El país de la canela: Historia y Ficción

Libardo Vargas Celemín

Profesor Asociado
Universidad del Tolima
Ibagué (Colombia)
lcelemin@ut.edu.co


 

   
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Resumen: El país de la canela del escritor colombiano William Ospina hace parte de las propuestas que configuran lo que ha dado en llamarse Nueva Novela Histórica de América Latina (NNHAL) y que parte de los estudios adelantados por Seymour Menton, algunas de cuyas características se evidencian plenamente en esta obra, como son la distorsión consciente de la historia, la ficcionalización de personajes históricos, la metaficción y la intertextualidad. A continuación se entra a examinar los aportes de Fernando Ainsa sobre la definición y teorización de la NNHAL a partir de las rupturas que se dan con la novela histórica tradicional y se reflexiona sobre la relectura y el cuestionamiento del discurso historiográfico y la abolición de la distancia épica. De igual manera se exploran las nuevas visiones a la luz de las reflexiones de Magdalena Perkowska para concluir que la propuesta de William Ospina se basa en poeticidad del lenguaje y en la reivindicación del pasado como posibilidad de la construcción del futuro.
Palabras clave: Pizarro, Oviedo, Ursúa, historia, ficción

Abstract: The novel “El país de la canela” Colombian writer William Ospina is part of the proposals that form the so-called New Historical Novel of Latin America (NNHAL) and that some of the studies developed by Seymon Menton, some of whose characteristics are fully evident in this work, such as the conscious distortion of history, historical figures ficcionalización the metaficción and intertextuality. Here comes to examining the contributions of Fernando Ainsa on the definition and conceptualization of NNHAL from breaks that occur with the traditional historical novel and reflects on the reading and questioning of the historical discourse and the abolition of distance epic. Similarly exploring new visions in the light of the reflections of Magdalena Perkowska to conclude that the proposal is based on William Ospina poetry and language in the claim of the past and the possibility of building the future.
Key-words: Pizarro, Oviedo, Ursúa, history, fiction

 

“La primera ciudad que recuerdo vino a mi por los mares en un barco. Era la descripción que nos hizo mi padre en su carta de la capital del imperio inca”, estas son las palabras iníciales del narrador de “El país de la canela”,(2008; 15), obra del escritor colombiano William Ospina, quien a propósito ganó este año el premio “Rómulo Gallegos”. Esta obra de trescientas sesenta y ocho páginas es un largo soliloquio de la voz mestiza de un narrador, ante la presencia casi fantasmal de un joven conquistador que escucha el relato de la aventura vivida por la trágica expedición de Gonzalo Pizarro en busca de los utópicos bosques de canela.

La obra hace parte de una trilogía, cuya primera novela lleva el nombre de “Ursúa” y la tercera, sin publicar aun, es la “La serpiente sin ojos” En estos textos se narra la vida y las aventuras de Pedro de Ursúa, un joven conquistador español que hace parte de las oleadas de seres que llegan a América tras la ilusión de la riqueza y se enfrentan a empresas demenciales empujados por sus temperamentos , que los llevan a realizar acciones desesperadas, pero a veces también sublimes para poder vivir en aquellos lugares inhóspitos donde la barbarie corroe los principios y se imponen las reglas de la supervivencia por encima de cualquier otra consideración.

Antes de entrar en el análisis de la novela y sus filiaciones con la Nueva Novela Histórica, se hace necesario reseñar que la discusión entre la relación historia y literatura no se aborda en forma directa por considerar que autores como Hyden White (1998), Fernando Ainsa (2003), Noe Jitrick (1995), Magdalena Perkoswska (2008) y muchos otros han aportado argumentos significativos que establecen los nexos y las características que le son comunes tanto a la novela como a la historia y cuyas diferencias básicamente están presentes en la intencionalidad (White) la representación /Jitrik) y la forma del texto (Ainsa).

Una hipótesis que se espera comprobar a lo largo del presente escrito es que “El país de la canela” se inscribe en la denominada por Seymour Menton (1993) La nueva Novela Histórica de América Latina (NNHAL), no sin antes advertir la complejidad de esta inscripción por cuanto sus desarrollos difieren a veces de los nuevos postulados. Sin embargo aquí existen rasgos predominantes de la concepción de Menton (1993; 32), quien afirma:

“Hay que reservar la categoría de la nueva novela histórica para aquellas novelas cuya acción se ubica total o por lo menos predominantemente en el pasado, es decir, un pasado no experimentado por el autor”.

