Los males menores: un punto de inflexión en la obra de Luis Mateo Díez

Manuel María Morales Cuesta

Universidad de Jaén
mmcuesta@ujaen.es


 

   
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Resumen: Entre los escritores actuales del panorama literario español, Luis Mateo Díez es, sin duda, uno de los que posee un estilo más sólido y original. Aunque quizá no goce de la popularidad de otros autores, sí es cierto que un nutrido y selecto grupo de lectores, así como un gran sector de la crítica especializada lo ha situado con justicia en el privilegiado lugar que hoy ocupa. L. M. D. se ha dedicado con fortuna a la poesía y al ensayo, pero donde ha vertido sus mejores armas literarias ha sido en el terreno de la narrativa. A pesar de que sus mayores éxitos se han producido en el ámbito de la novela, sus inicios se desarrollaron en el cultivo del relato breve, en donde se encuentran las principales claves de su estilo. Por este motivo creo que para conocer el embrión de su formación literaria lo mejor es adentrarse en sus libros de cuentos literarios, entre los cuales, uno de los más interesantes es el titulado Los males menores, ya que supuso por una parte la confirmación de su interés por el relato corto, y por otra, un cambio en algunos de sus planteamientos a la hora de construir las historias. El libro está dividido en dos partes muy diferenciadas: en la primera, titulada “Álbum de esquinas” mantiene la trayectoria iniciada en sus relatos cortos anteriores, pero en la segunda, que es la que da título genérico al volumen, nos presenta unos textos de gran brevedad que suponen un nuevo y original punto de vista en la obra general de nuestro autor.
Palabras clave: Luis Mateo Díez, Los males menores, cuento literario, narrativa española

 

I

La trayectoria literaria de Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) es de sobra conocida en los ambientes culturales españoles. Pero si comparamos a este autor, por citar tan sólo algunos ejemplos más que significativos, con Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte o Javier Marías, tendremos que reconocer que no se trata de un escritor de masas. Quizá porque sus temas y sus registros no son los más idóneos para llegar al gran público. Con todo, L.M.D. goza de la atención de un nutrido, selecto y fiel grupo de lectores, y de un profundo tratamiento de la crítica especializada y de los estudiosos de la literatura. Y es que, sin duda, nos hallamos ante uno de los escritores contemporáneos de mayor talento, poseedor de un estilo sólido y peculiar, cargado de fuerza, inteligencia y dominio de las principales técnicas narrativas.

Mi interés personal por su obra surgió con cierto retraso, ya que los primeros textos suyos que leí fueron relatos cortos incluidos en antologías de cuentistas españoles, un tiempo después de que su obra ya hubiera sido reconocida y valorada por algunos sectores de la crítica y el público. Cuando un lector, mínimamente atento y avisado, aborda uno de estos libros y van surgiendo ante él las voces de los distintos narradores allí presentes, enseguida se va produciendo una selección natural que lo llevará a decantarse por la relectura de algunos textos muy concretos, en cuya recreación y profundización surgirá inevitablemente el interés hacia ese autor que tanto nos ha gustado. Eso me ocurrió cuando realicé mi primera lectura de un cuento de L.M.D., concretamente el titulado "Los temores ocultos”, incluido en una de esas antologías (Díez Rodríguez, 1989: 76-80) y perteneciente a su primer libro de relatos, el titulado Memorial de hierbas (Díez, 1973: 82-87). Se trata de un texto metaliterario (o "escriptivo", si seguimos la terminología propuesta por Gonzalo Sobejano) en el que resuenan los ecos de múltiples influencias que podrían ir desde el Unamuno de Niebla hasta la novela policíaca más reciente, pasando por la casi ineludible huella -cuando de miedos y obsesiones estamos tratando- de Edgar Allan Poe. Lo cierto es que en aquel cuento, en el que me pareció advertir un homenaje y, al mismo tiempo, una caricaturización del género policíaco, había descubierto a un autor interesante, pero hasta ese momento totalmente desconocido para mí.

A partir de ahí empecé a buscar textos de L.M.D. y a indagar en todos los aspectos relacionados con él. Enseguida advertí, con sorpresa, que "Los temores ocultos" no era un relato demasiado significativo del estilo de su autor, o, al menos, no de la veta más interesante y más cultivada en su obra, por lo que se produjo en mí lo que podríamos calificar como un "redescubrimiento". En efecto, los siguientes cuentos que leí eran más realistas y también más intensos en cuanto al estilo; unos cuentos peculiares, con una visión poética de la existencia y con un lenguaje audaz y cargado de un bellísimo lirismo capaz de transmitir con fidelidad las más variadas impresiones.

