Las libertinas:
Mme. de Merteuil, entre la galantería y el deseo de libertad

Mª del Carmen Fernández Díaz

Facultad de Humanidades de Lugo
Universidad de Santiago de Compostela
mcarmen.fernandez@usc.es


 

   
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Resumen: Las libertinas en la literatura no son frecuentes. La Sra. de Merteuil, en Las amistades peligrosas, de Laclos, constituye un caso especial. Viuda, vividora, conserva a pesar de todo su buena reputación. Y, para conseguir esto último, se valdrá de su inteligencia y de un manejo interesado de las convenciones sociales que prohibían la libertad de costumbres a las mujeres y, por el contrario, se la concedían a los hombres. Autodidacta, la Sra. de Merteuil querrá conducirse y gozar como un varón. En su época, era algo inaudito y precisamente por eso será castigada. Su conducta denuncia la verdadera situación femenina en Francia y en otros países a finales del siglo XVIII. La Sra. de Merteuil sigue la senda de los librepensadores y reinterpreta los valores morales. Sus camaradas, los libertinos, habían hecho lo mismo.
Palabras clave: Libertinas. novela libertina, moral, convenciones morales

Résumé : Les libertines comme personnages de la littérature ne sont pas fréquentes. Mme. de Merteuil, dans Les liaisons dangereuses, de Laclos, constitue un cas spécial. Veuve, rouée, elle garde nonobstant sa réputation. Et pour cela, elle fait appel à son intelligence et a une connaissance approfondie des conventions sociales qui interdisaient la liberté de mœurs aux femmes en même temps qu´elles l´accordaient aux hommes. Autodidacte, Mme. de Merteuil voudra agir et jouir comme un homme. C´était trop à son époque et elle en sera punie. Sa conduite dénonce la véritable situation féminine à la fin du XVIIIe. siècle, en France et ailleurs. Mme. de Merteuil se montre héritière des libres penseurs et renverse les valeurs morales établies. Autant en avaient fait ses confrères, les libertins.

 

Hoy en día, el término “libertino” posee una connotación peyorativa que conduce inevitablemente a pensar en un individuo de costumbres poco edificantes. No obstante, el vocablo en un principio designaba al hombre liberado de la esclavitud, ya que no debemos olvidar que su origen se forjó en la época de la antigüedad latina.[1] Sobre la historia posterior de la palabra “libertino”, se han escrito miles de páginas y remitimos al lector a alguna referencia bibliográfica que trata de esclarecer la deformación del significado primario del término.[2]

Resulta evidente que el libertinaje, cuyo origen puede fijarse en la Italia renacentista, [3] tuvo su punto culminante en Francia, durante el siglo XVII y, en mayor medida, si cabe, a lo largo de la centuria ilustrada, porque no debemos olvidar que el mayor exponente de ese estilo de vida, Sade, pertenece precisamente a esa última época, en la que el prototipo literario y mundano del libertino estaba, de forma paradójica, definitivamente abocado a desaparecer. También conviene citar que una de las grandes novelas que explora ese tema, Las Relaciones peligrosas es de ese mismo siglo ( 1782) , y editada poco antes de la caída del Antiguo Régimen, en el que los libertinos habían tenido su razón de ser.

En efecto, pocos de entre ellos serán burgueses, aunque convenga advertir que éstos últimos, en algunos casos, se esforzaron por imitar a los grandes también en este aspecto. Por el contrario, los libertinos abundarán entre la clase aristocrática, desocupada y ociosa, en franco declive, pero en lenta caída. El libertinaje intelectual o erudito se puede observar no sólo en la nobleza. Ahora bien, su plasmación práctica en la vida diaria se dará sobre todo en la aristocracia. De ese modo se entiende que, una vez que ésta última se derrumba, a raíz de la Revolución Francesa, la actitud libertina, unida a la galantería, se viene abajo de forma estrepitosa.

