La sombra del pasado
en Un artista del mundo flotante, de Kazuo Ishiguro

Orlando Betancor

Universidad de La Laguna


 

   
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Resumen: Tras la Segunda Guerra Mundial, en un Japón en ruinas, el artista Masuji Ono rememora su pasado repleto de éxitos, traiciones y decisiones erróneas, bajo el peso de la culpa, en medio del amargo sabor de la derrota. En el período comprendido entre octubre de 1948 y junio de 1950 este pintor analiza su propia existencia, marcada por su compromiso ideológico con un régimen militarista, y contempla una nueva realidad que se transforma rápidamente ante sus ojos. Este mismo pasado se ha convertido en una extensa sombra que amenaza el porvenir de una de sus hijas.
Palabras clave: Kazuo Ishiguro, narrativa británica, pasado, culpabilidad, Segunda Guerra Mundial

 

Introducción

La novela Un artista del mundo flotante fue escrita por el escritor británico, de origen japonés, Kazuo Ishiguro el año 1986. El libro refleja la dramática realidad en la que se encuentra Japón tras la Segunda Guerra Mundial, una nación que se levanta de entre las ruinas, se abre a occidente y contempla con amargura los errores del pasado. Asimismo, se observan los profundos cambios sociales y políticos que supuso la derrota en la contienda de este país frente a los Estados Unidos. Los principales temas que aborda este libro son: la aceptación del pasado, la culpa, la traición, el perdón, la vergüenza y la nostalgia de un mundo del que sólo quedan cenizas.

Esta obra, narrada en primera persona, relata la historia de un pintor, Masuji Ono, uno de los artistas más famosos e influyentes de su época, un hombre comprometido con un régimen político y una ideología en la que creía firmemente. En el período comprendido entre octubre de 1948 y junio de 1950, lapso cronológico que marca el inicio de las negociaciones para el compromiso de su hija menor, su enlace matrimonial y el anuncio de su embarazo, Ono rememora su vida, su trayectoria artística y a las personas que le rodearon en medio de una nueva realidad que no logra comprender totalmente. Desde su dorado aislamiento, una vez retirado de su actividad profesional, observa el mundo que le rodea marcado por las secuelas de la guerra y recuerda con nostalgia la imagen de un pasado que ya no puede volver. La razón de su voluntario encierro aparece claramente expuesto en las palabras de su nieto: “Mi padre dice que lo tuvo que dejar porque Japón perdió la guerra”. Igualmente, el protagonista contempla impasible el final de una era de glorias militares, el ocaso de antiguos ideales y la inevitable caída de un régimen expansionista.

Este destacado pintor, lejos ya de sus días de triunfo, comienza un recorrido por el laberinto de su existencia, mientras su vida transcurre inexorablemente enclaustrada entre las cuatro paredes de su mansión que conserva en su estructura los efectos de un antiguo bombardeo. Ahora, en plena ocupación norteamericana, es un hombre condicionado por la sombra de su pasado. Su trabajo artístico se ve cuestionado por su entorno y por las opiniones vertidas desde distintos sectores por su apoyo a un gobierno que condujo al país a un conflicto de funestas consecuencias. Sus pinturas, reflejo de antiguas gestas, permanecen guardadas en su casa, alejadas de la vista de todos, convertidas en imágenes de una época que debe ser relegada al olvido.

El título del libro alude al término Ukiyo-e, que se traduce como “pinturas del mundo flotante”, género artístico que se desarrolló en Japón desde el siglo XVII hasta el siglo XX y cuyos diseños eran reproducidos en bloques de madera de cerezo y grabados por experimentados artesanos. De cada una de dichas tablas se podían imprimir miles de copias. Estas obras representan paisajes, imágenes de la vida cotidiana, retratos de actores del teatro kabuki y escenas de los barrios del entretenimiento y del placer, que parodian los proverbios budistas sobre la inconstancia y la transitoriedad de la naturaleza de las cosas. Entre los artistas que emplearon esta técnica se encuentran Kitagawa Utamaro, Katsushika Hokusai y Ando Hiroshige, entre otros. Esta técnica llegó a Europa a mediados del siglo XIX y su estética influyó en la producción plástica de pintores como Edgar Degas y Claude Monet.

El protagonista de este libro, tras introducirse en esta corriente artística, abandonará posteriormente las tradiciones pictóricas del “mundo flotante” para representar los fastos heroicos de un régimen militarista. Tras la derrota, mira hacia atrás y la visión gloriosa que plasmó en sus cuadros de un poderoso imperio se ha convertido en otro “universo flotante”, transformado en un bello espejismo que desaparece con las primeras luces del día, en una hermosa quimera que se ha difuminado para siempre en el aire en medio de los cambios que experimenta Japón durante la posguerra.

