Pobreza, educación y situación heredada

Sylvia Contreras Salinas

Departamento de teoría e historia de la Educación
Facultad de Educación
Universidad Complutense
nemesis.syl@gmail.com


 

   
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Resumen: Este ensayo se propone expresar la vivencia de un instante, recogiendo la experiencia como lectora del libro: El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Una lectura que se realiza desde la posibilidad de ir más allá de las asfixiantes expectativas que generalmente existen en relación con los clásicos. Libertad que creo se ha ido perdiendo en la lectura de éstos textos, pues como borregos/as estamos obligados/as a interpretar y descubrir lo que otros/as han determinado. Se invita pues a conocer la singular relación que se construyó en un momento determinado con el texto.
Palabras clave: Oscar Wilde, herencia, pobreza, educación, ocio.

 

“Para él, el hombre era un ser con millares de vidas y millares de sensaciones, una criatura compleja y multiforme que llevaba en sí extraños legados de pensamiento y pasión….” (Wilde 1999: 108)

 

En primer lugar, quisiera advertir que estas reflexiones poseen la gravedad que refleja a “la humanidad que se toma demasiado en serio... el pecado original del mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la historia sería otra”. (Oscar Wilde:1999: 42), sutileza que se da el gusto de acompañarnos a lo largo de toda esta reflexión...

 

El espejismo de transformar el escenario heredado

“Todos tenemos en nosotros un cielo y un infierno.”
(Wilde 1999:147)

La lectura de un relato escrito desde la situación de fortuna, de “clases ociosas”, se adscribe a la situación heredada como ajena y extraña. Innegablemente la interpretación de esta situación, se hará desde las contradicciones y ausencias, desde la situación más familiar en que se habita.

Los comienzos, los nacimientos no se construyen desde una tabula rasa. La herencia empaña los nuevos momentos, pues se está frente a nacimientos parciales, ya que, ¿quién puede escapar de una cultura?, sea esta la cultura de la belleza, de la exterminación, de la pobreza o del placer. Tanto unas como otras impregnan tintes indisolubles a los nuevos acontecimientos o nacimientos.

Así, una mirada de pobreza acompañará las interpretaciones que surgen de la experiencia de la lectura “El retrato de Dorian Gray”. Mirada que asume que el ser humano se incline con resignación a una vida que puede variar en acontecimientos y vivencias, pero no en la lectura que se haga de ella; eso sí, siempre acompañada por la persistencia de la quimera de poder cambiar sustancialmente esta manera de interpretar el mundo y la vida en él.

En este sentido, se especula que la vida es una sola experiencia; en este caso, la experiencia de la pobreza. Como lo definiera Wilde “en la vida podemos tener, a lo sumo, una sola gran experiencia, y el secreto de la vida consiste en reproducir esta experiencia tan a menudo como sea posible.” (1999:186). ¿Pero, quién desea reproducir la experiencia de la pobreza, la presencia de un vivir en la pobreza, la persistencia de ausencias o de carencias?

El mundo estaba ya conformado antes que cada uno de los seres humanos fabricara qué hacer o cómo ordenar esa vida. Tal vez, los pobre jamás sean capaces de ser completamente ellos/as mismos/as (¿y qué es ser nosotros/as mismos/as?). No se está capacitado/a para evitar el mundo, evitar las ausencias, las pobrezas. Se habita en el presente la situación de la pobreza y no hay más, así como otros/as habitan sencillamente en la situación de poder, ocio o de riqueza.

Ni siquiera la acción pedagógica como práctica -que busca adiestrar en ciertas formas de ser y en ciertos modos de interpretación-, ayuda a encontrar la paz, por el contrario nubla la ilusión de transformación. En este sentido, conviene que a la acción pedagógica en su sentido ontológico le corresponda crear nuevas formas de ser que traten de compensar, por ejemplo, la huella de la pobreza. Pues la pobreza, como otras condiciones, acompaña la herencia de una sombra en la mirada, de límites a las vivencias y a las experiencias, en otras palabras, un padecer pasivo por los asideros de su aroma, acompañando sus miedos, sus desconocimientos, sus memorias de fuga.

Hoy enfocamos por opción estas reflexiones desde la pobreza, al igual que Wilde sitúa sus personajes en una trama de placer, de belleza, de juventud, de ocio o de riqueza.

