Palabras, traducción y Babel

Rafael Fauquié


 

   
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Resumen: El exceso de palabras y códigos de nuestro tiempo podría conducir a los hombres al silencio.
Palabras clave: W. Benjamin, Traducción, lenguaje

 

“Nuestra época, nuestra sensibilidad personal, están inmersas en el mundo de la traducción o, más precisamente, en un mundo que es en sí mismo una traducción de otros mundos, de otros sistemas”. Octavio Paz.

 

En su texto Sobre el programa de la filosofía futura [1], escrito a comienzos de este siglo, Benjamin imaginó una filosofía venidera mucho más cercana a la expresividad de las palabras que a la de las ciencias o las matemáticas. "El gran cambio y corrección que ha de introducirse en un concepto de conocimiento unilateralmente orientado hacia lo matemático-mecánico -dice Benjamin- sólo podrá lograrse mediante la relación entre el conocimiento y el lenguaje”. Y más adelante concluye: “... Kant no advirtió en modo alguno el hecho de que todo conocimiento filosófico tiene su única expresión en el lenguaje, y no en fórmulas y números. Este hecho, a la postre, se revelaría como el hecho decisivo, y es por él que,a fin de cuentas, debería afirmarse la supremacía de la filosofía, no tan sólo sobre todas las otras ciencias, sino también sobre las matemáticas."

En su trabajo, Benjamin postula la necesidad de una filosofía nueva, necesaria para otros hombres: diferentes habitantes de un mundo también diferente. "Es deber principal de la filosofía que se avecina -dice- permitir convertirse en conocimiento a los indicios más profundos que extrae de la época misma y de los presentimientos de un gran futuro". ¿Qué fue de ese "gran futuro" presentido por Benjamin? Benjamin escribe su trabajo a comienzos de 1918, el último año de la Primera Guerra Mundial, cuando ya se divisaba el final de la que parecía ser la última de las guerras, y nadie hubiera podido imaginar cuál iba a ser el destino de Europa y del mundo apenas dos décadas más tarde. El mismo Benjamin se convertiría en una cruel víctima de ese destino: a comienzos de 1940 se suicidó cuando escapaba de Francia hacia la frontera española, huyendo de la barbarie nazi. El "gran futuro" imaginado por Benjamin debería, pues, esperar... Sin embargo, en esos escritos de 1918, Benjamin propuso algo tan simple como exacto: el pensamiento del hombre venidero debería servirle para interpretar sus experiencias venideras. Verdad de perogrullo: un pensamiento otro para un hombre otro; un ser humano necesitado de nuevos asideros, propiciador de nuevos diálogos con el universo, formulador de nuevas preguntas y buscador de diferentes respuestas.

En otro artículo titulado “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres”, texto dos décadas posterior, Benjamin vislumbra el universo como un espacio infinito e infinitamente comunicado. Todo en el universo se comunica, dice, porque todo en él se expresa, porque todo en él habla. Todas las cosas poseen un lenguaje, hablan un lenguaje. Cuanto existe en la naturaleza posee una esencia comunicativa. “No hay acontecimiento o cosa en la naturaleza animada o inanimada -dice- que no participe de alguna forma de la lengua, pues es esencial a toda cosa comunicar su propio sentido”. Todo lo existente, animado o inanimado, dice, se dice a través de un lenguaje. Todo se relaciona con todo en una inacabable forma de diálogo. Aquí resulta central una idea de Benjamin: la de traducción. Traducción es desciframiento, asimilación, incorporación de la otredad a través del lenguaje; conversión del lenguaje de lo “otro” en una forma de mi propio lenguaje. “El concepto de traducción -dice Benjamin- conquista su pleno significado cuando se comprende que toda lengua superior (con excepción de la palabra Dios) puede ser considerada como traducción de todas las otras ... La traducción de la lengua de las cosas a la lengua de los hombres no es sólo traducción de lo mudo a lo sonoro es la traducción de aquello que no tiene nombre al nombre. Es, por lo tanto, la traducción de una lengua imperfecta a una lengua más perfecta”.

Traducción implicaría, pues, nuevas relaciones entre los hombres, y entre éstos y el universo. El lenguaje superior de los hombres, debería, según Benjamin, traducir a los otros lenguajes: asimilarlos, entenderlos. A partir de la traducción debería llegar para el ser humano una comprensión de las casi infinitas formas de lo que es su otredad. El lenguaje de los hombres estaría llamado, por ejemplo, a traducir el lenguaje de la naturaleza. La palabra del cosmos y la palabra de las creaciones humanas estarían obligadas a traducirse. En este caso, la idea de traducción significaría el final de la soberbia de los hombres; una nueva manera -más humilde y mesurada- de asumir su relación con esa forma de otredad que es lo natural. La Naturaleza, habla. Lo ha hecho siempre. Fue el hombre quien, en algún momento, pareció dejar de escucharla. Sólo “traduciéndola” descubriríamos que nunca hemos dejado de pertenecer, inexorablemente cercanos, a su marcha y a sus designios; que todos, hombres y cosmos, formamos parte de una armonía universal que todo lo engloba.

