Análisis comparativo del mito de Prometeo según Esquilo y Hesíodo*

María Araceli Laurence

Universidad Nacional de Lomas de Zamora
Argentina


 

   
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Resumen: El mito de Prometeo ha sido abordado por diversos autores a lo largo de la historia de la literatura. Nos detendremos, en esta oportunidad, en las versiones de Esquilo y Hesíodo para abordar las semejanzas y las diferencias que nos brindan sobre la historia de este titán en Prometeo encadenado y Teogonía, respectivamente.
Palabras clave: Esquilo, Hesíodo, Prometeo, Mito, Análisis comparativo

 

Introducción:

La hegemonía de la tragedia clásica coincidía con el crecimiento, grandeza y declinación del poder secular del estado ático.

Según Jaeger, la tragedia como poética alcanza su mayor fuerza popular al ejercer sobre los espectadores una viva impresión ya que concentraba el destino del hombre en el breve e impresionante curso de los acontecimientos que se desarrollan frente a los ojos y oídos de los espectadores.

Esquilo es el más antiguo de los poetas trágicos griegos cuyas obras conservamos. Los siete textos lo mantienen hoy en día como un distinguido patriarca de la tragedia, si bien la época moderna fue tardía en apreciarlo. El Renacimiento se centra, fundamentalmente en Sófocles y Eurípides pero, a fines del siglo XVIII, se redescubre a Esquilo, sobre todo a través de su versión de Prometeo que se convertirá en uno de los mitos de la cultura moderna.

A partir de Esquilo, la representación de la poesía trágica, que se basaba fundamentalmente en la participación del coro, comienza a darle relevancia al papel del locutor que, originalmente, formaba parte de los coreutas y, luego, se independizaría. Así, “el coro, de narrador lírico, se convertirá en actor y, por lo tanto, en sujeto de sufrimientos que hasta ahora solo había compartido y acompañado con sus propias emociones” (Jaeger, 1993, p. 233). El poeta solo podía utilizar las limitadas posibilidades de esta forma de expresión mediante la incorporación de bruscos cambios en el destino de los personajes tal como lo vemos en Las suplicantes en la que el verdadero actor es el coro de danaides. Como consecuencia de la importancia que toma el locutor, el coro deja de ser un fin en sí mismo, el locutor comparte con él la acción que se refería, sobre todo, al sufrimiento humano. “La representación obvia y vivaz del sufrimiento en los éxtasis del coro manifestados mediante el canto y la danza y que por la introducción de múltiples locutores se convertía en la representación más acabada del curso del destino humano, encarnaba del modo más vivo el problema religioso, desde largo tiempo candente, el misterio del dolor humano considerado como un envío de los dioses” (Jaeger, 1993, p. 234).

Una de las tragedias clásicas en que la participación del coro está reducida al mínimo y el papel central está a cargo del actor principal es Prometeo encadenado, segunda obra que integra la trilogía conformada por Prometeo, portador del fuego y Prometeo liberado, textos que no hemos conservado. La poesía trágica, tanto en Esquilo como en el resto de los autores, tomaba como tema principal un mito antiguo ya conocido por todos.

A lo largo de este trabajo nos detendremos, especialmente, en el tratamiento que realiza Esquilo del mito de Prometeo, considerado como uno de los aportes fundamentales del gran autor trágico a la historia del teatro occidental.

 

Transposición del mito del titán:

El origen del nombre de Prometeo y su leyenda son objeto de discusión por parte de la crítica.

Según Curtius y Kuhn, entre otros, el mito sería originario de la India. “El bastón giratorio, decían esos autores, con el cual se procuraba el fuego por frotación, se llama en Sánscrito védico pramantha de la raíz math/manth, ‘frotar’” (Sechan, 1960, p. 11) de donde provendría Pramanthius o Pramathius, Prometheus en griego, que sería, entonces, la personificación del bastón giratorio. Esta hipótesis se considera poco probable porque jamás se ha considerado a Prometeo en Grecia como el inventor del bastón generador del fuego.

Una segunda posibilidad del origen del nombre y del mito afirma que Prometheus deriva del indoeuropeo man que significa ‘pensamiento’, ‘reflexión’, ‘sabiduría’. Los griegos mismos le daban a Prometeo el sentido de: ‘prudente’, ‘previsor’.

