Nuestro rebelde Noé

Luis Felipe Valencia Tamayo

Universidad de Manizales
Manizales-Colombia
valenciatamayo@latinmail.com


 

   
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Resumen: Paul Theroux es uno de esos narradores contemporáneos que mejor nos ha mostrado el mundo en que vivimos. Los caminos que ha recorrido por este planeta le han servido para plantearnos inteligentes inquietudes acerca de la realidad humana y las costumbres que diversamente ha adquirido el hombre para convivir con el mundo y enfrentarse a sus propios demonios. Sin duda, una de las mejores obras de este escritor norteamericano ha sido La Costa de los Mosquitos, y sobre ella indago un poco sobre lo que un hombre muy particular, Allie Fox, hace para enfrentar su vida y la de su familia en un volver a empezar la vida de la humanidad.
Palabras clave: Paul Theroux, Noé

 

El diluvio universal es uno de los capítulos narrados, si no en todas, en algunas de las más afamadas historias de la antigüedad. Realidad o fantasía, refiere la catástrofe que debió padecer el mundo para librarse de algunas mezquindades y cómo, bajo el capitaneo de un hombre sencillo designado por Dios para la salvación de la humanidad, se renuevan los vínculos entre mortales e inmortales. Sin duda, se trataba de una forma de explicar en tono mítico las proporciones de las impresionantes inundaciones que frecuentaron algunos momentos en determinadas regiones del planeta. (Frecuentaron es un decir, basta observar también las calamidades naturales en las que el agua protagoniza un acceso violento a grandes poblaciones en distintos rincones del mundo). Lo que nos cuentan algunas obras tiene que ver sobre todo con la intervención de los dioses para restablecer el orden del mundo mientras el lodazal y las tempestades fatigaban el corazón de buenos y malos, como quien asedia las malezas ahogando todo el bosque. Los todopoderosos acreditaban a los salvadores y estos se hicieron famosos por sus proezas. Organizaron programas de trabajo para construir grandes embarcaciones y refugiaron en ellas a hombres y animales para que todos emprendiesen a la vez el camino de un nuevo pacto. Aunque las aventuras de aquellos personajes pueden encontrarse en libros tan conocidos como el Génesis y el Gilgamesh, también existe una versión no autorizada, por decirlo así, de aquellos navegantes en un ilustrativo relato, además de notable, de Alejo Carpentier, titulado “Los Advertidos”.

Ninguno desoye la voz del dios que late en su propio corazón y emprende la búsqueda de un lugar seguro para su familia y su comunidad. Noé, Utnapishtim, Deucalión, por referir algunos de los nombres de esos clásicos héroes, reflejan también, ya en calidad de metáforas, el ímpetu de los seres humanos cuando son presas incluso de la ira de sus creadores. No importa perder tierra, casa, cultivos, cuando se puede aventurar una vez más la vida para sacar adelante un nuevo propósito. Como en el caso de Anteo, suficiente ser arrojado al suelo para levantarse con mayor ardor. Otros llamaran con otros términos lo que ocurre en situaciones semejantes: evolución, supervivencia de los más aptos, en fin, sin contradecir el hecho de que muchas veces, disminuido en sus fuerzas, el hombre ha vencido en su propia condena. Cuando Álvar Núñez Cabeza de Vaca atravesaba Norteamérica, harto de calamidades, de pérdidas, en bienes y en amigos, con la piel enriquecida por el sol y las borrascas más que por el alimento, aún tenía espíritu para detectar novedades, en palabras y en objetos, y dejar testimonio digno de cada paso infausto por el continente. Leer en los Naufragios las peripecias del cronista español por los territorios, amigables y oscuros, festivos y enfermizos, de las costas y el interior americanos es asistir a una confrontación con nuestras propias agallas. Nuestra vida, tan distinta, no soportaría fácilmente el riesgo que se vive a la sombra de Cabeza de Vaca, y sin embargo, como animales hechos de costumbres, tampoco dudamos que estamos día a día asumiendo nuestras propias desgracias. La amenaza de las flechas y las lanzas, del tiempo y de las enfermedades, ha cambiado; nuestros temores son otros algo distintos de los que afrontó el cronista desamparado. Cada época y cada generación no sólo asume la realización de sus proyectos, sino el encuentro diario con obstáculos no imaginados. Lo que hacemos al referir los de nuestros antepasados es demostrarnos que no ha habido barrera infranqueable.