Como era lógico, ya no me conformé con seguir leyendo a L.M.D. en antologías de autores variados, y las lecturas de sus libros se fueron sucediendo una tras otra. Y aunque aquel descubrimiento fundamental -de esos que a veces merecemos los lectores persistentes- no se ha visto en ningún momento defraudado, a la hora de profundizar más en su obra, me he decantado por el estudio de sus relatos cortos, ya que aunque L.M.D. se ha dedicado con igual fortuna a la novela -además de al ensayo y la poesía-, su llegada a la literatura se produjo a través del cuento, y era precisamente en el cultivo del relato breve donde pensó durante algún tiempo asentar toda su labor literaria. Cabe destacar dos citas más que significativas entre las múltiples ocasiones en que el propio autor se ha referido a este asunto: “Durante muchos años, tuve la convicción de que el cuento era mi único destino como escritor” (Díez, 1988: 22), y el comentario vertido en una entrevista en la que afirma que en su trayectoria literaria hay un desarrollo lógico, “absurdamente lógico”, que le hizo llegar a la novela desde el cuento: “Y he quedado prisionero de la novela. Una condena desgraciada -porque para mí es más grato escribir cuentos que novelas- en la que estoy, inevitablemente, atrapado” (Bravo, 1986: 8). Por éste, y por otros motivos, aunque el escritor leonés haya demostrado que sabe desenvolverse bien en todos los terrenos, si tuviéramos que adjudicarle un género por encima de los demás, ése sería sin duda el del denominado "cuento literario", que es donde mejor se mueve y desde donde parte la esencia misma de su intuición literaria.

Es cierto que su incursión en el mundo de la novela nos ha mostrado su capacidad para la narración de larga extensión y su perfecta adaptación a ese género donde el aliento poético -que es, como ya ha quedado dicho, una de las principales cualidades de nuestro autor- suele diluirse con más facilidad que en los cuentos, pero no es menos cierto que sus novelas y sobre todo la que es hasta el momento su obra maestra, La fuente de la edad (Díez, 1986), suelen ser textos construidos a partir de muchas historias más o menos independientes.

El profesor y crítico Fernando Valls, en uno de sus atinados trabajos sobre el relato breve, ha llegado a afirmar que 1973 fue un año significativo en el resurgir del cuento en España, entre otros motivos, porque en esa fecha L.M.D. publicó su primer libro de cuentos (Valls, 1993: 13). Por su parte, Adolfo Sotelo Vázquez, a pesar de estar en contra de un excesivo "troceamiento" del proceso histórico de la literatura, opina que Memorial de hierbas, "por la cercanía que guarda su publicación con el final de la dictadura del general Franco y por mostrar una voz narrativa nueva, puede ser considerado pórtico de una andadura" en la que van a convivir escritores de varias generaciones que cultivan el cuento con interés y asiduidad (Sotelo Vázquez, 1994: 16). Memorial de hierbas, además, como han puesto de manifiesto varios especialistas y el propio L.M.D. ha admitido (Díez, 1986b: 1992), tiene un carácter embrionario en el total de su narrativa, por lo que me parece importante mencionar aquí la clasificación que el propio profesor Adolfo Sotelo Vázquez establece en torno a aquella primera obra de L.M.D., en la que hallamos tres tipos de narraciones: la intrahistoria rural de tradiciones y cotidianidades que nace del "filandón"; los subterráneos obsesivos de la realidad (apartado al que pertenecería "Los temores ocultos"); y la realidad esperpéntica de corte expresionista (Sotelo Vázquez, 1994: 17).

Si la mayor parte del éxito de nuestro autor le ha llegado a través de la novela no es porque sus relatos extensos sean mejores que los breves, sino por la sencilla razón de que la novela en España tiene muchos más adeptos que el cuento, y su cultivo resulta casi ineludible si un escritor desea tener algo más que un pequeño grupo de lectores. Simultanear estas dos formas de relato es algo lógico y habitual en la mayoría de los narradores actuales, pero en el caso de L.M.D. su fidelidad al cuento es clara a pesar de que transcurriera bastante tiempo entre las publicaciones del primero (Memorial de hierbas) y el segundo de sus libros de cuentos: Brasas de agosto (Díez, 1989).

Memorial de hierbas estaba formado por dieciséis cuentos, nueve de los cuales aparecerían también en Brasas de agosto, donde se incluyen además cuatro nuevos. Pero entre las dos fechas que separan ambas obras (1973-1989) no abandona en absoluto el cultivo del relato, si consideramos como tales las dos novelas cortas -¿dónde está el límite entre el cuento y la novela corta?- que integran Apócrifo del clavel y la espina (Díez, 1977) o lo contado en ese libro antropológico titulado Relato de Babia (Díez, 1981), en donde se mezcla lo real con lo inventado.

