Intrahistoria en Unamuno e intratiempo en Machado

Maricarmen R. Margenot, Ph.D.

Rhode Island College
mmargenot@ric.edu


 

   
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Resumen: Este ensayo pretende profundizar y poner de relieve ciertos aspectos noventayochistas reflejados en las obras de Unamuno y Machado. La idea de esencialidad definida por Unamuno en En torno al casticismo será una de ellas, ya que tal concepto será el común denominador del pensamiento de la mayoría de dichos escritores. Asimismo, Machado en su obra Campos de Castilla, refleja singularmente su visión y preocupación por España, y, entre ideas como la de esencialidad de Unamuno, destaca la noción de temporalidad en dicha obra, la cual será también clave en la generación.
   El hombre, en unión con su paisaje , formará una unidad profunda y eterna, y esta es la clave, la esencialidad anhelada y buscada por los hombres del 98. Unamuno se convierte así en propulsor de estas ideas, que aunque también están presentadas en todos los escritos noventayochistas, es con En torno al casticismo, cuando aparecen por primera vez expuestas abiertamente. Antonio Machado, en su obra más famosa, Campos de Castilla , proyecta toda esta ideología donde sitúa la preocupación por España como tema central.
   Se podría hablar, y de hecho se ha hablado, de influencias de Unamuno en Machado; el planteamiento del problema español en Unamuno dirige indirectamente la formación de Machado con escritos como En torno al casticismo. Machado mismo, al ser interrogado sobre su pertenencia a la generación del 98, contesta: “Soy posterior a ella. Mi relación a aquellos hombres -Unamuno, Baroja, Ortega, Valle-Inclán-- es la de un discípulo con sus maestros...”
   Tras un detenido análisis de algunos textos de ambos autores (en verso y en prosa), se observará que estas son tan parecidas, que no cabe duda de que ambos pensadoress compartían la misma visión y el mismo sentimiento por la tierra castellana. Así, se podría afirmar que Machado, entre otras cosas, poetiza las ideas sobre España, enunciadas por Unamuno en sus ensayos de En torno al casticismo. La preocupación por captar la esencia del alma castellana, lleva a poner de manifiesto los elementos que componen la intrahistoria, pero además, a Machado le inquieta el ámbito temporal que rodea la intrahistoria, que evoluciona con ella y se eterniza, el “intratiempo” del hombre, del paisaje, que forma una unidad con la tradición eterna.
   “La poesía es diálogo de un hombre con su tiempo”, ha dicho Machado. El hombre está siempre experimentando esa marcha temporal, la sucesión eterna interior, y el poeta debe transmitir esta duración humana y temporal a la poesía. El poema adquiriría, de este modo, esa “magia” temporal, experimentaría su propio tiempo, “el poema debe, pues, vivir como tiempo finito y medido, con independencia de su principio generador que es también tiempo, pero infinito e inmesurable”. En Soledades también encontramos ejemplos en los que se puede apreciar, casi contemplar por ejemplo el movimiento de la luna en la noche, y con él, el invisible paso del tiempo. Así pues, al igual que con la preocupación por España, Unamuno sienta las bases filosóficas sobre el acontecer temporal que Machado luego ampliará y analizará más detalladamente en su obra.
   El poeta habrá alcanzado así, la esencia temporal, el tiempo eterno, ¿intratiempo?, siempre fluyendo y autorenovándose, sin morir en el poema. Este flujo eterno constituirá parte indispensable de la “intrahistoricidad” propuesta por Unamuno: ambos elementos, casi imperceptibles, silenciosos, “como el fondo mismo del mar” serán así pues, las bases primarias de la siempre necesaria renovación del 98.
Palabras clave: Generación del ´98, Unamuno, Machado, Intrahistoria, Intratiempo, poesía española

 

La denominada generación del ’98, marca un nuevo hito en la literatura y el pensamiento español del siglo XX. La decadencia española a finales del siglo XIX había tocado fondo, y esta vez el ímpetu renovador no se hizo esperar, surgiendo casi simultáneamente gritos de protesta y reforma desde todos los ámbitos literarios y culturales: novela, ensayo, poesía, pintura, etc.

