco: se juntan la memoria de su gran falta (tener un hijo con una mujer del pueblo) con el simbolismo de su decisión inconsciente: facilitar la captura y eliminación de ese muchacho, testimonio vivo de su gran pecado.

En el fragmento anterior se hablaba asimismo de lo mucho que quería a Paco, de sus afectos “no por el hombre en sí mismo, sino por Dios”. Un cariño “por encima de la muerte y de la vida”. Extraña formulación, que quizá tenga que ver con el hecho de que el cura lo quiere por algo anterior a su desarrollo personal y social, más ligado a su medio familiar, por algo ligado a Dios, según sus creencias: por el misterio de la concepción. Tal vez.

Inmediatamente después de revelar el escondite, los forasteros salen en tropel, el cura se queda solo, y leemos: “Espantado de sí mismo, y al mismo tiempo con un sentimiento de liberación, se puso a rezar.” [96] Es muy llamativa la ambigüedad y reversibilidad de los sentimientos del cura, complejos donde los haya. ¿Por qué siente esa “liberación”? ¿Sólo por quitarse el peso de guardar un secreto o porque de manera poco consciente percibe que alguien va a realizar el trabajo del búho?

Hacia la parte final de la novela es cuando volvemos a asistir a reiteradas alusiones muy significativas que potencian la tesis que defendemos. Tras la detención de Paco y cuando lo llevan a ejecutar, el centurión se da cuenta de que no se han confesado los tres detenidos que llevan, y permite que Mosén Millán lo haga. En el diálogo con Paco, el cura utiliza recurrentemente el término “hijo” como vocativo. En algunos momentos de manera harto significativa. Le dice Paco: “Pero usted me conoce, Mosén Millán. Usted sabe quién soy.

— Sí, hijo.” [102]

Le responde el cura. Y puede ser entendido literalmente. Y en la siguiente página, cuando Paco sale en defensa de la inocencia de los que le acompañan (en un acto de desprendimiento y generosidad que a algunos críticos le ha recordado la escena de Jesús en el Gólgota):

Mosén Millán, conmovido hasta las lágrimas, decía:

— A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo, que era más inocente que vosotros tres.”

Donde, de nuevo, el “hijo mío” puede ser leído literalmente. Y donde el cura, que puede forjar una extraña pero no imposible identificación con Dios (al fin y al cabo es un representante suyo en la tierra), parece querer asumir en su conciencia (su mala conciencia) el sacrificio de un inocente. La identificación que algunos críticos - Mª Victoria Martínez Arrizabalaga, por ejemplo- han hecho entre Paco y Jesucristo (lo remata el centurión falangista, como a aquél Longinos; muere rodeado de otros dos, como los tres del Gólgota...) apoya toda la idea sacrificial de la muerte de Paco y la importancia que le damos al intento de (auto)justificación de Mosén Millán.

Es significativo que, al finalizar la confesión (Mosén Millán le llega a pedir a Paco que se arrepienta de sus pecados, algo que el joven no alcanza a entender), el cura dice Ego te absolvo in..., no llegando a terminar la frase, pues en ese instante se llevan a Paco sus ejecutores. Lo que no llega a pronunciar Mosén Millán es, precisamente, nomine Patri: el nombre del padre, el gran misterio de la novela, que no se explicita en ningún momento y que sólo una close reading minuciosa como la que hemos llevado a cabo permite desvelar.

Todavía, en las dos páginas que quedan de novela nos encontramos con otra serie de indicios: el cura no puede rezar, no se atreve a entregar sus pertenencias a su familia en todo el año que ha pasado desde los acontecimientos y, finalmente, ofrece esa misa de réquiem por el descanso eterno del alma del muchacho, a la que sólo acuden sus enemigos (los tres ricos del lugar), quienes pretenden pagarla para liberar de algún modo su conciencia (también ellos tienen mucha culpa en los hechos violentos que han acaecido en el pueblo). Un último detalle, el cura no permite que nadie la pague. Atormentado por su sentimiento de culpabilidad y mala conciencia, a su cargo corre tanto la celebración de la misa como los gastos que de ella se derivan.

