Innovación y tradición en La pasión según G.H.

Jorge Dos Santos Silveira

Profesor Titular de Literatura
Centro Regional de Profesores del Sur
Atlántida- Uruguay
dossantosjorgedan@hotmail.com


 

   
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Resumen: El ensayo explora las múltiples lecturas -enfoque lingüístico, social, existencialista, psicoanalítico- de la novela “La pasión según G.H.” de la brasileña Clarice Lispector. Se profundiza en los aspectos clásicos que la escritora explicita y al mismo tiempo escamotea al lector -cultura grecolatina, hebraica, egipcia, así como el discurso ético-ontológico que condena a la apatía desde la Edad Media con Dante y posteriormente con Baudelaire, T. S. Eliot y Ezra Pound. La obra es un ejemplo de la literatura del siglo XX como reescritura y experiencia de cultura pero al mismo tiempo se destacan las innovaciones formales a nivel de la trama, aspecto más vanguardista, y las innovaciones al abordar la temática social desde una perspectiva diferente a la de Graciliano Ramos y Jorge Amado, o la temática filosófica-existencialista con planteos distantes a los de la obra de Jean Paul Sartre. Se estudia también el proceso de la construcción del “Ser” de la protagonista-narradora que es al mismo tiempo, construcción de la narración, planteándose de esta forma un paralelismo entre la edificación de la palabra y la del personaje que narra en primera persona.
Palabras clave: Lispector, narrativa brasileña, intertextualidad, palimpsesto, feminismo.

 

“Ser humano no debería ser un ideal para el hombre que es fatalmente humano, ser humano debe ser el modo como yo, cosa viva, obedeciendo libremente el camino de lo que está vivo, soy humana. Y no necesito siquiera cuidar de mi alma, ella cuidará fatalmente de mí, y no tengo que hacer un alma para mí misma: sólo tengo que elegir vivir. Somos libres, y éste es el infierno. Pero hay tantas cucarachas que parece una plegaria.”
(Clarice Lispector: La pasión según G.H.)

 

I

Dentro del panorama literario del siglo XX brasileño, la obra de Clarice Lispector, brilla con una singular nota de perfección y autenticidad, combinando en rigurosa armonía, originalidad -y transgresión- con largas tradiciones culturales que se fusionan en una narrativa, que es, al mismo tiempo, interrogación constante y una experiencia trascendente tanto para el creador como para el receptor..

Nace en 1925 en Ucrania y llega a Brasil a los dos meses de edad. Vive en Recife y en 1937 se traslada a Río de Janeiro. Estudió Derecho y ejerció el Periodismo. Se casó en 1943 con el diplomático Maury Gurgel Valente con el cual tuvo dos hijos. Por la profesión diplomática de su esposo viajó a Italia, Suiza y EEUU y a casi el mundo entero -inclusive Uruguay-. Se separó en 1960. En 1977 fallece en Río de Janeiro.

En su original producción literaria se destacan: “Perto do coraçao selvagem” (Río, Ed. A Noite, 1944), “O Lustre” (Río, Agir, 1946), “A cidade sitiada” (Río, Editora A Noite, 1949), “A maça no oscuro” (Río, Francisco Alves, 1961), A paixao segundo G.H. (Río, Editora do Autor, 1964), “Um aprendizagen ou o Libro dos prazeres” (Río, Sabiá, 1969), “Agua viva” (Río, Artenova, 1973), “A hora da estrela” (Río, José Olympio, 1977).

Se destacó igualmente en la narrativa breve con colecciones de cuentos memorables: “Alguns contos” (Río, Ministerio de Educaçao”, 1952), “Laços de familia” (Río, Francisco Alves, 1960), “A legión estrangeira” (Río, Ed. Do Autor, 1964), “Felicidade clandestina” (Río, Ed. Sabiá, 1971), “Imitación de rosa” (Río, Ed. Artenova, 1973), “Onde estivestes de noite?” (Río, Artenova, 1974). Realizó, además, obras para niños: “O misterio do coelho pensante” (Río, José Álvaro Editor, 1967) y “A vida intima de Laura” (Río, José Olympio, 1974). Introdujo al mundo cultural brasileño a través de traducciones propias a: Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Ágata Christie y Anne Rice (“Entrevista con el vampiro”).

La escritura de Clarice Lispector constituye un impulso arrebatado, una experiencia trascendente; un ir y venir en constantes interrogaciones. Sus novelas, principalmente “La pasión según G.H.” (1964) y “Uma aprendizagem ou o Livro dos prazeres” (1969), constituyen una particularísima narración en donde G. H. -en la primera- y Lori -en la segunda- configuran la voz estructural de la novela y al mismo tiempo, la propia construcción artística se transforma en la construcción de uno de los mayores enigmas: el “Yo existencial”. De ahí, que “La pasión según G.H.” constituye una inmensa anagnórisis.

El personaje femenino, casi anónimo, antiheroica al inicio, emprende un viaje hacia un “más allá”. La obra constituye una gigantesca peregrinación, hacia dentro y hacia afuera. La acción física es mínima: G.H. está sentada tomando el desayuno en el living de un departamento decimotercero abandonada al aire cálido y húmedo del mar que entra por el ventanal, no desea levantarse, posee la apatía del burgués que está sujeto al confort; no obstante, debe ir a revisar el cuarto de Janair, su empleada, que ella presupone desordenada. Pocos pasos. Una puerta que une y separa a ambas mujeres y a ambos mundos. G.H. abre la puerta y a diferencia de lo que ella presuponía el cuarto de Janair está intacto. La primera puerta ha sido abierta, y es importante destacar que ha sido ella, G.H. quien ha realizado ese acto aparentemente insignificante.

Continuando con esta breve paráfrasis de la novela para luego ir profundizando ciertos aspectos, G.H. sale del estupor al observar que todo está ordenado y observa dibujados en la pared de Janair a un hombre y a una mujer desnudos (Adán y Eva) y un perro (el Can Servero, Guardián del mundo de los muertos en la antigüedad). Perpleja, avanza otros pasos hasta el ropero de Janair (el clima es seco y caluroso, espacio físico que metaforiza la pobreza y el desamparo del nordeste brasileño -tan bien retratado por Graciliano Ramos en “Vidas Secas”-) y abre la puerta -la segunda-. Espantada observa salir del armario a una cucaracha que inmediatamente es atrapada en la mitad de su cuerpo cuando G.H. cierra rápidamente la puerta. Desde este momento, en adelante, la novela se centra en la mirada hipnótica entre G.H. y la mitad delantera de la cucaracha, que ha quedado fuera del ropero. Inmovilidad física en un juego intenso de miradas que trasunta una acción heroica, el mirar hacia dentro de sí y hacia atrás, preguntarse quién se es y qué es la vida. Esta paráfrasis del texto nos ha servido para mostrar más claramente y sin preámbulos que el tema central de la obra es la búsqueda de la identidad más allá del bienestar económico de un personaje antiheroico -al principio de la obra- (G.H., obsérvese que no existen nombres sino iniciales lo que destaca el antiheroismo como en los personajes de la obra del escritor checo Franz Kafka, pero al mismo tiempo le da universalidad al protagonista, ya que parafraseando la Pasión de Cristo, la novela se convierte en “La Pasión según el Género Humano”) y la inmensa peregrinación hacia la luz, la vida y la fe en un mundo en que la oscuridad, el caos y la desesperanza parecen regir a la humanidad cuando esta ha quedado huérfana de la razón.

En su condición burguesa G.H. y aún en su apatía inicial es capaz de ir abriendo puertas. Es decir, es un “yo” que anhela colmarse y trascender. La novela plantea a través de unos pocos pasos físicos una búsqueda incesante de aperturas y un frenesí orgiástico de ir más y más allá incluso de lo permitido.