 

II

La aparición de Los males menores (Díez, 1993) vino a confirmar de nuevo su interés por cultivar el relato corto (aquí recoge los escritos desde 1989), pero al mismo tiempo supuso un cierto giro en el arte de contar de L.M.D. El libro se compone de dos partes claramente diferenciadas. La primera de ellas, titulada "Álbum de esquinas", está compuesta por un total de siete cuentos a los que podríamos calificar de "normales" y que siguen la línea de Memorial de hierbas y Brasas de agosto. La segunda parte, titulada "Los males menores" está formada por treinta y seis textos breves y brevísimos (microrrelatos) al estilo de Cortázar o Monterroso. Da la impresión de que el autor quiso hacer un libro tan sólo con este tipo de textos, pero un libro entero difícilmente puede sustentarse sólo de ellos, al menos si se pretenden unos mínimos resultados comerciales. Quizá de ahí la existencia de una primera mitad totalmente distinta y que se mantiene mucho más en su tono habitual. Pero el hecho de que L.M.D. titule genéricamente el libro como la segunda parte hace pensar que es a la que concede más importancia, acaso porque es lo realmente nuevo en su trayectoria.

El título de la primera parte me parece significativo y coherente con los temas y la forma de contar habituales de L.M.D., tan relacionados con lo autobiográfico y con lo oral. Un álbum de esquinas es un álbum antiguo, de fotografías en blanco y negro que se sujetan por las esquinas con unos cartoncitos triangulares y duros, un álbum en el que perduran los recuerdos de la infancia, del pasado, de otros tiempos. Precisamente otro autor leonés, Julio Llamazares, recurre, aunque de forma mucho más autobiográfica, a uno de esos álbumes en sus Escenas de cine mudo (Llamazares, 1994), que no es ni más ni menos que un repaso a un álbum de esquinas familiar, a uno de esos álbumes tristes que todos guardamos en los cajones más escondidos de nuestros hogares, álbumes llenos de vida y de muerte, de recuerdos y evocaciones a los que no siempre estamos dispuestos a regresar, pero que suponen, sin duda, un interesante e inabarcable material para la divagación literaria y el paseo agridulce por los entresijos de la memoria.

Los siete relatos de la primera parte son "Las nieves de Muanil", "Misas y comuniones", "El puñal florentino", "La dama de verde", "Los favores nocturnos", "Primeras vísperas" y "Hotel Bulnes". En todos ellos, narrados en primera persona, encontramos el denominador común de la narratividad, de la intención y el deseo de contar historias, hecho éste puesto de manifiesto por Ángeles Encinar, quien incluye dentro de esta tendencia a otros escritores del denominado “grupo leonés”, como son Antonio Pereira, José María Merino, Juan Pedro Aparicio o Julio Llamazares (Encinar, 1995: 107; 1998: 58-59). También apreciamos una dosificada mezcla de narración y diálogo, lo que unido a un estilo sencillo y menos barroco que el de sus novelas -piénsese sobre todo en La fuente de la edad-, convierten estos textos en unos relatos encantadores que se leen con facilidad y con agrado. El propio L.M.D. ha hecho referencia a la importancia de los diálogos en sus textos, y a la escasez de las descripciones, para que sean los propios personajes quienes nos revelen los entresijos de su personalidad: “Los diálogos son fundamentales (...) son relatos lineales, y la estructura se sustenta a través de los diálogos. Hay muy poca descripción psicológica de los personajes, y éstos dejan constancia de cómo son por el lenguaje” (Bravo, 1986: 9)

Nada más comenzar la primera de estas historias, "Las nieves de Muanil", L.M.D. pone de manifiesto su conocido interés por los relatos orales. Un narrador innombrado, que parece identificarse con el propio autor, nos dice: "Todas las historias que a lo largo de mi infancia le escuché a mi abuelo Manuel lo hice mientras le afeitaba" (p. 13), y a partir de ahí el autor nos introduce con maestría en los regustos del pasado y de la memoria: "Los recuerdos del abuelo (...) emergían al alzar el rostro para anudarle la toalla al cuello atraídos por una brisa lejana que parecía soplarle en la frente, removiendo en su memoria las imágenes de un pasado que iluminaba la paciencia" (p. 13). El abuelo, en su relato oral, toma como punto de partida a un personaje cercano "como si el recuerdo tuviera que encarnarse en la fisonomía de alguien y los sucesos fuesen el adorno de su rostro" (p. 14), y después, con esa ya aludida mezcla de narración y diálogo, L.M.D. nos proporciona poco a poco los secretos de la historia. A los datos que manifiesta el abuelo Manuel se van sucediendo las matizaciones del narrador sobre los detalles, las inflexiones, los tonos, los usos y las costumbres del abuelo al narrar, al mismo tiempo que introduce nuevos datos sobre la historia aquí narrada, la de Santiago, "el más pequeño de los hermanos del abuelo y el único que siguió sus pasos hacia México en la aventura de la emigración en los primeros años del siglo" (p. 14). México y algún que otro americanismo nos sugieren que, como en muchas otras ocasiones en la obra de nuestro autor, la influencia de Valle-Inclán se halla en el fondo del relato. El narrador, desde su puesto privilegiado -su propia madre, también oralmente, le había contado parte de la historia-, añade datos a lo que va contando el abuelo, esa información que el lector necesita para conocer correctamente la historia, y que el abuelo, cansado y cargado de lapsus mentales, no es capaz de contar en todos sus detalles. En algunos momentos da la impresión de que el narrador es esa persona indispensable y molesta que siempre se encuentra al lado de los viejos para desmentirlos, añadir datos y evitar que caiga en el ridículo ante esos oyentes que casi siempre hemos preferido escuchar los relatos de los ancianos sin la contaminación prosaica de las personas que están "en su juicio". Con todo, aquí lo fundamental no es quién o cómo se cuenta; tampoco la historia, que puede resultar tópica; ni el manido personaje central: un indiano rebelde, seductor y aventurero. Si debemos absolver tanto la historia como al personaje es gracias al arte narrativo de L.M.D., a su lenguaje variado y preciso, que va a ser la principal constante que vamos a hallar en el resto del libro.