No obstante, se debe puntualizar que esta “alerta” nacional no constituye un brote aislado en la historia literaria española; ya desde los tiempos de Quevedo se oyen las críticas satíricas de la deprimente situación y carácter españoles; en el siglo XIX, un gran precursor de la que será la generación del noventa y ocho, Mariano José de Larra, analiza las raíces del mal español, y se desespera ante la actitud abúlica del país. Unos años después, a mediados de siglo, España recibe la influencia krausista, la cual sentará las bases ideológicas que sustentarán a los escritores noventayochistas. Será don Francisco Giner de los Ríos quien a cargo de la célebre “Institución Libre de Enseñanza”, inculque en algunos españoles su preocupación por España:

... y anticipándose Giner a la generación del noventa y ocho, criticó sin atenuaciones los defectos de su país, precisamente por su amor a España (...) A nadie le dolían más los males de su nación, y lo primero para curarlo era conocerlos. A la vez nadie habrá contribuido tanto a que sus discípulos conozcan España (su naturaleza, su arte, sus viejas ciudades, los productos de artesanía, las canciones populares), y sientan aún el entusiasmo por lo español. (Landa 1966:20)

Con estos precedentes llega la generación del noventa y ocho, cuyos componentes (incluyendo al precursor Angel Ganivet), Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Azorín, Maeztu y Machado, concentran todos sus esfuerzos en denunciar el vacío y el engaño en que viven los españoles. Sus impulsos renovadores se aferran a una idea principal: España y su auténtica esencia. Había que penetrar en el alma verdadera del país, en sus genuinas tradiciones, para, una vez asimiladas y comprendidas, enfrentar más adelante otros problemas más específicos. Es precisamente esta búsqueda del alma española lo que lleva a pensadores como Unamuno a analizar lo auténticamente español. En su libro de ensayos En torno al casticismo, escrito entre 1894 y 1895, el autor explone claramente sus ideas, subrayando pensamientos y nociones claves como son “la tradición eterna”, “la intrahistoria”, “lo castizo” etc., conceptos todos que tratan de definir la esencia del alma española.

El presente ensayo intentará profundizar y poner de relieve ciertos aspectos noventayochistas reflejados en las obras de algunos de sus representantes. La idea de esencialidad definida por Unamuno en En torno al casticismo será una de ellas, ya que tal concepto será el común denominador del pensamiento de la mayoría de dichos escritores. Más adelante, pasando de Unamuno -el miembro más antiguo, cronológicamente hablando-- al más joven de la generación, nos centraremos en el poeta Antonio Machado.

En su obra Campos de Castilla, Machado refleja singularmente su visión y preocupación por España, y, entre ideas como la de esencialidad de Unamuno, destaca la noción de temporalidad en dicha obra, la cual será también clave en la generación. El análisis de esas ideas en ambos autores constituirá la finalidad de este ensayo, con miras a una mejor comprensión de las ideas de estos pensadores y por extensión de la ideas noventayochistas, ya que se intentará subrayar además las posibles diferencias de matices que como es lógico existen en teorías y conceptos parecidos.

Tomando En torno al casticismo como punto de partida, se observa que Miguel de Unamuno, en su intento de descubrir la esencialidad, lo auténtico español, comienza redefiniendo el término “castizo” (o casticismo). Su posición se encuentra en un término medio entre los denominados “casticistas” y los “europeístas”; aquéllos que buscan lo autóctono sin salir fuera, en palabras delpropio Unamuno, “los que piden que cerremos poco menos las fronteras y pongamos puertas al campo” (Unamuno1972: 17)

Por otro lado, los europeístas, aquéllos que adoptan las ideas krausistas, pretenden obviamente europeizar, salir afuera en el más amplio sentido de la palabra, “los que piden más o menos explícitamente que se nos conquiste” (17). Como se señalaba antes, Unamuno, a fuer de reformista y revolucionario [1] rechaza estos extremos, no sin antes analizarlos, tal es su método, y opta por definir lo castizo como lo genéricamente humano: hay que volverse, sí, a las tradiciones, pero una vez allí, encontraremos que algunas de éstas se componen de lo humano que hay en los hombres y que por lo tanto es común a todos. A dicha conclusión se llega sólo a través de una “sumersión hecha con pureza de espíritu en la tradición”, es decir sin tópicos engañosos, ni con falsas preconcepciones que ocultan la verdad del fondo. Tenemos que deshacernos de todo nuestro bagaje individual para “lanzarnos de la patria chica a la humanidad” (26). Una vez que hemos discernido lo verdaderamente castizo -lo humano- de lo que no lo es, se impone la búsqueda de la esencia de nuestra historia. Los elementos que componen la historia, deberán someterse a la purga o selección sufrida por lo castizo, o más bien dicho, la verdadera historia será también aquello genéricamente humano. Con esta afirmación veremos que el concepto “establecido” de historia, que casi todos poseemos, no tendrá validez ya que lo que oficialmente conforma la historia son aquellos sucesos altisonantes cuya única función es, la mayoría de las veces, poner de manifiesto las barbaridades, los excesos cometidos por un pueblo orgulloso contra otro.

