El proyecto de nación e identidad de Vicente Riva Palacio en Martín Garatuza

Dolores Rangel

Georgia Southern University
drangel@georgiasouthern.edu


 

   
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Resumen: La novela histórica mexicana del siglo XIX pelea un espacio de consideraciones políticas entre liberales y conservadores así como definición de la identidad nacional. Ésta se comienza a delimitar a través de la modificación de los conceptos de criollo, mestizo e indígena generados durante los años de la colonia. Este artículo analiza la presencia de estos elementos en la novela de Vicente Riva Palacio Martín Garatuza. La importancia de la genealogía y las relaciones familiares como medios de autoafirmación y de conocimiento de la identidad nacional convocan a la elaboración de un discurso conciliatorio en la gestación de una nueva nación.
Palabras clave: Riva Palacio, Martín Garatuza, novela histórica mexicana del XIX, identidad nacional.

 

Introducción

La novela mexicana del siglo XIX germina en un ambiente de grandes cambios ideológicos y políticos en donde se encuentran en conflicto los conservadores fieles a la corona española y los liberales independentistas y, más adelante, ya consumada la independencia, entre las residuales alas conservadoras y liberales. En este sentido, el siglo XIX es diverso y complejo ya que muchos de los escritores se encuentran estrechamente vinculados y comprometidos en alguno de estos sectores ideológicos, ya sea en su nivel político, militar o meramente social y la escritura es un vehículo más para defender y propagar sus ideas. El ambiente de inestabilidad política hace eco en los conceptos de lo que se considera la identidad nacional y la composición étnica del país. Las divisiones sociales se encuentran fuertemente definidas por la clasificación étnica heredada de la conquista y la colonia. Los gachupines, los criollos, mestizos, mulatos, e indios son los grupos étnicos que hacen presencia en distinta medida en los distintos discursos que se van formando alrededor de lo que se considera la identidad nacional y que se ven reflejados en diversas formas en la naciente literatura.

Los líderes e ideólogos elaboran argumentos alrededor de la noción de pertenencia, identidad o rechazo a cierto grupo y al pasado indígena y colonial para explicarse a sí mismos como nación. Liberales como José María Luis Mora y conservadores como Lucas Alamán formularon ideas opuestas acerca del proyecto de nación y con ello de la identidad étnica en la cual debería descansar esta noción de identidad [1]. Así, los conceptos de criollo, mestizo o mexicano oscilaban en un rango que iba desde la negación del pasado indígena hasta la admiración e identificación con el mismo, o bien la necesidad de asimilación o de “blanqueamiento” de la raza.

En este momento, saber quién era indio o mestizo no sólo era un problema complejo, sino que era importante dentro del contexto del proyecto de nación [2] (Gall 2001: 89). Por otro lado, el concepto de criollo existía no sólo como categoría racial sino como un término de identidad geográfica y de reconocimiento de un pasado indígena, que aunque no se llevara en la sangre, les era común por el suelo en el que habitaban [3] (Vázquez 1997: 11). El mestizo era un término usado para referirse a la mezcla de indio y blanco, sin embargo, la diversidad era mucha debido a la división de castas que definía las mezclas dadas (Hernández 2004: xix).

La obra de Riva Palacio no es ajena a esta problemática de identidad nacional y por ello se encuentra salpicada de personajes que acarrean en diversas modalidades e intensidades una problemática por el hecho de pertenecer a cierto grupo. Martín Garatuza. Memorias de los tiempos de la Inquisición (1868) -título completo de la novela- es una de estas obras que refleja un ambiente de preocupación por la identidad nacional y que busca a través de la indagación histórica en el período de la colonia una explicación de la misma.

 

Vicente Riva Palacio y la novela histórica

Vicente Riva Palacio es uno de los escritores más prolífico y conocido de las letras del siglo XIX. Fue un hombre activo que se desenvolvió en diversas áreas: fue militar, político, historiador, abogado, diplomático. Además, como literato escribió poesía, teatro, novela, leyenda, cuento, así como historia y crítica. Hombre de ideas liberales, fundador del periódico liberal El Ahuizote en 1874, se le considera también el inventor de la imagen de la colonia en México debido tanto a la investigación histórica como a la publicación de novelas ambientadas en este período. Entre algunas de las situaciones extremas que vivió, fue acusado de conspiración y encarcelado y, en otro momento, fungió como Ministro Plenipotenciario de México en Portugal y España, país en donde murió en 1896.

