La rosa separada de Pablo Neruda desde la voz de un sujeto común

Marisol Galilea

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
Chile


 

   
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Resumen: Desde la particular condición geográfica que ostenta la isla de Rapa Nui, el siguiente estudio ofrece una lectura del poemario de Pablo Neruda, La rosa separada. Tomando como hilo conductor la idea de isla desierta que propone Gilles Deleuze, examinamos críticamente al sujeto lírico desde el complejo escenario de turista convertido en absurda mercancía desde la frágil condición del territorio pascuense.
Palabras clave: Isla desierta - Rapa Nui - turista - hablante lírico - Pablo Neruda

 

¿Y para qué vinimos a la isla?

Esta pregunta encierra el aire que se respira en todo el poemario La rosa separada (1997) de Pablo Neruda, texto publicado en 1972 tras el viaje de 10 días que realizó el entonces inminente premio nóbel a Rapa Nui. Los 25 poemas que conforman el texto están cargados de un espesor que paradójicamente me permite iluminar el tema de la isla desde una doble perspectiva: desde su territorialidad física y desde su condición de insularidad.

La primera acepción del término isla remite indisociablemente a su geografía, como una porción de tierra rodeada de agua por todas partes; mientras que la segunda alude a una dimensión representativa y metafórica, que por extensión podría significar una ciudad rodeada de murallas o un mismo país, por ejemplo Paraguay, ser considerado una isla, pues carece de mar.

Ambas perspectivas confluyen en los poemas nerudianos y me atrevería a asociar los títulos de cada poema con una de estas dos: por un lado los poemas rotulados bajo “La isla” y por otro, los que aparecen bajo el título “Los hombres”. Ambos grupos de poemas, distribuidos sin patrón aparente, exploran esta dimensión dual del concepto de isla, siendo el territorial físico -la isla- tan importante como el metafórico representativo -los hombres.

La dimensión territorial física de la isla puede abrirse desde el texto de Gilles Deleuze, Causas y razones de las islas desiertas (2005). En él, el autor expone que existirían dos clases de islas, las continentales y las oceánicas. Las primeras las califica como islas accidentales, derivadas, que nacerían de una desarticulación o una fractura, en general, como islas separadas de un continente. Por el contrario, las islas oceánicas serían islas originarias, esenciales, que surgen constituidas por corales presentando así un nuevo organismo, o bien surgen de erupciones submarinas, transmitiendo al aire libre un movimiento de las profundidades. Estas islas emergen con lentitud, aparecen y desaparecen. A esta diferenciación agrega:

Estas dos clases de islas, continentales y oceánicas, dan testimonio de una profunda oposición entre el océano y la tierra. Unas nos recuerdan que el mar está sobre la tierra, aprovechando el menor hundimiento/deslizamiento de las estructuras más elevadas; las otras nos recuerdan que la tierra está siempre ahí, bajo el mar, reuniendo fuerzas para horadar la superficie. (Deleuze 2005: 15)

Vemos, entonces, que lo que conforma a la isla como tal es la oposición de los elementos. La isla se constituye en la relación dialéctica entre lo sólido -la tierra- y lo líquido -el mar. Esta relación en constante pugna permite a Deleuze presentar su concepción de isla desierta, pues advierte que el hecho de que una isla esté desierta nos debe parecer completamente normal, ya que el hombre solo puede vivir bien y en seguridad suponiendo finito, o al menos dominado, el combate entre la tierra y el agua. El hombre, acordemos, el hombre común [1], solo puede vivir en una isla a condición de olvidar lo que la misma isla representa.

Por otro lado, la dimensión metafórica representativa de la isla, es decir, esta condición de insularidad, se logra desprender de la génesis geográfica que Deleuze plantea: “El impulso que empuja al hombre hacia las islas contiene el doble movimiento que producen las islas en cuanto tales” (p.16). De esta forma el autor amplía la geografía insular hacia una condición de insularidad de quien la habita, desarrolla entonces un paralelo entre la formación del territorio y el habitante que la puebla. Agrega que el hecho de soñar con las islas es soñar que uno se separa, que ya está separado, lejos de los continentes, solo y perdido; es soñar que partimos de cero, capaces de recrear y de recomenzar. Por lo tanto, logra elaborar una analogía, pues si bien hay islas derivadas, también es aquello hacia lo cual se deriva; si bien hay islas originarias, también la isla es el origen radical y absoluto. Es así como da cuenta de un mismo movimiento, pero de diferente móvil: La isla continental, ya no sería la isla separada del continente, sino el hombre separado del mundo y habitando la isla; y la isla oceánica, ya no sería la isla creándose desde el fondo de la tierra y a través de las aguas, sino el hombre recreando el mundo a partir de la isla.

Retoma el hombre, por su cuenta, los dos movimientos de la isla y los asume en una isla que carece de tales movimientos (pues estos ya sucedieron). Es así como podemos orientar nuestra deriva hacia una isla original, o bien, podemos crear en una isla derivada.

Esta capacidad del hombre, no común en este caso, de devolver el movimiento originario de la isla, de recrear el génesis territorial geográfico de un pedazo de tierra, es lo que proponemos aquí como una dimensión metafórica de la isla. Y, tal y como Deleuze nos ha alumbrado, permite configurar esta doble dimensión insular que veremos de algún modo presente en la construcción de un sujeto en contradicciones, doliente y desencajado en La rosa separada de Pablo Neruda.

 

Los hombres

En total, suman 14 los poemas agrupados bajo el título Los hombres, diferenciados por una numeración. Estos textos desarrollan la temática del turista que llega a invadir la serena paz del territorio pascuense, y como uno más de aquellos extranjeros visitantes, se caracteriza el propio hablante:

Los hombres I

Yo soy el peregrino
de Isla de Pascua, el caballero
extraño, vengo a golpear las puertas del silencio:
uno más de los que trae el aire
saltándose en un vuelo todo el mar:
aquí estoy, como los otros pesados peregrinos
que en inglés amamantan y levantan las ruinas:
egregios comensales del turismo, iguales a Simbad
y a Cristóbal, sin más descubrimiento
que la cuenta del bar,
Me confieso: matamos
los veleros de cinco palos y carne agusanada,
matamos los libros pálidos de marinos menguantes,
nos trasladamos en gansos inmensos de aluminio,
correctamente sentados, bebiendo copas acidas,
descendiendo en hileras de estómagos amables.
(Neruda 1997: 13-14)

Vemos aquí cómo, desde el primer poema bajo el título de Los hombres, el hablante se define. En primer lugar, en el Yo ya está presente la decadencia de Los hombres, masa de patéticos turistas. Este Yo se define como peregrino, es decir, como extranjero que anda de un lugar a otro, y que esta vez ha llegado al silencio de la isla.