 

La imagen del pasado

En esta obra encontramos la referencia constante al pasado, factor omnipresente, que se extiende como una sombra sobre este artista y las personas que le rodean. El protagonista nos conduce en un viaje por un tiempo perdido, lleno de éxitos profesionales, fracasos morales y amargas mentiras. Esta novela analiza el ascenso y la caída en desgracia de Ono en su carrera como pintor desde los primeros años del siglo XX hasta comienzos de la década de 1950. En este itinerario por la vida de ese aclamado artista, el autor nos narra que este personaje se crió en el pueblo de Tsuruoka y comienza a reunirse a los doce años, cada semana, con su padre para escucharle hablar de la economía familiar, aspecto que a él sólo le causa un profundo hastío. Luego, encontramos la postura intransigente de su progenitor ante su deseo de convertirse en pintor cuanto Masuji tiene quince años. Su padre decide quemar sus dibujos al enterarse por su madre de su intención de dedicarse profesionalmente al arte. Éste, llevado por su egoísmo, rechaza completamente la idea de que su hijo se convierta en pintor y decide apartarlo de la pintura. Para la figura paterna los artistas viven simplemente en la miseria, llevan una vida desordenada y se encuentran rodeados de un mundo de tentaciones. El protagonista no desea seguir los pasos de su padre en la empresa familiar y esta acción sólo consigue fomentar sus ansias de pintar. El olor del fuego, que inunda la casa tras la destrucción de sus obras, quedará impreso de forma indeleble en su mente y permanecerá latente en la atmósfera de la novela creando un hilo conductor que encadenará determinados acontecimientos de su argumento. Después, en 1913, el artista dejará el hogar de su progenitor y se sumergirá en el “mundo flotante” del placer, de la vida disipada y del abandono de los sentidos, donde las imágenes más bellas se materializan en la noche y se desvanecen por la mañana. Así, en uno de sus capítulos se puede leer: “Lo mejor en la vida, me decía siempre, se vive una noche y desaparece con el día. Ono, eso que la gente llama el mundo flotante, es un mundo que Gisaburo sabía apreciar muy bien”. Este artista empieza de aprendiz en el taller del pintor Takeda, especializado en realizar pinturas en serie, y, más tarde, en la década de los años 20, estudia bajo las órdenes del maestro (sensei) Moriyama, junto al que llevó una vida disipada y llena de desenfreno. Luego, entra en contacto con Matsuda, un enigmático personaje que se encarga de reclutar artistas para la causa nacionalista y le insta a abandonar la estética del “mundo flotante” para adoptar una posición más comprometida socialmente, vinculándose a la sociedad Okada-Shingen, cuya misión consistía en “(…) abrirles los ojos a los jóvenes (…) y crear obras de verdadero valor para estos difíciles tiempos que corren”. A partir de ese momento empieza a buscar nuevos motivos estéticos y otros caminos artísticos. En ese instante, el protagonista le confesará a su maestro las dudas que ensombrecen su mente: “Durante estos años he aprendido mucho. He aprendido mucho observando el mundo flotante y apreciando la fragilidad de su belleza. Pero ahora, siento que debo pasar a otras cosas. Sensei, pienso que en tiempos como los que corren, los artistas deben aprender a valorar otras cosas más tangibles y dejar a un lado placeres que desaparecen con la luz del día. No es necesario que los artistas se queden siempre en ese mundo cerrado y decadente. Sensei, mi conciencia me dice que algún día tendré que dejar de ser un artista del mundo flotante”. Así, su arte se transforma cuando toma conciencia de su compromiso ideológico por una causa que cree justa y por la que pretende realizar una obra verdaderamente importante que sea una contribución para la nación. El pintor se deja seducir plenamente por la estética de este nuevo movimiento que deseaba ver a Japón convertido en un gran imperio, restaurar el poder absoluto del emperador y transformar al país en la mayor potencia de Asia. Su plástica se llena de símbolos heroicos, gloriosos lemas y deslumbrantes banderas, formando parte del engranaje propagandístico de un régimen expansionista. En los años siguientes, el protagonista adquirirá un amplio reconocimiento social y profesional, se convertirá en un destacado maestro e inculcará a sus discípulos sus elevados ideales dentro del nuevo espíritu patriótico: “Y creo que todos los aquí presentes en torno a esta mesa (…) tenemos derecho a estar orgullosos. Si la frivolidad y el mal gusto son dos cosas que han estado predominando a nuestro alrededor, en estos momentos aflora en Japón un espíritu mucho más noble y varonil del que formáis parte todos vosotros. Mi mayor deseo es que no abandonéis este nuevo estilo y lleguéis a convertiros en sus principales representantes. (…) Este rincón nuestro donde nos hallamos reunidos, es una prueba del nacimiento del nuevo espíritu y todos tenemos derecho de sentirnos orgullosos”. Después, en la posguerra, llega el declive de su éxito y su figura cae en el olvido, pues su estética no es vista con buenos ojos en el nuevo Japón.

En este periplo por el pasado, observamos la complejidad del pensamiento del protagonista que se puede interpretar desde diferentes ángulos como una imagen plasmada en un lienzo. A lo largo de la novela, asistimos a la evolución de sus planteamientos desde la inamovilidad inicial de sus convicciones hasta la plena aceptación de los errores que han jalonado su existencia. Inicialmente, este personaje se enfrenta a su propia historia con una postura firme donde no existen fisuras sobre lo correcto de su actuación. En ese momento, Ono no está dispuesto a renegar de sus triunfos, de sí mismo y de sus lealtades políticas. Se siente orgulloso de sus ideales y no se arrepiente del apoyo prestado al régimen expansionista durante su permanencia en el poder. Así, un amigo le dice al pintor: “Durante estos últimos tres años apenas me he movido de esta casa (…). No obstante, he tenido los oídos bien atentos y sé muy bien lo que está pasando en este país. Sé que ahora hay quien condena a gente como tú y como yo por ideales que defendimos en otra época y de los que nos sentíamos muy orgullosos”.

