Semiótica de la frontera: Lotman en San Petersburgo

Raúl Magallón Rosa

Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual
Universidad Carlos III de Madrid
raul.magallon@uc3m.es


 

   
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Resumen: El objetivo de este artículo es analizar los mecanismos de poliglotismo y traducción intersemiótica que se establecen en torno a una ciudad fronteriza como San Petersburgo. Desde esta perspectiva, la oposición entre San Petersburgo, entendida como ciudad fronteriza -como “Asia en Europa” o “Europa en Rusia”- y Moscú, entendida como “el alma rusa” se configuran a partir del punto de vista del observador.
Palabras clave: Semiótica de la cultura, Lotman, Frontera, San Petersburgo, traducción.

 

“Ciudad y cultura se oponen al tiempo”
Lotman

1.- La ciudad como espacio y la ciudad como nombre

Para la semiótica, entendida como la disciplina que estudia las relaciones entre sistemas de signos pero también como la historia de la cultura, es necesario distinguir la ciudad como espacio de la ciudad como nombre. La ciudad “puede cumplir su función sólo si en ella se mezclan un sinfín de textos y códigos heterogéneos, pertenecientes a diferentes lenguas y niveles (…) realizando hibridaciones, remodificaciones y traducciones semióticas que la transforman en un poderoso generador de nueva información” (Lotman, 2004: 1 y 4). Es decir, de poliglotismo semiótico.

Su importancia se explica porque, como señaló Ivanov, “la ciudad en la historia es al mismo tiempo un fenómeno tan nuevo, que cada siguiente generación empieza de nuevo a maravillarse de él, y tan antiguo, que ese asombro no raras veces se transmite mediante imágenes de una edad multimilenaria” (Ivanov, 1993: 127).

En este universo semiótico se explica el interés de San Petersburgo, fundada en 1703 sobre un pantano por Pedro el Grande para reequilibrar el poder de Moscú, y que fue la capital del imperio ruso desde 1712 hasta 1918.

De este modo, la tesis general sobre el multilingüismo y la composición heteroétnica de la gran ciudad se confirma en San Petersburgo, no sólo porque “fineses, suecos y alemanes constituyeran partes notables de la población de la ciudad, sino también por su grado de participación en la actividad de centros culturales” (Ivanov, 1993: 122).

Por lo tanto, y si en el sistema general de la cultura, los textos cumplen -por lo menos-, dos funciones básicas: La transmisión adecuada de los significados y la generación de nuevos sentidos (Lotman, 1996: 94) es necesario señalar que San Petersburgo desarrolla sus propios códigos a partir de la historia del viajero.

 

2.- Moscú frente a San Petersburgo: La oposición estatismo/dinamismo

La coexistencia de dos centros culturales es característica de la cultura rusa. Primero Kiev y Nóvgorod, posteriormente Vladímir y Nóvgorod entre los siglos XII y XIII, a partir del siglo XIV Moscú y Nóvgorod, y en el siglo XVII Kiev y Moscú (Uspenski, B, 1993b: 203).

Lotman, nacido en Petrogrado en 1922 -ciudad que después pasará a llamarse desde 1924 hasta 1991 Leningrado, y desde entonces conocida como San Petersburgo- es un ejemplo paradigmático en sí mismo de la cultura de frontera a la que el máximo representante de la Escuela de Tartú dedicó sus principales trabajos y del “destino geográfico” al que hacen referencia sus textos.

Este destino geográfico, el semiólogo ruso lo relaciona con “ciertos mitos constantes y una lucha igualmente constante con la mitología de la geografía, por el dominio cultural de la geografía real”. Es decir, “sólo lo irreal tiene la oportunidad de convertirse en una fuerza real” (Lotman, 2007: 1 y 8).

Esta relación entre geografía real y geografía mitológica (política, religiosa, etc.) es fundamental para explicar el dinamismo de cualquier cultura. De esta forma, frente a Moscú -el centro religioso y cultural-, equiparable según Lotman a Jerusalén o Roma, encontramos dos formas de oposición. Es decir, centros de diferentes mundos en diferentes textos (Lotman, 2004: 1, 2). Ciudades, con principio pero sin fin.

La primera oposición señala, frente a este principio concéntrico, un antimodelo que describe Moscú a partir del pecado y de la decadencia cultural. La segunda, es establecida a partir de un dinamismo fronterizo que describe San Petersburgo como “la ventana de Rusia a Europa” dentro de las llamadas “Europas Rusas”.Este tipo de iniciativas declaran lo existente inexistente, y lo que está por aparecer es lo único verdadero en esencia (Lotman, 2004: 2).

