Con qué palabras se escribe guerra

Elina Londoño Alurralde
Universidad Complutense de Madrid


 

   
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Resumen: Las formas de refererirse a las guerras manifiestan los intereses de los diferentes agentes implicados interesados en que los otros perciban los hechos y sus implicaciones en los términos más favorables para sus propias posiciones. El término "guerra" es reforzado, atenuado o sustituido en los discursos mediáticos en función de los intereses de las partes.
Palabras clave: formas de atenuación, eufemismo, discurso político, retórica

 

En Colombia existen varias formas para escribir guerra, no precisamente por la cantidad de sinónimos que la palabra pueda tener, sino por las múltiples formas de la realidad que se pueden definir a pesar de ella, o gracias a ella.

El término más común para referirse a la guerra en Colombia es conflicto, esta palabra ha definido por largo tiempo la situación violenta que ha enfrentado al gobierno y a la guerrilla durante casi cinco décadas, cobrado la vida de miles de colombianos y desplazado a otros tantos en muchas regiones del país.

Quienes aceptan que Colombia vive una guerra no suelen asociarla a guerra civil, eso se asemeja a “país tercermundista en levantamiento social”; para quienes afirman que Colombia vive un conflicto la guerra es una realidad distante, quizás porque esta realidad la viven, desde lejos, los habitantes de poblaciones desoladas por la violencia que no tienen tiempo para sentarse a definir qué lenguaje puede atenuar mejor las causas y consecuencias del escenario de dolor al que asisten diariamente.

El DRAE define la palabra guerra como la lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación y como guerra civil la que tienen entre sí los habitantes de un mismo pueblo o nación.

Si se ubica estas definiciones en el contexto colombiano tenemos que en Colombia hay una lucha armada entre bandos de una misma nación, gobierno y guerrilla están integrados por habitantes del mismo país.

A la luz de estas definiciones podríamos concluir que Colombia vive una guerra, o una guerra civil. Sin embargo, el término guerra tiene unas implicaciones tan fuertes y negativas que sustituirlo por conflicto reduce el efecto de tales implicaciones, tanto en los ciudadanos del país como en la comunidad internacional. El estatus de un país geopolíticamente no es el mismo cuando se habla de conflicto que cuando se habla de guerra civil; si la primera forma ya refiere a un clima de inestabilidad, la segunda implica que ese clima de inestabilidad está fuera de control y, por consiguiente, la imagen del país y de sus gobernantes se vería seriamente afectada.

Hoy nadie negaría ya que Colombia es un país en guerra, sin embargo, hasta hace muy poco esa palabra se escuchaba menos, tal como explica Elena Gómez, al introducir términos y expresiones como violencia, conflicto o proceso de paz no se menciona directamente el término guerra pero se hace referencia implícita a un contexto que alude a él.

“En estos casos se evita la palabra guerra mediante el uso de términos como violencia, intenso conflicto o incidentes armados, todos ellos más ambiguos que el primero. No obstante, cabe destacar que sí se hace referencia al proceso de paz, antónimo, este último, del término que se evita”. (E. Gómez, “Expresiones eufemísticas en los textos periodísticos: normas y prácticas”, Interlingüística, 14, pags. 473-480, 2004).

Entre 1999 y 2002 las negociaciones entre el gobierno y la guerrilla colombiana aportaron otras palabras para escribir guerra: proceso de paz, zona de distensión, el despeje [1]. Como antónimos de guerra estos términos no la desconocen pero sí son otras formas de escribirla para atenuar los efectos de su significado; sin embargo, es preciso aclarar que cuando en los medios se emplean las múltiples formas para escribir guerra hay una diferencia entre atenuar o encubrir, o mejor, hay un lenguaje de la atenuación versus un lenguaje del encubrimiento.

El lenguaje de la atenuación pretende disminuir el impacto negativo de un término o expresión que se consideran interdictos, el lenguaje del encubrimiento pretende ocultar el verdadero interés tras las palabras; la ambigüedad es una de sus características comunes y gracias a ella a menudo puede haber diferencias entre lo que se dice y lo que se comprende o interpreta a partir de lo dicho.

Atenuar y encubrir son comunes en el tratamiento informativo del conflicto en Colombia, por ejemplo, hay una necesidad de atenuar cuando se habla de proceso o negociación de paz y un interés por encubrir cuando se habla de zonas de rehabilitación y consolidación; tanto la necesidad de atenuar como el interés por encubrir parten del gobierno colombiano, pero el objetivo se cumple en virtud de la relación entre este último y los medios de comunicación, en otras palabras, gracias a que la ideología política encuentra en el mensaje periodístico su arma más efectiva: el lenguaje.

Durante el gobierno de Andrés Pastrana eran frecuentes en los medios todas las expresiones relativas a proceso de paz, antónimos de guerra que permitían soslayar una caótica situación de orden público sobre la que el mandatario colombiano había perdido el control y éste estaba en manos de la guerrilla; por supuesto, la imagen de Pastrana se arrastraba por los caminos de la zona de negociación, convertida en una república independiente de la guerrilla. Esta vergonzosa realidad que se hizo casi inocultable si podía, en cambio, atenuarse con el uso de aquellos términos que pudiesen disimular tanto la pobre actuación de la administración del estado como la repercusión de la situación sobre la opinión pública; es decir, no se ocultaba que había una situación de violencia e ingobernabilidad, sino que se minimizaba el fuerte azote de esta verdad escrita con palabras más dóciles, por decirlo de alguna manera.

