Los relatos de la ciudad: papeles de trabajo

Edgardo H. Berg

Centro de Letras Hispanoamericanas (CELEHIS)
Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina)


 

   
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Resumen: Se trata de la mostración de una serie de planteos provisorios y un primer escalpelo de lo que llamaríamos el itinerario urbano en la ficción; que comprende, asimismo, su propia recursividad metalingüística o su propio proceso de autorreflexión: es decir, lo que intentaré pensar es la respuesta que la literatura argentina de estos últimos años ha dado a los nuevos escenarios urbanos. Dicho de otra manera, como una serie de relatos literarios han construido cierta imaginería de la ciudad contemporánea.
Palabras clave:escenario urbano, ciudades, literatura argentina contemporánea

 

“[....] y de pronto la ciudad” (Roberto Arlt)

 

La hipótesis de trabajo que voy a desarrollar se parece, en más de un sentido, a un apunte callejero, escrito a partir del vagabundeo por los mundos posibles que construye la ficción argentina contemporánea. Se trata, más bien, de la mostración de una serie de planteos provisorios y un primer escalpelo de lo que llamaríamos el itinerario urbano en la ficción; que comprende, asimismo, su propia recursividad metalingüística o su propio proceso de autorreflexión: es decir, lo que intentaré pensar es la respuesta que la literatura argentina de estos últimos años ha dado a los nuevos escenarios urbanos. Dicho de otra manera, como una serie de relatos literarios han construido cierta imaginería de la ciudad contemporánea. De manera paralela a la transformación del espacio ciudadano, se ha dado un cambio en los modos de representación de la experiencia urbana. Entonces, no sólo habría que pensar en una semiótica urbana que estudiara la ciudad como texto, como inscripción humana en el espacio; sino, también, como medio de interacción e integración de las diferentes prácticas de los sujetos. La ciudad, entonces, puede ser vista en los rastros perdidos o avizorados y en las imágenes del deseo, presentes o ausentes, reales o imaginados.

Las ciudades, como sabemos, se construyen con edificios oficiales, casas, parques, calles, señales de tránsito y autopistas. Sin embargo, hay otras ciudades que existen si uno elige otro mapa u hoja de ruta. En la vigilia o en los sueños visitamos otras ciudades que nos sobrepasan y en las cuales, siempre, dejamos, casi sin saberlo, las huellas de nuestro desplazamiento.

La ciudad como texto. El soporte de la letra erige el mito de la ciudad literaria. Los desplazamientos y las migraciones sobre esa ciudad son, de algún modo, una aventura antropológica que intenta responder a los nuevos escenarios urbanos. En el mundo contemporáneo esa ficción y ese relato contribuyen a reconocer, muchas veces, nuevos actores sociales desterritorializados del lenguaje oficial. La ciudad como inscripción del deseo humana en el espacio, pero también como medio de interacción de las prácticas de los sujetos. Como una muestra ejemplar de las transformaciones en la producción de sentido, la ciudad en la literatura puede ser, también, un relato de resistencia a la domesticación estatal y telepática. En este sentido, la discursividad cultural, de estos últimos años, se centran en nuevas tribus metropolitanas que crean nuevos modos contraculturales, así como elaboran todo una estética y un conjunto de lenguas proliferantes.

La literatura siempre ha sido un ejercicio que reparte territorios y recorta el espacio. Esos derroteros que inscribe la ficción cultural, van a marcar, en primer lugar, un itinerario y un registro de pasaje: un relato de viaje y de exploración antropológica. Y como sabemos, el espacio de la ciudad edifica gran parte de la literatura argentina. Para decirlo, de otra manera; un texto, o una serie de textos también funcionan como una especie de señal de tránsito: la calle Arlt, la calle Viñas, la calle Lamborghini, la calle Piglia, la calle Chejfec; para nombrar algunas calles de la geografía nacional. En definitiva, son puntos en un mapa, señales al borde del camino, hojas de ruta. De ahí que el epígrafe marque un punto de oposición y réplica, un primer lugar de enunciación. Quiero decir a la formulación “De pronto: el campo”, título de un libro de Graciela Montaldo, que remite a un verso del libro Interlunio de Oliverio Girondo, nosotros contestamos con la palabra arltiana: “y de pronto la ciudad”. Y de esto, habría mucho que decir.