Estas falsas manifestaciones de la historia son las que hay que rechazar, las “glorias” que según Unamuno son “nuestras mayores vergüenzas (...) en que se hace jactancia de nuestros pecados pasados (...) fuente de apologías de vergüenzas, y de excusas, y de disculpaciones y componendas con la conciencia, como medio de defensa contra la penitencia regeneradora” (35). La conciencia, precisamente es la que nos señala que existe otro camino que penetra directamente en la historia, como tradición verdadera. La sustancia de la historia será todo lo opuesto a lo que antes se caracterizaba de oficial, glorioso, sonoro etc... tales elementos tan sólo constituyen la capa exterior, la corteza de la historia, y no el “meollo” (como significativamente diría Gonzalo de Berceo).

Es lo profundo, lo que no salta a la vista, lo único verdadero de la historia; en este sentido haríamos mejor en calificarla de “intrahistoria”, siguiendo la terminología de Unamuno. Como su propio nombre indica, la intrahistoria se vuelve hacia sus entrañas, despreciando lo externo, y llegados a este punto, es indispensable citar las palabras de don Miguel, que, aunque harto conocidas, definen mejor que ninguna, la teoría intrahistórica mediante la metáfora marina:

Las olas de la Historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo nunca llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del “presente momento histórico”, no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de las madreporas suboceánicas echa las bases sobre las que se alzan islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles, y monumentos, y piedras. (27-8).

La verdadera tradición eterna será la sencilla pero intensa vida cotidiana; constituirá la extensión a través del tiempo de todos los momentos históricos verdaderos, es decir de todas las “intrahistorias” aisladas, ahora formando una cadena temporal, eterna. El presente será la guía que nos conduzca, ya que es algo vivo y perdurable, en contraposición al pasado estancado, muerto, aunque perviva aparentemente intacto, como las momias, en todos los tratados, en letra aduladora y sonora, pero muerta al fin y al cabo. Así es el pasado español, así son sus glorias, tan aclamadas una y otra vez, pero vacías.

Unamuno y otros miembros de la generación del 98 rechazan, siguiendo esta línea de pensamiento, ese pasado español que se inicia en los siglos XV y XVI, y que irónicamente es considerado como el comienzo de nuestra época gloriosa y triunfal. Hay una vuelta a lo medieval, al romance como ejemplo de este período y como expresión característica del sentir del pueblo español: “Donde sobre todo se nos ha transmitido el romanticismo es en nuestros romances, porque en ellos descendió a las profundidades intrahistóricas de nuestro pueblo...” (43).

Así como en el tiempo hay una vuelta a lo medieval, en el espacio la atención se dirige a Castilla, y más específicamente a los pequeños pueblos castellanos. En el segundo ensayo de En torno al casticismo titulado “La casta histórica Castilla”, Unamuno acepta lo castizo sólo en cuanto a universalista, y nunca cuando se le tacha de exclusivista. Gran parte de la importancia de Castilla en el pensamiento noventayochista viene dada por el factor lengua. Dice don Miguel, “La lengua es el receptáculo de la experiencia de un pueblo y el sedimento de su pensar” (42); y fue precisamente el castellano, la lengua que, naciendo de Castilla prevaleció y se extendió por el resto de la península. Esta lengua engendrará la verdadera literatura clásica castiza; castiza porque al usar este término debemos seguir aplicando la redefinición del mismo propuesta por Unamuno; la literatura castiza verdadera aparecerá ante nuestros ojos una vez que sepamos discernir “qué tiene de eterno y qué de transitorio.” [2] La verdadera literatura castiza, al igual que la intrahistoria, guardará en su seno lo humano, desechando las cualidades y atributos falsos, aparentes. Esta literatura surge de lo más profundo del alma española, de la intrahistoria de este pueblo; por esta razón, cualquier fruto que provenga de él, tendrá el mismo valor. Más adelante Unamuno expone que así se mantiene la continuidad, la tradición eterna, es decir, a través de la lengua, la literatura, los pueblos, las costumbres, los hombres sencillos y el paisaje, lo humano siempre continuará, renacerá una y otra vez a través del tiempo y del espacio: “toda serie discontinua persiste y se mantiene merced a un proceso continuo de que se arranca: esta es una forma más de la verdad de que el tiempo es forma de eternidad.” (50)

Como ejemplo de literatura digna de admiración, presenta Unamuno a Fray Luis de León; su admiración por él proviene de que la literatura del mencionado autor, su “mística”, abarca todo, es decir tanto la naturaleza como el hombre; es humanística en el sentido humano, está en contacto con lo genéricamente humano, con la intrahistoria. Para llegar a tal conclusión, Unamuno dedica gran parte de su ensayo “La casta histórica de Castilla”, a la importancia de la naturaleza, del paisaje castellano, y con él el hombre que allí vive, es decir del amor al paisaje castellano se deriva su amor al labriego. Este ser representa al hombre universal con sus virtudes y defectos: su esencia, que al fin y al cabo es importante, (una vez más vemos la continuidad paisaje-hombre-lengua etc... mencionada anteriormente).

