La enfatización del artículo: funciones y representación ortográfica

Miguel Ángel de la Fuente González

Escuela Universitaria de Educación de Palencia - UVa
arkanjel@dlyl.uva.es


 

   
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Resumen: La enfatización del artículo, acentuándolo, aunque se trate de una palabra átona, es el tema de este artículo, donde se estudiará la extensión de la enfatización, sus fines y su manera de reflejarlo (mayúsculas, cursivas, comillas y negrita), además de sus límites en la ortografía y en el discurso.
Palabras clave: artículo, acento, antonomasia, enfatización ortográfica, mayúsculas, comillas, cursiva.

 

EL FENÓMENO Y SUS MANIFESTACIONES

Empezaremos proponiendo al lector, el siguiente ejemplo:

Para Sherlock Holmes ella es siempre LA mujer. Rara vez lo he escuchado referirse a ella con otro nombre. En su opinión, ella eclipsa y es superior a todas las otras mujeres (Conan Doyle 2008: 5).

Como puede observarse en esta cita, el artículo está escrito de forma destacada (“LA mujer”), lo que revela su posible pronunciación enfática, tónica, aunque el artículo es palabra átona. Por otra parte, este fenómeno suele ir unido al de la antonomasia, que, según el Diccionario panhispánico de dudas (Real Academia 2005: 759), “indica que a una persona o cosa le convienen el nombre común con el que se la designa, por ser, entre todas las de su clase, la más importante, conocida o característica”. Por ejemplo: “el Sabio por antonomasia es Alfonso X, o la Red por antonomasia es Internet”.

Por tanto, la enfatización del artículo, tomando como base el ejemplo de Conan Doyle, tiene manifestaciones claras en tres campos:

a) El campo suprasegmental, puesto que el artículo se pronuncia de forma que destaque dentro del sintagma al que pertenece. El artículo, como palabra átona, proclítica, debería pronunciarse agrupada al sustantivo que le sigue; sin embargo, al hacerlo tónico, lo independizamos, en cierto modo, del sustantivo:

[lamujér] / [lá mujér]

b) El significado y la función de este fenómeno tienen que ver con la antonomasia y el énfasis:

una mujer / LA mujer

c) El factor ortográfico se manifiesta no sólo a través de la mayúscula (quizás el recurso más interesante, por cuestionable), sino también de la cursiva, las comillas y la negrita, como se verá en detalle más adelante. De todas formas, la oposición que se estable sería esta:

la mujer // LA mujer / la mujer / “la” mujer / la mujer.

Una vez identificado el fenómeno, vamos a intentar una visión más detallada, deteniéndonos en tres apartados: qué enfatizamos, para qué y cómo, con ejemplos pertenecientes fundamentalmente a textos ensayísticos y periodísticos, actuales en su mayoría, además de alguno traducido.

 

1) QUÉ ENFATIZAMOS: SU EXTENSIÓN

Aunque acabamos de ver la enfatización del artículo, ni es el único caso posible, ni se presenta siempre aislada. Por ello, vamos a detenernos en las siguientes posibilidades de enfatización:

Del sustantivo sólo: Es la Mujer.

De artículo y de sustantivo: Es La Mujer.

Sólo del artículo: Es LA mujer.

Ni del sustantivo ni del artículo: Es la mujer.

1) Sólo el sustantivo enfatizado, por lo que es de suponer que el lector debe leer normalmente el artículo, sin acentuarlo, como palabra átona que es. Tres ejemplos, con diferentes recursos de enfatización (mayúscula o versal y comillas), y que irán, a partir de ahora, con subrayado nuestro, para hacer más cómoda la identificación:

Hay una época de la historia griega en que la “verdad” era para los helenos —Homero, por tanto— lo que se suele llamar poesía (Ortega 1986: 56).

Muchos de los objetores de conciencia contra la verdad en realidad se oponen a un fantasma mayúsculo, la Verdad (Savater 2003: 108).