Interesante es notar el itinerario que ha seguido el sujeto para llegar a este silencio: “saltándose en un vuelo todo el mar”. Los hombres, para llegar hasta la Isla de Pascua, deben atravesar el océano, pero ya no en un lento viaje en barco [2], sino que en un veloz vuelo en “gansos de aluminio”, aburridos, sentados, bebiendo copas y comiendo comida preparada. La imagen del hombre, del turista que está por llegar a la isla, está caracterizada por el medio en el que accede a ella, un lastimoso avión que borra la real travesía que separa a la isla del territorio continental, una máquina mortalmente devoradora de distancias que transforma a quien arriba a las costas isleñas en un desconocido incapaz de recorrer el trayecto abismal que significa cruzar un océano. Para enfatizar este punto creo necesario incluir otro poema bajo el apartado de los hombres:

Los hombres IV

Somos torpes los transeúntes, nos atropellamos de codos,
de pies, de pantalones, de maletas,
bajamos del tren, del jet, de la nave, bajamos
con arrugados trajes y sombreros funestos.
Somos culpables, somos pecadores,
llegamos de hoteles estancados o de la paz industrial,
ésta es tal vez la última camisa limpia,
perdimos la corbata,
pero aun así, desquiciados, solemnes,
hijos de puta considerados en los mejores ambientes,
o simples taciturnos que no debemos nada a nadie,
somos los mismos y lo mismo frente al tiempo,
frente a la soledad: los pobres hombres
que se ganaron la vida y la muerte trabajando
de manera normal o burotrágica,
sentados o hacinados en las estaciones del metro,
en los barcos, las minas, los centros de estudio, las cárceles,
las universidades, las fábricas de cerveza
(debajo de la ropa la misma piel sedienta)
(el pelo, el mismo pelo, repartido en colores). (Neruda 1997: 27)

En este texto, el Yo -que en el poema anterior ya se había diluido en un lastimoso Nosotros [3] - es caracterizado como un transeúnte, es decir, como un habitante de paso, que podrá sostenerse solo provisoriamente en la isla. La torpeza que lo distingue la acusan sus cosas, sus maletas, sus ridículos sombreros, la inutilidad de la corbata, sus trajes arrugados. No resulta difícil imaginarse a este hombre bajando de sus aviones y llegando a Isla de Pascua, ridícula imagen que el hablante extrae de sí mismo. Todo lo normal en su vida “burotrágica” en la isla se choca, se topa, se arruga, se diluye, se borra, se hace grotesco y risible.

A lo anterior podemos agregar la irónica fuerza que cobran estos “egregios comensales del turismo” -tal como lo anuncia el poema Los hombres I- “sin más descubrimiento que la cuenta del bar”. La relación bar/turista/olvido puede leerse como otra conducta previsible de este peregrino transeúnte, tal y como este otro poema lo demuestra:

Los hombres XI

Se ve que hemos nacido para oírnos y vernos,
para medirnos (cuánto saltamos, cuánto ganamos, etcétera),
para ignorarnos (sonriendo), para mentirnos,
para el acuerdo, para la indiferencia o para comer juntos.
Pero que no nos muestre nadie la tierra, adquirimos
olvido, olvido hacia los sueños de aire,
y nos quedó solo un regusto de sangre y polvo
en la lengua: nos tragamos el recuerdo
entre vino y cerveza, lejos, lejos de aquello,
lejos de aquello, de la madre, de la tierra, de la vida. (Neruda 1997: 57)

El hablante está aquí conciente de su pequeñez, conciente de las precarias relaciones sociales que el colectivo Nosotros trae adherido. Es así como “la cuenta del bar” y el hecho de “tragarnos el recuerdo entre vino y cerveza”, nos permite proponer que este hombre representa al hombre común que explicábamos más arriba, es decir, un hombre incapaz de habitar la isla en plena conciencia de lo que una isla representa.

Decíamos en la introducción que considerábamos una dimensión metafórica representativa de la noción de isla a partir de la figuración geográfica que Deleuze proponía, pues bien, vemos aquí que el sujeto en los poemas de La rosa separada agrupados bajo el título de Los hombres representa a un hombre colectivo (nosotros), peregrino y transeúnte (turista en avión) e inconciente (bar). Esta tríada nosotros/turista en avión/ bar reafirma la cualidad de isla desierta planteada por Deleuze:

Nunca dejará de sorprendernos que Inglaterra esté poblada, ya que el hombre no puede vivir en una isla si no es a costa de olvidar lo que representa. Las islas son de antes de los hombres, o para después de ellos. (…) En efecto, para que una isla deje de estar desierta, no basta con que esté habitada. (Deleuze 2005: 16)

Revisemos: el sujeto en el texto de Neruda se salta el viaje que lo lleva hasta la isla, el vuelo en avión tacha el océano y desde el punto de tierra más cercano (donde haya aeropuerto), esa tachadura borra al menos dos semanas de travesía marítima en cinco horas de un cómodo despegar por los aires. Este punto -turista en avión- marca la incomodidad incipiente que manifiesta el hablante en el poema Los hombres I. Su caracterización se desprende del medio de llegada hacia aquel lejano territorio, marcas tales como “saltarse en un vuelo todo el océano” en un “gansos de aluminio”, “correctamente sentados” definen un arribo desencajado, ridículo, inapropiado. De esta recalada inadecuada surge el otro término propuesto, el colectivo social que asume el hablante a través del nosotros. Éste se asume tras la venida, es una consecuencia del viaje en avión, allí el altivo Yo nerudiano se vislumbra pequeño, insignificante y ridículo. Se ve reflejado en las lenguas, en los pelos, en los trabajos, en las billeteras de sus compañeros de vuelo, él ya no es más él, él es ahora, en el Silencio de Rapa Nui, uno más de los tristes burgueses, que solo juntando plata han logrado llegar:

Los hombres II

Es la verdad del prólogo. Muerte al romanticón,
al experto en las incomunicaciones:
soy igual a la profesora de Colombia,
al rotario de Filadelfia, al comerciante
de Paysandú que juntó plata
para llegar aquí. Llegamos de calles diferentes,
de idiomas desiguales, al Silencio. (Neruda 1997: 17)

De esta forma, el nosotros es un colectivo que no podría haber llegado a la isla si careciera de dinero para comprar el boleto de avión. Finalmente, este turista masivo que ha llegado en un metálico vuelo a la isla, no puede pisar la tierra con firmeza, la siente movediza, y no la puede aceptar: “Pero que no nos muestre nadie la tierra”, dice en el poema Los hombres XI, para indicar que el nosotros que ha llegado no podrá acceder a la isla: “adquirimos olvido, olvido hacia los sueños de aire”. Ese olvido es necesario si es que el turista ha pagado ya por una estadía de 10 días en un hotel, es necesario si ya ha contratado un paquete que le ha planificado cada uno de sus días, si es que ya tiene calendarizado cada uno de los calculados pasos que dará en esta tierra provisoria, tierra que es apenas un círculo inestable rodeado de un azul abismo en pugna por derrotarla. Por ello, la inconciencia es indispensable para aceptar el reto propuesto por el Silencio y por el aire: “nos tragamos el recuerdo /entre vino y cerveza, lejos, lejos de aquello, / lejos de aquello, de la madre, de la tierra, de la vida.”(Los hombres XI). Sin embargo, y a pesar de esta inconciencia del nosotros, el hablante singular, el Yo del comienzo, logra percibir el voluntario rapto de su conciencia. Él, hacia el final del poema Los hombres IX manifiesta:

(…) Aquí, a vivir! Pero también nosotros?
Nosotros, los transeúntes, los equivocados de estrella,
naufragaríamos en la isla como en una laguna,
en un lago en que todas las distancias concluyen, en la aventura inmóvil más difícil del hombre. (Neruda 1997: 49)

Hay por tanto, una conciencia de la imposibilidad de habitar el territorio insular. El nosotros por el que el sujeto habla está inconciente, olvidado, pero la latente voz del Yo tiene pleno dominio de su papel en este escenario. Y sabe que de aventurarse al descubrimiento de la isla, de separarse de la masa del nosotros por la que se asoma, él moriría, “naufragaríamos en la isla como en una laguna” dice resignado. Debido a esta conciencia lúcida, el hombre impide su propia aventura y se encierra con “los suyos” en el bar, o en cualquier “no lugar” que encuentre durante su estadía turista.

Y, para concluir este apartado, en el poema Los hombres X, la voz del Yo se resigna a la identificación del nosotros “pobre hermano mío que eres yo” para comenzar a despedirse, para anticipar la partida, la huída de Rapa Nui. Sin embargo, este salto de vuelta al continente seguro conlleva una aseveración plenamente conciente: “este esplendor nos queda grande” [4].

 

La isla

Hemos hecho referencia a la condición de fundación de las islas, lo que para Deleuze son las islas oceánicas y las islas continentales. Redundante sería examinar esta característica física en el territorio pascuense, ya que sus volcanes atestiguan su calidad de isla originaria. Es por ello que ahora debemos seguir el hilo conductor de Causas y razones de las islas desiertas para poder continuar con nuestra lectura de La rosa separada.

Decíamos más arriba que es este hombre común el que a pesar de habitar la isla no logra separarla de su calidad de desierta, ya que este hombre no es capaz de retomar el impulso primigenio, el movimiento inicial de la isla. Este hombre común, simbolizado casi caricaturescamente en el nosotros/ turista en un avión/bar que acabamos de revisar llega a la isla, pero se arranca de ella, no logra habitarla, no logra aventurarse en ella. Debido a esto, debido a que los hombres comunes (incluso los más voluntarios) no son idénticos al movimiento que los deposita en la isla, y por lo tanto, tampoco son idénticos al impulso que produce la isla desierta, existe solo una manera de vincularlo a ella: la mitología [5]. La mitología sería la forma de recordar lo más primigenio, lo anterior, lo que rondaba en la imaginación colectiva del hombre primero que habitó la isla desierta sacralizándola como tal, es decir, la mitología recobra al prototipo de hombre, a ese hombre creador que fue capaz de retomar el movimiento y el impulso de la isla, distinto del hombre común que se contradice con la idea de isla desierta.

Lo que significa que la esencia de la isla desierta es imaginaria y no real, mitológica y no geográfica. Por ello mismo, su destino queda sometido a las condiciones humanas que hacen posible una mitología. La mitología no nace de la simple voluntad, y los pueblos llegan enseguida a no poder comprender sus mitos. En ese momento es cuando comienza la literatura. (Deleuze 2005:18)

La propuesta deleuziana nos guía entonces por el camino del lenguaje. Para él, la literatura sería la re-creación de la mitología, la re-creación de un origen que no podemos recordar, ni soñar, ni reproducir. (Significa la concurrencia de todos los contrasentidos que la conciencia pone en jaque sobre los temas del inconciente) De esta forma la literatura adquiere un carácter sagrado, y donde el núcleo del lenguaje, es decir, el verbo, lograría dar cuenta del movimiento primigenio de la isla, el carácter dinámico del lenguaje permitiría al hombre re-construir el movimiento pre-humano de la isla.

Es así como el prototipo de hombre, aquél capaz de fundirse con la isla desierta, es un hombre que habita en la literatura. Desde allí logrará re-crear el impulso y el movimiento originario de la isla. Por lo tanto, la isla se convierte en un nuevo punto de partida, desde donde todo re-comienza.

En principio, es cierto que a partir de la isla desierta no se procede por pura creación sino por re-creación, no un comienzo sino un recomenzar. Es el origen, pero el origen segundo. A partir de ella, todo vuelve a empezar. La isla es un mínimo necesario para este nuevo comienzo, el material que ha sobrevivido del origen primero, el núcleo o huevo radiante que basta para reproducirlo todo. (Deleuze 2005:19)

Volvamos por un instante al poemario de Neruda. En total, suman 10 los poemas agrupados bajo el título la isla. Esta vez, uno de ellos nos permitirá proponer que la sustancia física de la isla constituye un punto de encuentro con la formulación deleuziana.

