El señor Cayo, un sabio representante rural de la Castilla serrana

Jorge Urdiales Yuste

Filólogo y doctor en Ciencias de la Información
Sociedad Cervantina
jurdiales@jorgeurdiales.com


 

   
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Resumen: Análisis del personaje del señor Cayo, perteneciente a la obra de Miguel Delibes, El disputado voto del señor Cayo, a través de elementos internos, externos y circunstanciales.
Palabras clave: Delibes, novela española contemporánea, personaje, análisis literario

 

Sumario

1. El yo del señor Cayo
      1.1. Retrato físico.
      1.2. Retrato moral.

2. La circunstancia del señor Cayo
      2.1. Circunstancia rural externa.
      2.2. Circunstancia rural interna.
      2.3. Ideas de la ciudad sobre el mundo del señor Cayo.
      2.4. Contraposición urbe-Cayo rural.

 

Un sabio representante rural de la Castilla serrana

El señor Cayo es uno de los tres habitantes de un pueblo perdido en un rincón al norte de la vieja Castilla. Es un octogenario. Cumple los 83 años para San Juan de Capistrano, es decir, el 23 de octubre. A sus espaldas tiene una larga existencia rural que la soledad, cada vez mayor, ha ido adensando. La riqueza interior y algunas limitaciones propias de su condición de persona de aldea aparecerán en el trascurso del relato con relieve al enfrentarlas el novelista con el pensamiento ligero y el pobre lenguaje de unos muchachos de ciudad, militantes de un partido político, que van al encuentro del villano en el rincón en el que vive. El propósito de estos políticos es conseguir su voto para las próximas elecciones. El partido del que son militantes se propone arreglar el mundo que llevan forjado en sus mentes tan distantes de la realidad del señor Cayo y de su mundo concreto. Dos culturas se enfrentan en la narración, dos estilos de vida: el rural del señor Cayo, ancestral y cargado de valores, en trance de desaparición y el urbano, superficial, artificial, masificado y pobre en densidad humana de los jóvenes de la ciudad que lo visitan [1].

 

1. El yo del señor Cayo

No dice Miguel Delibes por qué prefirió el nombre de Cayo para el protagonista de su novela de 1978. En todo caso, el llamarse Cayo le viene como anillo al dedo si se relaciona y recuerda que este era nombre muy popular en Roma y que se le daba el sentido de “señor”, de “amo de su casa”. El señor Cayo, en el mundo campesino en que nació, vive y sigue viviendo (en el que tampoco es tio Cayo, o Cayo a secas, como pudiera esperarse), es personaje ciertamente amo, dueño y señor de su existencia, instancia y circunstancia rurales [2], señor Cayo en todo momento del relato. Señorea la naturaleza en la que vive, la conoce y la domina, da a sus elementos el nombre exacto que tienen, señorea su personal destino y no le arrastra tras de sí hacia el hundimiento general la desaparición de los vecinos que han marchado a Bilbao, sobre todo, ni el abandono y la caída de los edificios del pueblo ni la dejación en que se encuentran sus campos. Una circunstancia de hundimiento y muerte le rodea [3], pero el señor Cayo -Delibes lo encumbra e idealiza- mantiene el tipo con ejemplar señorío castellano.

1.1. Retrato físico

Cayo es un campesino nacido en Cureña, pueblecito del norte de Castilla, donde pronto cumplirá los 83 años. Es corpulento, se toca con boina negra que tiene los bordes pardos por el desgaste [4]. Sus ojos son azules [5], su mirada es perspicaz [6], en ocasiones taimada y maliciosa [7], su hablar mesurado y parsimonioso [8], la voz calmosa [9], le faltan algunos dientes [10]. Su rostro es sereno, de ordinario impasible [11]. Sus manos grandes y sarmentosas [12]. Sus movimientos son pausados, graves, aunque en ocasiones no dejen de ser enérgicos. Trabaja a un ritmo sosegado, pero activo y regular [13]. No hay nada superfluo en su porte, tampoco en sus palabras. Sonríe normalmente con media sonrisa [14]. Viste pantalones de pana parda, parcheados [15].

Está casado. Su mujer, que de joven tenía una cara muy bonita, vive con él. Es muda de nacimiento, como sus cuñadas las otras dos hermanas de su mujer [16]. Esta circunstancia no merma en nada su existencia, pues piensa que hay poco que hablar con una mujer “Claro, para lo que hay que hablar con una mujer” [17]. Tiene dos hijos, que dejaron el pueblo.

