“Intento formular mi experiencia de la guerra”:
El recuerdo de la infancia en tres poemas de Jaime Gil de Biedma

Teresa Choperena Armendáriz

Universidad de Navarra
teresachoperena@gmail.com


 

   
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Resumen: El empleo de algunos géneros autobiográficos (memorias, diarios, epistolarios, etc.) como documentos testimoniales para enriquecer o contrastar la imagen que se tiene de un determinado hecho histórico no es original del siglo XX. Lo que sí resulta novedoso, por el contrario, es la aplicación de este fenómeno a las formas poéticas. Este trabajo ofrece una lectura de tres poemas de Jaime Gil de Biedma (“Infancia y confesiones”, “Intento formular mi experiencia de la guerra” y “Ribera de los Alisos”) como intentos de re-escribir la historia oficial. A través de la evocación poética y siempre literaturizada de su propia biografía, en concreto de su niñez, el poeta catalán ofrece un testimonio auténtico de sus vivencias durante la guerra civil; vivencias que sobrepasan el anecdotismo personal para alcanzar un valor de carácter universal.
Palabras clave: Jaime Gil de Biedma, poesía histórica, memoria histórica, infancia.

 

En el panorama hispánico reciente no resulta extraño toparse con poemas en los que el autor transforma un periodo de su vida en tema literario; en concreto, la infancia es una de las etapas más comúnmente elegidas. Así, desde finales del siglo xix y principios del xx (Unamuno, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez…) hasta nuestros días (Felipe Benítez Reyes, Javier Salvago, Vicente Gallegos, etc.), resulta posible rastrear las distintas manifestaciones de poemas que recrean literariamente la infancia de sus autores [1]. Ponerse en orden uno mismo, tratar de entender el origen de un rasgo de la personalidad, conservar un recuerdo que no se quiere perder o justificarse ante un hecho ocurrido en el pasado, son algunas de las razones frecuentes que llevan a ciertos escritores a revivir literariamente su niñez a través de sus poemas. Pero son muchos los poetas y son asimismo muchas las posibles motivaciones para recrear este periodo inicial de su biografía y existen, además de las mencionadas, variadas posibilidades. En estas páginas me voy a referir en concreto a una de ellas: la tentativa de dar testimonio de un determinado acontecimiento histórico a partir de la evocación y literaturización de la propia experiencia. Este intento, reflejo de cómo todo lo relacionado con la Historia ha impregnado de muy diversas maneras la producción poética reciente (Martínez Mesanza 31), proliferará en la obra de aquellos autores cuya infancia se haya desarrollado en un panorama político o social ajeno a la normalidad.

Dentro de estas coordenadas, los autores pertenecientes a la Generación del 50 son quizá el ejemplo más representativo en las letras españolas de esta tendencia a volver sobre el pasado, con el fin de proponer una versión novedosa de un hecho histórico concreto: la guerra civil española. Y es que no en vano a este grupo de escritores, que comienza a publicar hacia la década de 1950, se le suele denominar asimismo con el apelativo de “los niños de la guerra”. Este estudio está dedicado, en concreto, a uno de esos niños, Jaime Gil de Biedma, quien, desde su perspectiva adulta, decide volver sobre su infancia a través de algunos de sus poemas. Para ello centraré mi análisis especialmente en tres composiciones: “Infancia y confesiones”, “Intento formular mi experiencia de la guerra” y “Ribera de los alisos” [2]. Servirán como un buen ejemplo del empleo o “instrumentalización” de algunos poemas como transmisores del testimonio histórico que el poeta busca ofrecer.

Jaime Gil de Biedma nace en 1929 en Barcelona, en el seno de una familia castellana de la alta burguesía, de ideología monárquica y conservadora. Durante la guerra, los Gil de Biedma dejan la ciudad condal para trasladarse a su casa de campo en Nava de la Asunción (Segovia) [3]. Estos años vividos en los parajes castellanos aparecen reflejados e idealizados en la obra del poeta catalán; fenómeno bastante frecuente también en otros muchos escritores que hacen de su niñez un símbolo del paraíso perdido y un refugio al que recurrir en momentos de dificultad. Y aunque la guerra supone un antes y un después en la vida del poeta - “perder San Rafael, recién estallada la guerra, fue mi primera pérdida del paraíso” (Gil de Biedma 1991, 150) -, rara vez sus textos adquieren un tono elegíaco (Martín Hernández 44). Lo novedoso de la visión planteada por Gil de Biedma es que la rememoración de la niñez no viene dada sólo por la melancolía de un pasado feliz que contrasta con la realidad presente, sino por la mala conciencia de haber pasado este periodo, traumático para la historia española, en la ignorancia. Este sentimiento del poeta no implica, sin embargo, su adscripción a los movimientos de la poesía social al uso. Las recreaciones de su infancia no son un intento - así lo afirma el propio autor - de dar voz a las clases que más han padecido, sino de dar testimonio de su propia experiencia y mostrar a través de ella una cara novedosa de la historia. Al mismo tiempo, sus recreaciones son un intento de que la guerra no sea tan rápidamente olvidada [4].