Dice Antonio Muñoz Molina que "un mal personaje sólo se parece a su autor o a su modelo: un personaje logrado se parece a cada uno de sus desconocidos lectores" (Muñoz Molina, 1992: 36; 1998: 44), y eso es algo que L.M.D. consigue a la perfección en la segunda de las historias del libro que nos ocupa, la titulada "Misas y comuniones", en donde un rotundo principio, con el que resulta fácil identificarse, define con gran acierto los sentimientos de un amplio sector de población ante el hecho amoroso: "Cuando a tu irremediable timidez se une esa consideración extrema hacia los demás que apenas te permite sincerarte con alguien, y menos en el terreno de los avatares amorosos, es fácil caer en el desánimo y aceptar, no sin mala conciencia, el creciente ostracismo de tu desgracia" (p. 23). Quizá aquí L.M.D. vuelva el rostro hacia sus propias vivencias, pero convirtiéndose en interlocutor de un extenso grupo humano: el de las personas tímidas.

Si en el primer relato del libro prevalecía la nostalgia y lo sentimental, lo cual también predominará en la última de las historias de la primera parte del libro, la titulada "Hotel Bulnes", a partir de "Misas y comuniones" hallamos una serie de tres relatos en los que se pone de manifiesto otra de las vetas literarias más características de L.M.D.: la del humor. Un humor que oscila entre la pura broma y el esperpento más audaz y grotesco, pero siempre con un trasfondo de crítica hacia algunos de los aspectos de la sociedad franquista que el autor vivió en su niñez y adolescencia.

En "Misas y comuniones" el protagonista-narrador es aconsejado por su amigo Eulogio para que vaya a misa siguiendo a Begoña Arienza, como estrategia para conseguir la atención de la chica de sus amores (lo religioso se mezcla con el amor: ¿Valle-Inclán al fondo?). El protagonista, sensible e ingenuo, atraído por el cine y por actrices muy concretas de aquella época (María Schell, Jean Simmons), es incapaz de darse cuenta de la trampa en la que ha caído, cuyas claves le serán desveladas mucho tiempo después de los hechos, lo que no empeorará su ya radical incertidumbre, pero sí vendrá a confirmar su aversión por los curas y las misas, aunque en la vida, como es lógico, tuvo que "comulgar en muchas ocasiones con ruedas de molino" (p. 30).

El anticlericalismo que puede apreciarse en este relato, o, al menos, el rechazo del ambiente y los métodos de ciertos sectores del catolicismo en la época franquista, constituye el núcleo de la tercera historia del libro: "El puñal florentino", un breve e hilarante relato del mundo de los teatrillos escolares. El protagonista, actor en una comedia histórica de intrigas, nos cuenta sus avatares en una representación en la que todo falla y en la que, como solía ser habitual, el argumento caía en el absurdo y en el ridículo por culpa de esas transformaciones encaminadas a evitar los temas sexuales, consiguiendo casi siempre -tanto en el cine como en el teatro de aquellos años- convertir los textos en algo mucho más escabroso que lo que se pretendía esconder.

"Misas y comuniones" y "El puñal florentino" coinciden también en el uso de un vocabulario cotidiano que acentúa los aspectos humorísticos, al mismo tiempo que contribuye a una correcta ambientación y dota los textos de un acertado realismo. A este respecto el propio L.M.D. ha dicho lo siguiente: "Busco siempre un equilibrio entre lo literario y lo cotidiano. Una vez aceptados los inevitables grados de artificio que siempre existen en los diálogos, me gusta que haya giros coloquiales" (Bravo, 1986, 9). Y es en el acierto de ese equilibrio en donde reside, para nuestro autor, la credibilidad de un relato, algo que está perfectamente conseguido en las dos historias a que nos referimos, puesto que en ellas, a pesar de esos giros (“grandísimo gilipollas”, “meapilas”, “cates”, “cabreo”, “metido hasta las cachas”...), nunca se pierde el control de la historia ni el sentido literario.

