“Días de Pagsanján” [1]: retrato de Jaime Gil de Biedma en 1956

Carlota Casas Baró

Universitat Autònoma de Barcelona


 

   
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Resumen: Retrato del artista en 1956 de Jaime Gil de Biedma es uno de los textos más controvertidos del autor, a la vez que uno de los menos atendidos por la crítica. Su alto contenido erótico y el tono confesional acorde con el género del diario, desvío la atención de muchos hacia los detalles más morbosos de la biografía del autor. Sin embargo, este texto supone un primer paso hacia la creación en poesía de lo que parte de la crítica especializada ya ha definido como ficción autobiográfica: Las personas del verbo.
Palabras clave: Gil de Biedma, retrato, poesía, ficción, autobiografía

Abstract: Jaime Gil de Biedma’s Retrato del artista en 1956 is one of the most controversial works of this author and, at the same time, one of the least studied by critics. Its high erotic content and the private tone characteristic of the diary diverted the attention of critics towards the morbid details of the author’s biography. However, this work is the first step to the creation in poetry of what part of the critics has defined as autobiographical fiction: Las personas del verbo.
Key words: Gil de Biedma, portrait, poetry, fiction, autobiography

 

En 1974 la editorial barcelonesa Lumen daba a conocer Diario de un artista seriamente enfermo de Jaime Gil de Biedma, un libro escrito en 1956, es decir, cuando el poeta apenas había publicado sus Versos a Carlos Barral (editados por él mismo en 1952) y el cuadernillo titulado Según sentencia del tiempo, editado por la revista Laye en 1953 y del que tan sólo seis composiciones de un total de doce pasaron a posteriores recopilaciones de su obra poética. No en vano ahora sabemos que esta vuelta a los orígenes de la escritura supuso el principio de toda una serie de publicaciones que darían término y coherencia a la obra completa del autor: la primera edición de Las personas del verbo está fechada en 1975 y la segunda -“imperceptiblemente aumentada”-, en 1982; asimismo, sus ensayos completos se publican por primera vez en 1980, recogidos bajo el título El pie de la letra. Un proceso de recopilación y revisión del legado del poeta que culminará con la aparición póstuma de Retrato del artista en 1956 (1991), como se sabe, la versión íntegra del diario que Jaime Gil llevó desde principios de aquel año hasta el 1 de enero de 1957: “En el fondo del fondo -escribe el poeta- la nostalgia del orden, el deseo de simetría. [...] imposible resistir a la tentación de casar los dos comienzos, el del diario y el del año” (Gil de Biedma 1991: 7).

Pero este Retrato, además de inaugurarse en 1956, coincide, por un lado, con el primer viaje del autor a Filipinas, que se instala temporalmente en Manila en calidad de abogado de la Compañía Tabacalera para realizar un informe sobre la administración general en las islas y su legislación, y, por otro, con la escritura de gran parte de los poemas que recoge Compañeros de viaje (1959), el primer libro que le consagró como poeta, al menos en cuanto al mundo literario español, y con la redacción de su estudio sobre la poesía de Jorge Guillén (Gil de Biedma 1960), que empieza a escribir en La Nava de la Asunción (Segovia) aprovechando la convalecencia forzosa debida a una tuberculosis. Por todo ello, 1956 parece un año clave en la trayectoria vital y poética de Jaime Gil de Biedma. Así, lo que en principio se concibe como un simple ejercicio para adiestrarse en la literatura, según reconoce el propio autor [2], motivado por la inminencia de un viaje al extranjero, poco a poco irá adquiriendo vuelo hasta convertirse si no en un motor de vida, sí por lo menos en la creación de la imagen de quien se quisiera llegar a ser:

Ahora, si pienso en mi vida durante los últimos diez meses, casi me siento tentado de creer que llevar un diario es una manera de provocar los acontecimientos. Sin el viaje a Filipinas no me hubiera propuesto escribirlo, es verdad; pero a veces me sorprendo sospechando que si no hubiese llevado un diario no hubiese caído tuberculoso al regresar a España. Era necesario que algo ocurriese. Mil novecientos cincuenta y seis me parece un año simbólico y decisivo, y en gran parte lo atribuyo al diario (Gil de Biedma 1991: 182-183).