Con determinación, los hombres que han hecho que paguemos el boleto para el espectáculo de la historia no se contentan con nada que venga fácil o con la comodidad que evita molestias y hace a un buen número de personas talentosas pero en mediocridad. Esas son las lecciones de aquel notable espectáculo que brinda el pasado. Podríamos aún debatir la idea del progreso de la historia, de civilización, de eterno retorno, de empuje y declive, como energías que impulsan las generaciones humanas, pero en el debate resulta incontrovertible el aventurero encuentro que ha tenido el hombre con la naturaleza. A pesar de la fuerza con que ella se manifiesta -como para que desistiera aquél en su acercamiento-, cada época humana ha dejado el testimonio de su firme intención de comprenderla y realizarse en torno a ella. Para algunos, el hombre sólo puede tender a enriquecerse y mejorar su calidad de vida cuando por medio de la comprensión de todo lo que le rodea asume el conocimiento de las leyes que de alguna forma ordenan el mundo. No otro es el credo de la Ilustración y del espíritu que recorre la filosofía hegeliana. También hay los que tienen por cierto que ese mismo acercamiento desmedido del hombre a un conocimiento de toda la estructura del mundo no es más que un arma de doble filo con la que aquél se acerca el mundo mientras se agota a sí mismo. Razones para la contemplación, para el retorno a la clásica Edad de Oro de que hablaba Hesíodo y hasta reivindicaba Don Quijote. En otras palabras, este es el credo romántico que muestra el declive allí donde los ilustrados ven el avance, que concede un vistazo al alma y a los sueños allí donde los demás sólo observan lo corporal y tangible. Es un discurso que se ha visto con vestiduras políticas en Rousseau y que, en el camino de la filosofía, se aproxima a una nueva dosis de reflexión, por demás oscura y como para iniciados, en los textos de los hoy llamados postmodernos.

Pueden rastrearse las huellas del debate entre románticos e ilustrados en todos los pensadores de los últimos tres siglos. Explícita o implícitamente nuestras universidades forman en una versión de la historia que puede tender a un lado más que al otro. No siempre hay que ser consciente de ello porque ambas ideas del mundo nos atraviesan día a día. La fe en la ciencia como bandera del progreso o una fatídica (casi apocalíptica) visión del mundo en el devenir de la historia del hombre. Nos rodean ambas sutilezas, pero podemos vivir en la intermitencia de sus encuentros. En nuestras universidades son muchos los adalides de un romanticismo aparentemente radical, mas sólo en el discurso, porque ninguno de ellos puede ni quisiera aislarse tajantemente de una vida que está enmarcada por una ausencia cada vez mayor de lo primitivo. Los elementos de esta vida que llamamos moderna no son evitables fácilmente. Puede alguien llamarse romántico, salir a contemplar el mundo, intentar mantenerse ligero de equipaje e inmune a los audaces afectos de nuestro tiempo, vivir en un mundo en el que los alimentos lleguen porque han caído de sus ramas y se conviva como un buen salvaje en medio de las asechanzas de los carnívoros, sí, claro que alguien puede hacerlo, pero si no ha sido forzado más que por un discurso universitario o por accidentes del azar, seguro que no soportará muchos días en esa nueva forma de vida o lo hace pero convirtiéndose por completo en otro ser, como lo han mostrado magníficamente Conrad en El corazón de las tinieblas o Golding en su obra El señor de las moscas. El credo romántico de la ciudad se limita, así, a un ideal más en torno a las medidas necesarias que deben tenerse en Ecología, a la reivindicación de los sueños de cada día y la constante queja de que todo pasado ha sido mejor. En la universidad, el romanticismo y la ilustración viven agarrados de los cabellos, como una pareja al interior de su casa; pero en la ciudad, uno ve marchar muy de la mano a quienes se dicen de uno y de otro lado porque las circunstancias así lo han exigido. El verdadero dolor no está en ser un ilustrado radical, que los hay, para pesar del mundo y de ellos mismos, sino en pretender ser un romántico a ultranza llevando todo lo que de tal idea se deriva hasta las últimas consecuencias.

