Paisajes tecnológicos.
La escritura de la máquina de la escritura

José Alberto Sánchez Martínez

Universidad Autónoma Metropolitana UAM-X (México)


 

   
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Resumen: Este ensayo parte de las siguientes conjeturas: la de que existe una tecnología que permite la producción de la escritura (máquina, computadora), y la de que la escritura es en sí misma una tecnología que produce escritura. El trabajo explorar algunos paisajes presentes en la esfera de las tecnologías relacionadas con el proceso de escribir, buscando siempre aquello que no se puede decir con la escritura.
Palabras clave: Tecnología, máquina de escribir, computadora, escritura.

 

I

En el libro Errata George Steiner señala que para él la escritura, el acto de escribir, sigue siendo un asunto de relación con lo físico, un sentido de la experiencia con los instrumentos que posibilitan escribir. Esta opinión define a Steiner, que valga decir, escribe con una pluma Waterman, quizá inducido por la figura de su padre. Waterman es una línea parisina que se caracteriza por el reclamo de un estilo clásico en los asuntos de la escritura y que paradójicamente en su página Web alude a la escritura virtual. Steiner se ha negado a escribir de otra forma probablemente debido a sus convicciones, y hasta donde es posible saber, como muchos escritores se ha dedicado en cuerpo y alma al papel y a los tachones correctivos: un contacto vivo con la escritura a través de las herramientas más necesarias, como son papel, tinta y pluma.

Paradójicamente esas herramientas se están modificando sustancialmente, el e-paper, los lectores de libros electrónicos como el Iliad, el Cybook o el Kindle de Amazon, la misma computadora, son algunos síntomas de una transformación eminente. Desde luego dicha transformación puede ser, y en cierta medida lo es, sólo el resultado de un paisaje tecnológico pasajero. ¿Qué pensará Steiner de esta nueva condición, de la nueva relación con la producción literaria, nacida ante todo de un estado de ubicuidad?

La herramienta más importante después de la pluma y la máquina de escribir, sin duda, es la computadora. La computadora permite la creación de textos directamente en formato digital, la manipulación con más facilidad en las palabras y ante todo la posibilidad de hacer reset al escrito mismo en el momento de parirlo. Quien ha escrito en máquina de escribir y en computadora habrá notado que se requiere una sensibilidad distinta para cada forma. El ordenador arrastra consigo la idea de poder darle formato (performance) a lo escrito, brinda la posibilidad de escribir sin la preocupación del equivoco mecánico, cosa que en el caso de la máquina de escribir resultaba un factor determinante en la concepción del texto.

Casi todos los escritores se han acomodado a la corriente de su época. Es clásico ver en fotografías a Julio Cortazar escribiendo en máquina de escribir; Roberto Bolaño escribía en papel la primera versión (cuadernos) y sobre ellos mismos corregía, su escritura en papel resulta un ejemplo de la metamorfosis que sufre un escritor en su aventura por las letras, esto lo podemos observar en el documental de Erik Haasnoot que apenas en el año 2008 apareció acompañando al libro Bolaño salvaje; Robert Walser basó su escritura en papeles reducidos, lo que sin duda influyó, tal vez por su pobreza, en la creación de microgramas; Antonin Artaud, cuenta Luis Cardoza y Aragón, durante su estancia en México llegó a escribir sobre papeles donde ya había escrito: escritura de la escritura; Fernando Pessoa escribía con pluma grandes jornadas de pie; y qué decir de Rubem Fonseca, quien siempre carga consigo una laptop, pero suele concebir textos todavía en papel. Como una creencia desdeñosa de la escritura venida por la pluma o la máquina o la computadora, José Carlos Somoza opinaba que son los papeles tirados, aquellos que el escritor arroja por la borda donde esta la verdadera escritura, algo que sin duda concuerda con la visión de Bolaño. En el caso contrario, es posible señalar que los escritores contemporáneos recurren al ordenador como herramienta principal.

 

II

El arte de escribir, según los amateurs (amantes) de la escritura, tiene dos grandes momentos; el acto de escribir y el acto de reescribir. Al primero le sobrevive la creencia del hallazgo, del descubrimiento y la concordancia entre la visión y la sensibilidad, lo que suele llamarse percepción. De ahí existe la escritura como fuente, es el primer dato, un poco como la naturaleza de lo visto, la primera versión del decir; a lo segundo, le sobrevive la corrección, el modelaje de la materia prima: el truco no está en escribir, sino en pulir. Cuando Carlos Fuentes opina que el trabajo es lo que gesta la inspiración y por ende la escritura, sin duda se esta refiriendo a esta cualidad de la reescritura. Distintas pugnas han surgido alrededor de esta temática, hay los que niegan el valor de reescribir y los que lo avalan. Lo cierto es que la escritura siempre ha sido un poco trabajo de escultor. Bajo este contexto la computadora permite una mejor manipulación de la escritura, desde el punto de vista mecánico-digital, dando la posibilidad de reescribir desde el mismo momento en que sucede la escritura. Podría pensarse que tal acto supedita la escritura a un simple acto mecánico, pero la escritura misma para cumplirse debe pasar por un acto mecánico, que tautológicamente es el acto de escribir.

