Dos notas sobre Cartas de amor de un sexageneario voluptuoso

Luciano López Gutiérrez

IES “Iturralde” (Madrid)
samosatensis@hotmail.com


 

   
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Resumen: Este artículo se vertebra en torno a dos reflexiones sobre la novela de Miguel Delibes Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso: la primera versa sobre el tipo de lenguaje que usa el protagonista, así como sobre su motivación; y la segunda sobre las disquisiciones que realiza el propio don Eugenio dentro del relato, en especial sobre la que tiene como objeto la alabanza de la vida rural.
Palabras clave: Delibes, novela española contemporánea

 

EL LENGUAJE DEL PROTAGONISTA

La novela de Miguel Delibes Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso se inscribe dentro de la novela epistolar. Entre los distintos modelos de novela de este género, Delibes elige aquel en que se nos relata la historia a través de las cartas que un personaje envía a un destinatario sin que sepamos las respuestas del mismo, si bien, de una manera indirecta, podemos deducirlas, gracias a las epístolas que constituyen la novela. Evidentemente, este tipo de estructura conlleva una determinada perspectiva del narrador: la narración no puede ser omnisciente, sino que tiene que ser autobiográfica y condicionada por la idiosincrasia misma del personaje.

La narración autobiográfica no es en modo alguno una novedad en la producción literaria de don Miguel. No hay que olvidar que Delibes ya ha escrito tres novelas que tienen la estructura de diario (Diario de un cazador, Diario de un emigrante, Diario de un jubilado), y en ellas, lo mismo que en esta de que me ocupo ahora, ha sabido sacar un gran partido del acercamiento del personaje al lector que esta forma de narrar comporta; así como deleitarnos con la descripción morosa de la criatura novelística que ella misma propicia.

Francisco Rico en su estudio titulado La novela picaresca y el punto de vista realiza un análisis memorable de cómo la perspectiva autobiográfica en nuestra novela picaresca supone una novelización del punto de vista, de modo y manera que las obras culminantes de este género quedan totalmente cerradas, ya que lo contado nos está explicando el carácter y la perspectiva del narrador, y estos mismos explican el contenido de lo contado [1].

Así, de la misma manera que, según la atinada observación de Francisco Rico, el carácter introspectivo y reflexivo de Guzmán explican la existencia misma del acto de meditación sobre su propio pasado en que consiste la obra de Mateo Alemán; el conjunto de cartas que integran la novela de Delibes se explican por la propia timidez del protagonista, timidez que le aboca a entablar una relación amorosa encubierta por al cortina de la distancia, al menos hasta romper el hielo (“Siempre he sido corto e indeciso, especialmente con las mujeres”, p. 77).

También se manifiesta la cerrazón estructural de la novela por el mantenimiento de lo que los preceptistas clásicos llaman el decoro en el tipo de lenguaje que usa el protagonista, de tal forma que los distintos datos que nos suministra sobre su vida condicionan, de una manera meridiana, el lenguaje que utiliza [2].

El protagonista de la novela es un señor instruido que ha trabajado, además, como redactor de un periódico. Esto ocasionará que el lenguaje usado por don Eugenio sea un lenguaje culto, sin apenas incorrecciones ni vulgarismos, si bien, en ocasiones, llegue a resultar pedante, como, por ejemplo, cuando se recrea en engastar en sus peroratas tecnicismos profesionales como cursivas del ocho o estereotipia, o términos como heliófaga, insenescente o exutorio, quizás movido por el afán de deslumbrar a su interlocutora y de demostrarle que el puesto que alcanzó en la directiva del periódico fue fruto más de su valía e ilustración que de su oportunismo profesional.