1.2. Retrato moral

El señor Cayo, físicamente corpulento, es persona de no menor vigor y grandeza moral. La contemplación y el largo trato con la Naturaleza parecen ser el origen del respeto con el que su persona se relaciona con el entorno humano y natural. Respeta lo que de perdurable presentan las cosas y, de ahí, el respeto que ha llenado su existencia toda y que exhala su presencia, sus modales rústicos y el concepto que sobre la vida y las cosas profesa.

Sus modales son correctos y corteses, quizá aprendidos de niño, si nos atenemos a determinadas expresiones que emplea sin esfuerzo, de manera no estudiada. Se presenta a los políticos que han ido por su voto como servidor, “Cayo, Cayo Fernández, para servirles” [18], les expresa su placer de conocerlos y se disculpa de no darles la mano como querría: - Tanto gusto -dijo- : Disculpen que no les pueda dar ni la mano.[19]. Se fija en Laly que tirita de frío y no la llama por su nombre, lo que denotaría cierta familiaridad, sino que con distanciado respeto muy rural afirma (El Diccionario de la Real Academia considera el empleo del “aquí” como vulgar, vulgarmente se usa...): “Aquí tiene frío”.[20]. anteriormente, cuando presentó su mujer a Laly y a Víctor, el señor Cayo había empleado la misma expresión: “Aquí, ella; es muda”. Laly y Víctor sonrieron [21].

Como ser superior que es se mostrará condescendiente [22]. Condesciende el ser superior, al que nadie arrebata nada porque lo es; no el mezquino, celoso de su escasa parcela de seguridad. Como inteligente, se mostrará, cuando se presente la ocasión oportuna, irónico, aunque con una media sonrisa ennoblecida por su mirada perspicaz [23]. Los políticos auguran un fatal hundimiento social para siempre y él pregunta que dónde vamos a hundirnos [24]. Por idéntica razón de ser superior, el niño que lleva dentro está intacto y se dejará llevar por una “pueril satisfacción” [25] que no oculta cuando vea el asombro creciente de sus visitantes urbanos ante el comportamiento de las abejas en trance de enjambrar y sus precisas explicaciones. El señor Cayo sabe lo que hay que hacer en esta ocasión y sabe hacerlo, de hecho lo hace con total precisión y facilidad ante los recién llegados de muy lejos a Cureña. Más tarde comentarán: “Increíble, Dani. Él es como Dios, sabe hacerlo todo, así de fácil” [26].

Vive en un mundo de esencias y no le importa desconocer lo circunstancial y meramente episódico, a lo que presta escaso interés. La muerte de Franco, de la que no desconoce su importancia [27] y sobre la que le preguntan los políticos del momento llegados de la ciudad, no le afectó particularmente. Vio en ella lo esencial y realmente más humano: “que le habrían dado tierra. Ahí sí que somos todos iguales” [28]. Si el mundo se hunde, como dicen Víctor y Rafa: “¿Qué quiere que le haga yo si el mundo se hunde?”. La pregunta con la que replica el señor Cayo es senequista. El señor Cayo es un Séneca del siglo XX. No necesita nada, si acaso, sobre la marcha, en determinado momento, que pare de llover y que apriete el calor [29]. A los visitantes que se llegan a él con el propósito de ganárselo para su candidatura que ofrece orden y justicia, les argumenta que le sobra el orden: “¿Orden dice,? Eso aquí de más. Ya ve” [30]. Semejante comportamiento se debe a que el señor Cayo sabe en qué mundo vive y se atiene a él. Su mundo no necesita ni de televisión ni de radio: “Tampoco, no señor, ¿para qué?” [31], discurre por otras honduras o a distinta altura, según se prefiera.