Escribir es un acto mecánico. Pero es una mecánica que tiene el don de crear, en este caso, de decir, y nuevamente como dice Steiner, crear es volver a los orígenes. Muchas veces el problema frecuente que encontramos en el análisis tecnológico de la sociedad, es que la tecnología aparece manchada por el imperativo de la subsumisión del hombre hacia las máquinas (Marx), tal visión resalta la enajenación y adjetiva la técnica como la culpable de nuestras desgracias. Lo cierto es que la tecnología más allá de su valor de producción también debe ser entendida en su valor de creación, y ambos valores siempre están determinados por los usos sociales que el hombre hace tanto de la producción como de la creación. Es el hombre el que cultiva, imprime el efecto; cuando se habla de brecha digital en la sociedad de la información suele olvidarse el valor creativo como característica que probablemente ayudaría a eliminar las grandes diferencias sociales en el acceso a la tecnología dada por el valor de producción.

En ese sentido la computadora no es más que otra herramienta que debería permitir acceder al acto creativo. Crear a través del ordenador. Digamos que la tecnología debería converger en tres grandes dimensiones: 1) de la transmisión de la información (computadora, Internet, documentos digitales), 2) de la ordenación de la vida a partir de entornos digitales y virtuales (vida económica, la política, educativa, artística, entre más), 3) de la orientación (apropiación) hacia nuevas maneras de ver, de decir, de pintar, de escuchar, de analizar, de crear.

 

III

Paul Auster cuenta la historia, en La historia de mi máquina de escribir, de un pintor que vive obsesionado por la máquina de escribir de un escritor, esto debe entenderse como la búsqueda de imágenes en la palabra. A modo de confesión Paul Auster entreve su temor de las computadoras.

No vale la pena hablar de ordenadores y tratamientos de texto. Al principio estuve tentado en comprarme una de esas maravillas, pero muchos de mis amigos empezaron a contarme historias terroríficas de que daban a la tecla que no era y perdían todo el trabajo del día - o de todo el mes -, y me hicieron múltiples advertencias sobre cortes de luz capaces de borrar un manuscrito entero en menos de un segundo. Nunca se me han dado bien los aparatos, y sabía que si existía una tecla que no debía pulsarse yo terminaría pulsándola.

De manera que seguí trabajando en mi vieja máquina de escribir, y el decenio de 1980 dio paso al de 1990. Uno a uno, todos mis amigos se fueron pasando a los Mac y los IBM. Yo empecé a parecer un enemigo del progreso, el último pagano aferrado a las antiguas costumbres en un mundo de conversos digitales. (Auster; 2002; 21-22)

La idea de La historia de mi máquina de escribir, consiste en la conversión casi religiosa de un objeto material en una presencia: la imagen. Se reconoce que es la presencia de la imagen la que permite reforzar la fe y la creencia en la escritura. Sin embargo, generalmente dicha búsqueda de la presencia deviene imagen a través de la palabra, porque la palabra representa lo imposible. La imagen o imágenes son escritura, son en cierta medida la representación desordenada de la palabra. De ahí que la palabra sea la tecnología de la imagen, su propia máquina de escribir: sólo podemos pintar escribiendo, lo que significa escribir pintando. Escribir es, entonces, un acto de delinear los contornos y colorear las formas, una manera de cartografiar el vacío, de geográficar el silencio. Este es uno de los usos de la máquina de escribir que podemos delinear en Paul Auster, una tecnología al servicio de la escritura.

Una pugna similar por la máquina de escribir aparece en la película El testamento de Orfeo de Jean Cocteau (1960). Casi al final del filme, tras un viaje que debe emprender Cocteau guiado por su propio personaje (Celeste) con el fin de encontrase a sí mismo, en ese viaje que implica ser otro para ser uno mismo (el viaje de regreso) se encuentra con la máquina de celebridad instantánea. Pasar por la escritura en un viaje a sí mismo es una condición en Cocteau y esa condición no puede estar desvinculada de una máquina, una máquina que no es ni de escribir ni computadora.

Máquina de Jean Cocteau

Una máquina que se alimenta de autógrafos y crea fama en un par de minutos para aquellos que insertan en su boca autógrafos recolectados de alguien famoso. Según el argumento narrativo de la película, dicha máquina funciona en países desarrollados donde las jornadas de trabajo son más largas (habría que reflexionar sobre la industrialización y la escritura), se intuye que la fama en esas ciudades es producto de una maquinaria. Hay sin embargo una paradoja irresoluble, como lo es cualquiera creada por el arte: ¿por qué la máquina tiene cuatro bocas y seis ojos?, ¿por qué la máquina medita y duerme cuando no está produciendo poemas, canciones, romances, todo eso con los autógrafos digeridos? Cocteau mantiene oculto el verdadero sentido de la máquina de celebridad, se trata, en realidad, de una máquina de escribir que produce una escritura sin la intervención del hombre, la creación a partir de la máquina: la escritura de la máquina de la escritura. Es la ausencia de cuerpo la que permite su existencia y paradójicamente es un cuerpo la propia máquina, en cierta medida hay un proceso digital en el acto de escribir según esta figura de Cocteau, sin embargo, puede decirse que se trata de un proceso digital inverso, donde la máquina borra toda escritura, su trabajo es borrar, desaparecer el mundo para hacerlo venir en imagen. Recordemos que nadie como Cocteau experimentó la escritura a través de la imagen, y en el caso de su máquina de celebridad no es otra cosa sino una imagen (representada) que produce poemas. La idea más atrevida de Cocteau es la creación de una máquina que escribe poesía sin la intervención del hombre: el hombre se borra a sí mismo para crear. Para crearse el hombre debe borrarse.

