El Espejismo de los Modelos de Identidad.
Lectura de Alienación de Julio Ramón Ribeyro

Dra. Adriana I. Churampi Ramírez

Universidad de Leiden Holanda
a.i.churampi@hum.leidenuniv.nl


 

   
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Resumen: La lectura del cuento Alienación del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro representa a la par que un esfuerzo interpretativo de los elementos puramente textuales, un desafío en la búsqueda de la respuesta a la interrogante de la identidad. Nuestra propuesta de lectura de Alienación va recorriendo algunos de los símbolos presentados en el texto: el marginal, la construcción de la identidad refugio, el viaje y la muerte, para intentar responder como resultado de su conjugación, a una pregunta que creemos se halla en la base del desarraigo de los protagonistas: ¿Quiénes somos y dónde estamos? Nuestra lectura representa un intento de definir al “antagonista” del texto, creemos que de esa manera es posible descubrirle nuevas dimensiones al relato, nuevos significados.
Palabras clave: Julio Ramón Ribeyro, narrativa peruana, literaura hispanoamericana

 

INTRODUCCION

La lectura del cuento Alienación de Julio Ramón Ribeyro representa a la par que un esfuerzo interpretativo de los elementos puramente textuales, un desafío en la búsqueda de la respuesta a la interrogante de la identidad. Nuestra propuesta de lectura de Alienación va recorriendo algunos de los símbolos presentados en el texto: el marginal, la construcción de la identidad refugio, el viaje y la muerte, para intentar responder como resultado de su conjugación, a una pregunta que creemos se halla en la base del desarraigo de los protagonistas: ¿Quiénes somos y dónde estamos?

Sin embargo, como ocurre con la mayor parte de la narrativa de Ribeyro, ella no ofrece soluciones o modelos, sino que delega en el lector la activa labor de definir, tras la lectura, a sus propios antagonistas. Así descubrimos, a punto de emitir una conclusión puramente basada en el texto, que el drama de los protagonistas no es simplemente aquel que el relato nos ofrece, sino que consiste en el hecho de haberse consagrado a la búsqueda de un “modelo” de identidad y cierta manera de ser, olvidando responder a una pregunta fundamental, previa y sin duda más global, oculta en algunos extractos distribuidos a lo largo del relato.

Evidentemente el propósito del autor no es explicar la condición del Perú a través de sus personajes, mucho menos adelantar soluciones. En este retrato de los individuos en las peculiares circunstancias que los agobian hasta llevarlos a la destrucción, la presentación y la creación de los hechos habla por sí misma (Márquez, 1994).

La tarea de arribar a una conclusión que aclare el enigma inquietante tras el lenguaje y la presentación, aparentemente simples, de los cuentos de Ribeyro, le corresponde asumirla al lector. Nuestra lectura representa un intento de definir al “antagonista” del texto, creemos que de esa manera es posible descubrirle nuevas dimensiones al relato, nuevos significados. Así se puede contribuir a enriquecer un texto al convertirlo, mediante diversas lecturas, en un material dinámico y constantemente actual.

 

1. EL SIMBOLO DIDACTICO

Antes de iniciar el análisis del texto en sí, es necesario detenernos en el posible sentido de la referencia consignada entre paréntesis tras el título del relato. Llama nuestra atención la alusión a un Cuento edificante seguido de breve colofón. En primer lugar, la idea de un cuento edificante nos sugiere la posibilidad de que como resultado de la lectura emerja una enseñanza. Nos encontramos ante una narración constructiva. Vista de este modo, la búsqueda de una esencia didáctica, actuará como guía en nuestra interpretación. Pero a diferencia de las fábulas o los dramas moralizantes donde la ubicación de la moraleja es sencilla, en los cuentos de Ribeyro la lección edificante generalmente se expresa por omisión (Luchting 1988: 208). La enseñanza puede radicar no solamente en lo que no se vió o en lo que no se hizo sino también, como en el caso de los protagonistas, en lo que se hizo equivocadamente. Yendo aún más lejos en la consideración del rol dinámico que habrá de desempeñar después el lector, el símbolo didáctico podría encontrarse también en lo que no se dice y sólo se llegará a él deduciendo, intuyendo el sentido -aparentemente incomprensible- de ciertos elementos textuales.

