De Mariano José de Larra a Gonzalo Torrente Ballester:
la presencia común de España en sus escrituras periodísticas

Ana María Gómez-Elegido Centeno

Universidad Complutense de Madrid
anagomezelegido@hotmail.com


 

   
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Resumen: Los centenarios de los nacimientos de dos grandes escritores españoles como Mariano José de Larra (1809-37) y Gonzalo Torrente Ballester (1910-99) son un buen motivo para reflexionar, a partir de sus propios artículos, sobre la importancia y significación de sus respectivas escrituras en los periódicos. Ambos autores demuestran en sus textos en prensa su preocupación por España y, entroncando con una anterior tradición nacional, analizan los males y defectos de un país que debe transformarse en aras del progreso cultural y social.
Palabras clave: Larra, Torrente Ballester, artículismo, problema de España

 

Este año se cumple el segundo centenario del nacimiento de Larra, y el próximo año, 2010, el primer centenario del nacimiento de Torrente. Ambos, Mariano José de Larra y Gonzalo Torrente Ballester, fueron dos escritores españoles que desarrollaron una importante parte de su carrera literaria en los periódicos. Ambos se inician en la tareas periodísticas muy jóvenes: Larra como creador de publicaciones -El Duende satírico del día (1828) y El Pobrecito Hablador (1832)- y escritor en las mismas con diecinueve años; Torrente, aunque no participaría nunca de esta dimensión de fundador de periódicos, comienza a escribir en ellos a los diecisiete años en el ovetense El Carbayón (1927) [1]. Los dos demostrarán desde muy pronto ser conocedores del potencial comunicativo de la prensa. Así el propio Larra se refiere en numerosas ocasiones a su condición de periodista como en “Un periódico nuevo” (26-1-1835, en Revista Española) cuando declara ser “periodista por mí y ante mí”. Lo mismo hará Torrente en otros muchos momentos de su labor escritural como en “La Historia” (22-7-1976 p. 12, en Informaciones) en que declara sobre su oficio periodístico y literario: “Yo soy un periodista que a veces escribe libros, o un literato que se vale del periodismo como instrumento.”

Abocados a estas labores desde su primera juventud, sus actitudes periodísticas reunirán las distintas facetas y potencialidades de su vocación y aptitud literarias. En ambos podremos seguir, a través de sus renglones en la prensa, su temprana pasión por el teatro -ambos son críticos teatrales y autores dramáticos-, su espíritu crítico y polémico, su amor por la Literatura… Asimismo el compromiso político asomará en distintos momentos, de diversas maneras y con diferente evolución en sus páginas periodísticas. Salvando la distancia cronológica que los separa, que supone una mentalidad y unas circunstancias históricas muy distintas, sus plumas estarán unidas por una misma preocupación: España. Y aquí tendríamos que recordar a tantos otros autores que también participan de este tema común de lo nacional expresado en sus obras periodísticas: desde Cadalso con sus Cartas marruecas (1789) pasando por los regeneracionistas y la generación del 98 [2]. Todos ellos desarrollan su condición de españoles analistas de la realidad social e histórica del país. Desde esta perspectiva, y por medio del diálogo intertextual, Larra y Torrente, o Torrente y Larra, demostrarán en muchos casos opiniones y juicios coincidentes que pasaremos a analizar en este artículo.

 

1. España en el corazón y en el papel

Mariano José de Larra (1809-1837) y Gonzalo Torrente Balleste (1910-1999), tal como manifiestan en sus artículos, son actores y espectadores en su país. Actores en cuanto participan en la construcción de una realidad que no les agrada en muchos casos y momentos, y que luchan por modificar, transformar y mejorar desde el terreno periodístico con la denuncia de los males, por medio de la exposición de las quejas y defectos. Larra se compromete más en los asuntos políticos al final de su corta vida y Torrente al principio en su compromiso falangista que se irá transformando al hilo de las circunstancias y vicisitudes históricas e ideológicas por las que irá atravesando a lo largo de su dilatada vida. Son escritores, periodistas e intelectuales [3] en ejercicio de su tarea crítica en los periódicos donde dejan constancia de la sociedad -tipos, costumbres y actitudes-, la Historia y la cultura españolas.

Ya desde un principio Larra, en su primera publicación El duende satírico del día, manifiesta en “El café” (26-2-1828) su lamento sobre el estado de la nación, empleando la misma frase utilizada precisamente por un personaje que él recrea y cuya actitud y comportamiento critica. Aquí están las palabras de su Don Marcelo, luego apuntadas por las del propio narrador:

Amo -siguió-, amo demasiado a mi patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla; aquí nunca haremos nada bueno… y de esto tiene la culpa… quien la tiene… Sí, señor… ¡Ah! ¡Si pudiera uno decir todo lo que siente! Pero no se puede hablar todo… no porque sea malo, pero es tarde y más vale dejarlo… ¡Pobre España!... Buenas noches, señores.

Entre paréntesis, y antes que se me olvide, debo prevenir que la misma curiosidad de que hablé antes me hizo al día siguiente indagar, por una casualidad que felizmente se me vino a las manos, quién era aquel buen español tan amante de su patria, que dice que nunca haremos nada bueno porque somos unos brutos (y efectivamente que lo debemos ser, pues aguantamos este tipo de hipócritas); supe que era un particular que tenía bastante dinero, el cual había hecho teniendo un destino en una provincia, comiéndose el pan de los pobres y el de los ricos, y haciendo tantas picardías que le habían valido el perder su plaza ignominiosamente, por lo que vivía en Madrid, como otros muchos, y entonces repetí para mí su expresión “¡Pobre España!”. [4]

También en “Tercera carta de un liberal de acá a un liberal de allá” (octubre, 1834 en El Observador) declara la aflicción por ser español cuando se dirige a su corresponsal: “Suponte por un momento, aunque te pese hasta el figurártelo, que eres español. No te aflijas, que esto no es más que una suposición” [5]. El dolor de España se proyecta en muchas de estas líneas por medio de un agudo análisis crítico [6] y vuelve al alma de la cuestión en artículos posteriores como “Ventajas de las cosas a medio hacer” (16-3-1834, en La Revista Española) en que se lamenta del modo de proceder de nuestra nación y escribe:

… por la España no pasan días: nuestra patria siempre la misma; siempre jugando a la gallina ciega con su felicidad; empeñada en atraparla, por el estilo de aquel loco, maniático por atraparse con la mano izquierda el dedo pulgar de la misma mano que tenía cogido con la derecha; y siempre más convencido la última vez que todas las anteriores.

Intrincado y oscuro laberinto le parecerá a cualquiera nuestra felicidad. [7]

Los dos autores, en los distintos tiempos que les tocan vivir, ponen de manifiesto la división nacional en bandos como lacra permanente de los españoles. Ya Larra en “El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio” (2-11-1836, El Español) lanza su profética frase: “Aquí yace media España; murió de la otra media”, sobre las circunstancias bélicas de la época [8]; Torrente se refiere al drama de su generación por esta situación de ruptura cuando en “Notas para la historia de una generación: Los que tenemos treinta años” (8-8-1941, p. 3 en Arriba) habla, utilizando la frase de José Antonio Primo de Rivera, de “juventud con el alma partida”, en clara referencia a la guerra civil española de 1936 [9]. Asimismo Torrente en su artículo “Presencia en América de la España fugitiva” (3-8-1940, p. 5 en Tajo) trata de esta separación de los españoles, en este caso de los intelectuales de dentro y de fuera de nuestras fronteras, pidiendo una reconciliación en aras del progreso cultural:

Estas dos generaciones hispánicas, la nacional y la peregrina, se expresarán, necesariamente, en poesía y pensamiento, y cada una de ellas aportará definiciones sobre el mismo objeto: la Patria que nos duele a nosotros con dolores de parto, a ellos con recuerdo. Son dos actitudes distintas, y aún opuestas, sobre España (…). Y los unos y los otros, hombres inevitablemente, aspiramos a que nuestra obra, superándose a sí misma, alcance la dimensión excepcional de universalidad e ingrese en el patrimonio común y eterno de la cultura del mundo.

 

2. La inquietud nacional por la cultura y la Literatura

Larra y Torrente consagrarán muchas de sus páginas a proclamar sus quejas sobre el inquietante estado de la cultura española, haciéndose eco del desinterés por las empresas culturales reinante en el país. Releamos el tantas veces recordado artículo larriano donde se duele “de este incultísimo país de las Batuecas”:

“¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?”

Esta breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada más. Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído; empero más ardua empresa se me figura a mí, inocente que soy, leer lo que no se ha escrito.

¡Mal haya, amén, quien inventó el de escribir! Dale con la civilización, y vuelta con la ilustración. ¡Mal haya, amén, tanto achaque para emborronar papel!

A bien, Andrés mío, que aquí ni pecamos de ese exceso. Y torna los ojos a mirar en derredor nuestro, y mira si no estamos en una balsa de aceite. ¡Oh feliz moderación! ¡Oh ingenios limpios los que nada tiene que enseñar! ¡Oh entendimientos claros los que nada tiene que aprender! ¡Oh felices aquellos, y mil veces felices, que o se lo saben ya, o todo se lo quieren ignorar todavía! ¡Maldito Gutenberg! ¿Qué genio maléfico te inspiró tu diabólica invención? “Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por el pobrecito hablador” (11-9-1832, en El Pobrecito Hablador) (p. 139)

E insiste después: “ni nos cansamos en leer, ni nos molestamos en escribir en este buen país en que vivimos. ¡Oh felicidad la de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber!” (p. 140). Y ya avanzado el artículo se vuelve sobre lo mismo, en un fragmento de claras resonancias cadalsianas:

No es aquí, en fin, profesión el escribir, ni afición el leer; ambas cosas son pasatiempo de gente vaga y mal entretenida: que no puede ser hombre de provecho quien no es por lo menos tonto y mayorazgo.