Cabe suponer que esa visión primigenia, tanto del texto como del año en que éste fue escrito, no varió con el paso del tiempo, puesto que, a pesar de que Jaime Gil escribiera otros diarios, Retrato del artista fue el único que pasó la autocensura y quedó listo para su publicación, nada más y nada menos que de forma póstuma [3]. Probablemente, fueron diversos los motivos que le llevaron a tomar tal decisión y, no obstante, creo que desde el punto de vista de la crítica literaria, sólo uno debería tomarse en consideración: el hecho de que su propio autor fue consciente desde el principio de que estaba creando literatura, pese a tratarse de un texto autobiográfico cuyo punto de partida era en principio un hecho referencial -el viaje a Filipinas- de la vida de un poeta prácticamente inédito y, por lo tanto, casi desconocido. En este sentido, el valor que pudiera haberle concedido cualquier editorial e incluso el público lector en el momento en que fue escrito, lo más probable es que hubiera sido nulo. Del mismo modo que, con el paso de los años, y con Jaime Gil ya consagrado como uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra literatura, el interés que Retrato de un artista ha suscitado entre la crítica, se ha limitado en la mayoría de los casos a cuestiones meramente biográficas y documentales [4]. Y es que, como advierte José María Pozuelo en un número monográfico que esta revista dedicó el pasado mes de febrero a la escritura autobiográfica, en la mayoría de los casos la literariedad define el valor de los textos pertenecientes a este género, a saber: la autobiografía propiamente dicha, las memorias, los diarios y los libros de viaje no ficcionales. Aunque, al decir del crítico, la cuestión de la literariedad afecta de manera especial al subgénero del diario:

[…] sobre todo cuando es de escritor, precisamente en la medida en que la Instancia Autorial ya imprime una vocación y una expectativa de literariedad a su resultado. Como ocurre comúnmente con el Sistema Literario, que tiene a la función del Autor como su centro, es la propia naturaleza de la Autoría la que condiciona el horizonte de expectativas de su lectura (y distribución) como LITERATURA (Pozuelo 2004: 33).

Y, sin embargo, un autor tan consciente de sus recursos y limitaciones como Gil de Biedma, no sólo escribe un diario sino que lo revisa y rescribe e incluso llega a someterlo al buen juicio de sus amigos literatos en busca de una opinión crítica y objetiva [5]. Lo cual induce a pensar que dicho documento, lejos de entenderse como desahogo o expresión de la propia intimidad, fue concebido desde su origen para ser publicado y distribuido como literatura, más allá pues de la curiosidad e incluso morbosidad que inevitablemente condicionan la edición y la lectura de todo texto autobiográfico [6]. ¿Por qué escribir, entonces, precisamente un diario? Es decir, ¿por qué no escribir una novela, o un libro de poesía o, incluso, un libro de viaje, cuya posible publicación fuera mucho más viable en aquellas circunstancias?

Más arriba decía que una de las intenciones que apuntaba Gil de Biedma ya en 1956 era la voluntad de adiestrarse en literatura. Un motivo sin duda fundamental pero que, en apariencia, no debería determinar la decisión de inclinarse por un género u otro. Con todo, cabe recordar que estamos hablando de un autor que concibe la literatura -y todo es literatura, no únicamente la poesía- como “una forma de inventar una identidad” (Gil de Biedma 1994: 225):

No puede [...] exponerse la vida tal cual es. La vida no es poesía y además ésta tiene sus limitaciones; date cuenta de que el número de experiencias que rescata la poesía es muy escaso y, en todo caso, no hay razón para pensar que no fueran mejores las no contadas. El arte sólo es un simulacro de lo real. Un poema moderno no es, por el contrario, una imitación de la realidad. Se trata de dar al poema una realidad objetiva que no está en función de lo que en él se dice, sino de lo que en él está ocurriendo. Yo creo que incluso cuando el poeta pretende hablar en tanto que él mismo está hablando de sí según se imagina, no según es. La voz que habla en el poema no tiene otra realidad que la que pueda tener la de un personaje de una novela, aunque se parezca mucho, mucho a la del propio poeta. Da lo mismo que sea él quien habla o quien hable sea un personaje imaginario, legendario, histórico (Pérez Escohotado 2002: 90)

