“Mantener la palabra dada”:
Algunos personajes medievales
a través de los textos de la literatura juvenil

Anabel Sáiz Ripoll

Doctora en Filología.
Catedrática IES Jaume I (Salou)


 

   
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Resumen: mostraremos, a través de los textos, la descripción de algunos personajes -históricos o generales- para ver, de manera directa, cómo se trata la Edad Media y cómo se ofrece a nuestros jóvenes, llena de vida, pasión y misterio. Una buena manera de incentivar la lectura.
Palabras clave: Medievalismo, novela histórica, literatura juvenil

 

“La historia las más de las veces, consiste en seguir el rastro de una estrella que no puede verse, pero que se intuye en unafórmula matemática”
(Blanca Álvarez. El secreto de la judía)

 

LA NOVELA HISTÓRICA

Una definición muy concreta del género de la novela histórica sería decir que es la narración que cuenta hechos ocurridos en el pasado, donde intervienen personajes famosos que han destacado por su valor o actos. Es un género que tiene elementos del mundo imaginario y del mundo real. En la novela histórica los personajes históricos y los hechos reales aparecen en un plano secundario ya que los héroes, los protagonistas, son aquellos que imagina el autor pero que bien pudieron haber existido.

En el Romanticismo la novela histórica tuvo una grandísima influencia de la mano, entre otros, de Walter Scott o de Chateaubriand. A finales del siglo, en el Realismo, los motivos históricos siguieron siendo frecuentes, tal y como comenta José Mª Merino: “Scott, Stevenson, el Salgari del tema americano, Verne, Dickens, Kipling, Defoe, Dumas, se mezclaban en mis lecturas con Rider Haggard, el Capitán Gilson, Mark Twain, el Galdós de la primera parte de los Episodios Nacionales, la Daphne du Maurier de La posada de Jamaica, el Rosny de En busca del fuego o el London de Antes de Adán” [1] .

En los últimos tiempos la novela histórica está jugando un papel importante de la literatura juvenil española. Como bien expone Juan José Lage Fernández: “Motivos del auge son, sin duda, las ansias de evasión y los acontecimientos recientes de trascendencia universal, como el 500 aniversario del Descubrimiento o el desmembramiento de la URSS, entre otros “ [2]. Carmen Mateos Peñamaría concluye diciendo, tras repasar la novela histórica en España, que “pervive, eso sí, más emparentada con lo psicológico que con la reconstrucción ambiental. Y “un pie sobre la erudición, otro sobre la magia” [3], a algunos hombres les sigue interesando contarnos noveladamente lo que ellos averiguan, intuyen, y a veces imaginan, de otros hombres que nos precedieron” [4].

Autores como Concha López Narváez, Oriol Vergés, Josep Vallverdú, Emili Teixidor, José Mª Merino, Mª Isabel Molina, Pilar Molina, Montserrat del Amo, Juan Farias, Carmen Pérez Avelló, por mencionar unos pocos nombres, merecen ser citados entre los que cultivan, con más acierto, la novela histórica. Algunos de ellos -y muchos más- nos ofrecerán su arte para que veamos cómo se ofrece la Edad Media, en todo su esplendor, al público juvenil. A continuación mostraremos, a través de los textos, la descripción de algunos personajes -históricos o generales- para ver, de manera directa, cómo se trata la Edad Media y cómo se ofrece a nuestros jóvenes, llena de vida, pasión y misterio. Una buena manera de incentivar la lectura.

 

CABALLEROS

Los estamentos en la Edad Media eran compartimentos férreos que no se podían cruzar. No obstante, muchos de los jóvenes protagonistas de los libros que hemos leído quieren demostrar que, por propios medios, se puede ascender y llegar a ser caballero, como le ocurre a Fernando, en Fernando el Temerario, que acaba siendo nombrado caballero por Alfonso VIII, quien le debe la vida y mucho más: “...en este día solemne del diecisiete de julio de mil doscientos doce, tras la gloriosa victoria de las Navas, te armo y nombro Caballero, con todas las prerrogativas que tal título conlleva... Que Dios te bendiga. “ (pág. 168). Renato-Grau, en La sombra del jabalí, es otro chico destinado a ser labriego y que acaba encumbrado, aunque nunca pierde de vista a quien debe sus afectos: “He aprendido el arte de la guerra y las normas de la caballería. Durante mucho tiempo he llevado ropaje de colores, rojos, azules, verdes, como corresponde a caballeros jóvenes. Me acostumbré a los amplios mantos, que parecía un abad, perdonadme, un pontífice; a llevar siempre la espada ceñida cuando fuera a caballo; pero todo eso son cosas exteriores, las interiores me cautivaron mucho más: mantener la palabra dada, defender a los débiles, mantener sin mengua el patrimonio recibido o confiado en custodia...” (pág. 62).