Allie Fox es un hombre de esa estirpe. En él se mezclan una voz interior que lo hacen sentirse “el último hombre” y un pequeño Dios que conoce las leyes que cambian al mundo. Su deseo no es otro que el deseo roussoniano de regresar a otro tiempo para instaurar una nueva sociedad, pero como en nuestro mundo moderno aún se mezclan las grandes exposiciones tecnológicas en las grandes ciudades con las hambrunas y el salvajismo de latitudes escondidas, tal viaje en el tiempo consiste en trasladarse a otro territorio. El señor Fox quiere salvar la civilización humana de sus propias garras reinstaurando un orden de confianza y servicio entre los seres humanos. En Estados Unidos, su patria, sólo ve la magnitud de la falta de seso de los hombres de este último capítulo de la historia; por ello decide hacerse a un lado retirándose a un lugar en el que sienta que sus ambiciones pueden realizarse. El lugar elegido: La Costa de los Mosquitos, en Honduras. De allí el título de esa maravillosa novela de Paul Theroux. Como Noé y los demás advertidos, Fox prevé el diluvio, el fin de la civilización tal y como la conocemos a causa de un hombre que rinde fanáticamente cuentas a Dios, a sus egoísmos, a sus afanes de ser más exitoso, a sus extravagancias, delirios de grandeza y frecuentes ataques de consumismo. Como un médico social, el personaje de Theroux diagnostica las enfermedades del mundo y ve que es demasiado tarde, que ya no hay cura; sólo queda esperar a que el paciente muera en sus propios males y se purifique en sus ruinas. Viendo la catástrofe, el nuevo Noé, Fox, se va con su obediente mujer y sus cuatro hijos a un pedazo del mundo que, a pesar de la globalización de los venenos, todavía se mantenga saludable. Los niños no han siquiera pasado por un colegio evitando que lleven consigo cualquier partícula infecciosa. En las instituciones educativas, dice el señor Fox, ya no se educa, sólo se propagan los vicios, los males de la religión y el mercantilismo. Ahora ya no es sólo el último hombre, es también la última familia que se libra del Apocalipsis.

Un personaje tan atractivo como Allie Fox hace que sus ideas repercutan en todos los que vamos leyendo el recorrido de sus palabras y de su viaje. Es difícil no estar de acuerdo con él cuando habla con desazón del presente de los hombres. Sentimos un arrebato romántico por despertar por un momento de la hipnosis que es la vida en que hemos terminado cayendo: jornadas laborales opresivas, relaciones humanas cargadas de vicios e intereses miserables, exhibicionismo macabro, temor en las calles y en el porvenir, falta de disciplina en nuestros sueños y un constante asecho del mercado para vendernos lo que no somos en la televisión, en los centros comerciales y hasta en las reuniones con los representantes de Dios. Mientras nosotros podemos recostarnos para observar el fin en vivo y en directo por la televisión, Fox se retira. Cuando se miran así las cosas, es justo merecer un respiro, viajar a un lugar en el que el tiempo no se cuente con los sonidos de timbres y horas de trabajo, encontrarse en el sitio donde la taza de suicidios no esté ni en proceso de hacerse y donde los jóvenes no sientan que la vida no vale nada y lo mejor es terminar con ella. Fox se resiste a que sus hijos crezcan en el mundo en el que a él le ha tocado vivir. Puede uno imaginar una comunidad indígena y primitiva padeciendo una epidemia de suicidios entre sus jóvenes, pero no es fácil sostener que tal enfermedad se dé en verdad si no es por el contagio de un virus suicida que portan jóvenes frágiles como los nuestros. A diferencia de otro personaje clásico de la literatura norteamericana, el gordo Ignatius Reilly de La conjura de los necios, Fox asume con toda entereza y honestidad el rechazo de lo que es su siglo. Y no es que resienta del personaje de Kennedy Toole -de hecho se trata de uno de los hombres más divertidos que se haya creado en la historia de la literatura, y encanta por ello- lo que hago es contrastar la radical decisión de apartarse que toma el personaje de La Costa de los Mosquitos. Reilly raja al mundo sometido a él -ve su destrucción por la televisión-; Fox raja al mundo para librarse de él.

