Los rostros de la melancolía:
El sentido de lo inapropiable en José Carlos Becerra

José Alberto Sánchez Martínez

Universidad Autónoma Metropolitana
UAM-X (México)
palabrapajaro@hotmail.com


 

   
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Resumen: La poesía de José Carlos Becerra está plagada de rostros melancólicos. Podría objetarse que quizá como la de cualquier poeta, sin embargo, en su poesía se distinguen tres rostros: la melancolía del amor, aquélla que como canto intenta siempre trazar un puente hacia la ausencia (lo que no está, el otro que falta); la melancolía del mundo, aquélla que como palabra crítica trata de buscar siempre la presencia; y la melancolía de sí mismo, que como fantasma silencioso lo incita siempre a despojarse del estar y no estar a través de la poesía. La poesía del despojo es en José Carlos Becerra la búsqueda del numen de la palabra, ese pequeño espacio donde se quiebra todo sentido, donde, como consecuencia del despojo queda un desnudo sagrado
Palabras clave: Poesía, melancolía, José Carlos Becerra

 

La ventana da a la tristeza
José Carlos Becerra

 

Un hombre inconcluso

¿Cómo discernir la obra inconclusa de un poeta inconcluso? ¿Cómo abrir las palabras, palparlas, destruirse en ellas? ¿Cómo pintar si no hay muro, superficie, si no hay tinta? Borges objetaría a esta premisa inicial, al respecto del no concluir, interponiendo que toda obra es un acto inconcluso. Si se atiende, bajo responsabilidad poética tal objeción, debemos señalar igualmente que todo poeta es una circunstancia inconclusa, es más, la figura misma del poema como espacio de aparición de la poesía es una figura inconclusa: la poesía es el reflejo de la vida como imagen inacabada e arbitrariamente iniciada.

¿Habrá algo más que inconclusión en un hombre que escribe? Escribir es una actividad que trata primordialmente con la imposibilidad de concluir, el hombre que escribe tiene que lidiar con lo inasible porque sólo ahí encuentra morada a la imposibilidad de terminar. Quizá en la oquedad contemporánea pocos escritores han reflejado tal preocupación. Enrique Vila-Matas ha sido uno de ellos, sobre todo en sus obras que a mi parecer son las más pertinentes sobre el tema, Bartleby y compañía y El mal de Montano. Obras que trazan el mapa, la cartografía de lo posible a lo imposible: escribir-no escribir.

Escribir y no-escribir son las dos figuras que representan fantasmalmente el inicio y el final. Dice Vila-Matas que todo inicio es arbitrario y bastaría añadir que todo final es igualmente arbitrario. Quizá esa arbitrariedad es lo que nos imposibilita discernir y también lo que nos incita a escribir (sin el acto imposible no habría escritura): iniciar es ya empezar a crear un paisaje ubicuo, formar lo inconcluso. O tal vez escribimos sólo para argumentar la arbitrariedad, despejar el cielo de lo prohibido.

En este contexto otra forma de llamar lo inconcluso podría ser lo clausurado: aquello que por inconcluso clausura algo. Impide. Iniciar es comenzar a clausurar. Iniciar y finalizar son complementos sólo en tanto se presentan como concesiones del mismo orden arbitrario. Así, es posible comprender la vida y la muerte desde una posición distanciada de la noción de memoria como recuerdo eterno en la visión occidental. Para el mundo moderno el acto de concluir y el acto de iniciar deben ser controlados, la ciencia es un ejemplo de ello. De modo que el intersticio debe conducirse de acuerdo a estos dos polos, la vida se presenta entonces como un efecto programado que concluye. Concluir es, más allá del problema entre vida y muerte, un imperativo negativo para el discernimiento: sólo podemos discernir sobre aquello que guarda aspectos inconclusos. Lo que permanece inconcluso permite construir nociones de abismo: la vida, el poema, el silencio, el fuego. Lo inconcluso crea lo mal acabado, es decir, lo que tampoco acaba.

