Augusto Monterroso. Los vínculos con la tradición desde las lecturas del yo

María Teresa Sánchez

Universidad Nacional del Comahue
Argentina
samariateresa@gmail.com


 

   
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Resumen: En la producción de las dos últimas décadas del siglo XX, la escritura del guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) evidencia un tratamiento autorreferencial sustentado por estrategias que refieren las búsquedas del yo autoral y también manifiestan mecanismos de consagración.
    En Los buscadores de oro (1993) se observan, a partir de una escritura autobiográfica, operaciones vinculadas con la construcción de un sujeto próximo al ensayista. En especial, las revisiones sobre la propia vida se convierten en textos para ser leídos, es decir, para ser interpretados. El sujeto se construye en una combinatoria entre escritura y lectura, de autocitación con la que crea la materia literaria y renueva pactos de lectura. A partir de las particularidades del sujeto autorreferencial de Los buscadores de oro es posible establecer cruces con textos ensayísticos, escritos durante las décadas mencionadas, en los que se exponen búsquedas comunes.
Palabras clave: Augusto Monterroso, Construcción del yo autoral. Autobiografía. Ensayos. Tradición

 

Excúsame el que debo tener en esto más libertad que los otros, puesto que escribo de mis escritos como de mis actos, y mi tema se transvasa en sí mismo.
Michel de Montaigne

 

Las composiciones del guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) responden a variados artificios y evidencian una frecuente exploración de las formas genéricas. Considerado uno de los autores más representativos del microrrelato, su preferencia por la brevedad alcanza la renovación de géneros como la fábula, el cuento o el ensayo. Entre la focalización miniaturista y la concentración de planos y de tiempos propios del relato breve habita otro espacio textual ligado a formas de mayor subjetividad, más reflexiva, con características próximas a los modos del ensayo. La brevedad, la ironía, el humor, la exploración de los sistemas de producción textual y de sus expectativas lectoras como las incursiones en la diversidad genérica hacen de su escritura un universo heterogéneo.

Estas particularidades esconden una combinación entre el uso de la norma y su desvío que, en Monterroso, opera como desenmascaramiento a lo consagrado, a lo regulado. En los textos cercanos al ensayo -en especial, los correspondientes a las décadas del ochenta y del noventa- se intensifica una recurrente construcción del sujeto de escritura relacionada con mecanismos de autoconciencia del sujeto y con un concepto de creación en el que la autorreferencialidad contribuye a legitimar su lugar en el campo latinoamericano.[1]

Las autorreferencias acuerdan con un tono autobiográfico que reviste diferentes estrategias, entre las que podemos citar, las búsquedas de su yo autoral y las revisiones al canon como mecanismos de consagración. Esta puesta en escena de su yo es también una “apuesta” a un doble juego entre escritura y lectura. En el espacio del ensayo, las revisiones del ensayista efectuadas sobre la propia vida son textos tomados por éste para leerlos con el fin de interpretarlos. [2] En este sentido, podemos pensar en una escritura en la que el sujeto se ofrece como materia literaria, en la que el texto se teje entre la focalización de un objeto- sujeto hasta llegar a construirse en un sujeto que escribe para leerse. Si bien estos mecanismos pueden observarse en la mayoría de sus ensayos, en este trabajo nos centraremos la construcción autobiográfica presente en Los buscadores de oro. El objetivo de este recorte responde a dos razones: a) establecer vínculos entre este texto y los ensayos en los que se evidencia una operación similar y b) visualizar las búsquedas del yo autoral en los cruces entre los textos.