Su obra más importante es México a través de los siglos (1880) en la cual, en colaboración con un destacado grupo de estudiosos e investigadores recupera la historia de México desde sus orígenes indígenas. Esta visión integradora de los pasados antagónicos de México no había surgido aún debido en parte a las propias concepciones truncas acerca de lo que conformaba la nación y la identidad. México a través de los siglos considera tanto el pasado prehispánico como el colonial en un mismo derecho para ser parte de la herencia de los mexicanos. La historia cultural de México se presenta como un continuo flujo de elementos que se van integrando paulatinamente y cobran presencia sólida en el presente de los mexicanos. Respecto a la producción de Riva Palacio, Enrique Florescano señala en “México a través de los siglos: Un nuevo modelo para relatar el pasado” que:

En toda su obra los mestizos son la representación física y moral del mexicano, el producto social decantado por la fusión de los grupos indígenas con los europeos. México a través de los siglos, su magna empresa histórica, recoge esos símbolos y aspiraciones colectivas: es el primer gran mural que incorpora los distintos pasados de la nación y la obra que transmitió a los mexicanos un mensaje de unidad, tolerancia, fortaleza y optimismo. (n/p)

Riva Palacio no fue un historiador de profesión, sin embargo muestra una constante preocupación por el conocimiento y la difusión de la historia y de la cultura de México. Su pensamiento histórico se formula a través de una retrospectiva justificadora que se inicia en los orígenes indígenas y la herencia española hasta llegar a su presente con una idea de nación acorde al proyecto del partido liberal [4].

La novela Martín Garatuza. Memorias de los tiempos de la Inquisición es una serie de historias aglutinadas, forzadas a veces, que comprime una representación de la historia de una nación que necesita conocerse para trazar su futuro. En la interpretación histórica de esta novela, el gran personaje principal -representado en varios de los personajes principales- es el ciudadano de una futura nación; es el individuo y su conflicto personal relativo a su posición dentro de una sociedad que se está gestando. La novela es extensa pero ligera. Es dinámica y con múltiples líneas de acción que la convierten por momentos en una maraña confusa de personajes, relaciones y lugares. La crítica ha señalado los errores y debilidades de novelas como ésta, (su carácter folletinesco, la falta de profundidad psicológica de los personajes, el lenguaje retórico y a veces empalagoso, las situaciones absurdas y otras). Sin embargo, debe de reconocerse el valor que presenta en cuanto muestra una síntesis de ideas y principios de Riva Palacio para justificar el derecho a la formación de una nación independiente y para dar una carta de identidad a la nación mexicana.

De esta forma, las explicaciones y justificaciones que se encuentran detrás de las acciones de los personajes son el bastidor sobre el cual se van a tejer una serie de culpas y disculpas, para explicar y comprender al individuo de aquel momento, así como la historia que pesa sobre un país en formación. Este es el medio para lograr iluminar el presente y el futuro del ciudadano mexicano del XIX. La novela recupera la vida de una familia y los percances y tribulaciones debidos a la ideología y a la política de la época. Es, también, una especie de proceso de vindicación y exoneración del individuo de la colonia, preámbulo del independentista liberal del XIX.

Resulta interesante preguntarnos, en primera instancia, cómo es que un individuo de ideas liberales, un militar, un hombre tan avocado a su situación inmediata, tan moderno para los estándares de la época, con su visión puesta en el futuro de su nación tuviera tal admiración e interés por la colonia. ¿De qué forma coexiste su interés por la colonia simultáneamente con sus convicciones relativas a las ideas liberales y progresistas? Riva Palacio encuentra en el conocimiento de la historia colonial las herramientas explicativas para poder elucidar su presente. El archivo del Tribunal de la Santa Inquisición le proporciona una sustanciosa cantidad de información para reconstruir en forma literaria historias consignadas como verdaderas. En opinión de Florescano, el manejo de este material lo convirtió en un promotor de la novela histórica.