La verdadera confrontación con los errores de su pasado se inicia a la hora de concertar el matrimonio de su hija pequeña, Noriko. Ésta observa decepcionada que su compromiso con su prometido Jiro Miyake se desvanece sin una explicación clara que revele la verdadera razón por la que la familia del novio se retracta de su ofrecimiento. La expresión empleada para cancelar esta unión es la de “matrimonio en inferioridad”, aludiendo a la menor posición social de los Miyake. Sus hijas insinúan que detrás de esta excusa se esconde la vinculación política de su padre con el antiguo gobierno y su posterior caída en desgracia. Su primogénita, de nombre Setsuko, le sugiere que “tome precauciones”, refiriéndose veladamente a su pasado, cuando comienzan al año siguiente las negociaciones para prometer nuevamente a Noriko con otro joven y evitar que se pueda malinterpretar su relación con el régimen anterior.

El autor de la novela analiza con esmero la costumbre del miai, una celebración tradicional entre los matrimonios concertados en Japón. En este tipo de enlaces, es una práctica habitual entre los contrayentes contratar a investigadores profesionales, expertos en estos temas, o bien se elige a un familiar o amigo íntimo, conocido como nakôdo, para valorar los méritos de la pareja interesada y sus respectivas familias. Si los resultados se consideran satisfactorios, ambas partes organizan una reunión formal, el miai, que consiste en una comida u otro tipo de acto social. En muchas ocasiones este encuentro constituía la primera vez en la que ambos contrayentes se veían frente a frente. Por amor a su hija, el artista inicia una serie de visitas entre sus antiguos conocidos para evitar que se revelen detalles comprometidos de su existencia, que puedan lesionar los intereses de Noriko, cuando la persona designada por la familia del novio vaya a visitarlos.

Poco a poco, el protagonista va asumiendo la existencia de errores que llevó a cabo en nombre de una ideología que creía correcta. Ante la sutil advertencia de su hija mayor sobre su pasado, prefiere hacer una declaración pública por las faltas cometidas en apoyo del régimen anterior durante la reunión, celebrada en un conocido hotel, entre Noriko y Taro Saito, con tal de no comprometer la felicidad de ésta. Con este singular “mea culpa” prefiere adelantarse a un contrincante imaginario, que existe sólo en su subconsciente, y opta por una confesión personal para que la familia del joven no se vuelva atrás como había sucedido, supuestamente, con el primer compromiso de su hija: “Hay quienes dicen que personas como yo son las responsables de los horrores que hubo de padecer esta nación. Yo, personalmente, reconozco que cometí muchos errores. Admito que hice muchas cosas que, a la larga, resultaron perjudiciales para nuestro país, y que tuve un papel importante en lo que finalmente supuso un infierno inenarrable para nuestro pueblo. Lo reconozco y, como pueden ver, lo reconozco sin ningún tipo de reservas”. También, el pintor añade lo siguiente: “(…) Ya ve, doctor Saito. No me cuesta reconocerlo. Sólo puedo decir que por aquel entonces actué de buena fe. Realmente creí estar ayudando a mis compatriotas. Pero ahora, como ve, reconozco sin ninguna reserva que estaba equivocado”. El artista asume sus faltas condicionado por un conjunto de razones que lo han forzado a actuar de esta manera: “Esto no quiere decir que algunos momentos de la noche no fueran dolorosos para mí, ni que hubiese hecho las declaraciones que hice sobre mi pasado si las circunstancias no me hubiesen obligado a hacerlas. Dicho esto, debo decir que me cuesta comprender cómo un hombre que se respeta a sí mismo puede evitar durante mucho tiempo la responsabilidad de las acciones cometidas. Aunque no sea fácil, reconciliarse con los errores que hayamos podido cometer a lo largo de nuestra vida siempre produce satisfacción y orgullo. Mucho más si se trata de errores que cometimos de buena fe. Lo que de verdad es vergonzoso es no poder o no querer reconocerlos”. En esta reunión, acontecimiento trascendental en el desarrollo de esta trama, el pintor se asegura de que su pasado no se convierta en un obstáculo para el futuro de su hija, pues su dicha era primordial para él: “(…) Noriko siempre ha infravalorado a este viejo que tiene por padre, pero no soy de los que hundiría a su hija en la desgracia por negarse a ver las cosas como son”.

Tras esta confesión pública el pintor esperaba calmar a los antiguos fantasmas que se escondían en su conciencia. Ante sus palabras, los miembros de la familia Saito se muestran desconcertados sin saber qué pensar, pues, al fin y al cabo, ellos no le habían reprochado nada al protagonista sobre su antigua vinculación política en ningún momento. La frustración del artista queda patente meses después cuando Setsuko le hace una visita y le informa del contenido de una carta de Noriko donde afirma su sorpresa y cierta incomprensión ante la reacción de su padre durante esta velada, al igual que el resto de los comensales. También, su hija mayor se niega a aceptar que ella le instigara a renegar de su pasado, tanto artístico como personal, para salvar el matrimonio de su hermana o le indujera a iniciar una ronda de visitas entre sus antiguos conocidos antes de que se iniciaran las averiguaciones por parte de la familia Saito: “(…) Estoy dispuesto a reconocer que hay aspectos de mi carrera de los que realmente no tengo motivos para estar orgulloso. Así lo reconocí durante las negociaciones, tal y como tú me sugeriste”. Ésta rechaza por completo las afirmaciones del cabeza de familia y tampoco ve en la conducta de su padre nada deshonroso durante el régimen anterior, pues él había sido una simple pieza más dentro de la maquinaria ideológica de un gobierno que arrastró a la nación a una aventura bélica sin sentido. Igualmente, la joven le dirige a su progenitor estas frases: “(…) Al parecer, su deseo de compartir la responsabilidad que también tenían políticos y generales no carecía de fundamento. Comete usted un error si se ha comparado alguna vez con ellos. Después de todo, usted era pintor”. Además, ésta se pregunta hasta qué punto un mero artista pudo tener alguna responsabilidad política ante lo sucedido y añade lo siguiente: “Discúlpeme, pero quizá haya que ver las cosas tal y como son. Usted hizo unos cuadros maravillosos y, sin duda, de todos los pintores, fue el más influyente. Pero ¿qué influencia pudo tener su obra en todo esto que estamos hablando? Tiene que dejar de seguir sintiéndose culpable”. Finalmente, su hija se muestra preocupada por el estado anímico en el que se encuentra su padre en esos momentos y comenta: “Sin embargo, hay que dejar bien claro que nadie le ha reprochado a usted nada de su pasado”.

