Luis Fernando Charry: Entre memoria y libros

Andrés Torres


 

   
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Luis Fernando Charry (Bogotá, 1976) estudió periodismo y su tesis de grado fue sobre el escritor Osvaldo Soriano. Es autor de las novelas Alford (Planeta, 2002) y Los niños suicidas (Villegas Editores, 2004). Uno de sus relatos hace parte de Fricciones urbanas (Planeta, 2004). Tiene un libro de cuentos titulado La furia de los elementos (Villegas Editores, 2006). Participó en Palabra capital: Bogotá develada (Mondadori, 2007), y la antología Calibre 39 (Villegas Editores, 2007). En la actualidad es colaborador de las revistas Cambio y Voz a voz.

 

Andrés Torres: ¿Cuáles fueron las lecturas que le suscitaron un acercamiento a la literatura?

—Luis Fernando Charry: No me acuerdo muy bien. Tal vez a los seis o siete años leí a Salgari y Verne. Es natural. Casi todos los niños leen más o menos lo mismo a esa edad. A los nueve tuve un ataque de osadía (y digo osadía pero podría decir cualquier cosa) y leí un libro del Marqués de Sade que me robé de la biblioteca de mi abuelo. Ese libro no me marcó especialmente… Más adelante leí a Stevenson y Kipling. Tal vez estos nombres podrían ser el imaginario punto de partida en un imaginario mapa de lecturas iniciales.

A.T. ¿Qué título era el libro de Sade?

—L.F.CH. Era Los ciento veinte días de Sodoma. Después vino Stevenson, Kipling, incluso Poe.

A.T. ¿A qué edad?

—L.F.CH. A los doce años. Pero no sé muy bien si esos autores me marcaron. Incluso a veces me acuerdo con cierta antipatía de esa primera lectura de Kipling. Por esa época yo había leído algo de Borges en donde se refería a Kipling y me parecía que tenía que leerlo porque Borges lo había leído. Sin embargo, el nivel de asimilación de esas lecturas iniciales no fue determinante.

A.T. ¿Qué autores han ejercido una inspiración o una influencia a la hora de escribir?

—L.F.CH. La literatura norteamericana me impresionó mucho y me sigue impresionando. Me conmocionó mucho Hemingway, Cheever (que me parece uno de los cuentistas, voy a empezar a hablar en un tono casi papal, más grandes de la historia de la literatura) Fitzgerald, Salinger. Hay muchos nombres en el camino. Los cuentos de Hemingway han sido una lectura recurrente, por ejemplo. Y los de Cheever también. Hablando un poco de autores más definitivos, me parece que Cortázar en un momento fue muy fuerte. Incluso lo malo (lo que con el tiempo descubrí que era malo, muy malo, como esas novelitas seudopolíticas) me parecía buenísimo… La lista de autores que me gustan la considero portátil y en cierto sentido inútil porque todo el tiempo entran unos y salen otros, aunque sé que en el fondo hay unos autores que me van a parecer siempre fundamentales y no todos, por supuesto, por las mismas razones. Hay unas novelas que considero muy importantes dentro de mi concepción de la literatura: En busca del tiempo perdido, El hombre sin atributos, El Quijote, que son libros impresionantes, que me intimidan y, al mismo tiempo, me emocionan… Es una suerte y, simultáneamente, una maldición que estén ahí. Dickens también fue una lectura precoz pero a Dickens siempre lo he visto como un autor casi infantil, cruelmente infantil y crudo: los huérfanos, los padres perversos, las familias disfuncionales…

A.T. ¿A qué edad leyó a Cortázar?