Efectivamente todo lo narrado en la obra hace parte de un pasado remoto, explícitamente a la expedición realizada por Gonzalo Pizarro entre 1540 ( algunos cronistas hablan de 1539 y otros de 1541) y 1542, expedición que partió de Quito y en la cual se emplearon gran cantidad de recursos materiales, al igual que la presencia de 220 españoles y 4000 indios, la mayoría de los cuales murieron en esta aventura.

Dentro de las seis características que fija Mentón a la NNHAL figura “la distorsión consciente de la historia mediante omisiones, exageraciones y anacronismo” (1993;93) y en este trabajo William Ospina busca precisamente establecer un tenue equilibrio entre lo que plantean los cronistas y las necesidades argumentales para la configuración de su tejido narrativo, en otras palabras, la distorsión de algunos datos extraídos de los documentos hacen parte del tratamiento necesario para lograr la verosimilitud del relato. La misma invención del narrador protagonista se hace para soslayar la historia, por cuanto, según el autor en una nota del editor “el contador de historias no nos cuenta nunca su nombre, hay razones para pensar que se trata de Cristóbal de Aguilar y Medina” (2008; 365) sin embargo la ambigüedad y las conjeturas dejan en suspenso la veracidad del hecho.

En la Nueva Novela los personajes se dividen entre los que han sido reseñados por los cronistas e historiadores y los que corresponden a la invención del autor. En este sentido abundan los primeros, sin embargo aparecen rasgos de ficcionalización de los mismos, por cuanto los datos que corresponden a sus comportamientos y actitudes son esbozados genéricamente en estos documentos y el novelista aprovecha estas fuentes para enriquecer su visión y convertirlos en seres menos acartonados y diseñados desde una perspectiva mucho más humana.

“ Gonzalo Pizarro era el tercero de una familia de grandes ambiciosos. Buitres y halcones a la vez, sus hermanos Francisco, Hernando y Juan, con una avanzada de hombres tan rudos como ellos, se habían bastado para destruir un imperio” (2008; 89)”

y agrega más adelante: “Todos en su familia tenían propensión a la cólera y esa pasión violenta fue capaz de los hechos más espantosos” (2008;129). Fuera de la calificación que se hace de su prosapia, este perfil deja intuir un ser que es capaz de cometer las mayores atrocidades, nos prepara para que más adelante asistamos a su comprobación: “Pizarro no empezó a matar los perros para alimentar a los indios sino que empezó a matar a los indios para alimentar a los perros “(2008; 131) y esta barbarie completa el cuadro sicológico del conquistador.

Por el “El país de la canela” desfilan una serie de personajes históricos vistos con todas sus mezquindades y grandezas, sin que el narrador pretenda entronizarlos como modelos de comportamiento, excepto tal vez a su supuesto tutor Gonzalo Fernández de Oviedo, de quien continuamente está haciendo alusión:

“ y desde los once años fui recibido como aprendiz en la fortaleza de la isla, donde por recomendación de mi padre orientó mis estudios el hombre más importante que había en la Española” (2008; 22).

La relación que se establece entre el narrador y el cronista Fernández de Oviedo está explicada con mayores detalles en la primera novela de la trilogía: Ursúa y tiene que ver con la misma condición de impureza de la sangre de ambos. Aquí persiste ese entusiasmo y admiración por el docto cronista de quien no se cansa de elogiar: “Oviedo era una criatura mitológica, pareciera tener centenares de ojos y oídos, lo sabía todo primero, y siempre mejor que nadie” (2008; 284), y agrega a manera de explicación lapidaria sobre el prodigio de la memoria de ese admirado tutor: “recibió en su primera edad toda la memoria del Viejo Mundo y en sus años maduros toda la extrañeza del nuevo mundo” (2008; 290).

El postulado de la ficcionalización de personajes históricos que plantea Menton (2008; 43) se cumple parcialmente. Es necesario precisar que William Ospina no opta por asumir su relato desde la omnipresencia de un personaje de primera línea como Francisco Pizarro. Desde su primera novela ha seleccionado un conquistador que pudiéramos decir conserva un bajo perfil, pero es a través del seguimiento de su periplo por Colombia, Panamá y el Perú que se logra transparentar una visión dantesca de la conquista, donde los protagonistas aparecen mediados por la palabra del narrador que, en muchas ocasiones expresa su valoración subjetiva de acontecimientos y actitudes.