El Cid, por ejemplo, era un infanzón: “Los infanzones son algo así como la nobleza nueva. Sus títulos casi todos están recientes, donados después de la independencia de Castilla. Y los ricos hombres, la nobleza vieja, no les perdonan la gloria que van ganando para sus escudos. A ellos les parece que con tener títulos ya han hecho bastante, y a los nuevos sus títulos les sirven de acicate. Dos formas distintas de entender la nobleza” (pág. 147, El juglar del Cid).

Adquirir la condición de caballero era importante porque: “Al ser caballero adquiría personalidad, derechos y obligaciones. Podría usar de un modo oficial mi título, y habitar mi viejo castillo” (pág. 55. Balada de un castellano). En este mismo libro, más adelante, leemos como eran las celebraciones en que se armaba un caballero: “Me armaron caballero en la mejor iglesia de Pamplona. Allí, ante el altar, juré por mi honor, ante los Evangelios y el Rey de Navarra, respetar la fe cristiana, defender a las damas y a los niños y obedecer a mi rey. Luego el rey García me golpeó en uno otro hombro con su espada y Sancho Garcés me ciñó la espada mientras su hermana mayor, doña Urraca, me calzaba las espuelas” (pág. 57).

Y la orden de Caballería se rige por normas muy estrictas como leemos en Marcabrú y la hoguera de hielo: “... no es de buenos caballeros atropellar a personas desvalidas como nosotros, sino todo lo contrario, ya que la Orden de Caballería tiene el deber de ayudar a las mujeres, a los niños y a los ancianos, y el de acompañarlos hasta dejarlos en lugar seguro” (pág. 30). Ser caballero tiene dos caras, la clara y la oscura, como reflexiona Gonzalo en El fuego y el oro: “Ser caballero supone la lucha victoriosa; el reparto del botín; el triunfo en los torneos; la emoción de la caza; el bullicio de las fiestas. Está a punto de responder: “Sí”. Pero ahora, por vez primera, Gonzalo evoca también otras escenas: los mastines jadeantes; los villanos arrodillados; la justicia despreciada; los prisioneros arrojados a las mazmorras; las cosechas quemadas; las gentes hambrientas...” (pág. 46).

 

REYES Y REINAS Y OTROS PERSONAJES

Los Reyes y Reinas aparecen con nombres propios y en un contexto histórico real. Alfonso VI, Alfonso VIII, Alfonso X, Jaime I, Isabel la Católica (a la que se le dedica un libro para recordar su biografía, La dama de la Reina Isabel) y otros tantos, como Roger de Flor, protagonizan páginas brillantes de la literatura juvenil. Acerca de éste último varias son las historias que lo tienen si no como protagonista, sí como referencia. En Las cautivas de Tabriz leemos que “Roger de Flor era un aventurero, gran conocedor del mar, que se había puesto al servicio del rey de Sicilia. Perseguía como corsario todas las naves que consideraba enemigas de su señor” (pág. 25). Define muy bien quienes eran los almogávares: “Los almogávares eran soldados a sueldo, procedentes de las montañas de Cataluña y Aragón, hombres de aspecto feroz, acostumbrados al hambre, al frío y al calor. Vestían una camisa muy a menudo desarrapada, se cubrían las piernas con calzones de cuero, y calzaban abarcas también de piel. Habían hecho famoso el puñal llamado “coltell”, manejaban la lanza con fuerza y destreza, y con dardos la puntería no les fallaba nunca. Siempre se llevaban consigo a la mujer y a los hijos. A las órdenes de Roger de Flor luchaban por Fabrique de Sicilia como rey de Nápoles y sus aliados” (pág. 42-43).

Fernán González, al que se muestra como una persona justa y valerosa en Balada de un castellano, tiene claro que para “...gobernar a hombres libres, hijos de Dios, hay que ser más sabio y más valiente que ellos. Si no, el hombre libre no acepta el vasallaje” (pág. 33).