Otro factor que determina, de una manera decisiva, el lenguaje de nuestro personaje es su lugar de nacimiento. No hay que olvidar que don Eugenio ha residido durante los primeros 15 años de su vida en su pueblo natal de Cremanes, y ello explicará que aparezcan en sus cartas vocablos que están directamente conectados con el mundo rural, y así nos toparemos con términos como vaina (‘judía verde’), erío, barruco, pobo, obrada, ruejo, cucar...[3]

Asimismo, también se explican por este condicionamiento algún leísmo o laísmo que encontramos en el texto (“No la digo que no”, p. 53), así como el uso del artículo determinado delante de los nombres propios, fenómeno este que solo se produce cuando nombra a los amigos de su pueblo (“Como el Ramón Nonato está enfermo, con un lumbago que le tiene paralizado, he contratado a un albañil de aquí, de la ciudad”, p. 35).

A la procedencia de nuestro personaje, y por supuesto, también a su edad, se deben ciertos usos lingüísticos que se manifiestan en las cartas. Así, el cuidado con que don Eugenio emplea los tratamientos en el encabezamiento de las mismas: durante muchas de ellas, a pesar de la confianza que ya tiene con su amiga, sigue dirigiéndose a ella con el usted por delante, y no abandona este tratamiento hasta que la propia Rocío, expresamente, le autoriza a ello.

En esta misma línea, por idénticos motivos, se explican el uso de frases hechas como que Gloria haya cada vez que nombra a un difunto, o la utilización de eufemismos para eludir vocablos de molestas asociaciones por referirse a determinadas actividades fisiológicas.

Asimismo, en idéntico sentido, creo que deben interpretarse el empleo de la preposición cabe ( “Cabe la casa, a mano derecha se yerguen dos olmas gigantes”, p. 22), o de la locución conjuntiva si que para introducir proposiciones subordinadas concesivas o expresiones equivalentes (“Conservo un cabello fuerte y abundante, si que entrecano”, p. 18), o de determinantes posesivos de tercera persona que se anteponen a sustantivos seguidos de sintagmas preposicionales que llevan un pronombre también de tercera persona como término (“Su hijo de usted”).

Por no hablar de coloquialismos de sabor arcaizante como pepla, alifafes, trepes, llamarse a andana..., que me parece que, asimismo, delatan la edad de nuestro personaje, así como su pertenencia al mundo rural y provinciano.

Y es que hasta el propio don Eugenio es consciente de la presencia de esta faceta en su modo de hablar, e incluso se muestra orgulloso de la misma:

Otra cosa es tu ruego de que evite en mis cartas ciertos vocablos y giros pueblerinos como cuando me refiero a mis muertos con el difunto por delante, o digo la capital por la ciudad, o mover el vientre por c....(lo lamento, querida, me resisto a trascribir este vocablo abyecto. Tú lo haces sin rebozo en la tuya, lo que prueba tu modernidad, tu juventud, tu adaptación a los nuevos tiempos). No vas descaminada en esto. La vida aldeana, sobre todo en los primeros años, imprime carácter, se adhiere al cuerpo de uno como una segunda piel. Esto es muy cierto, pero no me avergüenzo. Yo encuentro en el lenguaje rústico un punto de sazón y propiedad del que carece el lenguaje urbano (p. 104) [4].

Y para concluir con esta breve caracterización del lenguaje usado por nuestro veterano periodista, voy a comentar otro rasgo que contribuye a resaltar su peculiaridad. Me refiero al hecho de que, con cierta frecuencia, en sus escritos nos topemos con tecnicismos que pertenecen al campo de la Medicina como: distonía neurovegetativa, hiperclorhídrico, transaminasas, estiptiquez, pícnico...

Pues bien, semejantes vocablos, que contribuyen a acentuar la mencionada pedantería de don Eugenio, también están motivados por otro rasgo de su idiosincrasia, ya que se explican por la obsesión que exhibe por todo lo relativo a la enfermedad, así como por sus largas conversaciones con un amigo médico, al que constantemente importuna contándole sus achaques.

 

LAS DISQUISICIONES DE DON EUGENIO

Una vez que he realizado este breve análisis sobre la perspectiva y el tipo de lenguaje que se manifiesta en la novela, voy a fijar mi atención sobre el protagonista de la misma. Uno de los primeros rasgos que don Eugenio nos suministra sobre su propia persona es su condición de viejo periodista jubilado. El lector familiarizado con la narrativa de Delibes rápidamente se habrá percatado de que la figura del viejo es recurrente en las ficciones del autor vallisoletano.

