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Alonso Cueto.

Sueños reales

  

 

LOS SUEÑOS REALES DE CUETO:
CONVERGENCIAS, DISENSOS Y OTRAS CUESTIONES

Erasto Antonio Espino Barahona M.A.
Universidad Católica Santa María La Antigua (Panamá)
peespino@usma.ac.pa

“Leer, como soñar, es un acto de hipnosis”, reza la contraportada de Sueños reales, el espléndido y sólido libro de ensayos de Alonso Cueto, que cayó en mis manos hace ya varias semanas gracias a la gentileza de la Cámara Panameña del Libro, entidad que organiza desde hace varios años ese ‘milagro’ de lectura colectiva y de encuentro cultural que es la Feria Internacional del Libro de Panamá. Digo lo de milagro porque en una tierra fenicia como la nuestra, un evento como éste es una suerte de osadía testaruda que viola las reglas supuestamente inviolables de la naturaleza transitista y, a veces, superficial del Istmo.

Pero volvamos al acto de hipnosis. Cuando uno lee los ensayos de Cueto se sumerge en sus sueños y con él dialoga, se pregunta y lo encuentra. Lo encuentra en sus sueños, en sus alucinaciones de vigilia literaria. Y aquí cabe una pregunta: ¿por dónde nos lleva Cueto? ¿Cuáles son sus territorios, los autores agónicos, conflictivos y aterradoramente humanos con los que nos hace conversar? La lista es larga: De Nabokov a Joyce, de Svevo a Konrad, de Flauvert, con su Madame Bovary, a Juan Ramón Jiménez con su amante imaginaria, por mencionar algunos.

Quisiera compartir ahora aquellas zonas del texto más provocatorias, más dicientes, más hijas del ensayo que, como género mitad confesión lírica y mitad argumentación, me exige una respuesta, un coloquio con este narrador peruano, hermano de la literatura, recién descubierto.

El prólogo nos enseña cómo “los relatos de ficción están basados en residuos de la realidad. Al igual que ellos, están procesados por las inquietudes subyacentes de sus autores. Usando su poder de hipnosis, un gran relato nos hace creer que sus personajes, situaciones y diálogos son reales, aún mucho después de haberlos leído”. Cueto sigue diciendo que “los cuentos y las novelas son también una expresión de un instinto esencial. Contar, soñar, leer son necesidades alimentadas por una urgencia natural, la de superponer nuestras historias a las de la realidad que nos rodea”.

Cueto nos abre a sus obsesiones; esas ideas recurrentes que no nos abandonan y que terminan por volverse parte íntima y habitarnos por entero. Pasemos revista a algunas de dichas obsesiones:

En Nerval: bajo el sol oscuro de la melancolía, Cueto revela las ocurrencias geniales y chispeantes del romántico francés. Aquí Cueto exprime las anécdotas y la relación vida-obra, recuperando aquello de que “el estilo es el hombre”. El ensayo subyuga porque -creo- no sigue un plan elaborado y, sin embargo, es evidente que no se debe a un simple flujo de escritura, sino a una forma mentis bien estructurada que hace de la lectura un paseo sabroso y sugerente.

Cueto nos revela la crisis del poeta, su nostalgia de útero, de casa, de alimento nutricio que nos instala en la vida de un outsider como Nerval. Alonso recoge la intuición de Freud de que nuestra relación con la madre configura o prefigura la relación amorosa de adulto con la mujer y, en general, con el mundo femenino. Dicha relación truncada, en el caso de Nerval, no hizo otra cosa que precipitarlo irreversiblemente al abismo. El drama de Nerval se hace cercano y se entiende del vacío afectivo que nunca se llenó realmente. Cómo éste, convertido en obsesión, lo llevó al delirio. De ahí al suicidio había un solo paso que Nerval, fatalmente, dio sin vuelta atrás.

Por su parte, Lewis Carroll: un soñador insomne me hizo concluir que si los santos son aquéllos en los que la realidad de Dios es omnipresente, en los escritores, como Carroll, la belleza, la recurrencia del amor por la palabra y la pasión por la pureza matemática son, en cambio, la omnipresencia que atraviesa al escritor, llevándolo hasta los territorios del insomnio o de la locura. En el caso de Carroll, la pérdida de su madre nos recuerda que el dolor nos quita siempre la feliz inocencia de la infancia y de la juventud.