El peso de la culpa

En esta obra observamos las dos caras de la derrota de Japón durante la Segunda Guerra Mundial: la postura de los que apoyaron al régimen anterior y miran con nostalgia los signos del pasado imperial, y la de la juventud que cuestiona los dogmas de sus padres y reprueba su conducta en el período precedente. La primera está representada por el personaje de Matsuda, mientras que la segunda está encarnada en la figura del hijo político del protagonista, Suichi, que había servido como soldado en Manchuria y cuya experiencia en la contienda le deja serias secuelas emocionales. Éste muestra su animadversión contra la generación de su suegro a la que culpa de la muerte de millares de jóvenes. Además, define como “la gran cobardía” la incapacidad de sus mayores de reconocer su responsabilidad al conducir al país a una guerra sin sentido: “(...) ¿sabe qué hacen ahora los que mandaron al frente a jóvenes como Kenji para que murieran valientemente? Siguen viviendo, y sus vidas no han cambiado gran cosa. Algunos, incluso, viven mejor que antes. Han aprendido cómo comportarse delante de los americanos, y eso que son los mismos que provocaron esta catástrofe. Y fíjese, es por jóvenes como Kenji por los que ahora lloramos. Eso es lo que me irrita. Hombres jóvenes y valientes que han muerto por causas estúpidas, mientras que los verdaderos culpables siguen entre nosotros, temerosos de mostrarse como lo que son y admitir que son los responsables”. En un principio, el artista considera absurdas las recriminaciones de los jóvenes hacia los miembros de su generación y no se siente inmerso dentro de una vergonzosa “culpa colectiva” por la aventura expansionista que condujo a la guerra. El protagonista no logra entender el rencor que éstos albergan contra sus mayores: “Mi yerno no es un caso único. Ahora mismo es un hecho patente en todas partes. El cambio que ha experimentado esta última generación es un fenómeno que no llego a comprender por completo, y algunos aspectos de este cambio son sin duda preocupantes”. Asimismo, el pintor se queja de la actitud de la sociedad de este tiempo a la que considera llena de cinismo y de amargura.

La muerte como forma de expiación de la culpa por los errores cometidos en el pasado es un tema que subyace en toda la novela. La pérdida de la propia vida se convierte en una manera de pedir perdón por los pecados cometidos a toda la nación. Así, uno de los personajes de la novela manifiesta lo siguiente sobre el suicidio de un directivo de una empresa vinculado al régimen anterior: “Nuestro presidente se sentía responsable de determinados negocios en los que estuvimos envueltos durante la guerra. Los americanos ya habían despedido a dos dirigentes, pero es obvio que a nuestro presidente no le pareció suficiente. Con lo que hizo pidió perdón en nombre de todos nosotros a las familias de los que murieron en la guerra. (…) Tiene usted toda la razón, pero, para serle sincero, de algún modo nuestra empresa se siente más tranquila en estos momentos. Ahora ya podemos olvidar los errores que cometimos en el pasado y pensar en el futuro. Lo que ha hecho nuestro presidente es admirable”. Ante estas palabras, Ono considera que es injusto que sean los mejores hombres del país los que se quiten la vida por su vinculación con el antiguo gobierno y su interlocutor le responde: “Como dice usted, es una lástima. Sobre todo cuando vemos que hay quienes deberían pedir perdón entregando sus vidas, pero son demasiados cobardes e incapaces de enfrentarse con sus responsabilidades. Por eso son sólo los hombres verdaderamente nobles, como nuestro presidente, los que aceptan el sacrificio. Sé que hay muchos auténticos criminales de guerra que han recuperado los puestos que ostentaron durante la contienda, y son ellos los que deberían pedir perdón. (…) Pero son los que llevaron al país a la perdición. Por lo menos deberían reconocer que son responsables. No admitir sus errores es una cobardía. Sobre todo errores que cometieron en nombre de todo el país”. Asimismo, sobre el suicidio del compositor Yukio Naguchi, comprometido con la ideología del régimen anterior, Ono le dice a su nieto: “(…) Sólo fue un hombre que trabajó mucho por lo que él consideraba bueno. Pero al acabar la guerra, todo cambió. Las canciones que había compuesto el señor Naguchi se habían hecho muy populares en todo Japón (…). Las ponían en la radio y en los bares, y la gente como tu tío Kenji las cantaba en el ejército cuando desfilaba o antes de una batalla. Después de la guerra el señor Naguchi pensó que…, bueno, que había cometido un error componiendo esas canciones. Pensó en toda la gente que había muerto, en todos los muchachos de tu edad que ya no tenían padres, pensó en cosas así y, en fin, pensó que se había equivocado con esas canciones y sintió que debía pedir perdón a los que habían sobrevivido, a los muchachos que ya no tenían padres y a los padres que habían perdido a sus hijos. Quiso manifestar su pesar a esa gente y creo que por eso se mató. El señor Naguchi no fue una mala persona ni mucho menos. Tuvo el valor de reconocer los errores que había cometido. Fue muy valiente y digno de admiración”. Además, las hijas de Ono temen que su sentimiento de culpa por los errores pasados le conduzca a acabar con sus días al igual que este viejo compositor, buscando una forma honorable de pedir disculpas por su conducta, aunque aparentemente el artista nunca pensó en llevar a cabo tal acción. Igualmente, la presencia de la muerte se nos muestra a través de las figuras de la esposa del protagonista, Michiko, fallecida durante el bombardeo de su casa en 1945, y la de su hijo Kenji, caído en el frente de batalla: “Las cenizas de mi hijo habían tardado más de un año en llegar desde Manchuria. Siempre nos decían que era debido a los obstáculos que ponían los comunistas. Y cuando por fin llegaron las cenizas, así como las de otros veintitrés jóvenes caídos como él en una desesperada incursión por un campo de minas, nadie nos garantizó que fueran realmente las cenizas de Kenji (…)”.