El libertino literario tendrá como principal preocupación la conquista amorosa, cuanto más variada y extensa mejor. Pensemos en el ejemplo dado por Tirso en su Burlador de Sevilla (1630) y más tarde en el prototipo del Don Juan, recreado por Zorrilla, en 1844. El libertino literario añade además su porte, siempre impecable, y sus modales, sumamente cuidados. Todo ello es indispensable para el buen éxito de sus empresas. Ahora bien, los personajes de la literatura responden evidentemente a una realidad social, aunque el arte sólo recoja sus aventuras galantes, salvo escasas excepciones. La literatura olvida de ese modo reflejar otros aspectos que resultan bastante más atractivos, como el de la libertad de pensamiento, que es característica inexcusable de esos individuos que decidieron no plegarse a los dictados de los poderes establecidos, Iglesia y Estado, y seguir un camino de búsqueda muy personal. Sus verdades se basan en una constatación teñida de racionalismo, siendo éste último el rey absoluto de su vida, hasta el punto de exponer ésta última a cualquier peligro, si la ocasión así lo requiere. Lo importante para ellos es no renunciar a las pequeñas o grandes verdades que han descubierto siguiendo las conclusiones que dicta su propio intelecto. Los libertinos fueron fundamentalmente materialistas y consideraron que todo, en el universo, pone de manifiesto la materia y sus leyes. Por consiguiente, renegaron de la noción de un creador.

Las razones que condujeron a los libertinos a aflojar o romper las ataduras y las normas impuestas por la sociedad fueron sin duda de diferente índole, pero la rebeldía que mostraron en su insumisión ante los valores comúnmente aceptados fue la que propició que se les tachase de inmorales, con ánimo de vituperarlos y marginarlos. De ese modo, se llegó a establecer una amalgama en la que se mezclaban los librepensadores o libertinos eruditos con los personajes forjados por la literatura, generalmente deleznables en su manera de actuar, y sólo dedicados al goce inmediato, a la satisfacción de los instintos, con especial insistencia en la bebida, y en la sexualidad.

Este último estereotipo forjó definitivamente el concepto de “libertinaje” y obnubiló casi por completo la trayectoria, muchas veces penosa, de aquellos pensadores que basándose solamente en verdades demostrables se negaban a admitir otras teorías basadas en conjeturas. La persecución a la que fueron sometidos éstos últimos en Francia, durante el siglo XVII, queda al descubierto sólo con mencionar el caso de Téophile de Viau, que fue desterrado en 1620, denunciado por los jesuitas y condenado a muerte. De hecho, su efigie fue quemada. De Viau fue condenado y pasó en la cárcel dos años. Gracias a la intervención del duque de Montmorency, salió finalmente en libertad, pero su salud estaba definitivamente minada y sus fuerzas también. Sólo sobrevivió unos meses.

Ahora bien, con los consabidos abusos que se dan en todo orden de cosas, es preciso señalar que los libertinos fueron en su mayoría discípulos de Epicuro. Y nada más lejos de Epicuro que preconizar el desenfreno, aunque su teoría se haya visto deformada y hoy se asimile con ese concepto. Epicuro no proponía otra cosa que la ataraxia, conseguida a través del control sobre las emociones y las pasiones,[4] doctrina atractiva que se aproxima de forma innegable a otras orientales como las propuestas por el budismo.

En el siglo de Luis XIV, toda contestación era entrevista como peligrosa y opuesta al poder absoluto del monarca. De ese modo se entiende perfectamente que todos los que se autoproclamaban librepensadores tratasen de pasar desapercibidos y que en torno a ellos se forjase la leyenda de reuniones secretas, de formar parte de sectas clandestinas y practicar una vida disoluta, al margen de toda norma moral e incluso social. Será esta leyenda la que atraiga particularmente a los escritores.

Como tema de ficción, la galantería tenía gran predicamento y gozaba del favor de los lectores. En la vida real, no todos los libertinos intelectuales pertenecían a la nobleza, ni siquiera tenían los medios para llevar una vida ociosa, dedicada únicamente a los lances amorosos. Y esto último es preciso resaltarlo, para diferenciar con cierta claridad el libertinaje erudito y el meramente literario.

En cuanto a este último, presenta una galería inmensa de personajes masculinos, avezados en el arte del amor carnal, disfrazado bajo ropajes y oropeles de buenas maneras, que pronto se desmoronan frente a la falta de principios morales. De una novela a otra, de una obra de teatro a la siguiente, el libertino irá mostrándose como un ser desalmado, y también desencantado, en búsqueda permanente de fuertes estímulos que le ayuden a sentirse todavía indispensable e importante. No obstante, como transmiten muchas de esas obras, su clase social está en franco declive. Consciente de esta realidad, al libertino sólo le queda reinventar sus propias fantasías y, a la vez constatar, ya sea de manera inconsciente, su profunda desorientación vital. La novela de Crébillon, Los extravíos del corazón y del espíritu, da buena cuenta de ese estado de cosas. Dice su protagonista: “La idea de placer fue, a mi entrada en el mundo, la única que me ocupó. La paz que reinaba entonces me tenía peligrosamente sin hacer nada. Las pocas ocupaciones que tienen por lo general las gentes de mi rango y de mi edad, aquellos aires falsos, aquella libertad, el ejemplo, todo me arrastraba hacia los placeres: era apasionado e impetuoso o, por decirlo de otra forma, poseía una ardiente imaginación”. [5]