Los elementos clásicos están presentes en este texto y son notorios: “La pasión según G.H.” plantea un descenso al mundo de los muertos como lo hiciera Ulises en “La Odisea” de Homero, Eneas en “La Eneida” de Virgilio y Dante-personaje en “La Divina Comedia”. Enfatiza este descenso el dibujo del perro como una clara referencia al Can Servero, el Guardián del trasmundo. Clarice Lispector, está recogiendo como en tantas obras del siglo XX una larga tradición literaria anterior y la incorpora a su obra no como un mero adorno, o copia, ni siquiera homenaje.

La literatura culta del siglo XX reescribe a los clásicos, a aquellos grandes de la historia que nos han precedido y los inserta en un contexto absolutamente diferente. Así ocurre con “A puerta cerrada” de Jean Paul Sartre que también recoge el tema del viaje al trasmundo pero desde otra perspectiva -mundo y trasmundo se unen en una única realidad a través de la filosofía existencialista-. En Latinoamérica, Juan Rulfo emprende algo similar en “Pedro Páramo”. Las referencias clásicas en la literatura moderna ya sea a nivel de citas o alusiones como es el caso de T.S.Eliot en “La Tierra Baldía” (1922), por ejemplo, subyacen en muchos textos y el autor o la obra modelo -aspecto clásico por excelencia- no queda agotado en su significación; al contrario, el siglo XX abre nuevos senderos para reactualizar y destacar la vigencia de textos que han marcado al mundo occidental.

Volviendo a G.H. y a su descenso las diferencias son notorias con todos los descensos al Hades -Grecia-, Orco -Roma-, Seól -hebreos-. El descenso es hacia el centro de un yo desconocido, -tema aparentemente romántico: la indagación en las zonas oscuras del yo- pero nada mas lejos del Romanticismo que la obra de Clarice. El descenso es hacia el abismo de la existencia, por eso G.H. constantemente solicita al lector su mano para que la acompañe en su viaje -algo similar realizó Dante al seleccionar a Virgilio como guía-. Pero a diferencia de los románticos puros G.H. avanza de puerta en puerta con la antorcha clásica de la luz. Indaga. Cuestiona. Se interroga y se contesta. Ama la vida por encima de todo -otro elemento clásico grecolatino presente en la novela- y lo vive aún en el dolor, por eso es capaz de afirmar cuando al mirar hipnóticamente a la cucaracha que le devuelve a modo de espejo su vida pasada, vacía, alienada, putrefacta, aún en el confort:

“El amor ya está, está siempre. Falta solo el golpe de gracia. Que se llama pasión. Lo que siento ahora es alegría. A través de la cucaracha viva estoy comprendiendo que también yo soy lo que está vivo. Estar vivo es una fase muy elevada, es algo que solo ahora he alcanzado. Es un equilibrio inestable tan elevado que sé que no voy a poder continuar conociéndolo por mucho tiempo: La gracia de la pasión dura poco.”

La mirada del animal herido que elimina un líquido blanquecino que le recuerda a G.H. a la leche pero tambien a los abortos realizados, constituye un gran “exorcismo” para el personaje. ¿Dónde está la cucaracha?. ¿Dónde está la vida?. Inquietudes metafísicas que marcan una narración rigurosa en el planteo de los grandes temas así como en los mínimos detalles. Al finalizar la novela la miradas se transconsustancian; los ojos del animal producen el vómito de G.H. de lo desayunado, para poder entrar a un estado de pureza tal, y beberse el líquido de la cucaracha. Líquido blanco que es el símbolo de la vida, la redención de un ars vivendi falso y alejado de lo esencial, la purificación de una madre que ha destruido a sus hijos a través del aborto. Al beber el espeso líquido blanco, asociable igualmente al semen y a la vida, G.H. alcanza su momento de plenitud, “su golpe de gracia”. Y en ese instante, en ese encuentro, mujer y animal, emerge otro encuentro, el de la humanidad y Dios:

“Y en el sollozo, el Dios vino a mí, el Dios me ocupaba ahora por entero. Yo ofrecía mi infierno a Dios. Las lágrimas que ahora brotaban eran como lágrimas de amor.”

Recuperada la dignidad y el amor hacia sí misma, los otros y la divinidad, G.H. al culminar la novela ya no es un antihéroe, por el contrario, es tal vez la más grande heroína de la literatura vanguardista brasileña del siglo XX:

“La desheroización es el gran fracaso de una vida. No todos llegan a fracasar, porque es demasiado trabajoso, es preciso subir antes penosamente hasta llegar por fin a la altura desde la que se puede caer; sólo puedo alcanzar la despersonalidad del mutismo si antes ha construido toda una voz. Mis civilizaciones eran necesarias para que yo subiese hasta el punto de tener de dónde descender. Es precisamente a través del fracaso de la voz como por vez primera se va a oir el propio mutismo y el de los demás y el de las cosas, y se acepta como lenguaje posible. Sólo entonces mi naturaleza se acepta, se acepta como su suplicio asombrado, donde el dolor no es algo que nos ocurre, sino lo que somos. Y se acepta nuestra condición como la única posible, ya que ella es lo que existe y no otra. Y ya que vivirla es nuestra pasión. La condición humana es la pasión de Cristo”.

Solo los grandes creadores son capaces de enfrentar al lector a situaciones límites y rescatarlo de las profundidades a las que el arte los ha conducido. En este sentido, la experiencia novelística que comienza en el plano infernal y que culmina en la paz, el amor y la vida, sumerge al receptor en un abismo y lo eleva a un alto estado de esclarecimiento espiritual. Algo similar lo han realizado los clásicos, recordemos la gran enseñanza de “La Ilíada” de Homero: Aquiles vence la peor de las batallas, la que debe realizar consigo mismo al dejar atrás la “menis” (ira, cólera, furor) y alcanzar la “sebia” (piedad) al entregarle el cadáver de Héctor al anciano y padre suplicante, Príamo, rey de Troya. Y así como Homero no pretende mostrar el horror y el desgarro de la guerra sino la superación de lo pasional; en la tragedia griega, con Sófocles, Esquilo y Eurípides el horror que se representa a través del héroe trágico (agonista) luchando contra la adversidad inexorable de su destino por haber cometido el error trágico (hamartía), se pretende un fin didáctico, purificar al espectador ya que la obra trágica funciona como una advertencia a los peligros en que el ser humano puede caer. Este aspecto didáctico, si bien es cuestionable en “La pasión según G.H.”, es destacable ya que el receptor ha acompañado con su mano la inmensa peregrinación del personaje, mano que en el principio es un pedido de auxilio de la narradora. Atraviesa las tinieblas de la acción novelística y llega al desenlace purificada y trascendida como la protagonista. En el instante final en que G.H. se embriaga de amor dice:

“Y ahora no tomo tu mano para mí. Soy yo quien te da la mano”.

Al alcanzar un estado de elevación espiritual es G.H. quien otorga, da, entrega. Bendice y agradece la mano amiga. Ya no es el pedido constante como apelación al lector a causa del pánico:

“Dame tu mano desconocida, ya que la vida me hace daño”.

Ahora el pedido de la mano para no hundirse en sus demonios personales se transfigura en mano casta a recibir la retribución de la protagonista. En el desenlace de la novela G.H. descubre que ella es un “yo” pero ese “yo” es en función de los otros; es intercambio, comunicación, solidaridad. Dado el progreso que ha sufrido G.H. podríamos transformar la apelación inicial de: “DAME TU MANO DESCONOCIDA, QUE LA VIDA ME HACE DAÑO” en “DAME TU MANO YA NO DESCONOCIDA, QUE LA VIDA ME HA BENDECIDO”.