Tengo más la impresión de alejarme de las ruinas que de acercarme a ellas -dijo Padre-. Y hablando de naciones amargas y apresuradas, justo antes de bajar a Baltimore, tuvimos que hacer unas pocas compras. Entramos en Springfield, uno de esos centros comerciales que más parecen circunferencias comerciales. Estábamos comprando zapatos y, al pagar la cuenta, vi a través de la puerta del almacén un boletín de noticias para los empleados. Tenían un eslogan escrito con grandes letras. Decía “si vendes a un cliente exactamente lo que quería, es que no le has vendido nada”. Una zapatería. Me dieron ganas de largarme con mis zapatos viejos. Así son las ruinas. Comemos sin hambre, bebemos sin sed, compramos sin necesidad y tiramos toda suerte de cosas útiles. Haz como si tuviera ocho pies y dos estómagos, y dinero para tirar. Eso no es ilógico, es maligno. (85) [1]

Evitando su propia enfermedad, con una salud pronta al colapso nervioso, Fox deja su casa, regala su carro y emprende el retorno al paraíso. “Yo he tenido todo eso... lo que la gente codicia -dice el padre de familia a su hijo-. No funciona, y es irritante oír cómo lo alaban los ignorantes” (18). En una sociedad en la que hacen del agua una industria de bebidas, en la que los médicos son los dueños de las clínicas, en la que los políticos se las arreglan para dejar resquicios en las normas, no se justifica quedarse. “¡Qué clase de país es éste que transforma a los tenderos en traidores y a los hombres sinceros en mentirosos! Nadie piensa nunca en irse de este país. ¡Yo, Charlie, lo pienso todos los días!” (16). Llama la atención que abandone su carro y su casa, todo por lo que muchas familias tradicionales americanas luchan, aquello que hace notar que la vida en pareja progresa y que el futuro se prevea fructífero. El auto, icono de la prosperidad norteamericana, de las gestas de los empresarios e industriales, se deja atrás, se deja como el mañana de otros no el del soñador Allie Fox.

Desde la distancia que concede el tiempo, es el niño Charlie quien somete a las virtudes y los defectos de la narración la vida de ese padre que lo arrastró a él, su madre y sus hermanos a vivir la aventura de saberse el último hombre para querer ser para una nueva generación el primero. Charlie admira, defiende y corrige si hace falta la figura de su padre, y éste será, como previsor de lo que ocurrirá, no un simple Mr. Allie, sino el Padre. Especie de Mesías que no gusta de los mesianismos, una clase especial de patriarca que duda de cualquier autoridad que lleve al fanatismo Allie Fox es Padre no sólo para sus hijos. Al lugar que llega será siempre tenido por Padre, el hombre que posee la luz en los momentos de mayor oscuridad. Redentor, salvador, Allie Fox asume su papel de semi-dios en la creación de máquinas para el servicio del hombre, estructuras que convierten al fuego en hielo y bombas que llevan agua a primitivos servicios culinarios e higiénicos. Para los primitivos, hace magia; él sólo piensa que realiza la magia de la ciencia, la disciplina que completa la truncada creación de Dios.

El mismo elemento civilizador apareció también en Cien años de soledad. Llevar el hielo a regiones donde éste no se produce de manera natural es demostrar que el hombre da un paso más en su comprensión de la naturaleza. No hay que orar más que para producir milagros y no hay que agradecer a Dios más que cuando estos se producen, piensa Allie Fox. El romanticismo de este hombre tiene su límite: no quiere tocar a Dios en su retorno al paraíso ni quiere resignarse a las condiciones de la jungla como si fuera la cruz que le ha sido impuesta. De hecho, censura el papel de los misioneros que convencen a sus evangelizados de que no podrán ser más que hombres conscientes de su propia carga para que de ellos sea luego el reino de los cielos. Fox, este Robinsón con gorra de equipo norteamericano de béisbol y un puro en los labios, confía en su fuerza mental y física; no sólo se cree sino que todo le sale bien para mostrar que en verdad es un ser superior a los demás; ante los más fuertes resiste con propiedad más de setenta flexiones de brazo y ante los más débiles intimida con sólo mirarlos. A pesar de su caricaturesco egocentrismo, este nuevo Noé sigue gustando: es tan propenso a la admiración y a la repulsa. Así los sentimos también cuando media para conocerlo la versión que nos da su hijo Charlie.

Los hijos, sobre todo los dos varoncitos, son criados para hacer efectivas todas las enseñanzas del Padre. Lo que deben aprender para la vida no lo aprenderán en la escuela; sólo el enfrentamiento con la misma naturaleza puede darles las más notables lecciones. Refiriendo el Eclesiastés, dirá sobre la mesa: “Componer muchos libros es nunca acabar y estudiar demasiado daña la salud”. Padre los obliga a ser fuertes, a soportar las inclemencias del tiempo sin un refugio, a nadar en lugares en los que la visión no es clara y los temores extraordinarios.