Acerca de la figura del rey y su papel en la sociedad leemos en El vendedor de noticias: “Rey, propiamente dicho, sólo había uno: el de Castilla y león, que se titulaba también Emperador de las Tres Religiones, porque reinaban sobre territorios en los que convivían cristianos, moros y judíos. Pero fuera de sus fronteras, había más de cien reinos, condados, o señoríos, de la más variada condición. En la parte de Andalucía predominaban los reinos de taifas, a cuyo frente se encontraba un rey árabe, descendiente de los que llegaron a la Península cuando la invasión del siglo VIII. Estos monarcas, por regla general, eran muy cultos, amantes de la música y de la poesía, pero también de la vida regalada” (pág. 11).

En Balada de un castellano se habla de la legendaria reina Toda: “De doña Toda se decía que cabalgaba al lado de su esposo en las batallas y que repartía mandobles con la espada como un guerrero” pág. 41). Ella es la abuela del llamado Sancho el Gordo al que llevaron a Córdoba para que fuera curado de su gordura. Los caudillos árabes son también tratados con reverencia, como ocurre con el Califa Abderramán que impone con su sola presencia: “El califa estaba sentado en un trono completamente cubierto de almohadones de raso y rodeado de sus nobles y gobernadores. Todos llevaban túnicas de seda labrada. Pendiente del techo, encima de la cabeza del Califa, se balanceaba una gigantesca perla que despedía un suave brillo” (pág. 63. Balada de un castellano).

Jaime I, sobre todo, en su niñez y juventud es uno de los personajes más queridos por los autores de literatura infantil que escriben en catalán. Suelen aludir a su secuestro y a cómo se luchó para que fuera rey. Hay también datos de su estancia en Monzón. Y, en suma, los personajes que defienden al rey respiran vehemencia por los poros de su piel, como Arnaldo, en Marcabrú y la hoguera de hielo que dice: “¡Tenemos que ir a luchar con el rey...!” (pág. 185). En El rescate del pequeño rey se nos cuenta cómo el pequeño Jaime, de seis años, estaba encerrado en el castillo de Montfort en Carcasona y cómo se negaba a aprender francés, ya que él se sabía de otra patria. El libro narra cómo este niño-rey es liberado. Mientras, “Jaime sabe que Catalunya y Aragón le esperan, que aragoneses y catalanes le quieren consigo, ya que es su legítimo rey y sabe, también, que están dispuestos a emplear todos los medios para liberarle de las garras del conde...” (pág. 11). Por fin, cuando es liberado: “Todos se aproximan porque quieren contemplar, quieren conocer a su rey, y todos quedan embelesados ante un niño tan gentil, de una cabellera rubia tan rutilante y unos ojos negros tan vivos y alegres, que sonríe entusiasmado y saluda a todo el mundo levantando el brazo” (pág. 104). Alfonso III es un rey respetado, al menos así nos lo parece en El moro cristiano. Se le describe de esta manera: “Don Alfonso III, rey de Oviedo, Galicia Y león y señor de Castilla y de las tierras vascas, era delgado, con el pelo claro y los ojos algo tristes. Vestía una túnica de grueso paño verde y no llevaba barba” (pág. 24).

Alfonso VI es un rey muy recurrente, al ser el rey del Cid. De él se dice que tenía muy buena relación con su hermana Urraca y la consideraba como reina y se deja entrever que era algo más que una hermana, aunque nunca se llega a dar ningún detalle. En todo caso se deja velado. En Así van leyes donde quieren Reyes se describe cómo van vestidos y peinados estos reyes: “Alfonso avanzó con paso decidido por el pasillo central hasta el coro. Llevaba una túnica de gruesa lana y un manto forrado de pieles que sobresalía de la tela haciendo ribete. Se había puesto la corona, un delgado aro de oro que refulgía a la luz de los velones”. De la reina, su esposa y doña Urraca se escribe: “La reina tenía la piel muy blanca, las cejas rubias y los ojos claros; llevaba una túnica púrpura, y el reflejo del color rojo y la cofia de lino ajustada a la cara según la moda la hacían parecer demacrada. El mismo modelo de cofia resaltaba la piel morena de doña Urraca y sus cejas cuidadosamente depiladas hasta parecer dos arcos perfectos; vestida de lana añil con adornos de oro, la seguridad de sus movimientos y la altivez de su porte la hacían parecer más reina que la mujer de su hermano” (pág. 24). Y es que “el rey Alfonso reconocía su inteligencia y astucia y la consultaba para todo”. De Alfonso VI también se dice que “era de buen natural, pero débil de carácter, y en todo se dejaba aconsejar...” (El vendedor de noticias, pág. 71) y se añade que “Alfonso VI no era un rey demasiado respetuoso con las leyes cuando sus pasiones andaban por medio, pero en lo demás le gustaba tener fama de justiciero” (pág. 123).