En el siguiente cuento, "La dama de verde", continúa en la época colegial y adolescente. En esta ocasión, el narrador-protagonista nos relata sus cuitas amorosas. Sigue siendo un chico tímido, al igual que en "Misas y comuniones", pero en esta ocasión, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los relatos, sí tiene nombre. Se llama Pino, aunque por sus gafas lo llaman Lentes y, sobre todo, con el "estúpido diminutivo" de su apodo: Lentines. Y es que aquí hallamos de nuevo, como en La fuente de la edad, además del habitual jugoso estilo de L.M.D., todo un repertorio de sonoros y variados nombres y motes (Ovidio Merayo, Lolo Lumbreras, Elicio Higuera, Pipo Mampodre, Avelino el Bielas, Marili, la Chata...), así como un lenguaje cotidiano que recurre tanto a lo soez como a lo pedante, y que nuestro autor maneja con una evidente soltura y eficacia, puesto que con él consigue transmitir humor, realismo y verosimilitud: "nada que rascar", "un poco de labia", "tengo un dolor de huevos", "ese par de gilipollas se prevalecen de la labia", "ya le podían dar muy mucho por el culo", "aquel puto pueblo"..., son expresiones que conviven sin esfuerzo con otras del más puro contenido literario: "No hay mayores ni más engañosas ambigüedades que las que derivan de esas redes ilusas de los amores platónicos y sus aledaños" (p. 38). Esta última cita nos sirve también para comprobar la precisión que el autor consigue a la hora de describir las interioridades del alma adolescente. En esta historia el protagonista y el resto de su pandilla se ven conmocionados por la aparición de una chica nueva, la misteriosa dama de verde, cuya belleza les impresionará más incluso que las de sus actrices favoritas: Yvonne de Carlo, Rhonda Fleming o Angie Dickinson. Nuevamente el mundo del cine está presente en una de estas historias -también se mencionará a Spencer Tracy y a Lee Marvin-, junto al ambiente de los billares, los bares y las típicas rencillas que se producen entre un grupo de chicos, cuyos escarceos amorosos sembrarán entre ellos la desconfianza, el malestar y una descarnada pugna por llevarse el gato al agua. Como era de esperar, se vuelve a producir el fracaso amoroso, pero si en "Misas y comuniones" se debió a la traición de un amigo, ahora es a causa de la burla de una chica tan atractiva como astuta y bromista.

El quinto de los relatos del libro, “Los favores nocturnos”, presenta un tono muy diferente a los tres anteriores. Si utilizamos nuevamente la división de Adolfo Sotelo Vázquez cabría incluir esta historia, como “Los temores ocultos”, dentro de ese grupo de “los subterráneos obsesivos de la realidad”, porque aunque vuelve a abordarse el tema del amor adolescente, aquí no utiliza el humor ni la picaresca sino que más bien se centra en la intriga y la incertidumbre.

El narrador-protagonista, innombrado como casi siempre, va a fugarse con una tal Elvira, por eso el relato comienza en una estación de tren en donde los dos jóvenes se han citado para huir -recordemos que el viaje (o la excursión), como ha apuntado Martínez Cachero, se convierte habitualmente en nuestro autor en un recurso estructurador y en metáfora de la vida humana (Martínez Cachero, 1997, 639)-. Se trata de dos amantes infortunados, dos seres frustrados que nunca llegarán -y ésta es la metáfora en esta ocasión- a emprender el viaje. La utilización de este tipo de personajes supone, como es sabido, un tema recurrente en L.M.D. y en toda la cuentística en general, pero una vez más es el lenguaje y la perfecta ambientación las principales virtudes del texto: “dos amantes reconducidos al borde del abismo, pertinaces y secretos, zarandeados por el infortunio hasta la desesperación” (p. 50), “era una de esas estaciones destartaladas que la carbonilla ha ido royendo, uno de esos puntos ferroviarios de encrucijada que parecen concitar el destino de todos los trenes” (pp. 50-51). Párrafos como los citados, cargados de precisión lingüística y de profundidad sicológica, mantienen el interés del relato hasta llegar a un acertado desenlace en el que queda reflejada la precariedad de las relaciones amorosas y la relatividad de los sentimientos. En esta ocasión, como en muchas otras, L.M.D. parece querer indicarnos que los amores desgraciados se sustentan sobre una tela tan delgada que con cualquier contratiempo se rompe.