La ciudad ha sido uno de los grandes temas de la literatura argentina del siglo XX, y porqué no decirlo de nuestro actual siglo. Decir esto, equivale a pensar el modo como la literatura -al igual que otras como la europea y la americana- construye la ciudad como un espacio y un escenario que organiza, de algún modo, los sueños y las pesadillas surgidas de las transformaciones sociales y políticas. En este sentido, la imagen de la ciudad no será sólo un motivo de representación (en el registro realista, alegórico, hipotético, crítico o paródico) o un tópico presente en algunos textos, sino y principalmente, una obsesión sintomática de la literatura argentina. Mi proyecto, entonces, se propone un recorrido por las imágenes de la ciudad en la literatura argentina de las últimas décadas. Y al plantearlo, también, tiene la intención de trazar una historia de los imaginarios urbanos y de los dispositivos estéticos que la presentan como texto escribible: del realismo a las hipótesis del fantasy o a los modos sesgados y laterales de la ciencia ficción contemporánea, del impulso utópico que nos retrotrae en más de un sentido a Arlt -quiero decir que remiten muchas veces a los laboratorios imposibles, a las máquinas de producir ilusión de esos relatos que circulan por la ciudad arltiana- al registro fragmentario del collage, que trabaja con los restos y los desechos urbanos y sus lenguajes nómades. En este sentido, la ciudad, sería una máquina simbólica, una disposición espacial que presenta el diagrama de una sociedad, un horizonte en el que se inscribe por un lado, el deseo y, por otro, la denuncia o el testimonio. Para decirlo de otro modo, estas ficciones contemporáneas construyen un saber hipotético o teórico, una ciencia ficción en el decir de Michel de Certeau, sobre el ideograma básico de la ciudad letrada. Son ficciones, en muchos casos que abren una grieta o una interferencia de otro tiempo, como resto o huella del recuerdo -la ciudad se transforma en este sentido en un total recall- Y los que inscriben con su paso esa grafía del camino, los sujetos paseantes, que se constituyen como tales a partir de que recorren un trayecto urbano, son personajes extra-vagantes o extraditados: cartoneros, cirujas, crotos, desclasados, under o parias sociales. Las ruinas y los fragmentos dispersos, los neumáticos inservibles, las palanganas oxidadas, el canto de un ave nocturna manchada de hollín, las azoteas tugurizadas, los restos de mampostería, las manchas de pasto, el ruido disonante de motores que pasan, para nombrar algunas imágenes que elabora la ficción, sedimentan la arquitectura y el diseño urbano, no sólo del presente, sino también del mañana. En la contemporaneidad, también esa ficción ha contribuido a la creación de nuevos ideolectos y argots territoriales en el interior de una gramática y de una lengua prescripta de antemano. Esos nuevos lenguajes, muchas veces, están producidos por nuevos sujetos sociales, decíamos, desterritorializados del lenguaje estandarizado y oficial. Y la misma expedición y aventura antropológica suscita, muchas veces, una cuestión problemática sobre el plano enunciativo e ideológico. Y si el dinero, en algunas ocasiones, es reemplazado por nuevas formas de ilusión, por nuevas formas de trueque y de intercambio económico, por Buenos Aires circulan entonces, nuevos traperos; nuevos lúmpenes y parias sociales del capitalismo tardío. Y si ya no es posible pensar en la dicotomía clásica entre campo y ciudad, es porque se ha trastocado centro y periferia; y ahora, muchas veces, los asentamientos ya no son extramuros, sino que ocupan las terrazas y los techos de los edificios más próximos. Entonces, la disgregación social y las transformaciones negativas del paisaje diseñan una hipótesis regresiva; son los sedimentos de la pesadilla futura: plantas silvestres que crecen, vecindarios degradados y gente portando botellas o rescatando los desechos de los contenedores o de los restaurantes. En este sentido, se podría decir que la visión de la ciudad, muchas veces, es literalmente alegórica, si me permiten el oxímoron, ya que reúne los fragmentos, los desperdicios y las ruinas del diseño urbano moderno.

Buenos Aires, entonces, como espacio social, puede convertirse en un escenario de nuevas articulaciones imprevistas. Los rastros que disemina la topografía urbana, construida por la ficción, proyectan un paisaje, una ciudad con nuevas imágenes, a través de los viajes, callejeos o manías ambulatorias, que funcionan, en más de una ocasión, como nexos territoriales y como metonimia de las diferencias de clases.

