El universo femenino en El burlador de Sevilla y en Don Juan Tenorio

Ana Morilla Palacios

Lda. en Filología Hispánica
Doctoranda de la Universidad de Málaga
anamorillapalacios@gmail.com


 

   
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Resumen: Los personajes femeninos de los diversos Donjuanes (Ana, Inés, Isabela, Tisbea, Aminta, Rosalba, Bruneta, y otras) han sido estudiadas como contrapunto del burlador. La crítica ha considerado -y con razón- a todos los seres que rodean a don Juan (familiares, amigos engañados, mujeres burladas, asesinados, esculturas o espectros) como víctimas o herramientas funcionales de la acción, siendo las mujeres símbolos del universo femenino violado [1]. En este estudio me propongo realizar un giro, desplazándome desde don Juan como objeto de estudio hacia su mujeres, en El burlador de Sevilla (1630) de Tirso de Molina y Don Juan Tenorio (1844) de José Zorrilla [2].
Palabras clave: Don Juan, Tirso de Molina, José Zorrilla, personajes femeninos

 

I. Las mujeres de don Juan

En Tirso aparecen cinco mujeres burladas: una noble desconocida, Isabela, Tisbea, Ana y Aminta. Se menciona como objeto constante de burlas a las prostitutas y queda en intento el engaño de una tal Beatriz. En Zorrilla tenemos una lista de setenta y dos desconocidas burladas (entre pescadoras y princesas), se burla a doña Ana de Pantoja, doña Inés queda abandonada y aparecen, como novedad, las criadas traidoras que ayudan al galán, Brígida y Lucía.

La Ana de Ulloa del Burlador ha vivido en la corte, en Portugal y en España, por tanto conoce el mundo, no es una novicia como la Inés del Tenorio. Doña Ana es un ir y venir de bodas, primero con don Juan, luego con Octavio y finalmente con Mota. Es una mujer apasionada, al saberse comprometida por su padre no duda en entregarse a su primo, el marqués de la Mota, a quien ama. Y para ello se pone en contacto con él a través de una carta, pero el destino hace que llegue a manos de don Juan. En el Tenorio será don Juan el que escriba su famosa misiva declarándose a doña Inés, sin embargo en El burlador es Ana la autora de la carta. Ella es una mujer que decide y actúa, aunque la suerte le da la espalda para favorecer a don Juan.

Ana de Ulloa de Tirso es la antecesora de Ana de Pantoja e Inés de Ulloa en Zorrilla. Inés es una novicia inocente, tiene la belleza angelical de la duquesa Isabela del Burlador, fue prometida a don Juan -como Ana de Ulloa- y luego destinada al convento por su padre.

Ni Ana de Ulloa ni Inés de Ulloa han sido amantes de don Juan. La primera, descubre al burlador antes de que pueda gozarla, así ella, firme en sus afectos, desea la muerte de éste por haber pretendido burlarla. Inés no puede entregarse a él, aunque ya estaba rendida, puesto que se presentan en la quinta unos inoportunos y vengativos don Gonzalo y don Luis que impiden a don Juan consumar su conquista, como ella murió de pena ya no estarán juntos hasta el momento de la muerte de Tenorio, pero ahora de forma espiritual.

La burla de las nobles y las plebeyas se diferencia en el modus operandi, la duquesa Isabela y Ana de Pantoja, >ambas de clase alta, son amantes de don Juan por suplantación de personalidad, Tenorio ocupa el lugar de otro hombre, finge ser el caballero que aman, Octavio (Isabela) y Mejía (Ana), así la culpa es sólo de ellas, por error. Más avispada resulta Ana de Ulloa en El burlador, que lo descubre antes. En El burlador esta suplantación con fines amatorios se presenta como un perro muerto [3] habitual en los señoritos calaveras, don Luis también pretendía dárselo a una tal Beatriz y lo cede amistosamente a don Juan, para su perdición, que la burlada finalmente no es esta mujer sino su amada, ironía o venganza del destino. Las plebeyas, Aminta y Tisbea, la aldeana y la pescadora de El burlador, son amantes de un don Juan que no suplanta a otro sino que usa su propia figura y la promesa de matrimonio.

En las nobles es la entrega al amado antes del matrimonio y en las plebeyas la soberbia lo que las hace caer en la trampa de don Juan, en Tisbea es soberbia contra Amor y en Aminta soberbia de aldeana rica.

Las plebeyas, Tisbea y Aminta, también se diferencian de las aristócratas en su deshonra, las primeras hablan públicamente ante don Alfonso de Castilla exigiendo justicia real a final del acto tercero, pidiendo la celebración de las bodas prometidas, sin embargo las nobles, Isabela y Ana, hablan en privado y piden marido y reparación de su honor.

Por el contrario los hombres actúan todos de la misma forma sin distinción de clases, los nobles (el duque Octavio y el marqués de la Mota) piden públicamente ante el rey bodas reparadoras con sus mujeres; el plebeyo Batricio pide para él y Anfriso bodas con las suyas. Aunque la obra acaba y ninguna de las mujeres, ni nobles ni plebeyas, manifiestan su conformidad, hemos de suponer que se celebran las bodas y la situación vuelve a estar igual -más o menos- que antes de la aparición del burlador.

Por otra parte las plebeyas son una herramienta de venganza para los aristócratas contra el burlador, así Tisbea lo es para Isabela y Aminta para Octavio.

Los hombres de Tirso resultan muy crédulos, ceden fácilmente ante los hechos que se les presentan -ya sean verdaderos o falsos- y todos consideran a sus mujeres unas burladoras, debido a su condición femenina traidora. No es la personalidad propia de cada una de ellas la que marca las decisiones o creencias de los hombres, sino que todos se dejan influir por la personalidad única que se supone tienen las féminas.

Si don Juan parece un instrumento del Amor o del Destino para burlar a unas burladoras (Tisbea, se burla del Amor y Ana de sus obligaciones filiales) o solo burladoras en apariencia y ante los ojos de sus amados (Isabela y Aminta), lo cierto es que para llevar a buen término sus burlas necesita la pasividad de los hombres y su credulidad, pues no reaccionan hasta después de la burla, cuando tenían que haber actuado antes de que apareciera el burlador (Octavio, Mota, Anfriso) o no tenían que haberlo creído (Batricio).

 

II. El universo femenino en El burlador de Sevilla y convidado de piedra

En Tirso de Molina son cinco las mujeres burladas: una desconocida noble española; Isabela, la duquesa napolitana; Tisbea, la pescadora tarraconense, doña Ana de Ulloa, la sevillana hija del comendador mayor de Calatrava y Aminta, la aldeana de Dos Hermanas. También aparecen referencias a las prostitutas de los barrios bajos de Sevilla, objeto de burla habitual.

 

La desconocida

En la jornada primera encontramos a don Juan Tenorio en Nápoles, como sobrino de don Pedro, el embajador de España. El burlador fue enviado a Italia desde Castilla, por don Diego, su padre, después de haber violado -léase bien con ira y fuerza extraña- a una dama cuyo nombre y fin ignoramos:

Don Pedro:      Di, vil. ¿No bastó emprender
con ira y fuerza extraña
tan gran traición en España
con otra noble mujer,
sino en Nápoles también,
y en el palacio real,
con mujer tan principal? (vv. 78-84)

Isabela

Su belleza angelical determina el modelo que luego seguirá doña Inés:

Don Diego:      halláronle en la cuadra del rey mismo
con una hermosa dama de palacio (vv. 1049-1050)

Rey:      que puesto que Isabela un ángel sea (v. 1108)

Don Juan:      Como un ángel. [...]
El rostro
bañado de leche y sangre,
como la rosa que al alba
despierta la débil carne. (vv. 2639-2643)

Aparece la duquesa en la jornada primera, en el palacio real de Nápoles. La mujer despide a su amante, que ella supone el duque Octavio, pero resulta ser don Juan. El burlador, bajo promesa de matrimonio y fingiéndose otro, goza a Isabela:

Isabela:      Duque Octavio, por aquí
podrás salir más seguro.

Don Juan:      Duquesa, de nuevo os juro
de cumplir el dulce sí. [...]

Isabela:      ¡Ah, cielo! ¿Quién eres, hombre? [...]
¿Que no eres el duque?

Don Juan:      No. (vv. 1-16)

Su honor ha quedado ultrajado:

Don Juan:      yo engañé y gocé a Isabela,
la duquesa. [...]

Don Pedro:      ¿Cómo la engañaste? [...]

Don Juan:      Fingí ser el duque Octavio. (vv. 67-71)

Isabela ama a Octavio, aunque había resistido a la porfía, a los regalos y a la adoración del duque guardando su honor:

Octavio:      Pensamientos de Isabela
me tienen, amigo, en calma
que como vive en el alma,
anda el cuerpo siempre en vela,
guardando ausente y presente,
el castillo del honor. [...]