En segundo lugar, nos detenemos en el colofón. Su interpretación guarda relación con la trascendencia de Queca en la vida de Roberto. Aparte de ser el centro de su atención por estar enamorado de ella, serán las cinco palabras de Queca las que constituirán el detonante de su crisis de identidad. Pero ésto no es lo único, la observación de las “estrategias” desplegadas por Queca conducirán a Roberto a una tajante conclusión que determinará su futuro.

El drama de Roberto queda subrayado por el fracaso de la estrategia de Queca. La observación de que: de haberla conocido a tiempo el drama de Roberto hubiera podido evitarse…o tal vez no, forma parte de la lectura interpretativa que efectuaremos.

 

2. PROPUESTA DE INTERPRETACION

Nuestra propuesta de lectura de “Alienación” plantea el drama de la búsqueda de la identidad personal. Pero tan importante como la conclusión final será el proceso de indagación. La aventura existencial parte de una realidad de confrontación y tensión entre los protagonistas y su medio ambiente, de la evidencia de un mundo que no logra evitar la desintegración de sus identidades. Cuando la necesidad de encontrar una respuesta a este dramático estado de desarraigo e inadecuación se hace urgente, los protagonistas ensayan estrategias que no vienen a ser más que refugios de lo que quisieran ser, o como quisieran sentirse, sin conseguirlo.

El sentirse desarraigados no hace más que intensificar la necesidad de integración a través de la búsqueda de un “espacio feliz.” Así se inicia el desplazamiento característico de la búsqueda (Ainsa, 1986:187). Pero para partir en busca de algo antes hay que haber estado y para buscar lo que se siente perdido antes hay que cobrar conciencia de haberlo tenido y de quién se era en aquel momento.

2.1. ¿Dónde estaban y quiénes eran los protagonistas?

Estas son preguntas fundamentales en las cuales se sustenta y encuentra justificación la teoría de la búsqueda. Pero ese sentimiento de extrañamiento de los personajes, ¿nace efectivamente de una necesidad de encontrar su ser? O es que esta aspiración a una identidad ideal sólo constituye una evasión característica en dos anti-héroes desorientados?

¿Quién era Roberto? Era un zambo y era un López. Se parecía a un futbolista del Alianza Lima y si no hacía algo de inmediato terminaría de portero de banco o de chofer de colectivo [1]. Estudiaba en un colegio fiscal, vivía en el último callejón del barrio y era el hijo de la lavandera. Era, desde la perspectiva de Queca, “[…] un ser retaco, oscuro, bembudo y de pelo ensortijado […]” (Ribeyro, 453). Las características que describen a Roberto se pueden agrupar en torno a dos categorías: la racial y la de clase social o estatus y ambas parecen determinar su destino con aparente fatalidad.

José María Cabanillas: También era zambo, aunque más alto y menos oscuro. Era el hijo de un sastre de Surquillo. Nuevamente nos encontramos ante las mismas categorías de raza y clase.

Queca: Era la hija de un empleadito que no tenía auto y cuya casa sólo tenía un piso y estaba adornada con geranios comunes y corrientes. Estudiaba, no con las monjas alemanas o norteamericanas, sino con las españolas. Pero éstos eran detalles sin importancia ya que “lo que contaba” era su tez capulí, sus ojos verdes, su melena castaña y sus invencibles piernas. Los primeros detalles corresponden nuevamente a las categorías mencionadas, lo único que crea la ficción de su aceptación entre el grupo de blanquiñosos es su belleza.

En esta línea de análisis de los personajes no podemos pasar por alto la función desempeñada por el “nosotros.” [2] Su evaluación nos permite ubicar una clara secuencia de oposiciones que contribuyen a definir el universo en el cual se encuadran las relaciones entre los “blanquiñosos” y los “otros:” Roberto, José María y la misma Queca.

NOSOTROS

— Los que vivíamos en los chalets.

— Los que estudiábamos en colegios particulares, de alemanes o norteamericanos.

— Los que íbamos a la Universidad.

