El tirano en la cruz: un modelo aplicativo de lectura conjuntiva

Ignacio Rodríguez de Arce

Università Cattolica del Sacro Cuore di Milano
ignacio.dearce@unicatt.it


 

   
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Resumen: El objeto del presente artículo es examinar cómo Roberto Bolaño usa las relaciones intertextuales para mutar el rol de la novela del dictador. Se tratará de elaborar una lectura del género como código intertextual para ocuparnos del problema de las relaciones entre intertextualidad y parodia, a fin de disfrutar del conjunto de relaciones intertextuales que pueden ser leídas como una meditación sobre el horror del poder absoluto.
Palabras clave: Roberto Bolaño, dictadura, literatura latinoamericana, literatura española, novela del dictador, parodia, intertextualidad.

Abstract: The aim of this article is to study how Roberto Bolaño use the intertextual relations to challenge the role of the dictator novel. Our main objective is to elaborate a new lecture of this genre like a intertextual code in order to approach the keen problem concerning relationships between intertextuality and parody, in order to enjoy the network of intertextual relations which can be read as a meditation on the horror of absolute power.
Key words: Roberto Bolaño, dictatorship, Latin American literature, Spanish literature, dictator novel, parody, intertextuality.

 

En la biografía de Daniela de Montecristo (1918-1970), uno de los innumerables personajes que pueblan esa apoteosis de juegos paródicos y metaliterarios que es La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño encontramos la primera referencia a un curioso sujeto y a su grotesca muerte: el general rumano Eugenio Entrescu:

Mujer de legendaria belleza y permanentemente rodeada por un aura de misterio, de sus primeros años en Europa (1938-1947) se cuentan historias a menudo contradictorias cuando no antagónicas. Se dice que fue amante de generales italianos y alemanes (entre estos últimos se menciona a Wolff, el tristemente célebre jefe de las SS en Italia); que se enamoró de un general del ejercito rumano, Eugenio Entrescu, al que crucificaron sus propios soldados en 1944 [...]. (La literatura nazi en América: 86)

En la última de las cuatro partes de la momumental obra póstuma del chileno, 2666 (2004), La Parte de Archimboldi, el general Entrescu reaparece. Durante la desbandada final de la Wehrmacht por tierras soviéticas, a mediados de 1944, el soldado Reiter, que luego se convertirá en el escritor invisible Benno von Archimboldi, presencia una escena cuanto menos increíble:

Reiter se bajó del vehículo y haciendo caso omiso de la actitud de los rumanos y de los alemanes se puso a caminar en dirección de la cruz y del crucificado. Este tenía sangre seca sobre el rostro, como si le hubieran roto la nariz a culatazos la noche anterior, y sus ojos estaban amoratados y los labios hinchados, pero aun así lo reconoció en el acto. Era el general Entrescu [...] Le habían arrancado la ropa a jirones, probablemente cuando aún estaba vivo, dejándolo completamente desnudo a excepción de unas botas de montar. El pene de Entrescu, una verga soberbia que en erección medía, según los cálculos que Wilke y él hicieron en su momento, unos treinta centímetros, era mecido cansinamente por el viento del atardecer. [...] Reiter contempló el rostro de Entrescu: tenía los ojos cerrados pero la impresión que daba era la de tener los ojos más abiertos. Las manos estaban fijadas a la madera con grandes clavos de color plata. Tres por cada mano. Los pies estaban remachados con gruesos clavos de herrero. A la izquierda de Reiter un rumano jovencito, de no más de quince años, a quien el uniforme le venía demasiado grande, rezaba. (2666: 930-932)

El hallazgo podría resultar narrativamente superfluo, aunque el personaje del general Entrescu y su extraña muerte es una nueva alusión bolañiana a un entramado textual propio. Recuérdese que toda la obra del chileno es un proceso constitutivo y reelaborativo de una dinámica autorreferencial que se yergue fragmentariamente (ver Ventura, 2007: 187-218); de un conjunto de “significativas relaciones inter y transtextuales que obligan a una fuerte participación del lector” (Promis, 2003: 54). Por ello nada sería más erróneo que considerar este episodio una suerte de effet de réel de los que hablaba Barthes (1968: 84-89): un elemento ‘antieconómico’, ‘residual’; un ‘detalle inútil’, en definitiva, dentro de una adecuada economía de la narración. Si nos detenemos en el mismo y comenzamos a establecer relaciones intertextuales o hipertextuales con otros episodios, o con otros textos, dicha antieconomicidad desaparece por completo. La crucifixión del general Entrescu, pensamos, parodia la narración que hace Augusto Roa Bastos de la derrota del mariscal paraguayo Solano López en Cerro-Corá, dramático colofón de la Guerra Grande que enfrentó a brasileños contra paraguayos. Solano López, dictador de turno del desventurado país latinoamericano, tras ser vencido por las tropas brasileñas del emperador don Pedro acaba siendo crucificado, al igual que Entrescu, por sus propios hombres:

Estaba ahí ese cuerpo crucificado para el que no había ninguna resurrección posible en toda la eternidad. (El fiscal: 33)

La fuerza simbólica de la crucifixión del tirano, para el que ninguna resurreción o redención es ni será posible, es parte de una lectura paródica que el texto de Bolaño hace de la tradición temática de las ‘novelas de dictadores’, género al que la opera omnia del chileno no ha contribuido específicamente con ninguna realización. La muerte del general Entrescu, la muerte de un Cristo irredimible -como el mariscal Solano- es una referencia paródica sea a la tradición temáticamente cristalizada de las ‘novelas de tiranos’, sea a las Sagradas Escrituras, a las que las ‘novelas de tiranos’, a su vez, parodian:

[...] era él tres veces distinto, tres veces concebido en tres ocasiones distintas, tres veces parido mal por la gracia de los artífices de la historia patria que habían embrollado los hilos de la realidad para que nadie pudiera descifrar el secreto de su origen [...]. (El otoño del patriarca: 152)

Como se puede ver en este ejemplo, García Márquez explota hábilmente el juego paródico en el que la referencia a la Trinidad es un eficaz elemento en el proceso de destrucción del personaje del Patriarca: sirve para enmascarar su verdadero origen, hijo de una prostituta. En el caso de los episodios de Bolaño y de Roa Bastos, la muerte sigue la modalidad de la del Redentor, pero aquí no hay redención, ni resurrección, ni eternidad posible; como Bolaño sabe, la eternidad, marquecianamente definida en El otoño del patriarca (1975), finaliza sólo con la muerte del tirano:

[…] volando entre el rumor oscuro de las últimas hojas heladas de su otoño hacia la patria de tinieblas de la verdad del olvido, agarrado de miedo a los trapos de hilachas podridas del balandrán de la muerte y ajeno a los clamores de las muchedumbres frenéticas que se echaban a las calles cantando los himnos de júbilo de la noticia jubilosa de su muerte y ajeno para siempre jamás a las músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tempo incontable de la eternidad había por fin terminado. (El otoño del patriarca: 268)

Por otra parte, la referencia a una «verga soberbia, de unos treinta centímetros» parodia ese topos característico de la ‘novela de dictadores’ que dimensiona totémicamente la figura del tirano y lo categoriza como bestia carnal, como minotauro: el déspota deviene al mismo tiempo macho priápico de numerosas concubinas y toro de una indefinida cantidad de vacas, que no son sino la materialización simbólica de la cantidad de deseos por satisfacer y de la atracción desmesurada del tirano por el sexo (ver Canfield, 1984: 1017-1056).

Raros son los casos como el de Muertes de perro (1958), de Francisco Ayala en el que la negatividad del tirano, como señala Bellini (2000: 55-59), se manifiesta a través del actuar de su esposa. Es ésta quien, en la novela del español, sucumbe a un desenfrenado apetito sexual, mientras que el tirano es más bien un ser casi asexuado. En todo caso, Muertes de perro es una novela en la que el eje central de la misma es la progresiva destrucción de la figura del personaje del tirano, el presidente Bocanegra, figura central del drama; destrucción que se manifiesta desde el primer momento:

Medio oculto por la concurrencia, ese otro era -casi me muero del susto cuando lo reconocí- el mismísimo presidente Bocanegra en cuerpo y alma, con los ojos obsesionantes y los bigotazos caídos que yo tanto conocía por el retrato de la cantina; aunque, claro está, sin la banda cruzada al pecho; pues su excelencia, único personaje sentado en medio de aquella distinguida sociedad, posaba sobre la letrina (o, como pronto aprendí a decir, el inodoro), y desde ese sitial estaba presidiendo a sus dignatarios. (Muertes de perro: 26)