—L.F.CH. Catorce o quince años. En ese momento fue muy fuerte. También leí a Sábato, Borges, Onetti. Todos por la misma época, en un lapso muy corto. Los leí mucho. Posteriormente encontré otros escritores, no en el plano estilístico sino existencial, que me interesan mucho: Kafka, Musil, Bruno Schulz, Witold Gombrowicz. Me gustan mucho aunque sé que ese modelo de escritura no es asimilable. Si yo los hubiera leído sin haber escrito una sola línea, esos autores no me habrían impulsado a escribir. En el caso de Cortázar pensaba: “¡Ah!, bueno, esto lo puedo hacer”. El estilo de Cortázar me deslumbraba. Aunque en realidad me deslumbraba mucho más esa vitalidad, ese nivel de contagio: el que lee a Cortázar, el que lo lee en esa época (no en vano creo que es el Gran Escritor para la Adolescencia) siente por un segundo que también se puede convertir en escritor. Es falso, por supuesto, pero los adolescentes tienen un pensamiento cómodo. Hoy, sin embargo, leer a Cortázar me cuesta mucho trabajo. Creo que lo agoté y eso es terrible, o tal vez un poco saludable… Para volver al tema inicial, al mapa de lecturas, debo decir que leí mucha poesía. Fue lo primero que leí en serio, más o menos a los dieciséis años. En la casa de mi abuelo casi todo era poesía, salvo algunas excentricidades ocultas. Esa fue una buena temporada para meterse en la literatura. Y sin embargo creo que hasta ahora (acabo de cumplir treinta años) me he vuelto un lector un poco más diestro en el arte de la lectura: ya puedo asimilar muchas cosas (no muchas, en realidad) que antes pasaba por alto; también he podido volver a leer a autores de esa época con mucho placer. Borges, por ejemplo. Desde el principio me impresionó mucho. No entendía nada, o casi nada. Tal vez por eso me impresionó tanto. Ahora que me impresiona… Es difícil encontrar a alguien en la historia de la literatura en lengua española que esté más o menos cerca. Y cuando digo cerca quiero decir un par de pisos por debajo… Por lo demás, hace mucho tiempo que no he vuelto a las páginas del Quijote.

A.T. ¿A qué edad lo leyó?

—L.F.CH. A los veinte, veintiuno. Había intentado un par de veces antes pero no me había seducido. Recuerdo entonces que me encerré una semana y lo leí todo y me conmovió. Si abro el libro ahora lo encuentro excesivamente subrayado en algunas partes. Pero ese tipo de novelas considero que es mejor no tocarlas tanto: alguien hablaba de Cien años de soledad y de la influencia que tuvo en varias generaciones; en ese sentido, muchos prefirieron no leerla o leerla solo una vez. En realidad ahora uno puede leer con mayor distancia y conciencia a estos autores; por poner un ejemplo, sería bochornoso plagiar a Cortázar o a algún otro escritor. Esto no quiere decir que no sea fácil encontrar escritores epigonales.

A.T. Con mis estudiantes de la Distrital leímos Alford y algunos estudiantes sentían una empatía entre su novela y el existencialismo francés. ¿Qué tan cierto es eso?, y, si es así, ¿cómo se reelabora el existencialismo en ese libro?

—L.F.CH. En un tiempo leí mucho a Camus, Sartre e incluso a Heidegger… Realmente no conozco mucho el existencialismo. He leído a estos autores porque me parecía que en ese momento yo necesitaba esos libros, no para mi formación como escritor sino para mi vida. En Alford está la desazón suprema de esos días, mi desazón frente a muchas situaciones que quedaron ahí clavadas en el libro. Por una parte, es la incomprensión de un personaje frente a todo lo que lo rodea, frente a ese mundo que, a pesar de ser muy reducido, no comprende. Por otra parte, es la mirada de un extranjero en un lugar que le es ajeno. El extranjero realmente no tiene ningún lugar y nunca lo va a tener. En ningún lugar se va a sentir como en casa. Esta podría ser una ligera variación del existencialismo: la constatación de que no hay un lugar, o mejor, de que no va a haber. No va a haber un lugar en el mundo para estar, para moverse… Eso de pronto puede tener alguna relación con el existencialismo. Aunque pueden existir otros aspectos.

A.T. ¿Cómo era el ambiente de su casa para haber llegado a constituirse en un lector a tan corta edad?

—L.F.CH. No he tenido muchos inconvenientes a la hora de retirarme y permanecer mucho tiempo encerrado. Inicialmente quería ser músico. Durante dos años tomé clases de piano. Era como un aislamiento: las horas que hay que dedicarle al piano son muchísimas para tener alguna destreza. Esas son horas que hay que pasar a solas y en eso se parece mucho a la lectura. Es más: se podría entender la lectura también como un instrumento: entre uno más lea (entre uno más se enfrente con el teclado) mayor dominio va a tener. Esto en cuanto a la destreza de la lectura, que se podría aplicar también a la destreza de la escritura. En ese entonces yo simplemente leía porque me parecía entretenido. Los libros estaban ahí. No tuve que salir a buscarlos, ni nadie me dijo nunca que leyera a Stendhal o Dostoievski... Los libros estaban ahí. Cogía un libro de un tipo que se llamaba Leopardi y me parecía magnífico leerlo un domingo antes del almuerzo, en la casa de mi abuelo. En fin, los libros eran parte del ambiente. A lo mejor me hubiera parecido más honroso salir a buscarlos, pero estaban ahí, y eso facilitó un poco el acercamiento.