Tanto el Rey como la Reina, el Príncipe y, por supuesto, Letizia saben lo que nacerá en noviembre. Será un niño, será un varón, el VARÓN (Peñafiel 2005: 16).

2) El artículo y el sustantivo enfatizados con diversos recursos, por lo que es de suponer que debe leerse el artículo acentuándolo, como si fuera palabra tónica:

Cuando comenzó esta crisis […] fue tal la avalancha (periodística) que le indicaba a Zapatero qué había que hacer, que a alguien se le ocurrió que en lugar de reunirse con los economistas el presidente debía reunirse con los tertulianos para resolver el drama (económico, es decir, El Drama) que se le venía encima a la nación (Cruz 2008B: 49).

Nosotros simplemente le apodábamos El Señor (Galter 2007: 5).

Conocida como la señora, [Iris Laínez] era identificada con la seriedad y la moral de familia, y protagonizó la ficción más famosa y con más audiencia de la televisión argentina en sus 55 años de historia: El amor tiene cara de mujer (Irigaría 2008: 6).

3) Sólo el artículo enfatizado, por lo que el lector se siente especialmente obligado a leerlo acentuándolo:

El episodio revela el verdadero, único, excluyente eje del proyecto de Huidobro: la aspiración a ser el precursor, el moderno (Dobry 2005: 16).

Se trata de la constante referencia al acuerdo o desacuerdo con la Constitución, de cualquier propuesta política de cierto alcance como si fuera el argumento con el que sentenciar lo admisible o rechazable de tal propuesta (Arteta 2008: 25).

En París o Madrid había edificios modernos, pero aquello [Nueva York] era la ciudad del siglo XX (Gonsalvez 2006: 4).

4) Ni el artículo ni el sustantivo aparecen con marcas ortográficas de énfasis, aunque se exprese de alguna manera su valor de antonomasia (y, por ello, sus posibilidades de ser enfatizados suprasegmentalmente). Quizás esto debería ser lo normal. Por ejemplo:

El marco iconosférico en que se centra este libro es el del discurso del grafitti. Pero, en especial, el vinculado con el miembro más importante cuantitativamente e identificado socialmente con la Universidad: el estudiante o universitario (por excelencia) (Figueroa-Saavedra 2004: 11).

Su principal problema [del promotor inmobiliario Rosen] (o, para ser más precisos, el problema) es que el 980 de Madison se encuentra en el corazón del barrio histórico del Upper East Side y sería difícil imaginarse algo que, sin llegar a ser una gasolinera de Mobil, esté allí más fuera de lugar que un cubo de cristal de Aby Rosen (Wolfe 2006: 4).

En los buenos viejos tiempos había seguridades básicas. Si uno recibía la carta, sabía lo que tenía que hacer. La carta, así por antonomasia, en una época en la que sólo recibíamos sobres del banco, propaganda variada y facturas de Telefónica, era en el argot empresarial, un mensaje de ETA reclamándole la extorsión, lo que los terroristas, con esa voluntad de investirse con los signos del Estado al que aspiran a sustituir, llaman “el impuesto revolucionario” en una terminología que todos hemos aceptado (González 2008: 16).

De estas cuatro posibilidades, solamente nos vamos a ocupar del segundo y el tercero, aquellos en que el redactor enfatiza el artículo, objeto de nuestro estudio.

 

2. PARA QUÉ ENFATIZAMOS

El objetivo de la enfatización es, normalmente, establecer un contraste entre elementos; así tenemos contrastes de tipo morfosintáctico o de extensión (antonomasia).

2.1) Contrastes de tipo morfosintáctico

Son frecuentes las diferenciaciones de género y número, entre otros. Comenzamos con la oposición masculino y femenino; por ejemplo:

El castellano no sólo utiliza el género para hablar de los varones o mujeres, sino que masculiniza o feminiza las cosas biológicamente asexuadas; ¿por qué decimos la cárcel o la fe, el paisaje o el árbol, y no empleamos el género opuesto? (Miguel 1974: 16).