La literatura argentina junto a otros discursos sociales, como el cine o el fenómeno del llamado rock nacional, ha dado cuenta de nuevas sociedades tribales y nuevos sujetos nómades que deconstruyen los presupuestos e ideologemas básicos de la ciudad tradicional y letrada; pensada en lo alto o en la cima para defenderse de una invasión extranjera, o lo largo de un río para encontrar una orientación y dar sentido a un grupo de pertenencia. En este sentido, podríamos decir que el viaje o la exploración urbana -desde Roberto Arlt, pasando Bernardo Kordon y David Viñas, hasta Ricardo Piglia, para dar algunos ejemplos- es, al mismo tiempo, una aventura antropológica y un espacio de la productividad semiótica. Por otro lado, la proliferación de los relatos urbanos y la refiguración de la ficción proletaria -de Léónidas Lamborghini, pasando por César Aira, Sergio Chejfec, o Marcelo Cohen-, la inclusión de las jergas y los argots producidos por los nuevos sujetos urbanos, el estallido de lenguas proliferantes en el entramado social y la desintegración urbana en el paisaje postindustrial -los espacios vacíos y las nuevas tierras baldías de nuestra literatura- testimonian un nuevo modo de acercamiento y de relación entre la literatura y la ciudad.

Del mito del vagabundeo y del nomadismo en los años sesenta, producto de cierta traslación del imaginario de la “beat generation” (Bob Dylan, Jack Kerouac para nombrar dos nombres relevantes), quiero decir de la manía ambulatoria y la novela peregrinatio en, por ejemplo, Haroldo Conti y en la poesia (sub)urbana del rock nacional, o de la ciudad alienada y multifacética de David Viñas al paisaje sincrético que produce el fantástico y la ciencia ficción contemporánea (como en Marcelo Cohen, o en Piglia, etc) - que hacen indiscernibles el paisaje mental con el paisaje urbano-, la literatura nacional ha intentado constituir distintas versiones de la ciudad. Los nuevos nómades contemporáneos, emprenden, entonces, un itinerario que va del vagabundeo al extravío y nuevas formas de descentramiento. Quiero decir: de los desclasados arltianos, pasando por los “crotos” de Bernardo Kordon, los “ex” piglianos, a los nuevos lúmpenes urbanos y desarrapados sociales de Sergio Chejfec, Juan Carlos Martini o Aira. La ciudad, en la ficción contemporánea, decíamos, está surcada por nuevos territorios baldíos que alternan con los hitos de la transformación urbana, es decir configuran el espacio a través de los deshechos industriales del capitalismo tardío, decía.

Quisera plantear una segunda hipótesis que me parece central y que se desprende de lo que hablamos hace un momento. Como ustedes saben, Vladimir Lenin, en su ensayo La literatura y el arte, elabora el concepto de literatura proletaria a partir de la idea del partidismo en el arte -es decir de la fusión entre las formulaciones artísticas y la causa política de la revolución y el escritor proletario emblemático, para Lenín, es Máximo Gorki- Y, en este sentido, para Lenín es imposible pensar en un proletariado que no sea urbano. Ahora bien, está resolución política e ideológica se basaba en una distinción clásica que oponía la ciudad como lo que no es campo. Este enfoque, durante las primera década del siglo XX tuvo un fuerte impacto; y oponía de manera tajante el campo como el lugar de las relaciones primarias y la ciudad, como el lugar de las relaciones intersubjetivas secundarias. Sin embargo, en la actualidad, uno puede observar como se desplazan al atardecer, y sobre el centro de una ciudad, marginales y nuevos parias sociales tirando de un carro con caballos, o puede percibir espacios urbanos atravesados por signos rurales y sedimentos propios del espacio rural.

