El espejo roto
(El ciego y oscuro salto de Francisco Vicaría, de Luís Ramírez Benéytez)

Tomás Salas


 

   
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Resumen: La novela El ciego y oscuro salto de Francisco Vicaría (1986), de Luís Ramírez Benéytez (1927) tiene como característica vertebral la complejidad, una heterogeneidad que, en un sentido general, ha sido reconocida por los críticos como una de las señas que definen la novela moderna o “posrealista”. Es un ejemplo de cómo el espejo se rompe porque el mundo al que refleja también está desmembrado y rotas las columnas que le daban coherencia y sostén. Sin embargo, en este caso hay un cierto hilo conductor, una intención “transliteraria” que da trabazón a un corpus tan diverso. La idea en cuestión es la lucha por la libertad y la dignidad, en la que los humildes intentan avanzar y algunos poderosos impedir.
Palabras clave: Luís Ramírez Benéytez, Narrativa española contemporánea,

 

El prestigioso Premio Andalucía de novela se concedía en su primera edición (1986) a un autor singular que, a una edad madura, escribía su primera novela. Se trataba de Luís Ramírez Benéytez (nacido el toledano pueblo de Mora, 1927), sacerdote, economista, profesor, hombre de dilatada experiencia intelectual, personal y pastoral. Intelectual poliédrico que desarrolla sus inquietudes en diferentes campos: literatura, economía, teología, periodismo. Una vez jubilado de su actividad docente, leyó su tesis doctoral, donde aunaba sus conocimientos técnicos como economista con su preocupación social, sobre Modelos alternativos de comportamiento económico ante la escasez y la desigualdad. En 1999 publica su segunda y, por ahora, última novela, La memoria desnuda. Hoy, octogenario lúcido y activo, continúa ocupándose de su parroquia, dando conferencias y cursos y vertiendo en la prensa sus opiniones siempre esclarecedoras y heterodoxas.

La obra en cuestión es El ciego y oscuro salto de Francisco Vicaría, título con resonancias de San Juan de la Cruz bajo el que se desarrolla un hecho histórico. El protagonista es Francisco Vicaría, fraile carmelita que asiste a un grupo de liberales, entre los que se encontraba el general José María de Torrijos, fusilados en las playas de Málaga el 11 de diciembre de 1831, por orden de Fernando VII. Fue un episodio más en la multisecular lucha hispano entre liberalismo y absolutismo. Francisco enloquece a partir de ese día y lo sustancial del relato son los recuerdos y monólogos del protagonista, que bucea en su pasado y da vueltas a las dudas y obsesiones que le acompañarán hasta el final. Sin embargo sería un error reducir esta extraña y compleja novela a un relato histórico, ahora tan en boga; tampoco es lo que podríamos calificar como “novela de tesis”: un alegato contra los malos (los absolutistas, la España negra de la inquisición, etc.) frente a los buenos (los liberales, los ilustrados, los europeístas, etc.). Ni siquiera el elemento de introspección psicológica define la obra. Estos aspectos -el histórico, el moral, el psicológico- son elementos presentes en la obra y que tienen su peso específico en el conjunto, pero están lejos de explicarla y agotarla.

La novela tiene como característica vertebral la complejidad; una complejidad, una heterogeneidad que, en un sentido general, ha sido reconocida por los críticos como una de las señas que definen la novela moderna o, permítaseme el término, “posrealista”. Las coordenadas espacio-temporales, la verosimilitud interna de los personajes, todo lo que hacía de la novela digamos decimonónica, realista un corpus coherente, llega un momento que salta por los aires y se rompe en fragmentos a veces inconexos. La razón de esta ruptura puede estar en que el armazón ideológico y cultural que sostiene este viejo mundo, también deja de ser un conjunto de seguridades indiscutidas. “Desbaratado de una vez para siempre el contacto con el absoluto, admisible tan sólo la verdad que nace y se sustenta en el yo de cada uno, aceptada la evidencia de que éste, lejos de ser regido por la razón, está minado de obscuros conflictos subterráneos, a los novelistas no les queda más que asimilar estas revelaciones y dar su imagen de este mundo roto”.