La mala conciencia burguesa fue un fenómeno bastante común a casi toda la gente de mi clase y de mi época. Sin embargo, nosotros no entendíamos la poesía social como la entendían Blas de Otero o Celaya. Hablar en nombre de los obreros nos parecía no sólo un disparate, sino lo más asocial que se podía hacer. Nuestra intención era hacer una poesía de la experiencia social, el mismo tipo de experiencia que se puede recoger en la novelística o en la prosa. La alocución o la exhortación civil no nos interesaban. Nosotros queríamos hablar de la experiencia de ser burgués, por ejemplo. … Por otro lado … yo me di cuenta de que la temática de la mala conciencia se podía utilizar de manera literaria [5].

Y esto es posible gracias a la ambivalencia de la identidad, en virtud de la cual el escritor siente la doble conciencia de ser “uno, unigénito, hijo de dios, y uno entre tantos, un hijo de vecino” (Gil de Biedma, 1980b 333); es decir, un individuo histórico concreto, pero semejante al resto, cuyas experiencias pueden ser comprendidas y asimiladas por los demás. La historia, los grandes relatos que cada cultura conserva y transmite, es concebida por Gil de Biedma, al más puro estilo unamuniano, como un conjunto de micro-historias: experiencias de individuos concretos en unos tiempos y espacios particulares, que traspasan el ámbito de lo privado para adquirir una nueva significación, para convertirse en memoria de una sociedad, de una época (Cabanilles 187). La evocación de sus experiencias adquirirá, por tanto, un valor universal.

El niño - a diferencia de otros que sí sufrieron de manera inmediata las aberraciones de la contienda - vive esta etapa esencial en su vida y formación (de los seis a los diez años) en una especie de burbuja, aislado de las dificultades y penurias; y precisamente ello es lo que provoca en el yo adulto su necesidad de justificación, de modo que su visión de la infancia adopta una doble dimensión. De un lado, la de etapa feliz e idílica, llena de ensoñaciones; y de otro, la de engaño y falta de solidaridad con la realidad circundante. Este contraste hará que el empleo de la ironía, e incluso del sarcasmo, desempeñe un papel esencial en la mayor parte de sus escritos sobre la infancia.

“Infancia y confesiones” (Compañeros de viaje, 1959) es cronológicamente el primer poema publicado de los tres aquí propuestos. En él, Gil de Biedma realiza una parodia de confesión dirigida a una segunda persona del plural, un “vosotros”, que el lector identifica - sin por ello excluir a otros posibles destinatarios - con sus compañeros de viaje; es decir, además de Juan Goytisolo (que aparece en la dedicatoria del poema), sus otras amistades y conocidos, a quienes estratégicamente ofrece el poema inicial de su libro “Amistad a lo largo”. Veamos el comienzo del poema:

Cuando yo era más joven
(bueno, en realidad, será mejor decir
muy joven)
            algunos años antes
de conoceros y
recién llegado a la ciudad,
a menudo pensaba en la vida.

El sujeto poético siente la necesidad - así lo señala el título - de rodear el recuerdo de su infancia de una confesión, pero no en el sentido de relatar o justificar su propia vida, sino en el de declarar los pecados cometidos en busca de reconciliación. De manera que el poema se adscribe ya desde su inicio a las coordenadas del tradicional género confesional. Sin embargo, tal y como se verá a continuación, ante la evidencia de que la voz poética no tiene responsabilidad alguna del lugar en el que le tocó nacer y criarse, su texto perderá cualquier ápice de sinceridad, para transformarse en un discurso descaradamente irónico. De forma que la distancia que se crea entre el contenido irónico y el molde de transmisión confesional, hace que el discurso resulte, al menos en un primer estadio, agresivo, desconcertante.

El tema principal del poema, la crítica social de la burguesía, es planteado al hilo de la evocación. “Mi familia / era bastante rica y yo estudiante”. Como se observa en los versos mencionados, al sujeto desde el inicio le interesa definir su estatus socio-económico, por todo lo que ello conlleva. Pero estos versos cumplen además otra función: dar comienzo al retrato de familia, que ocupará nada menos que la parte central del poema. Y si me refiero a este fragmento como un “retrato” es porque considero que ésta es la finalidad del poeta en este punto: retratar a la burguesía del momento o a partir del retrato poético y literaturizado de su propia familia. Para ello recurrirá al recurso de la intertextualidad, frecuente en buena parte de sus poemas [6].

Como ha quedado dicho, “Infancia y confesiones” se inserta en una tradición muy concreta (la del género confesional - y su parodia -), pero esto no es todo, ya que, tal y como se acaba de señalar, el autor lo vincula asimismo a poemas de infancia de otros autores, a través de la alusión indirecta a algunos de sus versos. Antonio Machado y Rafael Alberti son en este caso los destinatarios del pequeño homenaje brindado por el autor. Vayamos con el primero.

El conocidísimo poema “Retrato” (Campos de Castilla, 1912), autobiografía poética de Machado, comienza de la siguiente manera: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero”. Las similitudes con los versos de Gil de Biedma me parecen evidentes: “Mi infancia eran recuerdos de una casa / con escuela y despensa y llave en el ropero”. Creo que resulta claro que, en este caso, Gil de Biedma parte del poema machadiano - en concreto de su estructura -, para elaborar un discurso poético propio sobre su infancia. Pero no es original en ello. Algunos versos de otros autores como Alberti (“Mi infancia fue un rectángulo…”), García Lorca (“Pero mi infancia era una rata que huía”) o Concha Lagos (“Mi infancia fue un prodigio de luces y horizontes”) coinciden asimismo en la identificación metafórica de su niñez con un objeto; siguiendo así el esquema original de Machado: A (mi infancia) es, era o fue B (un objeto) [7]. Creo que en todos ellos se puede aceptar que hay una influencia, o al menos una coincidencia, en la manera de representar la niñez, aunque eso sí, el caso más evidente es, sin lugar a dudas, el propuesto por Gil de Biedma en su “Infancia y confesiones”.