¡Oh tiempo y edad venturosa! No paséis nunca, ni tengan nunca las letras más amparo, ni se hagan jamás comedias, ni se impriman papeles, ni libros se publiquen, ni lea nadie, ni escriba desde que salga de la escuela. (p. 147) [10]

Sobre la mala Literatura nacional, sin creatividad e invadida por las malas traducciones vuelve Larra también en “Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por el pobrecito hablador” (11-9-1832, en El Pobrecito Hablador):

Pero todo este atarugamiento y prisa de libros, reducido está, como sabemos, a un centón de novelitas fúnebres y melancólicas, y de ninguna manera arguye la existencia de una Literatura nacional, que no puede suponerse siquiera donde la mayor parte de lo que se publica, sino el todo, es traducido, y no escribe el que sólo traduce, bien que no dibuja quien estarce y pasa el dibujo ajeno a otro papel al trasluz de un cristal. (pp. 147-48)

Y en este mismo periódico vuelve a escribir en “Manía de citas y de epígrafes” (6-11-1832): “Verdad es que estamos muy seguros de que no ha de ir a menos nuestra literatura; esto es en realidad caso tan imposible como caerse una cosa que está caída; pero por eso mismo no querríamos tener los síntomas de una enfermedad, cuyo único y verdadero antídoto acertamos a poseer” [11]. Desde ésta su visión sobre nuestra Literatura realiza años después este breve pero contundente apunte en “Un periódico nuevo” (26-1-1835, en Revista Española) sobre su intención de hablar en una nueva publicación de diversas materias entre las cuales estaría la literaria: “[Escribiremos] De Literatura. En cuanto se publique un libro bueno lo analizaremos; por consiguiente, no seremos pesados en esta sección”. Y en “Horas de invierno” (25-12-1836, en El Español) recuerda en determinado momento del artículo el mismo tema:

Escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. (…).

Lloremos, pues, y traduzcamos, y en este sentido demos todavía las gracias a quien se tome la molestia de ponernos en castellano, y en buen castellano, lo que otros escriben en las lenguas de Europa; a los que, ya que ni pueden tener eco, se hacen eco de los demás; no extrañemos que jóvenes de mérito como el traductor de las Horas de invierno rompan su lira y su pluma y su esperanza. ¿Qué harían con crear y con inventar?

En Torrente la preocupación intelectual por España es una constante que aparece reiterada en numerosos artículos a lo largo de su copiosa obra periodística. Ya en sus textos primeros, dentro de su compromiso ideológico, manifiesta su inquietud en esta dirección, como en “Llamada de alarma” (23-9-1937, p. 3 en El Pueblo Gallego) en que advierte del peligro de la bancarrota cultural española. Considera la cultura como uno de los aspectos fundamentales de la vida nacional que debe evolucionar con ésta, de manera que el progreso y la regeneración de España deben de correr paralelos con ella: “… y que de un país que vemos en trance de regenerar su sociedad y gobierno, esperemos una total y amplia regeneración. No de otra forma al trabajo por la grandeza política de España, lo es también, de paso, por la grandeza de su cultura”. Y concluye con un llamamiento hacia el cambio y la recuperación intelectual del país: “La grandeza de España exige la colaboración de todos, pero muy principalmente de los mejores. Cállense de una vez los aficionados, que ya pasó el Carnaval, y haya sitio en España para las buenas razones y los libros buenos”.

Muchos años después, Torrente incidirá en el mal del atraso español en las vertientes cultural y científica en textos del periódico Faro de Vigo como “Estoy leyendo un libro que no entiendo” (4-9-1965, p. 20) donde se muestra preocupado por los evidentes signos del provincianismo intelectual y el retraso, mismo desvelo de “Cohetes y satélites” (15-9-1965, p. 16) en que pide para nuestro país una formación e investigación acordes con la marcha de los tiempos. También en “Poupée de Cire...” (17-10-1965, p. 20) expone este problema de la pérdida de un puesto relevante en el mundo cultural de lo español:

la falta de originalidad y de fuerza creadora es igualmente patente. No inventamos un aparato, ni una teoría, ni un sistema de pensamiento; no se publica, desde hace tiempo, una buena novela, ni se estrena una comedia valiosa, ni ha surgido un poeta que pueda hombrearse con “los de antes”. Nuestra industria trabaja con patentes extranjeras; nuestros escritores viven pendientes de lo que se hace en Francia o en Italia, y las imitaciones resultantes carecen de calidad.

Este mismo fenómeno lo extiende al campo de la música en algunas de sus notas diaristas publicadas en Informaciones. Lamenta la falta de una música original que no sea subsidiaria de la de fuera de nuestras fronteras: “Pero los españoles, hace más de veinte años que no inventamos nada que valga la pena -nada de eso que se oye por la calle o en la radio-. Y no deja de ser curioso, porque hasta esta fecha, más o menos, y según las modas cambiantes, se inventaron melodías excelentes, algunas con letras de la mejor calidad” (6-10-1973, p. 12). Y sobre esto mismo insiste tiempo después y escribe: “la radio me desespera y me decepciona: es asombroso el consumo de música mala que se hace en las veinticuatro horas del día (…). A este respecto la colonización anglosajona es absoluta. Las canciones nacionales que “salen al aire” son escasas y, como imitaciones, malas.” (16-6-1973, p. 16).

Otros artículos torrentinos tendrán en cuenta distintos aspectos de la cultura en su vertiente literaria como los del diario Arriba. Así en “Traducciones” (30-8-1942, p. 5) establece:

Es necesario clamar (…) a quienes puedan intervenir con rigor y autoridad en el remedio del daño. Es necesario abandonar la ironía por la ira, y la indiferencia por la pasión, porque cosa tan delicada como el porvenir de nuestra cultura se está poniendo en peligro por obra y desgracia de una docena de editores.

Se reclama urgentemente “una buena política de traducciones” y enumera con claridad las deficiencias del panorama intelectual: desconocimiento de la producción cultural extranjera, carencia de colecciones dignas de los clásicos, etc. Y todo ello debido, según concluye a que: “La cuestión -parece ser- no consiste en publicar buenos libros, sino en hacer buenos negocios”. También protesta sobre este aspecto mercantil en “Sobre las ediciones microscópicas” (8-9-1942, p. 5) ya que: “Son una ofensa al lector y al comprador (…). El lector, que ha gastado en el libro tres o cuatro pesetas se sentirá defraudado y engañado. Pero eso no importa porque alguien ha hecho un pequeño negocio (…). Lo importante es la ganancia inmediata”.

En cuanto a la triste situación del escritor en España tenemos asimismo diversos escritos en Arriba como “Doce notas, observaciones y aforismos sobre la vida del escritor en España” (20-9-1942, p. 5), donde Torrente hace una radiografía sobre los males que afectan a nuestro débil mundo literario en este tiempo y la repercusión que todo ello tiene sobre el escritor. O bien posteriormente en Faro de Vigo apunta las posibles causas de la ausencia en ese momento de una Literatura española de calidad en “Los escritores” (27-2-1966, p. 20). Y la figura del escritor español origina diversas notas que señalan en Informaciones la actitud nacional de desapego, incluso la hostilidad hacia éste como se describe en nota de 19-7-1974 p.12: “A la mayor parte de los españoles, no sólo los escritores les importamos un pimiento, sino que piensan además, que no servimos para nada respetable o útil, aunque sí para incordiar. Nos toleran cuando no tienen otro remedio, y cuando lo encuentran, nos persiguen con conocida saña”. Y esta postura de desinterés y desconocimiento se proyecta en la consideración del escritor español más allá de nuestras fronteras. Esta problemática se vuelve a tratar en una larga nota de 21-6-1975, p. 16 del mismo periódico donde deja patente, de nuevo, el recelo social hacia el autor literario:

Vivimos, escribimos en una sociedad que no parece necesitarnos, que no se explica las razones de nuestra existencia y que, a la postre, ya que no puede suprimirnos, nos tolera a regañadientes. (…).

Lo que la sociedad no entiende bien, lo que a fin de cuentas no aprueba, es al escritor crítico, es decir, al escritor vivo, al que se planta ante la realidad con una conciencia exigente, y en vez de arrullarla con el elogio de sus virtudes aparentes (lo cual suele estar bien pagado), la excita y encoleriza con la denuncia, o al menos la muestra de sus defectos reales.

La crítica de actitudes y comportamientos hacia lo literario -y lo cultural, en general- se sigue practicando en nuevas notas de reivindicación. En “Otra vez Solzhenitsyn” (1-4-1976 p. 12) compara el prestigio de que gozan los escritores extranjeros con la poca consideración en que se tiene a los españoles, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Es la misma postura denunciada en la nota la final de 24-6-1976 p. 12, donde intenta explicar las posibles causas del fenómeno de cara al exterior:

Pero, para entenderlo claramente, convendría tener en cuenta su manifestación más reciente y equivocada: la de que, dada la situación interior durante los últimos cuarenta años, aquí no podía escribirse nada que valiese la pena. Y lo curioso del caso es que tan negativa opinión abarca también a los escritores del exilio y a aquellos que, en la Península, adoptaron actitudes manifiestamente polémicas. Dicho de otro modo: ni Rafael Alberti ni Miguel Hernández son estimados fuera de España en la medida de su valor.

Termina con esta significativa conclusión:

La mala fortuna de nuestra cultura es un hecho de raíz política, independiente del valor de la cultura española en sí, independiente de su posible universalidad. Hubiéramos escrito todos en inglés, como escribió Santayana, y otra hubiera sido la suerte. O es cosa de los hombres y sus capacidades, sino de su inserción en unos u otros contextos. Es un modo de pagar la “diferencia”. Pero reconozcamos que el sentimiento de inferioridad que nos acomete cada vez que nuestras propias características se airean, cada vez -sobre todo- que comprobamos nuestro colonialismo, no nos ayuda en nada.

Y sobre esta misma deformación escribe en la segunda nota de 4-11-1979 p. 8 lo siguiente:

es inexacto, es totalmente falso, que durante ese periodo que va desde 1939 al 1975 la creación cultural llevada a cabo en la península estuviera al servicio de la política oficial y se apoyase en los valores y deseos de la clase social dominante, así como también es inexacto y totalmente falso que los medios represivos puestos en práctica por la misma política llegasen al total aniquilamiento o a la manifiesta deformación de cualquier obra en desacuerdo con aquellos valores y deseos (...). Se tiende, por razones obvias, a falsear la verdad de lo ocurrido en España durante el periodo antes mentado, y lo que de él se viene diciendo, cuando no es cómico, es resueltamente absurdo.