Los personajes de Wilde, por estar vivos, tienen la posibilidad de finitud, pues han tenido existencia, posibilidades de trayectos, de presencias y ausencias, de la ociosidad de construir narraciones que describan sus trayectos. Las y los pobres por otra parte, recorren un laberinto equívoco con la amargura de una continuidad en la infinitud sin movimientos, no tienen la opción de un “morir”, de temer la finitud, pues su situación se da de una vez y para siempre, en oposición a lo que muy bien describe Wilde:

“se apodera de nosotros, una terrible sensación de la necesidad de continuar el esfuerzo en el mismo círculo tedioso de costumbres estereotipadas, o un frenético anhelar, acaso, de que nuestros párpados se abran alguna mañana sobre un mundo forjado de nuevo en las tinieblas para deleite nuestro, un mundo en que las cosas tuviesen formas y colores nuevos, y fuese distinto, y guardara otros secretos; un mundo en que el pasado apenas encontrase sitio, o por lo menos, no sobreviviera en forma alguna consciente de gratitud o de remordimiento, pues hasta la remembranza de la alegría tiene su amargura, y los recuerdos del placer su pena…. La creación de semejantes mundos: tal le parecía a Dorian Gray el verdadero, o uno de los verdaderos, fines de la vida “ (Wilde 1999: 125)

Sin embargo, el pasado y las tradiciones encuentran el sitio, (al parecer nunca lo han perdido) que limita la posibilidad del asombro y las formas de relación. La pobreza las desnuda, porque quizás no exista un “antes” en la vida como pobre, ni una posterioridad a la muerte en la pobreza. A lo sumo permite navegar por los márgenes del saber de la pobreza, donde ni siquiera se sospecha su escandalizada verdad, pues no hay cabida a los rituales en ella, ya no hace falta vincularse con la muerte, “existe en ella”, por cuanto es un vacío sin humanidad, es anónima. Los nacimientos o los comienzos -el deseo de ver la vida que la pobreza no los deja ver- lo descubren con los ojos dormidos, para no ver la concluyente fuerza de la miseria. La “posibilidad” no tiene existencia en ella. La pobreza lesiona la condición humana con sus reiterados abandonos.

Independiente de la forma de interpretar y estar en el mundo, de todas ellas se desgranan principios, finalidades que inquieren ser otros/as. Otros/as que vivan en plenitud la condición humana que encierra el anhelo de una tierra extraña. Pues “nuestra vida depende de una porción de pequeñas cosas a las que, aparentemente, no concedemos importancia. (Wilde 1999: 204).

Por tanto, las vidas están llenas de historias nuevas y añejas, de recuerdos que no nombran un ser, sólo límites borrosos. Las narraciones transitan en el presente con la presencia del pasado que invita al futuro, con la alucinación de reconocerse y de estar construyendo la aventura de vivir, de estar llevando a cabo sus posibilidades, su singularidad. Cuan pesada resulta esta carga, el estar convocado por el discurso de una cultura a “ser singular”, a estar al margen del discurso oficial. Se vive en el contante caos, de estar infatigablemente bajo “lo extraño” o lo indomable, de transitar de la periferia al centro. Así, todos los días reconocen en sí mismo/as las imprecisiones de esas demandas, un día se tiene un norte claro al estar apartados de las peticiones de la cultura hegemónica y al otro se proclaman y defienden sus principios.

El personaje de Dorian Gray vive la vida desde el ansia de extraer de ella su esencia, como también lo hacen seres reales del mundo habitado, que tienen en un momento dado el deseo de convertir el presente en una situación plena, en que los anhelos desaparezcan y se abandonen las inquietudes. Permanecer, en signos o ritos, en un cuadro, una fotografía, en un objeto, en la alegría de una caricia o en la tristeza de la carencia...

Pero, todos/as coinciden en verse obligados/as a “buscar” o “inventar” su ser. Un inventar que se hace eterno, pues cada día cambia el alguien por algo, el afán de construir castillos de arena es un eterno sueño de toda la vida, no sólo de la juventud. Es un arar en el mar, donde la propuesta de olvidar ya se ha hecho realidad, porque se han ido olvidando todos los sentidos que se van inventado a lo largo de la vida, al relegarse por estar siempre presente el deseo de ser otro/a y aunque no se tenga inicialmente tal deseo, la vida impulsa, empuja como una extemporánea brisa de cambio de la cotidianidad de la pobreza.