Esta es una de las riquezas de la obra de José Carlos Becerra. Como muchos otros, recordemos la opinión trivial “tocado por los dioses”, Becerra murió joven. Elsa Cross preguntó alguna vez algo que ratifica la preocupación por el futuro imposible: “… ¿qué no habría escrito si hubiera permanecido aquí por más tiempo?” (Cross; 2001; 5). Nada garantiza que la escritura debe ser mejor por el hecho de vivir más tiempo, esa es una visión equivocada. Para algunos, la vida se llega a convertir en el principal estorbo para escribir, incluso terminan siendo derrotados por las dinámicas de la vida, de modo que no creo que sea posible contestar esas cuestiones, ni siquiera llegar a plantearlas. El problema está en otro lugar, consiste en la capacidad de romper el mundo, en primera instancia el propio y en segunda el de los otros. Por mundo entiendo una forma de percepción, de ver la realidad. Ese es el aspecto que define completamente la identidad de la poesía: la capacidad de romper el mundo. De modo que un poeta puede romper el mundo de joven o de viejo, no depende de una secuencia vivencial ni de una ruptura generacional, ni de planes, ni de estadística, muy al contrario, consiste en la total desorganización y ausencia de planificación. El poeta no sabe nada mientras escribe, lo intuye: la intuición es el ojo del poeta. Al intuir se entrega a la presencia desmedida de lo otro, algo que como decía Octavio Paz, pertenece al orden de lo atemporal, pero podríamos decir, supratemporal. La palabra, la verdadera, esa que está destinada a vestir la poesía de una belleza incomprensible por su estatus más allá de la imagen y la palabra (ojo-voz), siempre es inconclusa, en tanto para que sea debe ser siempre reconstruida, interpretada, leída.

Pero en algunos casos cierta poesía inconclusa, rompe mundos, es portadora de un poeta que está destinado a pasar pronto por este mundo triste de los hombres - triste por su capacidad destructiva, por la vorágine impía de unos a acumular dinero, a regir todo a través del dinero, esa podredumbre que va acompañada de espejismos fatales como la fama o la felicidad protegida a través de objetos - , tal es el caso de José Carlos Becerra, quien en un accidente automovilístico dejo este mundo triste de los hombres mientras se dirigía a Grecia. Becerra murió a los 34 años de edad, de él quedan sus poemas compilados en El otoño recorre las islas, el testimonio vivo de una poesía-melancolía.

 

La belleza de la melancolía

Simón Kargieman escribió alguna vez: “A veces me encuentro con Dios y conversamos, con mucha tristeza, del instante en que amaneció el tiempo y todo dio comienzo” (1981; 19). Anotaciones como la de Kargieman nos conllevan a pensar con mayor sutileza el fenómeno de la melancolía. Nos alejan de la fatua estatua de la melancolía tratada como un lugar común. La vida contemporánea banaliza la melancolía, dotándola de un sentido pedestre. En los esquemas de vida actual el hombre se siente melancólico y arrojado en las tinieblas de la tristeza por razones disociadas de la trascendencia (que quizá son hoy las razones de la trascendencia): dinero, trabajo, amor. La melancolía es un estatuto de vida llevada al espectáculo, la miseria de todo cuanto se muestra (exhibición obscena) debe producir tristeza, esto lo vemos en la música, el cine, la televisión. La pregunta que se debe hacer es: ¿está ahí la belleza de la melancolía? No, es la respuesta contundente. La melancolía debe entenderse como el espacio de lo inconcluso, que, como hemos anotado anteriormente, es el resultado de la arbitrariedad del inicio y del final de algo. La melancolía se produce porque hay algo que falta y eso que falta es el inicio, la ausencia del saber el inicio y también la ausencia del saber del final. Conocer el inicio, saberlo, implicaría entonces, abandonar el espacio de la melancolía.

En el terreno de la escritura hablar del inicio es hablar de aquello que nace del lenguaje. Hay que suponer, bajo este contexto, que las palabras son un vehículo, las herramientas primordiales para ir al encuentro del inicio y al olvido temporal de la melancolía. Porque la melancolía no puede desaparecer, nunca, sino que es momentáneamente sustituida por un artificio de creación. El acto creador, la creación, enardece la melancolía hasta convertirla en fuego. Pero ese fuego no puede existir, ni producirse mientras la creación hable directamente de la melancolía: decir soy un hombre melancólico es alejarse del inicio, de aquello que debería venir como fuego. Es decir, la melancolía debe recrearse en el lenguaje, debe apoderarse de las formas que le permitan nombrar un mundo que no está, pues sólo ese mundo nos contiene, sólo en ese mundo tenemos la certeza de que ahí iniciamos.