— Aún para “nosotros” era difícil viajar al extranjero.

ELLOS

— Que vivían en casitas de un piso o en el último callejón.

— Estudiaban en un colegio fiscal o en un colegio de monjas españolas.

— Roberto trabajaba de repartidor de una pastelería mientras nosotros íbamos a la Universidad.

— Roberto cuando iba a la plaza era para mirar o ser saludado [3] por algún blanquito.

Estas oposiciones estructuran el microcosmos del barrio en el cual se desarrolla la vida de los protagonistas. La firme demarcación de estratos sociales define también las esferas de poder que implican la postergación del segmento social al cual pertenecen los “otros,” todo ello caracteriza el panorama social del relato.

Es bueno tener presente que si bien estas oposiciones, que tan claramente parecen haber determinado dos grupos sociales antagónicos, también sirven para mostrarnos que el proceso de sobrevivencia en una sociedad como la descrita conlleva, entre otros fenómenos, la liquidación de la conciencia solidaria del sujeto: Queca basará su carta de ascenso social precisamente en el rechazo de sus “semejantes.”

El narrador se vale del rol de la misma Queca para reforzar ese “determinismo” que parece regir la vida de los personajes. El Eros también llega a resultar severamente influenciado por los mecanismos que rigen la socialización (Ortega 1988: 191). Queca está descrita como la personificación de un estado más al cual los protagonistas jamás accederán, como consecuencia “natural” de sus circunstancias de vida.

La sexualidad, terreno de aparente espontaneidad y alegoría de la libertad, también se encuentra controlado por las mismas fuerzas que determinan las estructuras sociales.

Las piernas de Queca, símbolo del erotismo y la sexualidad en la narración, se mostraban “[…] siempre descubiertas y doradas […]” (Ribeyro, 453) cuando al comienzo, en la etapa “democrática,” su dueña jugaba con todos. Al volverse “[…] más triunfales y torneadas que nunca […]” (Ribeyro, 453) Queca ya sólo socializaba con Chalo Sander y finalmente quien “[…] la llevaría al altar, con todas las de la ley […] y tendría derecho a acariciar esos muslos […]” (Ribeyro, 455) sería solamente Billy Mulligan. Semejante evolución, descrita en el texto, se cierra con un razonamiento categórico de Roberto: “Había un estado superior, habitado por seres que planeaban sin macularse sobre la ciudad gris y a quienes se cedía sin peleas los mejores frutos de la tierra.” (Ribeyro, 455).

Pero ¿podemos encontrar la explicación a la crisis de identidad de los protagonistas basándonos solamente en la desequilibrada estructura social de su ambiente de barrio? Indudablemente que no. El relato progresa, y a continuación nos describe los sucesos en otra esfera, que actúa como instancia representativa del “sistema” mayor en el que habitan los personajes.

Será ahora a nivel institucional, un estrato que supera a la familia y al barrio, que la dinámica se torne consecuentemente excluyente, esta vez la sociedad peruana emitirá su veredicto sobre los protagonistas.

Roberto y José María se presentan al concurso anual de una Compañía de Aviación solicitando el trabajo de purser. Pese a que reúnen todos los requisitos, por carecer de recomendación y resultar evidente para los calificadores que se trata de “mulatos talqueados” los descalifican.

Como habíamos mencionado anteriormente, para entender el significado de la búsqueda era necesario previamente analizar la “inadaptación” o la “ descolocación” de los personajes. Ya podemos, a estas alturas, responder a nuestra pregunta inicial: los protagonistas simplemente ni eran ni estaban. Todo lo que les rodeaba, su grupo, su sociedad, las circunstancias, las instituciones, como instancias destinadas a reforzarles una imagen identitaria, les habían dado una clara respuesta excluyente. Cada estrato había actuado como un espejo reflejando la devaluación de sus existencias y sus personas en dicha sociedad. Así terminan convertidos en marginales, desarraigados, en “outsiders” en su propia tierra. (Ainsa 1986: 187)

Su reacción inmediata es el rechazo de esa realidad en la cual no consiguen “ser,” el escape de sí mismos hacia el refugio en la fantasía de un “otro” que quisieran ser pero no son ni serán jamás. [4]

2.2. LA IDENTIDAD REFUGIO

Como primera estrategia Roberto y José María intentan fabricarse un nuevo ser. Pero primero tienen que definir al modelo, al ser “ideal” que pretenden imitar, escogen al norteamericano [5]. Profundizaremos más adelante en el drama de este equívoco.