Ripio:      Impertinencia es amar como amas. [...]
¿Quiérete Isabela a ti? [...]
¿Y tú no la quieres? [...]
Pues, ¿no seré majadero
y de solar conocido,
si pierdo yo mi sentido
por quien me quiere y la quiero?
Si ella a ti no te quisiera,
fuera bien el porfialla,
regalalla y adoralla,
y aguardar que se rindiera;
mas si los dos os queréis
con una mesma igualdad,
dime, ¿hay más dificultad
de que luego os desposéis?

Octavio:      Eso fuera, necio, a ser
de lacayo o lavandera
la boda. [...]

Ripio:      Dando, dije, porque al dar
no hay cosa que se le iguale,
y si no, a Isabela dale,
a ver si sabe tomar. (vv. 203-242)

Es la creencia en la condición inconstante femenina la que convierte a Octavio en burlado por Isabela. Ella aparece ante sus ojos como la auténtica burladora y no don Juan. No sabe el duque si el motivo de la duquesa ha sido traición, engaño, olvido, inconstancia o celos, pero finalmente ha cedido. Si no ha sido Octavio quien ha gozado primero de su amada, ha sido a causa de su majadería -como bien decía Ripio en los versos anteriores-, puesto que Isabela estaba dispuesta a transigir bajo palabra de matrimonio, hecho demostrado por don Juan. La duquesa está enamorada de un pusilánime compungido por sus obligaciones nobiliarias, que no se atreve a concertar matrimonio con la mujer que ama, pero tampoco sabe aprovechar la oportunidad de seducción que brinda la promesa de matrimonio, verdadera o falsa. Así se le adelanta otro más atrevido -don Juan- que ve clara la ocasión de gozar a una mujer incapaz de resistirse, pero no al burlador, sino a sus propios deseos:

Don Pedro:      la duquesa [...]
dice que es el duque Octavio
el que con mano de esposo
la gozó. [...]
Digo lo que al mundo es ya notorio
y que tan claro se sabe,
que a Isabela, por mil modos...

Octavio:      ¡Dejadme! No me digáis
tan gran traición de Isabela.
(¿Mas si fue su honor cautela?)
¿Será verdad que Isabela,
alma, se olvidó de mí
para darme muerte?[...]
Ya el pecho nada recela,
juzgando si son antojos;
que por darme más enojos, [...]
¿es posible
que Isabela me ha engañado
y que mi amor ha burlado?
¡Parece cosa imposible!
¡Oh, mujer! ¡Ley tan terrible
de honor, a quien me provoco
a emprender! Mas ya no toco
en tu honor esta cautela. [...]
No hay ya cosa que me espante
que la mujer más constante
es, en efeto, mujer. (vv. 307-358)

En la jornada segunda, que transcurre en el palacio real de Sevilla, don Alfonso de Castilla repara el honor de Isabela:

Rey:      y al rey (de Nápoles) informaré del caso luego,
casando a ese rapaz (don Juan) con Isabela, [...] (vv. 1058-1059)

En la jornada tercera Isabela aparece en Tarragona, camino de Sevilla para casarse con don Juan, a pesar de la boda reparadora concertada por el rey, la duquesa no puede olvidar que fue públicamente burlada por Tenorio:

Fabio:      Que si a Octavio perdiste,
más galán es don Juan, y de Tenorio
solar. ¿De qué estás triste?
Conde dicen que es ya don Juan Tenorio,
el rey con él te casa, [..]

Isabela:      No nace mi tristeza
de ser esposa de don Juan, [...]
en la esparcida voz mi agravio fundo,
que esta opinión perdida
es de llorar mientras tuviere vida. (vv. 2121-2132)

Isabela se encuentra en Tarragona con la pescadora Tisbea, también ultrajada por el burlador (lo veremos en el siguiente apartado), a quien lleva a Sevilla para completar su venganza contra don Juan. Una vez en esta ciudad Isabela se aloja en el convento de las Descalzas. El rey la llama a palacio y confirma la boda con Tenorio, ahora dueño de un condado para consolar a la italiana de la pérdida del duque, a quien el rey no ignora que ama:

Rey:      ¿Llegó al fin Isabela?

Don Diego:      Y disgustada.

Rey:      Pues ¿no ha tomado bien el casamiento?

Don Diego:      Siente, señor, el nombre de infamada.

Rey:      De otra causa procede su tormento. [...]
[...] Conde será desde hoy don Juan Tenorio
de Lebrija; él la mande y la posea;
que, si Isabela a un duque corresponde,
ya que ha perdido un duque, gane un conde. (vv. 2486-2501)

Al final de la jornada tercera, muerto ya don Juan por el comendador, no cabe más venganza, así el duque Octavio reclama bodas con Isabela. Aunque la duquesa no expresa su opinión suponemos que acepta con gusto al nuevo marido y su honor queda finalmente reparado.

 

Tisbea

El personaje reúne los tópicos de belleza y frialdad femeninos:

Catalinón:      Quiero besarte
las manos de nieve fría. (vv. 563-564)

Don Juan:      pues sólo con la apariencia,
siendo de nieve abrasáis. (vv. 631-632)

Corindón:      Di lo que mandas, Tisbea,
que por labios de clavel [...] (vv. 645-646)

Catalinón:      ¡Extremada es su beldad! (v. 679)

Don Juan:      Muerto voy
por la hermosa pescadora; (vv. 684-685)
Por Tisbea estoy muriendo,
que es buena moza. (vv. 897-898)

Aparece Tisbea en el jornada primera, cuando llega el burlador a las playas de Tarragona huyendo de la afrenta a Isabela en Nápoles. Pronto seduce a la orgullosa pescadora, que se presenta arrogante, burlándose del amor, jactándose de rechazar a todos los pescadores y de mantener intacto su honor:

Tisbea:      Yo, [...]
sola de amor exenta,
como en ventura sola,
tirana me reservo
de sus prisiones locas. [...]
que en libertad se goza
el alma, que amor áspid
no le ofende ponzoña. [...]
envidia soy de todas.
¡Dichosa yo mil veces,
amor, pues me perdonas,
si ya por ser humilde,
no desprecias mi choza! [...]
Mi honor conservo en pajas
como fruta sabrosa,
vidrio guardado de ellas
para que no se rompa.
De cuantos pescadores [...]
desprecio soy, encanto,
a sus suspiros sorda,
a sus ruegos terrible,
a sus promesas roca. (vv. 375-434)

Igualmente rechaza a un hermoso y enamorado Anfriso:

Tisbea:      Anfriso, a quien el cielo […]
dotó de gracias todas, [...]
mis pajizos umbrales,
que heladas noches ronda,
a pesar de los tiempos
las mañanas remoza; [...]
porque en tirano imperio
vivo, de amor señora,
que halla gusto en sus penas
y en sus infiernos gloria.
Todas por él se mueren,
y yo todas las horas
le mato con desdenes. (vv. 435-461)

La joven pescadora acepta a don Juan bajo palabra de matrimonio y se entrega a él en su cabaña. Los motivos de Tisbea para dejarse seducir por Tenorio no son ni la falta de pretendientes, pues que todos los pescadores la desean, ni la belleza del galán, ya que Anfriso también lo es. La promesa de matrimonio es una justificación de la entrega más que la causa, puesto que ella se había declarado antes de la promesa, y sabe bien que ese matrimonio morganático es imposible:

Tisbea:      El rato que sin ti estoy
estoy ajena de mí. [...]
Tuya soy. [...]
Reparo en que fue castigo
de amor el que he hallado en ti. [...]

Don Juan:      y te prometo de ser
tu esposo.

Tisbea:      Soy desigual
a tu ser.

Don Juan:      Amor es rey
que iguala con justa ley
la seda con el sayal. [...]

Tisbea:      Yo a ti me allano
bajo palabra y mano
de esposo.

Don Juan:      Juro, ojos bellos, [...]
de ser vuestro esposo. [...]

Tisbea:      No seré en pagarte esquiva. [...]
Ven, y será la cabaña
del amor que me acompaña,
tálamo de nuestro fuego. (vv. 914-953)

La bella pescadora se considera castigada por el dios Amor, tantas veces burlado por ella, a través del náufrago don Juan. Así Tisbea es la burladora burlada, siendo don Juan una herramienta de la venganza de Amor:

Tisbea:      ¡Ah, falso huésped, que dejas
una mujer deshonrada! [...]
Yo soy la que hacía siempre
de los hombres burla tanta.
¡Qué siempre las que hacen burla,
vienen a quedar burladas!
Engañome el caballero
debajo de fe y palabra
de marido, y profanó
mi honestidad y mi cama.
Gozome al fin, [...] (vv. 1008-1022)

El pescador Corindón nos indica que la mujer ha caído en las redes del burlador gracias a la soberbia (en el desprecio de sus iguales los pescadores), la locura (en su burla del amor y el rechazo de los hombres) y la confianza (en un desconocido y aristócrata don Juan):

Corindón:      Tal fin la soberbia tiene,
su locura y confianza
paró en esto. (vv. 1040-1042)

En la jornada tercera Isabela encuentra a Tisbea en Tarragona, cuando la duquesa va de camino a Sevilla para celebrar su boda con el burlador. Allí se confiesan sus mutuas desgracias, aunque Isabela oculta que ella es la prometida de don Juan. La pescadora aparece como un instrumento de venganza de la napolitana:

Isabela:      A Sevilla
llévanme a ser esposa
contra mi voluntad.