Al mismo tiempo, el modelo centralista -al situarse entre el cielo y la tierra-, opone a través del aislamiento el mundo agresivo del mal frente al mundo de los valores positivos (Lotman, 2007: 2). De esta forma, Lotman establece la oposición entre el Petersburgo Occidental y el Moscú Oriental, entre lo nuevo y lo viejo, entre lo mitológico y lo histórico (Lotman, 2007: 3). Si Moscú encarnaba el “alma rusa”, la Tierra y el pueblo, San Petersburgo, era la capital extranjera del Estado y representaba el poder del zar (Zumin, 2003: 132).

Así se nos explica que mientras las estructuras concéntricas puedan tender al aislamiento, las excéntricas se inclinen por el despliegue, la apertura y los contactos culturales (aunque no debemos olvidar, al hacer referencia a Moscú, la posibilidad de dinamicidad en el estatismo). De este modo, lo que ya existe -con rasgos de presente que hacen entenderlo como “propios”- se valora negativamente (Lotman, 2004: 2) estableciéndose la antítesis entre lo natural y lo artificial -y por lo tanto, ilimitado-.

De este modo, la oposición a la Naturaleza -encarnada por Moscú- se establece de dos formas: como una victoria de la razón sobre los elementos, pero también como una perversión del orden natural (Lotman, 2004: 2). La ciudad ordenada y de piedra, frente al desorden y la madera de Moscú (Zumin, 2003: 134).

Por lo tanto, “la ciudad artificial ideal, plasmación de la utopía racionalista, debía carecer de historia, en la medida en que el nuevo Estado significaba la negación de las estructuras que históricamente lo habían formado” (Lotman, 2004: 4).

Toporov, por su parte, distingue también entre la “ciudad maldita, caída e inmoral, ciudad al borde del abismo o ciudad-abismo, a la espera del castigo celestial; y ciudad transfigurada y bendita, ciudad nueva, bajada del cielo a la tierra. La imagen de la primera de ellas es Babilonia; de la segunda, Jerusalén Celestial” (Toporov, 2006: 1).

Pero, San Petersburgo, es al mismo tiempo “ciudad eterna” y “ciudad condenada”. Así se entiende que pueda ser definida como paraíso, la utopía de la ciudad del futuro, la encarnación de la Razón, pero también como siniestra mascarada, obra del Anticristo; entre otras razones, porque la ausencia de historia explica el crecimiento de una mitología que hace que ambas se vuelvan inseparables (Lotman, 2004: 3 y 4).

Desde esta perspectiva, y como capital, San Petersburgo debía haber sido el emblema del país, su expresión, el centro simbólico de Rusia, pero como centro administrativo sólo pudo ser la “antítesis de Rusia” (Lotman, 2004: 6).

En esta línea, Ivanov -representante de la Escuela de Tartú-Moscú- señalará la oposición entre la regularidad geométrica de la Petersburgo de Pedro el Grande y la caoticidad de toda Rusia -más allá de los límites de Petersburgo- (Ivanov, 1992: 126) y Toporov (2006: 6) recogerá la distinción entre el Moscú-madre y el San Petersburgo-padre, con la descripción mitologizada de sus propiedades contrapuestas.

 

3.- Oriente frente a Occidente: Rusia frente a Europa

San Petersburgo, entendida como “Asia en Europa” o “Europa en Rusia”, fue concebido como el puerto naval de Rusia; el Ámsterdam ruso, la Venecia rusa, pero también debía ser “la capital militar y administrativa, la nueva Roma” (Lotman, 2004: 6).

Lotman, al respecto, señala que su europeismo “partía de la concepción de que la vía rusa fue una vía traspasada por la cultura europea más avanzada” (Lotman, 2007: 6). Aunque también incluía un complemento adicional: que Rusia -tras haber adquirido la civilización europea- la superaría, llegando más lejos que Occidente.

Sin embargo, con el paso del tiempo, “la imagen de Occidente como "la tierra prometida del progreso" será sustituida gradualmente en estas concepciones por algo incompleto, dudoso y potencialmente adversario” (Lotman, 2007: 7).

El Burgo, “fortaleza” en alemán, aquí no es físico sino sígnico. Su surgimiento es necesario definirlo en relación a un periodo inicial de cambios tecnológicos en toda Europa -con sus correspondientes cambios sociales- (Ivanov, 1993: 122) pero también, en relación a los cambios culturales acaecidos en el imperio ruso en esta época.