 

El amargo sabor de la traición

En este recorrido por el pasado de este artista, encontramos el tema de la traición que puede ser interpretado desde diferentes puntos de vista. Por defender su ideología, Ono fue capaz de traicionar a su alumno más aventajado, que es arrestado por mostrar una postura disidente contra los principios estéticos imperantes durante la guerra, convirtiéndose en víctima de la represión. Por entonces, el protagonista era miembro del Comité de Cultura del Ministerio del Interior y consejero especial del Comité de Actividades Antipatrióticas y proporcionó información a la policía sobre su antiguo discípulo, pero se muestra disconforme con su detención: “(…) A la comisión sólo le dije que enviaran a alguien que metiera en razón a Kuroda, que hablase con él”. La policía quema las pinturas de su antiguo alumno al considerarlas material ofensivo y antipatriótico, transformándolas en pasto de las llamas, como anteriormente había hecho su progenitor con las suyas. Así, su última visita a la casa de Kuroda le trae a la memoria nuevamente el aroma del fuego. Aquí, el autor de la novela establece un curioso paralelismo entre la relación padre-hijo y maestro-discípulo, representado por la relación entre Ono y la figura paterna y, luego, entre el protagonista y su mejor alumno que se enfrenta a su autoridad moral y a sus posturas artísticas. Su discípulo es acusado de traición, encarcelado y torturado durante su encierro. Al acabar la guerra, es liberado y se le contrata como profesor de Bellas Artes en una universidad. Cuando se inician las negociaciones para el compromiso de Noriko, el artista decide visitar a su antiguo alumno para intentar limar asperezas y evitar que revele detalles de este incidente, pero él no desea volver a ver a su maestro bajo ningún concepto. Después, en la reunión con la familia Saito, tras descubrir que el hermano del prometido de su hija estudia en el mismo centro donde su discípulo imparte sus clases, el artista manifiesta lo siguiente antes de que se divulguen aspectos de este suceso: “(…) hay quienes piensan que mi carrera ha tenido una influencia nefasta. Una influencia que hoy en día más vale borrar y olvidar. Soy consciente de que es una opinión bastante generalizada, compartida también por el señor Kuroda”. Igualmente, un personaje de la novela le dirige al protagonista, en una clara referencia sobre su actuación en contra de su alumno, estas duras palabras: “Ahora ya sabemos quiénes eran los verdaderos traidores, y muchos de ellos andan por ahí sueltos”. De la misma manera, al pintor Sasaki, discípulo de Moriyama, también se le acusa de “traidor” por indagar en otras vías estéticas alejadas de los preceptos de su maestro. Este calificativo, generalizado en los talleres de la época cuanto se contravenían principios artísticos considerados como inmutables, es empleado contra Ono cuando abandona el “mundo flotante” para buscar nuevos horizontes pictóricos lejos del rígido academicismo imperante. Además, el artista se negará a entregarle a su maestro sus últimas pinturas, al iniciar el camino del éxodo, pues supondría seguramente su destrucción entre las llamas de una hoguera.

También, en esta obra, encontramos al personaje de Shintaro, uno de sus alumnos menos aventajados, un astuto oportunista que reniega de sus principios y traiciona su pasado. Le pide al protagonista una carta de recomendación para enviar a un comité de selección para una plaza de profesor de instituto, en la que ratificara que ambos habían tenido divergencias ideológicas, durante los años 30, sobre un determinado tema político, pues había que contentar a las nuevas autoridades americanas: “Quizá recuerde usted, por ejemplo, que aunque al final me ajustara a sus criterios, cuando hice los carteles sobre la crisis de China tuve mis dudas al respecto, e incluso me atreví a dejarle bien claro mi parecer”. Por su parte, Ono manifiesta su opinión sobre lo sucedido: “(…) Sí, ya recuerdo sus carteles. En aquel momento crucial, el país tuvo que mostrarse enérgico y decidir lo que quería. Que yo recuerde, su postura fue correcta y todos nos sentimos muy orgullosos de su trabajo”. De todos modos, su antiguo discípulo insiste en recalcar que los dos tuvieron serias discrepancias sobre esta obra para demostrar su desvinculación con la ideología de su maestro.