—Pero yo sé quién fue la causante de todo.

Duca reflexionó, porque el chico hablaba y pronunciaba muy claramente, y si había dicho: “la causante”, en lugar de “el”, no se trataba de una confusión de vocales, se trataba de que él quería decir que había sido una mujer, y no un hombre (Scerbanenco 1980: 72).

No hace mucho tiempo que, todavía, numerosos lectores pedían en el quiosco la Marca, atendiendo al género femenino de la cabecera. Pero la Marca era el Marca, un periódico, un diario y, por lo tanto, perteneciente, en el orden gramatical, al género masculino (Toro 2008: 39).

Había que pensar en el Volga (en ruso es femenino, la Volga), historia líquida, metáfora fluvial de la atribulada Rusia (Leguineche 2003: 24).

Menos frecuente, quizás, es destacar el artículo neutro; por ejemplo:

Toda imagen se presenta con una doble referencia: de un lado presenta lo imaginado; de otro se declara a sí misma como perteneciendo a un yo (Ortega 1986: 123).

Y es que el qué de la derecha española, desde hace muchos años, ha sido eso, Lo Normal. Ése es el programa, el núcleo doctrinal (Rivas 2007: 76).

También puede destacarse o contrastarse el número:

Puede decirse que para el niño no existe EL juego; para el niño el juego no es un juego, sino LOS juegos. En el concepto del juego el plural es esencial. Jugar no significa para el niño realizar repetidamente una sola actividad, sino pasar de un juego a otro. Los adultos sí pueden, en efecto, permanecer con cierta continuidad adheridos a un juego (García Morente 1975: 153).

Y diferencias entre otros tipos de determinantes; por ejemplo:

Javier Gómez de Liaño siempre me tuvo de su parte, porque yo conocía el género y su género (Gala 2008: 3).

2.2) La antonomasia

La antonomasia puede manifestarse en diferentes contextos o con diferentes recursos. Por ejemplo, el contraste entre un / una y el / la:

“una mujer” / “la mujer”

Unos ejemplos:

Si no es la historia del arte contemporáneo, sí es, al menos una historia del arte contemporáneo (Alemany 2008: 48).

Esa fue una realidad, pero no la realidad (Lafuente 2003: 99).

Eso quiere hacer saber el que llama a la puerta, y él no es un yo, sino el yo único que él es a diferencia y con exclusión de todos los otros (Ortega 1972 B: 42).

Sin embargo, no siempre se enfatiza el primer elemento; en los ejemplos anteriores iba en cursiva un/una; ( nosotros, sin embargo, los seguimos subrayando para facilitar su identificación):

Y para buscadores como nosotros, Chéjov es un guía, quizás el guía (Ford 2002: 24).

El caso es que el ministro Bermejo sacó al ruedo un tema —si no el tema— capital de la ciencia política: el de la legitimidad del poder (Requero 2007: 4).

A partir de entonces el embeleco se deshace y El Hombre se transmuta en un hombre cualquiera con el que de repente me descubro durmiendo (Montero 2000: 312).

En otros casos, no se da la oposición determinado/indeterminado (cambio de artículo), sino un cambio de presentación ortográfica, de minúscula a mayúscula:

“la mujer” / “La Mujer”

Unos ejemplos:

A los cincuenta años de la televisiónLa Televisión— seguimos sorprendiéndonos de que desde esa caja, tan denostada tantas veces, siga saliendo sorpresa, rabia, melancolía (Cruz 2006: 67).

El paliza lleva toda la noche acosándole. Sí, El Paliza, ese tipo que ha atropellado cada una de sus escasas intervenciones durante la cena (Petit 2008: 16).

¿Qué hacen los ronaldos cuando no son Los Ronaldos? (Iñiguez: 2005: 24).

