La evolución de la novela social en España:
Desde Blasco Ibáñez hasta la generación del Nuevo Romanticismo

Dr. Mohamed Ben Slama

Doctor por la Universidad Complutense de Madrid
Hammesp2007@yahoo.es


 

   
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Resumen: Antes del estallido de la Guerra Civil se dio a conocer en España un movimiento literario, especialmente novelesco, que dio nacimiento a toda una generación llama por muchos críticos la generación del “nuevo romanticismo”. Los miembros de esta generación cultivaron una literatura comprometida que llegó a llamarse “La novela social de la preguerra” coincidiendo cronológicamente con los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera y con la Segunda República. Pero para llegar a publicar novelas de esta índole hubo que pasar por varias etapas, y quizá una de estas primeras etapas la encontramos en la figura del escritor Valenciano Vicente Blasco Ibáñez. En este artículo vamos a intentar estudiar cómo fue la evolución de esta literatura que nos dio como fruto “La novela social de la preguerra”.
Palabras clave: Compromiso, literatura social, nuevo romanticismo.

 

Vicente Blasco Ibáñez es una figura clave para entender la evolución de la literatura de corte social en España a principios del siglo XX. Podemos decir que es uno de los precursores de este tipo de literatura en el siglo XX, aunque su interés por la novela social empezó a finales del siglo XIX con su novela La barraca (1898). Su condición de diputado republicano le ayudó a expresar de una manera más directa sus inquietudes sociales. A través de sus novelas, trataba de una manera explícita el problema del proletariado al abordar “graves tensiones reales de la sociedad española coetánea” [1]. Sus obras se caracterizan por la expresión de su sentimiento revolucionario y tienen en común la lucha de clases en un marco de opresión reaccionaria y se caracterizan por el excesivo anticlericalismo. La catedral (1903) se caracteriza por la crítica de la religión haciendo hincapié en la ignorancia y avaricia del clero y mostrando las riquezas del tesoro catedralicio frente a la miseria del resto de los habitantes y también por el carácter revolucionario a través de la exposición de las ideas anarquistas a lo largo de la narración; El intruso (1904) critica la iglesia y describe las penalidades que sufren los obreros en un pueblo minero. A través de esta novela, Blasco Ibáñez expresa sus ideas de justicia social y progreso. La bodega (1904-1905) es la más rigurosa de las novelas sociales, refleja la lucha de clases, la clase dominante está vinculada a la religión: para Blasco Ibáñez, todo opresor es religioso. En su novela, La horda (1905) abundan las escenas naturalistas para describir la miseria.

Manuel Ciges Aparicio (1873-1936) es considerado un auténtico precursor de la literatura social de principios del siglo XX. Su tratamiento al tema social se aleja de las fórmulas típicas de este movimiento superando de esta manera el popularismo de Blasco Ibáñez. En sus libros encontramos muchos recursos que más tarde caracterizarán a los novelistas sociales, y en especial Andrés Carranque de Ríos, sobre el cual ejerció una gran influencia. También su crítica político-social y económica se caracteriza por ser concreta a diferencia de la crítica abstracta de Azorín, Baroja o Unamuno. Dice de él Víctor Fuentes:

Ninguno de aquellos escritores llevó su obra el tema de la preocupación de España con actitud tan comprometida y arriesgada como la de Ciges Aparicio [2].

Ciges Aparicio escribió una serie titulada Las luchas de nuestros días con dos títulos: Los vencedores y Los vencidos. El tema de esta serie está basado en las relaciones capital-trabajo en las minas. Para esta temática y esta ideología, Ciges Aparicio utiliza una forma narrativa próxima al reportaje periodístico, el narrador ya no es protagonista sino testigo a través de su conversación con los distintos personajes. En La ciudad doliente, Ciges Aparicio nos sigue dando detalles sobre las duras condiciones de vida de los mineros. El tercer libro reportaje, Entre dos guerras, es una denuncia contra la política de España en Marruecos. Todos estos libros se caracterizan por un mayor compromiso. En Las luchas de nuestros días, se puede percibir la influencia de Joaquín Costa que veía las relaciones capital-trabajo como una nueva forma de feudalismo. Este libro puede ser considerado como precedente de la literatura de reportaje o documental, que adquirió mucha importancia en los años de la Segunda República y también como precedente de los reportajes novelados del realismo social con un tono diferente.