Este género, popular en el período romántico, va a ser un medio efectivo para difundir aquella historia no conocida por la mayoría y para modificar y moldear, más importante aún, la mentalidad del individuo y conciliarlo con un proyecto de nación del partido liberal que diera un terreno común de identificación cultural. Riva Palacio no pretende ser abiertamente didáctico o moralista en esta novela, aunque no se escapa de ello. Sí quiere, en cambio, ilustrar divirtiendo a un público que no demanda grandes artificios literarios y que no tiene las posibilidades de leer la historia de su país en libros especializados menos aún en sus propias fuentes. Martín Garatuza se inserta en el marco de las preocupaciones de la narrativa de su momento, no tanto por el sentido colonialista, sino porque comparte con la mayoría de las obras contemporáneas la preocupación por una definición de la sociedad mexicana en búsqueda de su propia identidad [5]. En primera instancia, pareciera como si Martín Garatuza se alejara de este interés por la situación social inmediata, pero en el fondo no es así. Mientras las novelas románticas, realistas y más tarde naturalistas trazan una línea directa hacia las preocupaciones de índole social, la novela de Riva Palacio llega al mismo lugar -el problema social de la identidad nacional- pero en forma indirecta, con un trazo elíptico hacia el pasado.

José Luis Martínez en “México en busca de su expresión” señala cuatro tonos culturales de este siglo XIX. En lo que él considera un segundo tono o período, de 1836 a 1867, se revelan los primeros románticos mexicanos con las reuniones de la Academia de Letrán. En estos momentos hay un intento por realizar una literatura que exprese las costumbres nacionales a pesar de la serie de eventos de inestabilidad y confrontación política. Se inicia también la novela sentimental y folletinesca. En este mismo momento, señala Martínez, Ignacio Manuel Altamirano busca fomentar una integración cultural que permita conciliar los intereses tanto de los conservadores como de los liberales. La obra de Riva Palacio es sintomática pues, a pesar de pertenecer él a la facción liberal, no revela un distanciamiento radical o una confrontación directa con la institución de la iglesia o con el pensamiento religioso.

Martín Garatuza no fue la única novela histórica de Riva Palacio; escribió siete en total. Es decir, no fue un accidente, sino parte de un proyecto. En 1868 aparecieron Calvario y Tabor, Monja y casada, virgen y mártir y Martín Garatuza (que es la continuación de Monja y casada). En 1869 aparecieron Los piratas del Golfo y Las dos emparedadas. En 1870 La vuelta de los muertos y en 1872 Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México. Todas ellas se ambientan en el virreinato, a excepción de Calvario y Tabor que se ubica en la intervención francesa. En 1871, Riva Palacio en colaboración con Juan A. Mateos, Manuel Payno y Rafael Martínez de la Torre realizaron la colección de relatos El libro rojo relativos a terribles crímenes perpetuados en México a lo largo de su historia. Lo singular en este libro es que estos crímenes que se narran no habían sido cometidos por manos indígenas sino españolas. Se trata de un libro que muestra hechos que ejemplifican, como dice Carlos Montemayor “sólo la evolución que esos sacrificios significaron en la historia de México” (Montemayor 1989: 11) para llevarlo hacia un proceso civilizador. En opinión de Montemayor, El libro rojo debe de verse “como una muestra de lo mejor del género del cuento histórico en el siglo XIX” (Montemayor 1989: 13). En la sección dedicada a la familia Carbajal, Riva Palacio cuenta la tragedia de esta familia de judíos de origen portugués llegados al Nuevo Reino de León. Algunos de los nombres que aparecen aquí se repiten en Martín Garatuza, aunque no por ello representan a los mismos personajes ni están en la misma situación.

Previamente a estos cuatro años de intensa producción literaria relativa a la colonia, Riva Palacio ya se había fogueado en el terreno militar. Había sido nombrado General en Jefe del Ejército del Centro en 1865 y en el 67 participó en las tomas de Toluca, Querétaro y la ciudad de México. Vale lo anterior como referencia hacia aquellos argumentos que demeritan la creación literaria relativa a la colonia por considerarla un síntoma de una actitud de evasión de la realidad por parte del escritor. Riva Palacio no podía haber estado más atento y comprometido con su momento y la sucesiva producción de siete novelas históricas surgiría como un proceso de replanteamiento y revisión acerca de quiénes eran los mexicanos, de dónde venían y cómo es que se encontraban en ese momento histórico, político y social.

La novela presenta, además de los rasgos propios de la novela de folletín, ciertos rasgos costumbristas y románticos. Riva Palacio aprovecha para ilustrar, a veces con una forzada pausa, y una mal disimulada intención didáctica, algún uso o costumbre de la época que pudiera ser desconocido para el lector. En otros momentos, el romanticismo da rienda suelta a elaborados y empalagosos diálogos, no sólo de situaciones amorosas, sino de expresiones por parte de los personajes acerca del dolor sufrido ante la ausencia de una nación que los valorara como miembros de ella.