A modo de disonancia/concordancia con la máquina de celebridad en Cocteau, apenas en el año 2008, apareció el primer libro hecho por un escritor artificial llamado Pc Writer, un software capaz de escribir una novela en tres días. Las divergencias no se han dejado esperar, pues estrictamente la aparición tecnológico-artificial de una obra sin presencia humana conlleva la muerte del escritor, que de ninguna manera se trata del borramiento en Cocteau. La escritura es un ejercicio humano, aunque no siempre es el humano el responsable de su escritura, la verdadera escritura-arte (aquella que como decía Lyotard, asombra) participa siempre de un proceso de artificialidad en tanto el escritor se vuelve solamente un medio, pero sin ese medio la creación corre el riesgo de convertirse en un acto lógico-positivo, lo que sería la ausencia de artificialidad y con ello la imposibilidad de referente cosmogónico: crear es volver. En ese contexto el escritor es siempre una máquina artificial, entiéndase, máquina artificial temporal (mientras dura el acto de escribir) y provisional, de ahí que el escritor nunca reconozca su creación.

Lo interesante es que estamos entrando en los nuevos albores de la IA (Inteligencia Artificial), algo que sin duda alterará nuestra manera de hacer literatura, poesía y artes en general. La posición del hombre en ese nuevo contexto dependerá de su relación con las estructuras tecnológicas y especialmente con el software, es decir, con el alma de las nuevas máquinas.

 

IV

David Cronenberg en 1991 lanzó su versión visual de Naked Lunch, obra de Burroughs que en su época fue rechazada y condenada. El argumento general de este filme coincide con la narrativa de la obra original, sin embargo, la mística de la película radica en mostrar híbridos visuales dotados de una relación amorosa-sexual entre la naturaleza y las máquinas, especialmente máquinas de escribir. Naked Lunch es la historia de la palabra ausente, no del hombre como hasta ahora hemos visto, el proceso contrario de Cocteau. Generalmente sabemos que el hombre es el que crea la palabra por medio de técnicas, sin embargo, Naked Lunch nos muestra que es la máquina la que se transforma en una relación con el entorno humano para seguir concibiendo palabras.

Naked Lunch

De manera que tenemos máquinas de escribir representadas siempre con morfología humana. Sin embargo, en Naked Lunch esa relación aparece bajo el manto de una figura que hoy se considera degradada, el animal. Específicamente insectos, animales-insectos. Máquinas-animales-insectos. Para Derrida el insecto está relacionado con la capacidad de borrar y el problema de la prótesis: “…insecto, insectum, como se sabe, quiere decir “cortado”, “seccionado” y connota, lo mismo que sexo, sexus, sectus, la sección, la separación… (Derrida; 2003; 97). ¿Quién de quién o qué de qué esta separado en la relación máquina-hombre-escritura? La escritura es en este sentido insecto en tanto separa, Naked Lunch lo confirma. Separa aquello que vale la pena decirse, aquello que se elige voluntariamente e involuntariamente para decirse, y que por lo mismo nunca es dicho: imposibilidad de escribir. Sólo lo imposible de escribir vale la pena escribir: sólo lo imposible de ser dicho vale la pena escucharlo. Sin embargo, lo digno de ser sólo existe en su calidad de ser borrado, de no estar: de insecto. Separada, la escritura viene y hace venir. Viene en tanto escritura y hace venir lo que nadie, ni el escritor querían que viniera: la escritura del desconocimiento. Como el insecto, la escritura es indeseable. Ese es el contexto a través del que se emprende su búsqueda, nunca se desea lo que se escribe, se desea escribir, lo escrito deviene y para ello las máquinas son el mecanismo de su venir.

Naked Lunch enseña que hay una separación (insecto) entre aquello que se escribe y el proceso de escribir, en el cual queda incluida la máquina. La máquina no tiene otra función sino la de separar. Reconoce que ella, como máquina, nunca podrá escribir, y como venganza debe transfigurarse en insecto para separar al escritor de la escritura. El reconocimiento de la imposibilidad de escribir nace de esta relación con las máquinas de escribir.

 

Bibliografía

Steiner, George. Errata. Siruela, España, 1998.

Auster, Paul. La historia de mi máquina de escribir. Anagrama, España, 2002.

Derrida, Jaques. Papel máquina. Trotta, España, 2003.

 

Filmografía

Le testament d’Orphée. Jean Cocteau, 1960.

Naked lunch. David Cronenberg, 1991.

Bolaño cercano. Erik Haasnoot, 2008.

 

© José Alberto Sánchez Martínez 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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