La representación del mito está vinculada con lo espiritual, con el espíritu religioso de la época, tal como lo vemos en Prometeo encadenado en la que el dolor se convierte en el rasgo específico de los seres humanos.

La Ilustración ha soñado con la victoria del conocimiento y el arte. Esquilo no analiza esta situación, sino que exalta a un héroe que ha ayudado a la humanidad para pasar de la noche a la luz mediante el progreso y la civilización.

La figura de Prometeo como dador del fuego es muy antigua en Grecia. Su imagen se ha impuesto a partir de su vínculo con el destino de los hombres, su enfrentamiento con Zeus es solo uno de los que tuvo que sostener el dios para reafirmar su reinado.

Según Sechan, el politeísmo helénico “está en función no solo del espacio, habitado por múltiples dioses, sino también del tiempo en que esos dioses aparecen sucediéndose” (1960, p. 15). Durante el período de los orígenes, los dioses al igual que los hombres habían atravesado por distintas edades. Hasta que se produce el triunfo de Zeus y su familia, los dioses conocieron períodos de esplendor y de decadencia, de caídas abruptas, resultado de su soberbia o su desmesura (hybris) y de luchas internas o teomaquías.

Existieron tres generaciones divinas. Las dos primeras sucumben bajo el poderío de sus hijos, Urano es vencido por Cronos y éste, a su vez, es derrocado por su hijo Zeus. El mismo Zeus deberá derrotar a sus enemigos hasta que los antagonismos se reduzcan. Esta historia es resumida por Esquilo en los inicios de Agamenón: “Del que era grande otrora [Urano], desbordante de audacia para todas las luchas, ni aún se dirá que existió alguna vez. El que luego existió [Cronos] encuentra un vencedor [Zeus] y fue su perdición. Más quien celebre de corazón el nombre victorioso de Zeus logrará la sapiencia suprema” (1960, p. 15).

 

Prometeo en la Teogonía:

Prometeo, nuestro héroe, aparece tanto en las obras de Hesíodo: la Teogonía y Los trabajos y los días, como en la de Esquilo, Prometeo encadenado.

Hesíodo es quien por primera vez nos informa que hubo cinco razas humanas: la de oro, plata, bronce, la de los héroes y la de hierro. La primera era la mejor y la que vivía más feliz en tiempos de la Edad de oro en que reinaba Cronos, el padre de Zeus.

La raza de los mortales nace de la tierra, Gea, la divinidad primordial, la diosa madre por excelencia. Ya había creado al cielo y a los dioses y, obviamente, crearía, también, a los hombres, las generaciones de la Edad de oro salieron de su seno, sin ninguna intervención divina o natural, puesto que la mujer aún no había visto la luz, la humanidad de la Edad de oro era exclusivamente masculina, dice Sechan que “ha de creerse que era éste uno de los aspectos de la felicidad del hombre, así como de sus prerrogativas inauditas, ya que la mujer, a fuer de verdadera desheredada, jamás ha conocido esa dicha de estar sola” (1960, p. 18).

Estos hombres primitivos residían junto a los hombres y hasta vivían como dioses. Los dioses eran considerados como hermanos más poderosos. El suelo fecundo les daba tanto lo necesario como lo superfluo, no conocían la vejez, la enfermedad ni la muerte dolorosa, al morir caían en un sueño definitivo.

Según Hesíodo, esto seguirá incluso durante el primer tiempo del reinado de Zeus pero empezaron los conflictos, y dioses y hombres se separaron amistosamente. Durante la separación solemne que se sellaba con un sacrificio, Prometeo hace su primer engaño: “había hecho dos partes de un buey, en un lado, puso la carne y las entrañas, recubriéndolas con el vientre del animal; en otro, puso los huesos mondos, cubriéndolos con grasa blanca. Luego dijo a Zeus que eligiese su parte; el resto quedaría para los hombres. Zeus escogió la grasa blanca y, al descubrir que solo contenía huesos, sintió un profundo rencor hacia Prometeo y hacia los mortales, favorecidos por aquella astucia” (Grimal, 2004, p. 455). El dios se enoja y decide el exterminio de los hombres quitándoles el fuego. Pero Prometeo se los devuelve mediante la utilización de un nuevo engaño, saca el fuego del reino de los dioses en el hueco de una férula. Zeus, furioso por esta nueva afrenta, decide enviar un nuevo castigo a los hombres: una plaga, y el dios crea a la mujer, esa “bella calamidad”. Dice Hesíodo en Los trabajos y los días: “una de las plagas más perniciosas sobre todo porque los hombres se complacen en rodear de amor su propia desdicha” (1995, p. 78). Así, nace la Eva griega: Pandora.