En este caso la identificación de la infancia no se produce con un objeto cualquiera, sino con uno de similares características: la memoria de un espacio. Pero si Machado equipara su niñez al recuerdo de un patio de Sevilla y un huerto claro, Gil de Biedma lo hace al de una casa. Ambos lugares, que se relacionan con el ambiente rural característico de gran parte de los poemas de infancia - recordemos que la casa a la que se refiere Gil de Biedma es una casa de campo -, presentan, sin embargo, una diferencia esencial. Mientras que a Machado su recuerdo le resulta cercano - no en vano el tiempo verbal empleado es un presente (“mi infancia son recuerdos”) -, en Gil de Biedma la evocación de la infancia - que se produce en imperfecto (“mi infancia eran recuerdos”) - supone una distancia temporal que lo aleja de ellos. Este diferenciado empleo de los tiempos verbales, unido al tono deliberadamente irónico con que se describen los diferentes espacios de la casa (“con escuela y despensa y llave en el ropero”, “con senderos de grava y cenadores rústicos”, “todo ligeramente egoísta y caduco”, etc.), así como la descripción del tipo de vida que se llevaba en ella (“las familias acomodadas … veraneaban infinitamente”), implica un cambio reseñable de actitud que desliga los versos machadianos de los de Gil de Biedma.

Pero los intertextos no terminan aquí. Vayamos con los versos que dan fin a la segunda estrofa del poema y, con ella, al retrato familiar: “Yo nací (perdonadme) / en la edad de la pérgola y el tenis”. En este caso, el eco proviene del poema “Carta abierta” de Rafael Alberti (Cal y canto, 1929), donde se puede leer “Yo nací -¡respetadme!- con el cine”. De nuevo encontramos una estructura paralela (salvo por el uso diferenciado de paréntesis y guiones) que cuenta, al igual que en el caso anterior, con ciertas divergencias reseñables. La referencia irónica al momento del nacimiento, así como la sintaxis de los versos es común en ambos, pero el momento histórico al que se alude difiere: la edad del cine pertenece a Alberti (nacido en 1902) y la de la pérgola y el tenis, a Gil de Biedma (nacido en 1929). Ahora bien, la discrepancia esencial entre estos autores proviene de la actitud que el lector intuye a partir de los paréntesis empleados en cada uno de los casos: frente al enfático y contundente “¡respetadme!” de Alberti, Gil de Biedma adopta un talante de sumisión y recato, muy en consonancia con la parodia del género confesional que está elaborando [8].

A la imagen idílica y despreocupada de la infancia que ofrece esa sociedad del bienestar descrita hasta el momento, el sujeto poético contrapone la realidad de una vida cuyos límites resultan extraños. El desconocimiento, la ignorancia, la ocultación de hechos y, en definitiva, el engaño que supuso su infancia aparecen así aludidos en los siguientes versos del poema, donde el frío y los silencios son protagonistas y donde se intuye ya su despertar, el fin de su infancia y la llegada de su adolescencia:

La vida, sin embargo, tenía extraños límites
y lo que es más extraño: una cierta tendencia
retráctil.
      Se contaban historias penosas,
inexplicables sucedidos
dónde no se sabía, caras tristes,
sótanos fríos como templos.
                            Algo sordo
perduraba a lo lejos
y era posible, lo decían en casa,
quedarse ciego de un escalofrío.

La voz poética resalta así, a través de la divergencia entre las dos imágenes dibujadas (la desenfadada y la enigmática), la falsedad de la infancia que le ha tocado vivir. Pero antes de dar fin a su confesión, busca un último sentido, una aplicación de su pasado a su personalidad; eso sí, sin abandonar en ningún momento el ya mencionado tono irónico, presente en toda la composición.

De mi pequeño reino afortunado
me quedó esta costumbre de calor
y una imposible propensión al mito.

La “costumbre de calor” y la “imposible propensión al mito”, rasgos de la personalidad adulta del sujeto poético, aparecen así conectados a su infancia [9]. Su origen está en su “pequeño reino afortunado”. De modo que la distancia antes anunciada (“Mi infancia eran recuerdos de una casa”), que imposibilitaba la continuidad entre el “yo” infantil y el adulto, queda a través de estos últimos versos en suspenso. A partir de este momento el desconcierto en el lector se acrecienta, al ignorar si estas alusiones responden a la tendencia de ciertos cultivadores de poemas de infancia a buscar en su niñez rasgos que expliquen su personalidad adulta o, por el contrario, a un último esfuerzo de la voz poética por acrecentar el tono irónico que ha presidido toda la composición.