Educamos personalmente a estos niños -dijo Padre-. No me gustaban las escuelas. No son más que terrenos de juego y pintura en los dedos. Maestros subilustrados, niños analfabetos. Los ciegos guiando a los ciegos. Como es natural, todos salen podridos, es desesperante. [...] Fíjese en esta crisis energética. Es culpa de las escuelas. La energía eólica, la energía de las olas, la energía solar, el gasohol, no es más que un espectáculo. Se divierten hablando de ello, pero todo el mundo se desplaza a la escuela con la gasolina árabe o petróleo esquimal, parloteando de molinos de viento. ¿Y qué tienen de nuevo los molinos de viento? Los holandeses los usan desde hace muchos años. Las escuelas siguen enseñando lecciones gastadas y saltando a la pata coja detrás de la última moda. ¡No es de extrañar que los chicos inhalen pegamento y tomen drogas! No les culpo. ¡Yo también tomaría drogas si tuviera que escuchar tanta imbecilidad! Y nadie se da cuenta de lo fácil que sería. (87-88)

Algún lector podrá convencerse de que nada raro esconde Fox en su mirada sobre lo que representan hoy las escuelas, pero no así Charlie quien en pleno viaje hacia Honduras conoce a Emily Spellgood, la hija del predicador llamado Reverendo Spellgood; una niña que ha vivido todo lo que ha sido ajeno a nuestro joven narrador. Ha pasado por la escuela, ve televisión, se relaciona con otros niños, tiene artistas de cine, cantantes de pop y rock favoritos, viste a la moda, tiene fantasías. Puede decirse de ella que es como el alma de las fiestas. Además, cree en Dios, un ser que para Charlie no representa más que la lección que Padre le ha dado de un trabajo mal hecho.

Yo no tenía ni escuela ni piscina. Miré por encima de la barandilla hacia la verde extensión oceánica y pensé “si éste es el tipo de monstrito que va a la escuela, Padre tiene razón”. Pero ella sabía cosas que yo no sabía, se movía en un mundo mayor y más complicado, hablaba otro idioma. No podía competir con ella. Quiso saber quiénes eran mis estrellas de cine y mi cantante favorito y, aunque había oído a Padre despreciar a esa gente como bufones y payasos, mi voz no sonaba convencida cuando repetí lo que él decía. Ella quiso saber cuál era mi cereal de desayuno preferido -el suyo era Froot Loops- y a mí me dio demasiada vergüenza decir que madre preparaba nuestro cereal con nueces y avena, porque parecía chapucero y ordinario. Cuando dijo: “Sé bailar disco”, me sentí perdido. (92)

Otro idioma, otro mundo, otra vida. La crianza de Charlie era una versión cercana de un extraterrestre. En pleno tiempo de las uniformidades, del gusto prefabricado por el mercado, Charlie resultó ser un analfabeta que no sabía qué era Plaza Sésamo, Viaje a las Estrellas, ni tenía idea de la popular vida de Rocky Balboa. Él no veía la rana René y miss Peggy, veía una rana de tela y un cerdo con maquillaje. ¿Puede alguien imaginar un niño así? Tal vez en otras obras de ficción, pues el referente tampoco es escaso. Lo escaso es que nos encontremos un buen día con un vecino que no tiene ni la más remota idea de quienes son Los Simpson o Superman. Inserta en el mundo, la familia Fox vivía en otro tiempo y, por ello, Allie asume convencido que su lugar está en otra parte, lejos de las directrices de este tiempo macabro. Lo que no alcanza imaginar es que evitando su civilización no puede esconderse de sí mismo y pronto las sombras comenzaran a ponerle zancadillas a medida que más convencido va de su pasión por el buen salvaje.

