Estandartes, polvaredas, confusión e ira en Enrique Fi de Oliva
y en el episodio de los rebaños de ovejas de Don Quijote de la Mancha

Cristina González

University of California, Davis
crigonzalez@ucdavis.edu


 

   
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Resumen: Análisis de algunos aspectos de Enrique Fi de Oliva, tales como el temperamento colérico del héroe y su status como caballero novel, que pudieron haber influido en la caracterización del protagonista de Don Quijote de la Mancha en general y en su actuación en el episodio de los rebaños de ovejas en particular.
Palabras clave: Enrique Fi de Oliva, Don Quijote de la Mancha, episodio de los rebaños de ovejas, temperamento colérico, caballero novel

 

Las fuentes literarias de Don Quijote de la Mancha son innumerables y, en muchos casos, indetectables debido a la técnica onírica con la que Cervantes las trata, articulando los aspectos extraídos de ellas de la misma manera que los sueños combinan elementos sacados de la realidad [1]. Sin embargo sabemos que su fuente principal fueron los libros de caballerías, que parodia. El protagonista del Quijote es un hidalgo que, de tanto leer, se vuelve loco y se convierte en caballero andante, saliendo por el mundo en busca de aventuras como los héroes de estos libros. En el capítulo I, VI Cervantes critica los libros de caballerías explícitamente por boca del cura y del barbero, que los condenan a la hoguera, aunque algunos se salvan por su excepcional calidad. Martín de Riquer (p. 578) distingue entre novelas caballerescas y libros de caballerías. Las primeras son obras de la Edad Media, como el Tirante el Blanco, aunque en muchos casos se hayan publicado en el Siglo de Oro para satisfacer la demanda del público, constituyendo lo que Víctor Infantes llama un “género editorial.” Los segundos son básicamente los seguidores del Amadís de Gaula. Creo que el Quijote parodia el Amadís de Gaula y sus seguidores a base de utilizar recursos literarios sacados de obras anteriores tales como el Tirante el Blanco y las demás novelas caballerescas medievales.

Entre éstas se hallan dos obras que no se mencionan en ese capítulo, pero que se sabe que le sirvieron de inspiración a Cervantes porque las menciona en el capítulo I, XVI, que dice:

Fuera de que Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas, y échase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan mínimas y rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde podrán tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las acciones tan corta y sucintamente, que apenas nos llegan a los labios, dejándose en el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo más sustancial de la obra. ¡Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aquel del otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas, y con qué puntualidad lo describen todo! (p. 141)

Tablante de Ricamonte es la versión castellana de la novela caballeresca provenzal Jaufré en tanto que el libro que habla del conde Tomillas es la novela caballeresca castellana Enrique Fi de Oliva.[2]

“Puntualidad” en este contexto significa exactitud, precisión, minuciosidad, detallismo. Como indica Ruth El Saffar (pp. 121-22), Cide Hamete Benengeli se presenta como un narrador cuidadoso. Efectivamente, el texto lo pinta como “puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera historia” (p. 928), y lo elogia por la manera exhaustiva con la que cuenta “las semínimas de ella, sin dejar cosa por menuda que fuese” (p. 848). Cervantes en el prólogo critica las novelas de caballerías por su falta de realismo, no cayendo “debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad” (p. 13), aunque en el capítulo I, L don Quijote defiende la veracidad de los libros de caballerías indicando que éstos cuentan “el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas, punto por punto y día por día” (p. 509) de cada caballero. Es decir que, si la verdad es puntual, lo puntual debe ser verdad. Tablante y Enrique no solamente son modelos de este tipo de novelar, sino que proporcionan ideas concretas o “puntuales,” es decir, “cosas menudas”, para el Quijote, particularmente para la parte que Howard Mancing (1982: p. 62) ha identificado como la más artística y más caballeresca de la obra, que corresponde a los capítulos I, XV a I, XXII. En cierto sentido, el resto de la obra es una amplificación de lo que sucede en estos capítulos, que son precisamente la parte que más influida está por el Tablante y por el Enrique.