Tisbea:      [...] en vuestra compañía
para serviros como humilde esclava
me llevad, que querría [...]
pedir al rey justicia
de un engaño cruel, de una malicia [...]
don Juan Tenorio [...]
víbora fue a mi planta [...]
Con palabra de esposo,
a que de esta costa burla hacía
se rindió al engañoso. [...]
Fuése al fin, y dejóme: [...]

Isabela:      (No hay venganza a mi mal que tanto cuadre.)
Ven en mi compañía. (vv. 2170-2203)

A final de la jornada tercera Tisbea se presenta en palacio ante el rey, apoyada por Isabela, para exigir la reparación del Burlador:

Tisbea:      Derrotado le echó el mar,
dile vida y hospedaje,
y pagome esta amistad
con mentirme y engañarme
con nombre de mi marido. [...]

Isabela:      Dice verdades. (vv. 2802-2807)

Muerto don Juan, el honor de la pescadora se reparará en bodas con Afriso, puesto que así lo solicita Batricio en nombre de aquel, como veremos más adelante, aunque no sabemos la opinión de la mujer, pues la obra acaba sin que se manifieste, suponemos que aceptará gustosa, ya que Anfriso era el más destacado de sus admiradores.

 

Doña Ana de Ulloa

Es una mujer de belleza superlativa:

D. Gonzalo:      una hija hermosa y bella,
en cuyo rostro divino
se esmeró naturaleza. (vv. 863-865)

Don Juan:      ¿Es hermosa?

Mota:      Es extramada,
porque en doña Ana de Ulloa
se extremó Naturaleza.

Don Juan:      ¿Tan bella es esa mujer?
¿Vive Dios que la he de ver!

Mota:       Veréis la mayor belleza
que los ojos del rey ven. (vv. 1268-1274)

No es una novicia enclaustrada desconocedora del mundo, puesto que ha estado en la corte portuguesa con su padre:

Mota:      Doña Ana, mi prima,
que es recién llegada aquí.

Don Juan:      Pues ¿dónde ha estado?

Mota:      En Lisboa,
con su padre en la embajada. (vv. 1264-1267)

Aparece en la jornada primera, sabemos que es hija de don Gonzalo, el comendador mayor de Calatrava, y que el rey don Alfonso, en premio por su embajada en Portugal, promete a la joven con don Juan Tenorio:

Rey:      Pues yo os la quiero casar
de mi mano. [...]

D. Gonzalo:      ¿quién es el esposo?

Rey:      Aunque no está en esta tierra,
es de Sevilla, y se llama
don Juan Tenorio. (vv. 866-873)

En la jornada segunda el rey deshace el matrimonio de don Juan y doña Ana para reparar el honor de la duquesa Isabela, casando a la dama napolitana con el burlador, por lo que la hija del comendador quedaría sin prometido:

Rey:      Pero, decid, don Diego, ¿qué diremos
a Gonzalo de Ulloa, sin que erremos?
Casele (a don Juan) con su hija (Ana) y no sé cómo
lo puedo ahora remediar. (vv. 1067-1070)

Así Alfonso de Castilla casa ahora a la joven sevillana con el duque Octavio, para desagraviar al noble de Nápoles:

Rey:      Éste (Gonzalo) tiene una hija (Ana) en quien bastaba
en dote la virtud, que considero,
después de la beldad, que es maravilla, [...]
Ésta quiero que sea vuestra esposa. [...]

Octavio:      Hablé al rey, viome y honrome, [...]
y hace que esposa tome
de su mano [...] (vv. 1114-1134)

Un feliz y reparado duque Octavio (pronto se ha consolado de la traición de Isabela) nos informa de que:

Octavio:      Sí, amigo, mujer
de Sevilla; que Sevilla
da, [...]
también gallardas mujeres. (vv. 1140-1145)

Doña Ana ama al marqués de la Mota, amigo y compañero de correrías de don Juan, para su desgracia. Aunque Mota también corresponde a la joven, su amor es imposible puesto que el rey la ha casado ya (primero con don Juan y luego con Octavio), pero ni Ana, ni Mota, ni don Juan saben la identidad del futuro marido:

Mota:      Un imposible quiero.

Don Juan:      Pues, ¿no os corresponde?

Mota:      Sí,
me favorece y me estima. [...]

Don Juan:      Casaos, pues es extremada.

Mota:      El rey la tiene casada
y no se sabe con quién.

Don Juan:      ¿No os favorece?

Mota:      Y me escribe. (vv. 1261-1278)

Como ya indicara Octavio que Sevilla daba gallardas mujeres, doña Ana no permanece pasiva ante la situación, a diferencia de Mota, ya que escribe una carta incendiaria en la cual cita al marqués esa misma noche [4]. La intermediaria escogida, una mujer desconocida, no lleva a buen fin la audacia de doña Ana, entrega la carta al Burlador y es don Juan, y no Mota, quien lee la carta:

Don Juan:      aquí firma doña Ana.
Dice así: “Mi padre infiel
en secreto me ha casado
sin poderme resistir;
no sé si podré vivir,
porque la muerte me ha dado.
Si estimas, como es razón,
mi amor y mi voluntad
y si tu amor fue verdad,
muéstralo en esta ocasión.
Por que veas que te estimo,
ven esta noche a la puerta,
que estará a las once abierta,
donde tu esperanza, primo,
goces, y el fin de tu amor.
Traerás, mi gloria, por señas
de Leonorilla y las dueñas,
una capa de color.
Mi amor, todo de ti fío,
y adiós”. (vv. 1320-1339)

Don Juan lejos de entregar la carta a su legítimo destinatario aprovecha la oportunidad de burlar a la la amada de su amigo, acudiendo a la cita y haciéndose pasar por el marqués, como hizo en Nápoles con Isabela. Pero si doña Ana es ejemplo de valentía, también lo es de desobediencia femenina, es una mala hija y una mala súbdita, y por ello va a ser castigada -burlada- por don Juan. Si la joven pierde su honor será debido a su deslealtad, pues no obedece a sus señores naturales (su padre y el rey) y se entrega a otro hombre. Ella que pretendía burlar -burladora por tanto- a su padre, al rey y a su marido- es burlada por Tenorio.

Mientras Mota espera la cita con doña Ana (que él cree a las doce) se dirige a casa de una tal Beatriz, pues que esa misma noche tenía planeados varios engaños o perros. Pero al aparecer don Juan deseoso de burlar, su amigo de francachelas lo envía a casa de la mencionada Beatriz haciéndose pasar por Mota, gracias a su capa, para que allí lo sustituya. Lo que no sospecha el marqués es que mientras él cree burlada a la pobre mujer, don Juan toma su puesto en casa de doña Ana, -ahora sí gracias a la capa-, así la realmente burlada es la hija del comendador:

Don Juan:      Si me dejáis,
señor marqués, vos veréis
como de mí no se escapa.

Mota:      Vamos, y poneos mi capa,
para que mejor lo deis.

Don Juan:      Bien habéis dicho. Venid
y me enseñaréis la casa.

Mota:      Mientras el suceso pasa,
la voz y el habla fingid.
¿Veis aquella celosía?

Don Juan:      Ya la veo.

Mota:      Pues llegad,
y decid: “Beatriz”, y entrad.

Don Juan:      ¿Qué mujer?

Mota:      Rosada y fría [...]
La mujer ha de pensar
que soy él. (vv. 1527-1549)

Doña Ana descubre el engaño, aunque no sabemos si a tiempo o no de haberse entregado al falso marqués, como le sucedió a Isabela:

Ana:      ¡Falso, no eres el marqués!
¡Que me has engañado!

Don Juan:      Digo
que lo soy.

Ana:      ¡Fiero enemigo,
mientes, mientes! (vv. 1553-1556)

Doña Ana da la voz de alarma, y clama venganza:

Ana:      ¿No hay quien mate este traidor,
homicida de mi honor? [...]
Matalde. (vv. 1559-1564)

Después de esto doña Ana se retira y no vuelve a aparecer en escena, ya solo tenemos referencias:

Rey:      ¿Dónde doña Ana se fue?

Don Diego:      Fuese al sagrado doña Ana
de mi señora la reina. (vv. 1664-1666)

En la jornada tercera el rey y don Diego Tenorio, en el palacio real deshacen el compromiso entre Ana y Octavio y enmiendan el daño casando a Ana con el marqués de la Mota:

Rey:      Paréceme, don Diego, que hoy hagamos
las bodas de doña Ana juntamente. (con las bodas de don Juan e Isabela)

Don Diego:      ¿Con Octavio?

Rey:      No es bien que el duque Octavio
sea el restaurador de aqueste agravio.
Doña Ana, con la reina, me ha pedido
que perdone al marqués, porque doña Ana,
ya que el padre murió, quiere marido;
porque si le perdió, con él le gana. [...]
por su satisfacción y por su abono
de su agraviada prima, le perdono. [...]
Que esta noche han de ser, podéis decille,
los desposorios.