El recorrido que ha realizado la protagonista hacia la búsqueda de su propia identidad es un tema legendario en el campo de la literatura clásica. En “Edipo Rey”, de Sófocles, el personaje emprende una igual peregrinación para encontrarse con su identidad y es engañado por el Destino; G.H., en cambio, busca e indaga y no se equivoca. Resuena en esta obra el pensamiento de Sócrates: “Conócete a ti mismo”, idea difundida por el filósofo del Siglo V A.C. como un pilar básico de su filosofía y desglosado de la inscripción que se cernía sobre el Templo de Delfos en honor al dios Apolo.

G.H. se enfrenta a su esfinge-cucaracha y la descifra. El oráculo clásico se transfigura en la novela en las interrogaciones a las que se entrega ya que cada pregunta conduce a otra para alcanzar un estado final de éxtasis y conocimiento.

 

-II-

Elena Losada Soler caracteriza esta narrativa con gran dosis de inteligencia:

“La obra de Clarice Lispector es una constante reflexión sobre el lenguaje y sobre todo, sobre los límites de la palabra. La palabra de Clarice Lispector es rigurosa porque debe traducir con un medio limitado algo que es mucho más grande que el lenguaje. Debe traducir el misterio y lo que carece de nombre, debe expresar con términos racionales lo que la mirada percibió más allá”.[1]

La propia Clarice ha expresado el límite de la palabra:

“La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran desafío eterno”. [2]

Y es ese “caos orgánico” -alarido eterno- el que se asoma entre las páginas de sus obras capturado por un lenguaje desmesuradamente cuidado. Así lo observamos en su novela, “El Aprendizaje o el Libro de los placeres”:

“Y estaba bien. “No entender” era tan vasto que sobrepasaba cualquier entender -entender era siempre limitado-. Pero no entender no tenía fronteras y llevaba al infinito, al Dios. No era un no-entender como el de un simple de espíritu. Lo bueno era tener inteligencia y no entender. Era una bendición extraña como la de tener locura sin ser demente. Era un desinterés manso en relación con las cosas dichas del intelecto, una dulzura de estupidez.

Pero de vez en cuando venía la inquietud insoportable: quería entender lo suficiente para al menos tener más conciencia de aquello que no entendía. Aunque en el fondo no quisiera comprender. Sabía que aquello era imposible y todas las veces había pensado que si había comprendido era por haber comprendido mal. Comprender era siempre un error -prefería la vastedad amplia y libre y sin errores del no-entender-. Era malo, pero, al menos, se sabía que se estaba en plena condición humana.

Sin embargo, a veces adivinaba. Eran manchas cósmicas que sustituían al entender”.

Y en “La pasión según G.H.”:

“No comprendo lo que he visto. Y ni siquiera sé si he visto, ya que mis ojos han terminado por no distinguirse de la cosa vista. Sólo con un inesperado temblor de líneas, sólo gracias a una anomalía en la continuidad ininterrumpida de mi civilización, experimenté, por un instante, la vivificadora muerte. La muerte selecta que me hizo palpar el prohibido tejido de la vida. Está prohibido decir el nombre de la vida. Y yo casi lo he dicho. Apenas he podido liberarme de su tejido, lo que sería la destrucción de mi época dentro de mí.

Tal vez lo que me ha acontecido sea una iluminación, y, para ser yo verdadera, tenga que continuar no estando a su altura, tenga que continuar no entendiéndola. Toda comprensión repentina se parece mucho a una intensa incomprensión.

No. Toda comprensión intensa es finalmente la revelación de una profunda incomprensión. Todo momento de hallar es un perderse a uno mismo. Tal vez me haya acontecido una comprensión tan total como una ignorancia, y de ella vaya a salir intacta e inocente como antes. Cualquier entender mío nunca estará a la altura de esa comprensión, ya que solamente vivir es la altura a que puedo llegar, mi único nivel es vivir. Sé que ahora, ahora conozco un secreto. Que ya estoy a punto de olvidar, ah, siento que estoy a punto de olvidarlo...

Para saberlo nuevamente, necesitaría volver a morir ahora. Y saber será tal vez el asesinato de mi alma humana. Y no quiero, no quiero. Lo que aún podría salvarme sería una entrega a una nueva ignorancia, eso sería posible. Pues, al mismo tiempo que lucho por saber, mi nueva ignorancia, que es el olvido, se convierte en sagrada. Soy la vestal de un secreto que no sé ya cuál fue. Y sirvo al peligro olvidado. He sabido lo que no logré entender, mi boca ha permanecido sellada, y sólo me restan los fragmentos incomprensibles de un ritual. Incluso si por vez primera siento que mi olvido está finalmente al nivel del mundo. Ah, y ni siquiera deseo que se me explique aquello que para serlo tendría que salir de sí mismo. No quiero que se me explique lo que de nuevo precisaría aprobación humana para ser interpretado”.

Estos fragmentos de ambas novelas nos revelan un intento desesperado por parte de la narradora de traducir una experiencia “sublime” (en la acepción kantiana) por medio de la sensorialidad del arte. Las citas constituyen un claro ejemplo del universo narrativo clariceano en su afán de trascender lo sensible platónico para alcanzar el plano inteligible.

La obra de Lispector tiene su originalidad en la literatura brasileña posterior a la Semana de Arte Moderno en San Pablo en 1922 que abrió puertas y ventanas a los vientos innovadores de las vanguardias europeas. Brasil, sin embargo, no adoptó a nivel literario una postura mimética; por el contrario, los mismos brasileños califican a su vanguardia como “antropófaga”, es decir, devora y consume el aire innovador proveniente de Europa y lo interioriza para mezclarlo con lo más autóctono del país. La Semana de Arte Moderno de San Pablo en 1922 produjo en los escritores una revolución; en el lenguaje literario, en la concepción del arte, y abrió un amplio espectro a la narrativa regionalista y al realismo social que surgió durante el Estado Novo y se desarrollaron en los años 30’. Dentro de esta línea se puede encontrar a dos grandes creadores: Graciliano Ramos y Jorge Amado. No obstante, la gran ruptura que se encuentra en la historia literaria del siglo XX se produce en 1946 con la obra “Sagarana”, de Joao Guimaraes Rosa, una colección de cuentos que preludia una obra maestra de la literatura contemporánea brasileña: “Gran Sertón: Veredas” (1956) donde se actualiza la narrativa regionalista bajo el filtro de un nuevo lenguaje.

Paralelamente, Clarice Lispector, tres años antes, había publicado su primera novela: “Cerca del corazón salvaje” en la que la narradora reflexiona sobre el lenguaje literario y el proceso mismo de la escritura -bajo el lente psicológico- en una obra constituída sobre el monólogo interior con énfasis en la historia en menosprecio de la trama. Ya en esta novela primigenia se desprende la nota distintiva que brindará Clarice Lispector al terreno literario a lo largo de su trayectoria creadora: una mirada y una escritura de mujer. Mirada y escritura que alcanza su apogeo en la década del 60´ cuando Clarice publica “La pasión según G.H.” considerada por los críticos como Assis Brasil y Benedito Nunes, una de las obras más estremecedoras y hondas de la mencionada década en el Brasil. La propia Clarice afirma como regla básica de acción literaria:

“En la actividad de escribir el hombre debe actuar mediante el desnudamiento, revelar el mundo, el hombre a los otros hombres”. [3]

Este pensamiento sobre el quehacer literario es significativo porque es un típico pensamiento clásico. Escribir para y con el otro. El fondo es tradición, lo que cambia en Lispector es la forma. La narradora al escribir busca todas la raíces culturales: la griega, la latina, la egipcia, la judeocristiana. Su anhelo es alcanzar la voz ancestral que la precede, e integrarla para poder legarla a la humanidad más allá de lenguas y pueblos. Su obra es universal, lejos está de ser una aldeana. Su preocupación es por lo humano en general. En “Clarice Lispector. Esbozo para un retrato posible” citado anteriormente establece:

“La literatura debe tener objetivos profundos y universales: debe reflexionar y cuestionar sobre un sentido para la vida y, principalmente, debe interrogar sobre el destino del hombre en la vida.” [3]

Antonio Maura afirma:

“Su escritura es una escritura de riesgo y de límite, en la que las palabras se desnudan de sus adornos y significados para volverse talismanes de verdad y de vida: lágrimas, gotas de sangre, tuétano y semilla.” [4]

Clarice Lispector, se confiesa y reafirma lo que hemos estado desarrollando:

“Mi alma tiene el peso de la luz. Tiene el peso de la música. Tiene el peso de la palabra nunca dicha, a punto, quizá, de ser dicha. Tiene el peso de un recuerdo. Tiene el peso de una añoranza. Tiene el peso de una mirada. Pesa como pesa una ausencia. Y la lágrima que no se ha llorado. Tiene el inmaterial peso de una soledad en medio de los otros.” [5]

El tema de la mirada en Clarice debe entenderse como trayecto, recorrido, encuentro, comunión... No es la proyección de un ojo hacia adentro o hacia afuera. Ver, es aquí, indagación, exploración profunda. Un aprendizaje como le diera título a una de sus novelas. Lori, protagonista de “El aprendizaje o el Libro de los Placeres” y G.H. en “La pasión según G.H.” son mujeres que miran para aprender a ver las cosas por primera vez, las del alma y las físicas. Esfuerzo por encontrar el origen que se transforma en su narrativa, en un trabajo, una insistencia y una pasión. Hèléne Cixus afirma correctamente:

“No le pregunten por qué y cómo porque ella no lo sabe. Saber confirma, limita. Separa. Ella escribe buscando.”[6]

 

III

“La pasión según G.H.” es la quinta novela de Clarice Lispector y una de las obras más estremecedoras de la literatura brasileña del siglo XX.

Es una narración en primera persona:

“...Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender. Intento dar a alguien lo que he vivido y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que he vivido y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que he vivido. No sé qué hacer con ello, tengo miedo de esa desorganización profunda. Desconfío de lo que me ocurrió. ¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, vivía como si fuese otra cosa?. A eso querría llamarlo desorganización, y tendría yo la seguridad para aventurarme, porque sabría después a dónde volver: a la organización primitiva. A eso prefiero llamarlo desorganización, porque no quiero confirmarme en lo que viví: en la confirmación de mí perdería el mundo tal como lo tenía, y sé que no tengo capacidad para otro.”

G.H., una escultora burguesa, a raíz de un simple acto cotidiano -revisar el cuarto de su empleada-, comienza un largo, doloroso y alegre proceso de introspección hasta alcanzar un particular estado de éxtasis y de entrega al centro de sí misma, de los demás y del mundo. Las palabras iniciales de la novela: “Estoy buscando” logran su concreción al finalizar el relato, así como el anhelo de “dar a alguien lo que he vivido”. El personaje transita del tedio inicial a la redención y “santidad humana” a través de su “pasión”:

“El tedio me alimenta y delicadamente me come, el dulce tedio de una luna de miel.

Esa imagen de mí entre comillas me satisfacía, y no sólo superficialmente. Yo era la imagen de lo que no era, y esa imagen del no ser me colmaba por completo: uno de los modos más fuertes de ser es ser negativamente. Como no sabía yo lo que era, entonces “no ser” era mi acercamiento principal a la verdad: al menos, tenía el otro lado: al menos tenía el “no”, tenía mi opuesto. No sabía cuál era mi bien, así que vivía con un cierto pre-fervor lo que era mi “mal”.

Y viviendo mi “mal”, vivía el lado contrario de lo que ni siquiera conseguiría yo querer o intentar. Como quien vive con aplicación y amor una vida de “desenfreno”, y al menos posee lo contrario de lo que no conoce ni puede ni quiere: una vida de monja. Ahora sé que yo tenía ya todo, aunque de modo contrario: me dedicaba a cada detalle del no. No siendo en detalle, me demostraba que... que yo era.

Ese modo de no ser era muchísimo más agradable, muchísimo más limpio: pues, sin estar siendo ahora irónica, soy una mujer de espíritu. Y de cuerpo gracioso. En la mesa del desayuno me encuadraba con mi vestido blanco, mi rostro claro y bien esculpido, y un cuerpo sencillo. De mí irradiaba una especie de bondad que nace de la indulgencia para con los propios placeres y los de los demás. Saboreaba yo deliberadamente lo mío, y delicadamente me limpiaba la boca con la servilleta.

Esa mujer, G.H. en el cuero de las maletas, era yo; soy yo, ¿todavía?. No. Desde ahora preveo que lo más duro que mi vanidad tendrá que afrontar será el juicio de mí misma: tendré toda la apariencia de quien falló, y sólo yo sabré si fue necesaria la quiebra.”

Desde esta comodidad de G.H. con la cual se abre la obra, inmersa en un verdadero spleen, la historia estructura a la narradora redimiéndola e incluso “santificándola”; la acción novelística es interna, conduce al personaje y al lector -que la acompaña con su mano solidaria- de la finitud humana a su aspecto infinito:

“Y mi alma impersonal me quema. La grandiosa indiferencia de un astro es el alma de la cucaracha, el astro es la propia demasía del cuerpo de la cucaracha. La cucaracha y yo aspiramos a una paz que no puede ser nuestra; es una paz más allá del tamaño y del destino, suyo y mío. Y porque mi alma es tan ilimitada que ya no es yo, y porque está tan allende de mí, siempre estoy lejos de mí misma, me soy inalcanzable como me es inalcanzable un astro. Me contorsiono para conseguir alcanzar el tiempo actual que me rodea, pero sigo lejana en relación con este mismo instante. El futuro, ¡ay de mí!, me es más cercano que el instante presente.

La cucaracha y yo somos infernalmente libres porque nuestra materia viva es mayor que nosotras, somos infernalmente libres porque mi propia vida es tan poco encajable dentro de mí cuerpo, que no consigo utilizarla. Mi vida es más utilizada por la tierra que por mí, soy tanto mayor que aquello que yo llamaba “yo”, que sólo poseyendo la vida del mundo me poseería a mí misma. Sería necesaria una horda de cucarachas para formar un punto ligeramente sensible en el mundo; no obstante, una sola cucaracha, sólo por su atención-vida, esa única cucaracha es el mundo.

La parte más inalcanzable de mi alma y que no me pertenece es aquella que limita con mi frontera de lo que ya no es yo y a la cual me doy. Toda mi ansia ha sido esta proximidad infranqueable y excesivamente próxima. Soy más aquello que no está en mí.

Y he aquí que la mano que yo aferraba me ha abandonado. No, no. Soy yo quién solté la mano porque ahora tengo que ir sola.

-Escucha, existe algo que se llama santidad humana, y que no es la de los santos. Temo que ni siquiera el Dios comprenda que la santidad humana es más peligrosa que la santidad divina, que la santidad de los laicos es más dolorosa. Sin embargo, el Cristo mismo sabía que, si con Él habían hecho lo que hicieron, a nosotros nos harían mucho más, pues Él había dicho: “Si se hizo esto con la rama verde, ¿qué no se hará con las secas?”

Prueba. Ahora entiendo lo que es prueba. Prueba significa que la vida me está probando. Pero prueba significa que también yo estoy probando. Y probar puede transformarse en una sed cada vez más insaciable.