A.T. ¿Cómo ha percibido la recepción de su literatura en el país?

—L.F.CH. No pienso en eso. No me preocupo por la recepción que pueda tener lo que escribo en el país. Eso me es indiferente. Desde luego que es bueno tener lectores. Pero en realidad no pienso en eso. En cuanto a la recepción oficial -la de los medios, dijéramos, esa camarilla de escritores con una alta necesidad de afecto- creo que me han tratado mal. Muy mal. Y me lo merezco. Eso sí: nada de llantos, nada de pedir perdón. Juan Felipe Robledo me decía que a mí me han tratado mal porque saben que soy nieto de Fernando Charry Lara. No sé. En todo caso, de la primera novela casi nadie se ocupó. De la segunda, más o menos, siempre con cierta reticencia. Del último libro, que es de cuentos, poco y nada. Pero no hay que quejarse. Me han tratado mal porque he sido un niño malo y ese es el trato que les tienen que dar a los niños malos. Más allá de esto, ojalá existiera la crítica en este país, una crítica que les aportara algo a lectores y autores.

A.T. ¿Cómo asume la autocrítica en sus textos, cómo es ese proceso de decantación a la hora de construir un relato?

—L.F.CH. Me temo que soy una persona muy dura en este sentido. No soy para nada blando cuando hago una crítica de libros o de cualquier cosa: no me gustan los eufemismos, no me gustan las condescendencias, no me gustan las concesiones, y eso mismo lo aplico cuando estoy leyendo algo que he escrito. Muchos de los textos que escribí los he quemado… Un día hice las cuentas y he quemado cerca de mil páginas: tres novelas, un libro de cuentos y uno de poemas. No sé hasta qué punto eso sea bueno: cada vez que me siento a escribir siento una profunda insatisfacción, aunque también, a veces, leo algunas páginas mías que parecen escritas por otro. En realidad soy muy duro conmigo mismo y con los demás, tal vez por eso me va como me va…

A.T. Eso está próximo a la sentencia bíblica que dice que con la vara que mides, serás medido.

—L.F.CH. Alceo de Mitilene decía: Si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres. Ese es, como diría Bolaño, el único estado en el que la crítica podría funcionar. Yo asumo la crítica sin contemplaciones y esa es la manera en que entiendo la vida, sin hacerle ninguna concesión a nada. A estas alturas ya he peleado (me voy a poner a llorar) con mucha gente. Prácticamente ya me he quedado sin amigos, cosa que en muchos casos se agradece.

A.T. ¿Qué autores contemporáneos lo han sorprendido?

—L.F.CH. Bolaño mucho. Diría que me produjo la misma sensación que me produjo Cortázar en su momento. También Borges, que no es estrictamente contemporáneo (en el fondo es el más contemporáneo). La relectura de Borges ha sido un gran acontecimiento. Hay otros escritores latinoamericanos que me gustan: Ricardo Piglia, Alan Pauls, Sergio Pitol, Juan José Saer. Hay unos autores ingleses que me gustan mucho: Martin Amis, Ian McEwan y Kazuo Ishiguro. A estos los he leído en su totalidad. Hay varios autores que me gustan pero hoy serían estos los que nombraría. De vez en cuando aparece uno que me interesa, por ejemplo, un joven argentino llamado Guillermo Martínez. En general unos van entrando y otros van saliendo.

A.T. ¿Alguna escritora?

—L.F.CH. En su momento me impactó mucho Cristina Peri Rossi. La leí muy joven. Todavía me acuerdo de una novela que se llama La última noche de Dostoievski, que me gustó mucho. Esa novela la leí en una librería mientras estaba ahí trabajando, y, repito, me pareció magnífica. En esa librería también leí algunos cuentos de ella. He leído cuentos de Claris Lispector y he leído algunas novelas de Virginia Woolf… No he leído a muchas mujeres, como se puede ver.

A.T. Cambiando abruptamente de tema, quisiera saber de qué colegio es egresado.

—L.F.CH. Estuve toda la primaria en el Gimnasio Campestre. Después estuve en cuatro colegios.

A.T. ¿Cómo fue ese tránsito por la institución escolar?