Frente a esa lastimosa realidad, el libertino reaccionará a su manera y soñará con vencer no ya en las batallas, como habían hecho sus ilustres antecesores, sino en la lid de los amores muchas veces truculentos o prohibidos. Cada una de sus conquistas será señal de su poder social, pero será efímera, de manera que la insatisfacción que le produce conllevará su repetición, como deseo de reafirmación. Ese es el proceder de Don Juan y el de todos sus sucesores, cualquiera que sea el nombre que reciban. [6]

Por el contrario, pocas serán las mujeres que se atrevan a emular ese ejemplo, ni siquiera en la ficción. Por temor a ser tachadas de prostitutas o cortesanas, -y la literatura lo sabe- , apenas se atreverán a pensar por sí mismas. En el juego amoroso harán el papel de víctimas, casi nunca de verdugos. A excepción de la señora de Merteuil, verdadera protagonista de Las relaciones peligrosas, a la que dedicamos este estudio; un personaje femenino que quiere vivir con la misma libertad que un hombre y que, por un tiempo, lo consigue.

Resulta evidente que su audacia será castigada. Era previsible en un época, la de las Luces, en la que la mujer vivía todavía bajo el estricto control de toda la sociedad. No obstante, su ejemplo será tenido en cuenta en el futuro, como exponente de una necesidad de liberación femenina y también como muestra de la inteligencia de la mujer, capaz de conseguir que las circunstancias adversas se transformen en elementos favorables y en aliados de los propios intereses, siempre y cuando sean manejados de forma conveniente y contando con la inestimable ayuda de un conocimiento exhaustivo de la situación real a la que el personaje se enfrenta.

Predomina en toda Europa, y hasta bien entrado el siglo XX, la idea de que la mujer ante todo debe casarse y, una vez que ha contraído matrimonio, obedecer ciegamente al marido. Toda conducta que contravenga ese modelo será considerada inmoral y aquella mujer que la siga será tachada de descarriada. [7]

Algunos investigadores, y entre ellos Elena Soriano, han designado a la señora de Merteuil como el donjuán femenino, [8] y no es de extrañar que siga despertando todavía hoy un interés mal disimulado, porque el personaje reúne en sí mismo una mezcla explosiva, consistente en la unión de la astucia femenina con la rebeldía y el ansia de libertad.

Esa insumisión, unida a la perversidad, constituye algo único en la historia de la literatura francesa. Hasta entonces, la mujer había sido entrevista como dependiente y enamorada, incluso se había llegado a describirla como prostituta, en el caso de Manon Lescaut, pero nunca como depredadora de hombres, consciente y maquinadora, al servicio solamente de sus propios deseos, lúcida y deseosa de servirse de las normas morales para transgredirlas en secreto y respetarlas en público.

A su lado, el vizconde de Valmont palidece, el héroe masculino se convierte en un títere en manos de la mujer astuta, que sabe manejarlo a su antojo y herirlo en su amor propio una y otra vez. Valmont es el prototipo del don Juan malvado, dispuesto a conseguir su presa a cualquier precio. No obstante, ante la señora de Tourvel se siente inseguro, muchas veces es incapaz de controlar sus emociones y debe luchar contra sus sentimientos, que pugnan por salir a flote. Ante las palabras de burla de la Sra. De Merteuil, que le advierte de que ha caído en la trampa que ha tendido, Valmont termina por confesar que se ha enamorado. Dos fuerzas antagónicas luchan en su interior. Una le empuja hacia el libertinaje frío, la otra lo arrastra hacia la emoción que ha despertado en él la señora de Tourvel. Ahora bien, su amor no es de los que se entregan. Lo que le atrae de su víctima es el encanto que emana de su persona, algo inefable, que no sabe definir. Enemiga de las apariencias y de la hipocresía, su presa es justo lo contrario de las criaturas que conoce Valmont. Esa honradez y esa sinceridad encandilan al seductor y le hacen recordar vivencias juveniles que creía ya olvidadas. Valmont se enamora no tanto de la mujer en sí, sino de lo que ella encarna y simboliza.