Los pobres se nos presentan como “instalándose”,en sus proyectos, en sus deseos, en sus relaciones y en el optimismo que les persigue sólo como una forma de disfrazar condiciones más favorables de estar en el mundo, “La razón de que todos seamos tan amigos de pensar bien de los demás, es que todos tememos por nosotros mismos. La base del optimismo es simplemente el miedo. Creemos ser generosos porque adornamos al prójimo con todas aquellas virtudes que pueden beneficiarnos.” (Wilde 1999:73)

En este marco, Nietzsche plantea la existencia de dos clases de seres humanos; los/as señores/as y los/as esclavos/as, quienes le dan distinto sentido a este optimismo, que frecuentemente se denomina, moral. Al parece, el optimismo del/a dominador/a se funda en la fe en sí mismo/a y en el orgullo propio, por el contrario el/a pobre decreta como buenas las cualidades de los débiles: la resignación, el esfuerzo, la compasión. Es decir, los/as pobres crean unos principios que hacen más llevadera su condición humana, así como los/as dominadores/as valoran los beneficios de dichas cualidades.

Del mismo modo se presenta como recurso -tentador y esperanzador- la idea que “el ser bueno es estar en armonía consigo mismo…ser malo es verse obligado a estar en armonía con los demás”. (Wilde 1999: 76). La rotunda fuerza de estas palabras, deja en descubierto la agonía de llevar a cabo esos preceptos, pues la vida humana se vive y se da casi sin apoyos, y los que se poseen están en relación con los “demás” ausentes o presentes, en la historia, en la herencia y en las tradiciones. El prescindir de ellos quitaría “el soporte”, que es también puntal, aunque frágil, provisorio y ambiguo. Sin embargo, surge la ilusión de que alguno de ellos se borrará, el poste de la pobreza, al gusto de muchos/as no es tal, aunque se interprete como tal y actúe como tal para tantos seres humanos, pues en ella no se descubre la posibilidad de construir un mundo que en cada momento se pueda transformar, ni se establece la posibilidad de “luchar por sus victorias”

Sin embargo, mayor resulta el desasosiego que inunda el descubrimiento de ser “limitados”. Se inventa y se fantasea con natalidades, principios, seres protectores, guías. Pero la realidad es que la forma de vivir la vida, cada día se hace menos percibida, menos singular y menos interesante, pues los sentidos son tratados como una serie de hechos “naturales” en los cuales no se tiene incidencia, especialmente cuando se hace explicito el peso de la cultura o de la pobreza, ésta se hace más imponente e inamovible todavía. Wilde va más lejos, declarando:

“no hay más que dos caminos que lleven al hombre a ella (vida). Uno, la cultura; otra, el vicio. La gente que vive en el campo no encuentra nunca ocasión de seguir ninguno de ellos, y tiene forzosamente que estancarse”. (1999: 197).

Los seres humanos que viven o han vivido en la pobreza se “estancan”, la vida se hace intransitable en un espacio y tiempo que se detiene. No se concibe la noción de que el presente y el mañana sean imprevisibles, no se da la incertidumbre. Nacen pobres, vive pobremente y mueren pobres ¿Dónde está entonces el asombro y lo incierto?

Los seres humanos pobres o no; no cuentan en su transitar o en su estancamiento con un retrato que represente “el más mágico de los espejos. Lo mismo que antes le había revelado su cuerpo, ahora le revelaría su alma”. (Wilde 1999:102). No existe tal retrato que muestre las huellas de las vivencias, del padecer de los acontecimientos. Por el contrario, en su intimidad los seres humanos deben asumir la ardua tarea -que en la mayoría de las ocasiones se desprecia- de descubrir los rastros que dejan y han dejado las experiencias. El poseer un retrato incitaría a fantasear con la idea de detener y anular la “transitoriedad” del vivir. El retrato o el objeto elegido para este fin, daría la ingenua sensación de “dominar la realidad”.

Realidad que se presenta atiborrada de dificultades, por la necesidad de conciliar los nuevos trayectos que se van construyendo en la diaria experiencia, con la noción que cada uno de ellos no es jamás nuevo del todo, pues el ser humano no se puede desembarazar del mundo. Tal vez, el problema resida en “creer” que no se domina la realidad, pero si se tiene el sueño de transformar la situación heredada, aquel de que las situaciones no son definitivas: el deseo tácito o explicito de mantener una situación, se borraría, especialmente de aquellas situaciones míseras, las que no están exentas de deseos de otras situaciones.