Según he explicado en otro artículo, hay bastantes aspectos de estas dos obras que contribuyeron a la creación del personaje de don Quijote, aunque no son, por supuesto, su única fuente. Por ejemplo, este personaje combina rasgos de la figura del ingenuo caballero novel Jofre con la del ineficaz don Milián y los otros caballeros ancianos del Tablante, obra en la que los caballeros son o demasiados viejos e ineficaces o demasiado jóvenes e ingenuos. Además, como Jofre, don Quijote vive pendiente de que se escriban sus aventuras para la posteridad. Por último, el Tablante es una de las fuentes de la figura del caballero que se debate inocentemente entre el amor de dos damas así como de la idea del castillo que el protagonista cree encantado, pero que no lo está, en el cual lleva muchos palos sin saber la causa.

En cuanto al Enrique, presenta un encantador que es enemigo persistente e implacable del protagonista y tiene el poder de transformar la apariencia de las cosas con sus objetos mágicos. Además hay un contraste entre los encantamientos que se hacen en serio (el del arlote) y los encantamientos que se hacen en broma (el de la lavandera) y una dualidad cómica entre la mujer bella (Aldigon) y la mujer fea (la lavandera), con las que comparte cama en diferentes momentos el padre del protagonista, así como un erotismo indirecto asociado con la camisa de Mergelina, que es una de las fuentes de la escena de la venta del capítulo I, XVI del Quijote. En este capítulo don Quijote confunde a la fea Maritornes, a quien le palpa la camisa en la oscuridad, con la bella hija del ventero, debatiéndose entre el deseo por la joven que cree tener entre sus brazos y su fidelidad a Dulcinea. Al final recibe muchos palos sin saber quien se los da, por lo que considera que se encuentra en un castillo encantado.

La influencia del Enrique en el Quijote no se acaba ahí, sino que se ve en otros episodios. En particular, creo que la aventura de los rebaños de ovejas del capítulo I, XVIII, que algunos han leído como una condena de la guerra, en la que los soldados van a la batalla como ovejas al matadero (Michael McHaga) y que otros han interpretado como un comentario sobre las tensiones existentes entre la agricultura y la ganadería (Chad M. Gasta), es una recreación típicamente cervantina de algunas “cosas menudas” del Enrique, que, junto con elementos sacados de otras fuentes, ilumina el temperamento colérico de don Quijote.

Esta aventura tiene lugar justo después del episodio de la venta de Juan Palomeque el Zurdo, que tan influido está por el Enrique, mencionado en él. Como transición entre los dos está el capítulo I, XVII, en el que don Quijote reflexiona sobre las aventuras que le han sucedido en la venta que él sigue creyendo castillo. Rememorando su dilema amoroso entre la mujer que ha tocado--Maritornes, que él cree que era la hija del ventero a quien imagina señor del castillo--y la intocable Dulcinea, está hablando de los golpes que ha llevado de manos de algún invisible encantador cuando entra en la habitación un cuadrillero que se dirige a él de forma poco respetuosa, ya que le llama “buen hombre”. Entonces don Quijote se enfurece y le llama “majadero” (p. 148) por no saber tratar a los caballeros andantes con la debida reverencia. Más adelante en el mismo capítulo, en un arranque semejante, don Quijote llama “sandio y mal hostalero” (p. 152) al dueño de la venta por pedirle que le pague, exigencia que él considera nunca debe hacerse a un caballero andante.