En Joseph Conrad: la dura piel del solitario, Cueto nos advierte de la literatura como medio de expresión para soportar el espanto de lo real; y como diría Moravia Ochoa, a meterle fuerza a las “ganas de estar un poco vivos”. La escritura del ensayo sobresale por su mesura en la adjetivación. Miren cómo habla de Conrad: “por entonces ya había escrito otros libros que él intuía que eran importantes; en realidad eran magníficos”. La lección de Huidobro está bien aprendida: el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Cueto sigue sondeando, persiguiendo, rastreando las conexiones vida-obra, detrás de los autores que cierta crítica llamaría “descolocados”; y lo hace sin ceder un ápice a la grandilocuencia.

A este punto del libro uno quizás se aleja de Cueto; o por lo menos de Conrad, cuando se entera de que “odiaba a George Bernard Shaw, por considerar que éste tenía una visión redentora de la literatura. Le parecía absurdo pensar, como Shaw, que el escritor debía tener una función social”.

Otro disenso se plantea cuando Cueto nos dice que la visión de la soledad de Conrad aparece en torno a las relaciones siempre imposibles entre el individuo y su entorno, y uno se pregunta si esto es siempre así, y sobre todo, si es justo que sea así: Si no hay posibilidad de encuentro, de comunión y de apertura. (La distancia con Conrad tiene que ver con la devoción a un verso de Pushkin cuando declara “quiero comprenderte, busco en ti sentido”. Y también con la Lubich, cuando invita a hacerse uno con el otro para, juntos, acordar ese sentido).

Ahora bien, el método de Cueto para abordar a los autores que habitan sus sueños reales es el de encontrar una, dos o tres pistas de interpretación que va hilvanando para armar su mosaico, el propio, hecho de afinidades y obsesiones. Es de admirar, por ejemplo, su conocimiento de la narrativa occidental y del canon respectivo, y su maestría en la literatura comparada, con el dominio de quien conoce el oficio de ensayista. De más está decir que, fiel al género, no tiene miedo de tematizar el yo y de confesar que “la gran literatura está hecha sólo de lágrimas”.

En Henry James: la amenaza de la mirada, vuelve a aparecer la adjetivación precisa, genuina, sin rimbombancias. Y la capacidad de ilustrar al lector sobre el argumento, los personajes y sus conflictos; y su expresión a través de lo que antes se llamaba, sencillamente, estilo. Aquí Cueto resulta agudo, agudo, agudo. Basta observar cómo exprime el fragmento de la anciana Juliana y el furor de su mirada. Y se reitera la incomunicación, la descolocación del escritor. Si “el otro en James es siempre en su obra una presencia amenazante”, estamos en la claudicación del pensamiento relacional o ‘comunional’, como señalan los expertos. Eso no obsta para reconocer que James, junto con Conrad y con Trust, es artífice de nuevos modos de narrar. El ensayo termina con una declaración a favor de James en la que Cueto manifiesta su sensibilidad y una pasión subjetiva y transparente por el autor.

Con el ensayo Zeno Cosini y las paradojas de la voluntad Cueto sale invicto, pues sabe entrar en el texto del escritor italiano Svevo, y narrarlo, y dar de leer para los otros. (El ensayo es, ciertamente, culto, fluido, amical. Creo que le habría gustado a Susana Tamaro quien, dicen, desciende de Svevo).

El libro de Cueto va mucho más allá de esta glosa. Quedan por mencionar, al menos: Arguedas y la tierra sagrada, con su irrenunciable vocación de unir el mundo hispánico y el indígena. O las “Variaciones” con su travesía infinita sobre el cuerpo; o Un siglo del caso Dreifus, admirable narración de la literatura de la mano con la justicia. O su sensata reflexión sobre el triunfo de la lengua, pensada con realismo lingüístico.

Quiero, por último, terminar agradeciendo a Cueto por retomar la definición de intelectual de Zolá, quien afirma rotundamente que “el intelectual era el hombre que reflexionaba, que buscaba la verdad”. En estas páginas no he tratado de hacer otra cosa que acercarme con respeto a la verdad de Cueto y a las vibraciones que me han dejado sus sueños reales.

 

© Erasto Antonio Espino Barahona 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero44/acueto.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2010