En el mito hesiódico Pandora es la primera mujer. Fue creada por Hefesto y Atenea con ayuda de los restantes dioses. Cada uno le dio una cualidad, así, recibía: belleza, gracia, habilidad manual, persuasión, etc. pero Hermes puso en su corazón la mentira. Hefesto la modeló según la imagen de las diosas inmortales. Zeus se la envía a Epimeteo, hermano de Prometeo, conocido por su imprudencia y torpeza, éste había sido advertido de no aceptar regalos de Zeus pero se dejó seducir por la belleza de Pandora y la convirtió en su esposa. Pandora tenía una caja que escondía todos los males, al llegar a la tierra, la abrió, los males se escaparon y distribuyeron por todas partes, solo la esperanza quedaba como consuelo. Según otra de las versiones, la caja contenía los bienes que, al ser liberados, volvieron al reino de los dioses, abandonando la tierra, quedando solo la esperanza para los mortales.

Entonces, vemos que, según Hesíodo, la participación de Prometeo solo agrava la situación porque la separación, inicialmente, amigable entre dioses y hombres se convierte en un divorcio irreversible. El origen del conflicto se presenta como la obra de un bromista, en principio para lograr una simple satisfacción gastronómica, solo en la segunda intervención la participación del titán es francamente bienhechora al restituir el fuego a los mortales. La actividad de Prometeo, según el autor, tiene como consecuencia traer el mal a la tierra.

 

Prometeo según Esquilo:

La concepción de Esquilo es muy diferente a la hesiódica. En primer lugar, la descripción que realiza de la evolución de la humanidad es en sentido opuesto a Hesíodo, reemplazando el tema de la decadencia por el del progreso. Presenta a Prometeo como el salvador del género humano y como un aliado de Zeus en su enfrentamiento con Cronos. Muestra a Zeus despreciando a una humanidad miserable y bárbara y, celoso de todo aquello que habían creado los hombres y que no era fruto de su creación. El único que tiene el coraje suficiente para oponerse a esto es Prometeo que logra preservar a los hombres de la destrucción. Según Esquilo, los mortales jamás habían poseído el fuego, sino que Prometeo se los da, hace esto por piedad, por amor hacia los “efímeros mortales”. Dice Maurice Croiset: “Esquilo ha prestado al titán un verdadero amor hacia la pobre raza humana, por sí misma tan débil, tan desnuda y, lo que es más, odiosa al nuevo señor del Olimpo (...). Hace de él el salvador que se sacrifica a sí mismo en pro de aquellos a quienes ama, concepción sublime que lo iguala (...) a los que las religiones de la humanidad proponen a la adoración de sus fieles” (1960, p. 19).

En Prometeo encadenado encontramos altivas declaraciones de Prometeo: “escuchad las miserias de los mortales; como de las ignorantes criaturas que eran, hice seres claros de espíritu, dueños de su mente” (1960, p. 19-20). Gracias al fuego los hombres podrán aprender innumerables artes. Dice Prometeo: “Tal es mi obra. Y los tesoros ocultos bajo la tierra a los humanos: el bronce, el hierro, la plata, el oro ¿quién podía decir que los ha descubierto antes que yo? Nadie, bien lo sé, a menos que quiera jactarse en vano. En suma, sábelo de una vez: todas las artes han venido a los mortales de Prometeo” (1960, p. 20). En esta concepción de Esquilo hay una posición original ya que, según Mazón, “no ve en Prometeo al titán que dio el fuego a los hombres, sino que lo convierte en iniciador de todas las artes “iniciador de la civilización que Atenas, a su vez, se enorgullecía de haber enseñado al mundo” (1987, p. 154).