La literatura, por tanto, es creadora de identidades, de sujetos y no a la inversa, puesto que el yo creado nunca podrá ser la persona que escribe, tampoco en los casos en que se produzca la identificación total entre el personaje literario y el autor. Piénsese, por ejemplo, en composiciones como “Contra Jaime Gil de Biedma” o “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma”, recogidas en Poemas póstumos. En este sentido, adiestrarse en literatura quiere decir también, y de ahí el título de la obra, adiestrarse en tanto que artista, ese personaje que se quisiera ser y se imagina ser, y cuya identidad empezará a definirse de forma clara en los versos de Compañeros de viaje, es decir, paralelamente a la redacción del Retrato:

Releo la anterior anotación, de hace varios días, y pienso en lo confuso de los motivos que impulsan a llevar un diario y a perseverar en él. No sé si alguien alguna vez se habrá propuesto desnudarse sobre el papel enteramente y para sí, aunque lo dudo. Un diario debe servir antes que nada a una finalidad práctica. Yo empecé con este cuaderno para adiestrarme a escribir en prosa, pero muy pronto descubrí en él -y no creo ser ni mucho menos un caso insólito- un instrumento de control de mí mismo, un modo de ponerme un poco en orden y también de moverme hacia actitudes que por imperativos de orden intelectual o moral creo que debo adoptar (Gil de Biedma 1991: 66-67).

Las características inherentes al diario en tanto que escritura autobiográfica se adaptan perfectamente a las necesidades de quién pretende ensayar la construcción literaria, y en consecuencia, ficticia, del sujeto. No debe olvidarse que el diario es el subgénero por excelencia de la también llamada escritura del yo, la expresión más pura y descarada de la subjetividad, pese a que lo escrito se enmarque en la realidad inmediata de su autor como individuo real o persona civil. Debido a su carácter totalmente subjetivo, el diario tal vez permite como ningún otro género dar cabida en su seno a una gran variedad de discursos (ensayo literario, crítica de la actualidad político-social, descripción de situaciones, lugares y personas, confesión íntima, etc.), así como la inserción de otros textos que, en el caso que nos ocupa, va de las cartas a los poemas del propio autor, pasando por un informe sobre la administración general de la Compañía Tabacalera en Filipinas. Su heterogeneidad, en efecto, depende y refleja a un tiempo la heterogeneidad del sujeto representado: su multiplicidad. En cualquier caso, y como afirma Anna Caballé en ese mismo número monográfico de Quimera, lo cierto es que en los últimos tiempos y especialmente con la llegada de la postmodernidad a nuestra literatura:

[…] la forma autobiográfica se ha puesto al servicio del escritor profesional para expresar el mayor problema (estético) de nuestro tiempo: la crisis del sujeto. De modo que frente a la autobiografía tradicional están surgiendo nuevas formas híbridas, mestizas y fragmentarias en las que abunda el yo abierto a otros géneros (ensayo, viajes, metaliteratura) aunque apenas haya (relato de) vida (Caballé 2004: 13).

De este modo, se desactiva al fin la oposición entre texto referencial y texto ficcional, llegando a crear una realidad propia y cuya importancia ya no reside en lo que en el texto se dice, sino en lo que ocurre en él y que en el caso de Retrato de un artista en 1956 supone la interposición entre el autor y el lector de una personalidad imaginada, un objeto en el cual tanto el uno como el otro puedan proyectar sus conciencias y descubrirse o reconocerse en el marco de la experiencia descrita en el diario.

En este contexto, el viaje desempeña un papel fundamental que no se limita en absoluto al contenido del diario, donde los hechos contados tienen por sí mismos y en general poca trascendencia. Por el contrario, en Retrato del artista [7], el viaje, sus causas y sus consecuencias (la estancia en Manila, el contacto con la Compañía Tabacalera y con parte de sus trabajadores, los escarceos eróticos en las islas, el regreso a Barcelona con una breve parada en Roma, María Zambrano y su exilio italiano, los “letraheridos” -como los llamó Gabriel Ferrater- de lo que después conoceremos como Escuela de Barcelona y, finalmente, la enfermedad y esos meses de convalecencia en La Nava de la Asunción), todo ello es lo que, por su valor referencial, dota de una realidad objetiva al discurso esencialmente subjetivo que bajo forma de diario irá construyendo el autor.