Don Diego:      [...] fácil será al marqués el persuadille,
que de su prima amartelado estaba. (vv. 2506-2522)

A final de la jornada tercera, sabemos que el honor de doña Ana está a salvo, pues don Juan no llegó a consumar su engaño ya que ella lo descubrió antes:

Don Juan:      A tu hija no ofendí,
que vio mis engaños antes. (vv. 2764-2765)

Catalinón:      [...] que a doña Ana no debía
honor, que lo oyeron antes
del engaño. (vv. 2856-2858)

Muerto ya don Juan y sabiéndose públicamente que Ana no fue ultrajada, el marqués de la Mota no tiene inconveniente en reclamar bodas con su prima. Aunque doña Ana no aparece en escena ni se expresa su sentir la suponemos feliz de ver su honor restaurado y de casarse con el hombre que ama.

 

Aminta

Al final de la jornada segunda aparece la novia Aminta en la aldea de Dos Hermanas, celebrando sus bodas con Batricio. A diferencia de las otras mujeres de la obra, no hay demasiadas alusiones a su apariencia física, salvo en las canciones de boda, en la falsa modestia de la doncella y en las ofensivas palabras de don Juan:

(Cantan)      Lindo sale el sol de Abril,
por trébol y toronjil;
y aunque le sierva de estrella
Aminta sale más bella. [...]

Batricio:      [...] que no hay sol que al sol se iguale
de sus niñas y su frente,
a este sol claro y luciente
que eclipsa al sol su arrebol; [...]

Aminta:      Batricio, yo lo agradezco;
falso y lisonjero estás;
mas si tus rayos me das
por ti ser luna merezco.
Tú eres el sol por quien crezco, [...] (vv. 1670-1709)

Batricio:      Si os sentáis
delante de mí, señor,
seréis de aquesa manera
el novio.

Don Juan:      Cuando lo fuera
no escogiera lo peor. (vv. 1761-1765)

Don Juan está de paso para Lebrija, se dirige a su boda con la duquesa Isabela, aunque se invita él mismo a las bodas de los aldeanos de Dos Hermanas, a pesar de los funestos presagios del novio, de quien ocupa el asiento durante el convite. Aminta se convierte en víctima de don Juan, pues para ocupar el lugar del novio durante la noche de bodas y así gozar a la muchacha, el burlador miente al novio y al padre de la novia.

Batricio no ofrece resistencia alguna a Tenorio, al considerar perdido el honor -más importante en el campo que en la ciudad, como señala Tirso- y tomar en consideración la condición femenina engañosa. Así Aminta aparece como la burladora de Batricio, igual que antes la duquesa Isabela lo parecía de Octavio, Tisbea del Amor y doña Ana de su padre, el rey y su marido:

Don Juan:      ... que ha muchos días, Batricio,
que a Aminta el alma di,
y he gozado...

Batricio:      ¿Su honor?

Don Juan:      Sí.

Batricio:      (Manifiesto y claro indicio
de lo que he llegado a ver;
que si bien no la quisiera,
nunca a su casa viniera;
al fin, al fin es mujer.

Don Juan:      Al fin, Aminta, celosa,
o quizá desesperada
de verse de mi olvidada
y de ajeno dueño esposa,
esta carta me escribió
enviándome a llamar,
y yo prometí gozar
lo que el alma prometió [...]

Batricio:      Si tú en mi elección lo pones,
tu gusto pretendo hacer,
que el honor y la mujer
son males en opiniones. [...]
Gózala, señor, mil años,
que yo quiero resistir,
desengañar y morir,
que no vivir con engaños. (vv. 1854-1896)

Mientras su novio desiste, Aminta, que nada sabe de las mentiras de don Juan, impotente contra la inapropiada actitud del aristócrata -contraria a la caballería- se siente avergonzada y solo desea consolar a Batricio:

Aminta:      Destas infelices bodas
no sé qué siento, [...]
¡Mirad qué grande desdicha!
Di, ¿qué caballero es éste
que de mi esposo me priva? [...]
Déjame, que estoy sin seso;
déjame que estoy corrida.
¡Mal hubiese el caballero
que mis contentos me priva! [...]
¡Plega a los cielos que sirvan
mis suspiros de requiebros,
mis lágrimas de caricias! (vv. 1919-1940)

El iluso padre de Aminta la entrega a don Juan:

Gaseno:      Acompañaros querría,
por dalle desta ventura
el parabién a mi hija. [...]
el alma mía
en la muchacha os ofrezco. (vv. 1942-1947)

La novia comienza resistiéndose al burlador en su dormitorio, pero no tarda mucho en pasar de Emilia y Lucrecia ofendida y vengativa a creerse esposa de don Juan, aunque Aminta no ignora que el matrimonio es imposible, pues casada está ya con Batricio:

Aminta:      [...] ¡Ay de mí! ¿Yo soy perdida!
¿En mi aposento a estas horas? [...]
Volveos, que daré voces,
no excedáis la cortesía
que a mi Batricio se debe,
ved que hay romanas Emilias
en Dos Hermanas también,
y hay Lucrecias vengativas. [...]
Vete, que vendrá mi esposo.

Don Juan:      Yo lo soy [...]

Aminta:      ¿Desde cuándo?

Don Juan:      Desde agora [...]

Aminta:      ¿Sábelo Batricio?

Don Juan:      Sí;
que te olvida. [...]
tu amor me obliga
a que contigo me case; [...]
Y aunque el rey lo contradiga,
y aunque mi padre enojado
con amenazas lo impida,
tu esposo tengo de ser. [...]

Aminta:      Porque si estoy desposada,
como es cosa conocida,
con Batricio, el matrimonio
no se absuelve, aunque él desista.

Don Juan:      [...] puede anularse.

Aminta:      [...] ¿Que no me engañas? [...]
Pues jura que cumplirás
la palabra prometida.

Don Juan:      Juro a esta mano, señora, [...]
de cumplirte la palabra.

Aminta:      Pues con ese juramento
soy tu esposa. [...]
Tuya es el alma y la vida. [...]
A tu voluntad, esposo,
la mía desde hoy se inclina.
Tuya soy. (vv. 1999-2094)

La campesina es objeto de burla de don Juan en la catedral de Sevilla:

Don Juan:      Aminta estas dos semanas
no ha de caer en el chiste.

Catalinón:      Tan bien engañada está
que se llama doña Aminta. (vv. 2233-2236)

Es su orgullo de aldeana rica, cristiana vieja y virtuosa, el que le hace creer -a ella y a su padre- que tiene prendas suficientes para casarse con el hijo del camarero mayor del rey, y llamarse doña Aminta -Catalinón desvela el ridículo que hace la joven-. Creyéndose esposa de don Juan acude a Sevilla junto a su padre para exigir el matrimonio, pero allí se convierte en instrumento de venganza para el duque Octavio. La joven y su padre creen que el napolitano va a arbitrar en su boda, pero solo pretende vengarse:

Aminta:      Si, señor, ese don Juan. [...]
Es mi esposo ese galán. [...]

Gaseno:      [...] Doña Aminta es muy honrada
cuando se casen los dos,
que cristiana vieja es
hasta los güesos, y tiene
de la hacienda el interés,
[y a su virtud aun le aviene]
más bien que un conde, un marqués.
Casose don Juan con ella,
y quitósela a Batricio. [...]
Querría,
porque los días se van,
que se hiciese el casamiento,
o querellarme ante el rey. [...]

Octavio:      En el alcázar tenemos bodas.

Aminta:      ¿Si las mías son? [...]
Vos de la mano
a don Juan me llevaréis. [...]

Octavio:      (Estos venganza me dan
de aqueste traidor don Juan
y el agravio de Isabela). (vv. 2592-2635)

Así al final de la jornada tercera la muchacha aparece en el palacio real exigiendo al rey sus desposorios con don Juan:

Aminta:      ¿Adónde mi esposo está? [...]
el señor don Juan Tenorio;
con quien vengo a desposarme,
porque me debe el honor,
y es noble y no ha de negarme.
Manda que nos desposemos. (vv. 2808-2814)

Pero siendo muerto el burlador por don Gonzalo no hay boda posible para Aminta, sino con Batricio, que así lo reclama a don Alfonso de Castilla. La joven y su padre no vuelven a intervenir pero la imaginamos felizmente retornada a Dos Hermanas con su marido y su igual.

 

Las prostitutas

Don Juan y el marqués de la Mota mencionan distintas mujeres, prostitutas, de los barrios bajos sevillanos que han sido objeto de sus burlas, ya sea por viejas, calvas, feas, sifilíticas o dadas a la brujería: Inés, Constanza, Teodora, Julia, Blanca y otras:

Don Juan:      ¿Inés?

Mota:      A Vejel se va.

Don Juan:      Buen lugar para vivir
la que tan dama nació.

Mota:      El tiempo la desterró
a Vejel.

Don Juan:      Irá a morir.

Don Juan:      ¿Constanza?

Mota:      Es lástima vella
lampiña de frente y ceja.
Llámale el portugués vieja,
y ella imagina bella. [...]

Don Juan:      ¿Y Teodora?