Una de las esencias de la vida del señor Cayo es el trabajo. Los jóvenes llegados de la ciudad no lo entienden bien. Su idea es que un anciano de 83 años no debe seguir trabajando para ganarse la vida. El señor Cayo no sale de su asombro. Argumenta que si quieren quitarle también el trabajo: ¿Es que también va usted ahora a quitarme de trabajar? [32]. Más adelante, ¿Qué hace aquí en invierno? es la pregunta que le hace Víctor extrañado de que no lea ni oiga la radio ni vea la televisión. - Mire, labores no faltan [33] p.139) En las réplicas al tema del trabajo el señor Cayo está más cerca de la concepción bíblica del trabajo que del concepto que de él tienen los jóvenes políticos que vienen a redimirle. En la Biblia el trabajo, además de otros flancos, muestra uno de los lados amables de la vida. El Eclesiastés lo llega a valorar como un placer de la vida, un don de Dios: “El único bien del hombre es comer y beber y disfrutar del producto de su trabajo y aun esto he visto que es don de Dios”[34]. El señor Cayo no lo formula en estos términos, pero, para él “no tiene ciencia ni tiene misterio” el hacer el pan, ni el queso, ni curar los chorizos, coger los enjambres y disfrutar de su miel... Trabaja y disfruta [35].

Ni el senequismo del señor Cayo ni sus manifestaciones ocurren con detrimento del sentido práctico de las cosas, que lleva al hombre a huir de su dureza, si se la puede dar de lado. Por ejemplo, se abandona en Cureña el trabajo del lino, que esclavizaba, por el trabajo menos laborioso de los manzanos, que trae un vecino al regreso de la mili [36].

No le es ajeno el sentido festivo de la vida. De la fiesta anual de la Pascuilla tiene buen recuerdo el señor Cayo; el año 1923 se comprometió con la que ahora es su mujer [37].

No todo es ejemplar en la vida del señor Cayo, tampoco lo es en el mundo rural del que él es una muestra, aunque excelente. Personalmente no ha descubierto el valor de la mujer. No le importó que fuera muda, porque piensa que hay poco que hablar con una mujer [38]. Parece aborrecer al único vecino que queda en su pueblo. Al menos no se habla con él. Se refiere a él con el pronombre ése: “También queda ése, pero háganse cuenta de que si hablan con ése no hablan conmigo” [39]. Para hablar, con su mujer no puede hacerlo, es muda, saldrá el 15 de cada mes al cruce de Palacios a Refico y allí echar un párrafo con Manolo, el de la Coca-Cola [40].

 

2. Circunstancia rural del señor Cayo

2.1. Circunstancia rural externa

El pueblo del señor Cayo es un caso extremo entre los pueblos castellanos. No es pueblo de meseta, sino de montaña, serrano, pobre. Al lado de los pueblos castellanos, generalmente pequeños, Cureña es mínimo. En el momento de la narración tiene tres habitantes, y los pueblos vecinos, Quintanabad, ninguno, y Martos, cinco. Pero en tiempos de esplendor ya pasados, Cureña llegó a tener 47 vecinos, “que se dice pronto”. El señor Cayo lo recuerda con orgullo. Su exterior actual, sus edificios actuales dan en la impresión de abandono, sordidez y ruina, lo sobrevuelan las chovas que graznan destempladamente, sus casas son de piedra de toba, tienen los tejados en estado lamentable, vencidos, los cristales rotos, los postigos desencajados, varios pajares aparecen desventrados, pero abundan las hayas y el sotobosque es principalmente de zarzamora, hierbabuena y ortigas, por el valle corre un arroyo de agua clara y fría. No obstante, en conjunto, el espectáculo natural es hermoso sobre todo si se mira hacia las rocas que se pierden abruptas hacia el cielo [41].

La mujer del señor Cayo, de cara muy hermosa de joven, hoy tiene ojillos afilados, es muda, emite sonidos guturales para expresare, es vieja, de espaldas vencidas. Viste de negro, lleva un pañolón atado bajo la barbilla. Lee, cosa que no hace su marido, echa de comer a las gallinas, hace ricos roscos de fiesta [42].

La casa en la que vive el señor Cayo, cerca del arroyo, tiene emparrado sobre la puerta, una galería de tiestos y ropa blanca tendida. Unas gallinas rojas picotean en una cascajera y junto a un nogal está amarrado un borrico ceniciento, hay un perro descastado en la casa [43], chito al que no le falta a tiempo un buen puntapié del amo, indicio de la vida perra que lleva [44]. Este detalle que deja anotado Delibes para la historia rural, hoy resulta precioso al contrastarlo con la vida muelle de muchos perros de ciudad, gordos, casi cerdos, de desmesuradamente alimentados, a los que se priva de la vida perra propia de su condición. Tiene el señor Cayo una huerta, primorosamente cuidada, ordenada en bancales escalonados, que llegan hasta el arroyo. Le da la huerta patatas, habas y otras hortalizas. Tiene sembradas remolachas, que entresaca, como si realizase un rito litúrgico a vista de los visitantes de la ciudad.[45].

