“El hijo” de Horacio Quiroga

Lic. Elena Espinosa Consejo

Universidad de Colima, México
econsejo@ucol.mx


 

   
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Resumen: Horacio Quiroga fue un escritor emblemático sin duda; fuertemente criticado en su tiempo, comentarios a favor o contra no faltaron hacia su persona, no obstante, no se niega la gran aportación hacia el cuento hispanoamericano que tuvo. Este ensayo en suma, analiza unos de sus cuentos: “El hijo”. En él se podrán encontrar gran cantidad de símbolos representativos de su vida que nos hacen acercarnos más a su figura.
Palabras clave: Horacio Quiroga, muerte, cuento, lenguaje, tragedia

 

El mundo de Horacio Quiroga se ha encontrado impregnado por una sombra trágica; la muerte es su eterna acompañante y crítica personal. No es de extrañar que ésta se transforme en eje de su imaginación.

…A su muerte en las primeras horas de la mañana del 19 de febrero de 1973, en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, Horacio Quiroga estaba completamente solo…

No hace sino mucho tiempo atrás, en los ocasos de la generación de los novecientos y el modernismo, su figura se reconoce y sus primeros esbozos literarios juegan a caso con tendencias esquizofrénicas, huellas de horror y asco.

Su sensibilidad torturada no es para menos, con tantos infortunios en su vida personal: la muerte de su padre al disparársele una escopeta, el suicidio de su padrastro, la muerte accidental de su amigo Federico Ferrando, el suicidio de su primera esposa a raíz de una fuerte discusión y la enfermedad de sus hermanas Pastora y Prudencia provocan en su escritura una línea profunda que va de su ser y de su experiencia hacia su realidad.

En un sin fin de biografías, siempre ha resaltado su prosa sin casticismos y sin retórica, ya lo comentó alguna vez Cortázar - conocía a fondo el oficio de escritor- Se caracterizó además, por su narrativa sin prejuicios populistas, y así se explica su forma literaria a la que se sometía.

Su logro, fue el de demostrar a través de sus cuentos las posibilidades que da este tipo de género. -No hay otra manera de que un cuento sea eficaz si no hace blanco en el lector y se clave en su memoria…Cortázar-

“El hijo” es una historia en el que el centro es el hombre (como en la mayoría de sus narraciones), un ser que tiene conciencia de sí mismo y de la existencia universal. Si el hombre y su sistema corresponden a elementos vitales como por ejemplo la carne y los huesos provienen de la tierra, la sangre del agua, el aliento del aire y el calor vital del fuego; al arrancarlo repentinamente de la vida se produce el caos.

Otros símbolos también muy referidos en el cuento es el arma, el hijo toma la escopeta y se va de caza. El arma empleada puede sugerir ese peligro interior, un estado de conflicto, pero que no se manifiesta en el vástago, si no en el padre.

…Ten cuidado, chiquito…sí papá- responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado…[1]

El hijo se prepara a luchar contra la muerte sin estar conciente de ello, el miedo del padre de la pérdida es más grande y la muerte finalmente lo alcanza. Así se define la MUERTE, fin de un período, que surge con efectos de tensión y destrucción.

…Sonríe de alucinada felicidad… pues ese padre va solo. A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vació. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bien amado yace al sol…[2]

Su tema es una causa accidental que produce la fractura de la vida. El hijo un jovencito de trece años en donde su existir hasta antes de la tragedia parecía eterna. La escena es demasiado trágica y violenta (como en la mayoría de su escritura) donde la conciencia es incapaz de aceptar tal suceso.

El padre es incapaz de ver el hecho real, el incansable trabajo por resguardar el aliento de vida, provoca que la muerte sea un inaceptable absurdo.

… Sabe que su hijo, educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa que... [3]

Al momento de nacer indudablemente pagamos el precio, la vida inevitablemente llegará a su fin, sin embargo, ésta cuando es quebrantada de golpe, es difícil e imposible de aceptar.