  

Autoinforme de vida

En Los buscadores de oro, el sujeto se constituye por medio de un autoinforme cuya primera estrategia radica en convertir el pasado, conscientemente seleccionado y jerarquizado, en una versión de su vida. En este espacio, la recopilación de datos ancestrales se direccionan hacia la construcción de un pasado intelectualmente ilustre. El proyecto de construcción de su yo autoral se sustancia en la escritura de sus memorias, inaugurado por un artificio: una conferencia en una universidad italiana. Motivación que, desde el principio, establece vínculos con el valor público de un nombre. [3]

En sus primeras ficciones, se observan, también, narraciones que tematizan la relación de la creación estética y el producto social. El cuento “Leopoldo (sus trabajos)”de Obras completas (y otros cuentos) de 1959 presenta las dificultades de la tarea de escribir protagonizada por el joven Leopoldo quien se desvela por conocer la cultura pero no llega a escribir nada importante y sólo merece consideración intelectual en el ámbito provinciano. Asimismo, en un ensayo de 1998, “La vaca”, perteneciente a un libro homólogo, La vaca, la reflexión se centraliza en las búsquedas de legitimación en el campo intelectual desde la perspectiva de la marginalidad, leída esta categoría en función de las inclusiones o exclusiones en el canon.

La tematización del reconocimiento autoral vincula los textos mencionados con la narración autobiográfica de Los buscadores de oro. Sin embargo, la selección, la organización y jerarquización de los acontecimientos se inscriben en una creación más ligada a su raigambre nacional. Los sucesos narrados convergen en su inscripción guatemalteca en el campo literario latinoamericano; ese eje nuclea la construcción de su genealogía: la de un abuelo militar, otro jurista, la del padre periodista, entre otros. Hitos, nombres que confieren el sostén de una gloria pasada capaz de ligarlo no sólo con un origen cultural sin, también, con una cuna legitimada.

La categoría de autor, instancia de identificación ante el público, es el territorio desde el que emprenderá su recorrido autobiográfico: “[...] empezaré por reconocer que soy un autor desconocido, o, tal vez con más exactitud, un autor ignorado.”(11). El mecanismo- frecuente en varios ensayos- expresa una recurrente necesidad de exponerse como escritor en el ámbito de la opinión pública y de convocar, para ello, una artificiosa situación que remite a la problemática de inclusión en una serie.

Las memorias se construyen en una fluctuación entre exclusión o inclusión al parnaso de los consagrados. Insiste en textualizar la imaginaria circunstancia pública para crear diferentes versiones de legitimación. En este marco, la autorreferencialidad estética o su producción se convierten en modos de reconocimiento cuya lógica está implicada en la autoconstrucción de la trayectoria. De este modo, se expone su obra, instalando la alusión metadiscursiva de su temprana producción: “(En ese momento pasaba por mi imaginación, además, la protagonista de un cuento mío que ante un público, primero indiferente y luego hostil, se enreda explicando que en realidad no es una actriz)” (11), ficcionalización que conduce a una materia autorreferencial ya presente en producciones tempranas. La escenificación de los apuros de los personajes frente a difíciles espectadores tiene un antecedente en el cuento “No quiero engañarlos” de Obras completas (y otros cuentos). En este relato, la ceremonia de un estreno fílmico pone en escena la engorrosa situación de la protagonista, la esposa del director, quien, al ser invitada a hablar, aprovecha la oportunidad para exponer sus deseos de ser actriz. Pero termina convirtiendo el acto en un absurdo ya que el público está expectante por ver la película y le son indiferentes las razones de sus aspiraciones autorales. En los dos casos, el del cuento y el de la novela autobiográfica, observamos procesos de ficcionalización enrolados temática y procedimentalmente con la construcción de autor y de la tradición; aspecto que consideramos sustancial y que abordaremos en apartados posteriores.

 

Los motivos evocados. Guatemala y sus raíces

La poética evocación de un río introduce la memoria de su madre, de su casa y de su infancia: “De esta lado del río, mi casa, y en ella mi madre y una sirvienta que me miran fijamente mientras yo permanezco en cama [...]” (13). El fluir de las aguas se yuxtapone a los recuerdos adultos de su madre que se expresan poéticamente en un encabalgamiento que intensifica la singularidad del recorte al apuntar un campo temático de tono nostalgioso.