Según Sechan los elementos que constituyen la trilogía de Prometeo son tres:

1. Las tradiciones populares.

2. La transformación de dichas tradiciones por invención personal o por fuentes desconocidas por nosotros.

3. Los vínculos entre el resto de la obra de Esquilo y esta creación.

Como dijimos anteriormente, el conflicto con Zeus ya se encuentra presente en Hesíodo pero Esquilo invierte la idea de decadencia y desventura.

Toma de Píndaro la idea del arma y el secreto que posee el titán, otorgado por su madre Temis-Ge (Tierra).

Aumenta, también, el carácter combativo de nuestro héroe, indignado por la ingratitud de Zeus a quien había sostenido en su guerra contra los titanes.

En cuanto al suplicio, Esquilo, también, modifica la tradición de Hesíodo. En éste el castigo se lleva a cabo en un tiempo: Zeus encadena a Prometeo y suelta al águila que le carcome el hígado.

En Esquilo encontramos tres fases sucesivas:

I. Es encadenado a una roca de la Escitia.

II. Lo hunde en las profundidades subterráneas.

III. Lo encadena, nuevamente, en el Cáucaso, con el agravante del águila que roe su hígado. Obviamente, todo sucede a lo largo de varios siglos, es decir, en términos de tiempos divinos.

Esto obedecería al deseo de progresión patética (Sechan).

La tortura a que es sometido Prometeo en Esquilo tiene dos elementos diferentes en relación con Hesíodo. En primer lugar, se lo castiga en la tierra encadenado a un pico montañoso. En Hesíodo, en cambio, se lo sujetaba a una columna. El ataque del águila estaba vinculado con esta fase del suplicio.

En segunda instancia, cuando lo hunde en el Tártaro, Prometeo solo tenía posibilidades de ser liberado si su lugar era ocupado por otro, porque el Tártaro no suelta su presa sino es a cambio de otra. Lo va a sustituir, voluntariamente, el centauro Quirón quien, torturado por una herida incurable y cansado de una inmortalidad dolorosa, acepta reemplazar en los Infiernos al titán.

En ambos autores, Prometeo es liberado por Heracles quien mata al águila y libera a nuestro héroe de su tormento. Pero en tanto en la obra de Hesíodo, Heracles cuenta con el consentimiento de su padre, Zeus, que renuncia a sus rencores para que su hijo obtenga la gloria de la liberación, en Esquilo el dios desconocía las planes de su hijo.

También hay que tener en cuenta ciertos factores religiosos y culturales que incorpora Esquilo.

Según Sechan, la Prometeida no es solo la historia de una pelea y una reconciliación, se perdona a los titanes a quienes se libera de sus cadenas y el mismo Zeus se ocupará de ser en el futuro más prudente y moderado permitiendo que su antiguo rival reciba honores en Ática. Así, el dios vence sus instintos de lucha y venganza. Perdona, también, a su padre Cronos a quien rescata del abismo donde lo había precipitado. Reconciliarse con su padre era la condición necesaria para que el propio Zeus se libere del peligro que se cernía sobre él. Zeus y Poseidón se disputaban el amor de Tetis, la más bella de las nereidas; “pero Temis ‘la buena consejera’ descubre a los dioses que, según lo dispuesto por el destino, la diosa marina daría a luz a un hijo que llegaría a ser un soberano más poderoso que su padre y que su mano lanzaría un dardo más potente que el rayo y el tridente” (Sechan, 1960, p. 17).

La narración implica una evolución moral y el advenimiento de un Zeus menos vengativo y con mejores sentimientos. Esta elevación de Zeus a esferas más altas respondería a la influencia del orfismo o de otras doctrinas que retoman antiguas concepciones religiosas. Dice Cicerón en Tusculanas que Esquilo era pitagórico.

En cuanto al factor cultural, durante la época de Esquilo se tributaban honores a Prometeo en la Academia y se celebraba la fiesta anual de Prometeo.