El hombre, en unión con su paisaje , formará una unidad profunda y eterna. Es la clave, la esencialidad anhelada y buscada por los hombres del 98. [3] Unamuno se convierte así en propulsor de estas ideas claves, que aunque también están presentadas en todos los escritos noventayochistas, es con En torno al casticismo, cuando aparecen por primera vez expuestas abiertamente. Como ejemplo vemos que Antonio Machado, en su obra más famosa, Campos de Castilla , proyecta toda esta ideología que tiene la preocupación por España como tema central.

Se podría hablar, y de hecho se ha hablado, de influencias de Unamuno en Machado; el planteamiento del problema español en Unamuno dirige indirectamente la formación de Machado con escritos como En torno al casticismo. Machado mismo, al ser interrogado sobre su pertenencia a la generación del 98, contesta: “Soy posterior a ella. Mi relación a aquellos hombres -Unamuno, Baroja, Ortega, Valle-Inclán-- es la de un discípulo con sus maestros...”[4] ; y obviamente es imposible negar su admiración ante don Miguel de Unamuno, puesta publicamente de manifiesto en algunos de sus conocidos versos dedicados a él:

Siempre te ha sido, ¡oh Rector
de Salamanca!, leal
este humilde profesor
de un instituto rural.
Esa tu filosofía
que llamas diletantesca,
voltaria y funambulesca,
gran don Miguel, es la mía.

No obstante, y como apunta Aurora Albornoz, no hay que olvidar que esta “preocupación por España existió desde la adolescencia, y que los maestros de la Institución pusieron en ello la parte principal” (Albornoz 1969: 115). La llamada “presencia” de Unamuno en Machado aparece claramente en Campos de Castilla: el paisaje castellano y el hombre que en él habita. Ambos autores rechazan lo superficial y externo español, por ejemplo la literatura: Machado comparte asímismo el rechazo ante escritores clásicos como Calderón u otros del periodo barroco, y admira, como Unamuno, a Cervantes, por lo que representa de humano, y de permanente, ambos autores hallan en Cervantes “un símbolo de la España eterna” (116). Los dos escritores se sienten especialmente atraídos por el paisaje castellano, el cual en su sobriedad representa como ninguna otra cosa la profundidad y serenidad del alma española.

En un pasaje del ensayo “La casta histórica Castilla” Unamuno se recrea en la descripción de la meseta castellana, y dice: “recórrense a veces leguas y más leguas desiertas sin divisar apenas más que la llanura inacabable donde verdea el trigo o amarillea el rastrojo, alguna procesión monótona de graves y pardas encinas, de verde severo y permanente que pasan lentamente espaciadas o de tristes pinos..” (Unamuno 1973: 53, énfasis mío). El paisaje parece estar situado en una tierra de nadie, y en un tiempo eternamente monótono, pero es un paisaje que existe en un tiempo y en un espacio concretos; el espacio físico es España, el corazón de ésta, su esencia, y a la vez, es el lugar donde se desenvuelve la intrahistoria, un lugar que parece no cambiar, donde el tiempo pasa desapercibido, pero pasa.

La tonalidad cambiante de los colores, por ejemplo, característica de los poemas machadianos, aparece también en este pasaje de Unamuno, aunque esto no signifique que éste lo hiciese con la misma finalidad que el poeta sevillano. En Campos de Castilla encontraremos versos que describen la tierra castellana de forma muy parecida a la descripción unamuniana: Veía el horizonte cerrado por colinas/Oscuras, coronadas de robles y encinas;(...) ¡Oh! tierra triste y noble/las de los altos llanos y yermos y roquedas,/de campos sin arados, regatos ni arboledas; (78, énfasis mío ), o por ejemplo:¡Campillo amarillento,/como tosco sayal de campesina,(...)/¡Aquellos diminutos pegujales/de tierra dura y fría,/donde apuntaban centenos y trigales... (83, énfasis mío )