 

La atmósfera de la posguerra

El mundo idílico que rodeó al artista antes de la guerra se ha desvanecido por completo tras la contienda y da paso a una nueva realidad marcada por la visión de la destrucción y las ruinas. El pintor contempla a su alrededor y observa la imagen de una ciudad destruida, edificios calcinados y los escombros de un pasado glorioso. En sus páginas se observa la transformación del antiguo “barrio de la vida nocturna”, frecuentado por el artista y su círculo de alumnos desde el período anterior al conflicto, que fue objeto de intensos bombardeos durante la contienda: “(…) Fue durante el primer año de ocupación, antes de que echaran abajo el Migi-Hidari y todos los demás edificios. Ahora no sé muy bien adonde me dirigía, pero decidí pasar por nuestro antiguo barrio de vida nocturna, completamente en ruinas, mirando por debajo del paraguas los esqueletos de los edificios que aún quedaban en pie”. Asimismo, en la posguerra, se inicia la reconstrucción de un país que resurge de sus cenizas. En la novela, se observa la presencia constante de excavadoras, camiones trasladando materiales, el ruido de las perforadoras y el trabajo incesante de los obreros en la construcción de nuevos edificios. También, el artista termina por asumir que el antiguo barrio, que formó parte de su vida y la de sus discípulos durante tantos años, es una imagen del pasado y parte de ese particular “mundo flotante” que vive sólo en el recuerdo: “(…) El barrio había sido magnífico, sí. Todos habíamos disfrutado mucho y la alegría y el buen humor que impregnaban nuestras discusiones siempre habían sido sinceros. Pero quizá aquella alegría no fuera tan positiva y, como otras muchas cosas ahora, tal vez sea mejor que todo aquel mundillo haya desaparecido para no volver. Aquella noche estuve a punto de decirle estas mismas palabras a la señora Kawakami; sin embargo, decidí que habría sido una falta de tacto. Naturalmente, su antiguo barrio significaba mucho para ella. La verdad es que le había dedicado todas sus fuerzas y toda su vida; por lo tanto, es fácil comprender que se negase a aceptar que aquello formaba ya, y para siempre, parte del pasado”. También, junto a la imagen de la devastación, encontramos nuevamente el olor de las llamas que se asocia con la destrucción y la muerte, que planea como una nube ardiente sobre la atmósfera de la novela, convirtiéndolo todo en cenizas. Así, en una de sus páginas, el artista comenta lo siguiente: “El olor a quemado me sigue molestando (…). Hasta hace poco aún lo asociábamos al fuego y a las bombas”.

 

Cambios políticos y sociales

Tras la rendición incondicional de Japón, al final de la Segunda Guerra Mundial, el país experimenta una serie de profundos cambios políticos, marcados por la ocupación de las fuerzas americanas que comenzó en septiembre de 1945 y se mantuvo hasta el mes de mayo de 1952. Esta nación comienza un amplio proceso de democratización, se produce la desmovilización de las fuerzas armadas y se inicia la reforma constitucional. Además, los responsables políticos del conflicto son condenados por crímenes de guerra, caso del general y primer ministro japonés Hideki Tôjô, artífice de la invasión japonesa en Manchuria, que fue ejecutado el 23 de diciembre de 1948. Asimismo, se levanta por todo el país una ola de protestas contra las antiguas canciones militares, ahora consideradas como cánticos reaccionarios. La mejor ilustración de este cambio de mentalidad es la figura del muchacho de la familia Hirayama, un discapacitado psíquico, que entonaba en las calles y plazas estos himnos y recitaba fragmentos de discursos de propaganda política, que antes eran alabados por el pueblo y hoy son denostados como propios de una época que debe ser borrada de la memoria. Tras la contienda, es agredido violentamente por desconocidos por cantar dichas estrofas y recitar estas viejas consignas patrióticas. Al mismo tiempo, encontramos en las páginas de esta novela, la palabra “rendición”, repetida en multitud de ocasiones, que alude a las consecuencias de la derrota y a la sensación de fracaso, desaliento y vacío existencial de sus gentes ante la situación del país después de la conflagración. También, los cambios que se producen en la sociedad japonesa tras la guerra se aprecian claramente en estas palabras pronunciadas, en medio de una conversación, entre el protagonista y el marido de su hija Noriko, donde se alude a la depuración de altos cargos que tuvo lugar en las empresas de la nación en el período posterior a la guerra: “(…) Sin duda, en la KNC tienen motivos más que suficientes para ver el futuro con optimismo, pero lo que querría preguntarle es si realmente resulta tan positiva toda esa criba que hicieron después de la guerra. He oído que de la antigua dirección no queda prácticamente nadie”. Igualmente, en las siguientes líneas, se observa el complejo dilema que surge entre tradición y modernidad, que se establece en el país, ante este proceso de transformación: “(...) ¿no cree usted que a veces nos apresuramos demasiado en copiar a los americanos? Yo soy el primero que piensa que muchas de nuestras antiguas costumbres hay que hacerlas desaparecer para siempre, pero... ¿no cree que a veces junto a lo malo nos deshacemos también de cosas buenas? La verdad es que en este momento Japón parece un niño que aprendiera de un adulto extranjero”. Además, su hijo político expresa su opinión sobre los principios importados de Norteamérica: “Tiene usted razón, padre, en algunas cosas nos hemos apresurado, pero en conjunto, tenemos mucho que aprender de los americanos. Por ejemplo, en pocos años hemos llegado a asimilar valores como la democracia y los derechos de la persona. Tengo incluso la impresión de que el país ha sentado las bases para levantar un gran futuro”. De la misma manera, la influencia americana se observa en los héroes que imita Ichiro, nieto del protagonista, en sus juegos infantiles, en las comidas importadas de los Estados Unidos y en las frases que repite de las películas de vaqueros.