Un autor amnésico es el maravilloso Conrad de El corazón de las tinieblas, una novela que, pese a reproducir casi punto por punto una experiencia real del escritor, no tienen nada que ver con lo rememorativo y lo autobiográfico: cuando Conrad habla de la selva no está describiendo la selva del Congo Belga, sino La Selva como categoría absoluta, y ni siquiera eso, porque esa jungla enigmática y horriblemente ubérrima representa la oscuridad del mundo, la irracionalidad, el mal fascinante, la locura (Montero 2005: 207).

El juego lingüístico de la ambigüedad se da en este ejemplo:

Ojalá Zapatero aprendiera de una vez que la paz, La Paz con mayúsculas, como decían Les Luthiers, sólo está en Bolivia (Torres 2006: 5).

También se puede presentar un contraste más matizado, como en estos ejemplos:

A partir de ahí, nos bastaba con determinar quién era el enemigo. Aunque en realidad eso ya lo sabíamos de antemano: estaba claro que el imperialismo yanki era, si no “el” enemigo, sí “el enemigo principal” (Ortiz 1995: 139).

Acabo de leer dos de sus volúmenes sobre la guerra [civil española], 36-39. Malos tiempos [de Carlos Giménez], y estoy segura de que pocos como él han sabido contar la letra pequeña de lo que algunos llamaron la última guerra romántica, pero que él se empeña en llamar La Guerra, a secas, como si quisiera poner por delante el sufrimiento humano y dejar en un segundo plano las consideraciones ideológicas (Lindo 2008: 25).

También el énfasis puede tener, en ocasiones, un valor negativo, crítico; por ejemplo:

La primera comunión —llamada horterilmente “La Comunión”— es una celebración estrictamente religiosa enmarcada en el culto de la Iglesia Católica (Ussía 1999: 92).

Tenemos un caso particular, donde el contrate de género pasa a segundo plano, frente a la antonomasia; se trata de los nombres de algunas actrices. Un ejemplo que extraemos del “Diccionario abreviado del teatro reciente” de Marcos Ordóñez (2008: VIII):

Portillo, Blanca. — “La” Portillo alcanzó la gloria escénica absoluta con el triple salto mortal de La hija del aire. No debería tomarse tan al pie de la letra el peligroso refrán “A buen hambre no hay Pandur”.

Se establece, por tanto, la oposición siguiente:

Blanca Portillo / La Portillo

Las circunstancias pragmáticas son decisivas, pues el efecto del énfasis del artículo habría sido negativo si la persona designada tuviera una imagen degradada, o si el emisor se propusiera un objetivo ofensivo. Otro ejemplo positivo:

Dicen que cuando una artista [como Aurora Bautista, en este caso] salta la barrera invisible del arte, a su nombre se añade un “la”, que no es despectivo, sino de admiración. “La Bautista” (Muro de Iscar e Hidalgo 2005: 7).

 

3. CÓMO REFLEJAR EL ÉNFASIS (I): LAS MAYÚSCULAS

Partiendo de los diversos tipos de extensión (el sustantivo, el artículo o ambos), nos detendremos ahora en los recursos ortográficos que se aplican, comenzando por las mayúsculas, el caso más problemático o cuestionable, en nuestra opinión.

3.1. Mayúsculas (o versales) todo el artículo

Puede decirse que para el niño no existe EL juego; para el niño el juego no es un juego, sino LOS juegos (García Morente 1975: 153).

Entonces, Pilar me dijo: «No; tú estás de un humor insoportable, y esto normalmente significa que estás acercándote a LA idea» (Roma 2003: 302).

3.2. Mayúsculas (o versales) todo el artículo y el sustantivo

Más cosas gratuitas. (Aquí necesito una música épica que subraye con mucha pomposidad). LA SIESTA. Así, en mayúsculas (Buenafuente 2007: 35).