En el Quijote abunda este tipo de reacción, que recuerda las de Enrique cuando no es tratado con el debido respeto. Enrique es mucho más dado a la ira que otros héroes caballerescos. Ninguno de los protagonistas de los libros de caballerías del Siglo de Oro ni de las novelas caballerescas de la Edad Media lo iguala en cuanto a falta de autocontrol. Cuando se enfada es de temer. Enrique no tolera insultos ni desobediencias. A los cinco años le reprocha a su padre en público su boda con la hija del conde Tomillas, que considera como una deshonra para su madre y, por lo tanto para él. Su padre, enfurecido, le lanza contra un pilar y casi le mata. Podríamos decir que Enrique presenta los rasgos violentos típicos de algunos niños maltratados. Sus ataques de ira son repentinos e inesperados. Cuando ya es adulto y va a Tierra Santa, Enrique mata al Marqués de Monferrat por haber contravenido sus órdenes y actuado de forma cobarde. Más adelante cuando, tras un naufragio, llega desnudo y hambriento a las puertas de Constantinopla y le socorre el senescal, Enrique se siente insultado cuando éste le propone que entre en la ciudad a pie. En lugar de eso, Enrique le obliga a dejarle su caballo y caminar detrás de él. Después de armarse caballero y convertirse en emperador de Constantinopla, Enrique va a Francia a vengar a su madre.

Por el camino fuerza a un palmero a cambiar de ropa con él, amenazándole de muerte cuando éste se resiste a obedecer sus órdenes. Luego, cuando Tomillas, sin saber quién es, le da un golpe en la cara, Enrique tiene que hacer un gran esfuerzo para controlar su ira y no revelar su identidad. Igualmente, cuando el hijo del conde de Sant Nicolás de Var actúa de manera insolente, Enrique se irrita profundamente con él y le amenaza, perdonándole sólo cuando aquél, haciendo caso omiso de sus órdenes de mantenerse alejado, le salva la vida. Enrique es un personaje colérico cuya principal característica es que es muy sensible a la deshonra y considera cualquier desafío a su autoridad una ofensa grave. En cierto modo, Enrique, que no es armado caballero hasta después de la conquista de Jerusalén y de la defensa de Constantinopla, nunca deja de comportarse como un caballero novel. Por eso nunca pierde su impetuosidad ni su vanidad. El hijo del conde de sant Nicolás de Var le irrita porque quiere ser el primero en atacar a enemigo, honor que Enrique no está dispuesto a ceder.

Don Quijote comparte con Enrique la naturaleza colérica, así como la sensibilidad a la deshonra. Helena Percas de Ponseti (I: pp. 31-43) indica que la facultad imaginativa de don Quijote, su ingenio, es una característica del temperamento colérico según la teoría de los humores de Juan Huarte de San Juan, que conectaba la naturaleza intelectual de la persona con su naturaleza biológica. Cuando predominan la sequedad y el calor, la persona es ingeniosa y colérica. De acuerdo con el pensamiento médico de la época, algunos alimentos, como las lentejas, que don Quijote come todos los viernes, agudizan esta condición. Es decir que el título de la novela, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y la dieta del protagonista nos pondrían sobre la pista de sus problemas, los cuales se manifiestan con particular claridad en el episodio de los rebaños de ovejas, en el que don Quijote sufre uno de los mayores ataques de cólera de toda la obra.

Este episodio tiene lugar después del brutal manteo que sufre su escudero en la venta. Cuando por fin sale de allí, Sancho tiene un desacuerdo con don Quijote sobre lo que ha sucedido. Don Quijote cree que la venta era un castillo encantado y que la aventura del manteo era un encantamiento más, pero Sancho dice que los que le mantearon tenían nombres propios como Pedro Martínez y Tenorio Hernández y que el ventero se llamaba Juan Palomeque el Zurdo. Esta “puntualidad” parecería indicar que Sancho lleva la razón. Frente a los misteriosos y abstractos encantadores de los que habla don Quijote, él tiene datos concretos sobre personajes reales.