Los personajes de la novela fungen como un recordatorio de los ancestros y fundadores de México. A través de ellos el autor busca trazar un puente entre el pasado y el presente para amalgamar identidades, conciliar intereses, limar asperezas y juzgar malos hábitos sociales que necesitan ser erradicados. Busca también señalar a aquellos individuos que minaban la integración social debido a intereses no sólo individuales sino comunes a los de la corona española. La novela tiene un fuerte sentido de conciencia social y étnica al hacer constantes referencias a los orígenes, los linajes, las marcas genéticas, los capitales acumulados y heredados, la bastardía y, sobre todo, el criollismo.

Mariano Azuela dice de Martín Garatuza: “Esta novela es el pastiche más fiel de aquellos novelones hispanos y franceses del siglo XIX que eran el deleite de las costureras y de los peluqueros. Fechas, nombres, sucesos, lugares, todo puede cambiarse sin que la novela pierda o gane.” (Azuela 1947: 110). Sin embargo, reconoce un valor específico que es el de servir como “punto de comparación, fondo oscuro para que otros novelistas se destaquen con relieves más vigorosos que justifiquen los elogios que la crítica les ha rendido” (110). Así, la novela de Riva Palacio pudiera ser considerada en los términos de Azuela como una novela de segunda, pero para los propósitos que nos conciernen es una novela que tiene sus propios méritos a los cuales nos queremos abocar.

 

Preocupación por la ascendencia e identidad nacional.

Martín Garatuza está dividida en dos partes, la primera se titula “Los Criollos” y la segunda “Los Descendientes de Guatimoc.” Los títulos de ambas partes remiten a los aspectos étnicos y de nacionalismo y los personajes que circulan a lo largo de la novela son mayormente criollos y españoles peninsulares o gachupines. Aparece aisladamente algún negro, mulato e indígena. Hay que destacar que el término mestizo está ausente en esta novela de Riva Palacio mas no el concepto que refiere a la mezcla del indígena y del español. En su lugar, el autor mexicano emplea el término criollo. El criollo de Riva Palacio, centro de la problemática en la novela es un individuo que si bien es una mezcla de blanco e indígena, su mayor conflicto radica en el hecho haber nacido en la Nueva España. Así, estos personajes criollos no son los españoles nacidos en suelo americano, sino son el producto de la mezcla, cuya representante por excelencia en la novela es doña Juana de Carbajal.

En la primera parte, “Los criollos,” se encuentra un intertexto bastante extenso que consiste en un manuscrito de doña Juana dirigido a su hija Esperanza. Este texto, que a su vez consta de cinco partes, narra la historia de la familia de los Carbajal desde sus orígenes en los tiempos de Cortés y explica así, la serie de desavenencias por las que los descendientes han venido pasado. Estas memorias se inician con el subtítulo “La marca del fuego, memoria de doña Juana de Carbajal” y en esta parte se narran los amores de Isabel y Guatimoc, es decir Cuauhtémoc, el último emperador azteca. Isabel, hija de un soldado de Cortés, Santiago de Carbajal, concibe un hijo de Guatimoc que será el “hombre de la nueva raza” y a través del cual el imperio vencido volvería a ser uno, según las esperanzas del destronado emperador. Riva Palacio crea una relación bastante romántica y dulzona, algo desigual entre una jovencita española y el monarca indígena ya entrado en años, imagen que no concuerda muy bien con la del héroe azteca. Esta relación desde su inicio estará marcada por la tragedia.

El producto de estos amores es un niño mestizo que lleva una marca en la espalda semejante a una lengua de fuego. Esta marca será el pasaporte de identificación y así mismo de confusión de los sucesores de esta línea genealógica que, según una profecía o augurio dado a la joven Isabel, quien llevara la marca iría a morir en la hoguera. Felipe de Carbajal es este nuevo mestizo hijo de Guatimoc e Isabel, el cual “parecía pertenecer a la raza indígena pura, y sin embargo, los hombres inteligentes de aquella época descubrían que en sus venas había también sangre española,” (211). Felipe, al casarse con doña Violante de Albornoz, gachupina, procrea tres hijas: Doña Isabel, doña Leonor y otra hija llamada como la madre, doña Violante, las cuales heredan igualmente la marca de fuego en su espalda y con ellas se cumple la maldición. Son acusadas de judaizantes y quemadas vivas por la Inquisición [6]. La línea genealógica y argumental llega hasta Doña Juana, la autora de las memorias, nieta de Felipe de Carbajal y biznieta del último emperador azteca. Doña Juana es el centro en donde se conjuga el pasado y se proyecta el futuro de la nación pues es ella quien da espacio y cobertura para las reuniones independentistas.