¿Cómo se fabrican los protagonistas un nuevo ser?

Los primeros pasos son bastante concretos: pasan por el meticuloso proceso de deszambarse: someten la contextura y el color de su cabello a un “tratamiento” en base a agua oxigenada y planchados, aplican polvo de arroz, almidón y talco a su piel. Luego prestan atención al vestuario, posteriormente a la manera de caminar y de hablar, porque el plan es llegar a ser un gringo. Al final consiguen imitar el idioma y la vestimenta: blue jeans, gorras de visera, casacas de nylon y camisetas. Agregando a ésto su transformada cabellera y la piel teñida, se encaminan hacia la primera fase de su conversión. Esta etapa queda simbolizada en el paso de Roberto a Boby. Pero reparemos en la ironía: el avance se caracteriza por la pérdida de sílabas del nombre original. Otro detalle es que resulta dudoso que aún este logro inicial pueda considerarse como resultado de sus propios esfuerzos.“Como Roberto era muy difícil de pronunciar, fueron ellos [los gringos] quienes decidieron llamarlo Boby.” (Ribeyro, 458)

De la cita entendemos que son “otros” (los gringos) quienes establecen la diferencia por simples motivos prácticos, es la mirada del otro la que define el ansiado ideal de los muchachos. El éxito de las estrategias que intentan solucionar un conflicto tan personal, queda definido por otros, seres ajenos dan el veredicto final. Ellos imponen la diferencia determinando que Roberto no es igual a ellos. En cierto modo lo sitúan en su lugar, le recuerdan que él siempre estará de gringo pero nunca lo será. (Luchting 1988: 328) Similar función cumplirá el cine. Copiando la ropa, las poses, los diálogos, apropiándose de los signos exteriores, intentan asemejarse a Alan Ladd y a John Wayne. Una nueva ironía ya que copian esforzadamente a seres inexistentes. Copian a personajes de películas, que por definición son entes vacíos ya que se trata de representaciones irreales, carentes de contenido, que se encuentran en las pantallas pero no siempre en la vida real. Ni los cigarillos Lucky, ni el intento de “ingresar” en el poster del puente sobre el río Hudson, ni Stranger in the night los hacían norteamericanos. Y estos fracasos son una clave adelantada del drama del equívoco al que se encaminan los personajes.

Este cúmulo de errores en los que los protagonistas incurren en su proceso de definición de identidad, y que son claramente visibles para el lector, se inician ya con la elección del ideal. “Fue sólo Roberto el que sacó de todo esto una enseñanza veraz y tajante: o Mulligan o nada.” (455)

Detengámonos un momento a analizar quién era Mulligan, siguiendo la descripción del texto: un pecoso, pelirrojo, de camisas floreadas, que reía con estridencia y tenía auto propio, raquetas, anteojos ahumados, cámaras. En suma, un conjunto de atributos y accesorios externos. El verdadero Billy, surgirá recién en el colofón, cuando devaluados sus accesorios, que según nos informa el texto, eran los mismos en cien mil pueblos norteamericanos, surge lo único “original”: el irlandés.

En esta percepción inicial, el modelo en el cual se centran los esfuerzos de su re-definición, Roberto se había equivocado.

No menos frustrante es el final de la estrategia de Queca basada en la selección: “Del grupo al tipo y del tipo al individuo […].” (Ribeyro, 455) Será precisamente Billy quien al lanzarle al final el: “Chola de mierda” cierre la cadena de acontecimientos iniciada por ella misma años atrás cuando arruinó la vida de Roberto con un “yo no juego con zambos”(Ribeyro, 453). La circularidad de los acontecimientos queda reforzada incluso por la similitud del tenor despectivo presente en ambas expresiones. Sin importar el lugar o el tiempo pasado pareciera que ambos personajes, marcados por su destino, estuvieran condenados a cumplirlo de modo ineludible.