Las “descripciones”citadas son tan parecidas, en verso y en prosa, que no cabe duda de que ambos autores compartían la misma visión y el mismo sentimiento por la tierra castellana. Lo mismo puede observarse con respecto a otras descripciones de puestas de sol, ríos, árboles, clima etc. En las siguientes líneas se señalarán algunos ejemplos de tales semejanzas, seleccionando textos de ambos autores:

“De cuando en cuando, a la orilla de un pobre regato medio seco o de un río claro, unos pocos álamos...” (Unamuno, 53) ;“¿No ves, Leonor, los álamos del río con sus ramajes yertos? (Machado, 133);(...) las márgenes del río/lucir sus verdes álamos al claro sol de estío, (78);“Son estribaciones de huesosas y descarnadas peñas erizadas de riscos, colinas recortadas que ponen al desnudo las capas del terrreno resquebrajado de sed, cubiertas cuando más de pobres hierbas...” (Unamuno, 53)

Y otra vez roca y roca, pedregales
desnudos y pelados serrijones,
la tierra de las águilas caudales,
malezas y jarales,
hierbas monteses, zarzas y cambrones.
¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía! (Machado, 83)

“De aquí resulta un extremado calor cuando el sol la tuesta [la tierra], un frío extremado en cuanto la abandona; unos días veraniegos y ardientes (...) noches invernales heladas en cuanto cae el sol...” (Unamuno, 52)

Ya bajo el sol que calcina,
ya contra el hielo invernizo,
el bochorno y la borrasca,
el agosto y el enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero. (Machado, 86)

“Un paisaje monoteístico en este campo infinito en que, sin perderse, se achica el hombre...” (Unamuno, 54, énfasis mío);Y, silenciosamente, lejanos pasajeros/¡tan diminutos! -carros, jinetes y arrieros-/cruzan el largo puente... (Machado, 78)

Es interesante notar la preocupación por el “yo” que ya apunta en Unamuno, a diferencia de la descripción más distante, denominativa e impresionista de Machado.

Si nos adentramos en estos campos y pueblos, encontraremos al hombre que los habita; estos hombres y mujeres, al igual que el ambiente que los rodea, representarán la esencia humana, ellos conformarán la intrahistoria, ya que sus vidas silenciosas y sus costumbres humildes, se han ido repitiendo de generación en generación, prolongándose como esa cadena eterna e invisible, que constituye la tradición eterna, la intrahistoria: “Penetrad en uno de esos lugares o en una de las viejas ciudades amodorradas en la llanura, donde la vida parece discurrir calmosa y lenta en la monotonía de las horas, y allí dentro hay almas vivas, con fondo transitorio y fondo eterno, y una intrahistoria castellana” (Unamuno, 56) .

Así Machado penetra en una de estas humildes casas labriegas, y con unos cuantos sustantivos sobriamente dispuestos, describe el mundo físico y temporal en el que transcurre la vida de los habitantes, es este caso más concreto el de la mujer manchega:

(El patio, la alacena, la cueva y la cocina,
la rueca y la costura, la cuna y la pitanza).
(...)
Y es del hogar manchego la musa ordenadora;
alínea los vasares, los lienzos alcanfora;
las cuentas de la plaza anota su diario,
cuenta garbanzos, cuenta las cuentas del rosario. (151)

Es interesante notar cómo la repetición del verbo “contar” y el sustantivo “cuentas” (uniendo lo material -garbanzos-y lo espiritual -rosario, rezos-) transmite la sensación de continuidad, de rutina diaria, lo cual ilustra las ideas de intrahistoria y tradición eterna.

El trabajo en el campo representa al hombre en unión con el paisaje, ambos esencia de Castilla, de España, sustentadores invisibles de los falsos sueños de grandeza españoles; testigos de épocas gloriosas y pasajeras, sedimento eterno de la patria: “...donde trabajan uno aquí, otro allá (...) montados en sus mulas (...) monótonas y tristes, que se pierden en la infinita inmensidad del campo lleno de surcos!” (Unamuno, 56)

¡Las figuras del campo sobre el cielo!
Dos lentos bueyes aran
en un alcor, cuando el otoño empieza,
y entre las negras testas doblegadas
bajo el pesado yugo,
pende un cesto de juncos y retama,
que es la cuna de un niño;
y tras la yunta marcha
un hombre que se inclina hacia la tierra,
y una mujer que en las abiertas zanjas
arroja la semilla. (Machado, 95)

Ejemplos como los anteriores abundan en toda la obra poética machadiana, y se debe observar la sencillez del lenguaje para captar lo elemental mediante el uso de la metonimia para singularizar la elementalidad así captada, sobre todo en Campos de Castilla. Se podría decir que Machado, entre otras cosas, poetiza las ideas sobre España, enunciadas por Unamuno en sus ensayos de En torno al casticismo.

