Fatigas y esfuerzos: marcas textuales del relato de viajes
en crónicas de la Conquista

Jimena Rodríguez

Centro de Estudios Coloniales Iberoamericanos
Universidad de California Los Angeles


 

   
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Resumen: Si bien las crónicas de la Conquista no fueron concebidas por sus autores como relatos de viajes, son textos portadores de información sobre territorios remotos, que dan cuenta de geografías, naturaleza, gente y costumbres nuevas. El estudio de la construcción textual de la travesía y su crónica cotidiana de sucesos y escenarios es una clave para la caracterización del viaje al Nuevo Mundo. Mi trabajo explora dicha construcción en un texto que narra la expedición de Cortés a la ciudad de Tenochtitlán, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. En el texto de Bernal Díaz, el viaje expedicionario tiene dos dimensiones: una heroica y descriptiva, presentada como “lo visto” por el viajero y elaborada estilísticamente en los hallazgos descritos; y otra cotidiana y narrativa, que comprende la anécdota de los sucesos diarios, la vida cotidiana del viaje, el cansancio y los esfuerzos necesarios para llevarlo a cabo. La narración de dichos esfuerzos cotidianos está indisolublemente ligada al propósito de presentar la Conquista como una “hazaña” y es una marca textual del viaje al Nuevo Mundo.
Palabras clave: crónicas, conquista, relato de viajes.

 

I. Introducción

Claude Lévi-Strauss se pregunta en Tristes trópicos sobre la naturaleza del relato de viajes:

¿qué leemos en estos libros? La lista de las cajas que se llevaban, las fechorías del perrito de abordo y, mezcladas con las anécdotas, migajas insípidas de información que deambulan por todos los manuales desde hace un siglo y que una dosis de desvergüenza poco común [...] no titubea en presentar como un testimonio (1992: 92).

Con una dosis poco común de desvergüenza y aunque su relato es apenas un guisado de saberes que circulan por todos los manuales desde hace un siglo, el viajero construye su “testimonio” y siempre expone sus hallazgos como los más maravillosos e inesperados; por ello recurre a la sorpresa, al asombro, a la construcción abultada y rimbombante. En sus descripciones, la hipérbole suele ser constante: inconmensurables son las montañas, los ríos, desiertos y selvas que atraviesa. Insólita, única y apabullante la belleza del paisaje que contempla. Junto a estas “maravillas” se leen la lista de las cajas que se llevan y las fechorías del perrito de abordo, también las dificultades del desplazamiento, la serie de trabajos diarios, los modos de dividir el día, el reparto de actividades y las incomodidades de toda índole:

¿hay que narrar minuciosamente tantos detalles insípidos, tantos acontecimientos insignificantes? [...] hambre, fatiga, y hasta enfermedad; y siempre esas mil tareas ingratas que van consumiendo los días inútilmente [...] No confiere ningún galardón el que se necesiten tantos esfuerzos y vanos dispendios para alcanzar el [objetivo] [...] Las verdades que tan lejos vamos a buscar sólo tienen valor cuando se las despoja de esa ganga (Lévi-Strauss 1992: 1).

Y, sin embargo, “esa ganga” está presente en todo relato de viajes -incluso en el de Lévi-Strauss-,[1] como si mediante ella el viajero certificara su periplo o, en otras palabras, como si el relato en sí fuera un descargo de las circunstancias a las que se vio sometido para llevar a cabo su empresa, y como si esas circunstancias hicieran verosímil la narración de su viaje.