Por otro lado, y paradójicamente, el viaje como motivo literario determina a su vez la estructura externa del texto y le confiere, en este sentido, cierta dimensión mítica y, por tanto, ficcional. Como se sabe, el texto se divide en tres partes o cuadernos: “Las islas de Circe”, “Informe sobre la administración general en Filipinas” y “De regreso en Ítaca”. La primera y la tercera parte, que son propiamente las del diario, remiten desde los subtítulos que las encabezan al viaje iniciático que relató Homero en los cantos X y XIII, con lo que Jaime Gil concibe la peripecia del personaje representado en términos de la odisea clásica. Asimismo, las citas tomadas de “La chevelure” de Charles Baudelaire, encabezando el primer cuaderno [8], y de “Little Gidding” de T. S. Eliot, que da comienzo al tercero [9], completan esa dimensión mítica, ahora de los lugares de destino, que señalaba hace un momento. En el caso de Baudelaire, el paralelismo entre el poema y el diario apunta hacia el mismo ensueño exótico que, necesariamente ligado a la experiencia erótica, el autor de Las personas del verbo poetizará algunos años más tarde en los versos de “Días de Pagsanján”. En cuanto al poema de Eliot, el propio Jaime Gil, en un prólogo a la traducción catalana de Four Quartets (1984), explicará el significado que tiene para el poeta inglés la sacralización de los cuatro lugares que dan nombre a los Cuartetos. Excepto el primero de éstos, los otros tres “son lugares que ocasionalmente visitó y el valor sagrado que para él revisten obedece a consideraciones de índole moral e intelectual, sobre todo, que los poemas se encargan de explicitar” (Gil de Biedma 1994: 362-363). Diría que, en este caso, y en lo que se refiere al texto de Gil de Biedma, el lugar sacralizado al que nos remite la cita de Eliot no es Manila, y ni tan siquiera Barcelona, sino el espacio de la infancia, es decir, La Nava de la Asunción, que en el Retrato del artista será también el espacio donde, lejos del agotamiento que supone el trabajo diario en una oficina y de las muchas distracciones que conlleva la vida en la ciudad, será posible al fin el nacimiento del poeta. En ese lugar de origen, mitificado después en tanto que paisaje donde transcurre la infancia del yo poético [10], se da, tal y como reza la cita de Eliot, el encuentro catártico entre el yo del pasado y el yo del presente. Un acto de autoconocimiento que lleva al personaje recreado a adoptar gran parte de las actitudes morales y estéticas que posteriormente caracterizarán al sujeto poético de Las personas del verbo. Llegados a este punto, no puede sorprendernos la inclusión entre los dos cuadernos odiseos del “Informe sobre la Administración General en Filipinas”, ya que este segundo texto, motivo laboral y real de la estancia en Filipinas, rehumaniza y confiere prosaísmo al discurso y dota de credibilidad al personaje, pues supone un contrapunto realista e incluso irónico a la ilusión literaria y poética creada por la tradición en la cual se enmarcan los cuadernos primero y último. No en balde, y como sucede en la poesía del autor, la trayectoria vital de ese yo que escribe es lo que da cohesión y sentido a todo el conjunto. Así, leemos en Retrato del artista:

Varias veces en Manila pensé que mi diario era demasiado independiente del mundo exterior, que podía haberse escrito igual en cualquier otro punto del planeta, por ejemplo Barcelona. Y desde que estoy aquí advierto que mi humor, los temas y la manera de escribir han variado por completo. Comprendo ahora la manía de los héroes gidianos por estrenar cuaderno cuando marchan al extranjero. Este será otro muy distinto (Gil de Biedma 1991: 130-131).

Y si bien sus versos, como dijo Gil de Biedma, “no aspiran a ser la expresión incondicionada de una subjetividad, sino a expresar la relación en que ésta se encuentra con respecto al mundo” (De Luis 1965: 105), tampoco lo es este autorretrato, donde, como hemos visto, diario y viaje permiten al autor objetivarse (distanciarse) en el acto de la escritura y, al hacerlo, adiestrarse en la creación de una identidad que, como decía al principio, adquirirá cuerpo poético en Compañeros de viaje, se afirmará en Moralidades, y terminará por suicidarse en Poemas póstumos. Retrato del artista en 1956 es, en definitiva, la descripción de un joven que en el ejercicio de (auto)representarse y (auto)imaginarse descubre que ya no lo es tanto y empieza a tomar conciencia de su ingreso en la madurez. Y también el de un señorito de la burguesía catalana al que, al entrar en contacto por primera vez con el tercer mundo, le sobreviene la mala conciencia y decide adoptar ciertas actitudes morales comprometidas con la realidad de su tiempo [11]. Pero, sobre todo, este es el retrato de quien quiso ser poeta por encima de todo, pese a que años más tarde reconociera que en realidad lo que quiso fue ser poema:

Durante años he aspirado a ser un gran poeta. ¿Por qué no? Inteligencia, experiencia, sensibilidad, don verbal, curiosidad y pasión por el oficio..., todo eso tengo y, sobre todo, el súbito don de la contemplación de un ser o de una cosa, de penetración en un sentido que me sobrecoge igual que una emoción. Ahora sospecho que no pasaré de aficionado distinguido -si es que llego-, autor de unas pocas piezas incidentales por las que algún pequeño grupo de lectores se interesa amistosamente. Hay un resorte en mí que no funciona y siempre lo he sabido. No la voluntad, sino la fuerza de convicción que mueve a la voluntad.

Y, sin embargo, mi vida ha estado y está determinada desde los diecinueve años por la idea fija de que yo era poeta, de que yo he de ser poeta. Incluso ahora, ¿a qué otro fin aspiro, en qué otra empresa pongo mi propia estimación? Y esto es así aunque sepa que igual vale escribir o no escribir, aunque esté convencido de que ante la vida, y ante uno mismo, ser poeta es peor que una simpleza, es ser nadie. Porque estoy igualmente convencido de que el día en que yo deje de considerarme poeta, me será muy difícil considerar que existo (Gil de Biedma 1991: 62).

Por suerte para todos, aquel que se imaginó y se representó como artista ya en 1956 sin duda terminó siéndolo. Tanto es así que aquel retrato fingido puede leerse ahora como el primer paso certero hacia la creación en poesía de lo que algunos ya han definido como ficción autobiográfica: Las personas del verbo.

 

Notas

[1] Pagsanján es una zona cercana a Manila (Filipinas) que toma su nombre del río que la recorre y al que se refiere el poema de Jaime Gil de Biedma.

[2] “Empecé a escribirlo como ejercicio de adiestramiento en la literatura, y eso me salvó de plantearme demasiado a menudo el problema de la sinceridad, que fatalmente falsea un diario” (Gil de Biedma 1991: 183).

[3] En una entrevista el autor destacaba la singularidad del volumen al señalar que “También he llevado otros diarios, pero ya no fueron para adiestrarme en literatura, sino más bien para controlar mi trabajo literario” (Pérez Escohotado 2002: 87-88).

[4] Entre la excepciones, cabe destacar el magnífico artículo de Javier Blasco (1996).

[5] Todavía en la primera parte del Retrato, el autor anota: “Carta de Carlos. Ha trabajado mucho y Metropolitano está ya para terminarse; me habla de publicar al mismo tiempo [Las afueras]. Yvonne me pone también unas líneas -‘Sigo engordando y tengo la cara llena de manchas, parezco una Venus prehistórica’. A los dos les han gustado las páginas de diario que les envié” (Gil de Biedma 1991: 68). Y ya en la segunda parte, desde Barcelona, son diversas las referencias a la corrección y revisión del cuaderno de Filipinas: “Castellet me ha propuesto publicar mis conferencias sobre Jorge Guillén en una colección nueva que va a sacar un individuo llamado Orta [sic]. Pensaba ocupar el tiempo en corregir y completar mi cuaderno de Filipinas, pero no hay prisa -tendrían que ocurrir tantas cosas para que resultara publicable...” y más adelante en la misma página “Días sin escribir aquí. Entretengo el tiempo redondeando algunos pasajes de mi cuaderno de Filipinas, que dejé sólo apuntados. Cuestión de una semana, luego empezaré con Guillén” (Gil de Biedma 1991: 134). Y todavía, desde la Nava de la Asunción: “Esta mañana he estado hojeando el cuaderno de Manila y me ha dejado la impresión de que ciertas descripciones de lugares y escenas, y ciertos pasajes en que se recogen reflexiones de orden más o menos general, tienen interés. En cambio, me han producido un azaro invencible las páginas de self-pity escritas durante los días de depresión que siguieron a mi estancia en Hong Kong” (Gil de Biedma 1991: 183).

[6] A lo largo del texto, se aborda en más de una ocasión la cuestión de la sinceridad y la concepción romántica del diario como expresión de la propia intimidad. Así, ironizando sobre este tema, el personaje escribe: “Desde que llegué a Barcelona carezco de vida propia. Imposible referirse a otra cosa que no sean mis amigos, mis lecturas, mi trabajo... Si yo fuese un diarista romántico, condenado a contar lo que ocurre en mi alma, debería cerrar este cuaderno” (Gil de Biedma 1991: 131).