Mota:      Este verano
se escapó del mal francés
por un río de sudores;
y está tan tierna y reciente
que anteayer me arrojó un diente
envuelto entre muchas flores.

Don Juan:      ¿Julia, la del Candilejo?

Mota:      Ya con sus afeites lucha.

Don Juan:      ¿Véndese siempre por trucha?

Mota:      Ya se da por abadejo.

Don Juan:      ¿El barrio de Cantarranas
tiene buena población?

Mota:      Ranas las más dellas son.

Don Juan:      ¿Y viven las dos hermanas?

Mota:      Y la mona de Tolú
de su madre Celestina
que les enseña doctrina.

Don Juan:      ¡Oh, vieja de Bercebú!
¿Cómo la mayor está?

Mota:      Blanca, sin blanca ninguna.
Tiene un santo a quien ayuna.

Don Juan:      ¿Agora en vigilias da?

Mota:      Es firme y santa mujer.

Don Juan:      ¿Y esotra?

Mota:      Mejor principio
tiene; no desecha ripio.

Don Juan:      Buen albañir quiere ser. (vv. 1212-1249)

 

III. El universo femenino en Don Juan Tenorio

Doña Ana de Ulloa en El burlador de Sevilla, que ama al marqués de la Mota, se desdobla en el Tenorio en Ana de Pantoja, prometida de don Luis Mejía -reflejo especular de Mota- y en Inés de Ulloa, la inocente novicia. Isabela, Tisbea, Aminta y las demás se condensan en las alusiones del Tenorio a las princesas y pescadoras, a los palacios y a las cabañas, y las suponemos incluidas en su lista de setenta y dos conquistas femeninas. Otro prototipo de mujer, que no aparecía en El burlador, es la criada que vende a su señora por dinero, así tenemos a Lucía, criada de doña Ana de Pantoja, y a Brígida, la alcahueta celestinesca y trotaconventos que conquista a doña Inés con la palabra, como hicieran sus antecesoras, las verdaderas seductoras, con Melibea y otros personajes.

 

Doña Inés de Ulloa

La Inés del Tenorio nace con elementos de dos mujeres del Burlador de Sevilla, así de la duquesa Isabela toma su belleza angelical, y de doña Ana de Ulloa el padre y su condición de prometida de don Juan. Es una joven de diecisiete años, bella e inocente, asociada simbólicamente al cordero, la garza, la paloma y el lirio. Educada en el convento desde la niñez, sin voluntad propia, son las fuerzas que actúan a su alrededor (don Juan, don Gonzalo y Brígida) quienes marcan su destino.

El propio Zorrilla en Recuerdos del tiempo viejo dice de Doña Inés que es una Eva antes de pecar, una flor y un emblema de amor casto:

Mi doña Inés cristiana [...] mi doña Inés [...] hija de Eva antes de salir del Paraíso, mi doña Inés, flor y emblema del amor casto [que] viste hábito y lleva al pecho la cruz de una Orden de Caballería [5].

Su padre nos indica que es (I parte, acto I, escena VII):

D. Gonzalo: una hija sencilla y pura (v. 217)

Brígida nos dice (I parte, acto II, escena IX):

Brígida:      irá como una cordera
tras vos [...]
Pobre garza enjaulada,
dentro de la jaula nacida, [...]
No cuenta la pobrecilla
diez y siete primaveras,
y aún virgen a las primeras
impresiones del amor,
nunca concibió la dicha
fuera de su pobre estancia,
tratada desde su infancia
con cauteloso rigor.
Y tantos años monótonos
de soledad y convento [...]
que era el claustro su destino
y el altar era su fin. [...]
Y pensó: “No hay más allá”.
Y sin otras ilusiones
que sus sueños infantiles [...]

Don Juan:      ¿Y está hermosa?

Brígida:      ¡Oh! como un ángel. (vv. 413- 447)

Tenemos igualmente la descripción que de ella hace don Juan cuando la seduce en su quinta (parte I, acto IV, escena III):

Don Juan:      ángel de amor [...]
paloma [...]
gacela [...]
estrella [...]
hermosa [...]
bellísima Inés [...]
Luz [...]
bellísima doña Inés [...]
Inés bella [...]
(vv. 261-382)

La abadesa de doña Inés habla de su bondad e inocencia (parte I, acto III, escena I):

Abadesa:      Sois joven, cándida y buena;
vivido en el claustro habéis
casi desde que nacisteis; [...]
que no conociendo el mundo [...]
mansa paloma, [...]
lirio gentil [...] (vv. 4-37)

Incluso difunta y esculpida su belleza es proverbial (parte II, acto I, escena II):

Escultor:      La muerte tan piadosa
con su cándida hermosura,
que la envió con frescura
y las tintas de la rosa. [...]

Don Juan:      ¡Ah! Mal la muerte podría
deshacer [...]
el semblante soberano
que un ángel envidiaría.
¡Cuán bella [...] (vv. 212-220)

Doña Inés es la destinataria de una carta que don Juan escribe en la hostería de Buttarelli, para la entrega cuenta con la complicidad de Brígida, su dueña, (parte I, acto I y escena I):

Don Juan:      Este pliego
irá, dentro del Horario
en que reza doña Inés,
a sus manos a parar. (vv. 39-42)

Aunque Inés leerá la misiva después (parte I, acto III, escena III), Brígida dice a don Juan que Inés ya la ha leído (parte I, acto II, escena IX):

Brígida:      Leyendo estará ahora en él
doña Inés. (vv. 409-410)

La novicia está prometida con don Juan, como lo estuvo Ana de Ulloa (parte I, acto I, escena VI):

D. Gonzalo:      a ser cierta
la apuesta, primero muerta
que esposa suya la quiero. [...]
Enlace es de gran ventaja,
más no quiero que Tenorio
del velo del desposorio
la recorte una mortaja. (vv. 179-190)

La novicia es la única carencia de don Juan en su lista de conquistas (parte I, acto I, escena XII):

Don Luis:      Sólo una os falta en justicia.

Don Juan:      ¿Me la podéis señalar?

Don Luis:      Sí, por cierto; una novicia
que esté para profesar. (vv. 667-670)

Don Gonzalo de Ulloa y don Diego Tenorio rompen el compromiso de doña Inés con don Juan, pero éste piensa usarla para ganar la apuesta (parte I, acto I, escena XII):

D. Gonzalo:      Vuestro buen padre don Diego,
porque pleitos acomoda,
os apalabró una boda
que iba a celebrarse luego [...]
Y adiós, don Juan; mas desde hoy
no penséis en doña Inés.
Porque antes que consentir
en que se case con vos,
el sepulcro, ¡juro a Dios!,
por mi mano le he de abrir. [...]

Don Juan:      Y pues hay tiempo, advertir
os quiero a mi vez a vos,
que o me la dais, o ¡por Dios,
que a quitárosla he de ir! [...]
sólo una mujer con ésta
me falta para mi apuesta;
ved, pues, que apostada va. [...]

Don Diego:      Comendador, nulo sea
lo hablado.

D. Gonzalo:      Ya lo es por mí; (vv. 716-785)

Doña Inés y Ana de Pantoja no son mujeres, sino objetos que se apuestan (parte I, acto I, escena XIII):

Don Juan:      van doña Ana y doña Inés
en apuesta. (vv. 805-806)

Brígida enamora a doña Inés, por medio de la palabra, para don Juan, así se convierte en una doble de Celestina que no tenía precedente en el Burlador (parte I, acto II, escena IX):

Don Juan:      Y la has dicho...
Brígida:      Figuraos
si habré metido mal caos
en su cabeza, don Juan.
La hablé del amor, del mundo,
de la corte y los placeres,
de cuánto con las mujeres
erais pródigo y galán.
La dije que erais el hombre
por su padre destinado
para suyo; os he pintado
muerto por ella de amor,
desesperado por ella
y por ella perseguido,
y por ella decidido
a perder vida y honor.
En fin, mis dulces palabras,
al posarse en sus oídos,
sus deseos mal dormidos
arrastraron de sí en pos;
y allá dentro de su pecho
han inflamado una llama
de fuerza tal, que ya os ama
y no piensa más que en vos (vv. 447-470)

La abadesa notifica a Inés que es voluntad de su padre que se quede en el convento, pero algo ha cambiado en la novicia (parte I, acto III, escenas I y II):

Doña Inés:      No sé que tengo, ¡ay de mí!,
que en tumultuoso tropel
mil encontradas ideas
me combaten a la vez [...]
Y no sé por qué al decirme
que podría acontecer
que se acelerase el día
de mi profesión, temblé;
y sentí del corazón
acelerarse el vaivén,
y teñírseme el semblante
de amarilla palidez (vv. 77-102)

Doña Inés es víctima de Brígida y de don Juan (parte I, acto III, escena III):

Brígida:      Ya presa en la red está [...]

Doña Inés:      El campo de mi mente
siento que cruzan perdidas
mil sombras desconocidas, [...]

Brígida:      ¿Tiene alguna, por ventura,
el semblante de don Juan?