En esa historia genealógica se destacan las virtudes y la nobleza de las herederas de Felipe de Carbajal. Acontece, además, la desgracia de que Doña Isabel tiene otra hija producto de una violación que también heredará la marca e intervendrá para complicar más la acción y las líneas de parentesco. Estas memorias, que abarcan casi la mitad de la primera parte, tienen una línea de acción vertiginosa y saturada de tragedia. Este recuento genealógico se convierte en una necesitad para entender las desgracias por las que pasan los personajes. Viene a ser una explicación de lo que les acontece a los personajes en el presente de la narración.

Doña Juana, como descendiente en 3ª. generación del último emperador azteca y de una española, es mestiza y es el pivote alrededor del cual se engarzan las líneas de acción. Sin embargo, su origen español aparentemente está cargado de una rama judía a través del sospechoso apellido de Carbajal. El aire de judaizante se refuerza con la famosa marca y por el hecho de que su madre y sus tías fueron acusadas y quemadas por la Inquisición. Doña Juana se llama así misma criolla y, por el estigma que cae sobre este grupo, le pide a su hija Esperanza que no tenga descendencia, es decir, que renuncie al amor de su primo Leonel. El problema de la identidad étnica y nacional se da, pero aparece confuso por el uso de los términos. Doña Juana se llama a sí misma criolla y es despreciada por ello. Otros personajes, como son sus sobrinos, sin ser producto de indio y blanco, pero habiendo nacido en suelo americano, son también criollos y son igualmente estigmatizados por ello. Así, en esta novela, la problemática se reduce al lugar de nacimiento más que a la identidad racial. Es evidente que Riva Palacio pone como víctimas de la situación política y social al grupo de los blancos nacidos en la colonia y en forma colateral a los mestizos. La problemática de doña Juana es acarreada por el estigma de la marca en su espalda y por judaizante, pero socialmente es señalada por ser nacida en América y no tanto por ser descendiente de un indígena. Las problemáticas del indio, del negro o del mulato no aparecen en la novela. Evidentemente, el autor aborda la problemática en la manifestación de inconformidad de un grupo que no constituía la mayoría de la población, pero en el cual recaían las iniciativas independentistas.

Desde el inicio de la novela, el conflicto socio-político entre los criollos y los españoles es evidente y se manifiesta en los intentos de los primeros por buscar la independencia de España. La intención del autor es darnos a conocer que desde los tiempos de los primeros virreyes los aires independentistas ya se estaban caldeando en la Nueva España y las injusticias y los abusos contra los criollos eran razón suficiente para buscar la separación de la Corona española. Es evidente que en esta obra Riva Palacio no denuncia a los indígenas y a los negros como individuos abusados y maltratados por el sistema. Estos aparecen en la periferia de la problemática. Por otro lado, los mestizos no se identifican como grupo aparte y, por lo mismo, no aparecen como participantes de los intentos de insurrección.

Los criollos son los principales agraviados y el desprecio se hace ver hasta en la relación entre padres e hijos. Don Nuño, español, desprecia a doña Juana y su parentela por ser criollos y de raza judaizante y se enfurece y desprecia a sus hijos, por abrigar la causa independentista y particularmente porque Leonel, su hijo, está enamorado de Esperanza, “Al fin criollo, al fin criollo,” se lamenta. Doña Juana explica a su hija Esperanza la posición social del criollo en ese momento:

Es ser esclavo, despreciable, vil . . . Los españoles son nuestros conquistadores, nuestros amos, ¿lo entiendes? Nuestros amos: tus hijos serán unos seres abyectos que nacerán y vivirán como tú, como yo, como Leonel, como los animales viven y mueren, sin patria, sin tierra, y no les valdrá su inteligencia ni su valor para nada. (128-29)

La explicación de doña Juana pudiera resultar exagerada si se considera la libertad social en la que se movía alguien de su nivel en comparación con los otros grupos más desprotegidos y maltratados como eran los indios y negros.