Cuando, al final de la obra, no duda en enviar una carta mortal para la señora de Tourvel, lo hace para permanecer fiel a sí mismo y para no traicionar sus dotes de volátil conquistador. A un tiempo, ve en ello una manera definitiva de liberarse.

Poco importa que Laclos haya querido añadir un desenlace moralizante a su historia, que haya castigado a su protagonista femenina con la pérdida de su reputación y de su belleza, lo que realmente inquieta a los lectores es el triunfo previo del personaje, esa danza de marionetas en la que maneja todos los hilos.

De hecho, casi ningún lector consideró en la época de publicación de la obra que su deselance fuese verosímil. Incluso hubo grandes damas del momento que se quejaron amargamente de la imagen femenina que el personaje literario daba a entender. Resulta evidente que la mujer que se decía “honrada” había asimilado e interiorizado profundamente el papel social que se le exigía y, por consiguiente, se sentía escandalizada ante propuestas, que aunque fuesen ficticias, pretendían replantear la jerarquía de géneros históricamente aceptada.

Como en el caso de los libertinos avezados, que adoctrinaban a sus correligionarios más jóvenes, la señora de Merteuil hará otro tanto con Cécile de Volanges, la joven ingenua que se entrega a los “sabios” consejos de aquella que le propone gozar sin tregua de los placeres de la vida.[9]

Cécile es impulsiva y sensual, cede siempre; le falta voluntad. La señora de Merteuil capta con rapidez el carácter de la joven y contribuye a que éste se desarrolle por medio de la relación aparentemente amistosa que mantiene con ella. De manera fácil y rápida, Cécile llega a la conclusión de que lo que realmente importa es el placer. De este modo, la señora de Merteuil sobrepasa sus propios límites y no sólo se limita a gobernar su propia vida, sino que induce a la perversión a la joven. Su placer será máximo cuando compruebe el éxito de sus manejos y la perdición de su alumna; goce multiplicado con la conquista de su prometido, el incauto caballero Danceny.

Pocas veces se había observado en la literatura una mente femenina tan lúcida y puesta al servicio del mal. Seguramente, Laclos tenía interés en mostrar la posible revancha de la mujer, avasallada durante siglos por una moral contraria a sus propios deseos. La otra cara de la moneda, representada por la señora de Tourvel, la piadosa y devota mujer incapaz de domeñar sus pasiones, simboliza a la mujer de siempre, la débil y sensiblera, presta a caer en las redes del libertino que se ha propuesto como meta su conquista.

La señora de Tourvel, enamorada del amor, como casi todos los personajes literarios femeninos , representa la virtud avasallada, pero a un tiempo es también el espejo en el que se miran todas las mujeres que se han plegado a las imposiciones que no admiten discusión. Su final trágico es inevitable, en poco difiere del modelo ya propuesto en su día por Tirso. Sobre ella recae la deshonra, una vez abandonada, como sobre todas aquellas que, en la libros y en la sociedad, habían admitido que en ellas y en su conducta radicaba el honor de la familia.

Muchas veces se ha dicho que la novela de Laclos refleja el declive ya irrefrenable de la nobleza en vísperas de la Revolución. Sin duda, esta opinión es innegable, pero a un tiempo la obra pone de manifiesto la situación de la mujer en una sociedad que la encorsetaba en moldes rígidos e indeformables. Poco después, a raíz de la Revolución, la mujer luchará por la proclamación de sus derechos, con poco éxito por cierto.[10]

La señora de Merteuil querrá librar esa batalla de forma autónoma. Ya viuda, su mayor interés será el de no depender afectivamente de ningún hombre, ni amoldarse a ninguna voluntad ajena que limite su libertad. Así lo refleja en la carta CLII, dirigida al conde de Valmont : “¿Sabe usted por qué no he vuelto a casarme? No es, sin duda, por falta de partidos ventajosos, sino porque nadie tenía derecho a analizar mis acciones. No es que tenga miedo a un freno de mi voluntad, que ésta a fin hubiera triunfado, pero me hubiera molestado en verdad que alguien tuviera el derecho de quejarse; porque, en fin, yo no deseo engañar por necesidad, sino para mi placer”.