Doña Inés:      No sé; desde que le vi [...]
y su nombre
me dijiste, tengo a ese hombre
siempre delante de mí.
Por doquiera me distraigo
con su agradable recuerdo,
y si un instante le pierdo,
en su recuerdo recaigo.
No se que fascinación
en mis sentidos ejerce,
que siempre hacia él se me tuerce
la mente y el corazón;
y aquí y en el oratorio,
y en todas partes, advierto
que el pensamiento divierto
con la imagen de Tenorio.
(vv. 166-198)

Si en el Burlador era Ana de Ulloa la que escribía una carta dirigida al marqués de la Mota, en el Tenorio es doña Inés de Ulloa quien la recibe. En ella, el experimentado conquistador hace creer a la novicia que la ama desde el día de su compromiso, y que ese tierno amor que era una chispa se ha convertido en hoguera con el tiempo y en volcán después de anularse la boda, y que está dispuesto a acudir y rescatarla del convento si ella lo llama. Doña Inés experimenta con la lectura los efectos del amor para el que la ha preparado Brígida, e inocente piensa que sus sensaciones son producto de algo maléfico, demoníaco, obra de brujería, e incluso que don Juan es un espíritu, una sombra que podrá entrar en el convento con su sola voluntad (parte I, acto III, escena III y IV):

Doña Inés:      Brígida, no sé que siento [...]
Yo desfallezco. [...]
¿Qué es lo que me pasa, ¡cielo!,
que me estoy viendo morir?

Brígida:      (Ya tragó todo el anzuelo) [...]

Doña Inés:      ¡Ay! ¿Qué filtro envenenado
me dan en este papel,
que el corazón desgarrado
me estoy sintiendo con él?
¿Qué sentimientos dormidos
son los que revela en mí;
qué impulsos jamás sentidos,
qué luz, que hasta hoy nunca vi?
¿Qué es lo que engendra en mi alma
tan nuevo y profundo afán?
¿Quién roba la dulce calma
de mi corazón? [...]
sólo su sombra he de ver? [...]
Me estremezco. [...]

Brígida:      De ese don Juan que amáis tanto,
porque puede aparecer. [...]

Doña Inés:      ¿Es un espíritu, pues? (vv. 225-319) [...]
¿Sueño... deliro? [...]
¿Es realidad lo que miro,
o es una fascinación...?
Tenedme, apenas respiro...
Sombra... ¡huye por compasión! (vv. 339-344)

Doña Inés, a consecuencia de la sugestión que ha creado Brígida, se desmaya, es secuestrada por Tenorio y trasladada a su quinta en las afueras de Sevilla. Cuando la joven despierta, la dueña, con su habilidad de alcahueta, le dice que don Juan la ha salvado de un incendio en el convento. Inés, a pesar de su inocencia, conoce que no es sitio para ella, comprende ya la pérdida cierta de su honor y que la dueña tiene parte en el asunto, incluida la magia antes mencionada (parte I, acto IV, escena II):

Doña Inés:      Me estás confundiendo,
Brígida... y no sé qué redes
son las que entre estas paredes
temo que me estás tendiendo. [...]
mas tengo honor; [...]
que la casa de don Juan
no es buen sitio para mí; [..]
me ha envenenado
el corazón [...]
Tú me diste un papel
de manos de ese hombre escrito,
y algún encanto maldito
me diste encerrado en él. [..]
Tú, Brígida, a todas horas
me venías de él a hablar,[...]
y me has jurado
en su nombre que me amaba. (vv. 173-208)

Doña Inés mantiene una lucha entre el amor y el deber (parte I, acto IV, escena II y III):

Doña Inés:      ¿Qué le amo, dices?... Pues bien;
si esto es amar, sí, le amo;
pero yo sé que me infamo
con esa pasión también.
Y si el débil corazón
se ve va tras de don Juan,
tirándome de él están
mi honor y mi obligación (vv. 209-216) [...]
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán. [...]
oyéndoos me parece
que mi cerebro enloquece
y se arde mi corazón. (vv. 316-322)

Inés cree amar a don Juan por arte de magia, de hechicería (parte I, acto IV, escena III):

Doña Inés      ¡Ah! Me habéis dado a beber
un filtro infernal sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.
Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto,
que a vos me atrase en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios. (vv. 323-330)

Doña Inés ya no tiene voluntad propia y se entrega a Tenorio (parte I, acto IV, escena III):

Doña Inés:      ¿Y qué he de hacer, ¡ay de mí!,
sino caer en vuestros brazos [...]
No, don Juan, en poder mío
resistirte no está ya. (vv. 335-340)

En estas apasionadas escenas, Inés se convierte en criatura corporal alejada ya de la Virgen María [6], aunque su amor no se consuma, pues los amantes son interrumpidos por don Gonzalo de Ulloa y don Luis Mejía. Don Juan asesina a ambos y huye perseguido por la justicia, abandonando en la quinta a doña Inés y a la dueña (parte I, acto IV, escena X y XI).

Cuando vuelve Tenorio a Sevilla, al cabo de cinco años, regresa al hogar paterno y encuentra allí levantado en el lugar que ocupó el palacio de don Diego Tenorio un panteón dedicado a sus víctimas, entre las que se encuentran su padre, el comendador, don Luis Mejía y doña Inés. Sabemos ahora que la novicia murió de pena (parte II, acto I, escena II):

Don Juan:      ¿También murió?

Escultor:      Dicen que de sentimiento
cuando de nuevo al convento
abandonada volvió
por don Juan. (vv. 204-207)

La virtuosa doña Inés está en el purgatorio esperando a don Juan, que decidirá para ambos el cielo o el infierno. De nuevo la acción se le escapa y sigue estando en manos de terceros, ahora depende de él la elección y ella, como siempre, debe seguir esperando, siendo una intermediaria entre Dios y don Juan (parte II, acto I, escena IV):

Sombra:      mi espíritu, don Juan,
te aguardó en mi sepultura. [...]
mas tengo mi purgatorio
en ese mármol mortuorio [...]
Yo a Dios mi alma ofrecí
en precio de tu alma impura,
y Dios, al ver la ternura
con que te amaba mi afán,
me dijo: “Espera a don Juan
en tu misma sepultura.
Y pues quieres ser tan fiel
a un amor de Satanás,
con don Juan te salvarás
o te perderás con él.
Por él vela: mas si cruel
te desprecia tu ternura,
y en su torpeza y locura
sigue con bárbaro afán,
llévese tu alma don Juan
de tu misma sepultura”. [...]
si piensas bien,
a tu lado me tendrás;
mas si obras mal, causarás
nuestra eterna desventura.
Y medita con cordura
que es esta noche, don Juan,
el espacio que nos dan
para buscar sepultura. [...]
de tu dormida conciencia
la voz que va a alzarse escucha,
porque es de importancia mucha [...]
la elección de aquel momento [...]
al mal o al bien ha de abrirnos
la losa del monumento. (vv. 342-393)

Doña Inés vuelve a advertir a don Juan, ya en su casa, después de la visita del comendador, y antes de que sus amigos despierten del sueño inducido por el espíritu, del camino que debe seguir. Así Inés es una guía de salvación (parte II, acto II, escena IV):

Sombra:      Medita
lo que al buen comendador
has oído, y ten valor
para acudir a su cita.
Un punto se necesita
para morir con ventura:
elige con cordura,
porque mañana, don Juan,
nuestros cuerpos dormirán
en la misma sepultura. (vv. 265-274)

Vuelta el alma de don Juan al panteón familiar, elige bien y tiende la mano al cielo clamando piedad, en este momento se desvela el único papel que tiene doña Inés en la acción, pues su amor y su alma pura consiguen la salvación de don Juan Tenorio, arrancándolo de la venganza del comendador y de los espectros que querían llevarlo a los infiernos (parte II, acto III, escena III):

Doña Inés:      mi mano asegura
esta mano que a la altura
tendió tu contrito afán,
y Dios perdona a don Juan
al pie de mi sepultura.[...]
Fantasmas, desvaneceos:
Su fe nos salva [...]
la voluntad de Dios es;
de mi alma con la amargura
purifiqué su alma impura,
y Dios concedió a mi afán
la salvación de don Juan
al pie de la sepultura [...]
Yo mi alma he dado por ti,
y Dios te otorga por mí
tu dudosa salvación. (vv. 171-190)

En la escena final, don Juan cae a los pies de doña Inés y sus almas ascienden al cielo rodeados de flores y de ángeles (parte II, acto III, escena IV).

 

Doña Ana de Pantoja

La Ana de Pantoja del Tenorio procede de la Ana de Ulloa del Burlador. Es la prometida de don Luis Mejía, amigo-enemigo de don Juan, con el cual ha de casarse al día siguiente, aunque es objeto de una nueva apuesta entre los hombres (parte I, acto I, escena XII):

Don Luis:      mi boda comprometida
con doña Ana de Pantoja.
Mujer muy rica me dan,
y mañana hay que cumplir
los tratos que hechos están [...] (vv. 619-623)

Don Juan:      que a la novicia uniré
la dama de algún amigo
que para casarse esté. [...]
mañana pienso quitaros
a doña Ana de Pantoja. (vv. 673-695)

Doña Ana no puede ser protegida por don Luis desde dentro de su casa, puesto que se empañaría su honor, pero como don Luis desconfía de las mujeres -igual les ocurría a todos los antagonistas de don Juan en El burlador- acuerda con Pascual, un criado de la casa, pasar allí la noche para vigilar a Ana: (parte I, acto II, escena II):

Don Luis:      Que de esta casa, Pascual,
quede yo esta noche dentro.

