El amargo sabor de la venganza,
en “Lo bello y lo triste” de Yasunari Kawabata

Orlando Betancor

Universidad de La Laguna


 

   
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Resumen: Movido por la nostalgia, el escritor Toshio Oki decide viajar a Kyoto para escuchar el sonido de las campanas de los antiguos santuarios de la ciudad el día de Año Nuevo. Su intención es encontrarse con Otoko Ueno, su antigua amante y musa inspiradora de su novela de mayor éxito, convertida en la actualidad en una reconocida pintora. En esos momentos, esta bella mujer comparte su vida con su discípula, Keiko Sakami, una joven celosa, apasionada y sensual de veinte años. Esta última desencadenará un desgarrador drama de pasión, odio y venganza.
Palabras clave: Yasunari Kawabata, narrativa japonesa

 

Introducción

La novela Lo bello y lo triste (Utsukushisa to kanashimi to) fue escrita por el escritor japonés Yasunari Kawabata en 1965. Los temas que aborda esta obra, reflejo de las infinitas pasiones que alberga el alma humana, son: la venganza, el amor, la soledad, la vergüenza, el dolor y el estigma de los celos. En este texto, se adivina entre las sombras la presencia amenazadora de la muerte que se cierne de forma inexorable sobre sus protagonistas. El libro narra el encuentro del escritor Toshio Oki con Otoko Ueno, un antiguo amor, actualmente cotizada pintora, en un viaje, marcado por la nostalgia, a la ciudad de Kyoto para escuchar el tañido de las campanas que indican el comienzo del Año Nuevo. Esta artista, cercana a los cuarenta, vive con su protegida, Keiko Sakami, una muchacha inconsciente, amoral y llena de sensualidad, que llevará cabo una particular venganza de dramáticas consecuencias. Oki, que ahora tiene cincuenta años, siente un inmenso vacío interior, una profunda soledad que nada logra mitigar, y anhela volver a ver el rostro de la mujer a la que un día amó. Tras veinte años sin mantener contacto alguno, éste la llama por teléfono, siguiendo un impulso irrefrenable, a su llegada a Kyoto: “(…) Sólo quería escuchar junto a ti las campanas que despiden el año viejo. Ya sabes que no soy muy joven. ¿Cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos? Es tanto tiempo que ya no me animaría a pedirte que me dejaras verte, salvo en una ocasión como ésta”. En esos momentos, los recuerdos de este antiguo amor comienzan nuevamente a cobrar vida en su mente y se muestra convencido de que esta mujer sigue amándole a pesar del tiempo transcurrido.

A la edad de treinta años, este escritor conoce a Otoko, una hermosa adolescente, con la que inicia una apasionada historia de amor. Por entonces, él ya estaba casado y tenía un hijo pequeño. A los dieciséis años, en el séptimo mes de embarazo, la joven da a luz a una niña prematura que muere al nacer en una clínica pequeña y sórdida situada a las afueras de Tokio. Oki se cuestionará siempre si la vida de la pequeña se podía haber salvado de haber estado bien atendida en un buen hospital. Después de este acontecimiento traumático, la muchacha intentará suicidarse ingiriendo píldoras para dormir y, a las pocas semanas, será internada, tras sufrir una crisis nerviosa, en una clínica psiquiátrica donde permanecerá durante varios meses. Posteriormente, la madre de la joven venderá su casa en la capital y se llevará a vivir a su hija a Kyoto para alejarla de la influencia de Oki. En esta ciudad acabará los estudios de secundaria y luego ingresará en una academia de arte. En el corazón de Otoko habitará, desde ese momento, la melancolía, el sufrimiento por la muerte de su hija y un intenso dolor por la pérdida del amor de un hombre que nunca podrá olvidar. Por otra parte, su relación sentimental le inspirará a este escritor su novela más famosa, titulada “Una chica de dieciséis”, que constituyó su exitoso debut como autor. La protagonista, idealizada por la mente del novelista, pasa por las mismas circunstancias vitales que su amante. Ésta es una estudiante inexperta que se deja deslumbrar por un adulto, que la introduce en los misterios de la sexualidad y el erotismo, y al que satisface en sus más mínimos deseos. Es una historia que seguramente habría escandalizado a las mentes más puritanas de su época, una relación de amor y pasión entre una sensual adolescente, de deslumbrante belleza física, y un hombre que le doblaba la edad: “(…) En una palabra, había volcado todo su amor fresco y juvenil en aquel libro. Probablemente ésa fuera la razón del éxito. Era la trágica historia de amor de una muchacha muy joven y de un hombre joven aún, pero casado y con un hijo. Pero la belleza de aquella historia había sido acentuada hasta el punto de escapar a cualquier cuestionamiento moral”. El libro se publica dos años después de la separación de la pareja. Mientras tanto, él continúa con su vida matrimonial y su carrera como novelista. Más tarde, la prensa llegará a establecer un paralelismo entre la figura de esta pintora de renombre y la heroína de la novela. En ese instante, el escritor se pregunta si rememora a la joven como un personaje literario o la recuerda como una muchacha real, sin saber muy bien cuál de las dos era la verdadera Otoko. A lo largo de los años, Oki había mantenido relaciones con otras mujeres, pero nunca había vuelto a amar con la misma intensidad.