Alfonso X es tratado con benevolencia y respeto. Se da de él la imagen de persona tolerante. En La esfera de humo el propio rey acude al juicio a que la Santa Inquisición está sometiendo a un alquimista amigo suyo y lo salva de una muerte segura: “Mi buen amigo don Yllán, estaba yo paseando por los jardines del alcázar en compañía de mi sobrino, el infante Juan Manuel, cuando un extraño pájaro, perteneciente a especie y género que no acerté a reconocer, dejó caer sobre mí este pergamino... ¿De qué se te acusa esta vez?” (pág. 79). Precisamente el libro tiene mucho que ver con uno de los cuentos de “El conde Lucanor”, el del deán, como se puede observar en el final del relato.Se dice, además del monarca, que actúa “con su habitual sabiduría”. Además se ve con humor su condición de rey: “Frunciendo el entrecejo y rascándose la circunferencia que un surco rojo trazaba en su real cabeza -“esa maldita corona...”-...” (pág. 79).

 

EL CID CAMPEADOR

En cambio sí se habla muy bien del Cid y de sus caballeros, precisamente Sancho es uno de los que va al destierro con él, como leemos en Codeluna, que es el nombre de la espada. Por otro lado, en El vendedor de noticias sí se describe al Cid: “Era Rodrigo Díaz de Vivar un infanzón de modesto origen, ya que su padre, don Diego Laínez, le había dejado por toda herencia dos molinos en las márgenes del río Ubierna, a su paso por Vivar, pequeño poblado próximo a la ciudad de Burgos. El poseer molinos era un privilegio señorial ya que los campesinos, por fuerza, habían de moles su trigo en ellos y pagar en especie por el servicio. Aunque era un privilegio señorial de poca categoría, dio derecho al joven Rodrigo a educarse en la corte del emperador Fernando I, que reinaba en León, Castilla y Galicia. Desde la adolescencia obtuvo el favor del infante don Sancho, primogénito del emperador, de cuya mano acabó recibiendo la investidura de caballero. Al fallecimiento del emperador Fernando, subió al trono su primogénito, conocido como Sancho el Fuerte, por la nobleza de su carácter y por su afición a toda clase de juegos de armas y fuerza. Su primera medida fue nombrar a Rodrigo Díaz de Vivar como su alférez, o primer caballero de la corte, cuando sólo contaba veinte años” (pág. 83.). Más adelante se le describe así: “Contaba a la sazón el Campeador poco más de treinta años, estaba en la flor de la vida, y de toda su figura emanaba la majestad de quien ha sido dotado por la madre naturaleza con tantos dones. Era en todo muy proporcionado, tenía los ojos garzos, los cabellos rubios, y una barba muy espesa del mismo color. Vestía con una sencilla gorra de piel de cabra. Los ojos se mostraban rientes...” (pág. 113).