Cureña fue pueblo jaranero en otros tiempos. A su fiesta de la Pascuilla acudían las gentes de otros lugares, incluso de Refico [46]. Para la fiesta de la Octava de Pentecostés bajaban sus vecinos en carros y en borricos de Cureña a Refico. Los roscos que hace la mujer del señor Cayo tienen los ingredientes y cumplen la receta de los que se subastaban a la puerta de la iglesia de Refico. El año 1923 el señor Cayo llevó el pendón y se comprometió con su mujer con un gesto curioso, convenido en el lugar: la ayudó a subir al burro de regreso de la romería; si subía era que sí, que aceptaba ser su mujer, subió y se casaron a finales del año, en diciembre [47].

Alrededor de los edificios del pueblo abundan los barbechos y los huertos abandonados, no se siembra, no hay gente que lo haga; en otro tiempo llegó a tener Cureña hasta un rebaño de más de 300 ovejas. Eso fue en 1964, pero esa riqueza se malogró porque nadie quería ser pastor [48]. La desbandada general lleva a rarezas naturales, como el que se case el Martín en segundas con la madre de su primera mujer: “Para entonces apenas si quedaba personal en el pueblo, o sea, era difícil emparejar” [49].

2.2. Circunstancia rural interna

Estudia Ortega el campo asturiano. Lo contrapone al castellano. Hace lírica de los hechos que encuentra y los convierte en verdades y afirma, enseguida, que el campo en Castilla es mudo, mientras que en Asturias canta. La razón de que cante el campo en Asturias es que “encuentro, en todos los asturianos, un fondo rural que perdura. Bajo los modales de la ciudad continúan latiendo corazones labriegos.” [50]. Cuatro quintas partes de España es labriega, rural, cuando escribe el filósofo de la Rebelión de las masas, y se lamenta de que esta enorme porción no contribuya a la síntesis nacional por no integrarse en el intercambio, “en forma de solidaridad o de lucha”, con la otra quinta parte, ocupada por la ciudad, a la que “hemos entregado el gobierno moral y material de España”.

Cureña, en el norte de Castilla, ya en la cordillera Cantábrica, es un espacio geográfico como el asturiano, de corazón labriego. En él, el señor Cayo es un adensado representante del mundo aldeano, ignorado por el orbe de ciudad, y, por ello, no explotado para el bien común ni social ni nacional ni humanamente [51]. . Más que ir a pedir su voto para los artificiales montajes de la ciudad, para “el engranaje” [52], la ciudad debió acercarse a él, en primer lugar, para aprender a remediar su pobreza vital y enriquecerse con los decantados valores del ruralismo. Ortega para lo que él llamaba la “Realización de la vida española” apuntaba una solución: “No veo otro remedio que una transitoria inversión de las influencia actuales: corregir a Madrid con las capitales de provincia y a las capitales de provincia con las aldeas” [53].

El señor Cayo tiene el corazón labriego, su alma y su cuerpo enteros son campesinos. Los políticos que viajan para encontrarse con él, tienen mucho del “hombre-masa” de Ortega, ya que muestran muy limitado el horizonte de su vida, se gobiernan por fórmulas más que por intuiciones, carecen de recursos de expresión en su lenguaje, que, deliberadamente o porque no dan más de sí, no presenta matices, son miembros de un partido jerarquizado, en los que su personalidad está condicionada por los intereses particulares y formales del partido y, en el momento, por la necesidad de conseguir votos donde los pueda haber y como sea [54]. Sobre este trasfondo de “hombre masa” la personalidad del señor Cayo cobra relieve y altura en el transcurso del encuentro, aparece más rica por su falta de dependencia, la ausencia de presiones exteriores, la serenidad del horizonte de su vida, su libertad de criterio y el pensamiento propio, su fusión con la verdad de la naturaleza de las cosas y de los hechos que ocurren. “Ese tío sabe darse de comer, es su amo, no hay dependencia, ¿comprendes? Ésa es la vida, Dani, la vida de verdad y no la nuestra” [55].

2.3. Ideas de la ciudad sobre el mundo del señor Cayo

Las atropelladas y ligeras ideas que tienen los jóvenes urbanos que visitan el pueblo del señor Cayo sobre el mundo rural contribuyen a destacar el relieve valioso y los aspectos positivos de la aldea frente a la urbe, en la mayoría de los casos.