Sea como fuere, lo cierto es que en “Infancia y confesiones” se advierte de manera clara uno de los puntos clave en los poemas de infancia de Jaime Gil de Biedma: la crítica a la sociedad burguesa desde sí misma (y no, como ocurre por lo general en los poemas más tradicionales de poesía social, desde fuera); o lo que es lo mismo: el testimonio - en este caso en forma de confesión - de una infancia durante la guerra en una familia acomodada. Testimonio literario e irónico, pero eficaz, que busca ofrecer una versión alternativa, o al menos muy particular y real, de unos hechos oficialmente conocidos por todos.

Algo parecido ocurre en “Intento formular mi experiencia de la guerra” (Moralidades, 1966). Se trata de un poema en el que el título hace explícita la intención del sujeto poético de mostrar - al menos de intentarlo - su versión personal de la guerra. Y, al igual que ocurría en “Infancia y confesiones”, ya en el inicio del texto se advierten ciertos rasgos propios del género confesional:

Fueron, posiblemente,
los años más felices de mi vida,
y no es extraño, puesto que a fin de cuentas
no tenía los diez.

Las víctimas más tristes de la guerra
los niños son, se dice.
Pero también es cierto que es una bestia el niño:
si le perdona la brutalidad
de los mayores, él sabe aprovecharla,
y vive más que nadie
en ese mundo demasiado simple,
tan parecido al suyo.

El empleo del adverbio modal “posiblemente” acerca el discurso al lector creando un clima de intimidad y falta de planificación; de igual modo que el “intento” del título, cuya presencia relaja la intencionalidad expresa de la voz poética. Ambos recursos, situados estratégicamente en el comienzo más inmediato del texto, crean en el lector la impresión de estar ante una confesión hecha a un amigo, lo que acrecienta el tono de sinceridad explícitamente buscado.

Estas dos estrofas iniciales funcionan, además, como una introducción general al poema, en la que se sintetiza el que será su tema central: el contraste entre la realidad histórica de una España en guerra y la vida despreocupada del sujeto poético durante su infancia. Frente al pensamiento generalizado de que los niños son las víctimas más tristes de la guerra, la voz poética afirma sin tapujos que estos años fueron los más felices de su existencia. Pero tras esta tajante aseveración, pronto llega su defensa, pues el niño es una bestia. Este verso, en el que se aprecia la reminiscencia de “El niño es una fiera”, de Manuel Machado, supone la justificación de una actitud de la que el sujeto poético se siente avergonzado, pero no del todo responsable [10]. La causa de su mala acción se encuentra en su condición infantil.

Tras estas consideraciones generales sobre la naturaleza de la niñez, comienza la verdadera evocación de su pasado (segunda parte estructural del poema). La imagen que para ello emplea es la de un paraíso perdido, tópico que se repite con mucha frecuencia en los poemas de infancia más tradicionales [11]. El ambiente natural e idílico, cercano a un locus amoenus (los páramos, el viento, los sembrados, los montes, la nieve…), es el principal protagonista. Sin embargo, la voz poética, que ha adoptado la perspectiva del yo adulto, pronto habrá de contrastar la idealización de la niñez con la realidad histórica circundante:

Para empezar, la guerra
fue conocer los páramos con viento,
los sembrados de gleba pegajosa
y las tardes de azul, celestes y algo pálidas,
con los montes de nieve sonrosada a lo lejos,
Mi amor por los inviernos mesetarios
es una consecuencia
de que hubiera en España casi un millón de muertos.

La abrupta ruptura que se produce en esta estrofa representa muy bien el contraste que se da a lo largo de todo el poema entre la perspectiva adulta y la infantil. Así, en oposición a la visión idílica del niño, que ve el mundo como un espacio atrayente y pacífico, la voz del adulto rompe la ilusión y trae al lector a la realidad histórica. Pero no se contenta con contrastar ambas visiones, sino que va más allá y crea una relación de causa-consecuencia entre las huellas positivas que la infancia han dejado en su personalidad (su amor por los inviernos mesetarios) y la trágica realidad de aquellos momentos (los casi un millón de muertos) [12]. El efecto logrado a través de este recurso es turbador y, por ello, muy eficaz.

La guerra es, de nuevo desde la perspectiva del niño, un juego; el mejor y más auténtico de los deseados. El ambiente de seguridad en que vive - la familia acomodada a la que se aludía en “Infancia y confesiones” -, hace que el niño vea la contienda con una luz poética de ensoñación. Segovia - ciudad muy cercana a Nava de la Asunción - se convierte así en un espacio legendario donde los soldados son héroes y los fusilados, misterios.

A salvo en los pinares
- pinares de la Mesa, del Rosal del Jinete! -,
el miedo y el desorden de los primeros días
eran algo borroso, con esa irrealidad
de los momentos demasiado intensos.
Y Segovia parecía remota
como una gran ciudad, era ya casi el frente
- o por lo menos un lugar heroico,
un sitio con tenientes de brazo en cabestrillo
que nos emocionaba visitar: la guerra
quedaba allí al alcance de los niños
tal y como la quieren.
A la vuelta, de paso por el puente Uñés,
buscábamos la arena removida
donde estaban, sabíamos, los cinco fusilados.
Luego la lluvia los desenterró,
los llevó río abajo.

Y de esta manera, el poeta sigue reviviendo su infancia. El siguiente recuerdo es el de la victoria nacional. En este caso la memoria adopta la que suele ser su forma más característica: la imagen, la escena visual.