El Cid aparece como protagonista o detonante de la acción en multitud de historias. Una de las más bellas es El juglar del Cid en donde se repasa todo su periplo vital, a través de la mirada de un muchacho quien, presumiblemente, será el que componga el Cantar. Así nos narra el edicto de exilio firmado por Alfonso VI: “...ordeno que nadie dé posada, ni venda comida o procure armas a Ruy Díaz de Vivar, desterrado de mis reinos. Quien falte a este mandato será despojado de todos sus bienes y tierras y le serán arrancados los ojos de la cara” (pág. 38). Y así es como el Cid se dirige a sus hombres antes de partir: “Esta tierra no es ya la mía, pero yo os digo a cada uno que sigue siendo la vuestra. Si algún compromiso de servidumbre o vasallaje teníais conmigo, yo lo deshago aquí, ahora” (pág. 44). Nadie abandona al Cid y todos parten a su orden en “¡En marcha!”. Muy hermosa es la descripción de este momento: “Sobre la calzada del Vivar desierto sonaron los cascos a campanas lúgubres. El dolor y el orgullo parecían haber metalizado los gestos de aquellos hombres, que a su paso frente a las luces primeras semejaban figuras fundidas en bronce. Avanzaron en un silencio sólido por las calles sin alma, ante sus casas sin lumbre. Nadie mirada a los lados por no sentir el desgarrón de la ira o la tristeza. Sólo el Cid creyó ser fuerte para la despedida con la vista. Pero ante aquella soledad acongojada de su Vivar, comenzaron a llorar los ojos del guerrero” (pág. 44).La llegada a Burgos, con el episodio de la niña, es particularmente conmovedora. Burgos está vacía: “¡Qué frío el de las calles muertas! ¡Qué cruel abrazo di silencio inmenso! ¡Qué hedor el de la triste soledad cobarde! Por la boca del Cid salió el desprecio, hecho sollozó. Aguijó su caballo. Tras de cada ventana, tras de cada puerta, Burgos lloraba su miedo en un suspiro apenado: ¡Dios, qué buen vasallo si tuviera buen señor!” (pág. 52-53). Solo una niña se atreve a salir y pedirle que se vaya: “Buen Cid, podéis pasar. Pero si nuestros muros dan posada a vuestra tropa, perderemos la hacienda y los ojos dela cara. Anoche llegaron cartas del rey con esas amenazas. Seguir camino, Dios os valga. Mira el Cid a la niña, que ha roto a llorar con desconsuelo. Luego se inclina en la silla y acaricia, con su mano de roble, la carita clara. Cuando otra vez habla a su gente es para marchar: ¡En marcha!” (pág. 54). Y sigue el texto, paralelamente a la historia del Cantar. Se detiene en el episodio de Raquel y Vidas. Parece que no todos estaban con el Cid o así al menos lo cree el narrador: “Cuando Don Alfonso ha ordenado el destierro, tendrá sus razones. ¿O crees que iba a desprenderse de un guerrero como Rodrigo Díaz sólo por sospechas? Pero ya se acabó el Cid, Martín. ¿Qué suerte crees que le espera con esas cincuenta y pocas más lanzas al cruzar la frontera? Y que en saliendo de Castilla, como sabes, no tiene muy buenos amigos” (pág. 79). Poca visión de futuro tenía el que así hablaba. El Cid, no obstante, nunca fue un vasallo rebelde, aunque la ley lo amparaba: “Cuando un señor arroja de su tierra a un vasallo, lo pierde. Ya no se le debe obediencia y puede alzar armas contra él. ¿Sabéis cuántos las tomarían a vuestro favor?” (pág. 104). A lo que el Cid responde: “Tú y yo y todos estos hombres somos Castilla. Si la ira de un rey puede arrancarnos de ella, no puede arrancar su amor de nuestro pecho. Allá donde el destino nos lleve, con nosotros irá, bendecida por nuestras armas. El rey Alfonso no puede tanto, Minaya. No impedirá que la gloria de estos desterrados sea gloria de Castilla” (pág. 106). El rey, como ya sabemos, perdona al Cid, tras la conquista de Valencia: “Me honro en adelante siendo de nuevo su señor. Y los castellanos y leoneses que quisieren añadirse al Cid, pueden hacerlo sin castigo, porque Ruy Díaz es otra vez mi vasallo y cuenta con el aprecio y el favor del rey”. (pág. 214).

En Mi primer Cid se apostillan estas ideas positivas en torno a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar quien “siempre ganaba todas las batallas y conseguía grandes riquezas”. Aquí los Infantes de Carrión son puestos, por supuesto, en tela de juicio y, al afrentar a las hijas de Cid, son vengados por dos de sus caballeros quienes portan sus espadas míticas: “¡No veáis el miedo que les entró a los dos infantes cuando vieron las famosas espadas del Cid Campeador amenazándoles! ¡Salieron huyendo como conejos!”. Por supuesto el honor de sus hijas queda limpio y “Las dos volvieron a casarse, esta vez nada menos que con los príncipes de Aragón y de Navarra. Y el gran Cid Campeador murió feliz con el perdón de su Rey y la felicidad de sus hijas”.

Y hablando de las hijas del Cid, en Mío Cid. Recuerdos de mi padre, doña Cristina -la Elvira del Cantar- recuerda los principales hechos del Cid. Destaca, por su originalidad, ver cómo se siente esta mujer, humillada por su marido, uno de los Infantes de Carrión quienes se muestran altaneros hasta el final: “Nos debimos de casar con hijas de reyes o de emperadores, no eran de nuestro linaje las hijas de un infanzón. Una vez en nuestra tierras ¿a quién podíamos presentarlas sin avergonzarnos? Hemos ejercido nuestro derecho al dejarlas. Eran ellas las que nos estaban deshonrando” (pág. 127).