Yo había ofrecido mi infierno al dios. Y mi crueldad, amor mío, mi crueldad había dejado repentinamente de existir. Y de repente aquel mismo desierto era el boceto todavía vago de lo que se había llamado paraíso. La humedad de un paraíso.

Amor neutro. Lo neutro soplaba. Iba a alcanzar lo que había buscado toda la vida: aquello que es la identidad más última y que yo había denominado inexpresivo.”

“La pasión según G.H.”, como lo ejemplifican los fragmentos expuestos anteriormente, constituye una gigantesca indagación metafísica; una exploración filosófica sobre la existencia humana. Llama la atención la profundidad temática en una narración que no excede las cientocincuenta páginas. El planteo ontológico de la novela conduce a su protagonista y al lector a una peregrinación desde la profundidad del infierno a la luz purificadora del paraíso. Al igual que Dante Alighieri constatamos un viaje, y al igual que Dante personaje, la protagonista trasciende la “selva salvaje, áspera y fuerte”. La diferencia está, en que el poeta florentino, realiza un recorrido a través de una inmensa topografía por el trasmundo, para alcanzar la purificación del alma. G. H., en cambio, no sale de su departamento de Río de Janeiro y apenas alcanza con dar unos pasos hasta encontrar la luz, al abrir la puerta del armario de su empleada Janair.

A propósito de este ahondamiento en el Ser que la caracteriza, Benedito Nunes, profundiza:

“De hecho, el predominio de la conciencia individual en Clarice Lispector no sólo en el centro mimético, sino también en el eje de la narrativa que podemos llamar monocéntrica, porque está centralizada en la introspección de un personaje privilegiado, con el cual se confunde o tiende a confundirse la posición del narrador. Así en las novelas de nuestra escritora, la verdadera acción es interna y nada ocurre independientemente de la expresión subjetiva del protagonista, cuya profundización introspectiva condiciona la estructura de la narración, el nexo entre los personajes, el orden temporal de los acontecimientos, y la perspectiva que encierra, o sea, el modo a través del cual proyecta el mundo y la realidad.” [7]

La búsqueda es un aspecto medular en “La pasión según G.H.”. El “yo” surge como una potencialidad a alcanzar. Y la identidad alcanzada al culminar la obra posee a nivel formal la estructura de un único monólogo a través de una técnica circular donde el último enunciado de cada secuencia comienza reiterándose en el siguiente. Se crea de esta forma, un texto en espiral.

El tema de la identidad ha obsesionado a la humanidad y así lo han demostrado las diversas manifestaciones artísticas y filosóficas a lo largo de la historia. Desde la inscipción en el templo de Delfos -“Conócete a ti mismo”-, en honor al dios Apolo, la filosofía socrática, la tragedia griega hasta la actualidad ya sea en la literatura europea, norteamericana y latinoamericana del siglo XX. La búsqueda del “yo” constituye el eje sobre el que gira el universo novelístico de Clarice Lispector, principalmente en “La pasión según G.H.” y “El Aprendizaje o el Libro de los placeres”. En la primera, la narradora nos confiesa:

“Mi pregunta, si la tenía, no era: “quién soy”, sino “entre quiénes soy”. Mi ciclo estaba completo: lo que vivía en el presente se condicionaba ya para que pudiese yo ulteriormente entenderme. Un ojo vigilaba mi vida, y ese ojo era probablemente lo que yo llamaba ora verdad, ora moral, ora ley humana, ora Dios, ora yo. Vivía yo de tal suerte dentro de un espejo. Dos minutos después de nacer había perdido ya mis orígenes.”

En la segunda novela mencionada anteriormente, Lori emprende el inmenso trabajo de descubrirse a sí misma. Un excelente fragmento de la misma nos recrea el proceso de introspección de la mujer a través de un baño de mar -el lector debe recordar que el nombre de la protagonista “Lori” recoge la tradición germánica de la sirena Loreley-:

“Ahí estaba el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y allí estaba la mujer, de pie, el más ininteligible de los seres vivos. El día que el ser humano se hizo una pregunta sobre sí mismo, entonces se convirtió en el más ininteligible de los seres por donde circulaba sangre. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos desconocidos hecha con la confianza con la que se entregarían dos comprensiones.

Lori miraba el mar, era lo que podía hacer. Sólo le estaba delimitado por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la tierra.

Debían ser las seis de la mañana. El perro libre vacilaba en la playa, el perro negro. ¿Por qué un perro es tan libre?. Porque el misterio vivo no se indaga. La mujer duda porque va a entrar.

Su cuerpo se consuela de su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite volverse caliente y delimitado, y lo que le hacía pobre y libre persona, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de la madrugada.

La mujer no lo sabe, pero está cumpliendo un acto de coraje. Con la playa vacía a esa hora, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego imprudente de vivir. Lori está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una obra de la Naturaleza. El coraje de Lori es el de, no conociéndose, igualmente proseguir, y obrar sin conocerse exige coraje.

Va entrando. El agua saladísima está tan fría que la eriza y ataca sus piernas como en un ritual.

Pero una alegría fatal -la alegría es una fatalidad- ya la invadió, aunque ni se le ocurra sonreír. Al contrario, está muy seria. El olor es el de una fétida marejada perturbadora que la despierta de su más adormecido sueño secular.

Y ahora está alerta, incluso sin pensar, como un pescador está alerta sin pensar. La mujer es ahora una, compacta y liviana y aguda -y se abre camino en la frialdad que, líquida, se opone a ella, y sin embargo la deja entrar, como en el amor en que la oposición puede ser un solicitado secreto.

El camino lento aumenta su coraje secreto -¡y de pronto se deja cubrir por la primera ola!-. La sal, el yodo; todos los líquidos la dejan por unos instantes ciega, toda empapada -aterrada de pie, fertilizada-.

Ahora que el cuerpo está todo mojado y del pelo gotea agua, ahora lo frío se transforma en frígido. Avanzando, abre las aguas del mundo por la mitad. Ya no necesita coraje, ahora ya es vieja en el ritual recuperado que había abandonado hacía milenios. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale toda goteando sobre los ojos salados que arden, juega con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol se están casi inmediatamente endureciendo con la sal. Con el cuenco de las manos y con la altivez de aquellos que nunca darán explicación ni a ellos mismos: con el cuenco de las manos lleno de agua, la bebe a grandes tragos, buenos para la salud de un cuerpo.

Y era eso lo que le estaba faltando: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre.

Ahora está toda ella igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos se enrojecen por la sal que seca, las olas la golpean y vuelven, la golpean y vuelven pues ella es una defensa compacta.

Se zambulle nuevamente, nuevamente bebe más agua, ahora sin avidez pues ya conoce y ya tiene un ritmo de vida en el mar. Es la amante que no teme pues sabe que lo tendrá todo nuevamente.

El sol se abre más y la eriza al secarla, se zambulle de nuevo: está cada vez menos ávida y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere: quiere quedarse de pie quieta en el mar. Así se queda, entonces. Como contra los costados de un barco, el agua golpea, vuelve, golpea, vuelve. La mujer no recibe transmisiones ni transmite. No necesita comunicación.

Después camina dentro del agua de regreso a la playa, y las olas la empujan suavemente ayudándola a salir. No está caminando sobre las aguas -ah, nunca haría eso después de que hace milenios ya hubieran andado sobre las aguas- pero nadie le quita eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar opone resistencia al salir tirándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillando de agua, y sal y sol. Aunque lo olvide, nunca podrá perder todo eso. De algún modo oscuro su pelo empapado es de náufrago. Porque sabe -sabe que creó un peligro-. Un peligro tan viejo como el ser humano.”

En esta secuencia de “El Aprendizaje o el Libro de los placeres” la consustanciación entre mar y mujer constituye el apogeo de la identidad descubierta por Lori. Se hace única e irrepetible, grande, inconmensurable, como el océano mismo con el que comulga. El agua salada -tan importante en los rituales de la religiosidad griega- bautiza y purifica a la protagonista.