Para su reencuentro, la pintora prefiere estar rodeada de su protegida y de varias geishas en un establecimiento de la ciudad para evitar estar a solas con el hombre que marcó su vida. Detrás de su fría apariencia, se esconde su profunda adoración por este antiguo amor que todavía sigue vivo en su interior. Durante la velada, se muestra distante y poco comunicativa, protegida detrás de una máscara de indiferencia. Los sentimientos de la artista son como un libro abierto para su discípula que conoce bien los anhelos que alberga su corazón. La reunión despertará unos violentos celos y unos profundos deseos de venganza en la joven alumna. El personaje de Keiko adopta en este drama el papel de hermosa hechicera dotada de letales artes de seducción y de cruel demonio, en forma femenina, que siembra a su paso el sufrimiento y el dolor. No se detiene ante nada y desea herir mortalmente a Oki en su punto más vulnerable: su propio hijo. Desde su óptica, el abandono de su maestra debe ser vengado y exige una satisfacción, un precio muy elevado, para reparar dicha afrenta. La joven discípula carece de barreras morales que frenen sus destructivos impulsos y de escrúpulos que limiten su sed de odio. Finalmente, ésta terminará cayendo en la propia red que ella misma ha tejido, convirtiéndose en víctima y verdugo de sus propias pasiones. Una vez terminado el encuentro de los antiguos amantes, Oki invita a Keiko, que ha ido a despedirlo a la estación, a visitarlo cuando fuera a Tokio y le llevara algunos de sus lienzos. En ese instante, el escritor descubre un brillo inquietante en la mirada de la muchacha que será el preludio de su singular venganza.

 

El universo femenino

El autor de esta novela analiza con una sensibilidad magistral los sentimientos de diferentes mujeres que tienen como elemento de unión el personaje de Oki. En este profundo estudio psicológico del alma femenina, encontramos en primer lugar a Otoko, una artista consagrada, cuyas obras se ajustan a la tradición clásica japonesa, que permanece perdidamente enamorada del hombre que causó su desgracia. Es una mujer que es capaz de amar, sufrir y perdonar. Ella jamás ha podido borrar de su memoria a su primer amante y su amor por él es algo sagrado, puro, sublime y por tanto idealizado. Ésta había tenido muchas oportunidades de ser amada y de casarse, desde que se estableció en Kyoto con su madre, pero siempre las había eludido, pues seguía obsesionada con el novelista. Los instantes vividos con Oki volvían a llenar su mente y resurgían desde que advertía que un hombre estaba interesado en ella. Su protegida advierte que el fuego de la pasión todavía arde en el corazón de los viejos amantes, tras su último encuentro, y le dirige a la pintora estas palabras: “(…) Aún hoy él está dentro de ti y tú estás dentro de él”. La artista encarna la imagen de la mujer enamorada que espera el regreso de ese eterno amor que tarde o temprano vendrá en su busca.