Pascual:      Mirad que así de doña Ana
tenéis el honor vendido.

Don Luis:      ¡Qué mil rayos! ¿Su marido
no voy a ser yo mañana? (vv. 131-136)

Don Luis:      mas yo fío en las mujeres
mucho menos que en don Juan. [...]

Pascual:      Mirad bien lo que decís,
porque yo sirvo a doña Ana
desde que nació, y mañana
seréis su esposo, don Luis. [...]

Don Luis:      yo sabré ser su marido
y la haré ser bien casada. [...]

Pascual:      Yo os conozco desde niños,
y sé lo que son cariños, [...]
nos quedaremos en vela.

Don Luis:      Y se salvará doña Ana. (vv. 151-176)

Doña Ana y don Luis se aman. La diferencia entre ambos es que ella no teme a Tenorio, está tranquila y segura de su amor, (parte I, acto II, escena III y IV):

Don Luis:      Por Dios que nunca pensé
que a doña Ana amara así,
ni por ninguna sentí
lo que por ella... (vv. 201-204)
[...] Un empeño
por tu beldad con un hombre
que temo.

Doña Ana:      ¿Y qué hay que te asombre
en él, cuando eres tú el dueño
de mi corazón? [...]
Será vana
su buena suerte conmigo;
ya ves, sólo horas nos faltan
para la boda, y te asaltan
vanos temores. [...]
que su audacia y su prudencia
nada lograrán de mí,
que tengo cifrada en ti
la gloria de mi existencia. (vv. 222-244)

Ana consiente en que Luis pase la noche con ella, pues antepone la sinceridad de su amor y la tranquilidad de su prometido a la pérdida cierta de la honra, que parece difuminarse por la proximidad de la boda (parte I, acto II, escena VI):

Don Luis:      ¿Me das, pues, tu asentimiento?

Doña Ana:      Consiento.

Don Luis:      ¿Complácesme de ese modo?

Doña Ana:      En todo.

Don Luis:      Pues te velaré hasta el día. [...]
Páguete el cielo, Ana mía,
satisfacción tan entera.

Doña Ana:      Porque me juzgues sincera,
consiento en todo, Mejía. [...]
Sí, a las diez. [...]
La llave, pues te daré.

Don Luis:      Y dentro yo de tu casa,
venga Tenorio. (vv. 307-324)

La mala suerte que acompañaba a doña Ana de Ulloa acompaña ahora a doña Ana de Pantoja. Así don Luis es capturado por Ciutti y los compinches de don Juan, por lo cual no podrá acudir a su cita de las diez (parte I, acto II, escena VII).

Si Brígida es reflejo de Celestina, Lucía también lo es con doña Ana, pues le abre la puerta de la casa Tenorio. Estas mujeres resultan ser menos fieles a sus señoras que los criados varones, pues recordemos que Pascual estaba dispuesto a dejar entrar a don Luis con un buen fin: guardar a su señora y velar por su honor, sin previo pago. Así pues, vendida doña Ana por Lucía (parte I, acto II, escena XI) suponemos que don Juan entrará en la casa a sustituir a don Luis, igual que en el Burlador.

Ya nada sabemos de ella hasta que Mejía acuda a la quinta de Tenorio junto al Guadalquivir a exigir venganza por la pérdida de la honra de doña Ana y la imposibilidad del matrimonio con don Luis (parte I, acto IV, escena VI):

Don Luis:      Me habéis maniatado,
y habéis la casa asaltado
usurpándome mi puesto;
y pues el mío tomasteis
para triunfar de doña Ana [...]
y lo que tardo me enoja
en lavar tan fea mancha. [...]
mas con lo que habéis osado,
imposible la hais dejado
para vos y para mí. (vv. 452-470)

A diferencia de la Ana de Ulloa que don Juan no llega a burlar, pues que le descubren antes, en el Tenorio si triunfa el burlador sobre la mujer y su amigo. Ahora no habrá bodas reparadoras para Ana, ni criado que desempañe su honor públicamente confesando que don Juan no la gozó. Además la Ana de Pantoja pierde al amado dos veces, primero porque ya no cabe la boda y segundo, porque le matan al novio (parte I, acto IV, escena X ).

La diferencia entre las dos Anas es que la del Burlador pone en peligro su honor por despecho de un matrimonio que no quiere celebrar, para lo cual se salta todas las normas del decoro y usa una intermediaria inepta que le entrega su carta a don Juan. La del Tenorio pone en peligro su honra para tranquilizar a su futuro marido, que es quien la ha apostado. Todo se ha decidido fuera de su esfera de influencia, si en el burlador las mujeres eran decisivas en la acción, pues don Juan aprovechaba las oportunidades que se le brindaban, ahora es don Juan quien decide como actuar, y para ello cuenta con la ayuda de sus secuaces, las dos criadas que venden a sus amas por dinero, y con la ineptitud de los guardianes de la honra femenina: el convento, el padre y el prometido.

 

Otras mujeres burladas

En la primera parte del Tenorio, en al acto I, escena XII, don Juan y don Luis relatan sus respectivas fechorías. Don Juan confiesa la facilidad que le brinda Italia para burlar mujeres, en total setenta y dos:

Don Juan:      Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas, [...]
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba, [...]
y a las mujeres vendí. [...]
Desde una princesa real
a la hija de un pescador, (vv. 466-663)

 

Las alcahuetas
Brígida

Su intervención es imprescindible en la conquista de doña Inés, igual que la Celestina en la de Melibea, además su motivación es la misma, el dinero. En la primera mención de la vieja por don Juan vemos que se asocia con el demonio (parte I, acto I, escena I):

Don Juan:      Del diablo con guardapiés
que la asiste, de su dueña,
que mis intenciones sabe,
recogerás una llave,
una hora y una seña; (vv. 44-48)

Asociación que se reitera (parte I, acto II, escena IX):

Brígida:      ¿Estáis solo?

Don Juan:      Con el diablo.

Brígida:      ¡Jesucristo!

Don Juan:      Por vos lo hablo.

Brígida:      ¿Soy yo el diablo?

Don Juan:      Creoló. [...]

Brígida:      Vos sí que sois un diablillo.

Don Juan:      Que te llenará el bolsillo
si le sirves. (vv. 396-402) [...]
Y si acierto
a robar tan gran tesoro,
te he de hacer pesar en oro. (vv. 507-509)

La alcahueta y el galán son pues familiares del demonio.

Brígida ha preparado a la novicia para facilitar la conquista de don Juan, sugestiona a la muchacha de forma que crea que el galán tiene poderes mágicos y es capaz de cualquier cosa por ella (parte I, acto II, escena IX) . La astucia es la principal característica de la vieja, así contraviene, cuando hace falta, la rígida disciplina del convento (parte I, acto III, escena III):

Brígida:      Voy a cerrar esta puerta.

Doña Inés:      Hay orden de que esté abierta.

Brígida:      Eso es muy bueno y muy santo
para las otras novicias
que han de consagrarse a Dios:
no, doña Inés, para vos.

Doña Inés:      Brígida, no ves que vicias
las reglas del monasterio,
que no permiten...

Brígida:      ¡Bah! ¡bah!
Más seguro así se está,
y así se habla sin misterio
ni estorbos (vv. 116 -127)

Conduce a la inocente Inés y le presenta a don Juan como un pobre enamorado (parte I, acto III, escena III):

Brígida:      ¡Pues quedó con poco afán
el infeliz! [...]
¡Pobre mancebo!
Desairarle así, sería
matarle.
Si ese Horario no tomáis,
tal pesadumbre le dais,
que va a enfermar, lo estoy viendo.

Doña Inés:      ¡Ah! No, no; de esa manera
le tomaré.

Brígida:      Bien haréis. [...]
Si ese Horario
le despreciáis, al instante
le preparan el sudario. (vv. 136-257)

Don Juan confía plenamente en las artes de la vieja (parte I, acto IV, escena I):

Ciutti:      que don Juan
encargó que sola vos
debíais con ella hablar.

Brígida:      Y encargó bien, que yo entiendo
de esto. (vv. 88-92)

Brígida convence a la joven, acostumbrada a la austeridad del monasterio, con las riquezas y el lujo de la quinta de don Juan (parte I, acto IV, escena II):

Doña Inés:      ¿Dónde estamos? Este cuarto
¿es del convento?

Brígida:       No tal;
aquello era un cuchitril
en donde no había más
que miseria. [...]
Mirad,
mirad por este balcón,
y alcanzaréis lo que va
desde un convento de monjas
a una quinta de donJuan.

Doña Inés:      ¿Es de don Juan esta quinta?