 

Conclusión

Al final de la novela, el protagonista ha asumido plenamente su pasado y no teme reconocer el alcance de sus equivocaciones en el devenir de su existencia. En una conversación entre el artista y Matsuda, que se acerca en esos momentos al término de sus días, éste dice lo siguiente: “En fin, no tenemos por qué reprocharnos nada (…). Creíamos en lo que hacíamos y nos esforzamos en todo al máximo, sólo que al final resultó que no éramos hombres tan especiales ni tan perspicaces como habíamos creído. Nuestra desgracia fue haber sido hombres normales en una época que no lo era”. Asimismo, su amigo muestra su visión sobre su vinculación con el régimen anterior y la trascendencia que la misma tiene en estos tiempos: “Militares, políticos, hombres de negocios, a todos se les ha culpado de lo que ocurrió en este país. Nosotros, en cambio, sólo tuvimos un papel marginal. Ya a nadie le importa lo que hicimos personas como tú y yo. Para la gente sólo somos dos viejos con bastón. (…) Ahora somos los únicos que nos preocupamos. Vemos los errores cometidos en nuestra vida, pero, en realidad, somos los únicos que nos preocupamos todavía por esas cosas”. Este anciano pintor, artífice de algunos de los iconos propagandísticos más famosos del régimen militarista, define este proceso de aceptación de su propia historia de la siguiente manera: “Después de todo, es un consuelo y una gran satisfacción mirar hacia atrás y ver que sólo hemos fracasado en algo que otras personas no han pensado ni intentado llevar a cabo”. Precisamente, al compararse con otros antiguos compañeros de profesión como el “Tortuga” o Shintaro, expresa lo siguiente: “Gentes como ellos ignoran lo que es luchar contra la mediocridad arriesgándolo todo”. Igualmente, el artista es capaz de reconocer, en el ocaso de su existencia, que algunas de sus obras le inspiran sentimientos de vergüenza por los principios ideológicos que representaban: “(…) Ya sé que ahora Mirada hacia el horizonte, a pesar de sus valores artísticos, es un cuadro desfasado. Reconozco incluso que es un cuadro vergonzoso por los sentimientos que refleja. No soy de los que temen reconocer los errores de épocas pasadas”.

Con el anuncio de los embarazos de sus dos hijas, el artista mira hacia adelante con optimismo; contempla la transformación que experimenta el antiguo “barrio de la vida nocturna”, que ha desaparecido por completo bajo el peso de las excavadoras y da paso a una zona de nuevos edificios con fachadas de cristal, renaciendo completamente de sus cenizas; y se decide a pintar otra vez. Además, se muestra esperanzado con el futuro que le espera a Japón y destaca el papel de la nueva generación en este período de grandes cambios: “(…) Sin embargo, ver cómo se ha reconstruido nuestra ciudad y lo deprisa que se ha recuperado, me llena de satisfacción. Parece que, a pesar de los errores cometidos, nuestro país puede todavía enmendar su destino. A estos jóvenes, por lo tanto, no nos queda más remedio que desearles lo mejor”.

A medio camino entre oriente y occidente, Kazuo Ishiguro nos ha conducido en un viaje por la existencia de un artista, llena de éxitos y elecciones equivocadas, en medio del Japón de la posguerra. Asimismo, este escritor nos ha transportado por los sentimientos y las vivencias de este anciano pintor a través de su particular “mundo flotante” de luces y sombras que constituye la esencia de su pasado.

En esta novela se observa el depurado estilo narrativo de este autor británico. Como en otras de sus obras, narradas en primera persona, el argumento de este libro se muestra a través de un protagonista que va plasmando una imagen de sí mismo y de su tiempo, transformando detalles de su existencia y, otorgándoles diferentes interpretaciones, pero permitiendo al lector la posibilidad de elaborar sus propias ideas. En una entrevista, el autor comenta que este tipo de narradores, en sus primeros libros, “no eran muy confiables” [1] por su tendencia a engañarse a ellos mismos al mirar hacia el pasado y contemplar el fracaso en que habían convertido sus vidas. Además, sorprenden sus descripciones, llenas de penetrante delicadeza y serena intensidad, del paisaje y de la atmósfera de la ciudad, de sus calles y de los locales en el “barrio de vida nocturna”. Asimismo, su relato The Summer After the War, publicado en 1983, en la revista Granta 7, sirve de base para el argumento de Un artista del mundo flotante. En esta narración encontramos el mismo escenario, la presencia de algunos de sus personajes y determinados detalles de su trama. En ambas obras, aparece el pequeño Ichiro, la mansión afectada por los efectos de la guerra y la figura del abuelo pintor, citado cariñosamente como Oji, que es el nombre familiar que emplea el nieto de Ono para referirse a éste. También se menciona el póster de la crisis de China de 1937, una obra propagandística, que representa a un samurái delante de la bandera de Japón junto a un lema de inspiración patriótica, y al viejo discípulo que pide una carta de recomendación a su maestro para que le desvincule de sus antiguas actividades políticas. En el caso del libro analizado en este ensayo, Masuji Ono es el personaje que narra la historia, mientras que Noriko aparece en éste como su hija y en el relato en el papel de sirvienta. Estos textos abordan temas como la imagen del pasado y el sentido de culpabilidad, aspectos recurrentes en la obra de este escritor, que se muestran asimismo en su libro Pálida luz en las colinas, el cual comparte con esta novela su temática japonesa y su ambientación en la posguerra. La crítica especializada ha establecido un paralelismo entre los personajes de Ono y Ogata, suegro de Etsuko, protagonista de esta obra, pues ambos son artistas, viudos, vinculados con el régimen militarista y cuyos hijos tienen ideas que contrastan frontalmente con las suyas.