En segundo lugar observamos la poderosa presencia de Keiko, discípula y actual amante de Otoko. Su pasión hacia su maestra le lleva a tramar una compleja tela de araña, un complicado juego de venganza, para resarcir a su compañera y acabar con la figura masculina de Toshio Oki, que se interpone en su felicidad. La complejidad de la personalidad de Keiko es inmensa y es el personaje más interesante emocionalmente. Su mente es un gran enigma en este intrincado laberinto de amor y celos llevados al límite. Originaria de Tokio, la joven, nada más terminar la escuela secundaria, se siente cautivada por los cuadros de esta pintora que ve en una exposición. Va en su busca a Kyoto y la artista la acepta finalmente como aprendiz. La muchacha era huérfana y se había convertido en una auténtica carga para su hermano y su esposa. Él la califica como una criatura salvaje y testaruda en una carta dirigida a la propia Otoko. Frente a esta dura observación, su llegada a la vida de la pintora es descrita como “un inesperado impulso de deseo”. La joven es impulsiva, apasionada y de una belleza inquietante. Al mismo tiempo, puede ser de forma consciente profundamente manipuladora y cruel. Sus celos irracionales y obsesivos se convierten en una auténtica patología mental que la terminarán destruyendo en su maquiavélico plan de venganza. Su relación con Otoko empieza a tambalearse tras el reencuentro con Oki. No puede competir con la imagen idealizada del novelista, que se alberga en el subconsciente de la artista, y parece como si una pared invisible se hubiera interpuesto, desde ese momento, entre ellas, generando en la muchacha una profunda frustración. El centro de su odio es el hombre al que todavía ama su pareja. Se muestra incapaz de aceptar la presencia de este otro en discordia y le recrimina a su amante sus sentimientos hacia el novelista: “Porque todavía lo amas… porque no podrás dejar de amarlo mientras vivas”. Antes de conocer al escritor, la joven había leído su novela y había oído hablar de él infinidad de veces durante las largas charlas que mantenía con su maestra: “(…) Pero creí que el señor Oki me impresionaría más. Cuando lo vi me sentí atrozmente decepcionada. A través de tus recuerdos yo había llegado a imaginármelo mucho mejor de lo que es”. Le indigna que la pintora continúe perdidamente enamorada de este hombre a pesar de haber terminado abatida y completamente extenuada de esta relación. Así, la muchacha, dominada por un violento impulso, le dirigirá a su compañera estas agrias palabras: “¡Yo puedo ser perversa, un verdadero demonio! ¡Con cualquiera menos contigo! ¿Lo comprendes?”. Además, la joven, en su desatino, le llegará a confesar sus planes de venganza a Otoko. Le explica a su pareja su voluntad de resarcirla de las humillaciones pasadas. Ante sus pérfidas ideas, la pintora responde de la siguiente manera, intentando disuadirla de su empeño: “(…) ¡Cómo puedes ser tan superficial! ¡No hables así! Te crearás problemas serios. No se trata de una inocente travesura”. El primer objetivo de su plan es seducir al maduro escritor a cualquier precio. Seis meses después de su primer encuentro Keiko va a visitar a Oki en su domicilio de Kamakura, sin decir una palabra a nadie, para conocer a la familia del hombre que hizo a su maestra tan desdichada. En esta intrincada red de pasiones, capta primero la atención del hijo, mientras busca a su progenitor, verdadero objeto de sus celos: “Sólo pude conocer a su hijo Taichiro. Supongo que es la imagen de su padre cuando era joven. (…) Fue muy gentil conmigo. Me hizo conocer los templos de Kamakura y hasta me llevó a la costa, a Enoshima”. Tiempo después, volverá a su casa con la intención de ver al novelista a solas. Desde el primer momento, el escritor se sentirá atraído por la personalidad y la belleza de la muchacha. Éste contempla su esplendor, su hermosura juvenil y se deja atrapar en su elaborado juego de seducción. Keiko se desliza como una peligrosa serpiente alrededor de su presa y anuncia con sus sinuosos movimientos la presencia cercana de la muerte. Asimismo, esta joven actúa como una esfinge, impasible y calculadora, que observa a su víctima con detenimiento y estudia con interés sus puntos débiles. En su imagen se puede observar cierta semejanza con la figura mítica hebrea de Lilith, personaje que aparece mencionado en los textos rabínicos como una criatura demoníaca que fue la primera mujer de Adán. Esta muchacha, liberada sexualmente, llegará a mantener relaciones íntimas con el novelista y su hijo. Para ella, éstos se han convertido en un primer momento en simples marionetas de su pérfido plan. Oki no le atrae físicamente y tampoco le interesa como escritor, pues cree que lo único destacable de su carrera literaria es “Una chica de dieciséis”. En su relación carnal con el novelista, la muchacha al llegar a la cúspide del placer pronuncia varias veces intencionadamente el nombre de Otoko, llenando la mente de éste de estupor y perplejidad. En su elaborado plan de destrucción, la bella discípula confesará a Otoko su encuentro sexual con este hombre para que lo destierre de su pensamiento: “(…) Pasé la noche con él en un hotel próximo a Enoshima. Me pareció un depravado: pero cuando pronuncié tu nombre se calmó bruscamente. Todavía te ama y tiene la conciencia sucia. Eso basta para despertar mis celos”. Las palabras de Keiko causan auténtico terror en su pareja sentimental. La pintora llega a temer sus airadas reacciones, su violenta cólera y su indomable carácter. Ante la posesiva actitud de su discípula, se acrecienta el distanciamiento entre ambas. Entonces, su rencor empieza a exteriorizarse hacia su maestra: “(...) La muchacha había dicho que se vengaría de Oki en nombre de Otoko, pero ésta tenía la impresión de que Keiko se estaba vengando de ella. Además, ahora pensaba en Oki con horror. ¿Cómo era posible que tuviera una aventura con su discípula, cuando tenía que tener otras mujeres?”. Su protegida ejerce un misterioso hechizo, un fascinante poder de atracción sobre su amante, que se siente culpable por el afecto que siente por ella. Igualmente, la joven es capaz de darlo todo por su pareja y no teme autoinmolarse ante un destino inevitable: “¡Adoro sacrificarme! Quizás ésa sea la razón de mi vida. (…) El sacrificio nace del amor. Del deseo”. Incluso, se plantea en su delirio tener un hijo con el escritor, para suplir a la hija fallecida de la artista, y entregárselo a su maestra: “Comprende, Otoko, por mucho que lo ames, ya no podrás tener un hijo suyo. ¡No podrás! Yo podría concebirlo sin experimentar sentimiento alguno. Sería como si tú lo hubieras llevado en tus entrañas”. La artista empieza a cuestionarse que sus expresiones afiladas y sus repentinas explosiones de cólera son signos de un grave desequilibrio. Le asustan los fantasmas que se esconden en la mente de su discípula, transformados en espíritus malignos de la tradición japonesa. Por último, seducirá al hijo del escritor para culminar la compleja estrategia que tiene trazada de antemano y que esconde devastadoras consecuencias.

