Doña Bárbara revisitada: una aproximación desde el presente

Roger Vilain

Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes (CIELA)
Universidad Nacional Experimental de Guayana (Venezuela)
rvil35@hotmail.com


 

   
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Resumen: La obra de Rómulo Gallegos da un golpe sobre la mesa en tanto arte narrativo. Junto con la urdimbre novelesca, que implica el quehacer de un escritor maduro, supuso además un modo de aproximarse, literariamente, al vasto y complejo abanico de lo hispanoamericano.
  En líneas generales la praxis regionalista intentó vislumbrar el carácter local, la simbología propia que desde el plano de la literatura es posible crear sobre la base de nuestras realidades, de nuestras condiciones de vida, de nuestros valores y características, tanto geográficas como sociales. En función de su formación positivista, Gallegos pretendió llevar a cabo el mandato según el cual resulta imperativo sobreponerse a cierto determinismo geográfico, es decir, luchar contra las adversidades de la selva o el llano, empinarse y sortear dificultades marcadas por la naturaleza a la que pertenecemos. Sólo así sería posible progresar. Únicamente de esta manera la luz de la civilización vencería a las tinieblas de la ignorancia, hondamente representadas en la dupla dicotómica barbarie-civilización.
  Lo auténtico, lo propio, lo “nuestro”, es necesario considerarlo pero partiendo del hecho ineludible de que asimismo lo reconocemos para doblegarlo. El medio agreste, la condición salvaje e indómita del paisaje venezolano están ahí para reexaminarlos, para revalorizarlos por vía doble: 1.- afirmando y percibiendo su fuerza, su reciedumbre, su influencia en nosotros, y 2.- batallando contra ellos en afán civilizatorio.
  Tales elementos se hallan en la novela que nos toca. Sin duda, el condicionamiento ambiental juega rol preponderante en la psicología y el carácter de los personajes. Doña Bárbara, Marisela, Santos Luzardo, evidencian un claro paralelismo con las fuerzas de la naturaleza, con la avasallante energía telúrica, para bien o para mal, de los llanos venezolanos. Se trata de una característica fundamental que circunscribe la narrativa galleguiana al ámbito del regionalismo hispanoamericano. Sin embargo, en este trabajo partimos de la hipótesis de que en Doña Bárbara existen otros elementos, quizá poco estudiados, probablemente menos tomados en cuenta a la hora de leer la novela. Y es que en Doña Bárbara podrían manifestarse algunos rasgos conductuales de la sociedad venezolana que encontramos hondamente instaurados en el presente, asunto propiciador de otro elemento de peso si indagamos sobre su actualidad, que es indudable: el hecho de que probablemente no se han dejado atrás ciertas conductas, atinentes a la ciudadanía, reñidas con la civilidad.
Palabras clave: Doña Bárbara, regionalismo, ciudadanía, civilidad.

 

La obra de Rómulo Gallegos da un golpe sobre la mesa en tanto arte narrativo. Junto con la urdimbre novelesca, que implica el quehacer de un escritor maduro, supuso además un modo de aproximarse, literariamente, al vasto y complejo abanico de lo hispanoamericano.

En líneas generales la praxis regionalista intentó vislumbrar el carácter local, la simbología propia que desde el plano de la literatura es posible crear sobre la base de nuestras realidades, de nuestras condiciones de vida, de nuestros valores y características, tanto geográficas como sociales. En función de su formación positivista, Gallegos pretendió llevar a cabo el mandato según el cual resulta imperativo sobreponerse a cierto determinismo geográfico, es decir, luchar contra las adversidades de la selva o el llano, empinarse y sortear dificultades marcadas por la naturaleza a la que pertenecemos. Sólo así sería posible progresar. Únicamente de esta manera la luz de la civilización vencería a las tinieblas de la ignorancia, hondamente representadas en la dupla dicotómica barbarie-civilización.

Lo auténtico, lo propio, lo “nuestro”, es necesario considerarlo pero partiendo del hecho ineludible de que asimismo lo reconocemos para doblegarlo. El medio agreste, la condición salvaje e indómita del paisaje venezolano están ahí para reexaminarlos, para revalorizarlos por vía doble: 1.- afirmando y percibiendo su fuerza, su reciedumbre, su influencia en nosotros, y 2.- batallando contra ellos en afán civilizatorio.