El reproche también irá dirigido a nuestra propia sociedad que asimismo desconoce a sus propios literatos como se comenta en la nota inicial de 17-2-1977 p. 12, sobre una noticia recogida en El País acerca del reducido número de españoles lectores de autores nacionales. Y en la misma cuestión hace hincapié el día 10-3-1977 p. 12, declarando la falta de formación cultural de nuestro país ignorante de sus poetas:

No nos hagamos ilusiones: la mayor parte de los españoles insuficientemente cultos están ya perdidos para esta especie de rescate y no estoy sólo pensando en el proletariado industrial o campesino, sino en esa enorme masa burguesa que en virtud de una educación insuficiente y voluntariamente orientada hacia contenidos extraculturales vive al margen de cualquier preocupación de esta índole.

Como podemos comprobar en muchos de estos textos, lo mismo que hace Larra en los suyos, se destaca la responsabilidad que tiene en este lamentable estadio cultural la sociedad pasiva y al margen de cualquiera de estos intereses intelectuales. Así Torrente en diversos momentos, en el diario Informaciones, escribe al respecto como en la nota de 2-10-1974, p. 12, en que culpa a la sociedad por su actitud desinteresada y hostil hacia todo lo proveniente de este ámbito:

Yo, naturalmente, estoy por el estado colectivo de cultura. Pero esto no se improvisa ni se encaja con calzador a un país reacio. Ahora se usa un barbarismo muy curioso: MENTALIZAR. Pues bien, para que llegue a existir entre nosotros un verdadero y fértil “estado de cultura” habrá que MENTALIZAR previamente no a quienes hayan de componerlo, sino a quienes tienen que permitirlo y favorecerlo. Pero me temo que el proceso de mentalización, más que difícil, sea inútil. Los españoles somos gente de carácter.

La cultura vuelve a reaparecer en una nueva nota, de 26-2-1975 p.12, que comienza considerando la cultura popular y pasa después a tratar sobre el papel del escritor como mediador en el proceso de acercamiento y difusión de ésta entre el público. Perfila las diversas manifestaciones de la cultura mayoritaria, que para Torrente suponen el alejamiento de los auténticos y mejores productos culturales de la sociedad. Todo ello conduce a un punto de vista crítico y denunciador del desdén por lo cultural que apoya con su propia experiencia personal:

Llevo más de cuarenta años enseñando Literatura. Alguna vez dije aquí que el número de verdaderos discípulos que había formado de verdad era escaso. Pues lo es también de personas a quienes logré inculcar la afición por las letras y a productos culturales de la vieja razón: “Eso que usted nos enseña es inútil”, por que ahora dicen: “Eso que usted intenta enseñarnos no nos interesa”. Y contra el interés, o su carencia, no se puede luchar. Aunque en números absolutos, los adeptos al buen arte o a las buenas letras hayan crecido, una estadística severa nos mostraría que su proporción es menor. Son, cada vez más, aficiones de minoría.

En notas posteriores de Informaciones continúa el reproche hacia la falta de creatividad y originalidad, la escasa valoración hacia todo lo intelectual y cultural, y el retraso científico. Varias se centran en ello como la primera de 8-4-1976 p. 12, “Historias”, donde indica su inquietud por el retraso español; o bien en la inicial de 27-9-1979 p. 8, en que refleja su desánimo ante la pobreza de la actividad cultural:

La vida intelectual española es de las más bajas de Europa. (…). Aquí estamos a expensas de lo que llega de las revistas, las cuales, además, resulta que no se leen. Observo que, insensiblemente (sigo refiriéndome a Europa) la terminología científica va cambiando. La que aquí usamos lleva diez años de vigencia. A veces me explico que ciertos jóvenes bien informados no quieran saber nada de la cultura española.

Otras cuestiones orientadas en este mismo sentido se seguirán planteado en otra serie de notas de Informaciones: la escasa venta de libros en general -última nota de 2-6-1977 p. 7-, los prejuicios del público sobre los emolumentos de los escritores -nota segunda de 15-9-1977 p. 12-, la excesiva admiración del español hacia todo lo cultural foráneo frente al desdén por lo nacional-segunda y última nota de 17-11-1977 p. 12-… Y para concluir con este abundante muestreo citemos la última nota, titulada precisamente “Insisto, aunque sólo esta vez” (27-10-1979, p. 8), en que aprovecha para alertar nuevamente sobre este desinterés del español por sus propias obras:

Pienso si no va siendo hora ya de preguntarse si el español (la sociedad que formamos: la de antes, la de ahora, quizá la de mañana) merece su patrimonio cultural, que no estima, que no entiende y que suele malbaratar. ¿Es inevitable, es fatal, que la cultura española sea siempre el esfuerzo de unos pocos, que sólo unos pocos entienden?

Estas mismas inquietudes se manifiestan en su colaboración periodística final en ABC donde hallamos asuntos referentes al mundo de la cultura habituales en la pluma torrentina. Así, en “Algunas consideraciones actuales” (15-1-1983, p. XVI) critica mediante la antífrasis aquellas actitudes y conductas que impiden cualquier atisbo de progreso: “Lo patriótico, parece ser, son la pereza, la insistencia en la corrupción administrativa, en la incultura popular y en el monopolio por unos pocos de los bienes de la educación”. Se reitera la importancia de la educación y la cultura, el lugar preeminente que deben ocupar en cualquier nación con pretensiones de modernidad. Este es su diagnóstico:

Lo que tiene que cambiar, aquí, en España, (...), es la sociedad entera, un cambio que sólo puede realizarse mediante una obra educativa, extensa, intensa y eficaz. No se trata de saber más o menos de esto o de lo otro, sino de preparar a todos los españoles para que puedan entender el mundo en el que van a vivir, y en dotarlos de los instrumentos intelectuales indispensables para que puedan moverse en él; instrumentos que no parecen ser, según todos los barruntos, la picardía, la habilidad para medrar, la gracia pajolera para burlas y motes, o cualquiera de los saberes tradicionales de la raza.

En esta línea de denuncia continúan los artículos siguientes. Contra el botaratismo nacional publica “Me atrevo a sugerir, con calma...” (27-8-1983, p. III) donde se duele de la falta de seriedad de los españoles, de los juicios formulados a la ligera, y sobre todo, de la deformación tradicional de ciertos hechos y personajes. Un nuevo frente de batalla será el que inaugura “Elegía en cierto modo tímida” (6-8-1983, p. III) donde con voz amarga clama contra la destrucción arquitectónica, histórica y artística de nuestro país:

Es necesario registrar, gritar, dejar constancia, que sé yo, de que España desaparece, de que se la van comiendo año tras año sucesivos factores, unos pocos naturales, lo más humanos, unos pocos racionales, los más mera codicia. (...). Meto en el mismo saco los que estropean el paisaje que los que exportan obras de arte o suplantan las viejas casas hermosas por estos adefesios que ahora se llevan y que acabarán por reducir a nuestro país a una infinita fachada de cemento, (...). Lo que sucede en España es hijo de la codicia, de la incultura y de la estupidez.

Tanto Larra como Torrente darán muestras de su interés por el idioma a través de escritos variados, en muchos de los cuales, se hace inventario de los malos usos del lenguaje. Ejemplo larriano sería, entre otros, su artículo “Filología” (10-10-1832, en El Pobrecito Hablador), donde al principio expone su concepción sobre éste:

Supuesto que por la lengua pecamos, y que por ella hemos de morir, no será mucho que dediquemos a este ramo de la literatura algunas de nuestras tareas. Bien se deja conocer que la lengua es para un hablador lo que el fusil para el soldado; con ella se defiende y con ella mata. Tengamos, pues, prevenidas y en el mejor estado posible nuestras armas, y démosle a este fin un limpioncito de cuando en cuando. [12]

Y a continuación pasa a explicar determinados mal usos del idioma para finalizar con el siguiente juicio: “Si los jóvenes que se dedican a la literatura estudiasen más nuestros poetas antiguos, en vez de traducir tanto y tan mal, sabrían mejor su lengua, se aficionarían más de ella, no la embutirían de expresiones exóticas, no necesarias y serían más celosos del honor nacional” (p. 294).

En otros textos como “Empeños y desempeños” (26-9-1832, en El Pobrecito Hablador) comenta el mal empleo del idioma por parte de un supuesto sobrino suyo, al cual caracteriza así: “Habla un poco de francés y de italiano siempre que había de hablar español, y español no lo habla, sino lo maltrata: a eso dice que la lengua española es la suya, y que puede hacer con ella lo que más le viniere en voluntad.” (p. 152). O bien recordemos los diversos artículos en que critica el escaso dominio y la mala pronunciación de los actores de la época como en “Mi nombre y mis propósitos” (11-1-1833, en La Revista Española) cuando establece:

No diré, por ejemplo, que para representar en una lengua es preciso empezar por saberla, porque eso sería verdaderamente mordaz y exigir demasiado de un actor. Callaré, pues, como si no lo supiera de muy buena tinta, que hay actores que dicen acta por apta, adheción por adhesión, aceta por acepta, adbitrio por arbitrio, hablaisteis por hablasteis, quedrá por querrá, etc., y otros, o los más, que están reñidos siempre con los imperativos y dicen: hacer, cerrar, hablar, cuando habrían de decir haced, cerrad, hablad. Me hago cargo de que si lo dicen así no es por malicia, sino por ignorancia pura. [13]

Torrente, cuyo historial periodístico es mucho más amplio que el de Larra por evidentes razones de longevidad, presentará muchas páginas dedicadas al lenguaje. Tenemos, entre otros artículos, los del diario Faro de Vigo: “Eso de América...” (15-10-1965, p. 20), “Descomedimiento” (2-1-1966, p. 20) y “La lengua que se habla” (13-8-1966, p. 16). En el último hace inventario de los peligros para el español representados por extranjerismos, galicismos y anglicismos, achacando parte de la responsabilidad a los medios de comunicación; también se queja de “nuestra tendencia a la exageración retórica” y así finaliza:

La pedantería es un cáncer del idioma tan mortífero como el extranjerismo o como cualquiera de esos males que los puristas denuncian un día y otro. Pero resulta, además, inadecuado en un país como el nuestro, donde la mayor parte de los radioescuchas están todavía sin culturizar (novísimo verbo que querrá decir, supongo, saber leer y escribir) y se quedan turulatos al oír, un día y otro, semejantes sublimidades, indiscretas si quisieran decir algo, ociosas y ridículas porque no quieren decir nada.