La isla XVII

Oh torre de la luz, triste hermosura
que dilató en el mar estatuas y collares,
ojo calcáreo, insignia del agua extensa, grito
de petrel enlutado, diente del mar, esposa
del viento de Oceanía, oh rosa separada
del tronco del rosal despedazado
que la profundidad convirtió en archipiélago,
oh estrella natural, diadema verde,
sola en tu solitaria dinastía,
inalcanzable aún, evasiva, desierta
como una gota, como una uva, como el mar. (Neruda 1997: 81)

En el poema, el hablante en actitud enunciativa observa la isla y recorre su génesis. La caracteriza como una torre de luz: si ya hemos dicho que Rapa Nui en su conformación correspondería a una isla oceánica, aquello que emerge a través de las aguas, para el sujeto lírico, no es tierra en oposición dialéctica con el agua, sino que es luz. La claridad de la luz ha emergido desde las profundidades del abismo. Vemos cómo este territorio no significa para él una guerra de elementos, sino que la tierra ha emergido como radiación [6] llena de vida. Luego, la metáfora de diente de mar: el mar es una boca abierta, hambrienta, pero aquella cavidad no podrá tragar a la tierra, sino que la tierra esta vez emerge como parte de ese mar, una parte filuda, preparada con sus armas para una batalla en comunión con el mar. Boca y dientes, mar y tierra. De esta forma, en La isla XVII, el territorio insular se presenta indisociablemente del mar que lo cobija. Los versos: “oh rosa separada / del tronco del rosal despedazado / que la profundidad convirtió en archipiélago” construyen una amalgama con las dos clases de islas que proponía Deleuze, aquí la isla es una rosa separada del tronco del rosal, un tronco del rosal que ha sido despedazado y ha caído a la profundidad. Desde ella luego emerge en distintos y pequeños brotes. Esta alegoría funde la idea de isla continental, separada, accidental, con la isla originaria que emerge desde el fondo del mar. Rapa Nui, para el hablante tiene una doble génesis, y esta dualidad sería la que la conforma como evasiva y desierta. La isla no requiere del hombre común, la isla -con sus espinas- rechazará al visitante, pues ella ostenta una luz magnífica, incomparable con otros territorios insulares.

Por esto, el hombre (transeúnte, viajero, turista) huye, arranca:

Los hombres XV

El transeúnte, viajero, el satisfecho,
vuelve a sus ruedas a rodar, a sus aviones,
y se acabó el silencio solemne, es necesario
dejar atrás aquella soledad transparente
de aire lúcido, de agua, de pasto duro y puro,
huir, huir, huir de la sal, del peligro,
del solitario círculo en el agua
desde donde los ojos huecos del mar,
las vértebras, los párpados de las estatuas negras
mordieron al espantado burgués de las ciudades:
Oh Isla de Pascua, no me atrapes,
hay demasiada luz, estás muy lejos,
y cuánta piedra y agua:
too much for me! Nos vamos! (Neruda 1997: 73)

El “solitario círculo en el agua”, la inexistencia de una línea recta que acomode al viajero burgués, la continuidad de la curva eterna [7], un territorio que solo se puede rodear limitadamente: el nosotros hablante lo rechaza, lo imposibilita siquiera de pensar en habitar esta isla, y, al sentirse atrapado, ahogado y claustrofóbico ante tanta inmensidad, se identifica más aún con sus hermanos turistas, tanto así que la lengua se convierte al idioma globalizado “too much for me!”.

De esta forma, la circularidad del territorio nos lleva a la idea del huevo que nombraba Deleuze. Si ya hemos planteado que la isla es el segundo origen, podríamos -junto con el autor- realizar la siguiente analogía: “(…) el comienzo partía de Dios y de una pareja, pero no así el nuevo comienzo, que parte de un huevo, la maternidad mitológica es muy a menudo una partenogénesis [8]” (Deleuze, p. 20). Él plantea que la formación del mundo se da en dos tiempos, en un nacimiento y en un renacimiento, pero advierte que no acontece un segundo nacimiento porque se haya producido una catástrofe, sino que a la inversa, la catástrofe viene tras el origen porque tiene que darse, desde el origen mismo, un segundo nacimiento. De esta forma, sitúa a la isla como el material que sobrevive al primer origen, la isla no es el material que sobrevivió tras la catástrofe que destruyó al mundo original, sino que ella es su reaparición. El tema de la vida en dos momentos, dice Deleuze, se manifiesta en todas las mitologías, y en el caso del mito del diluvio:

El arca se detiene en el único rincón de la tierra que no está sumergido, lugar circular y sagrado en donde el mundo vuelve a empezar. Es una isla o una montaña, o las dos cosas a la vez, la isla es una montaña marina y la montaña una isla seca. Ahí tenemos la creación primera recobrada en una recreación, concentrada esta última en una tierra santa en la mitad del océano. (Deleuze 2005: 20)

La imagen de esta tierra santa rodeada de océano conlleva la idea de Huevo (incluso no es de extrañar que aparezca la figura del huevo en muchos mitos de islas, especialmente en el caso de Rapa Nui, donde la tradicional leyenda del Hombre Pájaro consiste en que el primer hombre capaz de recobrar el primer huevo de Manutara sería el siguiente mandatario de los isleños por el periodo de un año), imagen del huevo que a su vez encierra una paradoja ya que no existe un origen claro: ¿quién puso el huevo allí?

Ahora bien, Rapa Nui, esa isla también denominada Ombligo del Mundo, recoge gran parte de los postulados deleuzianos, incluso él alude a las estatuas de Isla de Pascua como una forma de caracterizar a este prototipo de hombre capaz de habitar la isla desierta. Neruda nos ayuda a partir del poema La isla VIII:

Los rostros derrotados en el centro,
quebrados y caídos, con sus grandes narices
hundidas en la costra calcárea de la isla,
los gigantes indican a quién? a nadie?
un camino, un extraño camino de gigantes:
allí quedaron rotos cuando avanzaron, cayeron
y allí quedó su peso prodigioso caído,
besando la ceniza sagrada, regresando
al magma natalicio, malheridos, cubiertos
por la luz oceánica, la corta lluvia, el polvo
volcánico, y más tarde
por esta soledad del ombligo del mundo:
la soledad redonda de todo el mar reunido. (…) (Neruda 1997: 45)