En La hoja roja ya se nos relataba magistralmente la vida marginal, angustiosa y solitaria de un jubilado de un ayuntamiento de provincias, el entrañable don Eloy.

Ahora bien, no quedan en esto solo las similitudes entre don Eloy y don Eugenio: ambos personajes tienen grandes problemas por su condición de frioleros empedernidos, y ambos han quedado huérfanos a temprana edad y tienen que ser cuidados por sus hermanas. Además, los dos personajes se encuentran desvalidos en su soledad y añoran su infancia como un auténtico paraíso perdido, como explícitamente se indica en alguna ocasión en la novela que nos ocupa:

Pero felicidad, lo que se dice felicidad, no la he conocido fuera de los años de infancia (p. 15).

Babear durante el sueño es indicio de placidez y, si hago caso de Onésimo Navas, de felicidad, ya que, según él, solamente babean dormidos los niños de pecho, únicos seres capaces de alcanzar la beatitud (p. 114).

Todas estas características que comparten los protagonistas de las dos novelas de don Miguel anteriormente citadas contrastan con las de otros viejos que aparecen en otras obras de Delibes como el mismísimo señor Cayo, que, perfectamente integrado en su entorno, despierta la admiración de unos jóvenes políticos debido a su asombrosa actividad laboral y a su gran conocimiento práctico del mundo que le rodea gracias a su aquilatada experiencia.

Sin embargo, pese a las similitudes que podamos hallar entre don Eloy y don Eugenio, lo cierto es que la ternura, la simpatía en los lectores que provoca el primero, está lejos de alcanzarla el segundo, al que su propio creador en uno de sus magníficos libros ensayísticos tilda de antipático y antiheroico:

A Eugenio Sanz Velilla, protagonista de mi novela Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, se le ha colgado, desde el momento de su nacimiento un repertorio de calificativos que no le hacen mucho favor. De él se ha dicho, por ejemplo, que es engreído, cutre, absorbente, hipócrita, resentido, arribista, menesteroso, pueblerino, oportunista, patético, impresentable, redicho y qué sé yo qué más. Y uno se pregunta ¿por qué tal retahíla de denuestos para un personaje de ficción? ¿A cuento de qué este encarnizamiento del autor a la hora de perfilar el protagonista de su novela? Sencillamente, lo que sucede con mi sexagenario es algo inhabitual, es decir, viene a constituir uno de los contados antihéroes en estado puro que se ha dado en la historia de la literatura [5].

Evidentemente, lo apuntado por don Miguel explica claramente la antipatía que progresivamente va cundiendo en los lectores hacia su personaje a medida que van avanzando en la lectura de sus cartas.

En efecto, don Eugenio es un furibundo cascarrabias, un individuo capaz de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, un ser egoísta e interesado que acepta un puesto en la junta directiva de un periódico para cercenar cualquier tipo de crítica que pudiera surgir en contra del régimen establecido, o que llega a alegrarse de que muera en la guerra el novio de su hermana Rafaela (sobre la que siente una atracción incestuosa), ya que de esa manera no tendrá ningún rival que le arrebate la atención que le tributan la propia Rafaela y su otra hermana Eloína.

Sin embargo, en esta breve nota sobre la novela no voy a ensañarme más en la figura del veterano periodista jubilado, sino que voy a enfocar mi comentario a glosar una faceta de este personaje, que me parece que tiene una gran rentabilidad funcional en el relato, y que origina que el libro sea, por supuesto, la narración de una historia amorosa por correspondencia, pero también un marco en el que se van ensartando una serie de reflexiones sobre todo lo divino y lo humano, algunas de las cuales constituyen una recurrencia en el mundo novelístico de Delibes.