Wilde define la juventud como la estancia “más maravillosa… la única cosa que vale la pena de ser deseada…”. (1999: 24). Sin embargo, sólo se desea aquello que no se posee, si se estuviera habitando sólo en ella, su estancia se haría fastidiosa, como lo es el habitar en la pobreza. Se debe tener la posibilidad de transitar y tal vez, sólo por un minuto “tener el mundo en las manos”. Aunque nuestras manos no puedan sostenerle demasiado en ninguna de las temporadas en que se habita en él.

Desde nuestra mirada no se logra dilucidar “el estar en el mundo” de los seres humanos que viven en la pobreza. ¿Existe una vida que se debe descubrir?. En el diario esfuerzo y disputa por el alimento ¿habrá espacio para las revelaciones? ¿Existirán revelaciones en la pobreza?. O tan sólo existirán mecanismos para desembarazarse de ella cuando el laberinto se haya resuelto. Escapar de ella no es imaginable, sino más bien una carga que lleva a transitar nuevos caminos. Pues hacer una obra de arte de la vida del pobre, es cuando menos paradójico, porque ellos/as no cuentan con los pinceles, los versos o las metáforas, sólo tienen el impulso de subsistir.

¿Cómo puede recoger este “no transitar” el acto pedagógico? ¿Cómo se despoja al poderoso de su egoísmo y al pobre de su mansedumbre?

 

Transmitir nuestra naturaleza

Wilde, expresa que “la mayoría de las personas esperan que la vida vaya descubriéndoles por sí mismas sus secretos; pero a los menos, a los elegidos, los misterios de la vida les son revelados antes de que el velo sea descorrido. A veces, por efecto del arte, y principalmente del arte de la literatura, que está en relación más inmediata con las pasiones y el entendimiento. Pero, de vez en cuando, alguna personalidad compleja hacía las veces y asumía el oficio del arte, siendo realmente, a su modo, una verdadera obra de arte, porque la vida tenía también sus obras maestras, lo mismo que la poesía, la escultura o la pintura. (1999:p 57). ¿Podría ser está una señal del acto pedagógico que se busca?

Ahora bien, el vivir es “siempre poner en duda”, es cuestionar las situaciones con sus componentes: herencia, tradiciones, moral, en definitiva el legado. Así se pueden dar distintos matices a la acción de “guiar”, que vaya desde la más cándida a la más maliciosa. Wilde, presenta una acción que podría definirse como perversa y a la vez incauta, pero igualmente temible:

“algo terriblemente apasionante es el ejercicio de la influencia. Ninguna actividad podía comparársele. Proyectar nuestra alma en una forma atractiva, dejándola reposar en ella por un instante; oír uno de sus ideas devueltas en eco, con toda la música añadida de la pasión y la juventud; transmitir nuestra naturaleza a otra como si fuera un fluido sutil o un extraño perfume (Wilde 1999: 37)

Resulta claro que la construcción de la idea de la realidad es la condición ontológica de la pedagogía. En ella se fundan las buenas intenciones de “desenmascarar” las realidades para los/as nuevos/as. Sin embargo, si se parte de la idea en que se niega la existencia de la realidad y el esfuerzo por conocerla y por el contrario se afirma que sólo existen las ideas propias, en una producción social del significado y del conocimiento ¿Qué desenmascararía o se interpretaría?, es más ¿de qué razonamientos haría uso la pedagogía?

La respuesta: de la propia naturaleza, de la herencia -de poder o de miseria, en la que fuese situado/a-.

“Porque influenciar a una persona es prestarle nuestra propia alma. No piensa ya sus pensamientos naturales, ni arde con sus propias pasiones. Sus virtudes dejan de ser suyas. Sus pecados, si es que hay pecados, son de segunda mano. Se convierte en el eco de una música ajena, en el actor de un papel que no había sido escrito para él”. (Wilde 1999: 19).

Esta forma perversa de definir el acto pedagógico se contradice con las ilusiones que tienen los seres humanos, especialmente los que ostentan el papel de “pedagogos” de llevar a cabo una acción educativa distinta, que tenga como finalidad, facilitar el desenvolvimiento de la personalidad, es decir, que los seres humanos realicen su propia naturaleza. ¿Pero qué naturaleza? La heredada o aquella dada por la “influencia de otra naturaleza”.