El narrador en “El país de la canela” es quizá el mecanismo más complejo en el análisis de la obra de William Ospina. Si se acepta el concepto de metaficción como la concibe David Lodge: “ ficción que habla de la ficción : novelas y cuentos que llaman la atención de que son inventados y sobre sus propios procedimientos de composición” (2002; 325), se tiene que aceptar que este procedimiento no está explícito en la obra que se comenta y que las acotaciones que se hacen tienen como referencia el desarrollo del soliloquio.

La mayoría de los treinta y tres capítulos están salpicados del tipo de comentarios: como los que siguen: “pero más que los hechos, quiero contarte lo que esos hechos produjeron en mí” (2008; 18), son intervenciones del narrador para recordarle al lector que está frente a un narratario conocido: “más tarde, si hay tiempo, le hablaré de Gonzalo Fernández” (23) o esta especie de reclamo: “ ¡ Te distraes?¡Me escuchas todavía?. Yo sé que no eres hombre de libros, pero no puedo dejar de exaltar a mi maestro? (2008; 293).

Las reflexiones que hace el narrador hablan de la tarea de contarle a Ursúa la historia de su aventura tras la canela, pero de alguna manera estos comentarios tienen que ver con el discurso narrativo, con el relato mismo: “Así llegamos a este día y a esta hora. No deja de asombrarme que una historia tan larga como la que acabo de contarte termine precisamente donde todo comienza” (2008; 357) y entra a esclarecer los motivos. “Al menos con este relato pude darte advertencias, cautela que precisa todo el que corra el riesgo de internarse en la selva “ (2008; 358) y se vuelve trágico y taumaturgo: “Avanza si lo quieres, Ursúa, hacia la perdición , hacia el pánico” (2008; 359) para finalmente aceptar la invitación a embarcarse en esa desquiciada aventura que él ha tratado de evitar:

“ya temo que no seré capaz de dejarte correr solo ese riesgo y entonces iré contigo, Pedro de Ursúa , aunque sé lo que nos espera y me volveré tu sombra , aunque sea la último que nos dejen hacer en el mundo” (2008; 360)

William Ospina recurre a un recurso que no deja de tener sus riesgos, precisamente en un intento de explicar lo que el narrador ha contado, esta forma es similar a los avisos que aparecen en algunas películas, documentales o telenovelas para prevenir al lector - espectador sobre la ficcionalidad de la historia contada y su posible coincidencia con la realidad. En la “Nota del editor” ubicada a manera de epílogo se nos dice:

“El narrador quiere hacernos creer que lo que está escribiendo lo narró en un solo día a Pedro de Ursúa en las marismas de Panamá, pero un relato tan copioso tuvo que tomarle más tiempo” (2008;366)

y con ello se puede afirmar que hay rasgos metaficcionales, porque según Domingo Ródenas de Moya (2005; 48)

“la metaficción rompe la ilusión de verdad creada por el relato, recordando al lector que el universo en el que se hallaba absorto es sólo una sutil urdimbre lingüística, producto de las decisiones técnicas y la enunciación artificiosa de un escritor”.

El tipo de metaficción que encontramos en “El país de la canela ” obedece básicamente a la situación que se presenta con el narrador cuyas características corresponden a un narrador autodiegético, por cuanto las acciones que se desarrollan lo afectan directamente. Pero hay una variación que parece sustancial y es la alusión constante a un narratario que interviene o actúa elípticamente.

Veamos este ejemplo donde el narrador afirma: “Y ahora mírame a la orilla de la selva, mírame conversando en una playa indiana con alguien empeñado en que lo acompañe por segunda vez al infierno” (2008; 332). La omisión de las respuestas de Ursúa permite la configuración de un soliloquio entendido según Demetrio Estébanez Calderón ( 2000; 329) como la transcripción directa:

“de contenidos de conciencia analizados de manera lógica por un personaje, en forma de autoanálisis o de confesión, lo que implica cierta relación dialógica consigo mismo o con un supuesto receptor”,

en este caso no se trata de que el interlocutor guarde silencio, sino que el narrador omite sus palabras para configurar el mecanismo retórico.