Lo que el mar -símbolo de vida, movimiento- le brinda al personaje; en “La pasión según G.H.”, la imagen de una cucaracha que sale del armario de Janair, establece una instancia de éxtasis y anagnórisis en la protagonista, ya que se le presenta como un oráculo a descifrar:

“Al lado de mi rostro introducido por la abertura de la puerta, muy cerca de mis ojos, en la semioscuridad, se había movido una cucaracha enorme. Mi grito fue tan ahogado, que sólo por el silencio contrastante me di cuenta de que no había gritado. El grito se había quedado golpeado dentro del pecho.

Sólo que haber descubierto de repente vida en la desnudez de la habitación me había asustado como si hubiese descubierto que la habitación muerta era, en verdad, poderosa. Todo allí se había secado, pero quedaba una cucaracha. Una cucaracha tan vieja que era inmemorial. Lo que siempre me había repugnado de las cucarachas es que eran obsoletas y, sin embargo, actuales. Saber que ellas ya vivían sobre la Tierra, e iguales que hoy día, antes incluso de que hubiesen aparecido los primeros dinosaurios, saber que el primer hombre ya las había encontrado proliferantes y arrastrándose, saber que habían sido testigos de la formación de los grandes yacimientos de petróleo y carbón del mundo, y allí estaban durante el gran avance y después durante el gran retroceso de los glaciares, la resistencia pacífica. Yo sabía que las cucarachas resistían más de un mes sin alimento o agua. Y que hasta de la madera hacen una sustancia nutritiva aprovechable. Y que, incluso después de pisadas, recuperaban lentamente su forma y seguían caminando. Incluso congeladas, al descongelarlas proseguían la marcha... Hace trescientos cincuenta millones de años que se reproducían sin transformarse. Cuando el mundo estaba casi desnudo, ellas ya lo cubrían pausadas.”

La cucaracha se transforma en esfinge. Enigma a descifrar. Resuena el mito tebano en cada línea de la obra, pero a diferencia de Edipo Rey, G.H. logra descifrar el verdadero oráculo: el de su propio yo. El “pathos” que se presenta en la tragedia sofóclea aquí se transfigura en dolor que es al mismo tiempo felicidad y comunión cósmica.

Existen igualmente diferencias entre lo que el animal representa en este contexto con los significados que posee en “La metamorfosis” de Kafka. En el universo kafkiano, el miriápodo constituye la afirmación de la enajenación de Gregorio Samsa; en: “La pasión según G.H.”, en cambio, es una puerta abierta al descubrimiento de una existencia trascendente. Sin lugar a dudas, la influencia de Kafka está presente, pero el enfoque de Clarice Lispector es absolutamente diferente: mientras Gregorio se afirma en su alienación y no encuentra otra salida que la muerte, G.H. alcanza el plano “inteligible” del cual nos habla Platón -filósofo del Siglo V A.C.- y el Paraíso Perdido planteado en la religión judeocristiana -. Es de resaltar que Clarice une diversas culturas, un ejemplo notorio en “La pasión según G.H.” es la alusión constante al “sabbat”-referencia hebraica- aunado a lo grecolatino:

“Me estaba comiendo a mí misma, que también soy materia viva del sabbat”.

Beber el líquido blanquecino que emana la cucaracha constituye el apogeo del ego cósmico de G.H., el reencuentro con su esencia milenaria:

“Entonces, de nuevo, más de un milímetro de materia blanca brotó de su cuerpo.

Santa María, madre de Dios, os ofrezco mi vida a cambio de la no-verdad de aquel momento de ayer. La cucaracha con la materia blanca me miraba. No sé si me veía, no sé lo que ve una cucaracha. Pero ella y yo nos mirábamos, y tampoco sé lo que ve una mujer. Pero sus ojos no me veían, la existencia de ella existía en mí; en el mundo primario donde yo había entrado, los seres existen unos en los otros como modo de verse. Y es ese mundo que yo estaba conociendo, hay varios modos que significan ver: un mirar al otro sin verlo, un poseer al otro, un comer al otro, un apenas estar en un rincón y que el otro esté allí también: todo eso también significa ver. La cucaracha no me veía directamente, estaba conmigo. La cucaracha no me veía con los ojos sino con el cuerpo.

Y yo, yo veía. No había manera de no verla. No había manera de negar: mis convicciones y mis alas se chamuscaban rápidamente y no tenía ya finalidad alguna. No podía negar ya. No sé lo que no podía negar ya, pero no podía. Y no podía ya recurrir, como antes, a toda una civilización que me ayudaría a negar lo que veía.

La veía entera, la cucaracha.

La cucaracha es un ser feo y brillante. La cucaracha está al revés. No, no, ella misma no tiene ni derecho ni revés: ella es aquello. Lo que en ella está visible es lo que oculto yo en mí: de mi lado que debería estar visible he hecho mi revés oculto. Ella me miraba. Y no era un rostro. Era una máscara de submarinista. Aquella gema preciosa ferruginosa. Los dos ojos estaban vivos como dos ovarios. Me miraba con la fertilidad ciega de su mirar. Fertilizaba mi fertilidad muerta. ¿Estarían salados sus ojos? Si yo los tocase -ya que cada vez me volvía más inmunda gradualmente-, si los tocase con la boca, ¿los sentiría salados?”.

El animal herido le brinda a la protagonista la posibilidad de recuperarse a sí misma. Su condición de “ser” entre los “seres”; por eso el énfasis está en la fertilidad. G.H. ha permanecido hasta este encuentro, en el limbo de la indolencia y la infertilidad. La esfinge moderna, emerge con su líquido blanquecino, como una fuente de vida que inunda al personaje y la hace palpitar como ser vivo.

Su vida se vuelve fértil porque comprende el secreto mismo de la vida: el estar vivo. Indagar en las profundidades de la existencia constituye una verdadera obsesión en el universo narrativo clariceano; en “El Aprendizaje o el Libro de los Placeres”, en su primera sección: “El origen de la primavera o La muerte necesaria en pleno día”, la narradora en primera persona nos dice:

“Lavaba su rostro despacio, ya con el camisón puesto para dormir. Se retrasaba, retrasaba. Se cepilló una vez más los dientes. Su frente estaba fruncida, su alma trémula. Sabía que iba a tratar de rezar y se asustaba, como si lo que fuera a pedir de sí misma y al Dios necesitase mucho cuidado: porque lo que pidiera, le sería concedido.

¿Pedir? ¿Cómo se pide? ¿Y qué se pide?

¿Se pide vida?

Se pide vida.

¿Pero no se está ya teniendo vida?

Existe una más real.

¿Qué es real?

Y no sabía cómo responder. A ciegas tendría que pedir. Pero ella quería que, si era a ciegas, al menos entendiese lo que pedía. Sabía que no debía pedir lo imposible: la respuesta no se pide. La gran respuesta no se nos da. Es peligroso revolver en la gran respuesta. Prefería pedir humildemente, y no a su altura que era enorme: Lori sentía que era un enorme ser humano. Y que debía tener cuidado. ¿O no debía?. La vida entera había tenido cuidado en no ser grande dentro de sí para no tener dolor.”

El secreto de la vida se vuelve una búsqueda incesante.