Dos últimas observaciones. Así como Mosén Millán y su tragedia psicológica son los auténticos protagonistas de esta novela, el otro personaje implicado en el hecho que determinara el conflicto interno, la madre de Paco, es una presencia tan borrosa que casi deberíamos hablar de ausencia. Nos es presentada en la fiesta del bautizo (“la madre, de breve cabeza y pecho opulento, con esa serenidad majestuosa de las recién paridas” [47]); más tarde se nos cuenta que, a propósito de evitar el servicio militar de Paco, “la madre habló con el cura” [68]; no se entendía bien con su futura nuera, lo que se achaca a “celos de madre” [72]; en el diálogo que tiene lugar durante la mediación del párroco para que el joven se entregue, le dice Mosén Millán: “- Paco, en el nombre de lo que más quieras, de tu mujer, de tu madre. Entrégate”, a lo que el muchacho responde: “¿Dónde están mis padres? ¿Y mi mujer?” [100]; una última referencia hay, tras su muerte: “Todo el mundo sabía que el padre de Paco estaba enfermo, y las mujeres de casa, medio locas.” [98]

No son muchas apariciones, por supuesto, pero algunas sí son suficientemente significativas: la referencia inicial a la opulencia del pecho (al atractivo físico); el hecho de que sea ella quien interceda con el cura en asunto tan importante como el servicio militar del hijo (que nos hace suponer que tiene un cierto ascendiente sobre aquél); el hecho de que el cura apele al nombre de la madre (no al del padre), mientras que el muchacho pregunta por ambos; y, por último, la locura de esa mujer: ¿a causa de la muerte del hijo? ¿o de saber que el hijo fue delatado por su propio padre?

La otra observación es a propósito del título de la novela. Inicialmente editada en México (1953) como Mosén Millán, cambió a Réquiem por un campesino español al ser publicada bilingüe en los Estados Unidos (1960). Se ha esgrimido el argumento de que, para el público norteamericano, el título inicial era poco significativo, mientras que el segundo, más descriptivo, resultaba más informativo. Puede ser, desde luego. Pero nos atrevemos a proponer otra hipótesis: ligeramente decepcionado de que público y crítica no hubieran captado la dimensión profunda de la obra como tragedia psicológica (y, por tanto, con título de personaje, como Hamlet, Fedra o Edipo Rey), Sender ajustó la denominación del texto al tipo de lectura política que se había generalizado.

Concluimos. La clave del personaje creemos que es la mala conciencia. Mosén Millán tiene un “afecto paternal” por Paco (como señala Eugenio de Nora en su clásico manual sobre la novela española contemporánea, sin precisar más), et pour cause. Pero, de alguna manera, inconscientemente, facilita (primero con el desvelamiento del sitio en que se esconde y luego con la mediación) la muerte de Paco, es decir, el testimonio viviente de uno de sus mayores pecados.

Un personaje trágico pero sin la grandeza de los trágicos, lleno de mala conciencia. Su amor a Dios puede ser auténtico, pero ha faltado contra sus preceptos. Su amor paternal por Paco lo es, pero el joven no deja de ser el testimonio de una gran falta suya. Por eso, tal vez, inconscientemente, ayuda a los verdugos de Paco para que desaparezca esta prueba de su gran pecado (ya han matado al zapatero, que parecía ser -por sus alusiones- el otro testimonio de su falta).

De alguna manera, aunque a la inversa, el personaje de Mosén Millán nos recuerda a Hamlet. El joven príncipe de Dinamarca, según algunas interpretaciones (la de Jean Starobinski, por ejemplo) dilataba la ejecución de la venganza, a que el espectro de su padre lo instaba, porque en el fondo, inconscientemente, se identificaba con ese tío que, enamorado de su madre, como él, había llevado a cabo algo que el joven príncipe, de forma no consciente, siempre había deseado: matar a su padre. De ahí la fuerte identificación de Hamlet con el destinatario de su venganza y la inacabable postergación de ésta.

En el caso de Mosén Millán parece ocurrir precisamente lo contrario. A pesar de su amor por Paco, éste no deja de representar el testimonio viviente de una gran falta cometida años atrás. De ahí que, inconscientemente, el cura deseara desembarazarse de él, y de hecho pone todos los medios para que Paco sea ejecutado: su cobarde delación y apocadísima defensa.

Por ello hablábamos de tragedia a propósito de esta novela. En efecto, una tragedia psicológica, como la de Hamlet. La tragedia de la mala conciencia, protagonizada por un personaje conformista, cobarde y decididamente antitrágico.

 

Bibliografía consultada

Nora, Eugenio G. de (1970): La novela española contemporánea, t. III. Gredos, Madrid.

Peñuelas, Marcelino (1969): Conversaciones con Ramón J. Sender, Ed. Magisterio Español, Madrid.

Peñuelas, Marcelino (1971): La obra narrativa de Ramón J. Sender, Gredos, Madrid.

Sender, Ramón J. (2006): Réquiem por un campesino español. Ed. Enrique Turpín, Austral Narrativa, Espasa Calpe. (Es la edición a la que remite la numeración de páginas que hemos empleado. Incorpora en apéndice pasajes de una considerable cantidad de estudios sobre la novela: J. C. Mainer, F. Lázaro Carreter, M. V. Martínez Arrizabalaga...)

Villanueva, Darío (1977): Estructura y tiempo reducido en la novela. Ed. Bello, Valencia.

 

© Carlos Campa Marcé 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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