El siguiente cuento, “Primeras vísperas”, es el más largo del libro (pp. 60-82) y, sin duda, el más logrado y completo. Así lo reconoce, entre otros, el crítico Rafael Conte, quien, con toda razón, califica este relato de “espléndido y picaresco” (Conte, 1993: 10). En efecto, se trata de toda una historia picaresca en la que L.M.D. utiliza sus mejores recursos para poner lo grotesco y lo humorístico al servicio de una despiadada y audaz crítica de la sociedad en general y del mundo de la cultura y los certámenes literarios en particular. El autor vuelve sobre un tema que ya había desarrollado ampliamente en la tercera parte de La fuente de la edad, la titulada “La flor de invierno”, en donde, como aquí, abordaba con acierto el mundillo de las “Justas poéticas”. Seguramente los inicios poéticos de nuestro autor debieron de familiarizarlo con el ambiente de los torneos literarios de provincias, a los que pretende homenajear y parodiar a un mismo tiempo.

Al iniciarse el relato, el protagonista, llamado Tilo -o Tilines-, acaba de recibir la noticia de la concesión de un accésit. L.M.D. entra de lleno en una acertada descripción de las sensaciones que invaden al escritor incipiente en este tipo de situaciones: “No sé si era mayor la emoción o la preocupación cuando, después de haber abierto con manos temblorosas el sobre oficial que contenía la comunicación del fallo del jurado (...) Yo no alcanzaba a dirimir la importancia del galardón, aunque de sobra sabía que era mucha, y más si se tiene en cuenta que era la primera vez que un poema mío se veía recompensado” (p. 60). La narración, en primera persona, se alterna continuamente con un diálogo ágil y jugoso en el que volvemos a hallar un lenguaje siempre al servicio de la eficacia y la precisión, un vocabulario que no se asusta de la irreverencia ni de la calculada pedantería -a pesar de esto, el resultado global del relato no puede ser más elegante- para mostrarnos a los personajes en su más profunda desnudez y sinceridad: “Osti, Tilo, no seas cebollo”, “es un poeta del copón”, “me pirrian los siropes”, “jodido Ruibarba”, “¿los gastos de la putañería no se contabilizan entre los emolumentos de la elocuencia?...”

Cuando el protagonista se marcha a recoger el premio, agobiado por sus problemas económicos y angustiado ante la responsabilidad de la ceremonia que le espera, es despedido en la estación por Benito -su amigo y consejero- y por Sotero, Jalocho, el Ilustrao y “alguna de las zagalas, entre las que despuntaba Emilita Henares que tenía la marca personal en dieciséis sonetos para dejarse llevar al huerto” (p. 62). Ya en la ciudad Tilo se hunde en la soledad y en el mayor de los desvalimientos, hasta que llega a la “Pensión Toreno” y allí es bien recibido por la dueña, doña Rosario, quien le presenta a don Aníbal Celorio, el poeta que ha ganado el primer premio en el mismo certamen y que, por lo tanto, se ha hecho acreedor de la Flor Natural. El tal Aníbal Celorio resulta ser un maestro -más que de la lírica- del trapicheo y la engañifa, pero no por eso deja de ser todo un adecuado maestro de ceremonias que sabe arrastrar a Tilines en una suerte de aprendizaje iniciático. El relato, a partir de este momento, sigue con toda fidelidad las normas de la picaresca, sobre todo en lo que se refiere a la utilización de la astucia para poder ir tirando. Con un lenguaje cervantino, en el que a veces parece que nos hallamos ante un diálogo de don Quijote y Sancho, de Rincón y Cortado o de Cipión y Berganza, asistimos a unas páginas antológicas en las que el título del relato cobra un sentido revelador y certero. En efecto, nos hallamos ante las “primeras vísperas” de un joven poeta, la antesala de su primer galardón, el bautismo de fuego de un muchacho ingenuo e inocente que se ha topado con un quijote de la lírica, con un espléndido Aníbal Celorio que arrasa con la hipocresía y la doble moral del poderoso y con la envidia y la incomprensión de los poetas de vanguardia. Como en Las estaciones provinciales (Díez, 1982) o en La fuente de la edad, la comida abundante y el alcohol se convierten aquí en recursos para la liberación y para la huida de la mediocridad; y también hace su aparición el sexo -como ocurrirá más tarde en otro relato picaresco, la novela titulada Camino de perdición (Díez, 1995)-, porque para luchar contra las precariedades de la lírica Aníbal Celorio recurre a un hedonismo casi agresivo. Y es que cuando lo creemos llegado a su límite de astucia, este logradísimo personaje consigue dar otra vuelta de tuerca a su habilidad para beneficiarse de todo tipo de situaciones y conseguir lo que se propone sin reparar demasiado en escrúpulos. Con todo, Aníbal Celorio guarda en su interior un poso de caballerosidad que queda de manifiesto en un acertado final en el que hallamos una espectacular mezcla de verdad y de mentira, de picardía y honradez.