Una vez más tengo fiebre a la orilla de este río en mi ciudad natal. Veo de nuevo su mansa corriente [...] y en la orilla a tres niños buscadores de oro. [...]Una vez más el frío, las mantas, la quinina. El frío me hará estremecer [...] Entonces mi madre pondrá su mano bienhechora en mi frente, [...] y yo me dormiré [...] (13-14). [4]

Sin embargo, la cadencia poética es interrumpida para dar ingreso al registro del origen: “Soy, me siento y he sido siempre guatemalteco” (15). [5] Esta frase reiterada en varios formatos discursivos se vincula con el contexto del campo guatemalteco y con su situación de exiliado. [6] La metafórica mirada del río, unida a la evocación de la madre, establece diferentes planos semánticos interconectados. El río referencia la comunión con la tierra como el espacio simbólico del origen y del yo ligado a la imagen de la madre que intensifica la inscripción de ese génesis. Estos caudales simbólicos desembocan en una contundente manifestación del yo que se nombra desde el ser y el sentir, convirtiendo el matiz adverbial de la palabra “siempre” en una instancia ontológica, sustentada por la certeza de la raigambre anunciada. En este sentido, su guatemaltequidad -entendida como su identidad nacional- no se justifica por la emoción sino por la lógica razonada del ser. [7].

A partir de este anclaje, se señalan minuciosamente los datos autobiográficos del nacimiento. A éstos, le siguen enunciados en los que advertimos un distanciamiento del sujeto que parece desprenderse emotivamente del objeto de sus memorias; la descripción se acentúa objetivamente: “Los diferentes estados centroamericanos se unieron en una federación a raíz de la independencia de España [...] para dividirse más tarde en cinco repúblicas (Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica).” (15). La lejanía subjetiva de estas expresiones se interrumpe con el ingreso de alusiones a las revoluciones y a la explotación económica de su país:

[...]Una revolución de vez en cuando [...] renueva el espíritu unionista del pueblo sencillo y de los intelectuales [...] Desde principios de siglo, con el auge de las inversiones norteamericanas en compañías productoras y exportadoras de plátano, se las designa con el triste denominador de “repúblicas bananeras” [...] (16-17).

En este sentido, la objetividad anterior disminuye y se intensifica lo autorreferencial por medio de la ironía puesta en referencias a las revoluciones y a las repúblicas bananeras. La revolución, entendida como un acontecimiento ideológico, histórico y político, es un tema que se relaciona con la trayectoria intelectual y con el acontecer autobiográfico. Por un lado, une los lazos con la historia latinoamericana y por otro, alude a consecuencias personales ligadas a su exilio. Asimismo, en esas referencias visualizamos revisiones históricas que sobrevuelan ficcionalmente algunos de sus primeros cuentos, como “Mr Taylor” o “El eclipse” de Obras completas y (otros cuentos) y también“Dejar de ser mono” de Movimiento Perpetuo. En el primero se narra cómo Mr Taylor, un “gringo pobre”, residente en la zona amazónica, compra una cabeza humana reducida a un indígena y se la envía a su tío neoyorquino. Hecho que origina un negocio fructuoso de cabezas reducidas entre Estados Unidos y la región amazónica. El relato concluye cuando el tío del personaje se suicida al recibir por correo la cabeza de su sobrino. En “El eclipse” un misionero español es apresado por unos indígenas mayas. Tratando de escapar al sacrificio, amenaza a sus captores con el advenimiento de un eclipse si lo matan pero su ardid fracasa ante los conocimientos astronómicos milenarios de los nativos. Por otra parte, en “Dejar de ser mono”, se alude a la visión europea sobre Hispanoamérica ironizando sobre la supuesta inferioridad de los escritores del continente.