Y esas escuelas —sin la libertad de antes, ni la vitalidad de antes, ni fe en el hombre ya— van a traer EL DOGMA (mayúsculas mías a partir de Gala 1977: 91).

Las reglas de la Academia (1999: 31-32) no parecen referirse a estos usos de las mayúsculas; simplemente advierte que sirven para “destacar palabras o frases completas”, con ejemplos que cubren campos diferentes a los nuestros. Por tanto, parece que la corrección de tal recurso no plantea dudas, aunque su estética es asunto aparte. Pasemos, pues, a los siguientes casos.

3.3. Mayúscula inicial del artículo (en los ejemplos que tenemos se utiliza la cursiva también):

«”Voy a entrevistar a un filósofo”. “¿A cuál?”. “A Peter Sloterdijk”. “No a un filósofo, entonces. Sino a El filósofo”» (Krauthausen 2003: 2).

Dirigir Tacubaya no le impedía ocuparse de su propia investigación, y cuando el rector le ofreció la dirección del Observatorio de Tonantzintla y la del Instituto de Astronomía de la Universidad, se sintió abrumado. Carlos Graef lo felicitó. “¡Qué quieres, hermano, eres El astrónomo! Tú puedes con eso y más” (Poniatowska 2001: 295-296).

Balzac es el rey, el amo, The boss (Ruiz Mantilla 2005: 16).

3.4. Mayúscula inicial del artículo y el nombre

Pero en el momento en que colgué aquel teléfono no pensaba que M. [con el que he tenido una aventura amorosa] era un buen hombre, sino que era simplemente El Hombre, que es algo muy parecido a una plaga de Egipto, cuando menos en sus efectos devastadores. Fulminantemente enamorada de M. hasta la más recóndita de mis sinapsis neuronales, y hundida en la miseria por mi mala cabeza, que me había hecho perder La Oportunidad, me abalancé sobre la lata de basura y emprendí una búsqueda frenética de esa carta de M. que había tirado desdeñosamente y sin mirar, un par de semanas antes (Montero 2005: 38).

El cristianismo es sólo eso. Lo sobrevenido con ritos, símbolos más o menos verosímiles, gestos encubridores de La Verdad: el hombre necesita consolarse de la muerte… (Gala 2007: 5).

Por tanto, los problemas ortográficos son dos: la mayúscula del artículo y la del nombre. En cuanto al artículo con mayúscula (aparte de los casos en que venga motivado por seguir a punto) parece bastante reducido. Así, tenemos “la primera palabra del título de cualquier obra” (Real Academia 1999: 37), por ejemplo: El perro andaluz o Los girasoles (lo repite también el Diccionario panhispánico, p. 425). Además, están algunos topónimos con artículo incorporado, como El Salvador, La Rioja, La Habana, etc. (Real Academia 2005: 424). Algo similar pasa con el nombre de algunas publicaciones periódicas; por ejemplo, La Vanguardia (Real Academia 2005: 425); y con algunos apellidos: Antonio La Orden, señor La Orden (Real Academia 2005: 423).

En cuanto a la mayúscula con nombres comunes, el Diccionario panhispánico de dudas (Real Academia 2005: 423) menciona sobrenombres, apodos y pseudónimos, y dice que el artículo que los acompaña “debe escribirse en minúscula”. Posteriormente menciona “los nombres comunes que, por antonomasia, se utilizan para designar a una persona en lugar del nombre propio”; y observamos que, en los ejemplos, el artículo aparece en minúscula (Real Academia 2005: 424): el Sabio (por Salomón). Tampoco aparece con mayúscula el artículo de los ejemplos de “los nombres abstractos personificados, utilizados alegóricamente: la Muerte, la Esperanza, el Mal”. Otro campo similar es el de “determinados nombres comunes cuando, por antonomasia, designan una sola de las realidades de su misma clase: el Diluvio (referido al diluvio bíblico), la Reconquista (referida a la de los territorios ocupados por los musulmanes, llevada a cabo por los reinos cristianos peninsulares durante la Edad Media), el Muro (referido al que separaba en Berlín los sectores oriental y occidental)” (Real Academia 2005: 426). Y, finalmente, nos interesa la siguiente observación:

También se escriben con inicial mayúscula algunos de estos nombres genéricos [los que acompañan a los nombres propios geográficos, como ciudad, río, océano, cordillera, etc.] cuando, por antonomasia, designan un lugar único y, por lo tanto, funcionan a modo de nombre propio. Estas antonomasias están lógicamente limitadas en su uso a la comunidad de hablantes que comparten una misma geografía, para los que la identificación de la referencia es inequívoca, como ocurre, por ejemplo, entre los chilenos, con la Cordillera (por la cordillera de los Andes) o, entre los españoles, con la Península (por el territorio peninsular español) o el Estrecho (por el estrecho de Gibraltar) (Real Academia 2005: 424).

Por lo tanto, si en los casos de antonomasia, tan cercanos a los ejemplos estudiados en nuestro trabajo, no se utiliza mayúscula para el artículo, mejor será evitarlo; y, si se desea una lectura enfática de éste, se pueden usar los otros recursos gráficos, como la cursiva, las comillas o la negrita. Seguramente que de entre las diversas formas de enfatizar el artículo, la mayúscula es la más cuestionable, además de que puede causar perturbaciones en la práctica ortográfica y en los lectores.

 

4. CÓMO REFLEJAR EL ÉNFASIS (II): OTROS RECURSOS

En este apartado nos ocuparemos de las comillas, la cursiva y la negrita, aunque la normativa oficial no se refiere a su uso enfático.

4.1. Las comillas

Casos con solamente el artículo entrecomillado:

“Orientalismo” era algo que debería honrar a los orientales que eran objeto de estudio por parte de los expertos, mientras que “Occidentalismo” carecía de sentido puesto que la cultura occidental era el patrón de todos los estudios y el marco normal de “la” cultura (Panikkar 2002: 73).

El Gobierno de «la» Nación (Jáuregui 2004: 213).

En mi infancia, cuando reinaba Francisco Franco en el trono de las pesetas como «Caudillo por la Gracia de Dios» y nos paseábamos los españoles por las «Avenidas Generalísimo» (no era necesario decir quién era «el» Generalísimo como no necesitan los ingleses aclarar quién es «la» Reina, the Queen, ya que la Reina por antonomasia no puede ser otra que la suya), en aquella España «una, grande, libre», se me presentaban a los Reyes Católicos como los Founding Fathers (Jáuregui 2004: 244).

Casos en que se entrecomillan el artículo y el sustantivo:

También sé que la Cope dice mentiras, a partir de una esencial, que es la de defender la Verdad con mayúsculas, y que todo lo demás lo considera mentira. Naturalmente, “la Verdad” no existe, ni en la vida natural ni en la vida esotérica (Haro Tecglen 1999: 61).

Sin embargo, yo no creo que Haro fuera ideológicamente comunista; creo más bien que era un republicano de izquierdas, bastante radical, que estuvo ayudando al Partido Comunista, cuando los antifranquistas se referían a éste como “el Partido”, sin más apelativos, conscientes de su papel frente a la dictadura (Carrillo 2005: 43).

Mur Oti se autoproclamó “el Genio” y nadie se atrevió a contradecirle seguramente porque tenía razón (Pérez Puig 2003: 78).

4.2. Letra cursiva

Ejemplos en que sólo va en cursiva el artículo:

Esa fue una realidad, pero no la realidad (Lafuente 2003: 99).

Porque cuando se hace una película cada 45 años (ésa es por ahora mi media aritmética), corre uno el riesgo de que su primera obra se quede, como le ocurrió a Juan Rulfo con su Pedro Páramo, simplemente en la obra (Fesser 2006: 32).