El padre en “El hijo”, presenta una actitud de humana naturalidad al momento de recordar los episodios que aun se encuentran impregnados alrededor de la muerte de su hijo amado. La resistencia se vuelve y alcanza la perfecta alucinación.

…Ha visto concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó… [4]

…La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus si hallar el menor rastro de su hijo… Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda… [5]

…Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rondando con la frente abierta por una bala al cromo níquel… [6]

…Chiquito…murmura el hombre…La criatura, así ceñida, queda de pie y comprende el dolor de su padre…En fin el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres. Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa… [7]

Es sin duda, ejemplo de esa, la fatal fractura de la vida y la resistencia humana a este suceso, el padre es incapaz de aceptar la muerte.

Después de todo la misma realidad se torna absurda e inverosímil; el hijo muriendo con una escopeta en la mano cuando trata de cruzar un alambrado.

…el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma sonríe de felicidad… Sonríe de alucinada felicidad… Pues ese padre va solo…[8]

En la primera parte de la narración puntualmente se magnifica la importancia del hijo para el padre; en toda tragedia es importante mostrar las características del personaje.

…No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, conciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas…[9]

Al hacer la lectura del cuento, puede predecir el trágico final; el hijo muere a manos de la escopeta que el padre le regala; pero el autor da un giro especial al desenlace fatídico.

Si bien la ironía radica constantemente en si desde las diez pudo haber auxiliado a su chiquito, al haber escuchado el estallido de un solo tiro de la escopeta Saint-Etienne.

…El padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir…En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.- La Saint-Etienne…-piensa el padre al reconocer la detonación…Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea…[10]

…al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bien amado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana…[11]

Este cuento es el reflejo sin duda, de ciertas referencias y signos de la vida de Horacio Quiroga se leen entre líneas:

—La escopeta/ en su momentos más trágico siempre hay un arma, recordemos la muerte de su padre (en este cuento invierte las cosas en la tragedia personal) y la de su amigo a manos de una.

—La viudez. Pérdida del compañero; recordando sus dos fracasos matrimoniales.

—El alambre de púas es muy recurrente en sus cuentos (la gallina degollada, etc.)

—Sus cuentos son dejos de elementos de muerte: un niño en plenitud en “El hijo”, la joven que le arrebatan la salud de un golpe en el “Almohadón de plumas”, el hombre conciente de que a cada instante se le va la vida en “El hombre muerto”

—Una autobiografía y escenarios conocidos como son los paisajes, la selva y en especial Misiones; provincia argentina que converge entre Paraguay <

—Su narración será intensa, envueltas en incertidumbre, donde el hombre vivé a cuestas con su complejidad.

—Personajes que dentro de su situación, se enfrentan no a otro hombre, si no a su antagonista la circunstancia natural de un fallecimiento o la misma naturaleza.

Un relato más que desde el principio se torna predicable, pero que ahí yace la sustancia misma que gusta. El padre que “vive” con el “remordimiento de morir” y que da por consiguiente el patetismo sin fin.

Armada esta historia en un juego de tensiones en tres momentos: planteamiento, desarrollo y resolución y que contendrá una intensidad dramática debido a este orden de concatenación narrativa y descriptiva.

El mundo literario de Quiroga y la eficacia en el manejo de la palabra, no radica en instaurar cuentos como cajas de ahorros, sino, trabajar en el lenguaje a partir de la síntesis y la organización en función de este mundo creado, de la brevedad e intensidad sin importar que sean orbes cerrados.

Para considerar esta estructura, se recurrirán a tres elementos: los personajes, el asunto y el tiempo. En cuanto a los personajes, a menudo uno o dos son más que suficientes, especialmente en la obra de Quiroga (en este caso el padre, un hijo, un amigo del hijo). La necesidad constructiva coloca a los protagonistas enfrentándose y confrontándose con una alternativa u obstáculo que provoca la tensión decisiva y dramática que se requiere para armar el cuento.