 

Autoconstrucción y metadiscurso

Las referencias a las raíces mayas y a la historia guatemalteca son abordadas in extenso en el ensayo “Mi primer libro” de Literatura y vida. En éste se intertextualiza el siguiente fragmento de Los buscadores de oro:

[...] estoy convencido de que para quien en un momento dado, de pronto o gradualmente, decide que va a ser escritor, no existe diferencia alguna entre nacer en cualquier punto de Centroamérica, en Dublín, en París, en Florencia o en Buenos Aires. (18).

En el ensayo aludido construido, también, desde el recurrente artificio de manifestarse públicamente, se lee una autorevisión del origen con el fin de responder a una implícita crítica; hecho que evidencia no sólo una inscripción autobiográfica sino también un modo de inscribirse y legitimarse. Resulta significativo que la autoalusión elegida corresponda a un texto cuyo eje es establecer los lazos de afiliación guatemalteca. Por lo tanto, la supuesta falta de valor atribuida al lugar del origen -tal como se sugiere en el recorte seleccionado- se vuelve ambigua en el marco de un ensayo tendiente a definir las raíces y, doblemente contradictoria, al reforzar argumentativamente esa cláusula intertextualizando enunciados de un texto centrado en ese objetivo.

Asimismo, encontramos operaciones de legitimación en las autoalusiones anecdóticas al quehacer del escritor. En el capítulo VII, luego de señalar que “uno puede escoger sus antepasados más remotos” (30) y aludir a la genealogía de su apellido paterno, incluye el intertexto de El País, junto a la referencia estrófica quevediana:

En efecto, el 10 de diciembre de 1980, yo había publicado en el diario El País de Madrid, con motivo del centenario del nacimiento de Francisco de Quevedo, un diminuto ensayo [...] todo a propósito del soneto de Quevedo “A Roma sepultada en sus ruinas” [...] y termina con los inolvidables versos huyó lo que era firme y solamente/ lo fugitivo permanece y dura. (Las cursivas son del original, 33).

Este fragmento evidencia una doble alusión interreferencial: la del ensayo “Lo fugitivo permanece y dura” de La palabra mágica y la construcción ficcional del personaje Eduardo Torres en la paródica biografía ficcional de Lo demás es silencio. (La vida y la obra de Eduardo Torres). En ambas instancias, aparece la recurrencia temática quevediana pero, al mismo tiempo, se expone una autoconstrucción cercana al crítico intercalada en un texto orientado hacia la autobiografía. Cercanías estas que nos recuerdan la presencia de una construcción del sujeto de escritura que frecuenta la reflexión, el análisis interpretativo como modo de construcción discursiva.

En la autorreferencia madrileña, advertimos una autocontrucción cultural y consagratoria del sujeto ya que esta alusión lo inscribe en la órbita europea. Supone una recepción española que conoce su obra y reconoce su trayectoria justificada en el espacio otorgado. Además, si se lee esta cita en conjunto, observamos la operación de “narrar” vida para “ensayar” reconocimiento, aspecto homólogo al de los ensayos. El artificio con el comienza el libro dedicado a sus memorias -autoconstruir la situación engorrosa de necesitar definirse como autor en el campo europeo- expone un juego ficcional en el que narrar las memorias termina siendo una estratégica inscripción autoral. Es, además, importante destacar que este procedimiento es birediccional ya que atañe al valor público de la palabra y, por otro lado, a la reflexión sobre el oficio de escribir. En ese último caso, la construcción autobiográfica en torno a la vocación de escritor refleja un metadiscurso:

Los caminos que conducen a la literatura pueden ser cortos y directos o largos y tortuosos. El deseo de seguir en ellos sin que necesariamente lo lleven a ningún sitio seguro es lo que convertirá al niño en escritor. Una vez más, entre la escena real y la imaginaria, escoger esta última es una decisión inconsciente que tendrá que pagar en lo que le espera de vida. (49).