[7] Lo mismo ocurre en poemas como “Días de Pagsanján” o “La novela de un joven pobre”, ambos incluidos en Moralidades (1966), donde la realidad filipina es el marco objetivo en el que se desarrolla la experiencia descrita en el poema.

[8] “J’irai là-bas où l’arbre et l’homme, pleins de sève, / Se pâment longuement sous l’ardeur des climats”, pertenece a “La chevelure”, poema XXIII de Les Fleurs du Mal, que aparece por primera vez en la segunda edición revisada por el autor (1861).

[9] “So I assumed a double part, and cried / And heard another’s voice cry: ‘What! are you / here?’/ Although we were not. I was still the same, / Knowing myself yet being someone other- / And he a face still forming; yet the words sufficed / To compel the recognition they preceded” pertenece al poema “Little Gidding”, II, 4, en Four Quartets (1943).

[10] Así sucede en poemas como “Muere Eusebio”, “Intento formular mi experiencia de la guerra” o “Ribera de los alisos”, entre otros.

[11] Como afirma Carme Riera, el viaje a Filipinas influyó de manera determinante en la evolución ideológica de Jaime Gil de Biedma, que a su regreso intentó aunque sin éxito, y como se sabe, ingresar en las filas del Partido Comunista. Tanto es así que, según ésta, “es curioso notar que los primeros textos comprometidos de Gil de Biedma (‘En sueños’, ‘Desde lejos’, ‘Lágrima’, ‘Piazza del Popolo’, ‘Aunque sea un instante’ y ‘El arquitrabe’) son de 1956, año en que su autor ha regresado de Filipinas profundamente preocupado por los problemas sociales y por la injusticia tan evidente en el tercer mundo” (Riera 1990: 7). No en vano, y como explicó el poeta en una entrevista concedida a la revista Thesaurus en 1987, Compañeros de viaje: “es un viaje desde el final de la adolescencia a la edad adulta. Es también una evolución de tipo ideológico-político, pero eso es menos auténtico en la realidad de lo que resulta en mi libro, puesto que la segunda parte, Por vivir aquí, es casi toda ella posterior a Las afueras. El itinerario que se refleja en ese libro está explicado en el poema ‘De ahora en adelante’, que es una especie de autobiografía sintética: ‘Así que apenas puedo recordar / qué fue de varios años de mi vida / o adónde iba cuando desperté / y no me encontré solo’. [...]Lo que hubo en mí fue una experiencia personal, la experiencia de los países del Tercer Mundo. En ese sentido, el poema más ambicioso de esa parte y el que más responde al shock que me produjo ese conocimiento es la ‘Lágrima’” (Pérez Escohotado 2002: 225-227).

 

Bibliografía

Blasco, Javier (1996): “Cuando Narciso rompe el espejo: Diario del artista seriamente enfermo”, Actas del Congreso “Jaime Gil de Biedma y su generación poética”. En el nombre de Jaime Gil de Biedma, I. Departamento de Educación y Cultura, Zaragoza, pp. 15-37.

Caballé, Anna: “La escritura autobiográfica”, Quimera, 2004, núm. 240, pp. 10-13.

De Luis, Leopoldo (1965): Antología de la poesía social. Alfaguara, Madrid.

Gil de Biedma, Jaime (1959): Compañeros de viaje. Joaquín Horta, Barcelona.

—— (1960): El mundo y la poesía de Jorge Guillén. Seix Barral, Barcelona.

—— (1982): Las personas del verbo. Seix-Barral, Barcelona.

—— (1984): “Four Quartets”, prólogo a Eliot, T.S., Quatre quartets. Laertes, Barcelona.

—— (1991): Retrato del artista en 1956. Lumen, Barcelona.

—— (1994): El pie de la letra. Crítica, Barcelona.

Pérez Escohotado, Javier (ed.), (2002): Jaime Gil de Biedma. Conversaciones. El Aleph, Barcelona.

Pozuelo, José María: “Autobiografía y periferia literaria”, Quimera, 2004, núm. 240, pp. 31-33.

Riera, Carme: “El núcleo poético de la ‘Escuela de Barcelona’: vocación de modernidad”, Ínsula, 1990, núms. 523-524, p. 7.

 

© Carlota Casas Baró 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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