Los expertos apoyan un nuevo impulso para la OTAN, pero no hacer del yihadismo islamista el enemigo, como proponen Aznar y la FAES (Ortega 2006: 9).

Cursiva para el artículo y para el sustantivo (o elemento nuclear); por ejemplo:

¿Qué cualidades debe poseer un hombre capaz de conquistar a Elle MacPherson —la supermodelo apodada en su día el cuerpo— y luego a una de las actrices más guapas del firmamento hollywoodense? (Tubella 2008: 60).

Le haría ilusión ser el otro. Borges inventó el otro para hablar del espectro que le miraba desde el otro lado del espejo (Cruz 2008: 15).

4.3. Negrita

Solamente hemos encontrado ejemplos para el artículo (podemos considerarla equivalente a la cursiva, aunque tiene mayor visibilidad):

Y luego, apoyándose en un firme rodrigón […], concluye el señor con apellido de sultana afirmando que sí, que “existen algunas españoladas que son indignas, como esa de identificar lo flamenco con lo español” (Gala 1977: 335)

4.4. Recursos combinados

Unos casos de mayúscula con comillas o signos de exclamación:

Se aproxima una de las noches más esperadas del año [Nochevieja]. Para muchos es “La Noche” (Bejarano 2003: 58).

Ortega se sorprendía de que pudiera llamarse la reconquista —¡la Reconquista!— a las batallas que expulsaron a los invasores tantos siglos más tarde (Bedoya 2006: 13).

 

5. PERSISTENCIA DEL ÉNFASIS EN EL DISCURSO

Sin duda, un redactor tiene que poseer un espíritu enfático inquebrantable, para mantenerlo a lo largo de todo el texto; lo que no siempre sucede. Podemos observarlo, por ejemplo, en la introducción al monográfico que la Revista de Occidente publicó para conmemorar el centenario de 1898. De la “Presentación”, de Mª Dolores Elizalde Pérez-Grueso (1998: 5-7), seleccionamos tres citas que ilustran claramente el progresivo abandono del énfasis a lo largo de la exposición (citamos, pues, por orden de aparición):

Se intenta, en primer lugar, y como punto de partida, cuestionar la visión negativa y catastrofista de 1898 como «el Desastre» (Elizalde Pérez-Grueso 1998: 5).

La derrota se consideró la culminación de un largo ciclo de decadencia, símbolo de la degeneración de la raza. Fue ese pesimismo generalizado el que dio origen a la idea del Desastre (Elizalde Pérez-Grueso 1998: 5).

Y ello [el contribuir a la reflexión sobre el 98], según dijimos al comienzo, [pretendemos hacerlo] con una orientación precisa e intencionada: el 98 no como desastre, sino como puerta de acceso a la modernidad (Elizalde Pérez-Grueso 1998: 7).

Recapitulando, observamos que la autora, a medida que avanzaba en el texto, cambiaba la forma de referirse a los acontecimientos de 1898, rebajando su intensidad:

«el Desastre» / el Desastre / desastre

Sin embargo, el redactor puede persistir en el énfasis y arrastrarlo durante todo el texto. Otra cosa es el lector, que puede llegar a insensibilizarse ante tal recurso. Así, si en la primera ocasión en que una denominación se resalta (información nueva), el lector reacciona de una manera, llamémosla, “receptiva”; quizás, en la segunda, y especialmente en las sucesivas, puede que la vaya a pasar por alto.

 

6. DEL ÉNFASIS A LA ANORMALIDAD

En este afán de juego con las mayúsculas y los acentos, se puede llegar a casos un tanto sorprendentes. La casualidad, como tantas veces sucede, ha querido que nos encontremos con este caso insólito:

LACRISIS y las crisis es el nombre de un artículo mío que se publicará a primeros de diciembre en la revista Psicoanálisis del Sur. LACRISIS es en estos momentos el significante con que se nombra al miedo, a la incertidumbre, al terrible y dudoso futuro con el que nos amenazan, cual si de una terrorífica catástrofe se tratara, dejándonos en la más absoluta de las parálisis. LACRISIS (todo seguido y con mayúsculas) es ahora una palabra vacía ya de otro contenido que no sea el de la inmovilidad y la desesperación (Mellado Santamaría 2008: 5).