En la primera parte de la novela, en la que se prepara el viaje a los pueblos de la sierra castellana, en la sede del partido se manejan ideas sobre el mundo rural que tienen por dogmas y que no deben olvidar los militantes. Como se trata de comerles el coco a los paletos han de tener en cuenta que en Castilla el labriego es receloso y como minifundista, conservador [56]. Es gente que no reacciona, su comportamiento es el de las estatuas. Son carrozas e ignorantes, “no saben hacer una O con un canuto, pero les jode que alguien trate de enseñarles algo” [57]. No obstante, ganarse su voto es tarea fácil (bastará con decirles que se les suben las pensiones y que se les va a doblar el precio del trigo], lo difícil es hacerles cambiar de modo de pensar [58]. La idea de estos jóvenes urbanos no puede ser más pobre sobre quienes ellos llaman “paletos”. No merecen, a su entender, el esfuerzo que van a hacer viajando a sus pueblos para redimirlos [59]. Hay soluciones tópicas que tienen muy claras y que proclama como panacea que no precisa matices la literatura ciudadana de siempre. Los jóvenes políticos las profesan: la gran solución esta en las escuelas, “escuelas, escuelas, escuelas” [60].

La existencia y presencia del señor Cayo, el “viejo campesino de Cureña”, su sabiduría, su independencia, su forma de pensar sobre las cosas, su lenguaje rico y matizado... pondrán en su sitio estos conceptos apriorísticos sobre el mundo rural o harán patente su equivocación y pobreza. La conclusión, al regreso del viaje, se invierte sobre lo previsto al comienzo del mismo: “El señor Cayo podría vivir sin Víctor, pero Víctor no podría vivir sin el señor Cayo” [61].

2.4. Contraposición urbe-Cayo rural

En el pueblo castellano lo privado prima sobre lo público, la familia sobre el Estado. Al contrario, en la ciudad, lo público predomina sobre lo privado y, por encima de todos, el Estado sobre las sociedades menores que él. La familia en la urbe tiende al aislamiento, desconoce incluso a sus vecinos, se reduce a estrechos límites; al contrario que en la aldea donde salta la familia fuera de sí hasta el punto de que parece ampliarse a los vecinos del pueblo, a los que se conoce y ayuda o voluntariamente ignora o aborrece, pero con los que de hecho se relaciona. Aquí puede estar una de las claves del enfrentamiento pueblo-ciudad.

La vida en la aldea surge desde el individuo, en contacto con la naturaleza, y se expande hacia fuera, a los demás, por pasos naturales, por aproximación de vivencia a vivencia, instinto e intuición., de abajo arriba Al final del camino podrían alcanzarse las grandes concepciones sobre el hombre y la vida, y, de hecho, se encontrarán formuladas en forma de refranes o de otros modos de equivalente filosofía. En la ciudad el movimiento es, en principio y en general, contrario: va de arriba abajo, de los conceptos generales al individuo concreto, al que no siempre se llega o se llega en malas condiciones. Así, es comprensible que los jóvenes políticos de la urbe, de antemano, ya den por perdido para el “progreso” al paleto que aún no han visto. (Naturalmente, en la ciudad hay almas en cuyo pecho late un corazón labriego, como decía Ortega de muchos asturianos, y, viceversa, en el pueblo pueden darse casos que naden contra corriente de lo popular y rural).

Los representantes de la urbe que trae a su narración Delibes son “listillos de la ciudad” que desconocen cosas elementales del mundo rural, como la utilidad y hasta lo que son barbechos en el campo [62]. La preparación del plan para conseguir los votos que necesita su partido es floja, la improvisan sobre la marcha, son superficiales, ellos mismos la tienen por rollo y “parida de costumbre”, y la basan en tópicos poco o nada analizados, como “el abandono secular, las estructuras medievales” [63]. En algún momento aparece en el horizonte de sus fines algo valioso, naturalmente; así, Rafa dice que se enroló “para que todo dios pueda vivir a gusto”, y Víctor , en un momento determinado, le pregunta a Laly: ¿No te presentas tú a diputada por espíritu de servicio?” [64]. El concepto de la política como servicio no es creación del partido de izquierdas en el que militan, pero lo han hecho suyo y eso les merece. En otros momentos afirman que su fin último en esta tarea política es colocar la última chincheta que falta en el mapa de reparto de la propaganda electoral, que lo demás no importa, que los vecinos no importan [65].