Huelga decir que está emulando la conducta masculina del libertino redomado. Ese afán de libertad suprema se manifiesta también en la carta CXXVII, con el mismo destinatario, en la que podemos leer: “Yo habré tenido alguna vez la pretensión de reemplazar a todo un serrallo, pero nunca he consentido en figurar como parte de él. Creí que usted lo sabía. ”.

La carta CXIII ofrece las supuestas ideas de la señora de Merteuil sobre la condición femenina de su época y reafirma su seguridad en cuanto a su propia conducta, que ella considera selecta. Reflexiona la marquesa sobre la actitud de las mujeres una vez que han perdido su juventud y dice lo siguiente: “Las más, que no han tenido más que su palmito y su juventud, caen en una apatía imbécil, y de ella no salen más que para el juego y para algunas prácticas de devoción; tal está siempre enojada, a menudo gruñona, a veces intolerable, casi nunca aviesa. No se puede decir que sean severas ni que dejen de serlo: sin ideas, sin vida propia, repiten indiferentemente y sin comprenderlo, cuanto oyen decir; su personalidad es nula e inofensiva”.

Sin embargo, añade: “Otras, las menos, y que constituyen clase más preciosa y selecta, son aquellas mujeres que habiendo tenido su carácter, y habiendo pensado alguna vez por cuenta propia, saben aún crearse una existencia, cuando ya les falta aquella a la que fueron inclinadas, y toman el partido de engalanar su ingenio de aquellos atavíos que huelgan ya para su semblante. Estas suelen tener el juicio sano, el espíritu alegre, sólido y grande. Reemplazan los encantos de la seducción por la bondad que obliga y por aquella jovialidad que la edad trae consigo a veces; así logran acercarse a la juventud y hacerse amar. Y entonces, lejos de ser, como usted dice, rígidas y severas, el hábito de la indulgencia, las largas reflexiones sobre la humana flaqueza y, sobre todo, el recuerdo de su juventud, del que ellas viven todavía, las hacen fáciles y asequibles, inclinadas a veces de la parte más débil”.

Sin duda, el personaje cuenta con su inteligencia para sobrellevar la madurez e incluso la vejez. Reivindica la capacidad de la mujer para sobrevivir en una jungla en la que sólo importa la apariencia física y le otorga de ese modo igual estatuto que al varón. No obstante, no cuenta con la próxima pérdida de la reputación, idea ésta contra la que no podrá luchar. Lo había hecho en la sombra, ya desde muy joven, tal como puede leerse en la carta LXXXI: “Era yo muy joven todavía, y ofrecía poco interés, mas era dueña de mis pensamientos, y dudaba que pudiesen quitármelos o sorprenderlos contra mi voluntad. Provista de estas nuevas armas, quise ensayarme a usarlas; no contenta con no dejar penetrar mis ideas, me divertía en presentarme bajo diversas formas, segura de mis ademanes, ponía cuidado en mis palabras; arreglaba ambas cosas a las circunstancias, o tal vez, sólo según mis caprichos. Desde aquel momento, yo sola sabía mi modo de pensar, y no manifestaba sino el que me era útil”.

Resulta evidente que el lector o lectora de una novela libertina era potencialmente un aprendiz. El género no era otra cosa que una especie de iniciación, de carácter pedagógico. Por eso mismo, ese tipo de lecturas serán el blanco predilecto de los confesores y del propio Rousseau, que valorará la virtud sobremanera.

En el siglo XVIII, además de la novela de Laclos, varios autores, como Crébillon o Sade, destacaron por profundizar en aspectos obscenos que nunca habían sido tratados en literatura. Por ello, la escritura libertina toma durante ese siglo una dimensión nunca vista. A través de la novela, presenta una libertad de pensamiento y de actuación que se caracteriza por la depravación moral y la búsqueda egoísta del placer. La vida social es presentada como un juego hipócrita en el que los libertinos representan a la perfección su papel. Su cinismo no conoce límites cuando se trata de plegarse en apariencia a las normas imperantes y, a un tiempo, gozar sin límites de una vida escondida y paralela que nada tiene que ver con las mismas. [11] Abatiendo barreras y eliminando límites, el siglo XVIII francés llevará al extremo las prácticas más perversas de la seducción, puesta al servicio del placer más deformado, aquel que ensalza el amor propio y desdeña el sufrimiento de los seres más débiles que se debaten inútilmente en la maraña tendida a su alrededor. Lo curioso, en el caso de Laclos, será que quien lleve a cabo dicha artimaña no sea un donjuán, sino una mujer.