Tales elementos se hallan en la novela que nos toca. Sin duda, el condicionamiento ambiental juega rol preponderante en la psicología y el carácter de los personajes. Doña Bárbara, Marisela, Santos Luzardo, evidencian un claro paralelismo con las fuerzas de la naturaleza, con la avasallante energía telúrica, para bien o para mal, de los llanos venezolanos. Se trata de una característica fundamental que circunscribe la narrativa galleguiana al ámbito del regionalismo hispanoamericano.

Sin embargo, en este trabajo partimos de la hipótesis de que en Doña Bárbara existen otros elementos, quizá poco estudiados, probablemente menos tomados en cuenta a la hora de leer la novela. Y es que en Doña Bárbara podrían manifestarse ciertos rasgos conductuales de la sociedad venezolana que encontramos hondamente instaurados en el presente, asunto propiciador de otro elemento de peso si indagamos sobre su actualidad, que es indudable. Ante el conjunto de hechos originadores de un perfil ético circunscrito a cierta idea de justicia en la que el imperio de la ley juega un papel principal, ante un código moral en el que prevalece la noción de respeto al otro y a las instituciones, ante el valor de la educación como fuente primordial para hacerse de las herramientas indispensables con las que construir una república próspera, cuyos ciudadanos son los responsables del porvenir tanto propio como colectivo, frente a semejante propuesta, típicamente galleguiana, es posible observar cómo en la Venezuela de la época se configura sin cortapisas el personaje acomodaticio, el que desde el poder pretende transgredir, violentar, cambiar a su antojo la reglas de juego -es decir la ley- el que, haciendo las veces del pícaro, aprovecha cuantas oportunidades se le presentan para sacar partido a determinadas situaciones echando a un lado el orden legal, la condición de ciudadanía, esgrimiendo engaños y embaucando a quienes se convierten en víctimas de su hacer. Cabe entonces preguntarse, a la luz de lo dicho hasta ahora, si en la Venezuela del presente habremos dejado atrás ciertas conductas reñidas con la civilidad.

La preocupación de Gallegos por la educación para sobre sus hombros fraguar un mejor país es manifiesta. Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani (1991: 18)) sostienen al respecto lo siguiente:

Gallegos comienza a publicar en La Alborada y en El Cojo Ilustrado. En la primera inserta varios ensayos, con los cuales quiere contribuir al enrumbamiento de aquella Venezuela que suponían en alborada. Particular énfasis pone en los problemas educacionales del país. En cinco artículos analiza factores que inciden sobre el hecho educativo (…) Su primer artículo lo inicia con esta reflexión, que va a ser una de las claves de su vida intelectual: “El cultivo de los hombres es el único método viable de avigorar con energías de savias puras el organismo desmedrado de un pueblo. Enriqueciendo las unidades, ciudadanos, se enriquece la cifra total: Estado”.

Yace aquí una muestra de cómo el novelista concibe el país en relación con las coordenadas necesarias para trazar la ruta en función de su desarrollo, de su acceso a la modernización. En Doña Bárbara (1973: 18) lo podemos leer con claridad:

Días después Doña Asunción abandonaba definitivamente el Llano para trasladarse a Caracas con Santos, único superviviente de la hecatombe. Quería salvarlo educándolo en otro medio, a centenares de leguas de aquellos trágicos sitios.

En un libro intitulado La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo (2008), Axel Capriles da cuenta de la viveza criolla como forma de vida enquistada en nuestra sociedad. Más allá de que tal condición se presenta con mayor o menor arraigo en ciertos estamentos sociales y en ciertas individualidades, el pícaro, el vivo, el águila, el lince, el avispado, la metralla, el avión, el de las espuelas afiladas o el zorro viejo, atraviesan la “venezolanidad” y forman parte importante de ella a la hora de llevar adelante cualquier intento por aproximársele.

El mito del héroe tiene mucho que ver aquí, continúa explicando Capriles: “Nacemos y crecemos bajo la luz de una consciencia épica” (2008: 39). Y en efecto, terminamos siendo quienes al mirarse al espejo, por ejemplo, encontramos la huella profunda de las gestas inigualables de la independencia. A falta de celebrar la heroicidad de los civiles, de manera permanente recordamos y hacemos nuestras, cargándolas como propias, las hazañas de los héroes militares que vencieron nada menos que al imperio español.