El habla [66] de los jóvenes que en esta novela de Delibes representan la ciudad es pobre, corto, compuesto de palabras y expresiones que repiten con significado impreciso y que emplean para contenidos que no son equivalentes: tema fondón, soltar la parida, joder tranquilo, tío, enrollarse, chorradas, manda cojones, huy la leche, mola cantidad, cojonuda, macho, cacho puto, te clavan una pasta, alucinante... Frente a esta imprecisión de los jóvenes políticos, para grandes e importantes zonas de la realidad incultos e ignorantes, en cuyas expresiones casi todo vale para decir todo, que revelan una pereza de raíz para dar con el término exacto que nombra las cosas y, así mismo, encontrar con la expresión que refleje de forma precisa el estado de ánimo del momento, el lenguaje del señor Cayo resalta por su precisión, por su abundancia, cada objeto tiene su nombre, cada cualidad su adjetivo, cada acción su verbo que la señala. El lenguaje rural en boca del señor Cayo parece brotar, en su forma y en sus contenidos, de la decantación de experiencias de generaciones y generaciones amantes del trabajo bien hecho y bien dicho [67].

Al final de la novela y de la peripecia de encuentro urbe-aldea, Víctor, inteligente personaje de la urbe, resume el choque: “Hablamos dos lenguajes distintos” [68]. La ciudad habla un lenguaje sofisticado y solamente puede ofrecer al mundo rural “Palabras, palabras, palabras” [69]. Por su parte, el señor Cayo habla el lenguaje de las cosas naturales, que conoce. Su lenguaje está cargado de contenido. Ante los jóvenes de la ciudad despliega su saber: sabe que la madera de chopo es ligera y aguanta [70], que el agua de cocer la flor del saúco sana las pupas de los ojos [71], que las abejas que enjambran no pican [72], que el lagarto para las abejas es peor que el picorrelincho [73], que la sombra de la nogala es traicionera [74], que el momento de replantar las remolachas debe coincidir con la luna en cuarto menguante [75], que la flor de la malva aligera el vientre [76].

El pueblo desaparece y con él muere su cultura rural. La urbe no ha movido un dedo porque esto no ocurra. Es Víctor, que hace balance del viaje, quien lo afirma todo conmovido [77]. La vida que ha visto palpitar en las palabras, juicios y comportamientos del señor Cayo le parece verdadera cultura [78] y eso está a punto de morir. Su conocimiento preciso, inmediato y vivo de los pájaros, de las plantas, de los árboles..., en general, de la Naturaleza, le hacen un muerto vivo: “Son como muertos vivos, coño, ¿te das cuenta? [79]. Pretendían redimir al redentor [80], confesarán al término del viaje que les ha resultado provechoso por donde no esperaban. Fueron con la idea de que los hombres son de todos, que eso es la democracia [81] y se han encontrado con un campesino cuya existencia y trato les ha abierto los ojos sobre los hombres de carne y hueso, ciertamente hombres, no meros objetos para el voto de unas elecciones. Esto les ha llevado a plantearse qué es la cultura que están dejando morir, la cultura rural [82], a preguntarse si es más cultura la ciudadana que la rural [83] y han empezado a creer que quizá más importante que recitar Althusser es conocer las propiedades de la flor del saúco [84].

En El disputado voto del señor Cayo, Delibes es una vez más notario de los hechos. No toma partido. Se le adivinan las simpatías, pero no se decanta por ninguna de las partes con detrimento de la otra. Que la sociedad, la política también, vengan a afirmar y salven uno y otro extremo en lo que tienen de valioso. El mundo rural está así en uno de sus rincones particulares y representado por una de sus mejores figuras; el urbano, que encarnan los jóvenes hijos de una sociedad formalista y tecnológica, presenta una serie de carencias que pasea por la novela. En el señor Cayo y en Víctor más que un coche de mundo antagónicos, asistimos al encuentro posible de dos orbes capaces de enriquecerse mutuamente [85]. No se dice cómo.