 

SEÑORES Y VASALLOS

Los señores eran los dueños de sus territorios y los dueños de las personas que habitaban en ellos. Dependía de su carácter que la vida fuese más o menos dura, pero siempre solía ser extrema. “El barón de Alcumat -en La sombra del jabalí- era un ejemplo vivo del poder local sin freno, en los límites del imperio. Por más que aquellos barones de pequeña categoría estuvieran bajo el dominio del emperador, ejercían su poder por delegación de un duque, un marqués o incluso un conde. Jamás en su vida iban a ver al emperador, que residía lejos, a meses de viaje, ni tampoco los nobles superiores les iban a pedir cuentas mientras los diezmos, los impuestos llegaran puntualmente. Y lo de recaudar impuestos aquellos pequeños señores lo sabían hacer muy bien. Actuando con dureza en la recaudación, se aseguraban de que ni el conde ni el duque los iban a molestar ni a controlar” (pág. 27). Pese a todo, en este mismo libro leemos que: “La sociedad feudal estaba en decadencia, las ciudades empezaban a crecer...” pág. 52.

La gran masa humana eran los siervos, los campesinos, los villanos que no tenían demasiada esperanza de vida “Porque la mayoría de los campesinos, siervos de la gleba de padres a hijos, se convertían ya en viejos desdentados a los treinta años. En aquella época, el campesino que conseguía pasar de los cuarenta años de edad era admirado por todos y considerado un campeón. Como es natural, había lugares donde la vida era mejor (dependía del talante del señor que mandaba, del hecho de que fuese más o menos sensible al dolor ajeno), pero para los siervos era difícil alejarse del lugar donde habían nacido porque los señores a menudo tenían derecho de vida o muerte sobre ellos y no siempre los dejaban marchar. También solía pasar que un señor vendieses a otro unos cuantos de sus siervos , sin ningún miramiento... Cosa que destrozaba familias y causaba separaciones muy dolorosas” (El secreto de la dama enjaulada, pág. 112). No obstante, poco a poco van cambiando las cosas en las ciudades y son importantes los estamentos, como el de los comerciantes: “...un estamento que, aliado con el de los artesanos, cada día adquiría más peso, no solo allí (Barcelona) sino también en el resto de Europa. Habían acumulado fortunas mediante el control del comercio: una actividad que la nobleza tenía prohibida (si bien algunos nobles la practicaba a través de testaferros). Los comerciantes se habían enriquecido igualmente comprando fincas que los nobles desatendían. Acabaron creando y dirigiendo municipalidades: un poder político que discutía con el de los nobles en igualdad de condiciones. Los comerciantes aportaban el sentido común de hombres que necesitaban la paz para hacer negocios y estaban en contra de los disparates de ciertos señores que de la gloria tenían, sobre todo, un concepto militar” (El secreto de la dama enjaulada, pág. 118-119). En las ciudades o grandes villas, hay toda una población variopinta que no suele gustar a los caballeros, que se consideraban superiores como leemos en El fuego y el oro: “Villanos orgullosos, estudiantes alborotadores, mercaderes enriquecidos y artífices envanecidos. ¿Con semejante chusma han de mezclarse los caballeros? “ (pág. 10).

 

POBREZA

En la Edad Media no era raro encontrar pobres, vagabundos y lisiados, dado que las guerras eran continuas y las diferencias de clases abismales. Las guerras, pues, son las principales causantes de la miseria como bien leemos en Las cautivas de Tabriz: “Muchos fugitivos de Asia menor habían acudido a la ciudad. Desposeídos de todo a causa de la guerra, no tenían ni un mendrugo de pan que llevarse a la boca. Se les veía carilargos y miserables rondando por el puerto” (pág. 71). Las gentes de Bretaña e Irlanda viven al límite por culpa de las incursiones vikingas, aunque siguen creyendo en la libertad: “Se trataba de mujeres macilentas por el hambre y las privaciones, de niños demacrados por el sufrimiento, de ancianos cuyos últimos tiempos habían resultado más amargos que cualquier época que les hubiera tocado vivir con anterioridad. Sin embargo, en los ojos de todos ellos se reflejaba un brillo especial” (pág. 171).