Cuando se encuentran en el medio de este coloquio, ven dos grandes polvaredas en la distancia. Don Quijote inmediatamente dice que se trata de dos ejércitos, aunque lo que tiene enfrente son dos manadas de ovejas. Subiéndose a un altillo para dominar mejor la escena, don Quijote procede a explicarle a Sancho, con una “puntualidad” que Karl-Ludwig Selig (1974-75) califica de pictórica y Pilar del Carmen Tirado describe como acústica, todo lo que ve y oye, dando los nombres y apellidos de los caballeros que cree tener delante: Alifanfarón, “señor de la grande isla Trapobana”, y su enemigo Pentapolín del Arremangado Brazo, “rey de los garamantas” (p. 157). Don Quijote explica que Alifanfarón, que es pagano, desea casarse con la hija de Pentapolín, que es cristiano, pero éste no quiere dársela en matrimonio a menos que se convierta. Para demostrar la veracidad de su interpretación, don Quijote describe con enorme lujo de detalles a los más importantes caballeros de cada bando. Por ejemplo, del bando pagano dice:

—Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros gigateos que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente y tiene por escudo una puerta, que según es fama es una de las templo que derribó Sansón cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. (p. 158)

El bando pagano se asocia con los moros, mientras que el banco cristiano está compuesto de caballeros europeos:

Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la frente de estotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice “Miau,” que es el principio del nombre de su dama que, según se dice, es la sin par Miaulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe; el otro que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín, señor de la baronía de Utrique; el otro que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera cebra y trae las armas de los veros azules es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice así: “Rastrea mi suerte.” (pp. 158-59)

Tras oír la descripción de estos caballeros y muchos más, Sancho dice que él no ve nada de esto y que allí solo hay ovejas, pero don Quijote no le hace caso y arremete contra los animales creyendo que está ayudando a Pentapolín a derrotar a Alifanfarón. En vista de este ataque, los pastores la emprenden a pedradas con él, que se cae del caballo y acaba magullado y desdentado. Entonces don Quijote atribuye lo que ha pasado a los encantadores.

Las fuentes clásicas de este episodio han sido estudiadas por Alexander H. Krappe y Karl-Ludwig Selig (1983), entre otros. Por ejemplo, en las Epístolas a Lucilio, Séneca dice que la polvareda que levantan unas ovejas se confunde con la producida por un ejército y en el Asno de oro, que es también la fuente del episodio de los pellejos de vino, Apuleyo cuenta que a Ayax una diosa le cambia en rebaño de ovejas el ejército que pensaba atacar, con la consiguiente frustración de éste. Se trata, pues, de una idea muy antigua y bien conocida que Cervantes desarrolló a base de combinarla con las descripciones de la guerra que aparecen en algunas obras medievales y renacentistas. La influencia del Orlando furioso de Ludovico Ariosto, estudiada por Kart-Ludwig Selig (1976-77), es particularmente clara.

En el canto X de esta obra, cuyo protagonista, como señala Percas de Ponseti (I: p. 41), también pierde el juicio y lo recupera al final, el moro Rugiero, mientras busca a su amada, la cristiana Bradamante, con la que acaba casándose después de convertirse al cristianismo, hace un viaje fantástico montado en un hipogrifo, que da la vuelta al mundo. Finalmente el hipogrifo desciende sobre el Támesis y la narración describe a los principales caballeros del ejército inglés congregado allí, ofreciendo información sobre la identidad, armas y estandartes de cada uno. Entre los caballeros hay uno llamado Morat del que se dice que lleva un estandarte blanco que espera empapar en sangre de moro. Este personaje se ha señalado como una fuente de la figura del caballero novel del escudo blanco que aparece en el episodio de los rebaños de ovejas del Quijote. Sin embargo, este episodio puede tener múltiples fuentes, entre ellas el Enrique, novela caballeresca en la que el protagonista, que no es armado caballero hasta la segunda mitad de la obra, actúa como un impetuoso y vanidoso caballero novel, participando en batallas en las que hay estandartes, polvaredas, confusión e ira.