Y me acuerdo también de una excursión a Coca,
que era el pueblo de al lado,
una de esas mañanas que la luz
es aún, en el aire, relámpago de escarcha,
pero que anuncian ya la primavera.
Mi recuerdo, muy vago, es sólo una imagen,
una nítida imagen de la felicidad
retratada en un cielo
hacia el que se apresura la torre de la iglesia,
entre un nimbo de pájaros.
Y los mismos discursos, los gritos, las canciones
eran como promesas de otro tiempo mejor,
nos ofrecían
un billete de vuelta al siglo diez y seis.
Qué niño no lo acepta?

El anuncio de la primavera, el cielo, los pájaros, la verticalidad de la iglesia, son elementos que connotan ilusión, esperanza. Todos ellos, unidos a la alusión a un ambiente remoto y mítico propio del siglo XVI, hacen de este hecho histórico tan concreto, un lugar de ensoñación para la mente infantil del poeta. La victoria del bando nacional se convierte así en “una nítida imagen de la felicidad”. Sólo el final de la estrofa anuncia un nuevo giro en las perspectivas propuestas. Una vez más, la visión enfrentada del adulto toma la voz en un nuevo esfuerzo por justificarse: “Qué niño no lo acepta? [sic]”. El poeta interpela al lector en su afán por excusarse. Quiere enfatizar que no se trata de lo que él hizo, sino de que cualquiera lo hubiera hecho, de ahí el empleo de la interrogación retórica.

Este último verso, por otro lado, da paso a la última estrofa del poema (tercera parte), que contrasta de manera patente con las anteriores. Tras el fin de la guerra, la familia del sujeto poético vuelve a Barcelona.

Cuando por fin volvimos
a Barcelona, me quedó unos meses
la nostalgia de aquello, pero me acostumbré.

Estos versos cargados de ironía, dan cuenta de la añoranza que atrapa al muchacho, al comparar el espacio urbano de Barcelona con el idealizado ambiente rural de Nava de la Asunción.

A lo largo de este análisis se ha señalado cómo la voz poética trata en distintos momentos de justificar el desfase que existe entre su vivencia personal de la guerra y los hechos ocurridos. Este intento de justificación llega a su punto álgido en los últimos versos.

Quien me conoce ahora
dirá que mi experiencia
nada tiene que ver con mis ideas,
y es verdad. Mis ideas de la guerra cambiaron
después, mucho después
de que hubiera empezado la posguerra.

El sujeto poético ya no se respalda en la naturaleza bestia o conformista de la infancia, puesto que no es suficiente. Es necesario algo más; es necesario que advierta sobre su cambio de actitud, de ideales. Un cambio que se produjo pasados los años, en la posguerra, y cuya veracidad - así lo manifiesta explícitamente - puede ser constatada por quienes le conocen. La infancia supone, pues, en el sujeto poético un “ejercicio de irrealidad”, que habrá de superar con los años.

Finalmente, el tercer y último poema al que me referiré en estas páginas es “Ribera de los alisos” (Moralidades, 1966). Este texto, al igual que los dos anteriores, literaturiza la infancia del poeta durante la guerra civil. Sin embargo, en este caso los versos no aluden de manera directa a la contienda, sino que es la contemplación del paisaje de Nava de la Asunción la que provoca de manera tangencial su rememoración; el poema no está, por tanto, tan centrado en el hecho histórico en sí como en el paraje segoviano. El testimonio histórico adopta, en consecuencia, un valor menos protagonista que en los casos anteriores; lo que no quita para que también en este caso se dé un esfuerzo por relatar y, al mismo tiempo, por interpretar desde la perspectiva adulta unos hechos que el poeta vivió siendo niño. Creo que su contenido supone, por tanto, un complemento a las ideas ofrecidas por Gil de Biedma en los dos poemas anteriores de ahí que, aunque más brevemente, quiera referirme a él en este análisis.

El tiempo ha pasado (“los pinos son más viejos”) cuando el sujeto poético vuelve a este espacio tan lleno de “belleza y significación”, que le acogió durante los años de la guerra. La ribera de los alisos es uno de los paisajes que mejor han quedado guardados en su memoria y, a pesar de los cambios físicos, o quizá a causa de ellos, este espacio produce en él sentimientos contrapuestos: el de la autenticidad por un lado y el de falsedad por otro. Así, al mismo tiempo que recuerda su infancia idílica y feliz, no puede evitar aludir constantemente a su sentimiento de engaño. “Imágenes hermosas de una historia / que no es toda la historia”. Las perspectivas infantil y adulta se contraponen así para mostrar la distancia entre las percepciones históricas de cada uno de los dos yoes del sujeto poético.

A la autenticidad de la naturaleza se opone - al igual que sucedía en los poemas anteriores - la “dulzura de un orden artificioso y rústico”. La voz poética denuncia a través de sus versos el engaño al que fue sometida, la hipocresía con la que su familia burguesa vivió confortablemente esta etapa de la historia aislada en un paraje ideal:

Así fui, desde niño, acostumbrado
al ejercicio de la irrealidad,
y todavía, en la melancolía
que de entonces me queda,
hay rencor de conciencia engañada,
resentimiento demasiado vivo
que ni el silencio y la soledad lo calman.