Efectivamente, es el propio don Eugenio el que es consciente de que tiene una propensión a filosofar, a la digresión, que va a hacer posible la aparición de las variopintas reflexiones a las que me refería arriba:

Pero estoy filosofando, amiga mía, cuando lo que procede es agradecerte esta nueva prueba de confianza que me das (p. 78).

Pero me estoy enredando en disquisiciones inoportunas, querida mía, dada su enfermedad (p. 112).

Como ya he indicado, las peroratas que nos endilga nuestro protagonista, muchas de ellas dictadas por su condición de protestón impenitente, son muy heterogéneas, puesto que van desde la demostración de que la decadencia de Occidente está marcada por el progresivo desdén por la cocina, hasta la importancia que tiene la calidad de carne en las mujeres, pasando, pongo por caso, por constantes críticas a la idea de Progreso mal entendida, a la Seguridad Social o a la Universidad Española, a la que reprocha la falta de pragmatismo que se observa en las programaciones de sus estudios.

Sin embargo, yo quiero centrarme en dos de sus reflexiones, en las que se muestra coincidente con otros personajes de Delibes, o con el propio autor, cuando vierte sus propias opiniones en sus excelentes y atinados libros de carácter ensayístico.

Así, en la carta fechada el 12 de setiembre, meditando sobre sus gustos musicales, don Eugenio nos expone su punto de vista sobre la esencia del arte:

Muertos Machín y Gardel, el sentimiento desapareció de la música, murió con ellos. Nada extraño. En literatura, en pintura, incluso en la vida, está sucediendo otro tanto. El sentimiento ya no es estético. Pero yo, terco de mí, sigo exigiendo al arte sentimiento (p. 119).

Pues bien, en el utilísimo libro de César Antonio de los Ríos Conversaciones con Miguel Delibes, el novelista vallisoletano a una pregunta sobre si toda obra de arte debe ser realista responde las siguientes palabras, que nos recuerdan, aunque con mayor matización, el planteamiento estético de don Eugenio:

Al arte no pueden ponérsele ni etiquetas ni fronteras. Primero nos conmueve, luego lo analizamos. Y, a lo mejor, al analizarlo vemos que no es realista. Y sin embargo, es arte porque nos ha conmovido. Ya vas a decirme que también el melodrama conmueve a los espíritus sencillos. Esta ya es otra cuestión. Estoy hablando de jugadores de un mínimo nivel [6].

Sin embargo, donde encontramos más paralelismos entre lo que piensa don Eugenio, y lo que piensan algunos otros personajes inequívocamente de Delibes, e incluso el propio autor, es en las alabanzas que realiza del mundo rural, de la vida del campo, alabanzas que, por otra parte, recuerdan motivos de hondas raíces en nuestra cultura occidental, tanto por su contenido, como por el lenguaje metafórico empleado.

En efecto, nuestro veterano periodista, tal vez influido por su residencia en la ciudad y por su cultura, vierte una serie de comentarios sobre la vida del campo que podrían suscribir los escritores latinos, así como nuestros autores renacentistas, que tan ardientes defensores eran de que el hombre, como microcosmos que es, tiene que acomodar su ritmo vital a las leyes de la naturaleza para conseguir la felicidad:

En el campo no debe buscar usted la alegría tanto como la serenidad, esto es, la posibilidad de ordenarse por dentro. Para ello, lo único que el campo nos exige es acomodar la vida a su ritmo. Si cada cual tira por su lado, no hay nada que hacer, la armonía quiebra (p. 21).

Y, además, usa un lenguaje figurado relacionado con el campo semántico de la música, según el cual en la naturaleza reina una armonía semejante a la de un concierto, y el hombre tiene que intentar poner mucho cuidado para no ser en él una nota discordante, lo que le proporcionará una beatífica serenidad, pues esta inmersión en el mundo natural puede tener para los seres humanos hasta efectos terapéuticos, según reconoce don Miguel en su libro Las perdices del domingo:

Es obvio que en mi convalecencia física y moral, que presumo larga y difícil, el campo, el aire puro han de jugar un papel fundamental. Uno va creyendo cada día en menos cosas y, sin duda, la naturaleza es una de ellas, y no ciertamente la menos importante. Por si fuera poco, el tiempo nos acompañó. Una jornada queda, suave, orquestada por el balido de las ovejas y la trepidación de los tractores en plena faena, aprovechando el tardío tempero.