José López Pinillos, conocido por su pseudónimo “Parmeno”, es, hoy día, un novelista poco recordado. Su obra literaria tiene mucho que ver con la narrativa noventayochista, “hereda de ellos un repertorio de preocupaciones ideológicas que por una parte -como luego Noel- trivializa y estrecha, pero que también en algunos aspectos robustece, al orientarse hacia un “popularismo” vigoroso y al insistir, no sólo en el contenido moral, sino en resonancia de la literatura”[3]. Las dos novelas más importantes de López Pinillos son: La sangre de Cristo (1907) y Doña Mesalina (1910). Generalmente, en estas novelas, nos encontramos ante “una España verídica, extremada y torturada, negra y roja, que a pesar de la mano algo torpe excesivamente cargada sobre los temas del autor, y a pesar del tiempo transcurrido, sigue confesándose y acusándonos, y refiriéndose, con más frecuencia y justicia de la que quisiéramos, a la más palpitante actualidad” [4].

Eugenio Noel es considerado por muchos críticos, entre ellos Rafael Cansinos-Asséns, un legítimo cultivador de regeneracionismo coincidente con los llamados noventayochistas, sobre todo por algunos aspectos como su autodidactismo, su rebeldía y su mezcla de artista y de “hombre político”, de escritor y “propagandista a la americana” [5]. Noel tiene una gran obsesión que es remediar el mal de España, eso hizo que fuese considerado un noventayochista típico. Su obra narrativa es extensa y considerable, y a través de sus novelas que trataban problemas nacionales, consiguió dar el impulso momentáneo y necesario para este tipo de literatura de tendencias regeneradoras.

Durante los años 20, un sector de novelistas españoles, los más jóvenes e intelectuales, dirigen grandes esfuerzos hacia la producción de obras literarias en prosa, definidas cada vez más frecuentemente novelas “deshumanizadas” o de vanguardia. En la novelística española, esta nueva tendencia tiene sus orígenes en la figura del pensador más prominente de la época: José Ortega y Gasset. Éste intenta explicar el nuevo propósito de “rechazar la realidad” en la Deshumanización del arte, una serie de artículos aparecidos en El Sol en 1923 y publicados unos años más tarde junto con Ideas sobre la novela (1925). El ensayo de Ortega y Gasset representa el manifiesto estético del grupo de novelistas vanguardistas o “deshumanizados”, que están intentando definir el arte en la sociedad de aquel período. En este texto crítico, Ortega quiere aclarar el concepto del arte nuevo y lo califica de anti-popular. El crítico explica de esta manera el asunto:

Se acerca el tiempo en que la sociedad, desde la política, al arte, volverá a organizarse, según es debido en dos órdenes o rangos: él de los hombres egregios y él de los hombres vulgares. Todo el malestar de Europa vendrá a desembocar y curarse en esa nueva salvadora escisión [6].

El concepto fundamental es el intento deshumanizado que la novela tiene que transmitir y que implica, consecuentemente, la purificación y la supresión de todos los aspectos humanos. En particular, el crítico español quiere subrayar la idea de estilización estética es decir:

(…) estilizar es deformar lo real, desrealizar. Estilización implica deshumanización. Y viceversa, no hay otra manera de deshumanizar que estilizar. El realismo, en cambio, invitando al artista a seguir dócilmente la forma de las cosas, le invita a no tener estilo [7].

De acuerdo con el pensamiento de Ortega, el recurso estilístico más empleado para conseguir este precepto es la metáfora, cuyas cualidades más usadas por parte de los vanguardistas son la metamorfosis, la estilización y la evasión de la realidad. Siguiendo estas reglas estilísticas, los novelistas “deshumanizados” se dirigen hacia la producción de novelas elitistas donde la masa no desempeña ningún papel importante: su única finalidad es la exaltación de la belleza y el juego formal. Dentro de este grupo, podemos destacar a Antonio Espina, Benjamín Jarnés, Francisco Ayala, Rosa Chacel, Claudio de la Torre, Juan José Domenchina, Pedro Salinas, Ernesto Jiménez Caballero, etc.

Se trata de una fuerte renovación de todos los elementos narrativos tanto de tipo formalístico como antitradicional. En estas novelas, un intelectual en la sociedad moderna piensa, observa lo que pasa a su alrededor pero no intenta hacer nada para mejorarla, demostrando la pasividad de los intelectuales en la sociedad contemporánea. El universo desaparece detrás de la metáfora que representa el emblema de las novelas “deshumanizadas” y que connota también el papel del protagonista obligado sólo a proclamar metáforas. Los “deshumanizados” no creen en la historia y en el porvenir, rechazan la acción y los sentimientos. Este tipo de postura en la novela recuerda, una vez más, la actitud de los ultraístas que proponen la introducción de nuevos temas y la utilización de un estilo metafórico.