Pero no todo lo que le queda de su infancia en la Nava de la Asunción es negativo. Además del reprobable acostumbrarse “al ejercicio de la irrealidad”, el sujeto poético logra su comunión con la naturaleza, aprende que en lo natural reside lo más auténtico de la vida y del hombre:

Algo que ya no es casi sentimiento,
una disposición
de afinidad profunda
con la naturaleza y con los hombres,
que hasta la idea de morir parece
bella y tranquila. Igual que este lugar.

El sentimiento de comunión con la naturaleza aparece en este texto al mismo nivel que el engaño; de ahí que las descripciones de lugares campestres cobren un papel más relevante que en los poemas precedentes, hasta tal punto que se identifica este “pequeño rincón en el mapa de España” con el que fue su “reino” infantil.

“Ribera de los alisos” es, por tanto, un poema en el que, al igual que en los anteriores, la infancia es evocada literariamente desde una doble perspectiva: la infantil de la nostalgia y la adulta del resentimiento. Y aunque ambas son interesantes, la que más nos incumbe ahora, en relación al tema del poema como testimonio histórico, es la segunda, pues aunque el sujeto poético no aluda de manera directa ni a la guerra ni a hechos concretos, ofrece un intento de justificación que, unido a su frustración, ofrece un testimonio de sus experiencias durante su infancia, o lo que es lo mismo, durante la guerra civil.

Tal y como he señalado al inicio de estas páginas, los poemas comentados son tres ejemplos del intento por recuperar literariamente la infancia a través de la poesía en Gil de Biedma. Un intento que responde a la mala conciencia del autor: su nacimiento en una familia burguesa hace que su niñez, a pesar de la guerra, resulte fácil en extremo, y esto le incomoda, le crea un resentimiento hacia su clase social. La perspectiva adulta, desde la que el poeta evoca literariamente y al mismo tiempo revisa las experiencias pasadas, contrasta así con la infantil. “Diríase que el haber de que dispone el niño al nacer constituye una molestia, un obstáculo en la mirada del que se considera a sí mismo, hasta obligarle sin cesar a modificar su enfoque” (Martín Hernández 50). De ahí que a través de algunos de sus textos busque redimirse.

La conciencia de haber sido engañado y haber vivido en un ambiente de irrealidad llevan a Gil de Biedma a escribir un tipo de poesía social alejada de las formas acostumbradas. Propone así la alternativa de dar un testimonio literaturizado de la historia, de su historia, a partir de la evocación poética de experiencias concretas. La historia oficial aparece de este modo contrastada con la realidad vivida y poetizada por el individuo, de manera que los tres ejemplos que se han visto aquí, pueden ser entendidos - así lo señaló el autor refiriéndose en concreto a “Intento formular mi experiencia de la guerra” - como una muestra del absoluto desfase entre lo que fue la guerra y cómo él la vivió (Gil de Biedma 2002, 235). Y todo ello es llevado a cabo a través del molde formal del poema que, aunque en principio, no es el esperado, resulta - qué duda cabe - muy eficaz. Gracias a su característica fragmentariedad y al constante juego de aparentar sinceridad, este género se ofrece como un lugar propicio para recrear, más o menos fielmente, un periodo de la historia del autor.

Así pues, a través de lo que pueden ser considerados poemas históricos, Gil de Biedma recrea ciertos hechos de su biografía y los transforma en materia poética. Lo paradójico es que con ello su referencialidad queda en cierto modo suspendida, pues como ha señalado Núñez Ramos, “la poesía histórica es histórica por tomar como tema hechos históricos, pero no es historia de esos hechos, cuyo conocimiento como acaecer real en el seno de la comunidad es anterior a su poetización y procede de otras fuentes. La veracidad documental se juega en otra parte” (18). La poetización de lo histórico en Gil de Biedma se concreta en la alusión a detalles más o menos anecdóticos (poco importa que estos sean o no exactos), que refuerzan la impresión de sinceridad. Los tres poemas analizados, en tanto que parten de experiencias personales, adquieren la validez de una experiencia real y tangible, pero también, o sobre todo, una validez poética (Duprey 4). De ahí la doble dimensión de estos textos, en cierto modo confesionales (pues buscan dar testimonio), pero al mismo tiempo poéticos.

Pero el testimonio no queda, o al menos esa parece ser la intención del autor, en el mero anecdotismo. A través de sus versos Gil de Biedma no sólo pretende hablar de su experiencia, sino de la de toda una clase social. De modo que sobrepasa la narración retrospectiva personal, para ofrecer una lectura de carácter más general, o si se prefiere, universal. Sus poemas no son sólo un acto de escritura de su intimidad, sino que se transforman en una lectura histórica de la sociedad (cfr. Gunn 8), una interpretación personal, y por ello veraz, de los modos de vida de un sector de la población durante la guerra civil.

Los poemas analizados adoptan, así, ciertos rasgos propios de los géneros confesionales, al mismo tiempo que superan algunos de sus postulados para convertirse en artefactos potencialmente capaces de re-escribir la historia. Así, en los tres poemas analizados se puede apreciar una parodia de confesión al “interrogatorio implícito que pesaba sobre los poetas sociales de la posguerra, muchos de los cuales se vieron obligados a cubrir con un manto negro su origen burgués” (Chirinos 367). El poeta - así lo ha señalado Chirinos - siente la necesidad ética de exorcizar el conflicto que significa haber disfrutado los privilegios de una clase que ya no siente como propia (366). Pero la vergüenza y la mala conciencia no son sentimientos exclusivos del poeta, así se puede apreciar en la dedicatoria final del poema “En el nombre de hoy” (Moralidades 1966), donde Gil de Biedma apela asimismo a sus “compañeros de viaje”:

quiero enviar un saludo …
a vosotros pecadores
como yo, que me avergüenzo
de los palos que no me han dado,
señoritos de nacimiento
por mala conciencia escritores
de poesía social.