El espacio propuesto entre un escenario “real y otro imaginario” y la correlación entre estas elecciones y la vida, vinculadas con la figura del escritor, también son expresiones que encontramos ficcionalizadas en el epígrafe inaugural de Movimiento Perpetuo: “La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas, no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas, no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo, eso es, un movimiento perpetuo.” (15). Cabe aclarar que en ese volumen, los paratextos iniciales, antecesores de los capítulos, exponen, mediante los juegos de citación, la múltiples posibilidades del lenguaje literario. [8] Por otra parte, esta lectura intertextual permite visualizar los mecanismos metadiscursivos con los que intercala la narración autobiográfica y, también, evidencia la recurrente operación reflexiva sobre la escritura. El epígrafe aludido señala que los límites impuestos por los géneros son sólo un obstáculo que el escritor podrá transgredir que, como señala Noé Jitrik, conforman un continuo cuya escritura sería real porque lo vida misma es un continuo, “no porque reproduzca algo de la vida reputado como real.”(Jitrik 1992: 67)

La escritura se conceptualiza como un espacio en el que se descarta toda pretensión de verdad. En el marco de un texto autobiográfico como Los buscadores de oro, la autoconstrucción del sujeto se resemantiza en su propia escritura. Nuevamente, este discurso remite a su idea de escritura que proclama, metadiscursivamente, el proceso de lectura y en el que el sujeto se construye para leerse. Cabe recordar uno de los postulados de R. Barthes: “[...] la lectura resulta ser una producción: ya no de imágenes interiores, de proyecciones, de fantasmas, sino, literalmente, de trabajo [...] cada lectura vale por la escritura que engendra.” (Barthes 2004 [1975]: 47).

Esta identificación de la lectura como generadora de múltiples escrituras, sugerida por Barthes, permite también leer una de las operaciones más frecuentes en Monterroso que, como hemos enunciado en este trabajo, se manifiestan en los modos ensayísticos y en sus construcciones narrativas. Monterroso se construye como un permanente lector- intérprete de la tradición literaria, de la inclusión cultural de los intelectuales en Latinoamérica, de las fuentes, de pactos de lectura, entre otros motivos seleccionados en su actividad. Sin embargo, la particularidad es hacer de esta construcción una estrategia de escritura por medio de la que instala dos maneras de autoconstruirse: la autoalusión intelectual y autobiográfica y la autolectura. Es éste el escenario creado para citar sin tregua su propia escritura y en la medida en que esto ocurre, legitimar su yo autoral estableciendo sus lazos con la tradición guatemalteca al tiempo que se posiciona en el campo latinoamericano. En este recorrido, Los buscadores de oro puede leerse como sus memorias, como un exponente autobiográfico que recupera las operaciones de los ensayos y las expande en un espacio más amplio. Una u otra posibilidad de lectura no descarta un pacto que siempre reitera la escritura como modo de citarse y, desde allí, construirse.

Al citarse, el escritor crea un otro que congrega una comunidad de sujetos bajo un contrato de identidad que deberá ser aceptado por un lector ideal que cita y se cita, escribe y lee inscribiendo un pacto de buena fe. En Los buscadores de oro subyace una relación entre la construcción del yo autobiográfico y otras operaciones más próximas al ensayo que reiteran el juego entre narrar para ensayar y escribir para leerse. Son exponentes de un acuerdo que transita continuamente por la obra de Monterroso y que reestablece nuevos pactos sellados por la lectura, desde un nuevo atalaya, de una materia ya creada; convocatoria de revisiones, inversiones y subversiones que contribuyan a reconstruir su lugar en la serie.

 

Notas:

[1] Cuando aludimos a la producción inscripta en el periodo señalado, nos referimos a La palabra mágica (1983), La letra e. Fragmentos de un diario (1987), Los buscadores de oro (1993), La vaca (1998).