 

NOTAS

[1) “El señor Cayo no es un ejemplar único ni un personaje exclusivo del mundo novelesco de Miguel Delibes. En nuestros campos existen tipos así. No digo que no sea una especie tendente a desaparecer, pero se podrían poner ejemplos concretos de individuos que, dotados de una sabiduría ancestral, sobreviven en los medios más hostiles en esa armonía con la naturaleza que cada día necesitamos más. Son también nuestros contemporáneos, a los que quizá tengamos que acudir para que nos den la lección vital que tanto aparece, como recurrencia artística y ética, en la obra de Miguel Delibes”. (Miguel Delibes. El escritor, la obra y el lector, Actas del V congreso de Literatura Española contemporánea. Universidad de Málaga, 12, 13, 14 y 15 de noviembre de 1991. Edición dirigida por Cristóbal Cuevas García y coordinada por Enrique Baena, Anthropos, Editorial del hombre, Barcelona, 1992, p. 255) .

[2] “Ese tío sabe darse de comer, es su amo, no hay dependencia, ¿comprendes? Esa es la vida, Dani, la vida de verdad y no la nuestra (...) Tú estás sofisticado, yo estoy sofisticado, éste está sofisticado, todos estamos sofisticados. No hemos sabido entenderlos a tiempo y ahora yano es posible . Hablamos dos lenguas distintas”. (El discutido voto del señor Cayo, Miguel Delibes, Destino, Barcelona, junio, 1999, p.177).

[3] “— Pero, tal como se explica, señor Cayo, usted aquí ni pun. Así se hunda el mundo, usted ni se entera.

      — ¡Too! Y ¿qué quiere que haga yo si el mundo se hunde?” [DVSC, Ib. p. 142)

[4] Ib. p. 83.

[5] Ib. p. 84.

[6] Ib. p. 88.

[7] Ib. pp. 84-85.

[8] Ib. p. 84.

[9] Ib. p. 90.

[10] Ib. p. 88.

[11] Ib. p. 84.

[12] Ib. p. 106.

[13] Ib. p. 105.

[14] Ib. p. 122.

[15] Ib. p. 84.

[16] Ib. p. 135.

[17] Ib. p. 135.

[18] Ib. p. 88.

[19] Ib. p. 84.

[20] Ib. p. 118.

[21] Ib. p. 87.

[22] Ib. p. 88.

[23] Ib. p. 88.

[24] Ib. p. 86.

[25] Ib. p. 90.

[26] Ib. p. 175.

[27] Ib. p. 142.

[28] Ib. p. 143.

[29] Ib. p. 144.

[30] Ib. p. 153.

[31] Ib. p. 138.

[32] Ib. p. 107.

[33] Ib. p. 139.

[34] Ecl 2,24.

[35] Cf. Eclesiastés o Qohelet, José Vilchez Lindez, Verbo Divino, Navarra, 1994: Excursus III sobre el trabajo en Qohelet, pp. 438-441.

[36] Ib. DVSC p. 98.

[37] Ib. p. 137.

[38] Ib. p. 135.

[39] Ib. p. 85.

[40] Ib. p. 138.

[41] Cf. p. 81ss, passim.

[40] Ib. p. 138.

[41] Ib. p. 138.

[42] Ib. p. 87, passim.

[43] Ib. p. 83.

[44] Ib. p. 99.

[45] Ib. p. 103 ss.

[46] Ib. p. 110.

[47] Ib. p. 137.

[48] Ib. p. 304.

[49] Ib. p. 111.

[50] De Madrid a Asturias o los dos paisajes, José Ortega y Gasset, Obras completas, t. II, El espectador, 1916-1934, sexta edición, Revista de Occidente, Madrid, 1963, p. 261.

[51] “Poco me importa que sus votos no lleguen al Parlamento, pero me importa sobre manera que su sentir y su pensar se evaporen vanamente, sin llegar a articularse en sentir y pensar nacionales. Yo, que soy profesor de la Universidad, necesito de la colaboración de los pensamientos aldeanos mucho más que ellos de los míos; merced a la ausencia espiritual de esos cuatro quintos de España, es nuestra vida una inepta ficción, y por grandes que fueran mis esfuerzos, sé muy bien que las cuatro quintas partes de mis ideas están condenadas a ser puro artificio. Esto escribía yo en 1915. Me complace ahora hallar en el libro de Spengler, Der Untergang des Abendlandes, 1918, sostenida la tesis de que desde hace cien años cuanto acaece históricamente es, en sustancia, la magna contienda entre la ciudad y el campo. Pero, a diferencia de Spengler, yo creo que vencerá el campo y que volveremos a él para restaurar nuestras almas que la gran ciudad ha esterilizado”. (De Madrid a Asturias o los dos paisajes, José Ortega y Gasset, Obras completas, t. II, El espectador, 1916-1934, sexta edición, Revista de Occidente, Madrid, 1963, p. 262)

[52] Ib. DVSC p. 177.

