Espéculo

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Óscar Urra

A timba abierta

  

 

Jugar a ganar
Ángel Luis Luján Atienza

La novela negra, o mejor dicho el género negro (pues hay que incluir también al cine) tiene virtudes guadianescas, sale a la superficie, desaparece, vuelve a aparecer por las tierras bajas de la notoriedad literaria, según corran los vientos de la moda o la feliz aparición de una novela o película que marquen época. El caso es que siempre anda transitando por los subterráneos de la literatura, pone un fondo de reverberación en toda escritura, impregna con su oscuro limo otros géneros y su corriente nunca se agota.

La primera novela del madrileño Óscar Urra puede ser una buena ocasión para no diré reavivar el género, que se encuentra en buena forma, sino constituir uno de esos hitos que ponen de manifiesto la pertinencia de este tipo de literatura, y su carácter eminentemente literario, carácter que muchas veces se pone en cuarentena por tratarse de obras de “género” y por el hecho de estar en ocasiones más cerca de lo fílmico que de lo literario.

A timba abierta es una novela de género, pero es sobre todo una novela literaria. Digo más: podemos considerarla literatura en estado puro que ha decidido manifestarse en forma de novela negra. Empezando por un detalle que, como botón de muestra, nos sirve para calibrar la calidad de la escritura y el genio de su autor. Sabido es que todos los detectives que se precien tienen alguna peculiaridad o monomanía, muchas veces rayana en la excentricidad. Pues bien, la obsesión de este Julio Cabria, protagonista del relato, aparte de la ludopatía, es la lectura meditada de nuestros ilustrados del siglo XVIII, para pasmo de más de un lector. Por no hablar de la afición cinéfila de Cabria que le lleva a recabar información crítica de las películas con el fin de elegir la más apropiada para conciliar el sueño en la sala oscura.

Azar y orden, caos y lógica forman dos de los ejes centrales en torno a los que se articula temáticamente la novela. Nada más contradictorio (o quizá más lógico) que un obseso del azar que se emociona leyendo las representaciones de un mundo ordenado, sometido a la estricta razón de los ilustrados del siglo XVIII. No obstante, gracias a ese sorprendente contraste el autor llega a una iluminadora conclusión sobre la esencia de la novela negra. Saber demasiado puede llevar a la perdición, como ha demostrado una y otra vez el cine y la literatura; la seguridad quizá estriba en adentrarse en las sombras, dejarlo todo a la ciega baraja del azar. La novela nos viene a mostrar que no siempre es posible ni necesariamente bueno desvelar “la verdad”, no “una verdad” sino la verdad esencial de un mundo que ha quedado esquematizado en unas cuantas vidas. El instante de reflexión de Cabria en las escaleras, entre la clarividencia y la epifanía (pp. 134-135), es un momento clave del relato para dar cuenta del género en su conjunto. Todo esto tiene a la vez una lectura metaliteraria en tanto que el placer del lector del género negro es destruido en cuanto conoce la verdad o desvela el misterio que ha dado sentido a su búsqueda. Esto, sin embargo, no ocurre en A timba abierta, pues por encima de la peripecia central se alzan otros valores que hacen que la novela pueda ser leída con disfrute de nuevo incluso una vez conocido su desenlace.

Otra de las claves para comprender esta obra es verla como el resultado de la degradación de un mundo mítico. La rica galería de personajes: el agente Meléndez (un Meléndez Valdés inverso y expeditivo), César el camarero, el desmadejado Vitriolo imán de todos los golpes y faro de todas las desgracias, parecen sacados de una mitología en horas bajas, herederos de una historia que fue épica un día y ahora ha dejado sólo desechos vagando por el Madrid alucinado (entre castizo, postmoderno y multicultural) del barrio de Tirso de Molina y Lavapiés. Y sin embargo todos tendrán su momento de heroísmo y su oportunidad de demostrar un valor que está por encima de su alcance, incluido el mismísimo Vitriolo, el personaje menos heroico que uno se pueda imaginar.