El soliloquio como la reflexión que hace el narrador, en este caso de las implicaciones de volver a emprender la aventura en busca de la canela, bien puede asimilarse a la organización que hace del relato, es decir, que la materia del análisis no es exactamente la forma de la escritura del relato, sino su contenido, las aventuras y peripecias de un hecho previo en que estuvo presente el narrador y sus esfuerzos por disuadir al conquistador Ursúa de emprender un nuevo viaje.

De aceptarse este argumento se puede afirmar que existe en la novela un tipo de metaficción muy particular y que no es exactamente la planteada por Menton, porque aquí se habla es de los acontecimientos y no del proceso de creación, pero igualmente se da cuenta de la configuración de la historia.

Otra de las características planteadas por Menton que corresponden a la Nueva Novela Histórica en América Latina tiene que ver con la intertextualidad, un concepto que se viene elaborando desde Bajtin, Julia Kristeva y Gerard Genette: Para el presente trabajo se asume la definición de este último consignada en Palimpsesto como “una una relación de copresencia entre dos o más textos, es decir, eidética y frecuentemente, como la presencia efectiva de un texto en otro” (1989; 10).

Son innumerables las menciones directas o indirectas que se dan sobre distintas crónicas, libros de historia, de viajes, poemarios, biografías etc., que se van entretejiendo de tal forma que se logra una verdadera polifonía (en palabras de Bajtín), porque se trata de recrear un hecho en particular de la conquista, pero también de evocar muchas otras empresas que constituyen marco de referencia de la historia panorámica de este periodo de tiempo.

Ya en una nota al final de la novela de Ursúa, William Ospina señalaba algunas obras que le fueron imprescindibles en la construcción de su novela y da un listado de cronistas e historiadores, donde destaca los poemas de Juan de Castellanos, amigo personal de Ursúa y el dialogo que sostuvo con distintos personas. El resultado de este trabajo de documentación y consulta de alguna manera se ha traspuesto a los párrafos de sus obras y se requiere de una gran enciclopedia personal para precisar el origen de la información o la localización del autor. En ese camino de intertextualidad el mito se vuelve parte de la novela:

“”Aparecieron un día en las planicies amarillas que rodean el Titicaca, el más alto de todos los mares. Se llamaban Manco Capac y Mama Ocllo Huaco; traían una cuña brillante de una vara de largo y dos dedos de ancho” (2008;39),

los trozos de crónica se incrustan en el cuerpo de la narración: “Balboa se alía con Ojeda y Enciso para ayudar a este último y se apoderan de las tierras del Darién” (2008;53), la historia cede sus versiones: “ Así tocamos tierra en Victoria, el barco grande que hicimos en la tierra de Aparia, y éramos veintinueve hombres pálidos y carcomidos por las plagas” (2008; 274). Se puede afirmar entonces que la intertextualidad es el mecanismo privilegiado de la prosa narrativa de Ospina.

El balance que se establece al realizar el cruce de los postulados de Menton con las manifestaciones presentes en la novela nos lleva a corroborar nuestra hipótesis inicial en el sentido de ubicar “El país de la canela” como parte de la corriente que se ha dado en llamar Nueva Novela Histórica de América Latina con algunas particularidades, especialmente en lo concerniente a lo metaficcional y a la ficcionalización de personajes históricos.

El concepto de NNHAL (Nueva Novela Histíorca en América Latina) ha recibido otros aportes en su configuración teórica, no solo por las nuevas propuestas que se presentan, sino también por lo que Fernando Ainsa (2003; 9) llama “ la ampliación de la historiografía a otros campos de la historia social y de la vida privada” y es precisamente este estudioso quien propone nuevas caracterizaciones del género en estudio y que resultan enriquecedoras en la medida que precisan aun más lo estudiado por Menton.

Una diferenciación interesante entre la novela histórica clásica y la NNHAL, según Ainsa (2003, 11) radica en que la primera “aspiraba a contribuir a fundar los mitos, arquetipo y creencias y valores en que se creyó reconocer la identidad nacional” esta tesis corresponde a las primeras novelas que surgen desde el romanticismo y tienen en Walter Scott su modelo, pero la NNHAL busca, a través de un proceso de relectura y reescritura conscientes de la historia oficial desacralizar los mitos “a través de procedimientos como la parodia, la ironía, el deliberado pastiche, la utilización de la hipérbole y lo grotesco”.