[53] De Madrid a Asturias o los dos paisajes, José Ortega y Gasset, op. cit. p.262.

[54] Ib. DVSC p. 32 passim.

[55] Ib. p. 177.

[56] Ib. p. 32.

[57] Ib. p. 33.

[58] Ib. p. 55.

[59] Ib. p. 37.

[60] Ib. p. 33.

[61] Ib. p. 177.

[62] Ib. p. 167.

[63] Ib. pp. 51-52.

[64] Ib. p. 78.

[65] Ib. p. 102.

[66] El disputado voto refleja, por una parte, el habla coloquial de la ciudad, y, por otra, el habla precisa y de variado vocabulario del medio rural menos contaminado por el “progreso”. (El disputado voto del señor Cayo, técnica narrativa, lenguaje y contemporaneidad, Antonio García Velasco, Universidad de Málaga, en Miguel Delibes. El escritor, la obra y el lector, Actas del V Congreso de Literatura Española Contemporánea, 12,13,14 y 15 de noviembre de 1991, edición dirigida por Cristóbal Cuevas García y coordinada por Enrique Baena. Anthropos, Editorial del hombre, Barcelona, 1992, p. 253).

[67) “En boca de este viejo sabio, el lenguaje popular luce sus mejores galas expresivas, con un rico vocabulario relativo al entorno, mientras que el habla de los demás personajes no se caracteriza precisamente por su riqueza. Queda bien a las claras el error de los habitantes de la ciudad, aferrados al tópico de que las gentes del campo son unos ignorantes, a los que hay que enganchar a la fuerza al carro de la civilización” (Manual de literatura española XIII. Posguerra: narradores. Felipe Pedraza Jiménez-Milagros Rodríguez Cáceres, Ceulit Ediciones, Estella, Navarra, 2000, p. 460).

[68] Ib. p. 177.

[69] Ib. p. 175.

[70] Ib. p. 68.

[71] Ib. p. 89.

[72] Ib. p. 93.

[73] Ib. p. 96.

[74] Ib. p. 105.

[75] Ib. p. 110.

[76] Ib. p. 112.

[77] Ib. p. 159.

[78] “El señor Cayo no es un ejemplar único ni un personaje exclusivo del mundo novelesco de Miguel Delibes. En nuestros campos existen tipos así. No digo que no sea una especie tendente a desaparecer, pero se podrían poner ejemplos concretos de individuos que, dotados de una sabiduría ancestral, sobreviven en los medios más hostiles en esa armonía con la naturaleza que cada día necesitamos más” (El disputado voto del señor Cayo, técnica narrativa, lenguaje y contemporaneidad, Antonio García Velasco, Universidad de Málaga, en Miguel Delibes. El escritor, la obra y el lector, Actas del V Congreso de Literatura Española Contemporánea, 12, 13, 14 y 15 de noviembre de 1991, edición dirigida por Cristóbal Cuevas García y coordinada por Enrique Baena. Anthropos, Editorial del hombre, Barcelona, 1992, p. 255)

[79] Ib.DVSC p. 162.

[80] Ib. p. 164, passim.

[81] Ib. p. 152.

[82] Ib. p. 159.

[83] Ib. p. 165.

[84] Ib. p. 166.

[85] “Lo que hace distintas las hablas es el contacto más o menos impregnante con la tecnología. Es curioso, pero la vida urbana y la vida rural no aparecen como antagónicas (recuérdese El camino, en donde sí lo eran), y así se comprueba en las conversaciones entre Víctor y el señor Cayo; se comprenden bien a pesar de su origen y educación diferentes. En ellos se acercan lo urbano y lo rural, revelando que la coincidencia -nostalgia en Víctor- en la apreciación de muchos problemas se debe a que el mundo “nuevo” no es satisfactorio, ni visto desde la perspectiva del campo moribundo, ni desde el punto de vista de quien advierte lo deshumanizante de la vida ciudadana actual.” Manuel Alvar p. 129.

 

© Jorge Urdiales Yuste 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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