La primera estrofa (de este poema de tres) alude a las grandes guerras tribales que ocurrieron en Isla de Pascua, tan enormes que sus más grandes misterios de piedra, sus estatuas, sus moai, quedaron destrozados. Tenemos un origen primero, atestiguado por el camino recorrido de los gigantes, misterio aún inexplicable para arqueólogos y científicos de todas partes del mundo; tenemos una catástrofe, un pueblo destruyéndose a sí mismo y borrando los rastros del misterioso origen, “besando la ceniza sagrada”, magma potente, luz de vida, que ahora se apaga delirante tras la guerra. El fuego de la vida de la isla oceánica de Rapa Nui se ha extinguido, y sus estatuas caen derrotadas en la ceniza muerta. Dice el poeta en algunos versos de La isla VII:

Son la interrogación diseminada
que sobrepasa la angostura exacta,
la pequeña cintura de la isla
y se dirige al grande mar, al fondo
del hombre y de su ausencia. (Neruda 1997: 39)

Las estatuas son una pregunta sin respuesta que va más allá del acotado círculo de la isla, ellas se dirigen al fondo (nótese el verso encabalgado) del hombre y de su ausencia. Estos versos marcan el inicio primero, el mundo original, el misterio del cual no hay ni habrá jamás certeza alguna. Solo sabemos que estos moai nacieron en Rapa Nui y que erguidos contemplan un inicio del que solo ellos son testigos. Ausencia y silencio son los borrosos rastros del primer mundo, del origen.

El hombre isleño, el extraño habitante de esta misteriosa isla, no tiene para el poeta, una explicación clara. Sus alusiones están marcadas por extrañezas e incomprensiones: “Parece extraño ver vivir aquí, dentro / del círculo” manifiesta en la segunda estrofa del poema La isla VIII. En los versos que siguen el hablante compara el habitar de los isleños, tan apegados a sus dioses, a sus altares, viviendo una vida que él desprende como sagrada.

A nosotros nos enseñaron a respetar la iglesia,
a no toser, a no escupir en el atrio,
a no lavar la ropa en el altar
y no es así: la vida rompe las religiones
y es esta isla en que habitó el Dios Viento
la única iglesia viva y verdadera:
van y vienen las vidas, muriendo y fornicando:
aquí en la isla de Pascua donde todo es altar,
donde todo es taller de lo desconocido,
la mujer amamanta su nueva criatura
sobre las mismas gradas que pisaron sus dioses. (Los hombres IX) (Neruda 1997:49)

El segundo origen, el huevo redondo de mar, el espacio sagrado, cobra en Rapa Nui el aura religiosa perdida tras el hombre turista que llega a visitarla. El hablante se sorprende, se colma con la vida cotidiana de los isleños que habitan los altares con la misma autoridad de sus dioses. Se acerca el poeta al prototipo de hombre del que nos hablaba Deluze, al hombre que sacraliza la isla como isla desierta, aquél que logra tener plena consciencia del combate de la tierra y el océano, aquél que vive en el indicio del origen y que canta y baila en los misterios de una escritura que aún el hombre común no ha logrado descifrar. El isleño vive aún en la mitología (rodeado de indicios originarios como los moai), cerca de sus dioses, todavía sin olvidar los rastros de su origen; el hombre común que llega a invadir la tierra insular, trae en sus maletas la razón que intenta desplazar al mito, la razón que desacraliza el lenguaje sagrado del mito. Por eso el encuentro es desencajado, por eso el hablante se muestra ridículo, incomprendido. La razón no tiene cabida en Rapa Nui, la tiene, solamente a modo de catástrofe.

El prototipo de hombre, el isleño que habita Rapa Nui, tare consigo el ideal del recomienzo, es decir, trae consigo algo que precede incluso al mismísimo comienzo. Algo hay latente en el habitar del isleño, en la cercanía con sus estatuas,“cien miradas de piedra que miran hacia adentro / y hacia la eternidad del horizonte” dice el sujeto en su despedida de la isla, en el último poema de La rosa separada, La isla XXIV. También lo subraya en Los hombres XIII: “los ojos apagados que aún siguen mirando, / los grandes rostros dispuestos para la eternidad”. La isla desierta es entonces, dice Deleuze, la materia de eso tan inmemorial y profundo, de eso que antecede incluso al origen mismo, eso inmemorial que se esconde en la eternidad del horizonte hacia donde siempre mirarán los moai, o bien en lo más profundo del mar, hacia donde tenderán siempre los hombres habitantes de Rapa Nui.

 

Los hombres y La isla, hacia algunas ideas finales

Marc Augé, en Las formas del olvido (1998) plantea que el olvido es necesario, incluso indispensable tanto para la sociedad como para el individuo, pues saber olvidar permite “saborear el gusto del presente”. Agrega que también la memoria requiere del olvido, “hay que olvidar el pasado reciente para recobrar el pasado remoto” (p. 9). Gran parte de su reflexión se centra en la idea de que lo que olvidamos no es la cosa en sí, los acontecimientos puros y simples tal y como han transcurrido dice, sino que aquello que olvidamos es el recuerdo:

¿Qué significa realmente recuerdo? Siempre según el Littré (es útil recurrir al diccionario pues recopila las trampas de pensamientos a las que nos referíamos anteriormente), el recuerdo es una “impresión”: la impresión “que permanece en la memoria”. Y la impresión se define como “…el efecto que los objetos exteriores provocan en los órganos de los sentidos”. (Augé, 1998: 23)

Por lo tanto, aquello que olvidamos es ya un acontecimiento tratado producto de esos efectos que los objetos provocan en quien vivió aquel evento. Recordar u olvidar implica realizar una tarea de jardinero, implica una poda, una selección. Lo interesante sería preguntarse qué motiva esa poda y qué de la planta primera permanece tras la selección acaecida. Pues bien, estas inquietudes surgen tras la lectura que hemos revisado de La rosa separada de pablo Neruda.

Neruda ya había escrito antes acerca de Isla de Pascua en su monumental Canto General de 1950. Allí reúne tres poemas sobre Rapa Nui y otro más general titulado “Los hombres y las islas”. Estos textos tienen un carácter absolutamente diferente al de los de La rosa separada, principalmente debido a que los primeros corresponden a una isla imaginada por el poeta. A mediados del siglo, Neruda no había visitado la isla, sino solo sabía de ella a través de sus lecturas y enriquecidas por su fantasía. Es más, incluso el tono de ambas representaciones llega a ser tan diferente, tan opuestamente sorprendente, que cuesta pensar que se trate de la misma Rapa Nui, o del mismo poeta.