Es necesario aceptar la advertencia de Ainsa (2003;83) en el sentido de la no existencia de un modelo único de la NNHAL, por cuanto se asiste a la ruptura de ese ideal que se ha intentado lograr en los distintos momentos de la historia literaria:

“las pretensiones de una novela forjadora y legitimadora de nacionalidades ( modelo romántico), crónica fiel de la historia (modelo realista), formulación estética (modelo modernista) o experimental (modelo vanguardista) han cedido a una polifonía de estilos y modalidades narrativas que pueden coexistir, incluso en forma contradictoria en el seno de una misma obra” (2003; 83).

La relectura y cuestionamiento del discurso historiográfico que habla Ainsa (2008; 84) tiene en “El país de la canela” un claro ejemplo. Una de las búsquedas de William Ospina en sus trabajos anteriores, principalmente en sus ensayos, tiene que ver con el énfasis en la condición de mestizaje, la diversidad y las potencialidades de sus recursos y la necesidad de lograr el protagonismo histórico que le corresponde. En la última página de América Mestiza (2004: 241) afirma:

¿Qué otra cosa podemos pedirle al futuro, sino que nos haga dignos de la antigua y misteriosa condición humana, dignos del planeta que compartimos todos, dignos de su belleza y de sus dones?

La referencia directa al comportamiento de los conquistadores es una de las formas de recusar la historia y Ospina hace uso de ello en repetidas ocasiones. Francisco Pizarro es, según el narrador, “el más brutal y el más ambicioso: yo siento que en él convivían el toro y el cerdo. El romano y el vándalo” (90). También está la denuncia abierta de las arbitrariedades cometidas por los conquistadores: “ Y el mundo de los incas vivió con espanto la profanación de su rey. Para los invasores era la muerte de un rey bárbaro, pero para los incas era el sacrificio de un dios “ (18).

La narración en primera persona hace parte de uno de los recursos para lograr la abolición de la distancia épica. Según lo afirma Ainsa (2003;86) este mecanismo logra mayor verosimilitud por cuanto quien nos habla (un narrador autodiegético) tiene una gran fuerza y el lector lo percibe más cercano. No se logra el mismo efecto si la historia fuera contada por un narrador extradiegético, si bien hay cierta objetividad, el resultado resulta ser una barrera entre los hechos y su enunciación.

La intención de revisitar la historia la realiza Ospina a través de la potenciación de la poeticidad del lenguaje como elemento estructurador de una propuesta, sin caer en el lirismo simplista y más bien acudiendo a la retórica para lograr cierta sentido elusivo ante lo descarnado de las situaciones que se presentan. Veamos el siguiente ejemplo donde la intervención del narrador modeliza la impresionante descripción con la sutileza de algunas palabras que amainan el impacto realista:

“una cuchillada súbita en un rostro, dedos saltando al paso de la espada de acero, un cuerpo que se encoge al empuje de la daga en el vientre, sangre que flota un instante cuando la cabeza va cayendo en el polvo” (17).

La bestialidad e irracionalidad de los conquistadores no aparece con toda su carga de realismo y denuncia, sino que intenta trastocarse con una información recubierta metafóricamente:

“Mi padre escribió aquella carta para hablar de riquezas: no dejo de contar cómo cabalgaron por los trescientos templos los jinetes enfundados en sus corazas, cómo arrojaron por tierra los de los reyes y espolvorearon sus huesos por la montaña y sometieron a pillaje las fortalezas” (2008; 17)

La selva, pese a su condición infernal para el conquistador, se vuelve inocente para el narrador y su crudeza experimenta una transformación, sólo en el lenguaje:

“la acechanza del jaguar, los dientes voraces en los remansos, las serpientes que abren sus jetas y esperan que vengan hasta ellas, por el túnel del aliento, el roedor hechizado; y sobre todo inocentes los árboles que no van en busca de nada, que sólo vuelan libres cuando son apenas promesa, puntos negros suspendidos en una gasa liviana y abatidos de golpe por la lluvia” (2008; 141)

El mito y la leyenda se instalan también con el lenguaje sugerente de la poesía que recrea y dignifica la metáfora de los orígenes y es la voz de la nodriza - madre del narrador la que cuenta

“como el mar inmenso está guardado en una caracola, como el cielo lleno de ramas es a veces la casa de los animales, y como los trazos luminosos en la playa son las huellas que va dejando la noche al caminar” (2008; 85)

Pero también la civilización más allá de la inhóspita selva, en el continente europeo, recibe su dosis poético con las expresiones del narrador cuando habla de:

“los laberintos suntuosos del Vaticano, donde asechan al tiempo ángeles y venenos, oraciones que abren el cielo y repetidos puñales que apagan el mundo” (2008; 310).