 

BRUJOS O SANTOS

Extraños personajes pululan por los relatos, tratan de reflejar una época en donde la superchería era importante, así como la brujería o los fenómenos extraños, tal es Elba, la niña santa de “La maldición del arquero”, que resulta ser, al final, una pobre niña mal tratada, pero la primera descripción nos impresiona: “Sus ojos eran inexpresivos, vacíos, de un verde tan débil que parecía haber perdido casi todo su color. No se adivinaba ningún poder especial en ellos, ni el don de la Gracia, ni siquiera la virtud. Sólo manifestaban somnolencia y aburrimiento” (pág. 55). En otro momento se describe a un hechicero: “Vestía con extrema pobreza, se ceñía la cintura con un trozo de cuerda, y estaba descalzo” (pág. 73). No obstante, a menudo no se trata de brujos, sino de personas distintas: “He podido permanecer aislado y a salvo porque me atribuyen temibles poderes de brujería. Se equivocan. Lo único que he aprendido está en el interior de las personas y las cosas” (pág. 87). Otro supuesto mago o brujo, en Marcabrú y la hoguera de hielo, se ratifica en esta misma idea y dice enfadado: “No hay más magia que la de nuestros sueños y nuestros deseos. Yo estudio las propiedades de las plantas y de los animales, y utilizo esos conocimientos para curar heridas y para distraerme un poco y reírme de los poderosos. Me llaman brujo y les doy miedo porque son unos cobardes, porque temen lo que no conocen y odian al que hace algo distinto a los demás” (pág. 66). Un ladrón le espeta al supuesto brujo: “... Y lo que menos me gusta de vuestro oficio es que, en realidad es tan peligroso como el mío, o más aún. Ya sabéis que la gente, los señores, los monjes, o todos juntos, han quemado a más de uno de vuestros cofrades, pensando que tenía tratos con el diablo y fabricaba ungüentos infernales...” (pág. 73).

A menudo se confundía brujería con sabiduría o conocimientos anormales, pero era peligroso que te acusaran de brujo: la Santa Inquisición tenía los oídos muy largos y finos. En Viaje a la Gascuña, a Eustaquia, que es rara por naturaleza, la tachan de bruja: “Las malas lenguas afirmaban que en su juventud había tenido contacto con la brujería, e incluso que había asistido a aquelarres (...) Eustaquia era una de las más fervorosas del demonio, la que se encargaba de hacer pócimas y ungüentos con plantas, culebras y sapos y la que mejor ejecutaba las danzas obscenas alrededor de la hoguera” (pág. 58).

Un supuesto brujo, en El sueño abre una puerta, alardea de esa posible condición y afirma que “Volamos por dentro, gracias a las hierbas y los ungüentos y todos a la vez tenemos la mismas visiones y los mismos sueños... Sí, la gente también dice que tenemos tratos con el diablo. ¡Podría ser cierto! Apreciamos al diablo, si el diablo significa los astros, la hierba, los animales, este bosque... Tratamos con el diablo, es decir, con el sueño y con las cosas que nos rodean...” (pág. 14).

Una hechicera del Norte (Normandía) aparece así descrita y causa conmoción: “Una vieja, desgreñada, sucia y vestida de negro, había entrado en el recinto y con paso entrecortado pero seguro, caminaba hacia Gudrum. Apoyada en un báculo en cuyo extremo superior se asentaba una calavera, la horrible anciana llevaba un cuervo, gordo y lustroso, posado en el hombro derecho” (El perro de Gudrum, pág. 72).

Asistimos a la descripción de un milagro: una imagen de Nuestra Señora parece con “su rostro iluminado por una alegre, tierna y celestial sonrisa” y así describe el momento: “Arrodillados ante la puerta del templo está una buena parte de los asilados, gritando milagro y elevando sus rezos y cantos al Señor. Me aproximo para ver qué ocurre, y cuando llego al pórtico todo mi cuerpo se estremece en un intenso escalofrío, un escalofrío que me conmueve como nada hasta entonces me había conmovido, ni nada jamás me volverá a conmover así. Llorando de emoción, yo también caigo de rodillas y grito milagro, y comienzo a rezar y a cantar himnos al Señor” (pág. 95).

 

SERES MÁGICOS

La Edad Media es un momento en que se cree en la existencia de seres prodigiosos, monstruos, escondidos en los confines del mundo o más cerca de lo que nos pensamos. Así nos lo cuentan en “Solsticios”: “Has de saber que hay cuatro clases de seres fantásticos: los silfos, que viven en el aire, las ninfas, que nadan en el agua, los duendes, que habitan la tierra, y las salamandras, que se alimentan del fuego. Son seres fabulosos creados por los dioses, que se mezclan con los hombres para sembrar la confusión entre ellos” (pág. 35). “El reino del año mil” también es una narración en donde los seres extraordinarios tienen cabida. Uno de los personajes habla de los peligros que acechan hasta llegar a la Ciudad Santa y dice, por ejemplo, que: “Tienes en primer lugar el país de los gigantes y el de los enanos. Luego el de las bellas pero dañinas amazonas, que son unas mujeres que disparan flechas infalibles por entre sus tetas, y alguna lega a rebanárselas para tener menos estorbo en el tiro. Después de encontrarás con los cíclopes (...)” (pág. 60 y ss).