Independientemente de los enredos argumentales, la novela expone una red de prejuicios y de nociones acerca de la identidad del individuo del México colonial. Riva Palacio enaltece la herencia indígena, pero sólo a través de un vástago que no es hijo de cualquier indígena, sino de uno de la nobleza. Por otro lado, censura la superioridad del español que menospreciaba a su congénere nacido en la Nueva España. Este individuo producto de la historia es el que busca a toda costa tener su propia nación. Las razones por las que actúa no son en realidad altruistas, sino más bien económicas y sociales. El exceso de impuestos, los monopolios, el favoritismo y el nepotismo en los puestos administrativos son las causas principales de los deseos de independencia. Sin embargo, doña Juana es la voz que expresa la humillación de ser criolla y es quien ha sufrido las consecuencias, no sólo de las políticas económicas y administrativas, sino las relativas a la limpieza de sangre.

La situación del México colonial que la novela retrata tiene en su horizonte la problemática del mestizo/criollo como un nuevo ciudadano en un territorio que está cambiando. El personaje principal es el llamado criollo, que aunque ya es mestizo, es el representante y heredero de la cultura occidental y los valores de cristianismo. Es un mestizo europeizado. Si bien Riva Palacio en esta obra no pone en escena al mestizo como categoría étnica, en otros momentos de su producción literaria da voz a un mundo de seres marginados, como menciona Florescano:

Convirtió al pueblo campesino en personaje de sus novelas e hizo desfilar en ellas la diversa composición de la sociedad: indios, léperos urbanos, criollos, negros, mulatos y mestizos. En toda su obra los mestizos son la representación física y moral del mexicano, el producto social decantado por la fusión de los grupos indígenas con los europeos. (n/p)

El personaje femenino, por otro lado, tiene especial desempeño en la novela. Se puede considerar la postura de Riva Palacio bastante audaz al poner a una serie de mujeres como las iniciadoras del cambio. La descendencia que surge del encuentro entre Guatimoc e Isabel es un varón, pero a excepción de él, el resto de la descendencia está formada por mujeres. Son mujeres las que llevan la marca, las que son quemadas, violadas, abandonadas, engañadas y finalmente, redimidas, aunque las malas son castigadas, como se pudiera esperar. Son las que llevan el apellido, las iniciadoras del cambio, son las que cuestionan el status quo. Doña Juana es la imagen fuerte de matrona que protege e instiga la independencia. Es la heredera de la tradición al guardar las memorias de su familia y es la que busca un futuro mejor para todos.

La segunda parte, “Los descendientes de Guatimoc” tiene una tónica más truculenta y menos nostálgica, muy al modo de las novelas de capa y espada. Sin embargo, Riva Palacio intenta en cada ocasión resaltar los atributos o las carencias morales de los individuos, siempre de acuerdo a la división entre realistas e independentistas. El personaje de Martín Garatuza entra más en acción y se convierte en una especie de Quijote proletario que, sin tener por qué, anda metido en cuanto embrollo aparece tratando de resolverlo. La cantidad de hechos acaecidos es abundante y confusa. Aunado a esto, Garatuza tiene la habilidad de disfrazarse y hacerse pasar por un sin fin de personajes, según se necesitara en el momento de la acción. La novela se va desarrollando a una velocidad vertiginosa y los malos entendidos, las confusiones en las identidades de los personajes, los engaños a los que unos a otros se someten hacen que más que novela parezca una extensa comedia de enredos.

La segunda parte que acontece en el presente de la narración continúa con la situación de la revuelta independentista y con la invasión de la armada holandesa en el puerto de Acapulco. Todo esto se convierte en una especie de tono sordo que ambienta la novela y que mueve a personajes como el virrey y el visitador, antagonistas per se, a actuar para evitar a toda costa la conspiración. En este mar de confusiones se enredan los amores, los intereses, la ambición por el dinero y el poder. Los personajes se dividen claramente en los buenos y los malos, los que han sufrido injusta persecución y los que han abusado de su posición y han engañado. Unos recibirán el castigo merecido y otros tendrán la oportunidad de reivindicarse como la joven Catalina de Armijo, rival de doña Esperanza, que se arrepiente de su innoble vida y se decide por la vida conventual (Salida argumental que confirma la postura moderada de Riva Palacio relativa a la Iglesia).