Pues bien, en algunas de sus cartas el periodista jubilado tiene una sensibilidad a flor de piel para captar y gustar de esa música natural y cautivadora que es inherente al campo:

Tal vez tenga razón, aunque sospecho que usted no ama el campo porque no lo conoce, porque se le ha hurtado la posibilidad, pongo por caso, de escuchar el rumor de una nogala mecida por el viento en tanto el ruiseñor le pone el debido contrapunto desde la fronda del arroyo (p. 21).

Y es que esta música sedante y cautivadora que emana de la naturaleza es realzada en otros relatos de Delibes, como el titulado La vocación, incluido en el libro Tres pájaros de cuenta y tres cuentos olvidados, según se puede observar en los siguientes fragmentos:

Era un ritmo indolente y voluptuoso el de la vida del valle, un ritmo pando y reposado, que solo se quebraba, de cuando en cuando, ante el paso raudo de un automóvil o el estridente silbido de los trenes descendentes.

Momentos después, cuando escuchó en su amodorrada duermevela el eco de un cencerro lejano y el canto de un mirlo en los bardales de la ribera del río, desistió definitivamente. No, él sería siempre fiel a aquel valle, no desertaría de él, ni cambiaría su miserable jergoncillo de yerba seca por el café con tres docenas de camareros y la ciudad llena de luces y de automóviles donde vivía su hermano.

Evidentemente, esta delectación con que se describe la placidez que provocan esos sonidos que surgen del campo recuerdan a poemas como el épodo II de Horacio, en el que se ensalza la placidez que trasmite el susurro del agua, el canto de los pájaros y rumor de los árboles mecidos por el viento:

Libet iacere modo sub antiqua ilice,
modo in tenaci gramine:
labuntur altis interim rivis aquae,
queruntur in silvis aves,
fontesque lymphis obstrepunt manantibus,
somnos quod invitet levis.

Y lógicamente el motivo es recreado por nuestros poetas renacentistas, en especial por fray Luis de León, en cuya Oda a la vida retirada nos encontramos con estos inspirados versos, en los que se da a entender que esos melodiosos sonidos del campo a los que me vengo refiriendo desde hace rato en estas páginas cercenan de raíz la ambición de mando y de riqueza, que, a la postre, condena a los hombres a la infelicidad:

Despiértenme las aves,
con su cantar suave, no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno arbitrio está atenido (...)

El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.

Y no quedan aquí las coincidencias entre las ventajas que atribuye don Eugenio a la vida del campo y las señaladas por Horacio o fray Luis en el desarrollo del tópico de Beatus ille, pues el viejo periodista también alude, como sus antecesores en el desarrollo del motivo, al gran placer que se experimenta al cultivar las plantas con tus propias manos y al contemplar su paulatino crecimiento:

Conseguir con las propias manos lo que uno necesita para sobrevivir resulta, por otro lado, gratificador. Lo mismo que comprobar el progreso de las plantas (p. 23).

No obstante, las alabanzas que don Eugenio dedica a la vida retirada, y que tanto recuerdan los anteriores versos de fray Luis impregnados de sabor epicúreo y de influjo horaciano, no deben hacernos olvidar las diferencias existentes entre sus planteamientos y la visión de la vida que tiene don Eugenio, y que comparten varios personajes pertenecientes al mundo novelístico de Delibes.

Para constatar esto es suficiente traer a colación estos archiconocidos versos del ya mencionado poeta:

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanza, de recelo.

Claramente se observa que en estos versos se considera que la soledad, la ausencia de las pasiones es lo que posibilita el gozo y, por ende, el logro de la felicidad. En cambio, para don Eugenio la soledad no es solo un problema, sino el más angustioso de sus problemas. Una de las frases que pronuncia en la novela muestra bien a las claras en qué términos concibe la vida:

Lo importante en la vida es disponer de un interlocutor. Se vive para contarlo en función de un destinatario (p. 149).