Como señala Bagnó (1993), “el atractivo que Petersburgo ejerció en los extranjeros se debió a que cada uno de ellos, italiano u holandés, siempre la encontró reconocible y entrañable. Cada uno era consciente de que precisamente se diferenciaba de las demás ciudades europeas en que se parecía a todas ellas”.

 

4.- El punto de vista del observador: el viajero

Recuerda Uspenski que “el enfoque semiótico-cultural de la historia supone una apelación al punto de vista interno de los participantes mismos del proceso histórico: se reconoce como significativo lo que es significativo desde el punto de vista de ellos” (Uspenski, 1993: 62).

En San Petersburgo, este punto de vista queda definido por el viajero. Un viajero que debe ser entendido como “alguien que une todos los espacios, ya que interiormente se identifica con cada uno de éstos. Aspira a representar un punto de vista superior de la cultura” (Lotman, 2007: 4). Es éste, el observador foráneo, el que justifica la existencia de la “mitología petersburguesa”, puesto que puede ser una mirada desde Europa o desde Rusia -en particular, desde Moscú- (Lotman, 2007: 4).

San Petersburgo, es una cultura que se construye a sí misma a través de la posición de un observador exterior, pero también se forma a partir del punto de vista opuesto: el que desde San Petersburgo observa a Europa o a Rusia (Lotman, 2004: 4).

Como señala Lotman, y puesto que “Petersburgo no tiene un punto de vista sobre sí mismo, y se ve obligado a construir permanentemente al espectador (…) tanto los occidentalistas como los eslavófilos son una creación de la cultura petersburguesa” (Lotman, 2004: 5).

 

5.- Traducción y frontera

Es necesario recordar que la Escuela de Tartú surge de la unión de dos tradiciones culturales. La lingüística moscovita -con el propio Uspenski, pero también con Jakobson-, y la de Lotman o Mints, que llegan a los mismos problemas desde la literatura- (Uspenski, B., 1993b: 200) y con ellos a los de la mitología.

El antiguo Petrogrado es elección, encrucijada, lugar donde se es “extranjero de su propia cultura”. Esto se explica porque -en el caso de San Petersburgo- “la autoconciencia que la cultura tiene de su propia especificidad depende de la consideración estructural de un punto de vista externo sobre sí misma (…), esto es, depende de la unión con la cultura ´ajena` en una unidad más compleja” (Lotman y Uspenski, 2007: 3).

De esta forma, el desarrollo dinámico de la cultura se establece a través de fuerzas heterogéneas externas (Europa, aunque también Moscú), pero también porque esas mismas fuerzas son traducidas semióticamente al lenguaje de la estructura interna de la ciudad.

En cualquier caso, no debemos olvidar que esto ocurre también porque este proceso de contagio semiótico se genera a través de autodescripciones -que al adquirir un papel activo-, se convierten en un factor subjetivo de la evolución cultural, y son capaces -a través de sus propias representaciones- de influir sobre el objeto (Lotman y Uspenski, 2007: 3 y 4).

 

6.- Conclusiones

La historia de San Petersburgo supone la conversión del no-signo en signo, de la no-historia en historia (Uspenski, 1993: 65), a través del factor tiempo pero también a través de la introducción del factor de causalidad en el proceso dinámico de construcción de unos mitos creados con juegos sígnicos de presente y pasado.

No debemos olvidar que si el espacio define la cultura, el tiempo define la comunicación.

En cualquier caso, “Petersburgo no hubiera existido o hubiera sido completamente distinto si no se hubiera opuesto a Moscú, si no hubiera estado orientado negativamente hacia él” (Uspenski, 1993b: 203).

Del mismo modo, los símbolos -entendidos como transportadores de textos- que la definen se explican porque éstos nunca pertenecen a un solo corte sincrónico de la cultura, puesto que su memoria es siempre más antigua que la memoria de su entorno textual no simbólico (Lotman, 1993: 49). Es decir, la memoria de San Petersburgo no surge con el nacimiento de la ciudad sino con el nacimiento de la ciudad a la que se opone. En este caso, Moscú. Pero también, a partir de la memoria cultural de las ciudades-capitales característica de cultura rusa.

La idea de crear una ciudad sin historia ni memoria - una “estructura sin memoria” capaz de generar un alto grado de identidad- olvidó que ésta se crea también por oposición. De este modo, y si lo intraducible debe ser entendido como una “reserva de posibles traducciones futuras”, el mito -al menos en el caso de San Petersburgo, debe entenderse como una “reserva de posibles traducciones pasadas”.

 

Referencias Bibliográficas

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© Raúl Magallón Rosa 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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