Kazuo Ishiguro nace en Nagasaki, Japón, el 8 de noviembre de 1954. A la edad de seis años se traslada a Gran Bretaña, donde recibe una formación académica totalmente occidental. Este autor cursa la primera enseñanza en Surrey. Después, estudia en la Universidad de Kent Lengua Inglesa y Filosofía, graduándose en 1978, y luego se doctoró dos años más tarde en la Universidad de East Anglia en Escritura Creativa bajo la dirección del escritor Malcolm Bradbury, quien había fundado e impartido dichos cursos de postgrado, donde tiene como profesora a la periodista y novelista británica Angela Carter. Anteriormente, había pensado en dedicarse al mundo de la música y, en este período, trabaja como asistente social en la ciudad de Glasgow, Escocia, y a continuación en Londres, donde entra en contacto con la problemática social de su tiempo.

Tras publicar varios relatos cortos en la antología Introduction 7: Stories by New Writers en 1981, el escritor publica su primera novela Pálida luz en las colinas (1982), en la que narra los dolorosos recuerdos de una mujer japonesa, de cincuenta años, que vive en Inglaterra después del suicidio de su hija mayor, por la que ganó el premio Winifred Holtby de la Royal Society of Literature y que fue incluida por la crítica norteamericana entre los títulos más importantes de ese año. Su siguiente obra Un artista del mundo flotante recibió el galardón Whitbread de Literatura. Después, ve la luz su libro Los restos del día (1989), su obra más conocida y con la que consiguió el prestigioso premio Booker Prize. Además, fue llevada al cine en 1993 con la participación de los actores Anthony Hopkins y Emma Thompson con el título de Lo que queda del día, cinta dirigida por James Ivory. Este libro constituye una amarga reflexión sobre la existencia humana, a través de la mirada de Mr. Stevens, un típico mayordomo inglés, consciente de sus deberes, que recuerda desilusionado los distintos momentos de su vida, dedicada a su carrera profesional, para terminar comprendiendo que ha malgastado totalmente su existencia de forma absurda tras haber cumplido con lo que creía que era su obligación. Este texto destaca por la minuciosa reconstrucción de los acontecimientos históricos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En el año 1989 realizará una visita corta a su país natal en colaboración con The Japan Foundation. Más tarde, le seguirán El desconsolado (1995), situada en un país europeo sin identificar, que narra la angustiosa peripecia surrealista y kafkiana de un pianista que interpreta un concierto que nunca llega a escucharse; Cuando fuimos huérfanos (2000), cuya trama está situada en Shangai, donde el personaje de Christopher Banks, célebre detective londinense, trata de resolver un misterio que le obsesiona desde la infancia, la desaparición de sus padres; Nunca me abandones (2005), en el que trata el tema de la clonación humana a través de unos jóvenes que son educados en un internado y que tienen como único destino ser utilizados como donantes de órganos; y en el mes de mayo de 2009 el autor publica una colección de cuentos cortos agrupados bajo el título Nocturnos: cinco historias de música y anochecer. Igualmente, destaca su labor como guionista. Así, realizó para el Channel 4 Televisión A Profile of Arthur J. Mason, emitido en 1984, con el que ganó un premio en el Chicago Film Festival de dicho año, y The Gourmet, realizado en 1986. Posteriormente, en 2003, completaría el guión de la película Saddest Music in the World, un melodrama situado en la década de los años 30, bajo la dirección de Guy Maddin y protagonizada por la actriz Isabella Rossellini, y en 2005 escribiría el de la cinta The White Countess, dirigida nuevamente por James Ivory.

Sus novelas, traducidas a más de treinta idiomas, se caracterizan por su clima de melancolía y recuerdo constante del pasado a través de un estilo literario brillante, minucioso y equilibrado. Asimismo, los personajes de este escritor se convierten en narradores de su propia historia, pues se buscan a sí mismos con la intención de asumir su verdadera identidad. Este autor es una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa británica.

 

Nota

[1] Libedinsky, Juana (2005).

 

Bibliografía

LEWIS, Barry (2000): Kazuo Ishiguro. Manchester University Press, Manchester.

LIBEDINSKY, Juana: Hoy, ¿qué significa ser británico? La Nación [en línea]. 2005 [citado 27 de marzo 2009].
Disponible en Internet: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=735459

SHAFFER, Brian W. (1998): Understanding Kazuo Ishiguro. University of South Carolina Press, Columbia.

 

© Orlando Betancor 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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