En el último relato de la primera parte, el titulado “Hotel Bulnes”, L.M.D. vuelve a los “subterráneos obsesivos de la realidad” con una historia impecablemente narrada pero a la que le falta la chispa de las narraciones humorísticas y esperpénticas. El protagonista, del que sólo al final y casi de pasada conoceremos su nombre (como casi siempre un simple y lacónico mote: Lito) es esta vez un hombre maduro, que se entera por casualidad de la muerte de una amiga de la juventud y, sin demasiado convencimiento, decide viajar para asistir al entierro a una ciudad innombrada de provincias de la que no guarda demasiado buen recuerdo pero que parece permanecer en su conciencia como un poso molesto e inevitable. En aquella ciudad pasó unos años de adolescencia y juventud, y entre sus amigos de entonces estaban Eloy y la mujer de éste, Adama, que es quien acaba de morir. Esta trama sirve como excusa al autor para divagar sobre los agridulces sentimientos que conlleva el regreso a los escenarios del pasado, y su principal acierto reside en el calculado ambiente de misterio que sabe crear en el interior del Hotel Bulnes, en donde Lito se hospeda para recibir -sin esperarlo, y sin tener clara conciencia de ello- los mensajes póstumos de aquella mujer por la que inconfesadamente se sentía atraído.

En esencia, esta primera parte del libro, con los lógicos altibajos en la intensidad de los relatos, mantiene una altísima calidad literaria y vino a suponer una nueva confirmación del papel de L.M.D. en el terreno de la narrativa española en general y del cuento literario en particular. Pero, como quedó dicho más arriba, en donde pretendió cambiar de rumbo y aportar algo diferente en la trayectoria global de su obra es en la segunda parte: “Los males menores”.

Observando las obras posteriores de L.M.D., da la impresión de que sólo supuso un experimento sin deseos de continuidad. Así al menos parecen confirmarlo textos como El espíritu del páramo (Díez, 1996) o Días del desván (Díez, 1997), en donde viene a demostrarse una vez más que la narratividad, el afán de contar jugosas historias y de enmarcar los recuerdos en una prosa de gran belleza es la principal misión de L.M.D. Con esto no quiero decir que los breves textos incluidos en “Los males menores” carezcan de interés. Muy al contrario. Porque aunque se aprecien en ellos algunas lógicas irregularidades, algunos son antológicos y de una calidad literaria indiscutible.

Probablemente aquí se hallen los embriones de otras historias más extensas, o, al menos, seguro que son preocupaciones o temas recurrentes que rondan la cabeza de nuestro autor y que se presentan atomizados, reducidos a su quintaesencia. Muchos de estos textos parecen -y esto no les quita mérito literario- esos borradores que todo escritor guarda aquí y allá cuando le surge una idea que unas veces será desarrollada y otras no. Son textos que muchas veces poseen en sí mismos las suficientes dosis de intuición y de valor artístico como para que sean presentados como aquí lo hace L.M.D., es decir, solos y desnudos, lo cual no me parece una excentricidad, sino tan sólo el afán de mostrar una literatura diferente y sincera.

“Los males menores” comienza con tres textos de apenas una página cada uno (“Un suceso”, “El sicario” y “Destino”) en los que de golpe nos encontramos con la agudeza, el ingenio y el descaro que van a ser la tónica general de lo que nos espera. L.M.D. nos instala, así, en un mundo que tiene algo de greguerías ramonianas, en unos textos epigramáticos que rozan, se instalan e incluso sobrepasan el absurdo. Pero enseguida aparecen dos “historias más largas” (“Invitados” y “Amores”), en las que sin llegar a las dos páginas, en un alarde de capacidad de síntesis, L.M.D. es capaz de desarrollar argumentos de novela o de película, y recurriendo a un humor negro y cínico denuncia la peligrosidad de las reuniones de amigos y de los amores de ida y vuelta. A partir de aquí se alternan los relatos cortos con los microrrelatos (según el término que utiliza Fernando Valls) y el autor es capaz de dar continuas vueltas de tuerca al estilo y a los temas para conseguir sorprendernos cada vez más. Y una de las mayores sorpresas quizá sea la variedad que es capaz de manejar en tan pocas páginas: hay relatos de aventuras (“En el mar”), melodramáticos (“La afrenta”), surrealistas (“Cine Ariadna” parece el argumento de una película de Buñuel o una novela de Bioy Casares), de misterio (“El vecino”), sentimentales (“El pelo”), metaliterarios (“Equipaje”...)...

