Manuel Orestes Nieto: memoria, nación y utopía

Erasto Antonio Espino Barahona, MLitt., MEd.

Colegio Brader / Universidad Católica Santa María la Antigua (Panamá)


 

   
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Resumen: La obra del laureado escritor nacional Manuel Orestes Nieto (1951) bien puede ser considerada -sin titubeos- como una transparente y valiosa apuesta literaria por la consolidación de la identidad nacional y la consecución de un orden social más justo y fraterno en el Istmo. El mejor método para confirmar esta valoración de Manuel Orestes Nieto será un examen sucinto y riguroso de la textura y mensaje de su obra poética, dado que es, primeramente, en la palabra literaria donde el escritor inscribe la huella estética de su posición ética e ideológica.
Palabras clave: Manuel Orestes Nieto, poesía panameña

 

De la valía literaria de la obra orestiana tenemos testimonios varios y autorizados. Cuando el maestro Rogelio Sinán afirmó que “Manuel Orestes Nieto es, sin duda, la novedad más importante de nuestra poesía” [1] no se trataba ciertamente de un comentario amable sin fundamento crítico, estético o ideológico. La certera valoración del abanderado de la Vanguardia literaria en nuestro país sobre la obra de Orestes Nieto, no hacía más que confirmar la legitimación de un poeta que, al decir de la narradora y académica Gloria Guardia, constituye “una de las voces mayores” de la poesía panameña contemporánea.

En la constitución de su voz poética, Orestes Nieto ha sabido mantener una ligazón profunda con el devenir del país, registrando nuestra historia desde una búsqueda estética que -a partir del pensamiento lírico y de la fuerza de la metáfora-, no desrealiza sino que asume la historia de Panamá en su lucha por el mantenimiento, desarrollo y consolidación del Estado-Nación. Un ejemplo logrado de esta apuesta ético-estética lo constituye Panamá en la memoria de los mares, poemario con el que Orestes ganó por segunda vez el Premio Ricardo Miró (sección poesía) en 1983:

Bordada a los océanos
donde la espuma hace deslizar
los cristales de las arenas y los sueños
con su continuo gotear de preguntas
olorosa a las anchas tardes
de sus nubes robustas y grises
como oráculos de lluvias puntuales
la patria ha sido una mujer entera
sin necesidad de maquillaje
mirando la claridad
y resistiendo la embestida
que no pudo derrumbar su casa.

(Canto 1, 65)

El poeta, luego de describir con pinceladas neorrománticas la situación geo-climática del Istmo, define en los versos que cierran el poema la función histórica y política de la patria con respecto a sí misma. Panamá aparece como una nación remitida a sus esencias para salvar el proyecto nacional que la constituye. Por ello, el poeta la significa en la noble imagen de “una mujer entera” que -sin poses ni falsías- resiste y afronta los retos endógenos y las agresiones neocoloniales que han signado nuestra historia. El espesor de lo nacional en la poesía de Orestes es tal que avala un juicio como el del académico Rodolfo de Gracia, quien señala que:

En Manuel Orestes Nieto se encuentra uno con una conciencia patriótica que estremece al lector por la fuerza y la contundencia de su palabra y por la consabida situación contextual de la que nacen sus versos que demuestran el amor por el terruño. [2]

Ejemplo de cómo Manuel Orestes Nieto recoge puntualmente los hitos fundamentales del arduo camino del país en la construcción de sí mismo es el poema inédito “Nido de Águilas” (2004), en el que la metáfora de “una ola maligna y negra / derramada en una playa blanca / de cuerpos inocentes e inertes” simboliza la imborrable gesta del 9 de enero de 1964. Igualmente, el mismo referente es evocado desde la figura de la patria como amada agredida en Panamá en la memoria de los mares, cuando el poeta confiesa que

Enero
fue una lágrima
pero sobre todo una descomunal manía
de amarte.