El caso de José Carlos Becerra es peculiar porque su poesía parece a ratos un enredo de mundos: es recreación del lenguaje y lenguaje recreado. La belleza de la melancolía en Becerra es un aparecer de mundos; preocupado por la ausencia del inicio, narra el inicio nombrando mundos, los mundos devienen en su lenguaje y se conforman como espectros. Cosa aún más peculiar: pocas veces encontramos la palabra tristeza y melancolía en sus poemas, y paradójicamente todo el tiempo sentimos melancolía y tristeza en sus poemas. Becerra es un poeta que llega a propiciar un quinismo poético contra la melancolía. Para ello los poemas de Becerra se confunden con una estela de confesiones.

La noche colinda con todo lo que tiene fuego,
con aquello que besamos con apasionada destrucción, con oscura grandeza (Becerra; 1985; 96).

(…)

Saldré a la calle, visitaré la locura que ama el azufre,
escribiré tu nombre en las plazas vacías,
en los pulpitos de las mujeres desnudas (Becerra; 1985; 96).

Para Becerra la melancolía era una realidad, un habitad. Pero para hablar de esa realidad la volvía imposible, tenía que hacerla visible, pues volver visible la realidad es perderla: la tarea principal del arte es perder. Para Peter Sloterdijk “el poeta es aquel que busca lo real en lo imposible mismo. Por esa razón pierde reiteradamente el objeto de su amor por cuya causa emprendió el viaje (…)” (Sloterdijk; 2006; 30).

(…)
Pero yo hablaba, pero yo buscaba tus gestos, pero yo inventaba,
esperaba un lugar en mis palabras o en una caricia
donde pudiera tomar algo tuyo;
y me detenía, como si tuviera que esperarte, como si debiera seguirte;
pero todas las cosas tenían ahora otro secreto, nacían de otra apariencia,
y sospechaba que el ruido de esa puerta,
el teléfono que a veces parecía sonar como entonces,
no eran sino recuerdos de recuerdos,
movimientos imprecisos de vida que te mataban más de mí aquella noche (Becerra; 1985; 95).

Becerra nos enseña que la melancolía es un factor inherente a la condición humana. Cualidad que puede aplicarse al grosso poblacional de artistas, pensadores, poetas, que clandestinamente han construido obras magnánimas. Esta es la forma como se expresa el dictum de Giorgio Agamben: (…) “la melancolía no sería tanto reacción regresiva ante la pérdida del objeto de amor, sino la capacidad fantasmática de hacer aparecer como perdido un objeto inapropiable” (Agamben; 2006; 56).

La melancolía ejerce un movimiento de simulación ante la pérdida, esa simulación es búsqueda; se emprende la búsqueda de aquello que es inapropiable, que no ha estado y que sabemos nunca estará, no se trata de cosas, personas, situaciones. Al contrario, se trata del fantasma de las cosas, de las personas, de situaciones. Particularmente el poeta tiende a encontrar espacios donde habitan los fantasmas. Ejerce un llamamiento de la presencia de lo ausente, sin que ello implique que se vuelva presente. En el caso de Becerra el llamamiento ocurre a través de un caudal de alusiones indirectas, siempre ligadas e intrincadas entre sí para soportar la aparición, tal es el caso de la noche.

(…)
Hay lápices en forma de tiempo, vasos de agua
donde el anochecer flota en silencio (Becerra; 1985; 38).

(…)
A veces la noche
Crece como la barba de un Dios desconocido (Becerra; 1895; 40).

(…)
Esta lámpara tiene fija la mirada en la noche (Becerra; 1985; 40).

(…)
Esa yerba sombría que nos crece en los ojos de la noche” (Becerra; 1985; 43).