La temporalidad es fijada en el cuento a consecuencia de las circunstancias presentadas que precipitan a los personajes, el camino compositivo es concentrar las anécdotas en cuanto a número y representatividad.

Horacio Quiroga, proponía esta concepción lineal en el relato breve, no se admite ninguna clase de adornos o digresión, tal como una flecha cuidadosamente apuntada a un criterio compositivo, a la síntesis.

Diciembre 31, 1878 - Febrero 19, 1937

 

El hijo

Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.

Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.

-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.

-Sí, papá -responde la criatura, mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.

-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.

-Sí, papá -repite el chico.

Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte.

Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.

Sabe que su hijo, educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué.

Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecería tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil.

No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo: ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.

Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores.

Solo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta, con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.

Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora; -y el padre sonríe.

No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.

Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!

El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.

De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.

Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.

Horribles cosas... Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.

En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.

-La Saint-Étienne... -piensa el padre al reconocer la detonación-.

Dos palomas de menos en el monte...

Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.

El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adonde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire, enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.

El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte.

Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno y el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: -Sí, papá, hará lo que dice. Dijo

que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir.

Y no ha vuelto.

El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¡Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil...

Bruscamente, la luz meridiana, el zumbido tropical y el corazón del padre se detienen a compás de lo que acaba de pensar: su hijo descansa inmóvil...

El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres horas transcurridas, piensa que tras el estampido de la SaintÉtienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto, y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.

¡Oh! No son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita; ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo, hallan cabida en aquel corazón.

Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace ya mucho. Tras él el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia...

La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.

Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de cazas conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, l cadáver de su hijo.

Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un...

¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte!... ¡Oh, muy sucio!... Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano...

El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no!... Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro...

Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte...

-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.

Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.

-¡Hijito mío!... ¡Chiquito mío!... -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.

Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío de bosque ve centelleos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su...

-¡Chiquito!... ¡Mi hijo!...

Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.

A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte, para apresurar el paso con los ojos húmedos.

-Chiquito... -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.

La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:

-Pobre papá...

En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres. Juntos, ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.

-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora?... -murmura aún el primero.

-Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí...

-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!...

-Piapiá... -murmura también el chico.

Después de un largo silencio:

-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.

-No...

Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candente, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado el cuerpo y alma, sonríe de felicidad.

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Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo. A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bien amado biblioteca ayacucho yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.

 

Notas

[1] El hijo, fragmento. (Lazo, Raimundo 1975: 127 Pág.)

[2] El hijo, fragmento. (Lazo, Raimundo 1975: 130 Pág.)

[3] y [4] El hijo, fragmento. (Lazo, Raimundo 1975: 128 Pág.)

[5] [6] [7] [8] El hijo, fragmento. (Lazo, Raimundo 1975: 129 Pág.)

[9] El hijo, fragmento. (Lazo, Raimundo 1975: 127 Pág.)

[10] El hijo, fragmento. (Lazo, Raimundo 1975: 128 Pág.)

[11] El hijo, fragmento. (Lazo, Raimundo 1975: 130 Pág.)

 

Obras consultadas

Anderson Imbert, Enrique (1985). Historia de la literatura hispanoamericana: II época contemporánea. Fondo de Cultura económica: México

Cirlot, Juan Eduardo (2007). Diccionario de Símbolos. Siruela: España

Cosse, Rómulo (1982). Crítica Latinoamericana: propuestas y ejercicios. Cuadernos del Cill. Instituto de Investigaciones Humanísticas. Universidad de Veracruz: México

Lazo, Raimundo. (1975). Horacio Quiroga: cuentos. Porrúa: México

Rodríguez Monegal, Emir… [et. al.] (2001). Cuentos. Biblioteca Ayacucho: Venezuela

Zavala, Lauro (2006). Un modelo para el estudio del cuento. UAM Xochimilco: México

 

© Elena Espinosa Consejo 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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