Espéculo

  Reseñas, críticas y novedades

 

 

Marta López Luaces

La virgen de la noche

  

 

 

Norberto Luis Romero
Llucmajor, agosto, 2009

Cinco son los cuentos que conforman este breve volumen con un escenario común: Saint Nicholas, a las orillas del Hudson, pero que transcurre a lo largo de tiempos ciertamente imprecisos aunque conectados entre sí. Mucho podría hablarse de este libro, tanto como los numerosos niveles de lectura que plantea, desde los anecdóticos hasta los más profundos vinculados a la cábala, al oficio de escritor, a los libros, a los enigmas de la identidad, a los espejos, etc.

Nobody es el relato que abre el libro donde la protagonista se llama Nadie, una bella y sensual muchacha que llega y desaparece de forma enigmática y cuya existencia real sólo conocemos a través de testigos, pero nunca de forma directa. En este primer cuento, Marta López-Luaces pone ya la semilla de la dimensión simbólica que impregna todo el libro. Nadie llega por boca de ciertos personajes, se afinca en el barrio y se hace famosa entre sus habitantes, es una bruja, es alguien que con su amor otorga prosperidad al barrio, pero nadie sabe quién es ni cómo es Nadie, es un enigma, es quien no es o la proyección del deseo de terceros, y cuando desaparece, serán las palabras del propio relato, del narrador convocado por los personajes protagonistas, las que testimonien por primera vez la identidad o existencia real de la bella muchacha llamada Nadie. En Un reflejo de pureza, nuevamente estamos ante una realidad vista a través de un espejo, nunca de manera directa, donde Asumpta, la otra protagonista bruja, cultiva plantas en la extraña casa en que habita y con ellas realiza conjuros sobre el cuerpo de Alba, que será quien se encargue cuando al cado de los años la vieja Asumpta desaparezca, de rescatar su imagen atrapada en el espejo para arrojarla al Río Hudson. Brunilda es un relato impregnado de nombres que evocan atmósferas de leyendas y mujeres heroicas, cuyo escenario, como en los anteriores, la arquitectura se derrumba, se fragmenta junto a la realidad de la protagonista, cuya identidad es, una vez más todas las mujeres y Nadie. En Soledad, somos testigos de una charla cotidiana entre mujeres acerca del asesinato de una mujer así llamada pero cuya existencia, nuevamente, se pone en entredicho. En el piso en que vivía esta mujer hay una biblioteca y los libros que se acumulan en sus estantes conforman el universo y la verdadera identidad de Soledad. La virgen de la noche, el relato que cierra el libro y que sin duda condensa el espíritu de toda la obra, en una reescritura del Alef. Los personajes asisten perplejos a los deseos caprichosos de la virgen, a su reflejo en una ventana desde donde demanda sin dar nada a cambio, sino confusión y caos entre las dos bandas de adoradores que se han formado. Ambas miran hacia arriba buscando la figura, el reflejo una vez más, de la virgen, pero también como si siguieran la construcción de la Torre de Babel, tan emparentada con el propio Alef quizá por contrapartida con éste: caos versus armonía, la fragmentación del universo versus el todo. Es la cábala presente a lo largo de todo el libro, donde la palabra se hace verbo, se encarna. Es el cuento más místico del conjunto donde los límites entre lo real y lo evocado se entrecruzan, se confunden, se tejen y destejen sin final. Desconcierto aparente y una lucha entre la racionalidad y lo místico donde López-Luaces entrecruza lo onírico y lo lírico, en un escenario que muchas veces parece estar más fuera de una geografía racional en el hábitat de los sueños, del ensueño o el deseo, pero nunca en la vigilia a pesar del realismo y las detalladas descripciones, a pesar de la contundente presencia final del Río Hudson.

En este inteligente libro, narradores y personajes se funden en uno, acentuando el carácter místico-onírico de los cuentos. Y cuando digo onírico no me refiero en absoluto a la estructura caótica característica de los sueños, sino a las características de los personajes y sucesos que bordean lo verosímil, que van más allá de la lógica, porque la narración es coherente, concisa, detallada y clara, con un lenguaje cotidiano pero también cargado de lirismo y, por qué no, de misticismo, un misticismo tangencial, sutil, opuesto a lo que convencionalmente podríamos llamar religiosidad; aquí se trata de otra cosa, de un misticismo más próximo a la cábala, a la magia como base del comportamiento humano, como nexo original entre los hombres. Flota en estas historias una atmósfera inquietante de irrealidad, un estupor de pesadilla que no llega al espanto. Se trata más bien del temor metafísico al que nos enfrentamos cuando la realidad, a pesar de percibirla como tal, parece que se nos escapa, que va por delante de nosotros como un horizonte inalcanzable. Magia y realidad se entremezclan, juegan a predominar una sobre otra en una lucha en la que ninguna logra imponerse y cuyo resultado es el desconcierto primigenio, el arrobo ante la primera palabra pronunciada por el hombre, aquella frase: y en un principio fue el verbo. El “arrobo” del que habla el narrador-protagonista, el mismo que debió de experimentar el ser humano cuando articulo por vez primera un sonido para nombrarse a sí mismo.

 

© Norberto Luis Romero 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2007