Al término del gobierno de Andrés Pastrana, cuando el triunfo en las elecciones del 2002 llevó al poder a Álvaro Uribe, era indudable que Colombia sucumbía al terror implantado por la guerrilla; con el objetivo de frenar el violento embate del grupo armado ilegal y diezmar sus fuerzas el nuevo presidente adoptó las medidas necesarias para recuperar el orden público y así nacieron las zonas de rehabilitación y consolidación en las regiones más violentas del país. La esencia de estos espacios de rehabilitación y consolidación contemplaba la restricción de algunos derechos y garantías al amparo de la ley, este hecho no podía disimularse, era tan represivo que debía encubrirse, quizás eso que se encubría fue lo que llevó a la Corte Constitucional a limitar los alcances de aquella medida.

En los dos ejemplos que introduzco a continuación pueden verse esas formas del lenguaje de las que he hablado, la que permite atenuar y la que permite encubrir, las formas en las que se puede escribir guerra.

[…] Entonces la población ya se imagina al Ejército volviendo a las poblaciones y el lógico combate con la guerrilla que los espera, a partir del próximo 7 de febrero.

Aparte de la desconfianza entre las poblaciones directamente implicadas en el proceso de paz, es finalmente el país el que pierde con la congelación de los diálogos […]. (“La incertidumbre de los diálogos”, El Tiempo, enero 29 de 1999).

Al referirse a “las poblaciones directamente implicadas en el proceso de paz” se alude en realidad a los habitantes de las zonas más golpeadas por la guerra; pero el impacto negativo que puede suscitar este último significado se reduce con la forma empleada por el diario para redactar el mensaje, que no oculta la violencia del contexto que describe la noticia, sino que lo matiza de un tono pacificador.

En el mismo sentido que el párrafo anterior, manifestar que el país pierde con la congelación de los diálogos no encubre la incertidumbre, como indica el título, frente a la suspensión de las negociaciones entre gobierno y guerrilla y tampoco la certeza de un probable recrudecimiento del conflicto por la clara falta de acuerdo entre las partes; pero como lector desprevenido alguien podría preguntarse qué alienta más la angustia: ¿que le hablen de una pérdida para el país con el congelamiento de los diálogos, o de que la guerrilla atacará con más violencia ya que el gobierno no le ha dado lo que quiere y la guerra aumentará e incluso llegará hasta él, lector que lee desprevenido lejos de la guerra en alguna capital del país?.

El siguiente ejemplo, por el contrario, sí parece tener la intención de encubrir ya que el escenario que se describe se parece mucho a lo que en los regímenes dictatoriales se entiende como estado de sitio. Mando militar, reglamentación de la circulación y el lugar de residencia, entre otras tantas medidas adoptadas en las llamadas zonas de rehabilitación y consolidación, se traducen en la restricción de las garantías constitucionales que son violadas con el argumento de controlar el orden público, cuando en realidad es una forma de legitimar el control sobre la libertad ciudadana.

[…] Las medidas para las zonas de Rehabilitación y Consolidación, donde la Fuerza Pública estará bajo el mando de un militar -general o coronel-, la circulación de los habitantes y su lugar de residencia podrá ser reglamentado [...]

Las personas que entren o salgan de las zonas de Rehabilitación y Consolidación, o se movilicen en las mismas, tendrán que informar a las autoridades. De no hacerlo podrán acarrear detención hasta de 24 horas [...]. (“Media Colombia con zonas de rehabilitación”, El Tiempo, septiembre 15 de 2002)

Es claro que si el Estado dentro de su política de gobierno ha denominado unos lugares especiales como zonas de rehabilitación y consolidación la prensa los llamará por su nombre; pero cabría preguntarse si el nombre que estos lugares reciben está relacionado con la necesidad de ocultar bajo tal denominación la verdad de lo que allí sucede y, por otra parte, con esa convicción de que los medios construyen la realidad a través del lenguaje, por consiguiente, la forma de designar estos lugares mediante el uso del lenguaje creará en la opinión pública una realidad de rehabilitación y consolidación, más que de violación de derechos constitucionales.

La realidad, sea esta entendida como una forma de la verdad o como un inconsciente colectivo, es también una maqueta en manos de los medios de comunicación, y cuando se escribe sobre situaciones tan sensibles como la guerra colombiana es difícil establecer los criterios a los que debe responder esa “construcción de la realidad”, básicamente porque no es una sola, no puede serlo cuando no se trata de dos bandos enfrentados sino de un conflicto con muchos actores en medio del fuego, todos ellos ávidos de vender su verdad a través de la información para obtener legitimidad.

Cada una de esas verdades se convierten en atenuantes, encubridores, o lo que sería lo mismo, metáforas, eufemismos, sustitutos o implicaturas eufemísticas de algo que va más allá de lo que nos atrevemos a llamar por su nombre, o quizás si lo hacemos, necesitaremos aquella palabra de suave connotación que es como la cucharilla de azúcar que ansía uno después de pasar el trago amargo.

Como se ve en Colombia es posible definir muchas realidades con las diferentes formas de la palabra guerra: conflicto, distensión, despeje, rehabilitación, consolidación, negociación, proceso, diálogo, paz; atenuantes o encubridores a su vez de esas muchas realidades. Pero ya sea que se trate de atenuar o de encubrir, estas dos maneras de utilizar el lenguaje al final son lo mismo: palabras para escribir guerra.

 

Nota:

[1] Como zona de distensión o de despeje se conoció el lugar en el que se adelantaron los diálogos entre el gobierno del presidente Andrés Pastrana y la guerrilla de las FARC al suroccidente del país.

 

© Elina Londoño Alurralde 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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