En esta tragedia la participación del coro es breve, dice: “Así, he aprendido a reconocer tu destino aniquilador”, lo que el coro dice de sí mismo, lo experimenta el espectador, se fusionan el coro y los espectadores en esta nueva etapa del arte coral. Según cuenta Nietzsche en El origen de la tragedia cuando el hombre individual se convierte en portador del destino hubo que cambiar la función del coro que se va convirtiendo poco a poco en el “espectador ideal”. El coro de Prometeo está en esta situación, es todo miedo y compasión. Es él quien dice que solo se llega al conocimiento por el camino del dolor, alcanzando el fundamento originario de la expresión religiosa en Esquilo. Por eso, el poeta, según Jaeger, “se sirve del mito que se transforma en puro símbolo, al celebrar el triunfo de Zeus sobre el mundo originario de los titanes y su fuerza provocadora que se opone a la hybris. A pesar de todas las violaciones, siempre renovador, el orden vence al caos. Tal es el sentido del dolor aunque no lo comprendamos” (1993, p. 247).

Por otra parte la figura del titán aparece aludido en otras tragedias del autor.

Las suplicantes, una de las obras que integra una trilogía de la que solo se conserva esta obra del año 490 a. de C. cuenta el crimen de las danaides quienes por instigación de su padre, asesinan a sus primos, los hijos de Egipto que querían casarse con ellas por la fuerza. Solo Hipermestra “fascinada por el deseo de ser madre” desobedece la orden paterna y es salvada por Afrodita que confirma su unión con Linceo generando en Argos la estirpe de la que nacerá Heracles, el liberador de Prometeo. También sabemos que antes de 467 a de C. ya Esquilo había elegido a Prometeo como tema de una de sus obras ya que ganó el concurso teatral en 472 con los dramas Fineo, Los Persas, Glauco de Potnia y Prometeo, encendedor del fuego, que era un drama satírico.

 

Prometeo encadenado y la ideología de Esquilo:

El Zeus de Prometeo es, según Sechan, inflexible, cerrado a toda persuasión, desconfía de sus amigos, somete el derecho a su capricho, ejerce el poder sin límites y dicta las leyes de acuerdo a su antojo.

El derecho en la concepción de Esquilo no es un absoluto, sino que se modifica y desplaza. Si bien, al comienzo, Prometeo actúa con desmesura (hybris), Zeus también, se excede en la violencia contra quien lo ha beneficiado.

Dice Sechan que Esquilo ya veía a Zeus como una divinidad histórica y antigua presionado por la maldición paterna y amenazado por un oscuro secreto. Si bien es muy poco probable que el poeta se haya querido oponer a la religión popular de su época, el Zeus de la religión popular no era como el de Prometeo encadenado, un dios más moderado y justo como el que aparece al final de la Orestíada. El creador de una “armonía” que se impondrá a través de la ley.

La trilogía toma el carácter de una apología de Prometeo, especie de ‘tribuno’ de la humanidad contra una divinidad hostil que simboliza, según Sechan, la creciente confianza del hombre en sus propias fuerzas. Esta imagen estaría inspirada en las tendencias de la sofística. Por otro lado, podemos ver en la obra una democratización de la religión ya que se rechaza el absolutismo de los dioses.

La base de creación de esta tragedia es la leyenda teológica, todos los personajes son seres divinos.

 

Prometeo después de Esquilo:

La figura de Prometeo no encontró eco en los restantes poetas trágicos griegos. Sin embargo, sí encontró transposiciones en las artes plásticas, especialmente, en Parrasio y Evantes (Sechan). En la tragedia solo encontramos una alusión de Eurípides en Las fenicias, donde imagina a Prometeo portando una antorcha en el escudo de Tideo. También, hay una alusión en el Gorgias de Platón cuando se refiere a Zeus ordenando a Prometeo quitarles a los hombres el conocimiento de la hora de su muerte. Por su parte, Aristófanes en Las aves ubica al titán en un ambiente cómico tal como lo había hecho Esquilo en el drama satírico de 472. El mismo espíritu jocoso caracteriza las dos farsas de Luciano en Diálogos con los dioses donde Prometeo es liberado por Hefesto después de detener la unión de Zeus con Tetis.