Padre alecciona el ánimo de las comunidades primitivas hondureñas; a los primitivos les hace ganar el pan (el hielo) con el sudor de su frente y les indica que desde su arribo no habrá lugar a la holgazanería. Su ejemplo es fundamental para sus propósitos: no duerme, come poco, trabaja mucho, no muestra el cansancio. Así se funda Jerónimo. Los niños, mientras tanto, relacionados con los pequeñines nativos de la Costa, formulan también una sociedad alterna donde otras normas van mostrando también su rostro. Así se funda El Acre. Es como si varias novelas clásicas se mezclaran. El señor Crusoe tiene allí su aporte como personaje. El criticón, de Gracián; El corazón de las tinieblas, de Conrad, y El señor de las moscas, de Golding también se pueden sentir en los latidos de la novela de Theroux. Con la misma maestría que demuestra este autor en el tratamiento de las aventuras, las disquisiciones en torno a la soledad de la selva, el cambio de las relaciones humanas y su particular elemento irracional, se hacen visibles otros asuntos ya conocidos en novelas como las anteriormente citadas. A fuerza de golpes y fracasos, el hombre ilumina tan solo un aspecto de la oscuridad. La pretensión de rodearlo todo de un vistazo no se queda más que en un sueño de hombres bastante voluntariosos, como Allie Fox, y después sólo queda remendar los errores con una buena dosis de mentiras que engañan, más que a nadie, a ellos mismos. Allie Fox, Padre, hace de su nueva sociedad, casi sin proponérselo, lo más parecido a la idea de comunidad elegida que pensaba Rousseau, y para mantener su propia extravagancia sólo puede admitir que el resto del mundo está peor. En tal elemento político, se pueden encontrar las muchas relaciones que tiene la obra de Theroux con la de Conrad y Golding. Claro, se puede llevar aún más lejos y encontrar el juego burlesco con el que muchos políticos profesionales han mantenido durante la historia la idea de que son la solución a todos los problemas del mundo, porque el resto está peor, está condenado, en las palabras de Allie, a devorarse a sí mismo.

Como Hobbes, Padre cree que en el mundo nadie puede vivir con las puertas y las ventanas abiertas, que unos y otros se miran entre risas y llenos de pura desconfianza. Pero a diferencia del filósofo inglés no supone que los hombres se devoren como lobos en el estado natural de sus relaciones. Lo que ha hecho que esto pase es precisamente la civilización, no la vida salvaje, cree Allie. Su misión radica, como en la obra de Gracián, en llevar lo poco bueno de este tiempo al pasado, convertido así en una especie de Critilo (Criterio) que enseña al salvaje Andrenio (el hombre desnudo) lo que es justo aprender, no más. La imagen de Padre puede resultar, en tal sentido como la de un Edison que enseña a los pueblos salvajes sus mejores inventos para que despierten, pero no les deja ninguno de los vicios con los cuales se oscurece la propia vida del hombre moderno. Sin embargo, en este viaje al pasado, el señor Fox no es capaz de frenar y, a medida que avanza el recorrido y los fracasos van asomando, las ideas van siendo también más salvajes. La máquina de hacer hielo explota, como una bomba atómica: de ahí incluso el gracioso nombre que Theroux le da en boca de su personaje: Fat Boy. Todo queda destruido en el poblado que se había levantado a fuerza de herramientas manuales, física clásica y trabajo de poleas. Padre se convence de que nada de esto ocurre para mal, que esto socorre los intereses por una vida aún más salvaje. Madre e hijos, una vez más, obedecen. La ilusión del hombre lleva al resto de la familia al mismo abismo.

En ese entonces los Estados Unidos han sido inundados y, así, confiados en que esto ha pasado, porque Padre lo ha dicho, los niños también creen que lo mejor ocurre manteniéndose junto a él. El engaño, la gran mentira para socorrer la salvación. Y mientras tanto, el desespero, el hambre que acosa, las alimañas que persiguen, las picaduras que hay que rascar. El Reverendo Spellgood ofrece la resignación y el consuelo del cielo, Alli Fox insiste en que el cielo hay que labrarlo en las tierras y con los seres que, aún mejor, nada saben de dioses. Llegar a un sitio que aún viva en la Edad de Oro para llevarlo con todas las lecciones de historia aprendidas a la Edad de Hierro. No es gratuito el nombre del reverendo, el buen hechizo, en contraste con el zorro, viejo zorro que lleva el protagonista. Ampliación, adaptación, esas son las fórmulas de lo que debe ser el paso de una edad a otra. “¿Qué es un salvaje? Es alguien que no se toma la molestia de mirar a su alrededor y ver que puede cambiar el mundo”.