El autor se muestra audaz, pero a juicio de Elena Soriano no tanto: “Laclos no tuvo la audacia suficiente para presentarla en solitario, mujer de pies a cabeza, sino emparejada con una especie de sosias masculino que quita a su creación carácter de arquetipo.[12]

El donjuanismo, masculino o femenino, es una especie de maquiavelismo. Sólo puede existir en sociedades que limitan la libertad. En la sociedad moderna, no tiene razón de ser, pero se recuerda como ejemplo de comportamiento sexual basado en una relación de poder. Para que haya un atentado contra el honor, es indispensable que la gente crea en ese concepto. En el trasfondo del prototipo, lo que subyace es la importancia de la búsqueda de un absoluto de dominación y la derrota interior, nunca confesada, ante las sucesivas experiencias sexuales siempre relativas.

También la señora de Merteuil se sentirá insatisfecha y, para remediarlo, recurrirá a múltiples encuentros y a la perversidad, que parecen añadir un aliciente al vacío interior que siente. Su carácter frío y calculador tiene un precedente en la literatura francesa, un modelo de control sobre las pasiones, aunque por diferentes motivos, el de la señora de Clèves, que sabe renunciar a su amor en beneficio del amor propio.

La novela titulada La princesa de Clèves, publicada en 1678, obra de Madame de La Fayette, pone de relieve la fuerza de voluntad de su protagonista y su resolución firme de conservar la paz interior antes que arriesgarse a una aventura que puede poner en riesgo su propia integridad anímica. En cierta medida, y salvando la distancia temporal y los acontecimientos sociales en los que se desarrolla, La Princesa de Clèves, insiste ya en la inestabilidad de los sentimientos y, en consecuencia, en la firme resistencia de la protagonista ante los mismos. Al mismo tiempo, señala de forma rotunda la búsqueda de la independencia emocional de su protagonista y su oposición frontal a los lazos conyugales.[13] Ambas constantes hacen de ella una figura propiamente prefeminista. Otro tanto sucederá con la señora de Merteuil, que perseguirá los mismos fines, a pesar de su fracaso final.

La señora de Merteuil confía plenamente en su inteligencia y rechaza las ensoñaciones. La razón es su arma, jamás se abandona a fuerzas oscuras o la simple intuición. Con todo ello, pretende gozar del placer sin perder su apariencia de mujer honesta. En el fondo, lo que busca es la libertad y lo que rechaza es la dependencia de la mujer con respecto al varón. Pretende que los hombres sean juguetes que colmen sus fantasías y también sus caprichos.

La obra de Laclos, en su conjunto, pone de relieve el extremo poder de la sensualidad, su fuerza absoluta, capaz de doblegar la voluntad ajena. Laclos destruye de ese modo un prejuicio, la creencia tradicional en la superioridad de la virtud sobre el vicio. La obra está pensada no desde el punto de vista de la inocencia perseguida, sino en función del mal y de su triunfo pasajero. A través de sus páginas, la mezquindad parece gratuita, ejecutada por mero placer. No obstante, esa maldad suscita una fascinación ambigua, una mezcla de indignación y de atracción morbosa.

En el prefacio de la obra, el autor reafirma la pureza de sus intenciones y el carácter moral de su novela. Los últimos momentos de la trama parecen responder a esa exigencia y el castigo pone de relieve la inutilidad del mal. Pero ese desenlace, ya lo hemos advertido, nunca convenció a ningún lector. Todos tuvieron y siguen teniendo la impresión de que el autor se burla de ellos y que la finalidad moralizante del libro no es más que un pretexto. Por el contrario, la conclusión primera es que el donjuanismo campa a sus anchas en cada una de sus páginas, aunque se trate en este caso de un seductor bicéfalo, Merteuil-Valmont, de una especie de Jano en el que la cara femenina prima de forma inevitable sobre la ya conocida del seductor masculino, siempre irrefrenable en sus conquistas, desalmado en sus fines y desinteresado en cuanto a los daños morales y sociales que deja a su paso.

La repulsa que, junto con la admiración, también causó la obra en el momento en que fue editada, se debió a otras causas más sutiles, de orden social y tradicional. En palabras de Soriano, “la verdadera clave del repudio a esta novela cuando se publicó y de su largo olvido en la historia de la literatura se encuentra en que tal tipo de mujer era absolutamente inconcebible para la mente masculina, una burladora auténtica, digna de codearse con sus más famosos congéneres masculinos”. [14] Una mujer, sin duda alguna, que reivindicaba su propia libertad y que no dudaba en usar las armas de la galantería, propias de la época en la que supuestamente le tocó vivir.