Gilberto, en La espada y la rosa, explica sus experiencias como cruzado y su paso por el Nilo. Dice haber oído muchas historias, pero que él no ha visto ningún ser fantástico como el enidro o el ave fénix y concluye: “En fin, puede que existan esas maravillas, pero yo al menos no puedo asegurar su existencia, pues aunque me han hablado de ellas, nunca las vi” (pág. 46).

 

LA MUJER

“Las mujeres -dice doña Elvira en El secreto de la judía- han tenido suerte pocas veces a lo largo de su historia. Hubo pequeñas lagunas de paz para ellas, incluso de poder y respeto. Hubo alguna tierra donde ellas llegaron a ser sagradas...” (pág. 85). Y sigue dándonos más datos para conocer el papel de la mujer en la Edad Media: “Las mujeres, en la más estricta tradición judía, no tenían acceso a cierto tipo de estudios. Sus funciones se limitaban a la casa, a ser el pan y la sal del hogar y los hijos, mientras que sus espíritus debían rebosar modestia y humildad hasta aflorar a todos sus gestos... Si una pretendía acceder a los mismos estudios que sus hermanos, primero era reprendida, después, severamente castigada. Si persistía, podía ser obligada al exilio... Incluso a algo peor” (pág. 86)

Al pequeño Grau-Renato, que siempre ha vivido con los frailes, le sorprende ver mujeres: “...le parecían seres extraños, las miraba de reojo y las más jóvenes lo dejaban atónito con su andar garboso, sus trenzas recogidas bajo la cofia, sus manos pequeñas, su sonrisa” (La sombra del jabalí, pág. 46).

Al joven Ansúrez, de viaje a Córdoba, le sorprenden las mujeres árabes: “Al atravesar el zoco me sorprendieron las mujeres árabes, con sus trajes de telas finas y sus velos cubriéndoles la cara. En contraste con el velo bordado, todas parecían tener los ojos negros como la noche. Llevaban pulseras de plata y cristal en las muñecas y en los tobillos y tenían un andar cadencioso que arrancaba música de las pulseras. Y no sólo las jóvenes. Las mujeres ancianas también estaban llenas de una incomparable gracia” (pág. 58. Balada de un castellano).

Las hijas de nobles tampoco tenían un futuro halagüeño. El hermano de estas niñas dice: “Tengo dos hermanas de seis y cuatro años. Como son niñas, no tienen que aprender nada. Ya las han prometido en matrimonio a los primogénitos de los castillos vecinos.” (Marcabrú y la hoguera de hielo, pág. 134).

No obstante, y aunque sean excepciones, también hay mujeres independientes, con ideas propias, como Gisela, en El guardián del paraíso que “...era una mujer mucho más aguerrida de lo que su aspecto delicado podía hacer sospechar” (pág. 141). La condesa húngara Ilona de El secreto de la dama enjaulada es también una mujer fuerte y, cuando puede, vengativa, aunque, en los malos momentos, “...a pesar de que era una mujer fuerte y enérgica, no podía evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas al evocar aquellos acontecimientos” (pág. 36). En el mismo libro encontramos el único ejemplo de mujer disfrazada de hombre, la princesa Nadira, nieta del Gran Khan de Karakorum y una gran guerrera, algo excepcional por otra parte.

Mucho más podríamos decir, en otro momento quizás podamos centrarnos en la figura del protagonista de la mayoría de los relatos leídos, un joven adolescente que vive una especie de aventura iniciática que le permitirá crecer, enriquecerse, entender mejor su mundo y ser mejor persona. Es también lo que nos gustaría que les pasase a nuestros jóvenes. Dejemos la puerta abierta a la lectura. El Cid cabalga.

 

Notas:

[1] José Mª Merino: “Pasado y novela”,en Corrientes actuales de la narrativa infantil y juvenil española en lengua castellana, Madrid, Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, 1990, pág. 55.

[2] CLIJ, 50, pág. 22.

[3] En frase de Marguerite Yourcenar

[4] En “Introducción a la novela histórica española”, en La Espada de San Fernando, de Luiz

 

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© Anabel Sáiz Ripoll 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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