La preocupación por captar la esencia del alma castellana, lleva a poner de manifiesto los elementos que componen la intrahistoria, pero además, a Machado le inquieta el ámbito temporal que rodea la intrahistoria, que evoluciona con ella y se eterniza, el “intratiempo” del hombre, del paisaje, que forma una unidad con la tradición eterna.

Al igual que con la preocupación por España, Unamuno sienta las bases filosóficas sobre el acontecer temporal que Machado luego ampliará y analizará más detalladamente en su obra. El crítico P. Cerezo dice al respecto que el marco filosófico en que se inscribe la teoría machadiana del presente de la inminencia es Unamuno; en sus ensayos de En torno al casticismo, aparece frente al pasado, muerto, el tema del pasado viviente como sustancia de la historia. (226). De nuevo tenemos la idea de la intrahistoria, y esta vez en directa conexión con el tiempo interior intuitivo que ya tenía precedentes como Bergson y San Juan de la Cruz, “fuentes en las que probablemente bebieron ambos” (228). Según estas fuentes, el tiempo homogéneo que sería la representación simbólica de la denominada “duración pura”, se contrapone al tiempo heterogéneo, que se manifiesta como una progresión dinámica y creadora.

Por una parte, el hombre se ve rodeado e inmerso en un espacio temporal compartido por otros: el tiempo cronológico y objetivo. El “yo externo” del hombre está inmediatamente afectado por dicho tiempo; sin embargo, el hombre también percibe que su otro yo, el interior, el que podríamos llamar de la conciencia, experimenta un tiempo diferente.

López-Morillas subraya que cuando Machado afirma que nuestra vida coincide a veces con nuestra cociencia, está parafraseando la noción de duración (durée) de Bergson, y la del tiempo primario (ursprungliche Zeit), de Heidegger. (255). Es el tiempo subjetivo, interior, como apunta López-Morillas, es un tiempo que “no se percibe sino intuitivamente, ya que sólo la intuición, (nunca el intelecto) puede vislumbrar el flujo infinito de lo real” (256).

“La poesía es diálogo de un hombre con su tiempo”, ha dicho Machado. El hombre está siempre experimentando esa marcha temporal, la sucesión eterna interior, y el poeta debe transmitir esta duración humana y temporal a la poesía. El poema adquiriría, de este modo, esa “magia” temporal, experimentaría su propio tiempo, “el poema debe, pues, vivir como tiempo finito y medido, con independencia de su principio generador que es también tiempo, pero infinito e inmesurable”. (259). El poema posee así, una realidad propia, artística, una temporalidad que ha surgido de una intuición en el “flujo vital” que sería el del poeta; muchos autores están de acuerdo con esta aproximación temporal de la poesía. Así, S. Monserrat afirma que “una poesía sin tiempo es una poesía sin la emoción de lo humano, incapaz de conmovernos. La existencia es la temporalidad.” (Monserrat 1960: 23).

Se debería puntualizar que esta concepción del tiempo en la poesía, es una de la razones por las que autores como Machado rechazan la literatura del barroco, y más concretamente su poesía [5]. Según López Morilla, Machado capta rapidamente la ausencia de temporalidad del poema barroco, “el poema barroco que, olvidando que la temporalidad es la “peculiar vibración de su tiempo vital”, reduce su tiempo a un silogismo, logra sólo destemporalizar el tiempo, lo que equivale a destruir la sustancia de toda poesía genuínamente lírica.” (Morillas 1973: 263-4) .

En Campos de Castilla (al igual que en Soledades), el lento y casi imperceptible paso del tiempo aparece en forma tan sutil, que a veces pasa casi desapercibido a los ojos del lector: Bajo una nube de carmín y llama,/en el oro fluido y verdinoso/del poniente, las sombras se agigantan. (Campos, 95). La nieve sobre el campo y los caminos,/cayendo está como sobre una fosa. (Campos, 95). Estos chopos del río, que acompañan/con el sonido de sus hojas secas/el son del agua cuando el viento sopla, (Campos, 97)

En Soledades también encontramos ejemplos en los que se puede apreciar, casi contemplar por ejemplo el movimiento de la luna en la noche, y con él, el invisible paso del tiempo:

. . . . . . . . . . . .Era
triste la noche. La luna,
reluciente calavera,
ya del cénit declinando
iba del ciprés del huerto
fríamente iluminando
el alto ramaje yerto. (Soledades, 58)

en otro ejemplo, vemos el monótono y sugestivo caer del agua: La dulce armonía/del agua que sueña. (Soledades, 51)

El paisaje y el hombre en sus quehaceres cotidianos, expresan el tiempo vivido, sentido día a día; es la intrahistoria de Unamuno, ya que tanto éste como Machado aceptan la vida como duración ininterrrumpida, en la cual “el pasado viviente se actualiza en el presente hacia el porvenir”, (Cerezo 1975: 229). El hilo conductor de tal progreso forma la esencia perdurable y eterna. Machado en su poesía, quiere aprehender este tiempo, porque al hacerlo captura lo eterno y en el poema, el tiempo está en marcha, vivo.

Cerezo Galán apunta, sin embargo, que la diferencia entre Machado y Unamuno es que aquél, en su lírica, entabla una lucha que tiene diferente cariz a la “producción de lo eterno” al modo unamuniano; Machado pretende reactualizar el tiempo, “su animación interior continúa, que es por eso obra del alma” (186). De aquí el “todavía” machadiano, la renovación continua de esta melodía:

“Hoy es siempre todavía”

Por ello, según Cerezo, la actividad en Machado siempre perdura, se renueva a partir de sí misma, derivándose de aquí, su preferencia por el imperfecto (197): “Mediaba el mes de julio”, “Era un niño que soñaba”, “Anoche cuando dormía”, “Una noche de verano/estaba abierto el balcón”, “Cuando la tarde caía”, “Era una noche del mes...” Se podría decir que es una conjunción de pasado, convertido en presente -aunque a veces se lo salte--, y que casi es futuro; todo lo cual parece ser equivalente al concepto de la intrahistoria, aquello que ha perdurado a través de los siglos, silenciosamente, que es nuestro presente y que seguirá perpetuándose: es la tradición eterna.

El presente también se usa a menudo en la poesía de Machado, está impregnado del tiempo pasado, ya actualizado, y del futuro en que se está convirtiendo, es el imperceptible flujo temporal, que Machado atrapa en el poema:

Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desaparece,
allá surge una colina. (Campos, 88)

Pero Machado no se limita a contemplar este flujo temporal; ya se sabe que para él la poesía es el “diálogo de un hombre con su tiempo”, por esta razón, el poeta indaga en el tiempo del paisaje, del poema, como si fuese su propia alma. Así vemos que dialoga con el río Duero, el cual es simbólicamente un río intrahistórico, y este diálogo tiene una doble vertiente, ya que Machado dialoga con su tiempo también:

¡Oh Duero, tu agua corre
y correrá mientras las nieves blancas
de enero el sol de mayo
haga fluir por hoces y barrancas,
(. . .)
¿Y el viejo romancero
fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?
¿Acaso como tú y por siempre, Duero,
irá corriendo hacia el mar Castilla? (Campos, 83-4)

El agua corre y correrá, es símbolo claro del fluir del tiempo, de su fugacidad. El río es, según esto, la vida, no hay que olvidar que Machado cita continuamente a Manrique para sus referencias al mar, al río...Así el poeta dialoga con el río que simboliza su vida, su tiempo, el cual transcurre lenta pero inexorable hacia el mar, la muerte...

Es interesante observar el uso de adverbios, adjetivos y sustantivos temporales o con implicaciones de esta naturaleza, que aparecen en dichos versos: “mientras, enero, mayo, viejo, sueño, por siempre”. Este uso de expresiones temporales, constituye una característica crucial de toda la poesía machadiana. Casi siempre se nos ofrece el marco temporal con una palabra referente a él, y que se encuentra normalmente, al comienzo del poema [6], a la vez, ese tiempo se funde con el alma, con el tiempo interior del poeta, como se apuntaba antes, coincide con su conciencia y por ello, cuando Machado dialoga en el poema con los elementos o con las situaciones expuestas en él, está dialogando consigo mismo, con su tiempo. Otros ejemplos de diálogos poéticos: con las encinas:

Mientras que llenándoos va
el hacha de calvijares,
¿nadie cantaros sabrá,
encinares? (Campos, 84)

De nuevo el uso del adverbio temporal “mientras”, pone el tiempo en marcha en el poema. Otro ejemplo de diálogo es el del poeta con la tierra, con Castilla:

¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!
¡Castilla, tus decrépitas ciudades!
¡La agria melancolía
que puebla tus sombrías soledades! (Campos, 83)

En otras instancias, el diálogo es con las montañas, con las sierras castellanas:

¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,
       la sierra gris y blanca,
la sierra de mis tardes madrileñas... (Campos, 87)

La tarde es también un elemento clave en esta poesía; M. Rodríguez afirma que en Soledades, la tarde es el eje temporal (44), en Campos de Castilla también aparece como uno de los elementos característicos: “Ya al fondo de la tarde arrebolada...”, “Es una tarde mustia...”, “La sierra de mis tardes madrileñas...”, “Era una tarde cuando el campo huía...”, “Con el sol de la tarde en los balcones...” aunque quizás su uso no sea tan insistente como en Soledades.