Brígida:       Y creo que vuestra ya. (vv. 103-114)

Sus recursos celestinescos son inagotables, para explicar la estancia de la joven en la quinta de don Juan confunde a Inés con el falso incendio del convento donde presenta al caballero como un héroe (parte I, acto IV, escena II):

Brígida:      Estabais en el convento [...]
cuando estalló en un momento
un incendio formidable.[...]
Espantoso, inmenso;
el humo era ya tan denso,
que el aire se hizo palpable. [...]
con la carta entretenidas,
olvidamos nuestras vidas,[...]
que entrambas a su lectura,
achacamos la tortura
que sentíamos interna.
Apenas ya respirar
podíamos, y las llamas
prendían en nuestras camas;
nos íbamos a asfixiar,
cuando don Juan [...]
con inaudito valor, [...]
se metió para salvaros [...]
y del fuego nos sacó. (vv. 117-152)

Brígida ha cumplido bien con su trabajo de alcahueta: ha entregado una carta del amante a la amada, le ha mostrado al galán, le ha hablado de él, le ha destacado sus gracias, le ha hecho saber el compromiso de matrimonio (ya anulado) y le ha asegurado que la ama (parte I, acto IV, escena II):

Doña Inés:      Tú me diste un papel
de manos de ese hombre escrito, [...]
Una sola vez le vi
por entre unas celosías,
y que estaba, me decías,
en aquel sitio por mí.
Tú, Brígida, a todas horas
me venías de él a hablar,
haciéndome recordar
sus gracias fascinadoras.
Tú me dijiste que estaba
para mío destinado
por mi padre, y me has jurado
en su nombre que me amaba. (vv. 193-208)

Además utiliza su ingenio para evitar que doña Inés se escape de la quinta (parte I, acto IV, escena II):

Brígida:      Esperad.
¿No oís? [...]
Ruido de remos. [...]
Ya imposible que salgamos. [...]
mas antes de irnos,
es preciso despedirnos
a lo menos de don Juan. (vv. 221-236)

 

Lucía

Con la ayuda de la criada de doña Ana de Pantoja, don Juan Tenorio podrá entrar en la casa y ocupar el lugar de don Luis Mejía la noche antes de la boda, quedando el honor de la joven irreparable (parte I, acto II, escena VIII, X):

Don Juan:      por si acaso,
no es demás asegurarse
de Lucía, a desgraciarse
no vaya por poco el paso. (vv. 383-386)

Para la compra de Lucía cuenta con la ayuda de Ciutti, que ya ha contactado con la mujer, como en la Celestina las relaciones de los criados son fundamentales para la intriga (parte I, acto II, escena X):

Don Juan:      Ahora quisiera
ver a Lucía.

Ciutti:      Llegar podéis aquí. (A la reja derecha)
Yo la llamo,
y al salir a mi reclamo
la podéis vos abordar. [...]
La seña mía
sabe bien para que dude
en acudir. (vv. 522-529)

Lucía aparecía primero reticente, luego se ablanda a la mención del dinero y las riqueza del galán, finalmente abre paso a don Juan (parte I, acto II, escena XI):

Lucía:      ¿Qué queréis buen caballero? [...]
Idos, hidalgo, en mal hora:
¿quién pensáis que vive aquí? [...]
Sabéis que casa doña Ana? [...]
Y ha de ser tan infiel ya? [...]

Don Juan:      yo he de estar hoy con doña Ana, [...]

Lucía:      ¡Ah! ¿En recibiros está? [...]
¿Qué haré si os he de servir?

Don Juan:      Abrir.

Lucía:      ¡Bah! ¿Y quién abre este castillo?

Don Juan:      Ese bolsillo.

Lucía:      ¡Oro!

Don Juan:      Pronto te dio el brillo.

Lucía:      ¿Cuánto?

Don Juan:      De cien doblas pasa. [...]
Cuenta, y di: ¿esta casa
podrá abrir ese bolsillo? [...]
¿Qué te amedrenta,
si a tus ojos se presenta
muy rico don Juan Tenorio?

Lucía:      Rechina la cerradura. [...]
¡Bah! Id en brazos del destino...

Don Juan:      Dobla el oro.

Lucía:      Me acomodo. [...]
¿Dónde os busco, o vos a mí? [...]
Pues yo una llave os traeré.

Don Juan:      Y yo otra igual cantidad. [...]

Lucía:      No me faltéis. [...]

Don Juan:      Adiós, pues, franca Lucía.

Lucía:      Adiós, pues, rico don Juan. (vv. 531-594)

La traición de Lucía resulta fundamental para Tenorio pues sin ella no habría conseguido la apuesta.

 

Notas

[1] Dice Laura Dolfi      «Aunque la “lista” de nuestro burlador se limita a cinco mujeres -tres damas (la desconocida ahora aludida, Isabela y Ana) y dos muchachas humildes (la pescadora Tisbea y la campesina Aminta)-. queda claro que estas, con su variada psicología y condición social, acaban por representar simbólicamente la síntesis de un entero universo femenino violado por el caballero [...] Y no sólo el papel de los personajes femeninos, por ser víctimas designadas del burlador, sino también el de los caballeros (el duque Octavio y el marqués de la Mota) se hacen funcionales para la realización del enredo-base. Sus sentimientos y acciones se transforman en meras ocasiones para las burlas del Tenorio [...] Si, además, consideramos el papel de Anfriso y Batricio (ambos ofendidos en su amor-honor), constatamos enseguida que su autonomía, con respecto a la de los nobles ahora mencionados, es todavía menor». Dolfi, Laura, ”El burlador burlado. Don Juan en el teatro de Tirso de Molina”, en Varia Lección de Tirso de Molina, Actas del VIII Seminario del Centro para la Edición de Clásicos Españoles, Madrid, 5-6 de julio de 1999, Ignacio Arellano y Blanca Oteiza (eds.), Madrid-Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 2000, págs. 31-63. V. de la misma autora: “La mujer burlada (para una tipificación de cinco comedias de Tirso de Molina)”, en Boletín de la Real Academia Española, Madrid, tomo LXVI, Cuadernos núm. CCXXXVIII-IX, mayo-diciembre de 1986, págs. 299-328; y       ”Don Juan y Cicognini: dos Donjuanes frente a frente”, Dolfi, L. y Galar, E. (eds.), Tirso de Molina: Textos e Intertextos (Actas del Congreso Internacional organizado por el GRISO y la Universidad de Parma (Parma, 7-8 de mayo de 2001), Madrid-Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 2001, págs. 255-288, (Publicaciones del Instituto de Estudios Tirsianos, 12).

[2] De Tirso de Molina v. El burlador de Sevilla, Barcelona, Bruguera, 1972      (ed. de Amando C. Isasi Angulo); El burlador de Sevilla y convidado de piedra, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2006 (ed. de F. Florit Durán), http://www.cervantesvirtual.com.      De José Zorrilla v. Don Juan Tenorio, Madrid, Cátedra, 1991 (ed. de Aniano Peña); Don Juan Tenorio, Madrid, Establecimiento Tipográfico Sucesores de Rivadeneya, 1892 (prol. de Nicomedes Pastor Díaz, ed. de Joaquín Juan Penalva), http://www.cervantesvirtual.com.

[3] Perro muerto: ‘Mal o daño que se ocasiona a alguien al engañarle en un acuerdo o pacto’

[4] Dice Francisco Ruiz Ramón sobre la misiva: “La carta de doña Ana manifiesta la violenta reacción de la hija del comendador contra su padre, constituyendo en esencia un acto escrito de rebelión contra la autoridad paterna y [...] del rey. [...] La carta de esta mujer del siglo XVII es admirable y da testimonio del sentimiento de libertad ofendida de la mujer que le escribe, a quien no parece digno de ella, el marqués de la Mota, con intención, aunque no declarada, sí implícita, de vengarse del padre [...]”.       Ruiz Ramón, Francisco, “Del don Juan fundador al don Juan romántico o de doña Ana a doña Inés”, en Irene Pardo Molina y Antonio Serrano (eds.), Entorno al Teatro del Siglo de Oro, XV Jornadas de Teatro del Siglo de Oro, Almería, Instituto de Estudios Almerienses, Diputación de Almería, págs. 44-45.

[5] Zorrilla, José, Obras completas, Valladolid, 1943, vol. II., 1802. Cfr. Ruiz Ramón, Francisco, “Del don Juan fundador al don Juan romántico o de doña Ana a doña Inés”, Op. cit., pág. 46, para quien se presenta como una “pobre garza”, “mansa”, “inexperta”, “ignorante” y “sin voluntad propia” de forma que “ha marcado la recepción del personaje de doña Inés, polarizada en ambos extremos de su percepción entre la Virgen María y la niña algo boba”.

[6] V. Ruiz Ramón, Francisco, “Del don Juan fundador al don Juan romántico o de doña Ana a doña Inés” Op. cit, pág. 47-49, donde dice: ”La doña Inés de Zorrilla, nacida, en parte de la doña Ana del Burlador para desdoblarla, confirma su libertad en las escenas de la quinta de don Juan […] Es esta doña Inés, obviamente ni Virgen María ni boba, pero tampoco puro espíritu, sino criatura corporal y encendida, traspasada por la fuerza erótica del eros”.

 

© Ana Morilla Palacios 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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