El sintagma el nación en la lengua gauchesca

Fernando Sorrentino


 

   
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Resumen: Uso y significado del sintagma "el nación" en el ámbito de la lengua gauchesca.
Palabras clave: lengua gauchesca, gaucho

 

1. Nueve traductores ante un nación que es centinela

Con mayor o menor margen de error, todo el mundo podría definir qué significa el sintagma la nación. Pero las posibilidades de acierto se reducen bastante si hubiera que definir el significado de el nación. Lo cierto es que su sentido es muy preciso, y restringido al ámbito de la lengua gauchesca.

Veamos tres ejemplos, en orden cronológico:

1) Año 1846. Hilario Ascasubi (argentino, 1807-1875): “Martín Sayago recibiendo en el palenque de su casa a su amigo Paulino Lucero” (514-523):

Allá en mi pago tenemos
un nacioncito bozal,[1]
muchacho muy liberal
con quien nos entretenemos;
y al lazo le conocemos
mucha afición de una vez.
Y ni sé qué nación es,
pero cuando, entre otras cosas,
le grito: “Pialame a Rosas”,
se alegra y responde: “¡Yes!”.

2) Junio de 1872: Antonio D. Lussich (uruguayo, 1848-1928): Los tres gauchos orientales (535-538):

Si me hace acordar a un pion
estranjis que yo tenía;
era labia tuito el día,
en su idomia, aquel nación.[2]

3) Diciembre de 1872. José Hernández (argentino, 1834-1886): Martín Fierro (I:871-876):

Por de contao, con el tiro
se alborotó el avispero;[3]
los oficiales salieron
y se empezó la junción:
quedó en su puesto el nación
y yo fi al estaquiadero.[4]

Pues bien, el nación es sinónimo de el gringo, es decir todo extranjero no hispanohablante, y, en general, tiene un matiz despectivo. En Ascasubi, el nación, como nos indica su monosilábico adverbio, es originario de algún punto del orbe anglosajón, posiblemente de las islas británicas; el de Lussich constituye un enigma; el de Hernández es italiano.

Según creo, los textos de Ascasubi y Lussich sólo existen en español. En cambio, el de Hernández mereció múltiples versiones a otras lenguas. Veamos cómo entendieron diversos traductores[5] la frase el nación:

Al alemán. Adolf Borstendoerfer: der Gringo.

Al catalán. Enric Martí i Muntaner: el gring.[6]

Al francés. Paul Verdevoye: l’Italo.

Al inglés. Walter Owen: the gringo; Henry Alfred Holmes: the foreigner.

Al italiano. Folco Testena: la sentinella; [7] Mario y Venanzio Todesco: lo straniero; Giovanni Meo Zilio: l’italiano.

Pues bien, podemos decir que, a pesar de la elusión de Testena, los nueve caballeros comprendieron, cada cual a su modo, que Hernández, al decir el nación, estaba empleando un sinónimo de el gringo.

Pero, según veremos a continuación, hubo dos damas que no tuvieron similar discreción.

 

2. Los naciones no son los nativos, sino todo lo contrario

Volvamos ahora a la sextina (I:871-876) del Martín Fierro (1872):

Por de contao, con el tiro
se alborotó el avispero;
los oficiales salieron
y se empezó la junción:
quedó en su puesto el nación
y yo fi al estaquiadero.

Y repitamos que, en la lengua gauchesca, la frase el nación significa el gringo.

Cincuenta y cuatro años más tarde que Hernández, Ricardo Güiraldes utiliza la misma expresión, sólo que en plural, en el capítulo 11 de Don Segundo Sombra (1926):

—Po’l lao del lazo se desmontan los naciones —insistí.

Estoy en condiciones de cotejar sólo tres traducciones.[8]

Al francés, por Marcelle Auclair:

J’insistai :

— Les étrangers descendent de cheval du côté du lasso.

Al alemán,[9] por Hedwig Ollerich:

„Auf der Lassoseite sitzen unsere Landsleute ab“, beharrte ich.