La coexistencia en nuestra sociedad del héroe y el pícaro es notoria. De alguna manera vive en nosotros el primero, sumergido en un código de honor lleno de virtuosismo, y el pícaro, alejado de éste como quien se deshace de una pesada carga. En relación con el héroe y el pícaro que habita en nosotros, sostiene Capriles (2008: 50) que ambos enarbolan

Una forma idiosicrásica de disociación producto de la operación inconsciente de una de las más antiguas leyes de la dinámica psíquica: el balance entre los opuestos, las inevitables compensaciones que ocurren cuando una actitud se hace extrema y monopoliza la consciencia, hecho que paradójicamente activa la aparición de su contrario y lo obliga a llevar una vida autónoma y a actuar anárquicamente desde el inconsciente.

El pícaro, íntimamente asociado con el personaje socarrón que se hace patente en nuestros días, tiene su cuota de presencia en Doña Bárbara. Gallegos, probablemente sin proponérselo, realiza un fresco de la sociedad venezolana del momento en el que trascendiendo la condición antagónica civilización-barbarie, tan referida y harto señalada en los manuales y textos escolares de literatura hispanoamericana, muestra un país donde el vivo, el avispado, el transgresor (en el sentido menos virtuoso del término), el que se acomoda a las circunstancias y se aprovecha de ellas bien sea a través del engaño, del fraude o de otro ardid afín a su causa, pretende alcanzar cierto estatus o mantenerse en posición privilegiada.

La mujerona es hasta cierto punto ejemplo de ello. En la obra, en algún momento el narrador dice de ella que “doña Bárbara resultaba incapaz de concebir un verdadero plan. Su habilidad estaba únicamente en saber sacarle enseguida el mayor provecho a los resultados aleatorios de sus impulsos. Pero esta vez no acudieron en su ayuda las circunstancias”. (D.B.: 99), con lo cual se manifiesta una característica fundamental del personaje, no otra que su incapacidad para organizar, sistemáticamente, un plan racional que llevar adelante y, sobre la base de su desarrollo ulterior, obtener el beneficio producto del trabajo, del esfuerzo, del quehacer previsto en el esquema realizado. Es necesario apelar a las circunstancias, improvisar en función del aquí y el ahora ante lo que se presenta como una suerte de vivencia susceptible de aprovecharse echando mano de actitudes y actuaciones producto de la inspiración momentánea.

Para los venezolanos del presente resulta muy negativo el hecho de que los tilden, o lo que es peor, el hecho de que ellos mismos puedan creerse ingenuos, tontos, presas fáciles de la viveza ajena. La contraparte de semejante condición es sumamente valorada, implica sentirse protegido por la sagacidad, ser capaz de repeler trampas, evitar trácalas en detrimento de sus intereses. En esta descripción relativa a doña Bárbara aparece reflejado lo anterior:

Entretanto, doña Bárbara, sin mezclarse en la querella, había demostrado un interés creciente a medida que Santos hablaba. Ya bien impresionada -y muy a pesar suyo- desde que lo vio aparecer en la puerta de la jefatura, acabó de hacérselo simpático la habilidad con que él le había arrancado al extranjero despreciativo la confesión que necesitaba. En parte, por la astucia misma, que era lo que más podía admirar en alguien doña Bárbara (…). (D.B.: 106).

Notemos que la astucia, la habilidad de Santos Luzardo impresiona a la mujer. Tales son los elementos que admira primeramente. Asimismo, su carácter se perfila mejor cuando, en lo atinente a sus afanes de vincularse con poderes sobrenaturales, se dice a propósito de ella: “Era, en efecto, una de las innumerables trácalas de que solía valerse doña Bárbara para administrar su fama de bruja y el temor que con ello inspiraba en los demás”. (D.B.: 49). La astucia, las mañas, las habilidades para desenvolverse en el seno de la vida social, las trácalas, todo este conjunto de cualidades anidan en nuestro personaje. Arturo Úslar Pietri (1992: 371) lo perfiló muy bien cuando escribió: “Es la viveza la condición más admirada y es el triunfo de la astucia contra la fuerza lo que más se aprecia”.