En todo este embrollo argumental, ¿qué dice Riva Palacio acerca del individuo de la colonia que pudiera tener resonancias interesantes para sus contemporáneos? En primer lugar, no se puede ignorar que la caracterización de los personajes es aún bastante convencional. No se presentan caracterizaciones individuales sino más bien genéricas; es decir, como doña Juana, como Leonel o como don Alonso de Rivera habría muchos. Así, más que personajes son tipos que encarnan ideas, actitudes, ideales o bien vicios indeseables. Riva Palacio, sin querer moralizar directamente como ya se mencionó, es bastante evidente en la lección que pone detrás de cada uno de los personajes. Se pudiera decir que en este repertorio la noción del “Otro” aparece en virtud de una identificación con la afiliación político-social. Unos serán aquéllos que buscan la independencia y la justicia, los futuros mexicanos, los mestizos que Riva Palacio llama criollos, y otros serán aquéllos que desean mantener la dependencia y autoridad españolas, los conservadores y los que a costa de la justicia y equidad desean tener el control de la sociedad y de las riquezas.

Esta historia familiar, que se origina con el emperador Guatimoc y con la española Isabel de Carbajal y que progresa hasta la cuarta generación, encarna las tesis de los orígenes nobles y heroicos del pueblo mexicano y de la posibilidad de la redención y la esperanza de un futuro mejor. Esto se cristaliza en la joven Esperanza, como su nombre lo corrobora. Después de pasar muchos infortunios e injusticias sale triunfante ya que logra la aceptación y el reconocimientos de dos figuras paternas: el padre de Leonel, español que la despreciaba por ser criolla y no tener herencia, y su propio padre don Pedro de Mejía, al que llega a conocer gracias a Garatuza y que, aunque a lo largo de la novela encarna los intereses más viles y corruptos, al final se redime antes de morir. Es decir, la hija mestiza/criolla -la nueva nación- es aceptada y reconocida por la figura paterna, por España.

Leonel y Esperanza representan la nueva generación de mexicanos que busca su lugar dentro de la sociedad y su prosperidad se fundamenta en el amor que se profesan. En “La representación del pueblo en el segundo romanticismo mexicano” Carlos Illades señala: “Enemigo de la aristocracia y el privilegio, el pueblo liberal era la agregación de individuos indiferenciados e iguales integrados en una entidad abstracta que se manifestaba como voluntad general” (Illades 2003: 19). Añade que, “Como corriente estética, el romanticismo exaltó el protagonismo popular dentro de la historia patria, depositando en él la reserva moral de la nación, ocupada por las potencias y enajenada por los políticos y la élite económica” (Illades 2003: 19). Es decir, los personajes como receptáculos de los valores de la nación son elementos clave para identificar los ideales que Riva Palacio tenía para el México del siglo XIX. El antagonismo entre los grupos dado no sólo por la filiación política sino por la herencia debe pasar por el tamiz del arrepentimiento y de la aceptación. Las “culpas” y errores de los ancestros deben ser perdonados para lograr la reconciliación y el progreso de la sociedad. El México independiente debe, según Riva Palacio, asimilar las diferencias para que con un nuevo producto, un nuevo mexicano, el progreso de la sociedad se lleve a cabo.

Al mismo tiempo que Riva Palacio intenta establecer un puente para comprender el pasado, innegablemente encuentra deleite al relatar la vida cotidiana de virreyes y oidores, con sus rencillas y rivalidades, envidias, chismes y la vida ociosa de las clases adineradas que se reflejaba en la antigua costumbre de inmiscuirse en las vidas ajenas. Riva Palacio aligera el tono de la obra a través del personaje de Martín Garatuza, quien viene a ser, además de un diminuto Quijote como ya lo comentamos, una especie de pícaro y héroe. Por momentos, el personaje se convierte en una caricatura al verse envuelto en todas las intrigas y de las cuales sale siempre victorioso, ya que a todos engaña con sus múltiples disfraces. Garatuza como pícaro perpetúa una vez más en la tradición literaria mexicana la herencia española. Agrega un lado amable y cómico a la novela y es en gran medida el personaje gracias al cual se resuelven los conflictos y los malos entendidos. Él es el brazo que propicia que se haga justicia y hace suya la causa de la víctima principal, la joven Esperanza. Su insistencia por encontrarla, así como la decisión de vengar el rapto a la que fue sujeta es indicio de que nada debe quedar impune en esa nueva nación que se está formando. Hasta el más común de los ciudadanos, el que es buscado por la justicia como lo es Garatuza, es realmente un individuo con una gran responsabilidad civil.