Este es, ni más ni menos el dilema que se debe enfrentar al implicarse en la vida de otros/as, en la relación con la alteridad, en la trasmisión del mundo. Si existen muchos mundos, ¿Cuál transmito? Ninguno de ellos y todos a la vez, pues se construye mundo con el/a otro/a y con el cese de la ilusión de transformar ese mundo construido, elaborado con gajos del pasado, del presente y del futuro, de sentidos provisorios pero con compromisos de cambios.

Al parecer, no basta con buenas intenciones, se debe dar inicio a la denuncia del perverso gusto de ver la propia alma proyectadas en los/as otros/as, dejar atrás el placer de escuchar los propios pensamientos en la voces de los/as otros/as. Como cuando escuchamos a los nuevos en este mundo, preguntar lo que a los viejos les ha llevado un aprendizaje en la experiencia, informarles sería hurtarles la posibilidad misma de esa experiencia. Pero, como se hace al estar involucrados en los/as otros/as, cuando los límites están borrosos?. ¿Cómo transformarse en seres ciegos, sordos y mudos para no trasmitir la propia naturaleza?

Cuando se escucha a un niño decir: “todos somos diferentes, ¿cierto?” y es su razón para establecer su soberanía, los/as adultos/as con un dejo de melancolía se asustan tras este poder inmenso en el/la otro/a. Pues se va perdiendo en ellos/as la gracia de no saber nada y el asombro de los innumerables descubrimientos. Estas voces que declaman los pensamientos de los/as adultos/as, inquebrantablemente borran la belleza de la infancia. Wilde, por su parte confirma “la belleza, la verdadera belleza, acaba donde comience una expresión intelectual. La inteligencia es en sí misma un modo de exageración, y destruye la armonía de cualquier rostro”.(Wilde 1999: 4)

Se sabe que ser en este mundo y estar en él “se insinúa”. El ser habrá “sugerido otra manera de arte, una modalidad de estilo completamente nueva. …al ver las cosas de un modo distinto, las concibo diferentemente. Puedo dirigir mi vida por un camino que hasta ahora me había estado oculto” (Wilde 1999: 13).

Melich (2008) plantea que a pesar de ser herederos de una situación, sea ésta la del poder o de la pobreza, los seres humanos no se conforman con la tradición y por lo tanto la finalidad del acto pedagógico es desvelar el porqué se es de una determinada forma. El descubrir la in-reconciliación con el mundo, la insatisfacción con la transitoriedad.

La tarea entonces, sería mantener viva la idea de posibilidades, de vicisitud, de mutación. Lo interesante serían “las personas más que sus principios, y las que no tienen ninguno, más que nada en el mundo”. (Wilde 1999: 12)

Pues ya se ha indicado que no existen principios, sólo apoyos provisionales, por tanto habrá que dejar de una vez por toda atrás la falacia del esfuerzo en la instrucción, en la ingenua tarea de ser genios, aunque, es doloroso de pensar; pero no cabe duda de que el genio dura más que la belleza. Esto explica por qué nos tomamos tanto trabajo en instruirnos. En la lucha sin tregua de la vida necesitamos algo que perdure; por eso llenamos nuestra mente de ripios y de hechos, en la necia esperanza de conservar nuestro sitio. (Wilde 1999: 15)

Aceptar que la experiencia sea la única que moldee la vida de cada ser humano, es ya un soporte, pero existen distintos grados de “experienciabilidad” en cada situación, desde las que se mueven en la básica sobrevivencia que sólo viaja, en la ausencia y la carencia; hasta aquellas que dan la posibilidad de crear ritos que eternicen finitudes. Sin embargo, todas caen en cuenta que no se puede escapar de la finitud de la vida, pero si tal vez, de la deformidad, de lo inhumano: de la pobreza, de la exterminación.

 

Palabras finales.

“Con frecuencia ocurre que, cuando creemos hacer una experiencia sobre los demás, la estamos haciendo sobre nosotros mismos”. (Wilde 1999: 58)

 

Bibliografía.

Melich, Joan-Carles. “Antropología narrativa y educación”. Revista Teoría de la Educación. Revista Interuniversitaria, 2008, Volumen 20, pp. 101-124.

Nietzsche, Friedrich (2006) La genealogía de la moral. Alianza Editorial, Madrid

Wilde, Oscar (1999) El retrato de Dorian Gray. Alianza Editorial, Madrid.

 

© Sylvia Contreras Salinas 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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