Obviamente, no podía ser de otro modo, resulta también prácticamente asexuado el personaje del general Franco en las novelas, como Leyenda del César Visionario (1991), de Francisco Umbral, y Autobiografía del general Franco (1992), de Manuel Vázquez Montalbán, que trazan su parábola existencial. El texto de Umbral presenta el momento de paulatina autoafirmación de Franco como dictador al margen de los designios de Falange, y la decepción progresiva, y el natural resentimiento, de los más destacados intelectuales falangistas. El personaje de Franco, archiprovinciano e insulso, manifiesta su propia intrascendencia tipológica en todo momento a lo largo de la novela:

Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte en una saleta que huele a merienda y a pistola [...] (La Leyenda del César Visionario: 89)

Por su parte Vázquez Montalbán, en Autobiografía del general Franco, es un texto que, como señala Mainer (2005: 87) «se impone por su fe en la virtud moral de la Historia con mayúscula». Marcial Pombo, voz narrante y autor de esa impostura representada por la falsa autobiografía del Generalísimo, escribe contra la desmemoria histórica e intenta fundamentar el presente sólo a través de un consciente pasado de resistencia. En definitiva, la novela de Vázquez Montalbán es un antídoto cotra los síntomas de amnesia colectiva de la sociedad española.

Volviendo a la importancia que asume la referencia al miembro sexual en el texto de Bolaño -la crucifixión del general Entrescu-, podemos considerar éste como parte de ese proceso de parodización del simbolismo zoomórfico con el que la animalidad misma del tirano es alegorizada [1]; recordemos que dentro de la lógica de esa categorización totémica del dictador, su declive sexual debe ser interpretado como un signo premonitorio del crepúsculo definitivo:

[…] el vientre algo fofo, el pubis emblanquecido, el pequeño sexo muerto y las piernas lampiñas. Éste era el Generalísimo, el Benefactor de la Patria, el Padre de la Patria Nueva, el Restaurador de la Independencia Financiera. (La Fiesta del Chivo 511)

El presente ejemplo de La Fiesta del Chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, evidencia como el declive sexual implica la pérdida de comprensión de la realidad circundante por parte del tirano -en este caso el general Trujillo-, y por ende de sí mismo dentro de ésta; la pérdida de la propia identidad presagia la disolución misma del déspota, que, como se sabe, morirá poco después víctima de un atentado.

Por si fuera poco, el general Entrescu ya había aparecido en el corpus textual de La parte de Archimboldi con anterioridad a la minuciosa descripción de su crucifixión; recordemos que en el texto de ésta se narra la peripecia de Hans Reiter en un castillo de los Cárpatos, donde pernocta la víspera del ataque nazi a la Unión Soviética -el 22 de junio de 1941-. En dicho castillo se encuentran una serie de jerarcas de las SS con algunos militares rumanos, comandados, éstos, por el general Eugenio Entrescu, además de la baronesa Anna Von Zumpe. Tras la cena Entrescu conversa con sus huéspedes y divaga sobre el absoluto domino que ejerce sobre sus hombres:

Me introduzco en sus sueños -dijo-, me introduzco en sus pensamientos más vergonzosos, estoy en cada temblor, en cada espasmo de sus almas, me meto en sus corazones, escudriño sus ideas más primarias, oteo en sus impulsos irracionales, en sus emociones inexpresables, duermo en sus pulmones durante el verano y en sus músculos durante el invierno, y todo esto lo hago sin el menor esfuerzo, sin pretenderlo, sin pedirlo ni buscarlo, sin coerción ninguna, impelido sólo por la devoción y el amor. (2666: 855)

Este Entrescu omnisciente, ubicuo, incorpóreo -oscilante en la dualidad presencia / ausencia- es, nuevamente, el fruto de la lectura paródica que Bolaño hace de la mencionada tradición de ‘novela de dictadores’; éstos, como se sabe, casi siempre aparecen caracterizados como entidades demiúrgicas, que habitan en una dimensión cuasi-sacra [2] dominando un mundo representado modalmente; un ‘modo de pensar”, el del tirano, capaz de crear, como leemos en El Señor Presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias, un ‘modo de ser dentro de éste’; un espacio que impide a sus personajes empadronarse de sus pensamientos, ya que tan sólo ejecutan las maniobras que el ‘modo de pensar’ del tirano les permite:

[...] pienso con la cabeza del Señor Presidente, luego existo, pienso con la cabeza del Señor Presidente, luego existo. (El Señor Presidente: 304)