Durante la larga colaboración de Torrente en el diario Informaciones se suceden las notas donde da breve noticia de las incorrecciones idiomáticas, como en la primera del día 18-10-1973, p. 3, en que dirige un pequeño rapapolvo a los que son incapaces de reconocer la importancia de la riqueza idiomática nacional. Contra la invasión de extranjerismos la protesta es sistemática, como en la nota en que clama por la incorporación de éstos al lenguaje educativo: “Lo de “área” es un anglicismo del tamaño del propio Ministerio. Lo de sustituir “calificación” por “evaluación” forma parte de esa política tan extendida que con cambiar los nombres se cambian las cosas” (28-2-1974, p. 16); o bien manifiesta su desagrado por expresiones como “en base a”, o palabras como “actante”, “concretizar”, “contactar” (21-3-1974, p. 16). También subraya la invasión de términos del argot económico en el lenguaje común, o la ambigüedad del lenguaje político español. En cuanto a los medios de comunicación manifiesta su preocupación por la capacidad de la televisión para destruir el idioma y la cultura (20-4-1974, p. 12).

Con la intención de procurar la mejora del español, se refiere a una serie de expresiones y palabras mal utilizadas, incorrectas y frecuentes. Así, en la nota titulada “Un barbarismo sancionado y otras menudencias léxicas” (última nota de 12-8-1976 p. 12) cita, entre otras, “explosionar”, “contactar” y “tomar contacto”. La palabra “ente” y sus variantes es objeto de diversas notas por el abuso de su uso -segunda nota de 7-10-1976 p. 12, o bien en “Otra vez el ente”, tercera nota de 2-2-1978 p. 12-. En la segunda y tercera nota de 21-10-1976 p. 12, comenta el empleo de dos palabras: “obsoleto” e “introducir”, que darán título respectivamente a ambas notas. El plural “referendums” es cuestionado en la primera nota de 2-12-1976 p. 12, se queja de la invasión de extranjerismos en la primera nota de 15-12-1977 p. 15, o bien ofrece una pequeña gama de gazapos idiomáticos en la nota inicial de 1-12-1979 p. 8. Los males generales del idioma, también aparecen en la nota inicial de 22-6-1978 p. 12, donde se señala la raíz de éstos:

Es un problema de educación que apunta en dos direcciones: la una, la mera enseñanza del lenguaje, hoy caída en desuso: (…). La otra dirección es la social. Sucede con el habla como con el tenedor: lo mismo da cogerlo con cierto aire que empuñarlo; pues, en lo que al habla respecta, lo importante es entenderse, lo cual puede lograrse también a gritos. Y el que intenta hablar bien es sujeto risible (más bien objeto). Los grandes diarios vienen con faltas de ortografía.

El lenguaje político es el protagonista de muchas de estas notas. Torrente es pesimista acerca de la oratoria parlamentaria y acusa a los políticos de falta de preparación y desconocimiento del idioma en la primera nota de 17-6-1976 p. 12; también en la nota inicial de 30-6-1977 p. 16 recuerda la escasa altura del lenguaje en la etapa franquista animando a los responsables de la moderna democracia a acabar con esta lacra: “Pues bien: a ver si la lengua en que la clase política se dirija al país llega a ser más rigurosa, más noble y más española”. Y en la tercera nota de 1-12-1977 p. 12, “La prosa constitucional y otras prosas legales”, deja constancia de la opinión general sobre la mala redacción de la Constitución y su ininteligibilidad.

 

3. Educación y formación de los españoles

Sobre la mala educación y la errónea formación de sus compatriotas Larra publica diversos artículos como “Empeños y desempeños” (26-9-1832, en El Pobrecito Hablador) donde convertido en narrador y personaje, presunto tío de un joven sobrino, Joaquín, ironiza en unas cuantas líneas sobre la deficiente formación de éste:

Ese tal sobrino es un mancebo que ha recibido una educación de las más escogidas que en nuestro siglo se suelen dar; es decir esto, que sabe leer, aunque no en todos los libros, y escribir, si bien no cosas dignas de ser leídas; contar no es cosa mayor, porque descuida el cuento de sus cuentas en sus acreedores, que mejor que él se las saben llevar; baila como discípulo de Veluci; canta lo que basta para hacerse de rogar y no estar nunca en voz; monta a caballo como un centauro (…); de ciencias y artes ignora lo suficiente para poder hablar de todo con maestría. En materia de bella Literatura y de teatro no se hable, porque está abonado, y si no entiende la comedia, para eso la paga y aun la suele silbar (p. 152)

“El casarse pronto y mal” (11-9-1832, en El Pobrecito Hablador) es quizá el escrito donde reúne el mayor número de rasgos sobre el dislate educativo y sus nefastas y trágicas consecuencias en su final hiperbólico. De nuevo, otro sobrino, Augusto, y su luctuosa historia cuyo origen proviene de esta equivocada y disparatada formación. Pero primero repasa la educación recibida por su hermana, madre del vástago, que va del modelo tradicional y antiguo al de las nuevas costumbres francesas, derivadas de la invasión de nuestra nación y de su posterior marcha al país vecino. Ninguna de estas formas educativas sale bien parada en palabras de Larra ya que declara que “esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera”. Como resultado de todo este proceso resulta un muchacho cuya instrucción se resume así: “Leyó, hacinó, confundió; fue superficial, vano, presumido, orgulloso, terco, y no dejó de tomarse más rienda de la que se le había dado.” (p. 168). Asimismo en este artículo se describe el tipo de formación recibida por las señoritas del momento, a través de la enamorada de su sobrino sobre la cual hace esta jugosa descripción:

Por su desgracia acertó a gustar a una joven, personita muy bien educada también, la cual es verdad que no sabía gobernar una casa, pero se embaulaba en el cuerpo en sus ratos perdidos, que eran para ella todos los días, una novela sentimental, con la más desatinada afición que en el mundo jamás se había visto: tocaba su poco de piano y cantaba su poco de aria de vez en cuando, porque tenía una bonita voz de contralto (p. 169)

Y tras relatar la truculenta y desafortunada historia del prematuro matrimonio recoge explícitas conclusiones sobre la necesidad y el valor de la auténtica educación como colofón del texto:

Solo sabemos que muchos creen por desgracia que basta una ilustración superficial, cuatro chanzas de sociedad y una educación falsamente despreocupada para hacer feliz a una nación. Nosotros declaramos positivamente que nuestra intención al pintar los funestos efectos que la poca solidez de la instrucción de los jóvenes del día ha sido persuadir a todos los españoles que debemos tomar del extranjero lo bueno, y no lo malo, lo que está al alcance de nuestras fuerzas y costumbres (…)

La moraleja insiste pues en destacar la importancia de educación e instrucción para el desarrollo social de un país: “Empiécese por el principio: educación, instrucción. Sobre estas grandes y sólidas bases se ha de levantar el edificio.” (p. 176) [14].

La importancia y la trascendencia de la educación es también tema recurrente en la escritura de Torrente. Ya en uno de sus primeros artículos, el titulado “A propósito de la educación” (17-9-1941, p. 4 en Pueblo), muestra una evidente intención moral-pedagógica al referirse al respeto que los padres deben mostrar a la libertad de los hijos -tema tan característica de la Literatura neoclásica española, sobre todo en el teatro-. Se presenta a modo de una historia que el escritor confiesa haber oído contar y responde al caso de un padre, que ante la amenaza de la muerte próxima, deja encomendada a su hijo la misión de continuar la obra de su vida. Esta pesada herencia provoca la desgracia y la locura del hijo que a partir de entonces renuncia a su propia vida y a su propia identidad en aras de la de su progenitor. El lector debe encontrar la moraleja: “Ahora tengo interés en que tú, querido lector, si tienes un hijo y has pensado alguna vez en su futuro, conozcas esta historia. La estimo elocuente y ejemplar para padres preocupados”. En la misma línea que el artículo anterior, también en Pueblo, está “¿Qué haremos de la niña” (13-10-1941, p. 3), íntima reflexión de Torrente que insiste en la necesidad de no influir en la elección vital de los hijos y en su derecho a la libertad: “… la vida verdadera de los hijos se hace sin nosotros. (…). El hijo no se debe a los padres, aunque los padres se deban siempre al hijo”. El articulista se debate interiormente sin encontrar respuesta válida a la interrogación del título y finaliza con esta incertidumbre: “Nuestra inquietud mayor se revela cuando la niña nos mira con esa mirada que nos quiere decir realmente: ¿Qué vas a hacer de mí? (…) ¿No te parece lector, que es un soberbio compromiso?”.

Después, ya en las notas diaristas de Informaciones, tendremos nuevas declaraciones sobre esta cuestión de la educación. Torrente define su personal concepción de ésta -en la nota de 5-3-1975, p. 16- y desenmascara el ataque que recibe la educación liberal en nombre de unos intereses que pretenden despojar al hombre de su libertad:

Entonces está ya claro el porqué del descrédito en que la educación liberal ha caído, porque de lo que se trata en este mundo es de que el hombre no elija -creyendo, si acaso, que lo hace-. Los grandes sistemas económicos, políticos y culturales, incluso los grandes sistemas deportivos, prevén, más que la misma elección, la ficción electiva (…). Lo que importa a los grandes sistemas establecidos es la consumición, nunca la elección.

Y termina la nota repitiendo su denuncia:

En cualquier caso, los contenidos de la educación parecen, aquí y en todas partes revelar el temor de que los hombres sean libres. (…), de lo que se trata es de crear ciudadanos dóciles, que sepan responder masivamente a las proposiciones que se les hacen “desde arriba”, por voluntades conductoras, aunque de acuerdo con unos propósitos que no acepto sin más.