La “legalidad conveniente”, de igual modo, es un elemento que marca de manera contundente las acciones en la novela de Gallegos. Esa es una característica que en nuestro país se mantiene intacta, es un hecho extrapolable que pareciera estar presente a lo largo de nuestra historia, incluidos los días que corren. También es posible toparse con lo que Capriles (2008: 114-115) llama “el espíritu del desorden”, es decir,

El pícaro (…) es sólo una cara del arquetipo (…) Si nos acercamos al consejo de los dioses de la mitología teutónica nos dirá que su nombre es Loki y, enseguida, su mente, su inventiva, su duplicidad, sus trucos, sus bellaquerías, su humor, sus chistes y su mofa sarcástica nos sonarán en el oído como algo conocido. Para Karl Kerényi “Loki es el bribón divino, el fomentador del desorden, un elemento indispensable en todo orden, no absolutamente diabólico pero por ningún respecto moral” (…) ¿Cuánto hay de Loki en nuestros pícaros que no poseen valores definidos, no conocen el principio del orden y marchan a la deriva regidos por sus instintos y apetitos? Ciertamente, mucho.

En efecto, las reglas de juego en Venezuela funcionan grandemente como “cercas” móviles manipulables por el pícaro en cuestión, cofrade del poder, empinado por encima de la legalidad. Tal desorden, dentro de la aparente rutina, dentro de lo que es transgresión asociada a la viveza, a la capacidad acomodaticia o a la picaresca social que nos engulle, es consustancial con cierto comportamiento en sociedad, en el presente y desde hace mucho tiempo. Leamos al respecto un fragmento de la novela:

Artera fue la táctica empleada por doña Bárbara cuando recibió aquella carta donde Luzardo le participaba su determinación de cercar Altamira. Nada podía agradarle menos que esta noticia de un límite a quien, cuando se le ponderaba su ambición de dominio, solía replicar socarronamente:

-Pero si yo no soy tan ambiciosa como me pintan…(D.B.:97).

En nuestra cultura, tradicionalmente imbuida en la noción del pícaro, las normas, las leyes, el orden legal no son herramientas lo suficientemente apreciadas en su funcionalidad. Lo anterior supone un estado de cosas donde importan mucho más las formas que permitirán violar reglas sin ser descubiertos, o burlar estamentos que nos obligan a comportarnos de determinada manera, sin que por ello opere el sentimiento o concepción de que realizamos un acto que merece castigo, o cuando menos el repudio moral, generalizado, es decir, la sanción que le es concomitante.

Así, se tiende a confundir el Estado con el individuo, con el poderoso, que también es el vivo, quien transgrede a propósito lo establecido para estar un paso adelante cuando las circunstancias lo ameritan para dar el zarpazo. Doña Bárbara lo ilustra muy bien al exclamar: “¡Que este papel, este pedazo de papel que yo puedo arrugar y volver trizas, tenga fuerza para obligarme a hacer lo que no me da la gana!” (D.B.: 108). De esta manera se sabe consciente de que, sin mayores obstáculos, puede triturar lo que la ley exige en tanto palabra escrita, en tanto condición de obligatorio acatamiento para todos.

La democracia, la modernización que implica pensar en un país con instituciones sólidas, con un sistema político administrativo eficaz, lleva a consideraciones que suponen el poder siempre en función de la justicia y la legalidad, siempre subordinados a ésta. Pero la Venezuela del presente, así como lo vislumbrable en Doña Bárbara, refieren un personalismo que hace dependientes el mando y el cargo del coyuntural carácter empático con quienes gobiernan en un momento dado. Mujiquita lo ilustra muy bien: “-¡Ah, caramba, chico!- exclamó Mujiquita, y en seguida-: Mira: el general no es malo; pero, aquí entre nos, en todo quiere llevar la batuta. Tanto en lo civil como en lo judicial, aquí no se hace sino lo que él dispone”. (D.B.: 196). Y además, continúa luego argumentando, explicando a Santos Luzardo cómo debe comportarse si desea que sus diligencias prosperen:

-(…) Como comprenderás, en el caso de tu peón, o tus peones, mejor dicho, yo no he dejado de pasearme por la presunción del asesinato; pero en estos momentos, acaba de salir la hoja, es impolítico decir que se trata de un crimen y…

-Y como tú estás aquí para complacer a Ño Pernalete y no para administrar justicia…-atajó Santos.

Y Mujiquita, encogiéndose de hombros:

-Yo estoy aquí para completarles la arepa a mis hijos, que la pulpería no me la da completa (…) Aguárdame un momento. Todavía no se ha perdido todo. Déjame ir a torear a mi toro (…)

-¿No te lo dije? Yo conozco muy bien a mi tercio. Al general no le ha gustado que te hayas dirigido a mí y no a él. De modo que te aconsejo que vayas allá y te le metas bajo el ala. Así es como se consiguen las cosas con él. (D.B.: 196).