De igual modo opera la mente de Entrescu sobre sus hombres: «está en cada temblor, en cada espasmo de sus almas» y «escudriña sus ideas más primarias y sus emociones inexpresables», configurando, por tanto, «un espacio cambiado y un tempo corregido por los designios de su voluntad absoluta» (El otoño del patriarca: 81) en donde los personajes que lo habitan comprenden que antes de éste «no éramos nada y teníamos miedo de quedarnos sin él» (El otoño del patriarca: 82). Sin embargo esos mismos soldados -como en el relato borgeano «El Evangelio según Marcos», que pertenece a El informe de Brodie (1970), los Gutres harán con el estudiante Baltasar Espinosa- lo condenarán a la cruz:

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Cuando abrieron la puerta, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: Es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz. (El Evangelio según Marcos: 451).

A partir de ese momento, tras la muerte de un tirano cuya crucifixión refuta cualquier redención posible, reinicia el nuevo ciclo de impostura, fabulacíon, delación y terror que se construye especularmente respecto a la era de la tirania:

Se inventa, se fabula, se miente, se confía a la imaginación la tarea de satisfacer con engañoso pasto a la voraz curiosidad, muy despierta por la certidumbre de que van a seguir ocurriendo cosas, y siempre al acecho. Se quisiera no tener que dormir; ni faltan quienes salgan a escrutar, a ventear en la noche las víctimas de que, puntual, informará la mañana, cuando no a promoverlas por su mano. O aquellos a quienes, si la mano les tiembla, no les tiemble la voz delatora, y matan con el aliento, con la sombra de la sospecha, con la mirada. (Muertes de perro: 14)

Esa es herencia y epitafio del tirano. En Cuadernos de Ruedo Ibérico (1975) José Ángel Valente ofrece en su memoria -en su caso se refiere indudablemente al general Franco- una «Corona fúnebre» de eficaz retórica y diáfana intertextualidad (William Golding, Alejo Carpentier, Georges Bernanos):

Estaba el muerto sobre sí difunto.
Corrieron las estólidas cortinas de la patria
sobre su incorruptible podedumbre.

Señor opaco de las moscas.
Su reino no era de este mundo
Ni de otro mundo.
Improvidente error
y largos cementerios sin fin bajo la luna. (Cuadernos de Ruedo Ibérico: 159)

En definitiva, y como se ha tratado de evidenciar en las precedentes páginas, ese episodio aparentemente menor de La Parte de Archimboldi esconde una intensísima lectura paródica de algunos de los textos citados con anterioridad; esconde también, sin embargo, una lectura del iter causal del ‘chivo expiatorio’ de la que cabe inducir una intención autorial decididamente satírica: la crucifixión de Entrescu -como la de Solano López- parece diseñarse como una suerte de «intervención correctiva» que trata de superar el desorden causado por la presencia de un sujeto, el tirano, cargado de «signos victimarios» (Girard, 1982: 166-172); la eliminación de éste, con su extraordinario simbolísmo catártico, restituye el orden precedentemente quebrado. Bolaño satiriza este proceder temáticamente objetivizado: la muerte del tirano, nos insinúa Bolaño, por sí sóla no restituye orden alguno, porque el ‘modo de ser’ de éste, por sí sólo, no es capaz de quebrar ningún orden anterior a su operado; hay otras ‘causas eficientes’ en la génesis de estos fenómenos -las crueles dictaduras latinoamericanas de las que la escritura del chileno intenta ofrecer un nuevo modelo de relacíón con la literatura (ver Lepage, 2007: 67-89)- que el modelo tematizado basado en la mitologización y (re) (de)sacralización de la bestia deciden omitir. Éste parece ser el núcleo de la sátira a la ‘ilusión metafórica’ de las ‘novelas de dictadores’ que Roberto Bolaño tan brillantemente se aventura a alegar en este episodio tan breve como rico y significativo.

 

Notas:

[1] «Y le solté los botones de la bragueta y me quedé crispada de horror porque no encontré lo que buscaba, sino el testículo enorme nadando como un sapo en la oscuridad […]» (El otoño del patriarca. 165).

[2] Como, por ejemplo, según la fantasía popular el Presidente de Miguel Angel Asturias que «habitaba muchas casas a la vez» (El Señor Presidente. 13).

 

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© Ignacio Rodríguez de Arce 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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