Frente a la presencia de estas dos mujeres, se encuentra Fumiko, la esposa de Oki que antes de casarse había sido una consumada dactilógrafa de una agencia de prensa. Ella mecanografía todos los textos de este escritor. Se siente humillada al transcribir el manuscrito de “Una chica de dieciséis” al reconocer en su argumento una vil traición. Cuando su esposo conoce a Otoko, ella tenía 22 años y acababa de dar a luz a su primer hijo. Era totalmente consciente de su infidelidad y se muestra llena de amargura por el comportamiento de su marido. Asimismo, se entera también por una carta de la madre de Otoko, que encuentra casualmente, de la muerte prematura de la hija que su marido ha tenido en esta relación extra-conyugal. Antes de que la novela estuviera concluida también descubre que su rival había terminado con Oki y se había marchado a Kyoto. La experiencia de transcribir el manuscrito se convierte en un acontecimiento traumático y sufre un aborto a consecuencia del estrés. En la mente de Fumiko domina el resentimiento, se siente ignorada y menospreciada por la presencia central en la novela de la figura de Otoko. No logra comprender tampoco la razón por la que su esposo no la mencione en el transcurso de la narración, ignorándola completamente: “¡No, tú estabas tan absorto en la pequeña Otoko que sólo querías escribir sobre ella! Seguramente pensaste que yo empañaría su belleza y ensuciaría tu novela”. Nace en su interior un intenso rencor por su traición y el fantasma de los celos se apodera de su mente cuando piensa en su rival: “Todas la mujeres son celosas; pero tú me enseñaste, hace mucho tiempo, que es una medicina amarga y peligrosa… una espada de doble filo”. A pesar de todo, perdona la infidelidad de su marido y se mantiene junto a él debido a un fuerte sentimiento de posesión. Se vuelve una mujer dura, irascible y profundamente irónica con su esposo. En un determinado momento, le recrimina a éste sus palabras de abandonar este mundo, tras el intento de suicidio de Otoko, y acompañar a su amante en su viaje al más allá. Tras el reencuentro secreto de su marido con la pintora, Fumiko se mostrará disgustada ante la presencia de los cuadros abstractos de Keiko en su casa, rechaza su estilo y desea quemarlos. Además, se pone en guardia ante la sola mención del nombre de la joven, a la que considera una fuente de perversidad, describiéndola como “aterradoramente hermosa” y “una chica tan bonita, con una fascinación maligna”.

Otra figura femenina es la madre de Otoko, una desdichada mujer que contempla desolada el estado en que se halla su hija en el hospital tras la pérdida de su bebé. Se encuentra sumida en el dolor y siente vergüenza por la relación mantenida por la menor con un hombre casado. Es una viuda desesperada que intenta separar a la joven de Oki, al que culpa de forma inconsciente del trastorno psíquico que sufrió ésta durante algún tiempo. En una conversación sostenida con el escritor, esta mujer expresa claramente la firme resolución de Otoko sobre su amor incondicional con el novelista en los siguientes términos: “(…) Ella va a seguir esperando lo quiera yo o no… Es de ese tipo de chica. Y no tiene más que dieciséis años”. Años después, la pintora contemplará el retrato de su progenitora, ya fallecida, en la pared de su casa, donde se mostraba aún joven y bella. Se da cuenta de la enorme semejanza entre ambas y le parece como si estuviera contemplando su propia imagen reflejada en un espejo. Finalmente, encontramos a Kumiko, hija pequeña de Oki, joven alegre y despreocupada, que se interesa por el arreglo floral y las artes, la cual estaba casada y vivía en Londres con su marido.

En contraposición a las figuras femeninas, los personajes masculinos de esta novela expresan sus emociones de una manera diferente a la manifestada por las féminas y se muestran incapaces, en muchas ocasiones, de comprender la profundidad de los sentimientos de estas mujeres. Por un lado, destaca la figura de Oki¸ conocido novelista que se interesa por la poesía simbolista francesa y la literatura medieval japonesa. Éste no ha podido olvidar a su amante y su recuerdo idealizado se mantiene siempre vivo en su mente. Añora su pasión y la hermosura de su cuerpo, pues ninguna otra mujer lo ha llegado a satisfacer en el plano físico como ésta. La pintora aparece definida en su obra como una criatura extraordinaria, “mujer entre las mujeres” y una amante perfecta. Asimismo, en su forma de demostrar su pasión, se observa la diferente manera de entender el amor entre uno y otro sexo. En su libro, el novelista reconoce que previamente imaginaba las distintas formas de amar que disfrutaría con Otoko antes de cada encuentro, mientras que ella se entregaba instintivamente y de una forma dócil a sus deseos y hacía realidad todas sus fantasías. Tras su ruptura, el escritor pierde el rastro de su amante y durante muchos años no supo nada de ella. Sólo cuando ésta adquiere renombre como artista, él descubre detalles de su vida. Se había preguntado infinidad de veces sobre sus circunstancias personales y averiguar que se había dedicado a la pintura le causó un auténtico placer. Igualmente, en la mente del escritor existen fuertes sentimientos de culpabilidad hacia su amada. En primer lugar, se arrepiente de haber acabado con los sueños de Otoko de casarse y ser madre: “No podía evitar el dolor de saber que había arruinado la vida de aquella mujer, que posiblemente la había privado de toda oportunidad de ser feliz”. Su espíritu se llena de piedad y vergüenza ante el intento de suicidio de su amante y permanece junto a ella, en esos momentos, ofreciéndole todos sus cuidados. Además, se siente culpable por la muerte prematura de su hija. Igualmente, encontramos la presencia de Taichiro, hijo mayor de Oki, que se encarga de agasajar a la discípula de Otoko en su primera visita a la casa de su padre. Es un joven taciturno, obsesionado con la imagen de la muerte, que da clases de literatura japonesa en una universidad privada. En un principio se interesa por la narrativa moderna de su país desde la Restauración Meiji, pero ante la oposición de su padre se especializó en los períodos Kamakura y Muromachi. Éste se quedará impresionado inmediatamente por la enigmática figura de Keiko que pone todo su empeño en conquistarlo. Ante el interés de la muchacha por su hijo, el escritor experimenta ciertos celos y se muestra convencido de que una mujer como ella arruinaría la vida de su vástago.