2.3. EL VIAJE

Agotadas las posibilidades de adaptación a su entorno, empeorada su situación como consecuencia del proceso de deszambamiento: conflictos familiares [6], pérdida de trabajo, sólo les queda a los protagonistas la posibilidad de “realización” fuera del contexto que tanto desprecian. Surge la última gran alternativa: el viaje.

Pero esta etapa canalizadora de la definición de su ansiada identidad, no se limita al traslado espacial sino que implica necesariamente un proceso de toma de conciencia. La estrategia no sólo consiste en la partida, recordemos que no se trata de una fuga, se impone un regreso que ponga en evidencia la solución de las tensiones que le evidenciaron al anti-héroe su “no ser” en dicha sociedad. El sujeto debe volver tras haber conseguido fabricarse una identidad deseada, haberse reinventado, redescubierto o asumido una identidad fuera del contexto opresivo que lo rechazaba. Sea cual fuera la opción elegida tiene que ser evidente que produce resultados positivos para su portador. Sin la evidencia de las ventajas el viaje se convertiría en un peregrinaje infructuoso. Lo cual implicaría que como estrategia definitoria de identidad ha fracasado, que la solución al conflicto de los protagonistas tampoco radicaba en el traslado espacial.

2.4. LA PESADILLA INFERNAL DEL “SUEÑO ROSADO”

¿Qué sucede con los personajes una vez que se establecen en “la tierra de promisión”?

Se gasta la ropa, les cansa la música, la comida, todos aquellos signos exteriores que habían pulido en Lima creyendo que resumía la condición de “norteamericanidad.” Lo que reaparece es algo familiar: la pobreza, la expulsión, el desprecio, elementos que parecen haberse trasladado con ellos como si, al margen de su voluntad o del espacio físico en que se desenvolvieran, sus destinos se hallaran definidos por estas características. Esto los empujará a un último recurso: un nuevo viaje. Este no tiene ya las características del primero, es un recurso final, de emergencia, lo hacen para no ser expulsados, no es parte de un plan, ahora marchan “al reino de lo ignoto” (Ribeyro, 460). En este viaje irían a arriesgarse a “morir como ratas” (Ribeyro, 460) a cambio de lo poco que aún les quedaba de su sueño.

Roberto muere. Podríamos creer que siguiendo la línea de razonamiento del cuento edificante, su sacrificio construye la enseñanza: el camino que había seguido al intentar definir su identidad es el equivocado. Además, consecuentemente, quien había definido su vida en términos extremos -será Roberto quien esté dispuesto a “matar al peruano en sí” [7]- pagará su fracaso con la misma intensidad. Paradójicamente el único modo de matar al peruano en sí quizás consistía en eliminar su ser mismo.

Consecuentemente con la afirmación anterior, ¿por qué sobrevive José María? ¿Porque paga el precio de su error con una mutilación (“El solo perdió un brazo, pero estaba allí vivo...”) (Ribeyro, 461), y se redescubre, ya desempolvado, más zambo que nunca? ¿Radica allí la enseñanza positiva, la moraleja del relato?

Si así fuera, esta reformulación de su identidad, nos proporciona al mismo tiempo una respuesta a la interrogante inicial del conflicto? José María ahora ¿es? y ¿está?

 

3. ¿EXISTE UN MODELO DE IDENTIDAD?

A lo largo del texto el narrador nos presenta numerosos elementos negativos que caracterizan el fracaso de la estrategia de los protagonistas, pero ¿encontramos elementos positivos que identifiquen una propuesta válida?

Significativamente, no.

Fracasados los “modelos” de Roberto, José María e incluso el de Queca (las golpizas, la tristeza limeña y el “chola de mierda” son elocuentes muestras del fracaso), aún nos queda un personaje de análisis en el texto: Cahuide Morales. El mestizo “huatón, ceñudo y regionalista” que “adoraba los chicharrones y los valses criollos” (Ribeyro, 456) y a quien “nada lo reventaba más que no ser lo que uno era.” (Ribeyro, 456), de modo que, aparentemente, él tenía muy claro lo que era. Sin embargo, a continuación viene su frustrante y decepcionante definición del “ser”: el dinero. “Cholo o blanco era lo de menos, lo importante era la mosca, el agua, el molido, conocía miles de palabras para designar la plata.”(Ribeyro, 456) [8]

Entonces el cuento ¿podría resumirse como una enumeración de modelos negativos de identidad? Quizás debamos re-elaborar la pregunta inicial sobre la identidad.