Al inglés, por Harriet de Onís:

“We get off our ponies on the side of the lasso.” [omite la acotación.]

Por lo que vemos, Auclair tradujo con acierto.[10] Pero las dos damas de la Hache y de la O, cada una en su estilo, entendieron -acaso por la idéntica raíz que comparten los vocablos naciones, nacionales y nativos- exactamente lo opuesto de lo que escribió Güiraldes: algo así como “Por el lado del lazo se apean nuestros paisanos”, según la señorita germánica, y “Nosotros nos apeamos (de nuestros petisos) por el lado del lazo”, según la señora estadounidense.

En Don Segundo Sombra, el joven y rústico narrador, refiriéndose a la verdadera o presunta torpeza ecuestre de los gringos, quiere dar a entender que “Los gringos se apean del caballo por la derecha”, lo cual es un modo hiperbólico de simbolizar una cosa aberrante e inaceptable.

En efecto, un gaucho que desmonte por el lado derecho es casi tan inconcebible como -limitándonos al reino de los objetos ideales- un triángulo de cuatro lados o un alejandrino octosílabo, o -limitándonos al reino de las bestias irracionales- como un dromedario navegante o una ballena arborícola.

Buenos Aires, agosto de 2009

 

Notas

[1] Un nacioncito bozal, es decir, “un gringuito muy torpe para hablar en español”.

[2] “Me hace recordar a un peón extranjero que yo tenía; aquel gringo parloteaba todo el día en su idioma”.

[3] En su edición (1925) del Martín Fierro explica don Eleuterio F. Tiscornia: “alborotarse el avispero: ‘producirse la alarma’. El mismo sentido tiene el dicho español alborotarse el cotarro […]. Las frases alborotar el cortijo y alborotarse el gallinero […], corrientes en España, no son populares entre nosotros”.

[4] Estaquiadero (estaqueadero). Lugar donde se aplica la estaquiada (estaqueada), suplicio que consiste en sujetar al castigado por las manos y los pies a cuatro estacas mediante lonjas de cuero crudo.

[5] Alemán: Adolf Borstendoerfer, Buenos Aires, Cosmopolita, 1945. Catalán: Enric Martí i Muntaner, Buenos Aires, Fontana y Traverso, 1936. Francés: Paul Verdevoye, París, Nagel, 1955. Inglés: a) Walter Owen, Nueva York, Farrar & Rinehart, 1936; b) Henry Alfredo Holmes, Nueva York, Hispanic Institute in the United States, 1948. Italiano: a) Folco Testena, Buenos Aires, s/ed., 1919; b) Mario y Venanzio Todesco, Padua, Rebellato, 1959; c) Giovanni Meo Zilio, Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri, 1985.

[6] Desde luego, la palabra gring es un invento de Martí y Muntaner, que, mediante este curioso apócope quirúrgico, “catalanizó” el vocablo rebelde.

[7] Como se ve, Testena, al traducir “el nación” por la sentinella, no miente, pero tampoco dice la verdad: pone sintaxis (función) donde Hernández puso morfología (identidad); cometió lo que, según una metáfora futbolística, podemos definir como “tirar la pelota al córner”: se quitó el problema de encima sin resolverlo.

[8] Francés: Marcelle Auclair, París, Gallimard, 1932. Alemán: Hedwig Ollerich, Berlín, Bruno Cassirer, 1934. Inglés: Harriet de Onís, Nueva York, Farrar & Rinehart, 1935.

[9] La traducción alemana está impresa en caracteres góticos, cuyo desciframiento, sin embargo, no logró dejarme por completo ciego. La verdad es que, para la transliteración segura al alfabeto latino, invoqué la gentil ayuda de Marion Kaufmann, señora alemana de Buenos Aires a quien acudo cuando debo internarme en textos teutones.

[10] No olvidemos que, en la revisión, colaboró Jules Supervielle, que, al fin y al cabo, había nacido en Montevideo y fue amigo de Güiraldes.

 

© Fernando Sorrentino 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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