La ruptura de la clásica coherencia novelística se produce en El ciego y oscuro salto en varios niveles. Por un lado (a) hay varias tramas argumentales, que tienen un desarrollo casi paralelo e independiente. Aunque hay otras tramas secundarias, fundamentalmente son dos las que articulan el relato. La historia de Francisco Vicaría (F en el relato) y la de tres personajes que huyen de la represión absolutista y pasan una serie de peripecias hasta llegar a Gibraltar. Las dos tramas confluyen al final de la obra cuando Manrique, uno de los huidos, está en el grupo de los que atiende Vicaría en la noche previa al fusilamiento. Las distintas tramas se van alternando, interrumpiendo, mezclándose. Se puede hablar también de (b) una ruptura en la linealidad temporal. Se vuelve continuamente al pasado narrativo, en ocasiones sin elementos de transición, directamente, mezclando distintos niveles en la misma escena. Hay, en este somero análisis, un tercer nivel de ruptura (c) consistente en la introducción de elementos extemporáneos en el relato, que en su contexto rompen la coherencia de la escena. El grupo de los tres huidos se sitúa en un contexto temporal que podría ser la primera mitad del siglo XX (referencias a la guerra civil española), mientras que la historia principal tiene claro su referente cronológico en la mitad del XIX. Pero lo más curioso del caso es que estos dos niveles se amalgamen sin previo aviso. Ejemplo: en la página 58 Francisco está sumido en sus ensoñaciones y escucha una “amoto”. Esta mezcla es más frecuente en el teatro o en el cine (recuérdese una versión cinematográfica de Romeo y Julieta de Franco Zefirelli), donde no es extraño ver personajes clásicos con un lenguaje arcaico en un escenario moderno (o lo contrario), pero en la novela es extraña. Como cuarto nivel de ruptura (d) se da un cambio continuo en la focalidad del narrador; lo mismo se usa la primera persona, la tercera o el monólogo interior. Éste último tiene una riqueza que merece un estudio aparte, por la sutileza con que expresa los matices de un alma enferma pero también por la acumulación de elementos culturalistas, citas modernas y clásicas, algunas en su idioma original y con mucha frecuencia en el latín eclesiástico y escolático. Léase el monologo que se desarrolla en las páginas 175-176: las ensoñaciones de Francisco, sus terribles obsesiones, se entremezclan con citas clásicas, con retazos de latín de seminario, formando un puzzle impresionante. Se presenta también una gran diversidad en (e) los registros lingüísticos: el culto y arcaizante de los monjes, el neutro de la narración, la lengua popular llena de gracia y vulgarismos del los personajes humildes, la forma entrecortada y caótica del monólogo, incluso se desarrolla el estilo epistolar (pág. 234). Esta diversidad es grande hasta en las citas: Thomas Eliot, Pink Floyd, María Victoria Atencia, Antonio Machado, literatura clásica española, poesía popular, obras de ascética, devocionarios forma una amalgama heterogénea que, sin embargo, no cae en la erudición inoportuna o el culturalismo artificioso.

Usando el símil stendhaliano de la novela como espejo que refleja el mundo, diremos que este es un ejemplo de cómo el espejo se rompe porque el mundo al que refleja también está desmembrado y rotas las columnas que le daban coherencia y sostén. Sin embargo, en este caso hay un cierto hilo conductor, una intención “transliteraria” que da trabazón a un corpus tan diverso. La idea en cuestión es la lucha por la libertad y la dignidad, en la que los humildes intentan avanzar y algunos poderosos impedir. Sin caer en el simplismo maniqueísta ni en la “novela de tesis”, hay un trasfondo moral que sitúa al autor al lado de novelistas como Delibes o Jiménez Lozano que hacen del humanismo, en el amplio sentido de la palabra, uno de sus ejes vertebradores. Los trozos dispersos del espejo no forman un montón de materia inorgánica, sino un corpus coherente: un capítulo de la larga lucha del hombre por su dignidad.

 

Notas:

[1] Madrid, PPC, 1999.

[2] Madrid, Espasa Calpe, Colección Selecciones Austral, 1986. No hay, que sepamos, 2ª edición.

[3] Hace referencia a unos famosos versos del místico carmelita: “Cuando más alto subía, / deslumbróseme la vista, / y la más fuerte conquista / en escuro se hacía; / mas por ser de amor el lance / di un ciego y oscuro salto, / y fui tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance.” En San Juan el “salto” es el del alma que se anula y sumerge en la inmensidad de lo divino. En la novela es más bien el misterio del paso hacia la muerte, que obsesiona al protagonista. En ambos casos el salto de la fe, “ciego” porque la razón no puede acompañar al hombre hasta ese último tramo.

[4] Darío Villanueva, Estructuras y tiempo reducido en la novela, Barcelona, Antrhopos, 1994, págs. 21-22.

[5] La novela está lejos de plantear una lucha entre héroes y malvados. Hay un episodio revelador en el que un miliciano es fusilado por sus compañeros a causa de un pequeño robo (pág. 233).

 

© Tomás Salas 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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