El sustento de la posibilidad de esta nueva elaboración la encontramos en ciertos elementos textuales que hasta ahora no habían encontrado cabida en nuestra lectura anterior:

—“ […] si quería triunfar en una ciudad colonial […]” (452)

—“¿De qué le valía ser un blanquito más si había tantos blanquitos fanfarrones, desesperados, indolentes y vencidos? Había un estado superior habitado por seres […] a quienes se cedía sin peleas los mejores frutos de la tierra.” (455)

—“[…] otros López, que desde otros horizontes y otros barrios, sin que hubiera mediado ningún acuerdo, alimentaban sus mismos sueños y llevaban vidas convergentes a la suya.”( 458)

— “Todo lo que viene después es previsible y no hace falta mucha imaginación para completer esta parábola.” (459)

— “Pero era tan penoso enviar a los boys a ese lugar! morían como ratas […]” (460)

— “[…] Boby fue aproximándose a la cita que había concertado desde que vino al mundo.” (460)

— “ Y Queca? Si Bob hubiera conocido su historia tal vez su vida habría cambiado o tal vez no, eso nadie lo sabe.” (461)

Lo llamativo de algunos de estos epifonemas [9] es que nos dan la impresión que la causa del sufrimiento de los protagonistas no radica directa y específicamente en “alguien” del texto, sean los blanquiñosos, Queca, los de la Línea Aérea o quienes lo envían a Corea. Son “elementos misteriosos” ya que su significado no puede derivarse de una directa interpretación textual. Si como ya mencionamos anteriormente Ribeyro deja en sus obras al lector la tarea de ubicar al antagonista, podríamos considerar estas citas como claves destinadas a encaminarnos en la dirección de una interpretación final.

La vaguedad o el fatalismo de las expresiones: ciudad colonial, los seres que habitan los estados superiors, el fenómeno de los López, el irremediable destino de Boby concertado desde su nacimiento, parecen apuntar a una esfera estructural, global. Sólo así entenderíamos la sensación, luego del análisis, de que todos los personajes son en realidad víctimas al hallarse controlados por fuerzas extrañas, superiores. Esta culpabilidad ambigua queda pendiente dejando al lector la tarea de una lectura activa para así obtener sus propias conclusiones.

 

4. LA PREGUNTA PREVIA A LA BUSQUEDA DE LA IDENTIDAD

Este ente multifacético y difuso que se encuentra en el trasfondo de la lucha pírrica de los personajes, limitando la libre determinación de sus individualidades, podría aludir a cierta condición estructural del país o incluso ir más allá y aludir a un sistema que rige las relaciones entre naciones, recordemos que los personajes arrastran sus conflictos más allá de las fronteras nacionales.

Y así llegamos a un posible núcleo didáctico del relato: el drama radica en la esforzada dedicación de los protagonistas a la búsqueda de su identidad sin antes haber solucionado las preguntas esenciales que se encuentran en la raíz precisamente de la pérdida de dicha identidad. Sin solucionar el quién se es y dónde se está, que podrá construirse después que no nazca condenado a fracasar?

La clave del análisis radica entonces en la crisis de la identidad, no como desesperadamente lo creían Roberto, José María o Queca, en la apropiación o fabricación de un modelo específico, eso sólo desempeñaría la función de un paliativo, un maquillaje aplicado a un cuerpo ya enfermo.

En este sentido todo modelo estará condenado al fracaso ya que siempre ofrecerá representaciones ilusorias del ser, mitos enmascaradores cuya única función sea ocultar la realidad (Salazar Bondy, 1973).