—L.F.CH. Fue bastante caótico. No me adaptaba en ninguna parte. El nivel de desadaptación era tan grande que muchas veces prefería quedarme callado. En el Campestre nunca encajé aunque tenía la esperanza de que encajaría. No era cierto. Después estuve en un colegio cada año porque me expulsaban de todos lados. (“Expelled”, un cuento de Cheever, explora la condición del desadaptado, del hombre que no funciona en ninguna parte, y yo estuve así en varios colegios). Pasé por un colegio de jesuitas, el San Bartolomé de la 34. De ese también fui expulsado: era muy indisciplinado. Y además tenía serias diferencias con la religión. Luego estuve en un colegio semi campestre, dos o tres semanas, y me botaron. Terminé, al fin, en uno que se llama El Integral, que no sé si exista todavía, pero que era lo más parecido a una penitenciaria. Era una casa enrejada, fría, muy bien iluminada por dentro para que nadie fuera a cometer ningún crimen en la oscuridad. Era prácticamente un reformatorio de delincuentes de la alta sociedad. Eso fue terrible al principio. Después me adapté con cierta naturalidad.

A.T. ¿Dónde quedaba?

—L.F.CH. En la 82 con 16. Era la Zona Rosa de ese momento, hace más de diez años. El colegio tenía unas mujeres bonitas y malas y terribles. Nunca tuve éxito, a pesar de que tenía un prontuario bastante atractivo. Fue una época divertida y movida. Ahí, sin duda, terminó mi etapa de desadaptación visible. Después entré a la universidad y todo cambió. Me volví aun más solitario. A los 20 años corté con muchos vínculos y me concentré en lo que quería hacer: leer y escribir. Desde entonces eso ha sido prácticamente lo único que he hecho.

A.T. Ya que ha mencionado a las mujeres de El Integral, ¿cómo es la construcción de la figura de la mujer en sus textos?

—L.F.CH. En algunos casos es muy frustrante evocar a ciertas mujeres que me marcaron… Hay una mezcla de risa y espanto flotando en la oscuridad. A veces esa construcción es un poco cercana al idealismo: una mujer de esas no puede existir. O no debería existir. Evidentemente la construcción parte de mujeres reales. Pero un personaje femenino (o masculino, o una casa, o lo que sea) está compuesto en el mundo de la ficción por diversos elementos de muchas mujeres. Por otro lado tengo que decir que las mujeres han sido muy importantes en mi vida.

A.T. ¿Qué música ha influenciado su escritura o qué música escucha a la hora de componer un texto?

—L.F.CH. No oigo música ni cuando leo ni cuando escribo. O se lee o se oye música. Pero las dos al mismo tiempo definitivamente no. O al menos yo no podría. Tal vez en alguna época oía música clásica mientras leía pero después ya no pude.

A.T. ¿Qué música le atrae?

—L.F.CH. Voy a nombrar primero lo que no me gusta. No me gusta ningún tipo de música del folclor colombiano: odio el vallenato, el joropo, el paso doble. Por lo demás, no sé bailar. Nunca voy a aprender a bailar. Me gustan los Beatles, Dylan, Leonard Cohen, Elvis Costello… Estos son los músicos que siempre oigo. En algún momento me interesaron Fito Páez, Charly García, Andrés Calamaro, Espinetta…

A.T. Además que son poetas, en el caso de Dylan o Cohen.

—L.F.CH. Tom Waits, también.

A.T. Exacto.

—L.F.CH. Esos son los que me gustan. No me aguanto el tecno, la electrónica; el reguetón lo deberían eliminar de la faz de la tierra. Además, le gusta a todo el mundo (aunque sabemos que el pueblo nunca se equivoca). Cuando hay unanimidad sobre ciertos temas, yo, por llevar la contraria, digo que no me gusta (así me guste muchas veces).

A.T. Hay una frase que es de La furia de los elementos, que dice: Tenía el pelo largo y era un pésimo poeta y era un tipo fundamentalmente inmaduro -aunque no tan inmaduro como soy ahora. Quisiera que por favor la comentara.

—L.F.CH. Estoy en desacuerdo con la idea de la madurez como virtud, con el gran progreso que significaría la madurez, el gran progreso que supondría el paso del tiempo para una persona y en especial para un escritor. Muchas veces se habla de que el escritor todavía no es maduro Por supuesto, descreo mucho de eso. Considero que ese progreso es incluso nocivo para el escritor, porque la madurez es el punto de culminación. En ese sentido, es la clausura de cualquier tipo de movimiento y en ese punto todo se termina.