En particular hay tres batallas relevantes. La primera tiene lugar después de que Enrique mata al Marqués de Monferrad por cobarde, lo que aterroriza a los cristianos y les hace esforzarse lo más posible en su lucha contra los moros. El texto describe con cierto detalle a los líderes enemigos, los cuales tienen nombres exóticos como el soldán de Babilonia, el soldán de Antonia, el príncipe de Domas, el rey Gurugiano y Elerverdurés, señor de la ciudad donde se encontraba la Vera Cruz, y su hijo Liprés. Estos líderes no solo tienen caballos, sino también “agarafaz y elefentes” (p. 84), es decir, jirajas y elefantes, lo que aumenta su exotismo. Además de estos líderes, se mencionan pueblos y lugares como Trípol, Acre, Jafa, Tabía, las tierras de Suria, el río Jordán, el Monte Tabor, “y todas las otras tierras de Ultramar que fueron perdidas después de la conquista del duque Godofre, que por su muerte fue todo desamparado y perdido según se cuenta la Historia grande de Ultramar” (p. 86). Enrique se presenta como un nuevo y más aguerrido Godofredo de Bouillon que lleva a los cristianos a la victoria. Así apresa a Elverdurés y a Liprés y los mata por negarse a convertirse al cristianismo. Los nombres estrambóticos y sugerentes de estos personajes recuerdan a los que aparecen en el Quijote, que han sido estudiados por Leo Spitzer, Pedro Salinas, Howard Mancing (1973) y Michael McGaha, entre otros.

La segunda batalla tiene lugar cuando los moros, abatidos, se reúnen en torno a Mirabel de Taratona, que los lleva a cercar Constantinopla, donde pretende casarse con la princesa cristiana Mergelina y acceder al trono. Enrique les sigue y, tras ponerse al mando de las tropas del emperador, se enfrenta a ellos matando a Mirabel y dos reyes que iban con él. En esta batalla se produce gran confusión a causa de una polvareda que se levanta, lo que hace que Enrique se pierda:

Tan grandes eran los polvos que unos a otros no se podían devisar, y los de Enrique perdiéronle de vista y no sabían a quál parte estava. Y hallóse solo en la ribera de la mar, y vio venir muchos moros y ninguno de su compañía. (p. 99)

Mergelina, que se percata de lo que sucede manda que lo vayan a rescatar, después de lo cual lo arma caballero y se casa con él. No es difícil ver en esta aventura algunos de los rasgos del episodio de los rebaños de ovejas tales como la polvareda y la confusión, los nombres estrambóticos y sugerentes y la idea de que el líder de los paganos quiere casarse con una princesa cristiana, pero se niega a convertirse al cristianismo, lo que combina las figuras de Mirabel de Taratona, que quiere casarse con Mergelina, y de Elvedurés, que se niega a convertirse. Diego Clemencín (p. 1167) señala que la diversidad de religión es un obstáculo para el matrimonio en muchos libros de caballerías, incluido el Orlando Furioso. Hay que añadir Enrique a la lista de fuentes de este aspecto del Quijote.

Cervantes todavía parece haber sacado una “cosa menuda” más de otra batalla de Enrique. Se trata de su lucha contra los franceses encabezados por su medio hermano Malindre. De sus acompañantes se presta especial atención a Enbront, hermano del duque de Ganancia, y al hijo del conde Sant Nicolás de Var, valiente caballero novel que desobedece sus órdenes de no seguirle y le salva cuando Malindre lo tumba en tierra. Una vez sobre su caballo otra vez, Enrique se dirige a la Rocha a buscar al conde Tomillas llevando su seña tendida de “águilas negras y el canpo de oro” (p. 110). Allí acaba con su enemigo, venga a su madre y se reconcilia con su padre. En este episodio destacan otra vez los nombres estrambóticos y sugerentes. Además, aparece la figura del caballero novel, por una parte, y la imagen del estandarte por otra. El caballero novel es el hijo del conde de San Nicolás de Var y el caballero del estandarte es el propio Enrique, que compite con el joven en impetuosidad y vanidad.