Una trayectoria -“pasión”- marcada por el sabor de la sal como lo puntualiza G.H. en el fragmento citado. La alusión a la sal en los ojos de la cucaracha, es igualmente significativa, en cuanto implica confirmación de la existencia. La sal -que da sabor a las cosas- es, al mismo tiempo, un estado de conciencia superior que G.H. ha alcanzado, como lo alcanza Lori en “El Aprendizaje o El Libro de los placeres” al entregarse y comulgar con la salada agua oceánica. Mirar al mundo y al prójimo -e incluso a Dios- con ojos impregnados de sal, implica observarlo todo desde el abismo absoluto de la vida, abismo que explora la narradora a lo largo de toda la novela -se constata una larga tradición con respecto a la importancia de la sal, así lo observamos en el mundo griego cuando el suplicante entra al templo a pedir ayuda debiéndose lavar sus manos con agua salada o en “Rey Lear” de Shakespeare-.

He aquí su pasión: su historia, su recorrido, su resurrección. De la indolencia a la acción, de la indiferencia a la reflexión, del spleen a la redención, del Caos al Orden. La trascendencia al final del camino es de tal significación para Clarice Lispector que cita un fragmento del Apocalipsis -4,1-, a modo de epígrafe en “El Aprendizaje o el Libro de los Placeres”:

“Después de esto miré y he aquí que vi una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, que hablaba conmigo, me dijo: “Sube acá y te mostraré las cosas que han de suceder en adelante.”

Antes de enfrentarse a la epifanía que le ofrece la cucaracha, G.H. al abrir la primera puerta y entrar al cuarto de Janair, observa un mural:

“En la pared blanqueada contigua a la puerta -y por eso aún no lo había visto- estaba casi en tamaño natural la silueta, trazada con carboncillo, de un hombre desnudo, de una mujer desnuda y de un perro que estaba más desnudo que un perro. En los cuerpos no estaba dibujado lo que la desnudez revela, la desnudez venía solamente de la ausencia de todo lo que recubre: eran las siluetas de una desnudez vacía. El trazo era grosero, hecho con la punta quebrada del carboncillo. En algunos trozos la línea se duplicaba como si un trazo fuese el temblor de otro. Un temblor seco de carboncillo seco.”

El mural, realizado por Janair, se transforma en una prefiguración del éxtasis posterior, brindado por la mirada hipnótica del animal herido. Ejemplifica, a su vez, la importancia de los clásicos en una narrativa absolutamente revolucionaria -“El Aprendizaje o el Libro de los Placeres”, comienza con una coma y culmina en dos puntos, por ejemplo-. La referencia clásica está presente en la alusión al Can Cervero, Guardián del Hades -mundo de los muertos en el contexto griego- y a Adán y Eva en el Paraíso Terrenal. Encontrarse a sí misma, involucra, por otra parte, para G.H., encontrarse con las civilizaciones que la han precedido; con la humanidad misma desde sus orígenes, ya sea desde la cosmogonía griega o judeocristiana.

La importancia del mundo hebraico es notoria en Clarice; de ahí, que las referencias al “Sabbat” sean constantes a lo largo de “La pasión según G.H.”:

“Nunca más descansaré: robé el caballo de caza del rey del sabbat. Si me duermo un instante, el eco de un relincho me despierta. Y es inútil no ir. En la oscuridad de la noche, su resuello me despierta. Finjo que duermo, pero en el silencio el corcel respira. Nada dice pero respira, espera y respira. Todos los días será lo mismo: ya al atardecer comienzo a ponerme melancólica y pensativa. Sé que el primer tambor en la montaña traerá la noche, sé que el tercero me habrá ya envuelto en su estrépito.

Y al quinto tambor estaré ya inconsciente en mi codicia. Hasta que de madrugada, con los últimos tambores levísimos, me encontraré sin saber cómo junto a un arroyo, sin saber jamás lo que hice, al lado de la enorme y fatigada cabeza del caballo.

Cansada, ¿de qué?. ¿Qué hicimos, los que trotamos en el infierno de la alegría?. Hace dos siglos que no voy. La última vez que descendí de la silla adornada, era tan grande mi tristeza humana, que juré que nunca más iría. El trote, no obstante, continúa en mí. Converso, arreglo la casa, sonrío, pero sé que el trote está en mí. Siento su falta como quien muere. No puedo ya dejar de ir.

Y sé que de noche, cuando él me llame, iré. Quiero que una vez más el caballo conduzca mi pensamiento. Con él aprendí.”

En hebreo, “sheva”, significa siete; “sabbat” es la “septemia”, el conjunto de los siete, y se refiere originalmente a los días que le llevó a Dios crear el mundo. Según el Primer libro de la Biblia, el “Bereshit” -significa las raíces-, en el séptimo día, Dios contempló su obra, creada en los seis días anteriores y la santificó en el séptimo, al honrarse a contemplarla. Dentro del contexto hebraico, el “sabbat” es de suma importancia, porque constituye el cuarto mandamiento que recibió Moisés en el monte Sinaí, y el único que se salvó al romper las tablas de la ley al descender y observar cómo su pueblo se había alejado de la fe -a pesar de Aron Hacoen, sacerdote que trató en todo momento de mantener la unión a través del monoteismo, pero sin éxito-. La legislación judaica se basa en este cuarto mandamiento -“Respetarás el sabbat”-, considerado el más importante porque contiene a todos los otros.

El espíritu reflexivo y contemplativo de Clarice se corresponde estrechamente -tanto a nivel formal como ideológico- con el “sabbat” porque si el hombre se detiene y contempla el Mundo -lo Creado, el Orden- se santifica. Si Dios dispone la santidad del “sabbat” y si el gran legislador -Moisés- nos enseña que ese es el mandamiento más importante, el “sabbat” es santo más allá de toda valoración humana; es un valor absoluto, tan absoluto como el “Santo, Santo, Santo” Dios.

G.H. se reconoce como carne viva del “sabbat”; de ahí, otro aspecto de su búsqueda, reencontrarse con la esencia divina. En el fragmento citado, la protagonista nos informa que ha robado el caballo de caza del rey del “sabbat”; metafóricamente, reconoce sus errores como ser humano, pero al mismo tiempo, agrega que el caballo relincha noche a noche y guía su pensamiento. El caballo resuena como resuena la vida; lo que G.H. pretende explicitar -en forma figurada- es que por más que no veamos la luz, la luz está. La norma, como valor absoluto está más allá de cualquier violación. Dentro de este aspecto religioso de la novela, Clarice Lispector le otorga al “sabbat” el más alto de los valores. Su búsqueda será consustanciarse con el caballo profanado; de esta forma la narración discurre como una auscultación del camino -“vikura derej”, en hebreo-, una peregrinación a la felicidad -“osher”, en hebreo, proviene de “ashir” (rico)- para dejar atrás lo negativo y la maldad humana -“roa”- y alcanzar el bien y la identidad -“Tov”-. Pasión involucra, por todo lo antedicho, vivir -“Jaim”- a través de un intenso cuidado del alma -“nefesh”-.

Además de este enfoque religioso que asocia la vida como búsqueda constante de Dios -en una cucaracha, en un ser humano, en el Cosmos- la novela posee muchos abordajes posibles siendo un claro ejemplo de “Obra Abierta” según la concepción de Umberto Eco.

Posee una lectura existencial-ontológica, social, metafísica y psicoanalítica. La escritura es proceso y las palabras son al mismo tiempo estructuración de la protagonista en todas las lecturas posibles. Constituye una “novela polifónica” como denominó Julia Kristeva y cada vez más, la novela se hace “texto”, en el sentido de Roland Barthes:

“avanza hacia los límites de las reglas de la enunciación (de la racionalidad, de la legibilidad) para ser siempre paradójica y dilatoria”.[8]

Profundizando en las distintas aperturas que posee la novela, plantearemos ahora una de sus múltiples lecturas: la sociológica. No constituye una típica obra de corte social como la de Jorge Amado o Graciliano Ramos. Lo sociológico, está unido a lo psicológico, a lo existencial, y a lo ontológico-metafísico. G.H. es la representante de la clase alta brasileña y la sala, ubicada en el departamento de Río de Janeiro donde vive, así lo indica. También su actitud inicial: la apatía, cierto estado parasitario, la lentitud con que disfruta del desayuno, el cigarrillo que enciende posteriormente... Su antagonista -aparente, porque contribuye a la elevación de G.H.- es la empleada Janair que posee su propio cuarto con peculiaridades diferentes al living de su patrona: el aire seco y árido, que alude al calor y a la pobreza del nordeste.