En conjunto, la lectura de estos “males menores” resulta tan inquietante como apasionante. Aquí la intuición de L.M.D. parece hallarse en estado puro y las audacias a que nos tiene acostumbrados llegan a límites inesperados. En alguno de estos relatos, que podríamos calificar -siguiendo la terminología propuesta por Fernando Valls (Valls, 1993: 15)- como “cuentos mínimos” (un ejemplo palmario puede ser “El legado”), consigue captar el interés en tres o cuatro líneas, y rematar la brevísima historia, sin defraudar, en otras tres o cuatro. Las trece líneas de “Sabiduría” parecen proverbios orientales. Las diez líneas de “Un crimen” consiguen establecer un paralelismo macabro y extraño entre una mujer asesinada y una mosca aplastada. En “La papelera” introduce comentarios que podríamos calificar de filosóficos con la mayor naturalidad del mundo: “porque la vida es algo más complejo que la materia que la sostiene y que las soluciones que hemos arbitrado para sobrellevarla. La vida es, antes que nada y en mi modesta opinión, el sentimiento de lo que somos más que la evaluación de lo que tenemos” (p. 132). Sobreponiéndose a la falta de extensión, consigue en ocasiones introducir nombres concretos para sus personajes y envolverlos en un ambiente denso, como ocurre en “El pendiente” y, sobre todo, en “El pelo”, que recuerda la cadencia de algunas páginas de las sonatas de Valle-Inclán.

Pero si personalmente tuviera que decantarme por algunos textos en concreto, lo haría por los que abordan el mundo de la literatura, los ambientes culturales y la propia vida de los escritores. En “Realismo”, “El sendero furtivo”, “Equipaje”, “El espejo sumiso” y “Conferencias” se rastrean muchos detalles de las propias vivencias y el carácter de nuestro autor. Aunque contados, por supuesto, desde la hipérbole y el sarcasmo, hallamos aquí “confesiones” de enorme interés para adentrarnos en la personalidad de L.M.D. En “Realismo” y, especialmente, en “Conferencias”, que el más largo y el último de los relatos de esta segunda parte, se burla con tremenda ironía, y con el uso de sus mejores dotes para el humor, del ambiente cultural provinciano. Difícilmente se puede contar con mayor precisión y acierto lo que suele suceder en las charlas de medio pelo: “El incidente de que alguien abandone en plena conferencia suele acarrear cierta sensación de sorpresa y desánimo y es siempre una derrota que pone en evidencia al conferenciante. Sobrellevarlo es a veces difícil, sobre todo si el abandono resulta estentóreo, ya que el camino desde la primera fila a la puerta de salida es, con frecuencia, largo y complicado y, más aún, si la oyente abandonista tiene la figura esbelta y no se recata en el uso de los tacones” (p. 145). “A la precariedad de la concurrencia, habría que añadir, cosa que no me agrada mucho, la cicatería de los emolumentos y el desplante, muy razonado y lleno de disculpas, del organizador que, apenas me hubo presentado, se ausentó requerido por imprevistos compromisos” (p. 146). En “El sendero furtivo” nos habla, con pena y con entusiasmo, de la influencia de la vida en la literatura; en “Equipaje” se refiere a las manías y excentricidades del escritor; y en “El espejo sumiso”, el título, el tema y, sobre todo, las entrevistas apócrifas, parecen contener un implícito homenaje a Borges.

 

III

Si en el interior de un libro siempre está su autor en mayor o en menor medida, aquí hallamos casi por completo a L.M.D., más incluso que en cualquier otro de sus libros. Porque la primera parte, “Álbum de esquinas”, son sus historias, su pasado, su estilo y su memoria convertidos en literatura; en tanto que en la segunda parte, “Los males menores”, profundizamos aún más en su interior, casi en su subconsciente, porque aquí están los gérmenes de historias pasadas y futuras, la esencia de su obra, sus ideas al desnudo o levemente revestidas de literatura.

Los males que aquí se describen no son tan menores como indica el título -seguramente irónico- del libro, porque suponen la auténtica realidad del individuo, su pequeña intrahistoria, aquello a lo que estamos sometidos cada día. Relatos como “El vecino”, “Autobús” o “Sopa”: un vecino maltratado que resulta ser un escritor; un encuentro casual y diario en un autobús o una sopa que son capaces de ofrecer consuelo y dar sentido a una vida, parecen argumentos que intentan buscar una explicación a los misterios cotidianos: la fantasía que surge desde una realidad que, bien mirada, resulta más que inquietante.

Como ya demostraron Gómez de la Serna, Borges, Monterroso y, sobre todos ellos, Julio Cortázar, cuando escribió sus Historias de cronopios y de famas, la literatura no necesita de grandes fastos ni de grandes extensiones para ser literatura. Como sus ilustres antecedentes, Luis Mateo Díez ha sido capaz de verter gran parte de su talento en Los males menores, un libro que, a pesar de su corta extensión y de los temas en él abordados, supone un momento clave dentro de su trayectoria como escritor.

 

Bibliografía

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© Manuel María Morales Cuesta 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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