(Canto 17, 73)

Pero no es sólo al “país total” al que Manuel Orestes Nieto describe y rescata en su discurso poético. Allí también tienen cabida la microhistoria, es decir, la memoria cotidiana, aquélla del panameño sencillo que ve su vida atravesada por tensiones sociales, políticas y culturales que afectan o configuran la urdimbre de su existencia. Icono poético de esta amalgama entre texto/realidad, palabra encarnada en una subjetividad concreta es el poema “María Raquel de balcón a balcón”. El texto hace parte de uno de los poemarios más célebres del autor, Reconstrucción de los hechos, premiado en el Concurso Literario “Ricardo Miró” en 1972, cuando el poeta contaba con tan sólo veintiún años de edad. El poema expresa una mirada solidaria y cercana a los excluidos por prejuicios étnicos y de clase. Pero también denuncia aquellas prácticas sociales que -arropándose en el manto de una compasión falsa- llevan en su interior la marca de la discriminación. En efecto, en el poema se lee:

María Raquel de nombre te pusieron aquellos desconocidos
que te vieron con los ojos en lágrimas en el orfanato
tartamuda
perdida niña nombrando las cosas los juguetes
los otros niños
y te recogieron chiquilla en un acto humanitario
y contigo recogieron tu fantasía
lo más negro de tu piel tus moños cascabeles
tu primer y último traje

(...)

y María pobre retrasada fuera de siglo
sin circulación María negra empleada de empleada
barrendera sin razón
incomprendida
chiquilla de nueve años:

y vienen de no sé donde a hablarnos de humanidad
que fuiste recogida humanamente
con compasión con lástima con acto humano
con delicadeza
pero mentira -amorosa criatura- mentira
se han olvidado de ti
nunca te conocieron
no te han nombrado no saben quién eres

(“María Raquel de balcón a balcón”, 171-172)

La subalternidad y la exclusión son algunos de los temas esenciales que Manuel Orestes Nieto problematiza en su obra. Al mismo tiempo, otra vertiente temática importante ha sido el desarraigo cultural y la construcción de una identidad propia frente a una otredad alienante -hoy globalizada- y hasta hace poco enclavada en el propio territorio. Muestra de ello son los textos “Sagrada Familia” y “Nilka Smith” recogidos en Enemigo común (1973-1974) [3], o también el poema 22 que aparece en Nadie llegará mañana [4]:

El negro Arthur English trabaja en Diablo Heighs
vestido de blanco
a 0.75 la hora -precio
silver roll
vive a solas en calle Estudiante
ciudad de Panamá
se pasea en su
Chevrolet 59 todo niquelado
se sonríe con su chapa de tres dientes de oro
y anualmente vuelve a Jamaica
en un jet de la
Pan-Am

(...)

El negro Arthur English
no es un recolector algodonero de Alabama
no tiene ciertamente grilletes en los pies
no se le fustiga la espalda
no morirá de hambre bajo el sol
pero no levanta mucho la voz
le siguen mirando su oscura piel
le controlan su eficacia
y debe agradecer los favores recibidos
casi como un ciudadano
zonian
.(“Fiel servidor del Tío Sam”, 154)

tu familia era de fábula
hubo días en que me costó creer tanta armonía
todo bien todo
all right todo OK
todo resuelto con meses de anticipación:
en marzo cambiaremos el carro viejita
papá en la escuela habrá una excursión de 32 días a Europa
nosotras queremos ir
niña Aminta -el señor quería vodka no
whiskey-
quieres oír a Bach pasemos al estudio
Haló -eres tú- el sábado nos vamos para
Coronado
por qué no vienes va estar todo bien nice
(“Sagrada Familia”, 158)

Nancy se fue con Jacinto a Nueva York.

Ella era negra, tibia e irresistible,
y él un campesino blanco de
Guararé.

Se fueron a conquistar el mundo,
colgados de la obsesión
de que aquello era mejor que el cielo.

Treinta años después regresó,
como una historia de bolero;
su español era extraño, casi un trabalenguas,
y sólo hacía preguntas
sobre un país y una calle que ya no existían.