Todo relato de viajes tiene dos dimensiones; una heroica, aquella que elabora los descubrimientos del viajero; y una cotidiana, la anécdota de los sucesos diarios, el cansancio y los esfuerzos del viaje. Hay quienes han querido otorgar un peso específico a la presencia o ausencia de “datos de lo cotidiano” en la narración de un viaje. Estos datos darían la pauta para identificar un relato de viajes con referente real de uno con referente imaginario o ficticio. El primero incluiría mayor número de datos de lo cotidiano, mientras que en el segundo sería menor la cantidad o estarían ausentes.[2] No obstante, más que relacionar esta característica formal con un posible referente real, quisiera reparar en la función específica que cumple la dimensión de lo cotidiano en los relatos de viajes narrados en crónicas de la Conquista. En las siguientes páginas indagaré esta cuestión y anclaré el análisis en la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo. Dicho texto narra dos importantes incursiones terrestres: hacia el centro del continente, la que lleva a Cortés y sus hombres a la ciudad de Tenochtitlan (1519); y hacia el sur, la que los lleva desde esa misma ciudad hasta la actual Honduras (1524-1526). Los segmentos narrativos que refieren a dichos viajes adoptan en la Historia verdadera la forma de un relato de viajes intercalado.

 

II. El viaje en crónicas de la conquista

“Y yo, como hombre que estoy lastimado
y manco de mis miembros en tu servicio…”Lope de Aguirre al Rey

En todo relato de viajes, el narrador ha sufrido fatigas, ha corrido peligros y aun ha hecho erogaciones con el objeto de informarse (Guérin 1992: 5), de esta forma autoriza su palabra mediante una retórica de testigo presencial que implica una dimensión metatextual de la escritura (Díaz Balsera 1989: 218). Para legitimar el relato, se explican las condiciones de su producción textual: el viajero narra las dificultades y los esfuerzos del viaje porque así construye la verosimilitud de la información que presenta. Esta estrategia de autentificación es común en las crónicas de la Conquista del siglo xvi. El narrador de la Historia verdadera se dice viajero, por lo tanto, narra las fatigas y esfuerzos realizados, y afirma tener información de primera mano gracias a su viaje. [3] Hay en el texto de Bernal Díaz segmentos narrativos que se organizan como relatos de viajes y el lector puede identificar claramente un plano “descriptivo-estático” y otro “dinámico-narrativo” (Popeanga 1991: 62) o un eje “sintagmático” y otro “paradigmático” (Guéret-Laferté 1994: 49). El eje horizontal o sintagmático contiene el itinerario propiamente dicho y registra el desplazamiento del viajero, por esta razón es esencialmente narrativo y progresivo. El eje vertical o paradigmático, en cambio, contiene la información obtenida durante el viaje y está conformado por las descripciones de paisajes, animales, costumbres etc. De esta forma, mientras el eje horizontal acumulará la serie de trabajos que componen la dimensión cotidiana del viaje, el eje vertical expondrá los hallazgos que el viajero realiza. Es evidente que, aunque para los fines del análisis todas estas categorías de análisis se presentan en forma separada, en el relato de viajes se encuentran relacionadas de diversas y productivas maneras. El texto de Bernal Díaz tiene las dos dimensiones del relato del viaje: una compone los descubrimientos de la expedición y la otra elabora las peripecias del viaje.