Exhibiendo características semejantes, don Quijote arremete contra lo que cree ser un ejército de moros decididos a forzar a una princesa cristiana a casarse con su líder sin que éste se convierta:

—¿Adónde estás, soberbio Alifafarón? Vente a mí, que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapolín Garamanta. (p. 161)

Esta pelea “de solo a solo”, recuerda, entre otras cosas, al desafío que le hizo Enrique a Mirabel de Taratona, cuando propuso un duelo entre los dos para decidir la suerte de la guerra. Cuando éste se resiste, Enrique le increpa:

—No devéis mostrar cobardía, ca pues que tantas gentes llegaste a venir a esta ciudad y conquistar este imperio, bien devéis entender que la hazienda y toda cosa te has de aparejar. Y agora no hablas como rey, mas como ombre cobarde. (p. 97)

En el Enrique, el encuentro de “solo a solo” se convierte en una lucha los dos ejércitos, que forman la polvareda y confusión antes descritas. El desafío a un duelo individual no es exclusivo del Enrique, sino que parece en muchas otras obras de la Edad Media y el Siglo de Oro. Lo que destaca en el Enrique es la furia con la que el protagonista acomete esta empresa. Su mal genio vuelve a manifestarse en otro desafío a un duelo individual al final de la obra, cuando amenaza a su tío el rey Pepino con luchar con él, destruir la ciudad y matar a todos sus habitantes si no le devuelve a su madre todas sus posesiones. Enrique es impulsivo e irascible en extremo, rasgos que comparte con don Quijote, quien los manifiesta con especial claridad en el episodio de los rebaños de ovejas. Creo que entre las múltiples fuentes de este episodio debe incluirse Enrique, novela caballeresca que, junto con Tablante, es alabada como modelo de narrativa puntual por Cervantes tan sólo dos capítulos antes. Sin duda Enrique revela la cólera del héroe con gran puntualidad, lo mismo que Tablante revela puntualmente su ingenuidad.

Como se ve, con elementos sacados de obras relativamente simples, Cervantes ilumina la naturaleza compleja de su héroe, colérico caballero novel que está deseando mojar sus armas en sangre enemiga como Ayax y como el personaje del estandarte blanco del Orlando furioso, así como el hijo del conde de San Nicolás de Var o como el propio Enrique. Con la técnica onírica que le caracteriza, Cervantes articula todas estas “cosas menudas” de manera original para producir la extraordinaria ilusión de la experiencia humana que, según Edward C. Riley (p. 225), es el Quijote.

 

Notas

[1] Para el Quijote se sigue la edición de Francisco Rico. Sobre la relación de esta obra con los libros de caballerías, véanse los estudios de Daniel Eisenberg, Javier Guijarro Ceballos, Caroline A. Jewers, José Manuel Lucía Megías, Howard Mancing y Edwin Williamson, entre otros.

[2] Para el Tablante, se utiliza la edición de Gonzalo Santonja, aunque se ha consultado también la de Adolfo Bonilla y San Martín. Sobre esta obra véanse los estudios de Nieves Baranda, Anthony van Beysterveldt, Fernando Gómez Redondo, John B. Hall, Lucila Lobato Osorio y Harvey L. Sharrer. Para el Enrique, se utiliza la edición de José Manuel Fradejas Rueda, aunque se han consultado también las de Nieves Baranda, Pascual de Gayangos y Harvey L. Sharrer. Sobre esta obra véanse los estudios de Nieves Baranda, Kimberly Anne Campbell, Ignacio Chicoy Dabán, José Fradejas Lebrero, José Manuel Fradejas Rueda, Fernando Gómez Redondo, Cristina González, David Hook y Rafael Ramos Nogales.

 

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© Cristina González 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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