Torrente aventura sus ideas sobre las posibilidades de la educación en el mundo moderno, y, sobre todo, define el valor de ésta:

La educación es algo más que una transmisión de saberes y de técnicas útiles. A este respecto, el problema está resuelto, y el cómo nos lo enseña la pedagogía. Pero de semejante operación no resulta un hombre educado, sino, todo lo más, informado. Informar no es lo mismo que formar. Y, si algo es la educación, consiste en dar forma a lo que todavía no la tiene: forma moral, por supuesto, esto es obvio (9-6-1975, p. 12).

Defiende -como en anteriores artículos- las disciplinas humanísticas y el latín (en las notas de 28-2-1975, p. 12 y 19-7-1975, p. 16) y critica aquellas manifestaciones reveladoras del pobre desarrollo cultural, la falta de madurez y de civilización de determinados sectores de la sociedad española -en la nota de 7-4-1975 p. 16-, así como las posturas agresivas y dogmáticas opuestas a la inteligencia y el progreso. Siempre teniendo presentes sus dimensiones de intelectual y profesor, también hay referencias a la educación en sucesivas notas en las cuales recuerda su tarea docente -tercera nota de 29-1-1976 p. 12, “De enseñanza”-, declara su fe en la cultura y la educación -“porque sigo persuadido de que la cultura, a pesar de todo, ayuda a los hombres a ser libres”, en la misma nota anterior- y pide un sistema educativo que proponga una enseñanza digna, sin discriminación y promotora de la realización personal y profesional del alumno -segunda y tercera notas de 30-9-1976 p. 12-.

 

4. La sociedad: diagnóstico y algunos tipos

Estos dos escritores permanecerán atentos en todo momento a las idas y venidas de la sociedad, a través de sus personajes y de sus cualidades y defectos. La reforma social española es una de las preocupaciones reiteradas por ambos en su afán de perfeccionamiento y superación de España. Por ello resulta frecuente el ejercicio de la crítica de determinados tipos y el retrato de ciertos personajes habituales en el escenario social, representantes de vicios y males que es necesario erradicar y sobre los que se ejerce la censura individual y colectiva.

Sobre los tipos sociales que retrata Larra desde su vertiente más crítica sin duda alguna es referente obligado el del artículo “El castellano viejo” (11-12-1832, en El Pobrecito Hablador). Aquí tenemos al hombre “que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen a que tuviese una educación más escogida y modales más suaves e insinuantes”. Se subraya la zafiedad de su estilo, su excesiva franqueza y su poca clase. Pero también describirá otros tipos como el señorito de buen tono y nula cultura, en muchos de sus artículos, representado por sus sobrinos, o bien al que retrata en “Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por el pobrecito hablador” (11-9-1832, en El Pobrecito Hablador):

¿Conoces a aquel señorito que gasta su caudal en tiros y carruajes, que lo mismo baila una mazurca en un sarao con su pantalón colán y su clac, hoy en traje diplomático, mañana en polainas y con su chambergo, y al otro arrastrando sable, o en breve chupetín, calzón y faja? Mil reales gasta al día, dos mil logra de renta; ni un solo libro tiene, ni lo compra, ni lo quiere. (p. 141)

Torrente escribe en Arriba un grupo de artículos donde señala los abusos y defectos de su entorno con penetración y profundidad, en un ejercicio de costumbrismo crítico y reflexivo. En muchos de estos textos retrata un tipo representativo de un determinado sector de la sociedad. El escritor se dirige con un propósito denunciador a un interlocutor y su contenido es de censura individual. Un tipo femenino, la señorita de alta sociedad, con su snobismo y frivolidad es a la que se increpa en “¿Por qué lee esos libros, señorita?” (27-9-1945, p. 6). El humor y la suave ironía son los elementos utilizados en su crítica: “Procure usted que la firma del libro no desentone con la firma del traje. Paquín no toleraría nunca que un modelo suyo se acompañase de un escritor que no fuese francés…”.

Denuncia más marcada, hasta llegar a lo satírico, aparece en “Cervantes y un conocido Fulano” (27-6-1947, p. 6), contra el falso intelectual, la vanidad y la pedantería; asimismo se juzga negativamente al público capaz de consentir este tipo de conductas con su aplauso. Dos artículos relacionados entre sí al tratar el fenómeno de los nuevos ricos son “Cuando se es pobre...” (30-6-1951, p. 9) y “Epístola censoria a una señora gorda” (25-3-1952, p. 13). La clase de los nuevos ricos, que Torrente caracteriza por la ordinariez y el mal gusto, la ostentación y la inmoralidad del estraperlo, aparece clara y directamente atacada cuando en el primero de estos artículos establece: “Una de las mayores catástrofes de nuestro tiempo es la propagación casi universal de sus principios morales. Su victoria es una desgracia para el mundo”. El segundo de los textos, escrito como indica el título en forma de carta, es la réplica escenificada a las ideas y críticas expuestas en el artículo anterior, que toma como destinataria a una señora representativa del nuevo tipo social, en que asimismo se dibujan los caracteres de la figura del estraperlista: “A su marido le conozco hace algún tiempo: es uno de esos sujetos listos tan parecidos a malvados. Ayer, justamente ayer, discutía en un rincón de un café céntrico (…). Protestaba de que se hubiera suprimido el racionamiento del pan. “¿A dónde vamos a llegar”, era su estribillo”.

Acerca de los defectos nacionales ambos escritores dan sobrado testimonio en sus textos. Sobre la pereza y la displicencia escribe Larra su clásico “Vuelva usted mañana” (14-1-1833, en El Pobrecito Hablador), en donde el autor convertido en el personaje que acompaña al caballero francés en sus diligencias en nuestro país exclama: “Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!” (p. 195). Las muchas vicisitudes por las que Larra hace pasar a su Monsieur Sans-délai terminan por desengañarlo y convencerlo de la abundancia de este pecado nacional, ya que debido a ello había pasado seis meses sin hacer otra cosa que “volver siempre mañana, y que a la vuelta de tanto mañana, eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse” (pp. 200-01). También en este artículo aprovecha para afear otros vicios nacionales como el escaso esfuerzo y el desinterés por la sabiduría: “Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas” (p. 198).

En cuanto a la abundancia de los malos modos y la falta de educación cívica tenemos el larriano “¿Entre qué gentes estamos?” (1-11-1834, en El Observador) donde entre paréntesis incluye este crítico comentario: “verdad es que en punto a educación y buenos modales, generalmente se puede asegurar que aquí todos los días empiezan mal y acaban peor” (p. 266). Asimismo Torrente destacará, a través del caso concreto de su vecina, la falta de educación cívica de muchos españoles frente a la exquisita civilidad inglesa en “My home is my castle” (17-2-1954, en Arriba) contando la pintoresca anécdota del señor Harry Mills, aficionado a tocar el acordeón, y que en su extremado afán de no causar molestias a sus vecinos, se compra una cabina telefónica para encerrarse en ella cuando practica con su instrumento:

El señor Harry Mills, en los ratos libres, toca el acordeón. Pero como el piso donde vive, además de chiquito, tiene paredes livianas, sus vecinos le oyen tocar y se sienten incomodados. En vista de lo cual, el señor Mills ha comprado por diez libras esterlinas esa cabina telefónica donde ustedes le ven, la ha llevado su casa y cuando quiere tocar, se mete dentro y en paz. En paz con los vecinos, quiero decir.

Tras referirse a las virtudes inglesas del respeto a la libertad y la paz vecinal y ciudadana, pasa a relatarse el caso de la vecina española del escritor, carente de cualquier muestra de consideración en este sentido.

Este propósito de reflejo de las malas costumbres ya queda determinado por Larra en “Un periódico nuevo” (26-1-1835, en Revista Española) cuando explica que entre las materias a tratar en su nueva publicación figurarán las costumbres: “Por supuesto: malas; lo que hay; escribiremos cómo otros viven sobre el país. Fígaro hablará bajo este título, de paciencia, de tinieblas, de mala intención, de atraso, de pereza, de apatía, de egoísmo. En una palabra, de nuestras costumbres”.

Torrente recogerá también los anteriores defectos y otros nuevos como la envidia que se critica ya en “Sermón breve sobre la envidia” (5-6-1938, p. 10 en El Pueblo Gallego) donde se señala la existencia de una trama basada en ésta que pone en peligro la construcción de la España nacional defendida en esta etapa por el apasionado y joven Torrente Ballester:

No consistamos, camaradas, que la envidia socave y aun anule la obra (…). Nos jugamos el porvenir de España, su gloria y su grandeza. Y eso no tolera contemplaciones ni debilidades. Contra la envidia, que ahora se dispone a empequeñecernos y a arrollarnos, si no bastan nuestras palabras, camaradas, otra vez, como en los buenos tiempos, las enérgicas y prácticas razones.

Otro de los frentes está en la crítica al mundo de las apariencias, la ostentación social y el mantenimiento del lujo a costa de lo que sea. Ya el narrador larriano de “Empeños y desempeños” (26-9-1832, en El Pobrecito Hablador) nos cuenta cierto episodio vivido con su sobrino y que despierta la siguiente interrogación: “¿Es posible que se viva de esta manera? Pero, ¿qué mucho, si el artesano ha de parecer artista, el artista empleado, el empleado título, el título grande, y el grande príncipe? ¿Cómo se puede vivir haciendo menos papel que el vecino? ¡Bien haya el lujo! ¡Bien haya la vanidad!” (p. 161). También en “El mundo todo es máscaras. Todo el año es Carnaval” (14-3-1833, en El Pobrecito Hablador) se describe el mundo de las apariencias, los ocultamientos, las máscaras y las dobles vidas: la hipocresía humana. Y de esta manera manifiesta Larra su incomprensión hacia estas actitudes:

Ya que sin respeto a mis lectores me he metido en estas reflexiones filosóficas, no dejaré de pasar en silencio antes de concluirlas la más principal que se me ocurría. ¿Qué mejor careta ha menester Don Braulio que su hipocresía? Pasa en el mundo por un santo, oye misa todos los días, y reza sus devociones; a merced de esta máscara que tiene constantemente adoptada, mirad cómo engaña, cómo intriga, cómo murmura, cómo roba… (p. 210)

Y refuerza su visión con la frase del personaje de Asmodeo: “-Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año” (p. 216), asimismo apoyada después por el final con que cierra el escrito que se corresponde con el título del mismo: “El mundo todo es máscaras. Todo el año es Carnaval”. La vaciedad de la vida de un joven madrileño se pone de manifiesto en “La vida de Madrid” (12-12-1834, en El Observador) y en “La sociedad” (16-1-1835, en La Revista Española) se repite la misma crítica: victoria de las apariencias y la hipocresía -“¡En la sociedad siempre triunfa la hipocresía!” p. 283)-, los malos pensamientos y la incredulidad en la buena fe -“En una palabra, en esta sociedad de ociosos y habladores nunca se concibe la idea de que puedas hacer nada inocente, no con buen fin, ni aun sin fin” (p. 285)-.