El poema “Los constructores de estatuas” caracteriza a los moai como parte de un nosotros, como parte de una patria, conectados con el sujeto lírico en un todo plural en primera persona: “(…) Las estatuas son lo que fuimos, somos / nosotros, nuestra frente que miraba las olas, /nuestra materia a veces interrumpida, a veces /continuada en la piedra semejante a nosotros.”, y más adelante agrega: “y tú, estatua, hija del hombre”. Vemos de esta forma cómo se distancia, como se quiebra el sujeto lírico cuando escribe, esta vez, desde el recuerdo de Rapa Nui, tras la visita de 10 días que realizó Neruda. Hemos revisado que el Nosotros que utiliza el hablante corresponde a un plural de turista ajeno que recala desencajadamente en la isla, una multiplicidad de turistas unidos bajo el sello del intruso, del ridículo hombre común que llega sin llegar plenamente nunca para regresar rápidamente atiborrado de souvenirs. Por el contario, el Nosotros de “Los constructores de estatuas” equivale a una fraterna apuesta por integrar la soberanía de Chile en Oceanía a través de las estatuas, símbolo del Ombligo del Mundo. Dice en el poema: (Las estatuas) “Ellas tienen mi rostro petrificado, la grave / soledad de mi patria, la piel de Oceanía” Aquí los moai no son más que el símbolo de una patria [9] que se desarma políticamente, no son más que una excusa para metaforizar las inclemencias que tiene al poeta Neruda perseguido políticamente [10]. En los tres poemas de Rapa Nui que hay en Canto General no logramos ver lo que asalta nuestra mirada en La rosa separada, y una posible explicación de ello se puede deber al ejercicio de memoria que realiza el poeta en esta obra de principios de los años 70. Veinte años han transcurrido entre los dos poemarios, veinte años que a su vez atestiguan los cambios que Isla de Pascua ha vivido en su relación con Chile continental.

Claramente, la selección que realiza el poeta, tras su viaje a Rapa Nui, resulta dicotómica: Los hombres - La isla. Esta separación estructural de los poemas evidencia que la gran majestuosidad y fraternidad global del Nostros explícita en Canto General, ha desaparecido. En la mayoría, por no decir en todos, los poemas de La rosa separada predomina un tiempo pasado, y en los que esto no se da, predomina el tiempo presente, lo cual nos permite pensar que los textos fueron escritos una vez de vuelta de la isla, o bien durante su estadía. Ambos momentos de escritura revelarán un ejercicio reflexivo en que la selección de acontecimientos, y por lo tanto de recuerdos y de olvido estará en tensión con la experiencia real inmediata [11]. El viaje de Neruda fue en 1971, la publicación del poemario fue en Paris en 1972, es decir, media solo un año desde, podríamos llamarle, dos hitos del texto. Y si media un año entre ellos, el periodo de escritura se acorta cada vez más. Por lo tanto, el poeta selecciona, poda desde la planta original -su experiencia en Rapa Nui- para elaborar el recuerdo a través de la literatura.

Decíamos, junto con Deleuze, que el mundo acontecía en dos momentos, y que la catástrofe venía implícita en el primer origen para permitir el segundo nacimiento. Hemos visto cómo la destrucción de las estatuas podría leerse, a través de ciertos poemas de La rosa separada como una catástrofe que trajo consigo un segundo origen en Rapa Nui, sin embargo, podemos atrevernos a pensar que este texto de Neruda logra a su vez leerse como una tercera catástrofe subsumida en la primera: la irrupción de los hombres en la isla.

Habría de esta forma, un origen misterioso, primordial, de él darían cuenta los moai que fueron capaces de erguirse majestuosos y que aún permanecen, derruidos en el suelo isleño. Esa imagen de destrucción en la que late el origen del primer nacimiento se da producto de la guerra entre los hombres, ellos llevan a la catástrofe donde todo se destruye. La presencia de los hombres es para la isla una continua lucha de poderes, más aún si estos hombres se mezclan con hombres de otras culturas y otras civilizaciones. De más estaría repasar aquí la historia de Rapa Nui, la esclavitud, el contagio de la lepra, la llegada de “descubridores”. La llegada del hombre primordial, la llegada del prototipo de hombre capaz de habitar Isla de Pascua en conciencia, es aún un misterio; pero la llegada del extranjero no lo es. He ahí el germen de la destrucción, y Neruda lo plasma con agudeza y contemporaneidad: Los hombres, 14 poemas dedicados al intruso que se desestabiliza la barca isleña. Los hombres extraños que no logran habitar el territorio de la isla originario, los hombre comunes que invaden y seguirán invadiendo los suelos curvos que los marean. Retomemos una cita que más arriba incluíamos en un pie de página, y situémosla ahora en un primer plano:

-“¿Qué seres existen en la isla desierta?”- Solo cabe responder que allí existe ya el hombre, pero un hombre extraño, absolutamente separado, absolutamente creador, en definitiva una Idea de hombre, un prototipo, un hombre que sería casi un dios, una mujer que sería casi una diosa, un gran Amnésico, un Artista puro, consciencia de la Tierra y del Océano, un enorme ciclón, una hermosa hechicera, una estatua de la Isla de Pascua. (Deleuze 2005: 17)

Este hombre que sacraliza la isla en cuanto isla desierta, es aquel del que no se sabe el origen, es aquel capaz de crear o crearse en las majestuosas estatuas o moai, aquel incapaz de reconstruir su genealogía, aquel que habitaba su círculo antes de ser “descubierto”. Él y solo él tendría la suficiente consciencia de la Tierra y del Océano. El hombre común, por el contrario, ha llegado sabiéndose hombre, con la razón indisoluble que lo conforma como hombre. Ha llegado con el itinerario propio de los navegantes de los libros de historia, de los misioneros de los libros de antropología o de los turistas de los poemas nerudianos. Ha llegado en navíos o en avión, pero es capaz de reconstruir el lapso entre su habitar en otro espacio y su arribo a la isla. Este hombre común llega a la isla, llega pero no logra habitarla y rápidamente parte, se va. Ahora, si lograra habitarla, destruiría o proclamaría la gloriosa venida del cambio catastrófico, del cambio que solo el visitante que permanece podría promover. Destrucción de la que al menos el poeta Neruda tiene conciencia [12]:

Los hombres XXIII

Porque si coincidiéramos allí
como los elefantes moribundos
dispuestos al oxígeno total,
si armados los satisfechos y los hambrientos,
los árabes y los bretones, los de Tehuantepec
y los de Hamburgo, los duros de Chicago y los senegaleses,
todos, si comprendiéramos que allí guardan las llaves
de la respiración, del equilibrio
basados en la verdad de la piedra y del viento,
si así fuera y corrieran las razas despoblándose
las naciones,
si navegáramos en tropel hacia la Isla,
si todos fueran sabios de golpe y acudiéramos
a Rapa Nui, la mataríamos,
la mataríamos con inmensas pisadas, con dialectos,
escupos, batallas, religiones [13] ,
y allí también se acabaría el aire,
caerían al suelo las estatuas,
se harían palos sucios las narices de piedra
y todo moriría amargamente. (Neruda 1997: 105)

Esta conciencia del hablante deslumbra por su clarividencia, y ante esto solo podemos repetir lo que arriba ya habíamos indicado: Es así como el prototipo de hombre, aquél capaz de fundirse con la isla desierta, es un hombre que habita en la literatura. Desde allí logrará re-crear el impulso y el movimiento originario de la isla. Por lo tanto, la isla se convierte en un nuevo punto de partida, desde donde todo re-comienza. Los poemas de Neruda han dejado una constatación: hay que abandonar la isla, hay que vivirla en la lejanía que nos corresponde, hay que -tal y como dice Deleuze- esperar de la vida más su reproducción que su producción. Neruda volvió derrotado, como hombre (Nosotros/turista) de su viaje a Rapa Nui, y hoy podemos leerlo desde el espectáculo que nos brinda su experiencia a través de las lúcidas letras de La rosa separada [14]. Tal vez, en este segundo origen que significa la isla, el nuevo hombre, el prototipo de hombre digno de habitarla, sea el que habita en la literatura, el que juega lúcidamente con las mareas del inconsciente, con aquello que se esconde bajo el mar, en los profundos abismos o en la eternidad del horizonte que miran las estatuas. No puedo concluir este trabajo con mis palabras, dejo terminar al poeta que bien ilumina lo que he querido decir aquí:

Los hombres XIX

Volvemos apresurados a esperar nombramientos,
exasperantes publicaciones, discusiones amargas,
fermentos, guerras, enfermedades, música
que nos ataca y nos golpea sin tregua,
entramos a nuestros batallones de nuevo,
aunque todos se unían para declararnos muertos:
aquí estamos otra vez con nuestra falsa sonrisa,
dijimos, exasperados ante el posible olvido,
mientras allá en la isla sin palmeras,
allá donde se recortan las narices de piedra
como triángulos trazados a pleno cielo y sal,
allí, en el minúsculo ombligo de los mares,
dejamos olvidada la última pureza,
el espacio, el asombro de aquellas compañías
que levantan su piedra desnuda, su verdad,
sin que nadie se atreva a amarlas, a convivir con ellas,
y ésa es mi cobardía, aquí doy testimonio:
no, me sentí capaz sino de transitorios
edificios, y en esta capital sin paredes
hecha de luz, de sal, de piedra y pensamiento,
como todos miré y abandoné asustado
la limpia claridad de la mitología,
las estatuas rodeadas por el silencio azul. (Neruda 1997: 89)

 

Notas

[1] Propongo calificar a este hombre como un hombre común, ya que Deleuze desarrolla en su texto una concepción- idealización de hombre que se contrapone al hombre común que yo vislumbro. Dice el autor: “ -¿Qué seres existen en la isla desierta?- solo cabe responder que allí existe ya el hombre, pero un hombre extraño, absolutamente separado, absolutamente creador, en definitiva una Idea de hombre, un prototipo, un hombre que sería casi un dios, una mujer que sería casi una diosa, un gran Amnésico, un Artista puro, consciencia de la tierra y del océano, un enorme ciclón, una hermosa hechicera, una estatua de la Isla de Pascua. (p.17) El subrayado es mío, para enfatizar que el hombre que yo he llamado común no podría habitar en una isla teniendo consciencia de la tierra y del océano.

[2] Como lo demuestran otros textos literarios referidos a Rapa Nui, donde una parte importante del viaje es la propia travesía por alta mar. Por ejemplo, el viaje que realiza el protagonista de La Reina de Rapa Nui, de Pedro Prado: “Una mañana de enero, dos meses después de mi partida de Valparaíso, aburrido y maltrecho, llegué a bordo de la ‘Jean Albert’ a la vista de los volcanes de Rapa Nui. El viaje había sido molesto por las grandes calmas y la mar boba que dieron a la barca un balance terrible. Mas luego el torrente de los vientos alisios nos hizo recuperar el tiempo perdido. Confesaré que el mar me desilusionó. Solo en las tardes algunos crepúsculos soberbios con nubes de fuego y oro formaban en el horizonte lejano un reino de islas encantadas. Nuestro barco con la proa al poniente se encaminaba hacia ese mundo desconocido. Una luz amarillenta teñía el espacio. El mar se tornaba cristalino; las olas verde y rosa eran de una transparencia profunda; las espumas, malva y oro, hacían una música divina, y el erguido velamen, ardiente en la luz y en la sombra, avanzaba como una hoguera sobre el mar.” (Prado1975: 19)

[3] Yo diluido que se afirma más en cada poema, por ejemplo, dice en Los Hombres XVIII:

      (…) y si bien pertenezco a los rebaños, / a los que entran y salen en manadas, / al turismo igualitario, a la prole (…) (p. 86) . También aparece en el poema Los Hombres X: (…)Sí, próximos desengañados, antes de regresar / al redil, a la colmena de las tristes abejas, / turistas convencidos de volver, compañeros / de calle negra con casas de antigüedades / y latas de basura, hermanastros (…) (p. 53). Nótese la fuerza de esta actitud gregaria con la que se define y define su hogar: rebaños, manadas, turismo, prole, redil, colmena, tristes abejas, turistas, compañeros de calle negra, hermanastros.