De esta manera los poemas de Gil de Biedma ofrecen una memoria viva, cuyo valor reside en su aparente autenticidad. El tiempo individual se integra así en el colectivo, de modo que frente a la historicidad, la literatura intenta preservar la memoria individual. “¿Cómo hacer para que la memoria no desaparezca con la vida misma?, ¿cómo hacer para que se fije y permanezca, para que se transforme en testimonio que se transmite y se recuerda años después? La respuesta es una sola y parece clara: para permanecer, los recuerdos deben fijarse en la palabra escrita. El texto [en este caso el poema] es su mejor guardián” (Aínsa 32). Realidad y literatura aparecen, así, entrelazadas en un intento por dar testimonio, por ofrecer la verdad, personal y auténtica, de la experiencia vivida y al mismo tiempo - por qué no - imaginada.

 

NOTAS

[1] En realidad existen manifestaciones de poemas de infancia anteriores a estos autores, pero lo cierto es que es a partir del siglo XX cuando este tipo de textos comienzan a proliferar en las letras hispánicas.

[2] Existen, además de estos, otros textos del escritor barcelonés - literarios algunos, ensayísticos otros - que tratan asimismo de manera más o menos accidental el tema de su infancia, pero he creído conveniente - dada la restricción espacial de este trabajo - centrarme en los tres poemas elegidos por su representatividad y aludir a los otros tan sólo de manera tangencial. Además de los mencionados, el poema que más se acerca a los anteriores en cuanto al tratamiento del tema es “Barcelona ja no és bona, o mi paseo solitario en primavera”. Aunque no se trata de un poema de infancia en sentido estricto - se refiere al periodo en el que el sujeto poético no había nacido todavía y evoca la imagen de su madre embarazada de él -, está en perfecta consonancia con los aquí analizados, pues supone una actitud crítica ante el discurso histórico y la propuesta de una revisión de las ideas preconcebidas sobre el pasado. Remito, a quienes estén interesados en él, a los estudios de Eduardo Chirinos y, sobre todo, al de Dionisio Cañas.

[3] Así lo explica Gil de Biedma en una entrevista concedida a Federico Campbell: “Yo nací y estuve aquí en Barcelona hasta los seis años. A esa edad, la guerra civil me cogió veraneando en un sitio que se llama San Rafael, en la sierra de Guadarrama. Los años de la guerra los pasé en Nava de la Asunción, en la provincia de Segovia. Cuando acabó la guerra volví a aquí [a Barcelona]” (42).

[4] Así lo afirma en su ensayo “Carta de España (o todo era Nochevieja) en nuestra literatura al comenzar 1965”, donde llama la atención sobre el olvido histórico - tema muy en boga en nuestra sociedad actual - al que se somete a la población durante el régimen franquista: “La guerra civil ha dejado de gravitar sobre la conciencia nacional como un antecedente inmediato, se ha vuelto de pronto remota. Dejando aparte los ocasionales raptos de atávica ferocidad” (202).

[5] Entrevista de Lola Díaz en El Correo Catalán (3 de enero de 1981) recogida por Pérez Escohotado (135).

[6] Para un análisis detallado de las técnicas intertextuales en la poesía de Gil de Biedma remito al artículo de Margaret H. Persin “Intertextual Strategies in the Poetry of Jaime Gil de Biedma”.

[7] El verso de Alberti pertenece a su poema “1917” (A la pintura: poema del color y la línea (1945-52), 1953), el de García Lorca a “Infancia y muerte” (Autógrafos, 1975) y el de Concha Lagos a “Penúltima elegía” (Antología 1954-1976, 1976).

[8] Por otro lado, al igual que ocurría con los versos machadianos, me gustaría señalar que el de Alberti ha contado también con otras reescrituras, además de la de Gil de Biedma. Por poner un ejemplo citaré un verso de Miguel d’Ors en su poema “Juro que era feliz” (2001. Poesías escogidas, 2001): “Yo nací -sujetadme- / en la edad que os estáis imaginando y juro / que era feliz”. Desconozco si su origen se encuentra en Alberti, en Gil de Biedma o en ambos, pero, al menos por su estructura sintáctica y su tono, sin duda se vincula a los recién mencionados.

[9] Al hilo de una entrevista concedida a Federico Campbell, Gil de Biedma explica qué quiere decir con su alusión a la “imposible propensión al mito”: “el mito es una especie de abreviatura universal de la experiencia; una explicación de lo que somos en términos de lo que no hemos sido y ya no seremos nunca. A los cuarenta años puede verse” (43).

[10] El verso de Manuel Machado pertenece a su poema “Nuevo autorretrato” (Phoenix: nuevas canciones, 1936) y es uno de los primeros textos en la tradición poética española en que aparece una imagen no idílica del niño.