Torrente publica “Tratado elemental de la pedantería” (1-8-1941, p. 3 en Arriba), especie de ensayo humorístico y desenfadado donde se analiza este defecto, o también en el mismo periódico, inspirado por la actualidad, tenemos “A cuento de esas alhajas…” (23-9-1959, p. 8) donde se queja de la frivolidad y superficialidad de la sociedad que demuestra excesivo interés por los sucesos mundanos. Hace responsable a la prensa de este hecho al llenar sus páginas de este tipo de noticias y se interroga el articulista por la razón de este proceder. “¿Qué extraña mente colectiva se ha formado para que el interés público general se oriente con creciente contumacia hacia las formas más estúpidas del vivir humano, y sirva al mismo tiempo de pretexto, o más bien de base, para la fundación de negocios pingües?”. Es una crítica a la denominada prensa rosa y al periodismo sensacionalista americano: “Hace cincuenta años, esas noticias las leían las porteras. Hoy, a fuerza de técnica periodística a la americana hemos conseguido democratizar de tal modo la sociedad, que casi todo el mundo tiene mentalidad de portera galdosiana”.

Muy interesante resulta el artículo de Torrente “Intermedio sobre la inmoralidad” (3-9-1941, p. 4 en Arriba). En él se diagnostica la inmoralidad como uno de los males endémicos de la sociedad. La inmoralidad se señala en distintos campos, en un cuadro muy pesimista, casi catastrofista, porque parece que ya nada se puede salvar de su contagio:

La inmoralidad, que es sólo una, tiene múltiples aspectos evidentes: está de moda el comer, y el que puede lo hace más allá de sus propias necesidades; está de moda el ganar dinero, y el que puede lo gana de cualquier manera, pero con marcada preferencia por las deshonestas; triunfa el lujo sobre la elegancia, pero también la carnalidad sobre el amor…

Este mal de la sociedad hunde sus raíces en la crisis general y la solución a tan violenta sacudida se encuentra en la dimensión espiritual del hombre: “No caben medicinas parciales porque no hay fuerza humana capaz de oponerse a esta tormenta colectiva. Como siempre en estos casos, sólo se salva lo individual y, hoy como siempre, la auténtica creencia religiosa es el más fuerte de todos los asideros”.

Relacionado con el defecto de la sociedad española de la ocultación de la realidad y la verdad tenemos el tema de los tópicos nacionales, esas falsas visiones e historias que se transmiten a lo largo del tiempo y que Torrente tendrá especial empeño en deshacer y desenmascarar desde el principio de su singladura periodística. Así, ya en “Sobre los conquistadores” (13-7-1940, p. 5 en Tajo) denuncia estas falaces leyendas y establece el objetivo de sacar a la luz la auténtica realidad: “Conviene barrer de esta parte de nuestra historia lo mucho que aún queda de novelería romántica, y restablecer hombres y hazañas en sus dimensiones de realidad”. Y concluye insistiendo en lo mismo y pidiendo una urgente toma de conciencia sobre ello:

A nuestra generación cabe esclarecer hombres y sucesos. Es una labor difícil, pero no imposible (…). La más extraordinaria colección de vidas trágicas y desmesuradas espera, virgen, quien les devuelva perfil y profundidad, hoy, abortados por el polvo de los archivos y las interpretaciones gruesas de la Historia.

Es la misma propuesta que recoge días después en otro de sus artículos de la misma revista que el anterior, Tajo, el titulado “Presencia en América de la España fugitiva” (3-8-1940, p. 5):

Urge delimitar los campos, desenmascarar a los falsos valores, arrojarlos a la oscuridad de donde no debieron salir. Urge también plantear, clara y polémicamente, las directrices de nuestra cultura y eliminar de la tarea a tanto señor mediocre y desenfadado, que hoy pesa desdichadamente sobre el cuerpo nacional. Y después, entregarse con alegría, pero con claro saber de riesgos y responsabilidades, a la creación. (…). Lo que no podemos es permanecer impasibles ante la falsificación evidente que se mueve entre nosotros.

Y también en “Epístola a Antonio Tovar. Sobre su libro El Imperio de España” (julio de 1941, pp. 125-29, en Escorial) se pronuncia con enérgicas palabras sobre esto. La causa última del tópico es la soberbia y la solución reside en la verdad y el rigor intelectual que desvele las falsas verdades o las verdades a medias: “Soberbia reside en el fondo de los tópicos, y marchar contra ellos, deshaciéndolos a golpes de verdad e inteligencia”.

En continuidad y coherencia con la crítica a los tópicos y falsos mitos nacionales da a la prensa, muchos años después, textos como los publicados en Informaciones donde apunta los tópicos difundidos por una versión oficialista de nuestra Historia, los mitos sobre la idiosincrasia española y la falta de auténtica realidad como materia prima del discurso histórico:

El discurso es largo y sinuoso; aunque se valga de casi todos los procedimientos verbales y los recursos de la retórica, predominan en él la ocultación y la exageración: de lo que se deduce una tergiversación general y apabullante. Como tal discurso ha sido estatuido e instituido: tiene casi fuerza legal, y cualquier oposición a él se considera suspecta (6-10-1974, p. 12)

Esta vocación de realidad alienta su insistente búsqueda de la autenticidad, fuera de toda manipulación y encasillamiento, y así vuelve sobre lo mismo el día 16-10-1975 p. 16, donde además pone de relieve los defectos nacionales y las graves consecuencias que de ellos se derivan para nuestra sociedad. Pide una seria concienciación sobre el actual momento histórico, eliminando la falta de veracidad de fórmulas tradicionales: “Una respuesta adecuada a la realidad sólo puede venir de una comprensión serena de lo real, de lo que está delante, de lo que es. Pero llevamos bastante tiempo especializados en la deformación, en el enmascaramiento de las situaciones y de los hechos”.

En cuanto a la tergiversación del pasado nacional, a partir de ciertos episodios concretos, nos habla en una nueva nota que escribe tras la lectura de un drama sobre Carlos I. Ahora proclama de modo significativo:

Nuestra historia está aún, además de mal conocida, mal asimilada. Fue objeto de una larga y lenta manipulación oficial, de una proyección desmesurada, con la que se pretendió mitigar nuestra vergüenza de pueblo vencido. Y como tal conciencia está todavía por superar, como todavía nos complacemos en los grandes desmesuramientos, todo lo que contribuya a poner las cosas en su punto, como antes decía, o incomoda o irrita. (…)Todo lo cual acusa, a fin de cuentas, una notable falta de madurez colectiva. Lo menos que puede hacer un pueblo es conocer su verdadera historia y asumirla, pero no elegir aspectos satisfactorios y envanecedores (tranquilizantes) y repudiar el resto, con expresa condena de quienes los expongan (19-3-1975 p. 8, Informaciones).

Por último, ya en la década de los años ochenta, y en su paso por el diario ABC, ataca la distorsión histórica en “Lo que no puede hacerse con la Historia” (27-4-1985, p. III), artículo en que protesta por los efectos de ésta en cuanto impiden el reconocimiento de la auténtica identidad nacional:

Un pueblo puede estar descontento de su Historia, pero ocultar a la gente los errores del pasado o intentar la supresión de los recuerdos ingratos suele acontecer en España, pero es uno de nuestros defectos más graves, de los que exigen curación inmediata y radical. (...) Si un pueblo quiere ser algo en el mundo, lo primero que necesita es hacerse cargo de su propia verdad.

En Informaciones Torrente dedica especial atención, como ocurrió en otros de sus muchos artículos anteriores, a la sociedad española y su característica idiosincrasia. Retrata las costumbres, las virtudes y los vicios, y los comportamientos y reacciones ante los distintos aspectos del bullir de esta etapa. Señala la displicencia del español como obstáculo que impide la superación y el logro de “la obra bien hecha” -12-5-1977 p. 12-, el espíritu que impide entregarse a fondo a las tareas, y frente a ello propone como vías para el avance social, la constancia y el esfuerzo -segunda nota de 27-9-1979 p. 8-. Asimismo comenta la tendencia general hacia la utopía si bien sin procurar la voluntad necesaria para su logro -última nota de 26-2-1976 p. 12, “Sobre ciertos propósitos”-. El clasismo es otro de los defectos nacionales -21-12-1978 p.12, última nota-, el complejo de superioridad y el desprecio a los demás -tercera nota de 9-3-1978 p. 12-, o bien los que se mencionan en “Coloquios al margen de la angustia” (23-11-1978 p. 12) en que habla de la incivilidad, la pereza mental y la insolidaridad. Por último, el diagnóstico social se completa con “el ejercicio de la envidia y la picaresca”, en la nota titulada “Las buenas y las malas costumbres” (10-11-1979 p. 8).