La presencia de la tarde, según M. Rodríguez contribuye a crear un ámbito de reminiscencia, de lo que fue o no pudo ser; a través de una serie de superposiciones temporales nos lleva al “presente agobiador del pasado, y a un futuro brevísimo que no dura más que la emoción que lo genera”(44). El poeta dialoga también con la tarde, la cual puede representar el tránsito temporal exterior -de la mañana a la noche--, y el interior -de la juventud al otoño de la vida. Los diálogos con la tarde son los que marcan de forma más clara la transición, el flujo, como en este poema:

Pregunté a la tarde de abril que moría:
¿Al fin la alegría se acerca a mi casa?
La tarde de abril sonrió: La alegría
pasó por tu puerta-- y luego sombría:--
Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.

El pesimismo que se manifiesta aquí proviene de la irreversibilidad del paso del tiempo, del vacío final de la existencia que va fluyendo como el río hasta llegar al mar. Por eso Machado quiere, necesita atrapar el tiempo en sus poemas, y hacerlo vivir, discurrir en ellos independientemente, para de este modo, conseguir esa eternidad buscada, o como decía Cerezo, esa “reactualización” del tiempo, que de alguna manera lo convierte en eterno, también será algo íntimo del poeta, confluyendo paralelamente con su alma.

El poeta habrá alcanzado así, la esencia temporal, el tiempo eterno, intratiempo, siempre fluyendo y autorenovándose, sin morir en el poema. Este flujo eterno constituirá parte indispensable de la “intrahistoricidad” propuesta por Unamuno: ambos elementos, casi imperceptibles, silenciosos, “como el fondo mismo del mar” serán así pues, las bases primarias de la siempre necesaria renovación del 98.

 

Notas

[1] En este sentido coincidía con los krausistas puros como Sanz del Río y Giner.

[2] Es conveniente puntualizar sin embargo, que para Unamuno, la lengua ocupa un lugar superior a la literatura, en el sentido de “esencialidad”: “Lo que hace la continuidad de un pueblo, no es tanto la tradición histórica de una literatua, cuanto la tradición intrahistórica de una lengua, aun rota aquélla, vuelve a nacer merced a ésta.” (Unamuno, 50)

[3] Es interesante observar que la frase clave de Ortega y Gasset es “yo soy yo y mis circunstancias” aunque él perteneciera a la generación de 1914.

[4] Palabras de Machado citadas en el libro de Aurora Albornoz La presencia de Unamuno en Antonio Machado (p. 18) Dice la autora en una nota: “El hallazgo de esta entrevista se lo debemos al profesor Oreste Macri, a quien le agradezco el haberla puesto a mi disposición aun antes de darla a la publicidad.

[5] Se debe señalar el paralelo con Unamuno, antiimperialista, antibarroco.

[6] “Primavera soriana…”
     “Son de abril las aguas mil...”
     “Es una tarde mustia y desabrida...”
     “Es una hermosa noche de verano...” (Enfasis mío)

 

Obras citadas

Albornoz, Aurora (1968): La presencia de Unamuno en Antonio Machado. Gredos, Madrid.

Cerezo Galán, Pedro (1975): Palabra en el tiempo. Gredos, Madrid.

Landa, Rubén “Sobre Don Francisco Giner”. 1966, México: Cuadernos Americanos.

López Morillas, Juan “Antonio Machado y la interpretación temporal de la poesía”. En Gullón-Phillips (1973) Antonio Machado. Taurus, Madrid.

Machado, Antonio (1971): Poesías completas. Espasa-Calpe, Madrid.

Monserrat, Santiago (1960 ): Antonio Machado poeta y filósofo. Ed. Universidad Nacional de Córdoba,Córdoba, Rep. Argentina.

Rodríguez, Marta (1971: El intimismo en Antonio Machado. Gráficas Códor, Madrid.

Unamuno, Miguel de (1972): En torno al casticismo. Espasa-Calpe, Madrid.

 

© Maricarmen R. Margenot 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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