 

Formas de amar

En esta novela, Kawabata nos muestra con una exquisita delicadeza las distintas formas de amar del género humano. Nos describe los momentos de pasión entre Oki y su amante que están llenos de sensualidad y de sublime belleza. A pesar de la edad, el personaje de Otoko sorprende por su percepción profunda del amor, al igual que lo demuestra la protagonista de El amante de la escritora Marguerite Duras. Destaca su madurez en su manera de entender el arte de amar y la intensidad de sus sentimientos a la hora de entregarse totalmente a su pareja siendo una mujer tan joven. Por otro lado, en esta obra está patente el tema del amor sáfico que se observa en la relación que une a la pintora y su discípula. Así, al comienzo de la obra y en medio de una conversación sostenida entre Oki y su esposa, se insinúa la posibilidad de que la artista y su protegida fueran amantes. De esta manera, el novelista expresará lo siguiente: “(…) Pero no me sorprendería que fuesen lesbianas. Viven juntas en un antiguo templo de Kyoto y, por lo visto, ambas son demencialmente apasionadas”. El maduro escritor apela al argumento del supuesto lesbianismo de estas dos mujeres para evitar confesar a su esposa su reencuentro con Otoko y la posterior visita de Keiko. También en la novela se especifica lo siguiente: “(…) Y quizá su propio comentario, al pasar, acerca de una posible relación lesbiana también hubiera sido acertada”. Además, destaca la pasión obsesiva de Keiko hacia su maestra y poseer su afecto se convierte en el eje central de su existencia: “Otoko, yo no quiero a nadie más que a ti. A ti y solamente a ti”. Asimismo, este amor es absorbente y destructivo: “No temeré nada mientras te tenga a ti. ¿Crees que podría seguir pintando si te perdiera? Renunciaría a la pintura… y hasta la vida”. Esta relación amorosa está sutilmente sugerida en la obra y los instantes de pasión entre estas dos mujeres están ligeramente insinuados con una sensibilidad y un tacto indescriptibles: “Keiko tomó la mano de Otoko, se la llevó a la boca y mordisqueó el dedo meñique, sin dejar de mirarla”. Su forma de amar es sutil como el contacto de la seda sobre la palma de una mano y se convierte en un lenguaje corporal lleno de insinuantes gestos y tiernas caricias: “En otra oportunidad… ¿cuánto tiempo después había ocurrido eso?, Otoko había comenzado a jugar con la muchacha en la cama, posando sus labios sobre los jóvenes párpados o mordisqueando los sensitivos lóbulos de las orejas de Keiko hasta que ésta se había ovillado y había gemido. Y aquello había estimulado a Otoko. Todo el tiempo Otoko recordaba que hacía mucho, mucho tiempo, Oki había jugado con ella de la misma manera. Quizá su extrema juventud había inducido al hombre a no buscar inmediatamente su boca. El roce de los labios de Oki sobre su frente, sus párpados, sus mejillas, la iba sumiendo en la más completa entrega. Keiko era ahora uno o dos años mayor que ella en aquel tiempo y era de su mismo sexo, pero su respuesta era más rápida aún de lo que había sido la suya. Otoko no tardó en encontrarla irresistible. Empero, la idea de que estaba repitiendo las antiguas caricias de Oki la llenaba de culpa… y también de vibrante vitalidad. -¡No hagas eso, por favor!- gimió Keiko, pero mientras hablaba apretó su torso desnudo contra el de Otoko-. Tu cuerpo y el mío son uno solo, ¿no? -murmuró”. Previamente a su aventura con su alumna, Otoko había renunciado al placer con el sexo masculino por la imagen idealizada que tenía de su romance con el novelista: “Temía que, en caso de tener a un hombre por amante, su contacto desvaneciera la visión que ella guardaba celosamente en su interior: la sagrada visión de su amor por Oki”. La artista siente dolor al conocer detalles del encuentro sexual entre el escritor y su discípula, pero en algún rincón de su alma se sintió, de alguna forma, ella misma en el lugar de su compañera, convertida nuevamente en la amante del novelista. Igualmente, su relación con su protegida puede ser vista como un mero sustitutivo de la figura del escritor que es a quien ella verdaderamente desea. También, aparecen conceptos como la bisexualidad encarnada en el personaje de Keiko que se sentirá atraída físicamente por Taichiro, aunque es capaz de declarar previamente su animadversión por el sexo opuesto. La muchacha rechaza la posición de dominación masculina en una relación sentimental y se plantea actuar activamente tomando la posición mental de un hombre.

 

Delicada sensualidad

En esta obra el autor nos dibuja un universo lleno de delicada sensualidad que envuelve su atmósfera de deseo. El erotismo de las descripciones levemente esbozadas por Kawabata refleja con exquisitez el deleite de los sentidos. En las páginas de esta novela descubrimos sugerentes sensaciones como el roce de unas rodillas frente a frente, el fragante aroma de una piel y el contacto de unos dedos sobre la planta de unos pies. Asimismo, nos sorprende con deslumbrantes retazos de pasión como los siguientes: la agradable sensación del aliento sobre la nuca convertida en suave brisa, una insinuante caricia sobre una espalda que está cargado de sutil erotismo y un velado toque de una mano sobre el lóbulo de una oreja. El autor se deleita en plasmar la perfección del perfil de una hermosa muchacha, el movimiento de unos labios o el rubor de unas mejillas. Igualmente, nos seduce con su manera de describir el brillo de una cabellera suelta sobre los hombros, la forma del cuello de una hermosa joven y el grácil cuerpo de una bella doncella. Además, relata con intensidad la corriente de sensualidad y deseo que recorre la mente de Oki cuando piensa en su antigua amante, donde se mezclan al mismo tiempo el dolor y el placer.