Además de estas notas, en que se caracteriza a la sociedad en su conjunto, se dedican diversos textos a fotografiar a sectores específicos. Los jóvenes constituyen uno de estos grupos a los que Torrente dirige su atención, al que conoce dada su condición docente, y por el que se siente especialmente preocupado. Así escribe sobre las funestas consecuencias de la violencia y de los modelos maniqueos de nuestra sociedad sobre ellos, la frustración y la marginación juvenil en “Los muchachos” (16-3-1978 p. 12) y en la segunda nota de 1-12-1979 p. 8 denuncia la pérdida de raíces y la manipulación como origen de su pasotismo. En el periódico ABC tipos y grupos sociales serán motor del comentario en “La estructura del camelo” (31-3-1984, p. III) sobre la figura del “camelista cultural”, “Algunas dimensiones de lo humano” (5-1-1985, p. III) sobre el provincianismo y el provinciano, tema que llevará al campo literario y cultural en “Indiscreta, quizá estéril insistencia” (12-1-1985, p. III). En “Patética hispana” (19-1-1985, p. III) trata la mendicidad en nuestro país, el destacado papel otorgado a los mendigos en nuestro arte y Literatura, rememorando al final sus imágenes infantiles sobre estas figuras [15].

 

5. La tradición costumbrista: defensa y crítica de España

Larra, practicante fundador de la vertiente más interesante del genuino género costumbrista, se caracteriza precisamente por esta doble postura de ataque a los males de la nación, pero al mimo tiempo de defensa del ser nacional. En su famoso artículo “En este país” (30-4-1833, en La Revista Española) ataca a los españoles que juzgan negativamente todo lo nacional a través de la mencionada coletilla del título -se vale del personaje de Don Periquito- sin querer ni saber ver también los logros del país. Así se explica en sus párrafos finales a modo de conclusiones y consejos:

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillanteexpresión que no nombra a este país sino para denigrarle: volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo. (p. 233)

Es esta toda una propuesta de regeneración nacional activa para todos los españoles.

Torrente asimismo desarrolla una actitud que si bien es muy incisiva contra los males de la patria, no lo es menos con la invasión y el colonialismo de lo malo extranjero. Paralelamente, hará una clara defensa y un constante alegato a favor de la esencia y de los valores españoles. En “La decadencia de la canción” (18-12-1956, p. 8, en Arriba) trata la misma cuestión que se criticaba en un artículo anterior “No me gusta nada” (7-4-1954, en Arriba), donde arremetía contra el colonialismo de los ritmos y las músicas extranjeros. En éste de ahora defiende el folklore español y las canciones de procedencia nacional, frente a la escasa calidad de las producciones musicales importadas:

las canciones expresan, como cualquiera de las artes, el alma de la sociedad que las canta (…). Las canciones son bagatelas cargadas de expresión y de significación, y es una pena que si uno quiere expresarse haya que hacerlo necesariamente en idioma extranjero o en malas adaptaciones.

En “Dictamen sobre la zarzuela” (29-12-1956, p. 8 en Arriba) se pide la necesaria renovación que engloba también a este género musical nacional: “Estoy convencido de que sin una absoluta renovación de las formas y los procedimientos, el teatro musical llamado zarzuela grande está definitivamente muerto. Y si lo está, vamos a no llorarlo”. Y en el mismo diario vuelve a insistir sobre este tema de la implantación en nuestra sociedad de las costumbres extranjeras en detrimento de las propias nacionales en “No me gusta nada” (7-4-1954): “Hay que desengañarse: nuestro baile es la pavana, y cuando estamos un poco trastornados, el vals. La adopción del bugui-bugui es una catástrofe.”

La importancia de mantener las tradiciones aparece también en los artículos torrentinos como los publicados en Faro de Vigo: “El Quijote” (16-2-1965, p. 16), “Los romances” (18-2-1965, p. 16) o “Noviembre sin Tenorio” (18-11-1965, p. 16) reivindicando en éste último la tradición dramática española y la importancia del mito donjuanesco como expresión de la idiosincrasia nacional:

Mi lamentación, pues, de que el tenorio no se represente, de que los españoles jóvenes lo ignoren, es cifra y compendio de una lamentación mayor, de esa que poco a poco va arrebatándonos el alma, no para sustituirla por otra mejor, sino simplemente para dejarnos desalmados.

Si Torrente, como Larra, no vacila en su afilada crítica hacia lo negativo de la nación, tampoco pasa por admitir el ataque indiscriminado y las leyendas negras sobre nuestro país, de modo que en su nota de Informaciones de 28-2-1975 p. 12, originada por ciertas declaraciones del autor cubano Cabrera Infante sobre su desconocimiento de Juan Benet y del propio Torrente, reivindica la obra de autores españoles y su importancia y lugar en el panorama mundial, trayendo las razones que explican esta situación:

Pero quisiera insistir en la reputación de “ghetto” cultural de que goza España por el universo mundo, a la que Cabrera Infante no menciona, pero en la que se engendra el desconocimiento hijo del menosprecio. “Dadas las condiciones sociopolíticas en las que actúa el intelectual español, su obra no puede ser valiosa”, y con esta afirmación se despachan las veleidades de curiosidad lo mismo que las obligaciones de información. Se exceptúa, naturalmente, al exiliado voluntario, y el propio Cabrera Infante hace la excepción de Juan Goytisolo, cuyos méritos, por otra parte, no voy yo a desdeñar aquí. Y se exceptúa también al que de manera muy pública, visible y periodística, nunca la paciente y la callada, mantiene una actitud hostil ante el establishment; así, la cita elogiosa de Luis Goytisolo por el mismo Cabrera.

No sería fácil, ni creo que posible, convencerles de su error, por cuanto admitir que lo fuese destruiría un dogma muy extendido y, sobre todo, muy cómodo de aceptar y de creer.

Torrente hace notar la relevante labor desempeñada por los escritores e intelectuales españoles, que a pesar de las difíciles condiciones históricas y políticas, han luchado y luchan por el mantenimiento y desarrollo cultural. Por ello concluye: “Hay una historia por escribir, aquí que se escriben tantas: es la de nuestro esfuerzo colectivo, primero, por salvar nuestra cultura de los desperfectos de la guerra; después, por conducir su desarrollo a la apetecida plenitud”.

 

6. La razón, la verdad y la justicia: los vértices de la escritura

Lo mismo que Torrente, Larra declara sus objetivos a la hora de escribir un artículo y establece en la introducción a “El casarse pronto y mal” (11-9-1832, en El Pobrecito Hablador) su intención de “ponernos siempre de parte de lo que nos parezca verdad y razón, en prosa y en verso, fútiles o importantes, humildes o audaces, alegres y aun a veces tristes, según la influencia del momento en que escribamos” (p. 166). Recordemos cómo también a través del personaje de Juan Medrana insiste en estas metas de la verdad y la razón cuando éste en “No lo creo” (2-7-1833, en La Revista Española) dice al escritor refiriéndose a lo que comentan de él: “- Que no guarda usted consideración alguna a los que lo hacen mal. Eso clama a los cielos. Añaden que es usted hombre de muy malas entrañas, como todo el que es amigo de la justicia y de la razón[16]

Sobre la importancia de la verdad escribe el párrafo siguiente en “La alabanza o que me prohíban éste” (16-2-1835, en Revista Mensajero): “Bien determinado como estoy a no escribir jamás para el censor, he tratado siempre de no escribir sino la verdad, porque al fin, he dicho para mí, ¿qué censor había de prohibir la verdad y que un Gobierno ilustrado, como el nuestro, no la había de querer oír?”. Y en “Literatura” (18-1-1836, en El Español) pide y desea también esta verdad para la nueva Literatura expresando sus esperanzas ante ello: “esperemos que dentro de poco podamos echar los cimientos de una Literatura nueva, expresión de la sociedad nueva que componemos, toda de verdad, como de verdad es nuestra sociedad, sin más reglas que esa verdad misma“. E insiste al final del artículo, cerrando el mismo con esta idea:

Una Literatura hija de la experiencia y de la historia y faro, por tanto, del porvenir; estudiosa, analizadora, filosófica, profunda, pensándolo todo, diciéndolo todo en prosa, en verso, al alcance de la multitud ignorante aún; apostólica y de propaganda; enseñando verdades a aquellos a quienes interesa saberlas, mostrando al hombre, no como debe ser, sino como es, para conocerle; Literatura, en fin, expresión toda de la ciencia de la época del progreso intelectual del siglo.

Por su parte Torrente realiza repetidas declaraciones similares en muchos de sus artículos sobre los fines perseguidos, como las líneas escritas para Faro de Vigo en que se plantea su tarea y centra su misión en la búsqueda del trasfondo y la significación que encierra la actualidad. Al cumplirse el primer aniversario de su colaboración en este periódico publica “Un año” (30-7-1965, p. 16), donde hace balance de su labor recordando sus planteamientos iniciales y cuestionándose el valor de sus escritos:

... no puedo menos de asustarme y preguntarme a mí mismo si en tanta prosa habrá algo valioso, o verdadero, o permanente. Acepto la responsabilidad moral de quien escribe para el público, y en este instante intento hacerme cargo de la mía. (...). Mi pluma no sirve, o no intenta servir, más que a la verdad y a la justicia. Si alguna vez me he equivocado, no ha sido a sabiendas. Si alguna vez me he excedido, fue por dejar que el corazón, turbulento siempre, alterase la frialdad de la mente y la contagiase. Pero jamás he mentido deliberadamente, jamás defendí una idea en la que no creo o en la que, entonces, no creyera. Si algún valor tienen mis escritos, o, más que los escritos mismos, la actitud personal que revelan, es la sinceridad.

Con estos objetivos y estos fines, guiados por la verdad, la razón y la justicia, la aproximación crítica a la realidad española proporcionada por las plumas de Mariano José de Larra y Gonzalo Torrente Ballester tiene como fruto un interesante conjunto de artículos que debe figurar entre las páginas más memorables de la Literatura periodística. Este trabajo, en el que hemos dejado hablar a sus textos, ha tratado de ser una pequeña muestra de ello.