Y ese mismo narrador, exhausto en su intento de persuadir a Ursúa para que no emprenda la marcha hacia las montañas de la utopía, sólo atina a increpar a su interlocutor silencioso con unas frases agresivas que se suavizan luego con el poder de una enumeración metafórica:

“Tu ambición es más grande que la de Orellana; acaso más grande que la de Gonzalo Pizarro. Tal vez si solo quisieras conocer, vivir el asombro de las lianas y de los pantanos, de los árboles gigantes que llena el mundo, de esa humedad penetrante, de los rugidos y los venenos, con alas de murcie

lago, de esas mañanas que ciega la niebla, de esos reinos inexplorados de hogares y tambores” (2008; 359)

La propuesta estética de Ospina se basa entonces en la poeticidad de su prosa, pero también en la reivindicación política del ejercicio escritural sobre el pasado de los pueblos latinoamericanos. Para Magdalena Perkowska (2008; 104) a la época de las dictaduras que se dieron a mediados del siglo XX en América Latina le sigue un periodo de la restitución de estas democracias y ella llama la “redemocratización” y la NNHAL se inscribe en:

“ este intento por de rescatar y conservar el espíritu utópico o, por lo menos, de “imaginar otros tiempos” sigue la principal pauta elaborada por el modernismo de resistencia - una relación vital con la historia - , pero respondiendo a tiempos nuevos”

En ese sentido se puede hablar, como ya se dijo antes, que toda la obra de William Ospina está direccionada hacia la reivindicación del pasado, como punto de partida para la reconstrucción del presente. En otras palabras, se trata de deslegitimar este presente y lograr la construcción de un proyecto a partir del reconocimiento del pasado. En palabras de Perkowska (2008; 105) esta nueva función

“Consistiría en explorar las discontinuidades e intersecciones obliteradas por el proyecto de la modernidad, recorrer las brechas sociales y recuperar la diversidad del pasado para buscar las raíces de las heterogeneidades y racionalidades diferenciadoras del presente”

En palabras del narrador de “El país de la canela” “Todo presente es el desenlace de millares de historias y es el comienzo también de millares.(2008; 357), lo que significa que el rescate del pasado es tarea fundamental para encontrar la posibilidad de derivar hacia un futuro construido de memoria y narración.

Finalmente se puede afirmar que la novela “El país de la canela”, hace parte de esas obras que iluminan: “una nueva flexión latinoamericana de la relación entre la historia y el discurso de la postmodernidad” ( Perkowska 2003;106), sin querer decir con ello que sus procedimientos estén encarnados en técnicas postmodernas. Se trata de la intencionalidad y del espíritu todavía moderno de quien considera que es necesario reivindicar el pasado a través del poder de los relatos y la fuerza del lenguaje, porque en definitiva el sueño de un país con bosques de canela es esa misma utopía de alcanzar la paz, quimera que seguimos construyendo desde las raíces mismas de la guerra.

 

BIBLIOGRAFIA

Ainsa, Fernando (2003). Reescribir el pasado. Editorial Cerlag. Mérida Venezuela. Págs. 190.

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Jitrik, Noel (1995). Historia de la imaginación literaria. Las posibilidades de un género. Editorial Biblos. Buenos Aires.

Lodge, David (2002) El arte de la ficción. Editorial Península. Barcelona. Págs. 364.

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——(2005) Ursúa. Bogotá. Alfaguara.Págs. 478.

——(2008) El país de la canela. La otra orilla. Editorial Norma. Bogotá. Págs. 368.

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Perkowska, Magdalena (2008). Historias híbridas. La nuerva novela histórica latinoamericana (1985 - 2000 ante la teorías postmodernas de la historia. Iberoamericana Vervuerte.

White, Hyden (1992). El contenido de la forma. Barcelona. Paidós

——(2003). El texto histórico como artefacto literario. Ediciones Paidós. Barcelona. Págs. 252.

 

© Libardo Vargas Celemín 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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