El narrador de la Historia verdadera legitima su relato frente a la Historia de Gómara gracias a que se presenta como testigo directo y el garante de lo narrado. Bernal ofrece su narración como un testimonio y establece su valor de verdad en la experiencia de los viajes de exploración y conquista: en el «yo viajé al Nuevo Mundo» e «intervine en los hechos». Como su Historia quiere ser verdadera, el narrador sostiene su estrategia narrativa en la figura del soldado-conquistador y con ello pretende marcar la distancia con Gómara, que nunca “pisó” el continente. De esta forma, el lector ve todo con los ojos del protagonista y escucha su voz refiriendo el viaje. Esta voz privilegia la superioridad de la experiencia como forma de conocimiento y se dice apegada a la verdad porque se apoya en hechos reales vividos. La concepción del saber que descansa en la experiencia, en la práctica y en el ejercicio directo y personal de cada individuo tiene un papel importante en la manera en que Bernal Díaz presenta su Historia verdadera. Pero Bernal no es el único, Oviedo oponía, a los dos mil millares de libros que Plinio había usado, su experiencia acumulada en “mil millones de trabajos e necesidades e peligros en veinte e dos e más años que ha que veo y experimento estas cosas” (Caillet-Bois 1960: 227). La superioridad de la experiencia ligada al impacto que produjo el descubrimiento de un mundo ignoto en las mentalidades de los contemporáneos, rápidamente se tradujo en la valoración de la época y de los hombres que en ella vivieron. Victor Frankl (1963: 82-101) demuestra que el criterio de verdad que refleja “lo visto” y “lo vivido” es propio desde la historiografía griega. No obstante, como opina José Antonio Maravall, en el proceso de sustitución del modelo de conocimiento - auctoritas a empirismo- “el entusiasmo por el descubrimiento y conquista de las Indias dio lugar a que la valoración de los modernos se imponga a la de la Antigüedad clásica” (1986: 438). Cuando los viajes trasatlánticos y la conquista de un mundo inexplorado ampliaron los límites del universo imaginado, los conocimientos hasta entonces aceptados fueron modificados por la práctica de las cosas nunca vistas y se revisaron e incorporaron saberes. El “ver” y el “experimentar” dieron lugar a una concepción del saber de índole empírico, pero la experiencia no es todavía una observación sistemática y metódica sobre la base de un conocimiento comprobable, sino tan sólo el conocimiento que resulta de la praxis individual y cotidiana (Da Silva Díaz 1986: 78).

Esta es una de las claves para entender las implicaciones del viaje como relato intercalado en la crónica de Indias. La textualización del viaje es el elemento integral de una retórica persuasiva: se narra el viaje porque es una manera convincente de dar cuenta de la participación del protagonista en la Conquista. Quien lee acompaña al narrador-protagonista en el viaje; la forma textual del relato de viajes implica la organización de todo el material narrativo en un itinerario donde el lector participa en los sucesos en cada lugar del recorrido, como si él los conociera y tuviera noticia de ellos en el mismo momento en que los vive quien los describe. Por esta razón, el relato de viajes se convierte en el núcleo de persuasión en las crónicas y el conquistador se vuelve viajero: “testigo privilegiado de sucesos inéditos y observador de paisajes desconocidos para el lector de esas narraciones” (Dávilo y Gota 2000: 13).

Conforme a la figura del testigo es posible ensayar una clasificación de las crónicas según la relación entre los acontecimientos narrados y la experiencia de sus actores. [4] Utilizando un criterio que articula al narrador y al espacio narrado, Blanca López de Mariscal asegura que están quienes narran cuando aún se encuentran en un espacio ajeno; quienes narran una vez finalizado el viaje, es decir, narran desde el espacio de lo propio; y quienes narran desde el espacio de lo propio sin nunca haber realizado un viaje a lo ajeno (2004: 86-94). En nuestras palabras, están por un lado los viajeros y por el otro los lectores. Los primeros componen lo sucedido desde el espacio y tiempo del viaje expedicionario (es el caso de Cortés en sus Cartas de relación), o desde ese mismo espacio, pero una vez finalizado e viaje (el caso de Bernal Díaz en su Historia verdadera). Los segundos nunca estuvieron en el Nuevo Mundo, pero narran sus “lecturas” sobre los sucesos. El narrador de estos textos es un lector-viajero, un recopilador de otros relatos y experiencias de viajes (es el caso de Pedro Mártir en sus Décadas de 1530, y el de Gómara en su Historia de la conquista de México y vida de Hernán Cortés de 1552).[5] Según esta clasificación y conforme a nuestra perspectiva, en el primer grupo de relatos -los narrados por un viajero-, la dimensión cotidiana será una de las marcas que indica la codifición del viaje en las crónicas. [6]

 

III. Fatigas y esfuerzos: marcas textuales del relato de viajes

El narrador de la Historia verdadera es un viajero que estructura ciertos acontecimientos en torno al itinerario realizado veinte años atrás. Dicho itinerario se compone a partir de la consignación de los esfuerzos del viaje. Antes del gran descubrimiento de Tenochtitlan, el camino de la expedición al mando del capitán Cortés se tiñe de asperezas, hambre y guerra:

Desde aquel pueblo acabamos de subir todas las tierras y entramos en el despoblado, donde hacía muy gran frío y granizó aquella noche, donde tuvimos falta de comida, y venía un viento de la sierra nevada, que estaba a un lado que nos hacía temblar de frío [...] y no teníamos con que nos abrigar sino con nuestras armas (Díaz 2005: 102-3)

Tanto el itinerario como la cronología son elementos estructurantes del relato, que sirven para sugerir la vivencia del viaje. Los marcadores o indicadores de recorrido -“acabamos de subir todas las tierras”, “entramos en el despoblado”- representan la experiencia del espacio. La percepción de ese espacio tiene en el texto un lugar destacado y se configura hostil a los integrantes de la expedición, así, la narración de la manera en que fue atravesado determina “las tensiones dramáticas del relato” (Florencia 2004: 22). De esta forma, la reconstrucción textual del itinerario se articula en torno a los esfuerzos y peligros a los que se ve sometido el explorador para llevar a cabo su empresa, y ellos componen la hazaña del viaje. En otras palabras, las referencias a las guerras, el hambre y los climas extremosos dan la medida del mundo que se conquista. Así, luego de tantos esfuerzos, hambre, fatiga, enfermedad y guerra, la visión de la ciudad azteca parece una ensoñación en la famosa comparación de Bernal:

...nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas y encantamiento que cuentan en el libro de Amadís,[...] y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello era entre sueños. Y no es de maravillar que yo aquí lo escriba desta manera, porque hay que ponderar mucho en ello, que no sé cómo lo cuente, ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas, como vimos (2005: 159).

Para contar “cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas” Bernal describe minuciosamente los peligros que sorteó la expedición y califica la entrada a Tenochtitlan como venturosa y atrevida: “Y fue esta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlan” (2005: 162). La dificultades del viaje son una marca textual que confiere seguridad a la información: el narrador hace partícipe a su destinatario del valor y esfuerzo que se precisan para llevar a cabo las empresas de descubrimiento y conquista, por esta razón narra los esfuerzos superados; a la vez, compone los hallazgos del viaje y la tensión del relato crece en la medida en que el narrador-personaje avanza en su recorrido. Así, Bernal contruye su propia fama y al hacerlo la hiperboliza:

...y nosotros aun no llegábamos a cuatrocientos cincuenta soldados, y teníamos muy bien en la memoria las pláticas e avisos que nos dieron los de Gauxocingo e Tlascala y Tamanalco, y con otros muchos consejos que nos habían dado para que nos guardásemos de entrar en México, que nos habían de matar cuando dentro nos tuviesen. Miren los curiosos lectores esto que escribo, si había bien que ponderar en ello; ¿qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen? (2005: 313)

Mediante el relato de los “atrevimientos” de estos “hombres” sin precedentes en “el universo” el narrador construye la grandeza de la expedición. En el relato confluyen las dos dimensiones del viaje: la heroica y la cotidiana. Una expone las maravillas, los descubrimientos y el cúmulo de información sobre el Nuevo Mundo; la otra narra las dificultades para adquirir esa información. Estas dificultades están indisolublemente ligadas a un propósito: presentar la conquista como una hazaña. El tratamiento hiperbólico de los “esfuerzos realizados” y de los “descubrimientos logrados” dan la medida de las proezas que los expedicionarios quieren presentar en sus relatos. Herederos del mundo medieval, vasallos y caballeros, el imperativo de los conquistadores es el reconocimiento. Relatan sus andanças para exponer sus virtudes, para demostrarlas, esperando recibir a cambio una recompensa. No hay que perder de vista, entonces, el intento de personalizar la conquista como estrategia de seducción. Esta es una característica del tipo de viaje que se deslinda de una clase de crónicas, las fatigas y esfuerzos son una marca textual del viaje en el Nuevo Mundo. Esta marca no aparece tan nítidamente en las crónicas escritas por los lectores-viajeros, al respecto Bernal dice:

... y diré otra cosa que he visto, que el cronista Gómara no escribe en su Historia ni hace mención si nos mataban o estábamos heridos, ni pasábamos trabajos ni adolecíamos, sino todo lo que escribe es como si lo halláramos hecho. ¡Oh cuán mal le informaron los que tal le aconsejaron que lo pusiese así en su Historia! Y a todos los conquistadores nos ha dado qué pensar en lo que ha escrito, no siendo así; y debía de pensar que cuando viésemos su Historia habíamos de decir la verdad (Díaz 2005: 162).

En la disputa que emprende con Gómara, Bernal justifica la veracidad de los hechos que presenta en su texto con la narración de las fatigas y peligros del viaje. Nada lo hallaban hecho, todo implicaba muerte, trabajos y dolores. Esta es una dimensión que se soslaya en los textos donde el narrador no se presenta como parte de las expediciones, es decir, en aquellos textos que se componen de noticias que se reciben o investigan. La consignación de los esfuerzos del viaje -el «ahí estuve» y “nos mataban”, “estábamos heridos”, “pasábamos trabajos”, “adolecíamos”- es el procedimiento mediante el cual Bernal presenta los hallazgos de la expedición y opera en el orden de la verosimilitud y la persuasión. Se trata entonces de una marca textual que permite delimitar la codificación del viaje en las crónicas de la Conquista. Esta marca tampoco aparece en los relatos de viajes medievales. Como opina Blanca López de Mariscal, las relaciones de viajes del siglo xvi “se articulan a partir de una cronología y un itinerario como sus precedentes medievales, pero también y en gran medida a partir de las aventuras en las que se ve inmerso el viajero” (2004: 95).

El clima constante de peligro no aparece en las narraciones de viajes medievales porque en ellas las misiones no suelen ser viajes de dominación, sino exploraciones comerciales o embajadas diplomáticas como la de Marco Polo y la de Tamorlán. En estos casos, aunque el narrador esté enfrentado a lo desconocido, no se presenta constantemente a la defensiva (2004: 83). En su mayoría, los relatos de viajes medievales presentan sólo las descripciones de los lugares visitados en el itinerario; los viajes narrados en las crónicas, en cambio, presentan tanto el plano descriptivo-estático como el dinámico-narrativo, en este último se acumulan la serie de trabajos que componen la dimensión cotidiana del viaje.

Si bien es cierto que las crónicas no fueron concebidas por sus autores como relatos de viajes, sino como relaciones que daban cuenta de los distintos descubrimientos y conquistas en nuevos territorios; no lo es menos que son textos portadores de información sobre territorios remotos, que describen geografías, naturaleza, gente y costumbres ajenas, y que componen y presentan un mundo desconocido para los europeos. Comparten entonces los parámetros del relato de viajes medieval pero, a diferencia de estos, la reconstrucción textual del itinerario se articula en torno a los esfuerzos y peligros a los que se ve sometido el explorador para llevar a cabo su empresa. Las dificultades del viaje son una marca textual propia del relato de viajes en el siglo xvi.

 

Notas:

[*] En una versión preliminar, el presente trabajo fue presentado en el III Congreso Internacional Alexander Von Humboldt: Literatura de viajes desde y hacia Latinoamérica, realizado en Veracruz, México, en julio del 2005 y auspiciado por la Universidad Veracruzana y la Humboldt State University.

[1] Como se sabe, Tristes trópicos es el libro que evoca sus viajes y expediciones a Brasil. El relato comienza con una frase provocadora: “Odio los viajes y los exploradores”.

[2] Véase el trabajo de César Domínguez (2000: 40 y 50). Por datos de lo cotidiano Domínguez entiende la consignación de todo tipo de información numérica (distancias, número de habitantes de las ciudades), la mención de medios de comunicación y transporte utilizados, así como la introducción exhaustiva de nombres y sus significados.