[11] Gil de Biedma en su ensayo “¿Adónde el paraíso, sombra, tú que has estado?”, reflexiona muy acertadamente sobre la idea de paraíso perdido, cuyo carácter, en tanto que resultado de la nostalgia del autor, es lírico y en cierto modo ficticio, aunque no por ello menos veraz: “Los paraísos pretéritos son líricos esencialmente. Uno quiere volver a la infancia, por supuesto, pero de otra manera. Lo que quiere, para decirlo en palabras de Baudelaire, es l’enfance retrouvée à volonté; ahí está toda la diferencia, todo el interés. … Para aquellos a quienes las personas particulares aportan más que los personajes públicos - es decir, para los poetas y no sólo para ellos -, los paraísos interesantes son los engendrados por la nostalgia de la edad de oro. Pero para que en verdad interesen es necesario, además, que el soñador esté perfectamente convencido de que la edad de oro no existió nunca. Falto de una referencia recibida del pasado que le sirva de asidero, se ve entonces forzado a inventar, a inventariar detalles concretos en cuyo mosaico final … él mismo se vea retratado, en su imagen y en su semejanza, como en su sombra” (1980c: 195-196).

[12] Las reminiscencias con el poema “Insomnio” de Dámaso Alonso (Hijos de la ira, 1944), en el que se aluden a los más de un millón de cadáveres que habitan Madrid creo que son evidentes.

 

OBRAS CITADAS

Aínsa, Fernando. “Lugares de la memoria”. Hispamérica 100 (2005): 19-33.

Alberti, Rafael. A la pintura: poema del color y la línea (1945-52). Buenos Aires: Losada, 1973.

- Cal y canto (1926-27). Barcelona: Seix Barral, 1978.

Cabanilles, Antònia. “Poéticas de la autobiografía”. Eds. José Romera y Francisco G. Carbajo. Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Madrid: Visor Libros, 2000. 187-200.

Campbell, Federico. “Jaime Gil de Biedma o el paso del tiempo”. Ed. Javier Pérez Escohotado. Jaime Gil de Biedma. Conversaciones. Barcelona: El Aleph Editores, 2002. 29-43.

Cañas, Dionisio, “Gil de Biedma y su paseo entre las ruinas”, Revista de Occidente, 110-111 (1990), 101-110.

Chirinos, Eduardo. “Confesiones inconfensables: la infancia recuperada en dos poemas de Jaime Gil de Biedma”. Anales de la literatura española contemporánea 27.2 (2002): 365-380.

Díaz, Lola. “La poesía es una empresa de salvación personal”. Ed. Javier Pérez Escohotado (ed.). Jaime Gil de Biedma. Conversaciones. Barcelona: El Aleph Editores, 2002. 135-142.

Duprey, Jennifer. “La biografía imaginada en Las personas del Verbo de Jaime Gil de Biedma”. Espéculo. Revista de Estudios Literarios 19 (2001): 1-21.

García Lorca, Federico. Autógrafos. Ed. Rafael Martínez Nadal. Dolphin: Oxford, 1975.

Gil de Biedma, Jaime. “Carta de España (o todo era Nochevieja) en nuestra literatura al comenzar 1965”. El pie de la letra. Ensayos 1955-1979. Barcelona: Crítica, 1980a. 200-206.

——“Como en sí mismo al fin”. El pie de la letra. Ensayos 1955-1979. Barcelona: Crítica, 1980b. 331-347.

— “¿Adónde el paraíso, sombra, tú que has estado?”. El pie de la letra. Ensayos 1955-1979. Barcelona: Crítica, 1980c. 195-199.

——Retrato del artista en 1956. Barcelona: Lumen, 1991.

—— “«Escribir fue un engaño.» Palabras póstumas del poeta seriamente enfermo”. Jaime Gil de Biedma. Conversaciones. Barcelona: El Aleph Editores, 2002. 233-238.

——Compañeros de viaje. Barcelona: Seix Barral, 2005.

Gunn, Janet Varner. Autobiography: Toward a Poetics of Experience. Pennsylvania: University of Pennsylvania Press, 1982.

Lagos, Concha. Antología 1954-1976. Barcelona: Plaza y Janés, 1976.

Machado, Antonio. Campos de Castilla. Madrid: Cátedra, 1981.

Machado, Manuel. Phoenix: nuevas canciones. Madrid: Ediciones Héroe, 1936.

Martín Hernández, Evelyne. “Dos llaves: recuerdos de niñez y de guerra en la obra de José Manuel Caballero Bonald y Jaime Gil de Biedma”. Hispanística XX.10 (1993): 35-51.

Martínez Mesanza, Julio. “La historia, las máscaras, los decorados”. Eds. José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo. Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Madrid: Visor Libros, 2000. 29-40.

Núñez Ramos, Rafael. “La poesía histórica y la poesía como historia”. Eds. José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo. Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Madrid: Visor Libros, 2000. 17-27.

Ors, Miguel d’. 2001. Poesías escogidas. Sevilla: Númenor, 2001.

Persin, Margaret H. “Intertextual Strategies in the Poetry of Jaime Gil de Biedma”. Revista Canadiense de Estudios Hispánicos 11.3 (1987). 573-590.

Smith, Sidonie & Julia Watson. Reading Autobiography. A Guide for Interpreting Life Narratives. Minneapolis: University of Minnesota Press, 2001.

 

© Teresa Choperena Armendáriz 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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