 

NOTAS

[1] Sobre este ejercicio periodístico de Torrente se puede consultar Gómez-Elegido Centeno, Ana María: “El novel escritor Gonzalo Torrente Ballester y su primera aventura crítica en prensa”, Espéculo. Revista de estudios literarios, marzo-junio 2009, nº 41.
URL: http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/gtrballes.html

[2] Sobre la relación de Larra con la generación del 98 existe una abundante bibliografía que dada su extensión no procede traer aquí. Valga únicamente un pequeño apunte como el que brinda Juan Goytisolo sobre ello cuando explica la consideración de Larra por los hombres del 98 “como emblema y símbolo de su oposición, a la vez literaria que política, a los responsables de nuestra decadencia”, “La actualidad de Larra”, Mariano José de Larra (1979): ed. Rubén Benítez, Taurus, Madrid, p. 107. O bien las palabras de Jesús Miranda de Larra a este respecto : “Mariano José de Larra, el inmortal escritor romántico, fue considerado por la generación del 98 como su maestro y como un precursor de su ideario. Sus artículos críticos de la situación de aquella triste España que le tocó vivir y de sus atrasadas costumbres, hicieron que el grupo se sintiera plenamente identificado con él. Más tarde, Ramón Gómez de la Serna y sus contertulios "sientan" a Fígaro en la presidencia de su tertulia en el café del Pombo y "le ofrecen" un ágape un 24 de marzo, en el que se celebró su cumpleaños. La generación del 98 encontró en Fígaro un precedente rebelde. Fue un escritor revolucionario basado en su actitud intelectual crítica. Les dolía España y pretendieron europeizar a su patria para que la democracia, la cultura y la riqueza transformaran la vida y costumbres de sus gentes.”, “Larra y el 98”, ABC (13-2-1998, p. 64) o en Edición digital (2003): Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante. También cabe consultar, para profundizar en la significación de Larra para esta generación y para las posteriores, el libro de José Luis Varela Larra y España (1983): Espasa Calpe, Madrid, en el capítulo titulado “El símbolo”, pp. 47-98.

        Sobre la vinculación de la generación de Torrente con la noventayochista escribe el propio autor en “Cincuenta años de teatro español y algunas cosas más” (agosto de 1941 pp. 253-78, en Escorial) y recuerda que el tema de España es el que une a este grupo con el de su generación: “Aquella desesperación y esta esperanza nuestra nacieron profundamente ligadas, en su esencia, en su misma vida, a la vida de la Patria” (p. 260).

        Santos Juliá afirma acerca de la actitud del grupo de Tovar, Ridruejo, Laín y Torrente: “Esta misma actitud “comprensiva” la proyectaron también hacia las generaciones anteriores, los abuelos muertos o vivos, que habían sentido en sus carnes el apasionado amor de España manifestado en el dolor por todo lo que en España no les gustaba (...). Con este talante se inclinaron sobre la obra de la generación del 98 y se dispusieron a releer a Unamuno y a Machado, a Baroja y a Azorín, para discriminar en ellos la auténtica gema española de la escoria de sus desvíos políticos y reivindicar su herencia como si se tratara de los fundadores de un nacionalismo español que era preciso integrar en la laboriosa edificación de la nueva España nacida tras la victoria”, Juliá Díaz, Santos (2004): Historias de las dos Españas, Taurus, Madrid, p. 360.

[3] Si bien Torrente participa claramente de esta situación por su oficio de profesor y estudioso, Larra, escritor y periodista, podría ver menos argumentada esta dimensión -ello nos llevaría a un debate en torno a la cuestión de qué es un intelectual-. A este respecto han escrito diversos autores, entre ellos, Ramiro de Maeztu: “El entendimiento de Larra se aventura por los cotos cerrados desde hacía dos siglos; literatura, costumbres, tradiciones, política. En torno suyo no hay más [que] oradores y poetas, hombres que remueven palabras y emociones. Pero el intelectual, el único intelectual, el único removedor de ideas es Fígaro”, “Larra y su tiempo”, Nuevo Mundo, XV, 774, (5-11-1908) en Mariano José de Larra (1979): ed. Rubén Benítez, Taurus, Madrid, pp. 52-53.

        Asimismo Alfonso Navarro Jurado y Carmen Manosalbas Manosalbas dicen sobre esto: “No fue un intelectual según la concepción de la Ilustración, pero sí lo fue lo suficiente como para no poder vivir con tranquilidad intelectual en la España de la época. Quería ver y entender las cosas, incluso creía saber lo que estaría mejor, pero no podía influir sino delatando e informando de la situación desde los artículos de los periódicos, quizás desde el escaño de procurador”, Educación y costumbres en la España del primer tercio del siglo XIX. La visión de Mariano José de Larra (2002): Editorial Jabalcruz, Torredonjimeno (Jaén), p. 53.

[4] Cito por la edición de Enrique Rubio, Larra, M. José de (2001): Artículos, Cátedra, Madrid, p. 122. Aquellas citas de artículos que no van acompañadas de notas corresponden a esta edición.

[5] Cito por la edición de Carlos Seco Serrano, Larra, M. José de (1981): Artículos, Planeta, Barcelona, p. 270.

[6] Sobre ello opina Guillermo de Torre: “Larra se yergue en nuestra perspectiva inmediata -un siglo no lo aleja de nosotros, antes lo acerca- como el primer insatisfecho, como un genial disconforme. Es el primero que se plantea crudamente la pregunta que habría de llenar una centuria: ¿qué es España? Al no obtener una respuesta paciente su sentido criticista de las realidades cotidianas se torna acerbo, implacable; se diría que llega inclusive en ocasiones al masoquismo. Nadie como él, ningún país como el nuestro, que él sentía en carne viva, ha llegado tan lejos en esa autovivisección crítica. Quizá demasiado lejos: hasta el desgarramiento implacable””, Sur, VII, Buenos Aires, junio de 1937, en Mariano José de Larra (1979): ed. Rubén Benítez, ob. cit., p. 99.

[7] Cito por la edición de Evaristo Correa Calderón, Larra, M. José de (1982): Artículos, Castalia, Madrid, p. 429.

[8] Dice Mauro Muñiz sobre esto: “La rúbrica de la muerte, la guerra, la inseguridad, signan todo su periodo vital. Larra no vio a España y a sus conciudadanos más que en guerra y enfrentamientos continuos de todo orden. Desgarrados por los cuatro costados. Sin posibilidades de entendimiento porque se enterraban, en el orgullo y la ignorancia, las soluciones de progreso que presentaban las minorías revolucionarias.”, Larra (1969): Epesa, Madrid, p 27. Estos mismos aspectos histórico-políticos y sociales de la vida y la obra de Larra están planteados y analizados en Kirpatrick, Susan (1977): Larra: el laberinto inextricable de un romántico liberal, Gredos, Madrid.

[9] Es el mismo sentimiento que inspirará a Machado en la composición de sus famosos versos: “Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”.

[10] A este respecto escribe Cadalso en su carta LXXXIII: “En todas partes es, sin duda, desgracia, y muy grande, la de nacer con un grado más de talento que el común de los mortales; pero en esta península, dice Nuño, es uno de los mayores infortunios que puede contraer el hombre al nacer. A la verdad, prosigue mi amigo, si yo fuese casado y mi mujer se hallase próxima a dar sucesión a mi casa, la diría con frecuencia: Vete a la Iglesia y pide a Dios te dé un hijo tonto; verás qué vejez tan descansada y honorífica nos da. (…). Pero si el hijo que ahora tienes en tus entrañas saliese con talento, ¡cuánta pesadumbre ha de prepararnos! Me estremezco al pensarlo, y me guardaré muy bien de decírtelo por miedo de hacerte malparir de susto. Sea cual sea el fruto de nuestro matrimonio, yo te aseguro, a fe de buen padre de familia, que no le he de enseñar a leer ni a escribir, ni

       Podríamos relacionar este fragmento además con el final del mismo artículo de Larra -“Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por el pobrecito hablador” (11-9-1832, en El Pobrecito Hablador)- en que concluye: “De que podrás inferir, Andrés, cuán dañoso es el saber, y qué verdad es todo cuanto arriba te llevo dicho acerca de las ventajas que en ésta como en otras cosas a los demás hombres llevamos los batuecos, y cuánto debe regocijarnos la proposición cierta de que: “En este país no se lee porque no se escribe, y no se escribe porque no se lee”; que quiere decir en conclusión que aquí ni se lee ni se escribe; y cuánto tenemos por fin que agradecer al cielo, que por tan raro y desusado camino nos guía a nuestro bien y eterno descanso, el cual deseo para todos los habitantes de este incultísimo país de las Batuecas, en que tuvimos la dicha de nacer, donde tenemos la gloria de vivir, y en el cual tendremos la paciencia de morir.”, ob. cit., pp. 149-50.

[11] Edición de Evaristo Correa Calderón, ob. cit., pp. 294-95.

[12] Edición de E. Correa Calderón, ob. cit., pp. 292-93.

[13] Edición de E. Correa Calderón, ob. cit., pp. 357.

[14] Alfonso Navarro Jurado y Carmen Manosalbas Manosalvas establecen en torno a la obra de Larra: “… en realidad sólo hallamos un hilo conductor: el ideal instructivo-educativo como base para el establecimiento de la libertad, igualdad, prosperidad, justicia y felicidad del pueblo a través de la formación político-democrática del pueblo. De aquí, que no pudiendo hacer otra cosa desde su oficio de periodista, caricaturice al poder, sociedad e individuos, no para mofarse o escarnecerlos, sino como muestra del amor que profesa a su patria, perdida entre los devaneos de gobiernos prepotentes. Clama porque la sociedad suelte las trabas que la unen a la inactividad, el estatismo, al anquilosamiento en que se ha engendrado y continúa viviendo. Su obra se convierte en la delatora de la educación de los hombres de su época (…). Larra creía que la generatriz de las estrategias para el cambio social residía en la ilustración del pueblo, en la cultura y en la educación.”, Educación y costumbres en la España del primer tercio del siglo XIX. La visión de Mariano José de Larra, ob. cit., pp. 14-15

[15] Aprovecha Torrente para incluir en este artículo la referencia a su trabajo de 1944 sobre este mismo tema recogido después en su libro El Quijote como juego y otros trabajos críticos, Destino, Barcelona,1984 en “Galicia, Valle-Inclán y los mendigos”(pp. 289-95).

[16] Edición de E. Correa Calderón, ob. cit. p. 383.

 

© Ana María Gómez-Elegido Centeno 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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