[3] Para el análisis de las demás estrategias de autentificación remito a mi artículo “Reflexión historiográfica en la Historia verdadera: aventuras y desventuras de un narrador privilegiado” (Rodríguez 2007: 163-188). Cf. Guillermo Serés (2004: 95-135) y Sonia Rose (1990: 327-348).

[4] Cf. Walter Mignolo (1981: 387) quien elabora una clasificación semejante, pero con base en la “actitud de los escritores” frente a la información. Así, al primer grupo corresponde su categoría de los escritores que tienen “acceso directo a la información” (en este grupo incluye a Oviedo, Las Casas y Cieza de León), y al segundo su categoría de quienes tienen “acceso indirecto”, sea porque escriben cuando ocurren los acontecimientos pero desde España o porque llegaron a las Indias con posterioridad a los acontecimientos (Anglería, Gómara, Fernández de Piedrahita, Bernabé Cobo).

[5] Para el caso que estudiamos cabría un matiz aclaratorio. Como ya fue advertido por Ramón Iglesia (1942: 151) y por Joaquín Ramírez Cabañas (1943: I, 25-26), la Historia de Gómara sirvió a Bernal de ayuda-memoria. De esta forma, el narrador de la Historia verdadera también narra “sus lecturas”.

[6] Para un análisis más detallado remito a un trabajo de pronta aparición Procedimientos de escritura del relato de viajes hispánico-medieval en crónicas de la Conquista (Rodríguez: en prensa).

 

Bibliografía citada:

Caillet-Bois, Julio (1960): “Bernal Díaz del Castillo o de la Verdad en la Historia”. Revista Iberoamericana, 50: 199-228.

Cortés, Hernán (1993): Cartas de Relación. Edición de Ángel Delgado Gómez, Castalia, Madrid.

Da Silva Díaz, José Sebastiao (1986): “La revolución de la experiencia”, Influencia de los descubrimientos en la vida cultural del siglo XVI. Traducción de Jorge Ruedas de la Serna, Fondo de Cultura Económica, México: 78-102.

Dávilo, Beatriz y Claudia Gotta (2000): Narrativas del desierto. Geografías de la alteridad. Universidad Nacional de Rosario, Rosario.

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Frankl, Victor (1963): “La verdad de lo visto y lo vivido”, El «Antijovio» de Gonzalo Jiménez de Quesada y las concepciones de realidad y verdad en la época de la Contrarreforma y del Manierismo. Ediciones Cultura Hispánica, Madrid: 82-101.

Guéret-Laferté: Guéret-Laferté, Michèle (1994): Sur les routes de l’empire Mongol: Ordre et rhétorique des relations de voyage zur xiii et xiv siècles. Honoré Champion, Paris (Nouvelle Bibliotèque du Moyen Age: 28).

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-------------------, (en prensa): Procedimientos de escritura del relato de viajes hispánico-medieval en crónicas de la Conquista. El Colegio de México, México.

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Jimena Rodríguez es Doctora en Literatura Hispánica por el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. Su tesis de doctorado fue una investigación sobre los procedimientos de escritura del relato de viajes hispánico-medieval en crónicas de la Conquista. Este trabajo obtuvo el Premio Hispanoamericano Lya Kostakowsky de Ensayo 2008, otorgado por la Fundación Cultural Lya y Luis Cardoza y Aragón, y se encuentra en proceso de publicación. Sus intereses de investigación incluyen la literatura colonial, las crónicas de la Conquista y los viajes por en Nuevo Mundo. Desde 2008 trabaja en el Centro de Estudios Coloniales Iberoamericanos de la Universidad de California Los Angeles, donde desarrolla una investigación sobre la representación del espacio americano en el discurso de los navegantes españoles del siglo xvi en la Nueva España.

 

© Jimena Rodríguez 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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