A.T. ¿Cómo es el espacio, cuáles son los horarios, y qué instrumentos utiliza para escribir?

—L.F.CH. Todo lo que escribí hasta el momento lo hice de una manera muy angustiosa, todo lo escribía rápido. Escribía en computador, siempre he escrito prosa en computador; poesía a mano. Los rituales de esa época eran fumar mucho y estar en un sitio tranquilo y silencioso.

A.T. ¿En el día o en la noche?

—L.F.CH. En general eran jornadas muy largas, desde las 7:00 A.M. hasta las 6:00 P.M. Así funcionaba. En la actualidad ya no tengo el mismo tiempo y tampoco es bueno ese régimen. Ahora lo que hago es sentarme durante algunos minutos a pensar; me agrada quedarme ahí en silencio a ver qué es lo que va a pasar… También camino por la casa y después escribo, miro, reviso… No tengo un ritual específico para escribir.

A.T. En sus libros hay muchos silencios; la escritura está decantada, se nota el rigor de haberlos pasado por diferentes cedazos.

—L.F.CH. Y también pasaron por diferentes computadores, no sé si eso influyó. Este último libro tiene algunos cuentos viejos y otros recientes; los más viejos los escribí en un computador viejísimo que me regalaron.

A.T. ¿Qué marca?

—L.F.CH.No me acuerdo. Lo que sí tengo presente es que tenía que ser bastante piadoso antes de sentarme a escribir: como en cualquier momento el computador fallaba, tenía que transmitirle un poco de fe para que funcionáramos a la par… Era terrible. Tal vez por eso escribía tan rápido: para evitar que se perdiera lo que había escrito. Un día podía escribir treinta páginas y a la mañana siguiente ya no estaban. Era terrible. Después tuve un portátil que se dañó. Ahora uso un portatil IBM, muy viejo, pero a mí todo lo viejo me gusta. Las cosas nuevas me producen espanto. Entre más viejo, mejor: la ropa de segunda, los carros viejos, los edificios viejos, todo lo viejo me seduce.

A.T. ¿Dónde ha vivido y, en este momento, en qué lugar vive? </P>

—L.F.CH. Viví cerca al Club Los Lagartos. Eran unas casitas muy agradables. Allí estuve muchos años, cuando chiquito, y después, cuando mis papás se separaron, empecé a rodar de un lado a otro. Mi mamá, en ese tránsito, no tenía un apartamento porque no quería comprar. Entonces estuve viviendo primero en la 100, arriba de la 15. Después en la 93 con 18. Luego en Rosales. Finalmente mi mamá decidió comprar un apartamento en la 85 con 18, que es donde vivo ahora y que está muy bien... Borges vivió toda la vida con la mamá; ya le dije a mi mamá que se prepare...

A.T. Siempre ha vivido en el norte. Yo creo que, en cierto modo, eso también influye en la concepción del mundo.

—L.F.CH. Es como mi sitio, si es que hay algún sitio que me interese… A mí el Centro, por ejemplo, que es un territorio muy literario, poco y nada me dice. El Centro para mí no funciona. No lo conozco muy bien. Hay unos sitios que me gustan, como el Bosque Izquierdo, pero no tengo una conexión espiritual.

A.T. Hay un mapa político que realizó Mary Louise Pratt, en el que ella identifica al norte con la cabeza y la racionalidad. ¿Considera que ese argumento es aplicable a su escritura en relación con los lugares que usted habitaba en Bogotá?

—L.F.CH. He vivido siempre en el norte y en los últimos quince años en el norte duro. No conozco nada más de Bogotá. Nunca he tenido esa fascinación por moverme mucho. Soy más bien perezoso para eso. Creo que el norte me ha marcado porque es lo que conozco, pero no considero que esté presente en mis libros; sí están algunas características superficiales, pero en el fondo me es indiferente, me es indiferente Bogotá y me es mucho más indiferente Colombia. Creo que como me siento extranjero en todos lados, incluyendo en Bogotá, me da igual: ya sabemos que el verdadero lugar de un extranjero es su biblioteca, y eso funciona en mi caso y lo demás es retórica barata.

 

Esta entrevista a Luis Fernando Charry se realizó el 21 de diciembre de 2006, entre las 9:40 y las 10:50 de la mañana. El lugar fue la sede de Villegas Editores, calle 82 con carrera 11, en el último piso del edificio, en la oficina de Benjamín Villegas, en la que está una maravillosa biblioteca de arte.

 

© Andrés Torres 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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