[2] La idea de la vida como “texto” ha sido tomada de los postulados de Jerome Bruner y Susan Weisser sobre el género autobiográfico. (Bruner y Weisser 1995:178)].

[3]bRecordemos algunos datos bio- biográficos: Para el momento en que se publica Los buscadores de oro (1993) las obras de Monterroso habían sido traducidas y su nombre era referencia de jurados internacionales y de semana de autor aunque hasta 1996 -año en que recibe tres premios: Doctor Honoris Causa, Quetzal de Jade y el premio Juan Rulfo- el reconocimiento se hace esperar. Sin embargo, queremos dejar constancia que para ese año de galardones, sus obras llevaban casi dos décadas de traducciones. (Obras completas (y otros cuentos) contaba con las siguientes traducciones: Opere complete (e altri conti). Milán, 1993; Ouvres complètes (et autres nouvelles), Paris, 1994; Complete Works (and Other Stories), Texas, 1995. De La oveja negra y demás fábulas, las siguientes: The Black Sheep and Other Fables, Nueva York, 1971, La pecora nera e altre favole, Palermo, 1980, A Ovelha Negra e Outras Fabulas, Brasil, 1987; Ovis nigra atque caeterae fabulae, México, 1988. De Movimiento Perpetuo, Movimiento perpetuo, Milán, 1992 y de Lo demás es silencio: Il resto è silenzio (La vita e l’opera di Eduardo Torres), Palermo, 1992 y Reif sein ist alles und der Rest ist Scheweigen, Berlín, 1992.).

[4] La poética imagen del río, que convoca la geográfica mirada de la tierra, consta, también, de otro exponente en la literatura guatemalteca. En Luis Cardoza y Aragón, Guatemala, las líneas de su mano, leemos: “Frente a mí, el mapa de Guatemala. Mi Guatemala [...] En territorio tan pequeño, existen las más extraordinarias bellezas naturales y contrastes marcadísimos, como el que ofrecen la región oriental y la occidental, no sólo en el paisaje sino en el tipo de población, economía y manera de vida. Veo su forma irregular, sus trazos rectos en el norte y en el oeste, también en la frontera con Belice, tierra guatemalteca aún en manos de los ingleses.” (Cardoza y Aragón 2005[1955]: 25-26). A la descripción pictórica, debemos agregar que en “ese recorrido geográfico, histórico, literario y político del país.” (Liano 1997: 178-179) existe una operación similar a la de Monterroso en tanto ambos construyen sujetos que, conscientes de su ser autor exiliado, crean discursivamente Guatemala.

[5] Esta frase es otra versión de lo expresado en el discurso de premio Doctor Honoris Causa, (1996), pronunciado en la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1996: “[...] al salir de Guatemala llevaba claro ya el signo al que, mal que bien, con múltiples fallas y alguno que otro acierto, fui y he sido invariablemente fiel: el signo de escritor, de escritor guatemalteco, que desde el despertar de mi conciencia sentí como el destino al que debía entregarme.” (Monterroso, 1996).

[6] La revolución de 1944 -movimiento que derrocó al tirano guatemalteco Jorge Ubico- incide decididamente en su vida. Había participado en los últimos años de la dictadura ubiquista y había conspirado contra el tirano, hechos que concluyeron en el obligado exilio hacia México. Para cuando esto ocurre, su nombre era estimado en los medios literarios guatemaltecos. Había participado en la fundación de la revista Acento en 1942 junto a Enrique Juárez Toledo, Rafael Sosa, Carlos Illescas, Otto Rául González y Raúl Leiva, quienes serían identificados como la generación del 40. Luego, con el triunfo de la revolución, los gobiernos democráticos lo eligen como representante diplomático; es nombrado vicecónsul en México 1945 y cónsul en Bolivia en 1953. Desde allí colaboró con la Revista de Guatemala fundada por el escritor, Luis Cardoza y Aragón. El derrocamiento del gobierno constitucional de Jacobo Arbenz lo encuentra en Bolivia. Desde allí se traslada a Chile -país en el que reside durante tres años y en el que conoce y se relaciona con Pablo Neruda-. (Cfr.Liano 1997).