 

La estética pictórica del paisaje

En su juventud, Yasunari Kawabata había mostrado su intención de dedicarse a la pintura antes de decantarse por la literatura y esta fascinación por las artes se mantendría durante toda su existencia. Precisamente, en esta novela, el paisaje se convierte en un motivo pictórico de un deslumbrante lienzo. El autor nos sorprende con los sugerentes matices ambientales de una fascinante naturaleza, entre los que destacan el intenso color de unas hojas bañadas por el rocío, el ligero movimiento de unas ramas de bambú o la onírica imagen de unas montañas lejanas. Así, muestra su visión personal del paisaje japonés y su incomparable belleza plástica en fragmentos como éste: “(…) Las puestas de sol púrpuras eran muy poco habituales. Las gradaciones de color del oscuro al claro eran tan delicadas como si se las hubiera logrado pasando un ancho pincel sobre un papel de arroz mojado. La suavidad de aquel púrpura anunciaba la llegada de la primavera”. Las palabras del autor se transforman en una singular gama cromática que dibuja en la mente del lector una atmósfera delicada llena de lirismo y poder de ensoñación. Este escritor japonés combina sabiamente, como lo haría un pintor, tonalidades cálidas y frías, dando forma a su particular concepción pictórica del paisaje: “El Templo del Musgo y el de Ryoanji también lucían, bellísimos bajo la lluvia. En el Templo del Musgo, una solitaria camelia roja había caído entre las blancas flores de andrómedas dispersas sobre el musgo: rojo y blanco sobre un fondo verde. La camelia, de forma perfecta, yacía con su corola hacia arriba, como si hubiera florecido allí. Y las piedras mojadas del jardín rocoso de Ryoanji brillaban con toda la gama de sus matices”. Igualmente, el autor nos deslumbra con espléndidas imágenes, como suaves pinceladas, que se caracterizan por su armonía y su belleza visual: “En cambio la impresionaron las gotas de lluvia que centelleaban en los pinos del sendero que cruzaba el parque del templo. Otoko le hizo advertir que cada aguja parecía un tallo de flor, con una gotita en su extremo; los árboles parecían cubiertos por flores de rocío. Era la sutil floración de la lluvia de primavera; una floración que casi todos pasaban por alto. Los arces y otros árboles también ostentaban gotas de lluvia en sus tiernas yemas”. Asimismo, en esta obra, analiza con minuciosidad la plástica pictórica de Otoko y su discípula. Sobre una de las obras de Keiko destaca lo siguiente: “(…) Era bastante claro que el cuadro del ciruelo expresaba el amor que Otoko le profesaba. Y hasta la pintura sin nombre parecía referirse al mismo tema. En él, Keiko había empleado también pigmentos minerales y los había aplicado en gruesas capas, mezcladas con pigmentos húmedos, un poco hacia abajo y a la izquierda del centro del cuadro. Oki sintió que podía vislumbrar el espíritu de aquella pintura en el extraño espacio brillante, semejante a una ventana, que se encontraba dentro de la porción más recargada. Se podría haber dicho que aquello era el amor de Otoko, ardiente aún”. Por otro lado, a través de la magia de su pintura, Otoko refleja su mundo interior, las situaciones que han marcado su vida y se convierte en el vehículo de expresión de su sensibilidad artística. Además, en esta novela, se menciona a diferentes artistas como Kishida Ryûsei, Nakamura Tsune y Kobayashi Kokei. También, nombra a varios pintores occidentales como Cézanne, Chagall y Van Gogh.

 

La sublime búsqueda de la belleza

En esta obra se observa la búsqueda constante de la belleza por parte de su autor.

Desde la contemplación del hermoso cuerpo de Otoko Ueno con quince años, pasando por la perturbadora visión del rostro de Keiko hasta la extraordinaria presencia del paisaje, todo se encuentra dentro de este ideal de perfección. Su percepción de la belleza la encontramos claramente en la evocadora descripción que realiza de la festividad de la luna llena. En ella los asistentes a esta celebración bebían de un recipiente que reflejaba la imagen de este objeto celeste: “Al día siguiente ascendieron hasta el templo del Monte Kumara y llegaron allí hacia el atardecer. Los fieles se congregaban en el predio del templo. El tardío crepúsculo de un largo día de mayo desdibujaba ya los picos y los bosques vecinos. La luna llena asomaba por sobre las Colinas Orientales, más allá de Kyoto. A izquierda y derecha del recinto central del templo ardían grandes hogueras. Los sacerdotes habían salido y comenzaban a entonar los sutras. El sacerdote principal, que llevaba vestiduras escarlatas, entonaba las palabras, repetidas luego por los demás. Los acompañaba un armonio. (…) Justo enfrente del recinto central se había instalado un gigantesco cuenco de sake, que contenía agua, en la cual se reflejaba la luna. Los fieles iban desfilando para que se vertiera agua de ese cuenco en sus palmas ahuecadas. Después de hacer una reverencia, la bebían. Otoko y Keiko hicieron lo mismo”. En las páginas de esta novela su autor ha dibujado en la mente del lector sugerentes visiones de ensueño, convertidos a través de su prosa en belleza en estado puro. Asimismo, este ideal estético se resume en la siguiente frase: “Toda mi vida -había confesado Kawabata- no es otra cosa que una búsqueda de la belleza interior, y la perseguiré hasta mi muerte…” [1].