 

Notas:

[1] En Roma, se había dado el nombre de « libertinus » al hijo del « libertus », o esclavo manumitido. No obstante, el « libertus » no era un hombre totalmente libre, según el derecho romano, que lo oponía al « ingenuus », verdadero individuo con plena autonomía sobre sus actos.

[2] Vid. por ejemplo GIOCANTI, S., ( 2001 ), Penser l´irrésolution. Montaigne, Pascal, La Mothe le Vayer, Itinéraires sceptiques, , Honoré Champion, Paris.

[3] En el siglo XVI, y en Italia, Paracelso, Cardan y Maquiavelo crearon el concepto. Luego, en el siglo siguiente, y en Francia, Gassendi retomará las mismas ideas y contribuirá de modo decisivo a su difusión.

[4] “El libertinaje es la consecuencia inmediata de una quiebra de los modelos : el modelo de explicación del mundo por la ciencia, por tanto, el modelo de discurso teológico; el modelo de la práctica cristiana; el modelo político y civil que conduce a la instalación de una monarquía absoluta; el modelo social, donde se produce el conflicto entre los privilegios de nacimiento y el mérito personal….Francia vive un momento peligroso donde deben ser redefinidas las relaciones con Dios, con el mundo, con uno mismo y con los demás”, vid. PREVOT, J. : Introducción a Libertins du XVIIe siècle, ( 1998), Edit. Gallimard, Bibl. de la Pléiade, Paris, tomo I, pág. XX. Vid. también GODARD DE DONVILLE, L., Dictionnaire du Grand Siècle, (1990), Fayard, Paris, s. v. « Libertinage », pp. 873-874.

[5] Vid. CREBILLON, Les égarements du coeur et de l´esprit, (1977) , Gallimard, Paris.

[6] El personaje del burlador recrea el ideal del hombre que triunfa sobre la mujer, que es capaz de arrebatarle su don más preciado, para dejarla posteriormente abandonada a su suerte y a la deshonra más absoluta. Ahora bien, la multitud de sus conquistas revela la desorientación profunda del personaje, que a pesar de sus éxitos no logrará acallar su profunda insatisfacción.

[7] Vid. GIDDENS, A., La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, ( 1995 ) , Cátedra, Madrid, p. 17.

[8] Vid. SORIANO, E., El donjuanismo femenino, (2000 ),Península, Barcelona.

[9] Los libertinos varones se encargaban de formar a sus pupilos. Las mujeres, normalmente serán presentadas como ya maduras, con experiencia, y se dedicarán también a educar a sus sucesoras. No obstante, la libertina es un personaje que escasea en la literatura, frente a la proliferación de los modelos masculinos. La marquesa de Merteuil ha debido educarse a sí misma, ante la práctica imposibilidad de hallar una educadora. Las libertinas serán normalmente, como ella, autodidactas. Sus artes de seducción han sido forjadas en la soledad más absoluta, con la única ayuda de un espejo.

[10] Las revolucionarias intentaron que fuese redactada una Proclamación de los derechos de la Mujer y de la Ciudadana, paralela a la proclamada para los hombres, pero los dirigentes políticos mostraron nulo interés en semejante empresa.

[11] Vid. WALD LASOWSKI, P., Le grand dérèglement. Le roman libertin du XVIIIe siécle, ( 2008 ) Gallimard, Paris.

[12] Cf. SORIANO, E., op. cit., pág. 162.

[13] Ante el amor que siente por Nemours y la posibilidad de llevarlo a término, la señora de Clèves opta por renunciar a esa opción. La razón gana la partida y el miedo al amor y al fracaso hacen que se anticipe a posibles y futuras decepciones. La señora de Clèves apuesta por la tranquilidad. Su análisis meticuloso la conduce a desconfiar de manera rotunda de los sentimientos, que según ella sólo duran en la medida en que encuentran obstáculos para su pleno desarrollo y su satisfacción. De ese modo, demuestra que el amor, aunque sea sincero, también puede ser calculador, puede urdir sus propias estrategias y prever incluso los posibles fracasos.

[14] Cf. SORIANO, E., op. cit., p.164.

 

© Mª del Carmen Fernández Díaz 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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