(…)
En tu corazón un pájaro vuela hacia la noche (Becerra; 1985; 55).

La noche es una imagen poética presente en los versos de Becerra, imposible es resaltar cada una de las alusiones que existen en su poesía. Sin embargo, la noche es más que una imagen poética, es la raíz de toda su poesía, así, podemos decir que toda la poesía de becerra queda poblada de figuras que le dan vida a la noche, espejismos de un estado negro, de una condición de negritud: la noche se bifurca y cede el nacimiento a otros fantasmas. Abismo, sueño, deseo, mar, luna, son sólo algunas de las figuras de las que se sirve para crear su mundo. Y es así como su poesía va demarcando etapas. Cabe recordar que Aristóteles señalaba la noche como un condicionamiento de la melancolía, la idea residía en anteponer los sueños como elementos imprescindibles para conocer lo invisible. Los sueños en el mundo griego, se presentaron como herramientas del mundo nocturno para complementar el mundo diurno. Pero la noche no es un complemento, es portadora de complementos, ella arrastra la condición complementaria al acto de existir: ¿es entonces, la noche, una metáfora de la necesidad de ser melancólicos? Necesitamos la noche para confrontar el día: el exceso de sol ciega, el exceso de noche ilumina. La melancolía nos pone en un proceso de paradojas casi irresolubles, eso es algo que encontramos en la historia de la melancolía. Alrededor de la melancolía han rondado lecturas que van desde atribuciones médicas (melancolía-bilis negra), hasta problemas que se soportan en el alma y el espíritu. Aristóteles recuperó la noción de bilis negra quizá para argumentar el lugar de la noche en el mundo de los fantasmas creadores, mientras que en la visión platónica se hablaba de manía divida, en el mismo plano las paradojas se extendieron al nivel de la relación entre depravación, humor negro y melancolía.

Pero ante todo, el melancólico es alguien que renuncia, como el caso de Empédocles (médico-filósofo-héroe) que rechazó el título de rey que le ofrecieron y el cual gustaba de ver las estrellas, no es casualidad que Hölderlin, Novalis y Nietzsche hayan puesto sus ojos y lo mejor de su prosa en Empédocles. Caso no similar y quizá menos elogiado por locos es el de Sócrates, melancólico que resaltó muchas veces el valor de renunciar y por el cual logró siniestras profundidades. La renuncia está acompañada siempre de un sustituto, de un evento sustitutivo, en el caso de Empédocles es la resurrección en fuego. El mismo Empédocles melancólico nos enseña que para morir hay que renunciar a la muerte, esa renuncia permite construir un misterio, pues ya no se puede leer la muerte como un abandono, sino como algo de lo que hemos sido abandonados: abandonar (morir), haber sido abandonados (vida).

Por el tiempo pasas, lo cruzas, sales de él,
rozas la superficie de la muerte
y distraída sigues hacía no sé si sigues

Eres tú la que cruzas el tiempo,
la que aparta a la muerte como si se tratara de una cortina,
la que destapa el espejo como si se tratara de una lata de cerveza que luego te bebes y la arrojas vacía sobre el asfalto (Becerra; 1985; 213).

La muerte de José Carlos Becerra, no física, sino su abandonarnos, su dejarnos aquí en una marcha pedestre - un caminar poblado de lastres - se nos presenta como un misterio. Su palabra, herramienta para escarbar la poesía, descansa en el mundo que se convulsiona por la economía, por la tiranía disfrazada de política: su poesía, melancólica presencia de lo que no somos. Sueño de la poesía.

 

Bibliografía

Agamben, Giorgio. (2006). Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. España, Pre-textos.

Cross, Elsa. (2001). “Una estela para José Carlos Becerra” en la Jornada semanal, suplemento de La Jornada. México, 21 de Enero, p. 5.

Kargieman, Simón. (1981). Un instante. El infinito. Argentina, Carlos Lohlé.

Sloterdijk, Peter. (2006). Venir al mundo, venir al lenguaje. España. Pre-textos.

Földényi, Lásló F. Melancolía. España, Galaxia Gutenberg. 2008.

 

© José Alberto Sánchez Martínez 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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