Es que en la novela, para la contraparte de la civilización -la barbarie-, hacer a un lado la norma general, desechar lo consensuado, burlar las leyes e intentar ubicarse más allá de ellas es aplaudido, juzgado de la mejor manera, equivale a obtener un plus de salvaguarda a favor de los intereses de un particular. Si las reglas no funcionan para algunos, si existen sólo para dar la impresión de organización, de competencia jurídica y desarrollo institucional, entonces -y esto es válido, notémoslo, incluso para el presente- se vive al borde de la barbarie, o al borde de la modernidad democrática, siempre abrazados con el hecho incierto de que la incertidumbre puede más que la tranquilidad, reflejada aquélla en las normas de obligatorio acatamiento para todos.

Adherirse a la autoridad del Estado es una condición sine qua non que los valores ciudadanos y el país, como un todo, exigen sin cortapisas. No hacerlo implica una concepción del poder que se aleja de la modernidad aludida anteriormente. Con razón Capriles (2008: 146) explica que

Los recién llegados al poder, como resultado de sus proezas de guerra, fueron incapaces de crear un sistema de derecho que tuviera prestigio y reconocimiento en sí mismo. Ese vacío fue llenado con la filiación y los vínculos personales del caudillismo.

Y asimismo, Úslar Pietri (1992: 393) nos recuerda algo parecido:

El mal de la viveza debió extenderse y fijarse en las propicias condiciones de pobreza e inestabilidad de nuestro siglo XIX. En la guerra civil endémica y la constante mudanza de situaciones.

Ya desde el siglo XVII se habían señalado los venezolanos por un rasgo que las gentes de la época llamaban “viveza de ingenio”. Oviedo y Baños, en su encendido elogio de Caracas, dice: “sus criollos son de agudos y prontos ingenios, corteses, afables y políticos”.

El “mal de la viveza”, como lo llama Úslar Pietri, es de vieja data en nuestras geografías. Ha sido reportado, comentado, referido, a veces a modo de chiste, en ocasiones para criticarlo con severidad, pero lo cierto es que atraviesa por completo la identidad -permítanme utilizar esta expresión- venezolana. Minimizar la importancia o majestad de un cargo, saltarse a la torera ciertas normas con carácter de ley, pretender la obtención de beneficios, cualquiera sean éstos, en función de simpatías, de lazos amistosos, de constantes acomodos y entendimientos ocultos con quienes detentan el poder circunstancial, aprovechar la “chispa” propia, el ingenio agudo, el hecho de ser un “avispado” para llegar a las metas por una vía más corta, finalmente produce una perversión generalizada donde debería existir la conducta recta y vertical ante la autoridad, es decir, el reconocimiento del Estado.

Como las normas y leyes de alguna manera suponen el control parcial de ese salvaje que anida en nosotros, que aflora y crece desmesuradamente si no tiene límites y contrapesos, si no se “cerca” a través del orden legal, tal y como pretendía hacer Santos Luzardo con los linderos propios y ajenos a fin de frenar el robo de sus tierras, entonces es necesario recordar que las leyes, antes que punitivas, se orientan al prescriptivismo, suponen, como bien nos lo dice Capriles (2008: 149), “la internalización de la sociedad en nosotros mismos”. Tal condición prescriptiva hace pensar en una sociedad moderna, una en cuyo seno los ciudadanos acatan, sin distingo de cualquier índole, el mandato legal y, es más, son capaces, en tanto ciudadanos, de valorar, defender y enaltecer las leyes y sus principios como parte irrenunciable, fundamental, del entramado político, económico, social que les posibilita una mejor forma de vida en convivencia. Tomando en cuenta lo anterior, ¿hasta dónde hemos llegado? ¿Cuánto tendremos aún que recorrer? La novela de Gallegos puede ayudarnos a pensar la respuesta.

 

Nota:

[1] En adelante, las referencias textuales tomadas de la novela serán señaladas con sus iniciales (D.B.) y a continuación el número de página respectivo.

 

Referencias bibliográficas

Capriles, Axel (2008). La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo. Caracas: Santillana.

Gallegos, Rómulo (1973). Doña Bárbara. Buenos Aires: Espasa Calpe.

Sambrano Urdaneta, Óscar y Domingo Miliani (1991). Literatura hispanoamericana. Tomo II. Caracas: Monte Ávila.

Úslar Pietri, Arturo (1992). Medio milenio de Venezuela. Caracas: Monte Ávila.

 

© Roger Vilain 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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