Padre proseguía diciendo que el salvajismo consistía en mirar y creer que uno mismo no puede hacerlo, una situación muy lamentable. El hombre que veía un pájaro y lo tomaba por un dios porque no podía imaginarse a sí mismo volando era un salvaje de la peor especie. Tribus enteras no tenían el sentido común suficiente como para construirse cabañas. Iban por el mundo desnudos y cogían pulmonías dobles. Sin embargo, convivían con pájaros que construían nidos y conejos que cavaban guaridas. Así que esas gentes eran salvajes completamente inútiles que no tenían suficiente imaginación para guarecerse de la lluvia. (167)

Fragmentos en los que se admire el pensamiento de este formidable personaje hay muchos. Sus planteamientos tienen toda su personalidad y por ser tan contundentes nos dejan sin mucho que decir inicialmente. Su crítica es mordaz, su burla del mundo occidental, de lo que representan sus fanatismos no se compadece de las pálidas pero locuaces aventuras discursivas de los profesores universitarios románticos que salen en sus automóviles, no pueden habitar espacios sin aire acondicionado y si es posible educan a sus hijos en los que colegios que mejor garanticen un “futuro” a sus hijos. Allie Fox lleva todo lo que piensa a su propia vida, a su familia y, como personaje de ficción -aunque uno puede conocer personas como él- lleva hasta su muerte su renuncia a la vida norteamericana.

Fíjate en mí. Mira de qué me han servido setenta y cinco flexiones de brazo al día. Sí, señor, a partir de ahora voy a vivir a cuatro patas. Para eso estoy hecho, ¡A cuatro patas! [...] Creí que era el hombre más fuerte del mundo. No soy más que pulpa. La debilidad te hace más listo, pero por muy listo que seas no te salvarás si la suerte te es contraria. Voy a decirte quien heredará el mundo: los pájaros carroñeros. Están adaptados, tiene todo a su favor. Se nutren del fracaso. Ahora el cielo de Norteamérica está negro de carroñeros. Se ciernen ahí arriba, simplemente esperando. ¡Quitádmelos de encima! (373)

Asistimos por supuesto al desenlace de un sueño. Como si se tratara de la voz profética de un Geroge Steiner o, todavía más visceral, de un Robert Hughes, Theroux nos deja ver la imposibilidad incluso de realizarse en la vía contraria. Cuando se pone de moda llevar a un grupo de hombres a experimentar la vida en la selva, a convivir en medio de bichos insaciables, a buscar su propio alimento y a competir como animales carnívoros por los pocas reses disponibles, mientras las cámaras tratan de hacer sus mejores tomas y captar las más desentonadas palabras, Allie Fox representa, como las ficciones a la deriva, el verdadero ideal de una vida salvaje llevada al extremo, incluso devolviendo el curso de la evolución, pero fracasada desde el principio. El ofrecimiento se puede hacer para que alguien pase una temporada, para que recree la vista, tome un nuevo aire y regrese a la vida de cierta forma reconfortado, pero es difícil encontrar a alguien que habiendo vivido algunos años entre las satisfacciones, virtuosas y defectuosas del mundo moderno, lleve a tal extremo su ideal de la vida romántica: hasta el retorno a las cuatro patas cuando ya la tumba llamaba. La familia, descorazonada, satisfecha de su odisea, retorna a casa tras enterarse de que el mundo no ha perecido, no se ha ahogado en su propia miseria. Charlie, nuestro narrador, candoroso y confundido casi siempre, leal a su padre, regresa a la historia de nuestra civilización. Al oír su voz interior, este Noé norteamericano, Allie Fox, quiso salvar a su esposa y a sus hijos de las garras del consumismo, de la depredación del fanatismo en sus múltiples manifestaciones, y fiel hasta el final, sólo puedo atestiguar la traición de su propia familia porque ya era demasiado cruel volver a ser primitivos.

El mundo estaba bien, ni mejor ni peor de cómo lo habíamos dejado... aunque después de lo que nos había dicho Padre, lo que veíamos nos parecía esplendoroso. Era extraordinario incluso allí dentro, en el viejo taxi, con la radio puesta. (382)

 

Nota:

[1] Todas las notas han sido tomadas de la edición en español de la novela de Paul Theroux La costa de los mosquitos (1981). Traducción de Manuel Sáenz de Heredia, Tusquets/Folio, 2004.

 

© Luis Felipe Valencia Tamayo 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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