Este complejo mundo humano que al lector le es fácil reconocer enseguida pero que al mismo tiempo no deja de sorprenderle a cada instante es sometido a la incisiva observación por parte del narrador, lo que se traduce en el texto en cierto tono de humor negro con algo de sátira de costumbres, pero que va más allá de ello al hacer de lo anecdótico sólo una superficie bullente a la que afloran elementos de un interior mucho más oscuro: ese profundo malestar social y espiritual del que da cuenta todo el género negro.

Ello va sostenido por la profunda ironía con que se tiñe todo el texto. Los personajes no son conscientes de estar recreando una historia ancestral, y es por tanto el narrador el que parece comprender su mundo mejor que ellos mismos que, inmersos en sus aventuras y desventuras, no ven su propia realidad, el ciclo de degradación mítica del que forman parte. Los guiños en este sentido son continuos a lo largo del relato: no sólo es que la principal amenaza de la obra se llame Pandora, es que incluso los butaneros son émulos de Sísifo en el infierno de los edificios sin ascensor del centro de Madrid.

Son personajes a los que la vida más que maltratarlos podemos decir que los ha dejado un poco de su mano. A pesar de la necesaria distancia que pone la ironía a que me acabo de referir y que en algunos casos llega a la sorna, el narrador no obstante deja apreciar también un fondo de ternura y de humanidad en la mirada que les lanza. Se diría que son criaturas a las que hay que cuidar porque representan un mundo que se acaba. Durante toda la novela tenemos la impresión de que estamos ante seres que ya no pertenecen al tiempo en que viven, incluso el delito con el que se enfrentan ahora, a pesar de las apariencias de clasicidad, es de un tipo completamente nuevo para ellos. Sus métodos artesanales de investigar se presentan cargados de cierta nostalgia de cuando los barrios eran de andar por casa y no una representación del mundo globalizado, un mundo conectado por redes planetarias que ellos ni sospechan, acostumbrados a la hogareña cuadrícula central de Madrid. El tiempo los ha dejado orillados como reliquias, aptos para ser novelados como curiosidad antropológica e incluso arqueológica, fósiles de personas, a las que Óscar Urra sabe sacar todo el partido. Salvando las distancias temporales y genéricas, ese tono entre lúdico y mordaz y esa sensación de un tiempo crepuscular me recuerdan bastante al ambiente de Tirant lo Blanch.

En cuanto al protagonista de la novela, el detective Julio Cabria, merece mención especial. En él Óscar Urra clava uno de esos personajes que van a vivir con el lector después de haber cerrado el libro. Ludópata, otoñal, hombre sin planes definidos ni en la vida ni en el trabajo más allá de rebañar unos cuantos euros para seguir la suerte sobre el tapete color esperanza. El autor tiene el acierto de hacérnoslo conocer justo en el momento en que planea acabar su vida con un desangelado salto desde la azotea del edificio donde tiene su despacho a la madrileña calle del Doctor Cortezo. Este gesto que podía ser heroico, pero que no pasa de ser un apresurado expediente para quitarse de enmedio mete al lector de hoz y coz en la psicología del protagonista.

Pero la gran baza de la novela, lo que hace que traspase el umbral de ser una muestra brillante de la narrativa negra, es su estilo. Incisivo, juguetón, grotesco, de una asombrosa riqueza de tonalidades, nos recuerda el mejor Valle-Inclán del esperpento al que se le hubieran echado unas gotitas del humor acerbo de Larra, pero sin su desesperación. Estamos ante una prosa con brillo, palpitante, llena de sorpresas verbales que acompañan a las sorpresas de la acción. La aparición constante de guiños lingüísticos a clichés y proclamas y la sabia aceptación de múltiples registros va en la línea de una lúdica sátira y asume la polifonía fundamental de la novela moderna.

Se trata, en suma, de una obra de mérito, además de sumamente entretenida que pone en nuestras vidas a un nuevo personaje de cuerpo entero y una geografía urbana inédita, por redescubierta desde una perspicaz mirada. Seguramente los lectores queden al final, como me ocurrió a mí, con la sensación de que las posibilidades que abre esta novela son muchas y que, por tanto, tendrá su continuación en una prometedora serie.

 

© Ángel Luis Luján Atienza 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2009