(Poema 22”, 34)

En buena parte de su poesía temprana, Manuel Orestes -a través de un logrado manejo del “coloquialismo”- ha evidenciado con meridiana claridad los cruces entre el texto y la vida. Esto le permitió convertirse en el genial epígono de la Generación del 58; insigne grupo de poetas que hizo del tema canalero uno de los ejes de su discurso ético-estético [5]. Al respecto, Enrique Jaramillo Levy ha recordado cómo “casi toda la poesía de Manuel Orestes Nieto, uno de nuestros grandes poetas, trata este tema desde una perspectiva nacionalista que en nada riñe con la calidad estética”. [6]

Posteriormente el poeta ha abierto su escritura a diversas puestas en forma que permiten expresar -con mayor densidad literaria- el deber axiológico con su entorno, con la Literatura y consigo mismo. Muestra de ello son los poemarios El mar de los Sargazos (1996) y El país iluminado (2001). En ambos textos, concebidos como la saga de una utopía en expansión, se plantea de modo rotundo el desafío social de la fraternidad, de la belleza y de la justicia. Como bien ha afirmado la crítica literaria: “El resultado es un mundo inédito, pero asombrosamente real. Su transparencia nos devuelve un espacio tangible, que contrasta con las fantasmales presencias del mundo descompuesto de nuestros días” [7].

Sus últimos poemarios imaginan la nación y el orbe entero con la figura de “Un vasto país como de rocío” [8] o como “Un mar sin violencia dentro de los mares” [9]: territorio cuyos habitantes “no han oído jamás el tambor/ que precede las marchas forzadas de los invasores” [10]. El poeta nos invita a creer en dicha nación trasmutada en metáforas labradas, al vislumbrarla como:

Una planicie del pastor y la hierba,
del ave y la semilla.
Un horizonte vegetal de esmeraldas y cristales,
flotando en un plato de porcelana y sol.
Una ilusión de magnolias y lirios
en aromas de albahaca y canela.

(...)

Donde el pez y la rosa
nacen de la misma explosión de la vida;
donde el ala de la mariposa y el girasol,
al surcar el aire,
fundan el rito del silencio de la esponja;
donde la rosa de los vientos
tiene su epicentro de espuma y nube.

(“Un mar dentro del mar”, 15-16)

Esta apuesta por un mundo posible, surcado por las rutas de la imaginación, no desdice de las amarras con lo político y con la cotidianidad. De hecho, los fictivos habitantes de este mundo poético plantean una autoridad capaz “de reordenar el caos y armonizar las turbulencias”; un gobierno que no es

un poder en la cúspide,
sino un desprendimiento, >
una noble tarea,
un recorrer, un servir a las demás vidas.
(“El Consejo de los Espejos”, 23)

Incluso, la arquitectura de la urbe se configura bajo un signo solidario, a tal punto que

Todas las casas
se hicieron de acuerdo al tamaño de las especies
y fueron dispuestas de tal manera
que sus entradas miran siempre hacia el crepúsculo.

(“La más bella ciudad de las aguas”, 28)

Es gracias a esta conciencia ciudadana, como el poeta puede dolerse -en cambio- de la pauperización y desterritorialización de ciudad de Panamá; sobre todo en el que fue su barrio de infancia, mejor conocido como Calle Estudiante. El lamento por la muerte civil de espacios urbanos fundamentales se hace patente en el poemario “Mañana de ámbar”, incluido en último libro laureado del poeta, Nadie llegará mañana. Allí el poeta se interroga:

¿Cuándo sucedió esta corrosión?

¿Cómo llegó aquí esta ruinosa tristeza,
este derrumbe
y este bullicio seco?

¿Cómo fueron muriendo,
a la vista de todos,
las escalinatas,
las aceras,
los vecinos
y el orgullo que nos envanecía?

(...)

¿Dónde diablos fuimos a parar
y dónde están las paredes y los clavos
que nos sostenían?

De pie, en este terreno baldío,
entre la yerba y el polvo ocre,
siento que he perdido el rastro,
que secuestraron la luz,
el impulso,
el cincel que nos hizo
y el aire
que respirábamos a bocanadas
y que fue toda nuestra libertad.

(Cantos, “31”, “32”, 44-45)

La poesía de Manuel Orestes Nieto ha significado un aporte esencial también en el campo de la reflexión ética. La suya es una poesía que no ha esquivado el reto de los interrogantes existenciales, como aquel ineludible de la muerte. En “Atardecer de añil”, el poeta expresa la desazón de un hablante lírico que confiesa:

Lo tremendo
es saber que uno no se consume solo,
que la hendidura hiere a otros;
a los que entrecruzaron su vida contigo,
a los del afecto,


a los del amor.