Los “deshumanizados” recibieron también la influencia de Ramón Gómez de la Serna, por sus innovaciones formales e ideológicas; de Juan Ramón Jiménez, por su manera de situar el arte por encima de la vida; de Unamuno, por sus paradojas religiosas reflejadas principalmente en las obras de Benjamín Jarnés y Rosa Chacel, y de escritores extranjeros como Nietzsche, Giraudoux, S. Lewis, Hemingway, Apollinaire, Jean Cocteau, Kafka o Paul Morand.

Estos jóvenes intelectuales españoles se reunían en la Revista de Occidente, fundada en 1923, que tenía como director a José Ortega y Gasset, esta revista no limitaba sus intereses a temas literarios sino que se interesaba también por temas culturales. Otra revista, que es expresión de esta nueva tendencia, es La Gaceta Literaria, fundada en 1927 por Ernesto Jiménez Caballero y por Guillermo de la Torre. Esta revista acoge y potencia todo el espíritu de modernidad germinado en los años inmediatamente anteriores y abarca los más variados campos de la vida intelectual, profundizando diferentes aspectos del contenido.

El origen de la corriente vanguardista o “deshumanizada” en España es fruto de los numerosos movimientos vanguardistas literarios y artísticos de principio de siglo en toda Europa. Entre los más conocidos se destacan el cubismo, el expresionismo, el dadaísmo, el surrealismo y el futurismo, que fundamentalmente se proponen romper con las formas del pasado, sobre todo ligados a la literatura del siglo XIX, demasiado vinculada a la realidad y a los vehículos normales de expresión, buscando nuevas técnicas formales y nuevos temas. Dice Vilches de Frutos en este aspecto:

Se transforma el lenguaje, la métrica, las disposiciones tipográficas de los textos, las leyes gramaticales más afianzadas. En este intento de ruptura, los dadaístas, por ejemplo, llegan a exigir la completa destrucción de los medios de expresión y comunicación usuales y los surrealistas se adentran en el mundo del subconsciente en busca de técnicas de expresión nuevas e inusitadas, como la del autonomismo en la escritura [8].

Los intelectuales “deshumanizados” españoles obran dentro de un cuadro histórico bastante complejo. En 1923, Primo de Rivera proclama la dictadura como consecuencia del descontento de la derrota de Marruecos en 1921. En los artículos periodísticos de la época, se cree que este nuevo tipo de régimen político es un régimen que tendrá que vivir de la benevolencia de la nación del prestigio que le den sus aciertos. Un exhaustivo balance de la dictadura de Primo de Rivera sólo se puede hacer después de su caída que llega el 13 de septiembre de 1930. José Cuartero expone en un interesante artículo aparecido en ABC sus consideraciones sobre el gobierno de Primo de Rivera:

Bajo la dictadura el orden fue perfecto; se liquidó sin consecuencias el grave conflicto de la artillería; no salieron del conato las tentativas de Aguilera y Sánchez Guerra; los profesionales de la revolución y los habituales del motín se mantuvieron en mansa quietud; no hubo huelgas en seis años, y a qué costa bien lo saben los patrones; los mineros de Asturias bendecían el encanto de aquel régimen despótico, y desde las esferas oficiales -Consejo de Estado y ministerio de trabajo- la plana del socialismo presenciaba plácidamente la derrota de los otros partidos y el eclipse de la libertad. La agitación revolucionaria vino después, con el respiro y la facilidad hubo la huelga escolar con sus incidentes: medidas de represión, clausura de universidades, destrucción de autoridades académicas [9].

En los primeros momentos, muchos intelectuales saludan con cierto optimismo la dictadura pero con la tentativa de golpe en 1926-la Sanjuanada,- empieza cierto descontento y agitación también entre los que esperan que la república les haga cumplir sus aspiraciones y, por lo tanto, pasar a sostener el nuevo gobierno republicano.

Durante los últimos años veinte y los primeros de los treinta, empieza a desarrollarse en España un nuevo tipo de tendencia en la novela, que presenta características diametralmente opuestas a la corriente “deshumanizada” o vanguardista: es la novela del “nuevo romanticismo” o novela social de la preguerra. Cronológicamente, se puede aceptar la delimitación que propone Eugenio. G de Nora que indica como fecha de comienzo el año 1928 y como fecha de fin el año 1936. Víctor Fuentes comparte estas fechas y justifica la elección del año 1928 como fecha inicial de esta corriente, porque en este año, la editorial “Historia Nueva” comienza a publicar su colección “La Novela Social”, que incluye también varias obras del “nuevo romanticismo”, pero nuestro crítico va más allá de esta división, porque, según su parecer, se puede subdividir este lapso de nueve años en dos partes, es decir de 1928 a 1931 y de 1931 a 1936. Esta datación es consecuencia de una diferente interpretación de los asuntos: en los años 1928-1931, el tema fundamental de las novelas se limita a denunciar el orden establecido y exaltar las aspiraciones del pueblo, de sus reivindicaciones de clase; mientras que en el período 1931-1936, en correspondencia con la II República, es muy fuerte la ascensión de proletariado. Dice Víctor Fuentes:

La novela revolucionaria no puede ser otra que la proletaria (…) En cuanto a su contenido histórico y humano, aquellas novelas son memoria, en carne viva, de la lucha de los obreros y campesinos españoles por romper las cadenas de la explotación, que les inmoviliza en la opresión y miseria, y avanzar por el camino de la historia hace la igualdad [10].