[4] (…) pobre hermano mío que eres yo, / ahora que sabemos que no nos quedaremos / aquí, ni condenados, que sabemos / desde hoy, que este esplendor nos queda grande (Los hombres X, p. 53)

[5] Explica Gadamer en Mito y Razón ( 1997) que el mito tiene, en relación con la verdad, el valor de ser la voz de un tiempo originario más sabio. El mito, agrega, es lo que guarda la verdadera sustancia de vida de una cultura.

[6] Y por extensión el hablante se califica a sí mismo -en La isla XII- como el radiante: “yo soy el nuevo, el oscuro, / soy de nuevo el radiante: / he venido tal vez a relucir”. No examinaremos aquí la posible relación metafórica entre la isla y el poeta, pero dejamos, con este breve alusión, abierto otro campo de ingreso al texto.

[7] Hay un tópico de la filosofía que tiene que ver con lo recto y lo curvo que sería interesante revisar en trabajos posteriores respecto de la idea de circularidad que he advertido en ciertos versos de La rosa separada. Y, quisiera solo dejar de manifiesto que en el poema La isla VI, aparecen tres alusiones a formas geométricas para caracterizar diferentes elementos que sería interesante ahondar en otra ocasión:

     (…) la nariz triangular del ave o de la proa / y en la estatua el prodigio de un retrato: / porque la soledad tiene este rostro, / porque el espacio es esta rectitud sin rincones, / y la distancia es esta claridad del rectángulo. (p.36). La nariz triangular, rectitud sin rincones, claridad del rectángulo. Estas caracterizaciones están en oposición a la redondez, a la curvatura propia de la isla.

[8] Dice partenogénesis ya que plantea que la isla está separada por todo el espesor del diluvio, y que el elemento líquido, es decir, el océano es un potente principio segregador. Debido a lo cual, en las islas (bien lo ha demostrado la literatura clásica) se constituyen comunidades exclusivamente femeninas. A nosotros nos interesa, más allá que la cualidad de autoreproducción, la idea de mundo independiente y “aislado”.

[9] Solo a modo de acotación, y pensando en futuros estudios, cabe mencionar que Bolaño en Los detectives salvajes incluye también una reflexión respecto de Rapa Nui proponiendo que existiría una teoría de Isla de Pascua que diría que Chile es la verdadera Isla de Pascua. Lo relaciono con la idea de patria de Neruda, debido a esta relación de posesión que constituye el diálogo entre Chile continental e insular. Apela a esto también el propio Pedro Padro en la ya citada novela La reina de Rapa Nui, pues indica que el personaje quiso conseguir que el periódico donde trabajaba le financiara el viaje a Isla de Pascua, argumentando que sería interesante desarrollar un artículo sobre la posesión de Chile en Oceanía.

[10] Recordemos el contexto en el que se inscribe Canto General. En Chile, está el gobierno de Gabriel González Videla y el quiebre que éste significó con el Frente Popular, tiempo de la primera adultez de Pablo Neruda, un tiempo en el que su conciencia política y social se hace parte del humanismo proletario, desde el cual piensa, sufre y lucha. Perseguido y defraudado, este tiempo evoca al poeta crítico y hacedor de la historia.

[11] “Todo pensamiento se esfuerza por hacerse palabra y es respuesta de la experiencia” (Gadamer 1997: 79)

[12] Importante es notar la dualidad que se advierte entre el Yo del poeta y el Nosotros que él representa. Lo habíamos dicho más arriba al reflexionar en torno a la conciencia del Yo que se da cuenta de que no puede habitar la isla y por ello se refugia en el grupo Nosotros. (Ver lo escrito en torno al poema Los hombres XV cuando el poeta termina incluso hablando la lengua globalizada del inglés tras el rapto de conciencia del que ha sido víctima: “Too much for me”)

[13] Aunque he interrumpido el poema, deseo manifestar la noción de religión que plantea el hablante. Religión como muerte que trae el extranjero: la mitología, hemos dicho ya, es el origen verdadero, es el nacimiento primigenio del primer mundo. El hombre común, llega a la isla cargado de maletas y de razón, llega con sus escupos y sus religiones… podríamos aventurar la idea de la religión como un intento de consuelo tras la pérdida del origen, la religión como un esfuerzo por medio de la razón del hombre común, por recuperar ese primer mundo del mito. El acto de religar, de unir el atrás con el presente en un engañoso encuentro de escupos, batallas y religiones.

[14] Ya hemos citado a Gadamer reforzando la intuición que aquí plasmamos: “Todo pensamiento se esfuerza por hacerse palabra y es respuesta a la experiencia”. Es decir, que la reconstrucción que hace el poeta, seleccionando sus recuerdos y dejando otros acontecimientos en el olvido corresponde a este esfuerzo del pensamiento por transformarse en el lúcido verso que ahora leemos.

 

Referencias

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Augé, M. (1996) Los “no lugares” espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa.

—— ( 1998) Las formas del olvido. Barcelona: Gedisa.

—— (2001) De lo imaginario a “lo ficcional total” [en línea]. Disponible en

Barroso, M.007) Deleuze naturalista. La torre del virrey: revista de estudios culturales. ISSN 1885-7353. No 2, pp.48-50 [en línea]. Disponible en http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2211717

Deleuze, G. (2005) Causas y razones de las islas desiertas. La isla desierta y otros textos. Textos y entrevistas (1953- 1974). Valencia: Pre-Textos.

Gadamer, H.G. (1997) Mito y Razón. Barcelona: Paidós Studio

Neruda, P. (1997) La rosa separada. Santiago: Losada.

——(2005) Canto General. Chile: Mondadori S.A

Rovira, J.C (2001) Neruda: de la Isla Eros a la Isla Mito. Pasando por la Isla de la Memoria. La isla posible. Carmen Alemany, Remedios Mataix, José Carlos Rovira (eds.) España: Universidad de Alicante, Asociación Española de Estudios Hispanoamericanos, pp. 540-547. [En línea] Formato digital disponible en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01350508633359072757468/index.htm

Prado, P. (1975) La reina de Rapa Nui. Santiago: Andrés Bello

 

Marisol Galilea. Profesora de Lenguaje y Comunicación. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica. Estudiante de Doctorado en Literatura. Becaria CONICYT
Este artículo forma parte de mi tesis doctoral, la cual se centra en la literatura de islas.

 

© Marisol Galilea 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero43/rosaneru.html