Dos espacios físicos que nos remiten a dos estratos sociales y al mismo tiempo a varios temas importantes vinculados: dominador-dominado, verdugo-víctima. Lo interesante de “La pasión según G.H.” es que quien aparenta ser la dominadora -por su condición social- y la verduga es G.H., sin embargo, en el discurrir de la obra es la propia G.H. quien descubre su condición de tal a través de una gran anagnórisis al estilo de los grandes héroes griegos, y se redime. Se rebela. Y al rebelarse en su iluminación pasa a convertirse en la víctima dentro de sus pares: los burgueses. Interesante es de señalar que el acto subversivo proviene de G.H. y no de Janair, ésta solamente se limita a través de su doble: la cucaracha, a contribuir a la reinstauración de la justicia. La protagonista comienza en el individualismo absoluto -típico de la modernidad- para culminar en la comunión con la otredad, al saberse parte de un todo armónico e integrado -característica clásica-.

Solange Ribeiro de Oliveira afirma:

“Habitante de las “supercapas” de las arenas del mundo, instalada en la cima de la pirámide social, representada por su lujoso apartamento, la escultora tiene que aprender, como parte de su “pasión”, a confrontarse con las clases excluídas, manifestadas en la persona de la empleada Janair y de su alter ego: la cucaracha. El descubrimiento del ser humano contenido en la criada coincide con el de la inmanencia, que la protagonista aspira a alcanzar. La problemática metafísica y la social concurren, como partes de un todo más amplio.”[9]

Por lo antedicho, confluyen en la narración varios aspectos de la conciencia en G.H.: lo personal, lo social y lo místico. Personal y socialmente, G.H. representa -al principio de la narración- el parasitismo elegante de la clase alta de Brasil. Rica, sin hijos, soltera y económicamente independiente. Janair representa, por el contrario, la clase oprimida. Significativamente no está presente en la obra, al trabajador se lo usa y se lo deshecha como persona. Detrás de Janair y de esa cucaracha con la que comparte varias características: “el rostro negro... la piel enteramente opaca... su cuerpo es achatado... boca marrón bien dibujada... ojos negros facetados... finos y largos bigotes”. Detrás de Janair y la cucaracha está el grito de los oprimidos sofocado por la clase opresora:

“Aquella mujer... era la representante de un silencio, como si representase un país extranjero, la reina africana. Y que allí dentro de mi casa se había alojado, la extranjera, la enemiga indiferente”.

La “resistencia pacífica” de los humildes está presente en el obstinado impulso de supervivencia de la cucaracha. Y es a través de esta que la narradora nos caracteriza la procreación fecunda de los pobres -recordemos que ella ha optado por no tener hijos- al aludir a “los quince millones de hijas... de la cucaracha”. La fertilidad del pobre frente a la infertilidad voluntaria del rico. Lo fascinante de la novela es que G.H. no destruye a la cucaracha y lo que esta significa ideológicamente. La observa y se integra a ella. La narradora retrocede en el camino de su vida y se acepta como ser vital íntegro y unido al universo cuando acaba por identificarse con la cucaracha al ver una sustancia emanando del animal aplastado y reconociendo allí a la propia sangre y a los flujos del hijo abortado. La identificación es de tal magnitud que G.H. quisiera hacer propio el grito oprimido y silenciado de Janair:

“Si yo gritase despertaría a millares de seres gigantes, que iniciarían por los tejados del mundo un coro de gritos de horror.”.

Y agrega:

“Yo, cuerpo neutro de cucaracha... yo soy la cucaracha.”

G.H. a raíz de este proceso evolutivo que la novela plantea nace como un ser nuevo al levantar el velo ideológico en que estaba envuelta y revertirlo. Comete el suicidio de clase pero se pare a sí misma.

La obra puede leerse también desde un enfoque psicoanalítico. La sala de G.H. representa el conciente, el “contenido manifiesto” de las cosas en términos freudianos, mientras que el cuarto de Janair simboliza el inconsciente y el “contenido latente”. Desde este punto de vista, el cuarto de Janair constituye la zona profunda y desconocida de G.H. El Oráculo enigmático que está a su lado y ha de revelarse. Oráculo que al ser descifrado purifica y dignifica a la escultora como ser humano.

El enfoque existencialista es igualmente apropiado a la lectura de la novela. La mirada de los personajes funcionan a modo de espejo para la configuración del Ser. La palabra, la narración misma, que es proceso artístico, se convierte en proceso de reestructuración de la identidad. El Verbo es Creación.

Novela inagotable, ocupa sin lugar a dudas, como señala Antonio Cándido: “un nuevo día para la literatura brasileña” [10]

La prosa clariceana, es absolutamente innovadora; no obstante, la tradición del mundo clásico está presente en el contenido -no así en la forma-, no solo en “La pasión según G.H.” sino en “El aprendizaje o el Libro de los Placeres” donde los dos protagonistas: Lori y Ulises, nos remiten a las mitologías germánica (la sirena Loreley) y a la griega con el ingenioso Ulises (será este personaje precisamente quien a través de su legendaria sabiduría emprenderá el largo viaje de la enseñanza a Lori).

Para finalizar esta investigación, destacamos que la prosa de Clarice Lispector constituye una mirada de mujer sobre el ser humano y el universo, a través de innovaciones formales pero recogiendo largas tradiciones culturales de diversa índole: el pensamiento grecolatino, egipcio, hebraico, medieval, entre otros, para plantear como eje temático: la construcción de la identidad al mismo tiempo que se construye la novela como obra. Fondo y forma se unen intrínsecamente en una narrativa que trasciende lo socio-político, lo religioso, lo moral, lo estético, lo psicológico y lo ontológico-metafísico. “La pasión según G. H.” (título que parafrasea La pasión según San Mateo; entendiendo por “pasión”: historia, recorrido, evolución y entrega) constituye conjuntamente con “El Aprendizaje o el Libro de los Placeres” una de las más altas expresiones de la literatura brasileña del siglo XX.

 

Notas bibliográficas

[1] Elena Losada Soler: “La palabra rigurosa”, tesis realizada en la Universidad de Barcelona. 1988.

[2] Clarice Lispector: “Un soplo de vida-pulsaciones” -fragmento-, El Paseante No. 11, Siruela, Madrid.

[3] Clarice Lispector:“Esbozo para un posible retrato”, texto recogido por Olga Borelli.

[4] Antonio Maura: “Presencia de Clarice Lispector en el panorama cultural brasileño del siglo XX”

[5] Clarice Lispector: “Un momento de desánimo”, Jornal do Brasil, 20-12-1969.

[6] Hèléne Cixus: “Ver o no ver”, Revista “Antropos”, Extra 2, 2000.

[7] Benedito Nunes: “La escritura del cuerpo y el silencio”, Río, 1989.

[8]- Roland Barthes: “From Work to Text”, Image, Music, Text, New York, 1977.

[9] Solange Ribeiro de Oliveira: “A paixao Segundo G.H.: una lectura ideológica de Clarice Lispector”, Revista “Antropos”, Extra 2, 2000.

[10] Antonio Cándido: “Ao raiar de Clarice Lispector”, Varios escritos, San Pablo, Duas Cidades, 1970.

 

© Jorge Dos Santos Silveira 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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