Volviendo, a nuestra segunda formulación: ¿existe una ficción proletaria en la actualidad? ¿Qué queremos decir con ficción proletaria? ¿La infusión baudelaireana de la literatura del pobre? ¿La carroña urbana como el alimento de las nuevas ficciones patrias? ¿O estamos hablando de sujetos nómades y desclasados que se extravían en el nuevo escenario urbano? Y de ser así, ¿es posible pensar en un proletariado extramuros? Quisiera decir que esta preocupación surge de una primera observación a propósito de la lectura de dos ficciones actuales. Y me llamó la atención como dos novelas reanudan, de algún modo, ciertos tópicos y motivos de la llamada ficción proletaria, propia de los años sesenta: me refiero a Boca de lobo de Sergio Chejfec publicada en el año 2000 y a La Villa de César Aira del año 2001. Con esto quiero afirmar, en primer lugar, la sugestiva reposición que hace Sergio Chejfec de algunos motivos y materiales con que trabajaba la llamada novela del realismo social: la localización de los hechos en un barrio suburbano, una fábrica, en particular, como espacio central, un obrero despedido, una trabajadora fabril que es traicionada. Si se quiere Boca de lobo, cuenta la historia de amor y de abandono entre una obrera y un hombre que, es ajeno al mundo de esa fábrica. Y vuelve sobre una problemática propia de esa ficción sesentista: las relaciones de dominación, la alienación producto de la división del trabajo, la relación enajenante entre el trabajador y la máquina de trabajo, la relación entre trabajador y su producto de trabajo. Sin embargo, no hay en Boca de lobo marcas referenciales precisas, ni en las coordenadas espacio-temporales, ni en el sistema de nominación: no sabemos a qué urbe corresponde ese suburbio, no sabemos cuál es el colectivo del que baja la mujer, no sabemos cuál es la fábrica en la que trabaja, no sabemos, tampoco, cuándo transcurre la historia. La novela parece plantearse formalmente, como es propio en la poética de Chejfec, sobre la indeterminación y la incompletud: los lugares desplazados, las calles sin destino, la desintegración de los lugares conocidos y familiares, los personajes anónimos -x, y o z- que vagan extravíados en un paisaje en constante transformación. Esos personajes des-figurados -y con esto quiero decir: construídos por fuera de los protocolos de la teoría lukacsiana de la novela- tienden a desvanecerse y se sumergen sobre el detritus urbano, sobre los los deshechos y las grietas que comienzan a confundir la naturaleza rural y la urbana, presagiando un inevitable retorno a lo silvestre. Chejfec, mira, entonces, la escena social como un extranjero y se coloca en un lugar excéntrico, por fuera de los postulados estéticos del realismo. Por otro lado, es curioso la radicalidad de lo narrado en Aira; justamente, en una literatura, que hace de la intrascendencia, de la frivolidad y de la deriva de las superficies, su programa artístico por excelencia. Dicho de otro modo, ¿qué tiene que ver ese espacio de la marginalidad absoluta con una poética proliferante y como caída del cielo, producida en más de una ocasión por la fuerza del azar y la acción pura? Para decirlo de otro modo, ¿cómo se articula esa ficción proletaria en una poética básicamente resbalosa e intratable en términos de valor?

En La villa, de Aira, pululan historias de cartoneros, linyeras y cirujas, mucamas, policías corruptos, narcotraficantes, dealers, que multiplican su identidad en las historias de los otros. Todo pareciera estar girando sobre la rueda de la fortuna, en recorridos irrepetibles, dentro y fuera de la villa, en el barrio superpoblado del Bajo Flores. Y los personajes de la novela de Aira, de uno u otro modo, son expulsados del régimen legal y son arrastrados a salir del centro de Bonorino, para internarse en el corazón maligno y secreto de la villa, de la villa del Bajo Flores.

Cuando escribía estas líneas recordaba a Alvaro Yunque y sus Versos de la calle (1924), libro que coloca la poiesis urbana en el terreno de la im-propiedad colectiva (sin dueño, ni paternidad autoral) y a una aguafuerte arltianana, “Ventanas iluminadas”, en donde el sujeto paseante descubre e imagina sobre “el cubo negro de la noche” y en la refracción fulgurante de un monoblock, las hojas y los borradores en germen de un relato futuro y por hacer.

¿Cómo son los relatos de la ciudad que construye la literatura argentina? ¿Existe la ficción proletaria en la actualidad?

Quizás, en este placer por vagabundear y callejear con algunos papeles en la mano, comience a anotar algún apunte sobre una calle desconocida. La respuesta, seguramente, está en el corpus; quiero decir en el cuerpo de algunas novelas y poemas contemporáneos, o en una serie de letras del rock nacional.

 

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© Edgardo H. Berg 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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