Debemos pensar que, al integrarse gráficamente el artículo con el sustantivo, desaparece la posibilidad de acentuarlo, de independizarlo del nombre, de enfatizarlo. Así que, por un lado, el uso de las mayúsculas lo enfatiza, pero el integrarlo al sustantivo lo oculta y anula en cierto modo. De todas formas, parece el objetivo del redactor establecer la siguiente oposición:

LACRISIS / las crisis

Así, LACRISIS, anormalidad ortográfica (en mayúsculas y con el artículo unido) intentaría reflejar su propia anormalidad, “una palabra vacía ya de otro contenido que no sea el de la inmovilidad y la desesperación”, y se contrapondría a las crisis (en minúsculas, con separación del artículo y en cursiva), que serían, para el autor, “las que nos permiten vivir, aprender, crecer, amar, disfrutar…”.

 

7. EL ARTÍCULO ENFATIZADO Y TERRENOS ALEDAÑOS

Permítasenos encuadrar el tema del presente artículo dentro de otros dos estudios nuestros que podemos considerar precedentes y complemento. El primero lleva por título “¿Usa usted la mayúscula platónica?” (Fuente González 1994), sobre la antonomasia y la ortografía; y el segundo, “(Escrito) con mayúscula/s” (Fuente González 2003), donde abordábamos el uso de esta expresión que acompaña a ciertos sustantivos o SSNN, con un claro objetivo enfático y cuyo variado y hasta contradictorio reflejo ortográfico podemos observar en tres recientes ejemplos:

El tema es que eres El Cirujano, con mayúsculas, y si tú salvas vidas, ¿cómo va a haber otro que salve vidas? (Alsedo 2008: 7).

El encuentro con el Poder, en mayúsculas -Dios-, te devuelve a tu propia pequeñez y puede convertirte en el ser más vulnerable (Vallbona 2008: 6).

Lo anuncia el cartel diseñado por Jean Nouvel, el arquitecto con mayúsculas, el Norman Foster francés (Zabala de la Serna 2008: 64).

Por otra parte, el énfasis del artículo, objeto de este trabajo, también hay que entenderlo dentro de la actual corriente tan favorable al recurso enfático y a hacer tónicas las palabras átonas; sin olvidar el descuido ortográfico en un terreno tan peligroso como el de la mayúscula, además de la influencia de las traducciones que no adaptan las mayúsculas en su paso al español.

Sin duda, hay que moderar los recursos enfáticos y, en especial, la mayúscula. Como orientación final, sirva la siguiente observación del Diccionario panhispánico de dudas (Real Academia 2005: 426):

En textos de carácter publicitario, propagandístico o similar, es frecuente la aparición de mayúsculas no justificadas desde el punto de vista ortográfico […]. Estos usos expresivos o estilísticos, cuya finalidad es llamar la atención del receptor para asegurar así la eficacia del mensaje, no deben extenderse, en ningún caso, a otro tipo de escritos.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Bejarano, Cristina (2003): “Desde Rusia, Nochevieja sin resaca”. La Razón, 28 de diciembre, pp. 58-59.

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Conan Doyle, Arthur (2008): A Scandal in Bohemia. Escándalo en Bohemia. Barcelona: PASA.

Cruz, Juan (2006): “Primores de lo vulgar”. El País, 28 de octubre, p. 67.

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Dobry, Edgardo (2005): “Huidobro o la aventura de la modernidad”. Babelia, nº 703 (El País), 14 de mayo, p. 16.

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© Miguel Ángel de la Fuente González 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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