Esta irrefrenable inclinación hacia un tú insustituible para dar sentido a un yo determina (y muchas veces de una manera dramática) la conducta de muchos personajes que llevan indiscutiblemente la impronta de Delibes.

Sus personajes, por lo general tímidos y retraídos, no logran, sin embargo, retraerse tanto para no abrigar la ilusión de que el diálogo, la compenetración con otra persona puede producirse. Algunas veces consiguen vencer sus muchas reticencias, sus grandes desconfianzas, y creen que están a punto de encontrar su compañía soñada pero, cuando más fácil parecen tenerlo, toda su ilusión se desvanece como un endeble castillo de naipes.

Se podrían citar varios personajes, empezando por el protagonista de su primera novela La sombra del ciprés es alargada, que responden a esta configuración, pero simplemente me quiero detener en uno, por guardar con nuestro viejo protagonista una asombrosa similitud.

Me estoy refiriendo a don Hernando, el protagonista del relato titulado El patio de vecindad, incluido en el libro La mortaja. Este personaje, jubilado como don Eugenio, solterón y tímido donde los haya, da un nuevo rumbo a su vida en virtud de las conversaciones que mantiene diariamente a través de su emisora de radioaficionado, con doña Jacobita, emigrante española residente en La Habana que acaba de enviudar recientemente.

Cuando más feliz se encontraba don Hernando porque disponía del interlocutor que tanto había ansiado, una mañana la emisora de su amiga no responde a su llamamiento, ya que doña Jacobita había fallecido. Una vez más, pues, la muerte se ha encargado de desbaratar la felicidad de los bien llamados mortales.

Ahora bien, no solo la muerte puede amargar la vida de los hombres. Frecuentemente los propios congéneres se encargan de hacerlo en el universo pesimista por el que deambulan los personajes de Delibes.

En efecto, don Eugenio, que tan ilusionado se encontraba con su otoñal amor, ve cómo todo se viene abajo, aunque él por sí solo con su endiablado carácter se lo estaba buscando, por la intromisión de su entrañable amigo Baldomero, al que él mismo por ironías del destino (¿o del novelista?), se refiere en los primeros compases de la novela anteponiéndole el adjetivo fiel.

En ambas circunstancias, por un camino o por otro, se llega al mismo amargo desengaño: la muerte anega en la desesperación a don Hernando, y Baldomero se encarga de demostrar a don Eugenio algo que su creador ya expresó en otra de sus novelas Las guerras de nuestros antepasados:

Mientras no nos metan en los vientres de nuestras madres para que nos paran distintos, allí donde alcance el hombre, el hombre esará amenazado

 

NOTAS

[1] Véase La novela picaresca y el punto de vista, Barcelona, Seix Barral, 1982.

[2] Según las poéticas clásicas el decoro se define como la correspondencia entre la condición picológica y social de los personajes y el lenguaje que utilizan. Cf. Demetrio Estébanez Calderón, Diccionario de términos literarios, Madrid, Alianza, 1996, pp. 273-274.

[3] Especialmente sobre este último vocablo debe consultarse el artículo de Araceli Godino López y Luciano López Gutiérrez “Algunos dialectalismos espigados en la obra de Delibes”, RDTP, LII (1997), pp. 261-268. Sobre el lenguaje rural de las narraciones de Delibes son útiles Jorge Urdiales Yuste, Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes, Segovia, Diputación de Palencia y Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2006, y Luciano López Gutiérrez, Esbozo para un vocabulario de la Tierra de Campos zamorana, Zamora, Semuret, 2007.

[4] Siempre cito la novela por la tercera edición, Barcelona, Destino, 1983.

[5] Pegar la hebra, Barcelona, Destino, 1990, pp. 131-132.

[6] Madrid, Magisterio Español, 1971, p. 147.

 

© Luciano López Gutiérrez 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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