Partiendo del planteamiento de la pregunta sobre la crisis de la identidad surgen nuevas definiciones, que en el contexto de nuestra lectura contribuyen a la identificación del antagonista. La discriminación, las relaciones de dominación y dependencia, la “cultura de dominación” (Salazar, 1973), la exclusión o la desigualdad son definiciones candidatas a caracterizar a un “sistema,” ya identificado como el antagonista, y las que nos ayuden a comprender el sentido de “esas fuerzas extrañas” determinadoras de las esferas de poder que parecen regir los destinos de sociedades, ni qué decir de sus pobladores, como sucede en el caso de los protagonistas. Así encontraríamos una explicación a cómo el conflicto de Roberto que parecía radicar en su condición de zambo deviene también en un conflicto de su peruanidad [10]. Y entenderíamos cómo los otros López de las clases de inglés y las Quecas de las calles de Nueva York no son más que diversos rostros de un mismo fenómeno.

Los marginales al no hallarse incorporados dentro de la estructura dominante se ven desarraigados de las institucionales nacionales, convirtiéndose así en un grupo aparte en su propia tierra (Forgues 1986: 88). La conducta de los personajes no es pues una suma de historias individuales [11] sino la descripción de las consecuencias de la naturaleza de las relaciones sociales en la colectividad de un país como el Perú. El sistema social, sujeto a mecanismos determinados por la dinámica del poder, se caracteriza por su falta de fluidez, de movilidad, condenando así a ciertos grupos al fracaso social (Delgado, 1971).

Esta no es más que una de las características de una crisis nacional resultante de la implantación de ciertos modelos de poder y relaciones desequilibradas [12]. La sociedad, la historia, se hallan marcados de esta manera, la personalidad y la cultura seguirán siendo de alienación, de imitaciones y carencias mientras no se preste atención a las causas de la crisis. La dependencia no es solamente económica sino que afecta también a los modos y manifestaciones de la cultura y la vida. En conjunto la sociedad y la cultura carecen de un principio unificador, se hallan desintegradas. Y en este contexto se aceptan y oficializan valores inauténticos, ajenos, ignorando y menospreciando las realizaciones propias. No puede haber una cultura de dominación sin que la entera estructura social se vea afectada (Salazar, 1976).

A esta situación estructural es a la que podría haber estado aludiendo Ribeyro tras el supuesto pesimismo y determinismo con que describía la situación de sus personajes. Ellos no resultan más que consumidores de conceptos reconocidos por la cultura hegemónica como válidos y cuya adopción lo único que provoca es la conversión en seres ajenos, extraños a su esencia, vacíos, como describe el narrador refiriéndose a Boby López: “En su ascensión vertiginosa hacia la nada.”

Roberto, Queca, José María, Cahuide Morales, los blanquiñosos, con sus distintos modelos ejercitados, se encuentran alienados de sí mismos pero no son más que el producto de una comunidad a su vez alienada, a la que el narrador no en vano denomina “una ciudad colonial.”

Cada uno de los personajes representa un caso típico, una actitud de la subsistencia en la periferia. Si los protagonistas, definidos de este modo, se yerguen como las víctimas de un sistema injusto, de un orden de cosas que actúa en contra del bien de la comunidad (recordemos que los protagonistas representan varias esferas de la población) en lugar de

buscar su bienestar, la conclusión que se impone es la comprobación de la naturaleza antisocial del sistema. De esta definición del antagonista emerge para el lector el rechazo por lo que hasta ahora denominamos las “fuerzas oscuras,” los fundamentos de la sociedad en la que se desenvuelven los protagonistas. De la lectura del texto comprendemos que no podrá solucionarse la crisis de identidad, producto de la naturaleza básica de la sociedad, sin atacar la estructura desequilibrada que constituye el fundamento de dicha sociedad. El fracaso de Roberto, Queca, los blanquiñositos o Cahuide Morales es mucho más que una descripción dramática de sus equívocos, es un llamado a la toma de conciencia de que ningún modelo, fórmula o solución tendrá validez mientras perennice la situación cotidiana ignorando que:

“[…] no por definirnos como indios, españoles, cholos u occidentales y por obrar según patrones indígenas, españoles, cholos u occidentales alcanzaremos la realización de nuestro ser y la libertad de nuestro actuar.” (Salazar 1976: 32)

 