En otro terreno, el de la comunicación entre los hombres, traducción significaría diálogo y cercanía, reciprocidad y convivencia, necesaria reunión de particularismos coexistiendo dentro de un espacio común. La traducción acerca las diferencias, las comunica, las integra; facilita las comprensiones, aproxima los diálogos. ¿La traducción, tal como la concibe Benjamin, implicaría el fin de la babelización del mundo humano?, ¿sería una metáfora de tiempos nuevos en los que Babel ha desaparecido para siempre? Babel es la imagen opuesta a la traducción, lo contrario de la comunicación humana. La tradición judeocristiana recuerda que el castigo para Nemrod, el rey que pretendió llegar hasta el cielo para contemplar el rostro de Dios, fue el caos de Babel. La torre interminable habría de permanecer en la memoria de la humanidad como una alegoría del fracaso de los hombres en la desmesura de sus pretensiones. En su trabajo Después de Babel [2], George Steiner recuerda que en la mayoría de las culturas existen mitos que hablan de la insalvable diferencia entre la voz del nosotros y la voz de los otros. Alegoría del no diálogo, de la incomunicación absoluta, en Babel encarnan las diferencias entre los hombres, las aproximaciones imposibles entre colectividades y culturas; en fin, la suma de todas las insalvables diferencias de una historia de la humanidad que, como Octavio Paz ha dicho alguna vez, “rezuma sangre”.

En nuestros días, existe otra imagen posible para Babel: la de la incomunicación de sociedades hacinadas, la de la exclusión de los seres humanos en medio de límites saturados y superficies abarrotadas. La percepción de un mundo achicado acerca a los hombres encerrándolos en espacios cada vez más reducidos, y esa cercanía pudiera semejar un espejismo de traducción; pero se trata de una imagen falsa: hombres y sociedades más que comunicarse, superficialmente se parecen. Steiner recuerda, por ejemplo, que, en nuestros días, el idioma inglés, en su particular versión de un inglés norteamericano, simplificado al extremo, se ha convertido en una lengua de uso práctico, lengua de los dominadores del tiempo presente transformada en herramienta de trabajo en un mundo hipercomunicado. Aparente semejanza de comportamientos y sistemas, de costumbres y técnicas que no oculta la multiplicante exacerbación de particularismos empeñados en no escucharse sino a ellos mismos. Contradictoriamente, nuestra época encierra ambas posibilidades: la de la estridencia de los dialectos y la de la universalización de las ritualizaciones. De un lado, la semejanza superficial que no es sino sólo aparente similitud; del otro, la multiplicación de palabras de encierro que son localismos infinitesimales, parlas de sectas y catacumbas. La traducción sería el conjuro de Babel a través de la posibilidad ética de las palabras. Por medio de la traducción podrían comunicarse y entenderse las diferencias genuinas y necesarias, las pluralidades legítimas. La validez de las diferencias se apoyaría en la traducción. Ella establece que las palabras de los hombres tienen, todas, derecho a existir; que las tradiciones y costumbres pueden dialogar sin enfrentarse, todas merecedoras de ser escuchadas y comprendidas.

En un libro que escribí en 1998 [3], comentaba en relación al diálogo de las culturas dentro de nuestro mundo empequeñecido y de nuestro tiempo saturado de voces y protagonismos: “Sólo el diálogo entre los pueblos puede garantizar la vida de los pueblos, sólo el diálogo entre las culturas puede garantizar la vida de las culturas, sólo el diálogo entre todos podrá garantizar la existencia de un futuro. Un diálogo que sea vitalidad y, sobre todo, traducción de la palabra ajena. Traducción: la voz de los otros y mi propia voz convertidas en léxico común (...) Traducir es asimilar distintas maneras de entender y de actuar. Es comprender la voz de los otros. Es vernos todos reflejados en el rostro de todos. La traducción comunica las diferencias. Convierte los intereses de algunos en posible acuerdo universal. Incorpora la originalidad de todas las experiencias en una común experiencia de la humanidad. La traducción dice que todas las memorias y todas las tradiciones son importantes; que todas son necesarias.”

La creación del mundo humano comenzó con la aparición de las palabras. Ellas fueron el signo de la vitalidad de un universo donde el hombre comenzaba su itinerario protagonista. Hoy, nuestro tiempo contempla la confusión de demasiadas referencias y alusiones, el desvanecimiento de muchas voces que se han vuelto ininteligibles. El exceso de palabras y códigos de nuestro tiempo podría conducir a los hombres al silencio. Para Benjamin la imagen más desoladora para la humanidad era la del silencio; esto es: no decir ni escuchar; casi lo mismo que no existir, que no ser o que dejar de ser. Los hombres tememos al silencio. Nos horroriza su imagen de vacío o de muerte.

El principio de lo humano llegó junto a las palabras que comenzaron a suplantar a las cosas. Quizás su final llegue cuando demasiadas palabras incomprensibles o vacías de significados señalen el inicio de un tiempo que ha comenzado a dejar de pertenecer a los hombres o que ha comenzado a contemplar su desvanecimiento.

 

Notas:

[1] Ver Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos, Caracas, Monteávila editores, 1970

[2] Después de Babel, México, Fondo de Cultura Económica, 1980

[3] Arrogante último esplendor, Caracas, Equinoccio, ed. de la Universidad Simón Bolívar, col. Papiros, 1998

 

© Rafael Fauquié 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/tradbabel.html