Basta mirar sus pupilas,
escuchar el tambor de su corazón
para saber que también se desangran.

(Canto “18”, 68)

El deber moral que impulsa axiológicamente a la “vida buena” de la que hablan los filósofos clásicos, es un reto que permanece en la conciencia y que nos hace preguntarnos con el poeta:

¿Del otro lado tendré derecho a la memoria?

¿Podré desde allí observar lo que fui?

Sería extraordinario revisar
cada celdilla de los segundos transcurridos,
ver los fotogramas de los años,
el expediente de mi vida
y poder reparar todo lo que dañé.
(Canto “13”, 63)

Como puede verse, luego de este rastreo crítico-textual, estamos ante un poeta total. La poesía ha sido en Manuel Orestes Nieto un río de ancho caudal en cuyo torrente todo cabe. Memoria, utopía y nación pueden ser las tres columnas fundamentales que abrazan, desde su geometría solidaria, la inmensidad de lo real. Y por ello, su poesía ha sabido dar cuenta de los combates de su tiempo y responder a las necesidades éticas y estéticas del país. Haciendo un justo balance de su obra, Isabel Barragán de Turner sintetiza así el aporte de Nieto a la nación panameña:

Manuel Orestes Nieto es uno de nuestros poetas vigentes más sobresalientes (...) [su obra] es una muestra ejemplar de poesía comprometida y de poesía cimera en la elaboración de sus claves artísticas. Manuel Orestes Nieto tiene un bien cimentado prestigio literario que está refrendado por muchos premios nacionales y continentales que rinden honor a la extraordinaria calidad de su arte y, también, a la importancia y resonancia de los temas que tratan sus versos. Entre ellos, la patria y sus vicisitudes históricas: la lucha por la soberanía en la Zona del Canal, el antiimperialismo, la denuncia de la realidad opresiva que nos rodea; el amor como un arma contra el statu quo, como piedra de toque para el mejoramiento del yo a través de la solidaridad. [11]

Lo anterior es posible y cierto porque como bien escribió Manuel Orestes Nieto en Poeta de utilidad pública (1990), la Literatura todo lo puede y lo podrá: Excepto acometer contra lo humano. (Canto 15, 78)

 

Notas:

[1] El comentario del maestro Sinán aparece consignado en la antología Rendición de cuentas (La Habana, 1991) que recoge una selección de los poemas más representativos de Manuel Orestes Nieto escritos entre 1968 y 1988.

[2] De Gracia R., Rodolfo A. Poesía, narrativa y reflexión. Panamá: 9 Signos Grupo Editorial, 2007, 18.

[3] Salvo que se indique lo contrario las citas poéticas de la obra de Manuel Orestes Nieto están extraídas de la antología Rendición de cuentas (1968-1988) publicada por la Editorial Arte y Literatura (La Habana: 1990).

[4] Galardonado con el Premio Nacional de Literatura “Ricardo Miró”, sección poesía 2002.

[5] Para una valoración del rol literario e ideológico de Manuel Orestes Nieto dentro de la globalidad del proyecto estético de la Generación del 58, véase el excelente ensayo de Damaris Serrano, La literatura panameña: historia, nación, sociedad. (Amor, cultura y conflictos en la segunda mitad del siglo XX). Panamá, INAC, 2006. Colección Ricardo Miró 2005.

[6] Cfr. http://ahora.com.do/Edicion1333/SECCIONES/cultura3.html

[7] Fallo del Jurado Calificador del Premio Literario “Ricardo Miró” 1996, sección Poesía; conformado por Irina N. de Ardila, Álvaro Menéndez Franco y Eduardo Hurtado (México), donde resultó premiado El Mar de los Sargazos.

[8] El país iluminado, 9.

[9] El mar de los Sargazos, 17.

[10] Ibíd., 21.

[11] En “Prólogo” de Panamá en la memoria de los mares o la escritura de la identidad. Erasto Antonio Espino Barahona. Panamá: PM Ediciones (2003, 11).

 

© Erasto Antonio Espino Barahona 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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