 

Conclusiones

Martin Garatuza es sólo un ejemplo entre varios de un cuerpo literario que ese puede considerar fundacional en la narrativa mexicana. Riva Palacio contribuyó con su obra en general, y con Martín Garatuza en particular, en el espacio del imaginario cultural al apropiarse del período de la colonia y asimilarlo como un momento auténtico y verdadero del pasado nacional y no como un lapso ajeno en la conformación de la nación mexicana. Sin presentar aún una obra con un alto compromiso político, esta narrativa sienta bases para futuros planteamientos más sólidos y menos idealizados acerca de la mexicanidad. Riva Palacio ha tendido un puente por el cual pretende que el lector retroceda a un pasado y se encuentre con los orígenes de sus posibles conflictos, se comprenda y se reconcilie. Al terminar la lectura de Martin Garatuza el lector queda inevitablemente con una sonrisa ante esta novela aún adolescente como narrativa, pero queda también con la satisfacción que produce una obra permeada por el entusiasmo y los nobles propósitos de su autor.

 

Notas

[1] Para José Luis Mora, sacerdote liberal, el aislamiento que sufrió el indígena lo convirtió en un eterno menor de edad; por ello, su asimilación a través de la educación era el camino para el progreso de la nación. Por otro lado, Lucas Alamán, aristócrata y conservador, ferviente católico, nostálgico del sistema colonial, consideraba que era mejor mantener a los indígenas segregados. Don Carlos María de Bustamante, representante de la tendencia liberadora, reniega de los tres siglos de la colonia y considera empezar la nueva nación a partir de los valores del mundo prehispánico. En una línea de pensamiento similar al de Riva Palacio, el historiador José María Vigil (1829-1909) que contribuyó en el tomo V de México a través de los siglos, consideraba que el estudio del pasado colonial proporcionaría los medios para conocer y entender los problemas que enfrentaba México.

[2] Explica Gall: “Mientras que desde la antropología mexicana, en algunos momentos se le ha dado a los factores subjetivos un peso importante en la definición de la identidad, planteando que “el indio es aquel que siente ser indio” (Caso 1980), la ideología oficial, que considera estar basada en criterios más objetivos, plantea que las fronteras entre indios y mestizos se delimitan desde el punto de vista social, es decir, étnico.” (“Estado federal y grupos de poder” 89).

[3] Dice Josefina Zoraida Vázquez en “De la crisis monárquica a la independencia:” “Es natural que ese gran desarrollo social y económico viera aparecer un criollismo que a menudo se ha descrito en forma simplemente racial, pero que era más bien un sentimiento de arraigo por la tierra natal y una conciencia de ser diferente gracias a la participación en un pasado indígena y a los derechos que sentían sobre su tierra” (11).

[4] Luis González dice en El Liberalismo triunfante: “Fue un liberalismo con mucho gobierno y usufructuado por los aristócratas y la clase media, pero al fin y al cabo promotor de media docena de libertades o dejadeces: la libertad política de manera restringida en la República Restaurada, y casi de ninguna manera en el Porfiriato; la religiosa con cortapisas para el culto católico al principio; la de prensa absolutamente irrestricta en la República Restaurada y después limitada” (1009).

[5] Entre los escritores más destacados están, junto con Riva Palacio, Manuel Payno (1810-1894), Guillermo Prieto (1818-1897), Ignacio Ramírez (1818-1879), Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893) y Juan Díaz Covarrubias (1837-1859).

[6] Los sinsabores se multiplican: Doña Isabel tiene a una hija, Doña Juana, quien es robada de niña y criada por otras personas. Ya joven, ésta se enamora de don Pedro de Mejía, queda embarazada y abandonada por él. Después descubre su origen de boca del propio Baltasar, el hombre que la había robado. En una riña contra él, aparece Catalina de Armijo que la protege y quien también tiene una niña como ella. Las dos tienen la marca y se identifican como hermanas. Catalina es la hija bastarda de Isabel y Baltasar y media hermana de doña Juana.

 

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© Dolores Rangel 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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