Notas

[1] El hecho de que Ribeyro presente a los zambos de modo siniestro como choferes, porteros de banco, mayordomos, jardineros, taxistas, guardaespaldas, bailarines y suerteros podría indicar que los percibe como un elemento social inquietante, amenazante, como algo desconocido y potencialmente peligroso. (Luchting 1988: 323)

[2] Se dice que la perspectiva de Ribeyro en sus cuentos siempre es la de un burgués limeño y que sus personajes, sin importar quiénes sean, piensan y hablan como tales. Pero si bien es cierto que Ribeyro escribe sobre la burguesía, que después de todo es su propia clase, no deja de hacerlo con una nota de ironía y criticismo (Luchting, 1988). Una muestra la encontramos en el momento en que el “nosotros” se revela como “[…] los blanquitos fanfarrones, desesperados, indolentes y vencidos […],” entonces el aparente yo-testigo se fusiona con el yo-crítico (Ortega 1988: 191).

[3] Prestemos atención al uso del pasivo. El “ser saludado” funciona como el símbolo de la imposibilidad de un desempeño activo de Roberto, la iniciativa se elimina aún en este acto tan sencillo. Alude a a su “no pertenencia” al ambiente de la plaza reconocido como el territorio de los blanquiñosos.

[4] El modelo excluyente que la sociedad propone e impone y que excluye a la mayoría nacional (más asociados al tipo cholo, negro o asiático que al blanco) podría superarse mejorando las condiciones socioeconómicas que sostienen la rígida estratificación, pero lo que definitivamente resulta imposible es cambiar de piel. (Bruce, 2008: 72)

[5] En la elección de Roberto juegan un rol esencial sus observaciones respecto a las preferencias de Queca. Cuando más adelante surjan los otros López con los mismos sueños y las tantas Quecas en Nueva York, esa será la indicación de que no sólo estamos ante la narración de una historia particular sino ante la descripción de un fenómeno global.

[6] Anteriormente mencionamos la anulación de la conciencia solidaria ejemplificada por la estrategia de Queca al rechazar a su clase para alcanzar sus fines. Aquí tenemos un pasaje similar, Roberto se aleja voluntariamente de su familia, su barrio y su gente, quienes reaccionan ofendidos y se burlan de él al presenciar su “deszambamiento.”

[7] También podría interpretarse el final como el precio de la traición, si se considera que Roberto aspirando a convertirse en gringo traiciona a su raza (deszambarse) y traiciona a su patria (matar al peruano en él). (Luchting, 328)

[8] El texto mismo nos muestra con el caso de Mulligan que la riqueza material no asegura necesariamente un buen final, como leemos en el colofón: “Billy […] se aficionó a las máquinas tragamonedas y a las carreras de auto, sus pies le crecieron más y se llenaron de callos, le salió un lunar maligno en el pescuezo, los sábados se inflaba de bourbon […] se enredó con una empleada de la fábrica, chocó dos veces el carro […]” (Ribeyro, 461). Por eso consecuentemente situamos también la opción de Cahuide Morales dentro de los modelos fallidos.

[9] Los epifonemas se definen como una reflexión breve y vivaz que introducida en el relato se destaca por su caracter general y sentencioso. Encontramos varios ejemplos en el relato. Ribeyro reconoce que recurre constantemente a ellos. (Luchting 1988: 265)

[10] “En una sociedad enferma de racismo (como la peruana) esta enfermedad, […] estará necesariamente presente tanto en la base de la identidad como en los vínculos de las personas que están inmersos desde su nacimiento en una cultura con esas características. (Bruce 2008, 104)

[11] Así entenderíamos por qué en el Colofón se relativiza la influencia de Queca, pese a que el texto parecía mostrarla como la figura central del drama personal de Roberto. Con ella o sin ella la crisis colectiva a la que se alude continua su curso.

[12] David Sulmont autor de una investigación (2005) sobre discriminación social en el Perú mencionaba:

[13] “Parece existir una continuidad histórica entre las causas de la desigualdad hace dos diglos y las de hoy en día.” (Bruce 2008, 26)

 

BIBLIOGRAFIA

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© Adriana I. Churampi Ramírez 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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