[7] El término guatemaltequidad es tomado de Luis Cardoza y Aragón, quien en su ensayo “Las huellas de la voz” de Guatemala, las líneas de su mano, expresa: “En Hispanoamérica se ha intentado una diferenciación integral de las nacionalidades, y nosotros habríamos de hablar de una guatemaltequidad.” (Cardoza y Aragón 2005: 235). Nos apropiamos de esta referencia a la constitución étnica y cultural de lo guatemalteco, acuñado como atributo caracterológico, porque creemos que define las construcciones del ser en Monterroso.

[8] Todos los textos de Movimiento Perpetuo están antecedidos por un epígrafe sobre las moscas, excepto el inaugural. En ese nutrido universo paratextual, algunas fuentes son apócrifas, como las que pertenecen al personaje E. Torres, protagonista de Lo demás es silencio. (La vida y la obra de Eduardo Torres) y otras son traducciones que recrean el original. Por otra parte, cabe agregar que esos paratextos crean la clave para acceder a la permanente mutación de formas y al constante desplazamiento del sujeto citado y suscitado en el texto.

 

Obras citadas

Barthes, Roland. (2004): Roland Barthes por Roland Barthes. Paidós, Barcelona.

Bruner, Jerome y Weisser, Susan: “La invención del yo: la autobiografía y sus formas” en Olsoy, Daniel y Tarance, Nancy (Comp.) Cultura escrita y oralidad (1995) Gedisa, Barcelona:

Cardoza y Aragón, Luis (2005): Guatemala, las líneas de su mano. FCE, México. [1955].

Jitrik, Noé. “Augusto Monterroso y la dimensión paródica”. En: La selva luminosa. Ensayos críticos. 1987-1991 (1992) Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires, pp. 63-76.

Liano, Dante (1997): Visión crítica de la literatura guatemalteca. F&G editores, Guatemala.

Monterroso, Augusto (1974): Obras completas (y otros cuentos). Joaquín Mortiz, México. [1959].

—— (1999): Movimiento Perpetuo. Alfaguara, México. [1972].

—— (1986): Lo demás es silencio. (La vida y la obra de Eduardo Torres). Cátedra, Madrid. [1978].

—— (2003): La palabra mágica. Ed. Era, México [1983].

——- (1993): Los buscadores de oro. Alfaguara, México.

——(1999): La vaca. Alfaguara, México.

——--Discurso de premio. Doctor Honoris Causa. En: La Jornada Semanal, México, DF, 21 de julio de 1996.

——-- (2004): Literatura y vida. Alfaguara: Madrid. [2003].

 

Bibliografía

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De Obaldia, Claire (1995) : The Essayistic Spirit. Literature, Modern Criticism, and the Essay. Clarendon Press, Oxford.

Glaudes, Pierre (2002) : L' Essai.: métamorphoses D'un genre. L'Université de Toulouse-Le Mirail, Toulouse.

Hernández, María Belén. "El ensayo como ficción y pensamiento.” En: Cervera, Vicente; Hernández, Belén y Adsuar, María Dolores (eds). (2005): El ensayo como género literario. Universidad de Murcia, Murcia. pp. 143-179.

Jitrik, Noé. “Augusto Monterroso y la dimensión paródica”. En: La selva luminosa. Ensayos críticos. 1987-1991 (1992) Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires, pp. 63-76

Leujeune, Philippe. “El pacto autobiográfico”. En: Suplemento Anthropos: La autobiografía y sus problemas teóricos, (1991), pp. 47-61.

Liano, Dante (1997): Visión crítica de la literatura guatemalteca. F&G editores, Guatemala.

 

© María Teresa Sánchez 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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