El Prometeo que nos muestra Esquilo en Prometeo encadenado ha generado diferentes interpretaciones simbólicas por parte de las distintas religiones a lo largo de los siglos.

Para los padres de la Iglesia, Prometeo vislumbra de cierta manera, la visión de Cristo por haber amado demasiado a los hombres. La imaginación cristiana ha visto concordancias entre la Pasión de Jesús y la del titán. “El pico del águila que le hiere el costado recuerda el lanzazo que atravesó el corazón del Salvador. Las oceánides, asistiéndole fielmente en su agonía, evocan las lágrimas de las santas mujeres llorando al pie de la cruz. Al hundirse Prometeo tembló la tierra como en la expiración de Cristo” (Sechan, 1960, p. 13).

A partir del Renacimiento, en cambio, Prometeo es visto como símbolo del “empleo de la conciencia en lucha con lo arbitrario” (Sechan, 1960, p. 13).

Durante el siglo XIX muchos escritores retoman la figura de Prometeo. Lo que estos autores exaltan es el orgullo del hombre en presencia de la divinidad opresiva o indiferente y al rebelde consciente de su buen derecho.

Entre estos autores podemos mencionar a Shelley quien le da a la leyenda antigua un desenlace original. Perseverando hasta el fin, Prometeo no le revela su secreto a Zeus y el dios concreta su unión con Tetis de la que surgirá el Demogorgon que siendo superior a su padre, lo derribará, como éste hizo con Cronos y solo después de liberado por Heracles comenzará el período de paz y libertad para el hombre, la denominada Edad de Oro.

Más adelante, encontramos La estatua de Prometeo (1669) de Calderón de la Barca.

La versión inacabada de Goethe con su drama Prometeo de 1773, nos presenta por primera vez la imagen del hombre prometeico que, posteriormente, tomarán Nietzsche y Kafka.

Heiner Müller explora la mitología durante el período de su producción que va de 1960 a 1968 con obras como Prometeo. Dice Müller: “El teatro relacionado con la Antigüedad tiene una resonancia mayor porque tiene su fundamento en una cultura que funciona como en una especie de ‘esperanto’. Se trata de una temática que todo el mundo conoce y, por consecuencia, una actualidad que ha sido cargada de mitos tiene más aceptación por parte del público” (El público Nro. 42, Didier Méreuze, 1987).

Considerada como uno de los grandes aportes de Esquilo a la historia del teatro occidental, la figura de Prometeo ha suscitado profunda resonancia debido tanto a su valor simbólico como a su belleza intrínseca, ya que todos, en algún momento nos hemos “sentido encadenados a la roca y participado con frecuencia en el grito de su odio impotente” (Jaeger, 1993, p. 244). Símbolo del heroísmo doloroso y militante de la creación humana, Prometeo ha sido siempre la pieza preferida por los poetas y filósofos de todos los tiempos.

 

* Este trabajo fue leído por su autora en el II Congreso Argentino de Historia del Teatro Universal, “Teatro y cultura viviente: del mundo griego clásico a la post-modernidad actual”, 22 al 26 de agosto de 2005, Centro Cultural Ricardo Rojas, Universidad de Buenos Aires.

 

Bibliografía:

Esquilo, (1998), Tragedias, Editorial Losada, Buenos Aires.

Griffero, María Celina, (1977), “Introducción a la obra de Esquilo” en Las danaides, Editorial Albatros, Buenos Aires.

Grimal, Pierre, (2004), Diccionario de mitos griegos, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires

Hesíodo, (1995), Teogonía, Editorial Planeta-DeAgostini, S.A., Barcelona.

——, (1995), Los trabajos y los días, Editorial Planeta-DeAgostini, S.A., Barcelona.

Jaeger, (1993), Werner, Paideia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Lesky, Alvin, (1979), Historia de la literatura griega, Editorial Gredos, Madrid.

Luciano de Samosata, (1988), Diálogos con los dioses, Clásicos Universales Planeta, Barcelona.

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Nietzsche, Fiedrich, (2003), El origen de la tragedia, Ediciones Andrómeda, Buenos Aires.

Sechan, Lois, (1960), El mito de Prometeo, Editorial Eudeba, Buenos Aires.

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© María Araceli Laurence 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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