 

Conclusiones

La novela Lo bello y lo triste reflexiona sobre el significado de la condición humana y aborda las consecuencias de un apasionado amor que trajo tanto la dicha como la amargura a sus protagonistas. Detrás del velo frágil de la efímera belleza se encuentra la imagen de la tristeza que representan el sufrimiento y el dolor. Igualmente, el título de esta obra alude a la fugacidad del tiempo, tema recurrente en la narrativa de este escritor japonés, simbolizado en conceptos como la juventud o la felicidad que se escapan rápidamente de nuestras manos como la arena entre los dedos. Así, el personaje de Keiko dice en un momento de esta obra: “(…) ¿Pero cuánto durará esa belleza? A las mujeres nos entristece pensar en eso”.

A través de las páginas de esta obra, el autor ha representado con maestría los intrincados laberintos de la pasión y el veneno de los celos encarnado en la figura de Keiko, la cual finalmente completa su elaborada venganza que tiene como resultado la muerte del hijo de Oki. Su desaparición se produce en un accidente en un lago, lugar al que ésta insiste en conducir al muchacho, y que casi le cuesta la vida también a ella misma. Previamente, en su desatino, la joven había llamado a la mujer del novelista, anunciándole falsamente que su vástago le ha pedido en matrimonio y que espera su consentimiento. La madre telefonea al instante a su hijo para decirle que la alumna de Otoko es un ser temible y despreciable, a la que acusa de intentar seducir a su marido: “(…) ¿Por qué supones que quiere casarte contigo, siendo discípula de la Ueno? Es el plan de una mujer perversa. Por los menos es perversa en lo que a nosotros respecta”. Horas antes, la tensión había estallado entre la artista y su protegida a consecuencia del encuentro de Keiko con el hijo del escritor, pues advierte los signos de una tragedia y presiente que está perdiendo a su alumna para siempre: “No vayas. Te ruego que no vayas. ¡Si vas preferiría que no regresaras! ¡Si te vas hoy no vuelvas nunca más!”. Luego, ante el conflicto surgido entre estas dos mujeres, el joven comentará lo siguiente: “(…) Parecería que yo me estoy vengando de la señorita Ueno, por lo que le hizo una vez a mi madre”. Anteriormente, la muchacha le había confesado que sus vengativas intenciones obedecían a una razón concreta: “Estoy celosa porque la señorita Ueno sigue enamorada de su padre… porque no tolera que uno le guarde rencor”. Además, no duda en reconocer que se ha acercado a él por ser hijo del escritor y parte esencial de su perversa estrategia. Taichiro se convertirá en la víctima inocente de este diabólico plan que tiene como fin conseguir infligir el máximo dolor al hombre que sumergió la vida de una adolescente en un océano de tinieblas. Del papel de este joven en la historia sentimental entre el novelista y la artista, Otoko expresa lo siguiente: “Él era apenas un niño. No sabía nada acerca de la relación de su padre conmigo. Lo que a mí me lastimó fue el enterarme del nacimiento de su hermana menor. Ahora que veo las cosas a la distancia estoy segura de que fue así”. La bella discípula descubrirá demasiado tarde su pasión por Taichiro, olvidándose de sus antiguos propósitos, pero un destino inevitable la arrastrará sin remedio en una vorágine de pasión y de muerte. A partir de ese momento, la muchacha deberá vivir el resto de su vida bajo el peso de la culpa y siendo consciente del precio que otros han tenido que pagar por sus terribles excesos. La muerte de su primogénito se transformará en el castigo impuesto a Oki por los dioses por un pecado cometido en el pasado: un amor prohibido entre un hombre casado y una menor. Keiko, a modo de las antiguas furias griegas, enciende la llama de la venganza que incendiará el mundo que le rodea, reduciéndolo todo a cenizas. Igualmente, es un veneno letal que carece de antídoto, pues su amor destruye todo lo que toca.

Otros temas presentes en este libro son la soledad que se observa en la figura de Oki, un hombre que siente una profunda melancolía y que desea volver a ver a su antigua amante una vez más; el remordimiento por las acciones cometidas se nos muestra en el sentimiento de culpa que experimenta éste por haber truncado la existencia de Otoko; y la nostalgia con los intensos recuerdos de una pasión que reviven en la mente del escritor cuando piensa en su viejo amor. Asimismo, la muerte, factor omnipresente en la narrativa de Kawabata, aparece en este texto a través de la presencia de la hija muerta prematuramente de la pintora y en forma de una sombra tenebrosa que se extiende sobre el estuario donde Taichiro sufrirá el fatal accidente. Este mismo referente aparece en la obra El Lago de este mismo autor, cuyo protagonista está obsesionado por la imagen de una laguna de su ciudad natal, donde falleció ahogado su progenitor, y que es el origen de su angustia. Además, en esta obra, Otoko pinta bocetos de su bebé fallecido como forma de retenerlo en su mente. La artista vive obsesionada con la idea de realizar un cuadro sobre su hija al que titularía “Ascensión de un infante”, cuya fuente de inspiración sería la iconografía budista clásica, y donde representaría la imagen del alma de su criatura subiendo a los cielos.

En esta novela, un ejercicio estético sobre las formas de la belleza, se observa la perfección narrativa de este escritor, su refinamiento en el lenguaje y su habilidad en la caracterización psicológica de los personajes. De la misma forma, éste nos deleita con su estilo delicado, impecable y preciosista. Igualmente, en este texto el autor cita una de las obras de la literatura japonesa que más admiraba: El relato de Genji. Además, en este drama de amor y dolor, Yasunari Kawabata nos ha mostrado los efectos de llevar una acción más allá de los límites de la moral y la conciencia. En este relato, lleno de un intenso goce estético y una exquisita sensualidad, el autor nos ha narrado pausadamente algunos de los secretos que se esconden en los oscuros laberintos de la mente humana. Asimismo, la muerte, que se adivina en medio de la penumbra, guía los pasos de Keiko en esta espiral de celos y de odios que dejará tras de sí la estela del amargo sabor de la venganza.

Esta delicada obra fue llevada a la gran pantalla por Masahiro Shinoda en 1965 y estaba interpretada por Kaoru Yachigusa, So Yamamura y Kei Yamamoto. También, se realizó una versión francesa dirigida por Joy Fleury, protagonizada por la actriz Charlotte Rampling, en el año 1985.

 

Yasunari Kawabata nació en la ciudad de Osaka el 11 de junio de 1899. Su infancia estuvo marcada por la muerte de todos sus parientes próximos y se quedó totalmente solo en el mundo a la edad de quince años. Completó sus estudios en un internado y posteriormente se dirigirá a la capital de Japón para pasar los exámenes de ingreso a la universidad. En 1920 ingresa en la Universidad Imperial de Tokio para estudiar Literatura Inglesa, carrera que cambiará un año después por la de Literatura del Japón. Su interés por la narrativa le llevaría a participar, una vez acabada su formación académica, en diferentes grupos de vanguardia como los “neosensacionalistas”. Su primera novela fue Diario íntimo de mi decimosexto cumpleaños (1925), al año siguiente le seguirá La danzarina de Izu y más tarde publicará La pandilla de Asakusa (1929-1930) que tiene como escenario el famoso distrito del mismo nombre de la ciudad de Tokio. En esta última muestra las vidas de unos adolescentes, miembros de una banda callejera, y otros personajes marginales que habitan en este lugar. A diferencia de otros libros posteriores, se reconocen en éste ciertos elementos constantes en su obra como son: el erotismo, la venganza y el influjo de occidente que se observa en el enfrentamiento de las tradiciones milenarias de Japón con el desarrollo de las grandes urbes. Luego, publica su obra más conocida País de Nieve (1948) que narra la relación entre una geisha que ha perdido la juventud y un rico esteta de mediana edad. En esta obra Kawabata plasma con maestría el triángulo amoroso, elemento frecuente en su narrativa, su concepción de la belleza y la imagen del paisaje con su escritura sutil y poderosa. Después, verá la luz El sonido de la montaña (1949-1954), aclamada por la crítica como su mejor libro, describe el drama del paso del tiempo en un viejo hombre de negocios de Tokio que ha comenzado a perder la memoria. Durante la noche, desde su lecho, escucha el sonido lejano de la montaña que él asocia con la presencia de la muerte. Otros temas que aborda en este texto son la naturaleza, el amor y la pasión. En su producción literaria destacan otros títulos como El lago (1954); Primera Nieve en el Monte Fuji (1958) que ofrece una mirada al Japón de la posguerra y una reflexión sobre los sentimientos y las contradicciones humanas; Mil grullas (1959) que gira en torno a la ceremonia del té y al concepto del amor imposible. El autor narra en este libro el encuentro del joven Kikuji con dos mujeres que fueron antiguas amantes de su padre, gran aficionado a dicha ceremonia. En esta novela el escritor explora aspectos como el deseo, el arrepentimiento y la sensualidad; La casa de las bellas durmientes (1961) que se desarrolla en un establecimiento, situado a varias horas de Tokio, donde unos ancianos adinerados se entregan a un último placer: pagan por la compañía de hermosas y jóvenes vírgenes que duermen desnudas junto a ellos bajo los efectos de los narcóticos, ignorantes de su presencia; y en Kioto (1962) profundiza en algunos de los aspectos recurrentes en su obra: la búsqueda de la belleza ideal, los misterios del alma humana y la relación entre los sexos. Asimismo, en su producción, sobresalen Las Historias de la palma de la mano (Tanagoko no shosetsu) que representaban, según palabras del mismo autor, la esencia de su arte. El escritor comenzó a escribir pequeños relatos, convertidos en pequeñas joyas llenas de poder de ensoñación, en 1923 y siempre volvía a ellos cada cierto tiempo. El último de sus trabajos fue una reproducción, a la medida de la palma de una mano, de una de sus obras más importantes País de Nieve, escrita poco antes de su muerte. En estas narraciones conviven diferentes temas como la soledad, el paso del tiempo, los rituales y la muerte. Especial importancia tiene su obra El maestro de go (1972), publicada póstumamente, que está escrita en clave autobiográfica. Muchos críticos consideran a esta novela como una metáfora sobre la cultura japonesa y la Segunda Guerra Mundial. Este escritor fue presidente del PEN Club de su país y en 1968 fue galardonado con el premio Nobel de Literatura. Finalmente, el 16 de abril de 1972 el autor, enfermo y abatido, se suicida en su estudio en la ciudad de Zushi, inhalando gas.

 

Notas

[1] Bermejo (2001), p. 114.

 

Bibliografía

Bermejo, José María: “Yasunari Kawabata: la búsqueda de la belleza interior”. Revista de Occidente, n. 238, 2001.

Philiphs, Brian: “The Tyranny of Beauty: Kawabata”. The Hudson Review, v. 59, n. 3, 2006.

 

© Orlando Betancor 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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