Es importante considerar que este criterio cronológico no implica que todas las novelas con características neorrománticas hayan sido publicadas en este período de tiempo, por ejemplo, la novela La duquesa de Nit de Arderíus apareció precedentemente, en el año 1926. La denominación que los críticos dan a estas nuevas novelas es diferente, aunque se refiere a los mismos asuntos que en ellas se desarrollan. El crítico Eugenio G. de Nora dedica un capítulo a “La novela española contemporánea” y engloba esta producción de obras bajo la denominación: “La novela social de la preguerra”, que comparte también con Víctor Fuentes, Julio Marcos y M. Santiago. Gil Casado, en su libro, La novela social 1920-1971, propone la fórmula “nuevo romanticismo”; Fulgencio Castañar, en El compromiso en la novela de la II República, habla de novelas comprometidas, idea de literatura que también Francisco Ayala sostiene; José Carlos Mainer, en La Edad de Plata (1902-1939), se limita a considerar esta novelística de tipo social [11].

La utilización del término “nuevo romanticismo” procede del título del ensayo crítico de José Díaz Fernández, El nuevo romanticismo, subtitulado: Polémica de arte, política y literatura, publicado en 1930 y donde se postulan los preceptos estéticos de la nueva generación de escritores. Antes de la publicación en 1930, ya aparecen en las páginas de la revista, Nueva España, unos capítulos de este ensayo que dan relieve al sólido prestigio que el autor adquirió precedentemente gracias a la publicación de El blocao (1928) y la colaboración semanal con El Sol [12] . A través de este ensayo crítico, José Díaz Fernández postula la urgente vuelta al humanismo por parte de los novelistas de los años 30 que, por lo tanto, tienen que abandonar las efímeras trincheras de la pureza perteneciente a la novelística vanguardista: es una nueva forma de romanticismo como el mismo Díaz Fernández expresa de forma muy clara:

Pienso que los nuevos románticos han de parecerse muy poco a los románticos del siglo XIX. Carecían afortunadamente de aquel gesto excesivo, de aquella petulancia, espectacular, de aquel empirismo rehogado en un mar de retórica. Pero volverán al hombre y escucharán el rumor de su conciencia. Fuera de eso, lo demás no tiene importancia. Esperemos, además, que este nuevo romanticismo no descargue su eléctrico impulso solamente sobre el amor. Es posible que las generaciones nuevas encuentren el amor más franco y accesible de lo que está ahora, menos rodeado de prohibiciones y de estímulos (…) Otro amor más dilatado y complejo, fruto del progreso humano y de la depuración de las relaciones sociales moverá a los hombres del futuro, será el eje de la gran comunidad universal (…) [13].

La vuelta a lo humano y la producción de un tipo de arte implican una mayor atención por los problemas de la existencia humana colectiva e intelectual. Por lo tanto, lo que tienen que hacer los escritores es asumir un compromiso que permita hacer una renovación de las ideas sociales a través de los asuntos y personajes a través de una labor de incitación y no de proselitismo. Dice al respecto:

hallándonos como es notorio en una época que persigue por encima de todo los valores tangibles de la vida humana, el órgano más eficaz que poseemos para alcanzarlos dentro de la equidad y de la justicia será la política [14].

Esta vinculación del arte al hecho político no interesa sólo a Díaz Fernández, sino a otros escritores y críticos de la época como Ortega y Ramón y Ramón J. Sender que colaboran asiduamente para sostener este asunto. En particular, estos últimos intelectuales tuvieron en 1929 un significativo encuentro; de éste salió un manifiesto en abril, en el que se sugiere que los hombres “salgan de ese apoliticismo, de ese apartamento-no pocas veces reprochable- que les ha llevado a desentenderse de los más hondos problemas de la vida española. La política no es un ejercicio que se pueda desprender de los demás de la inteligencia, ni una reducida especialidad de profesionales, es un objeto esencial del pensamiento y parcela importantísima en el área de la cultura” [15].

La significativa presencia de Ortega y Gasset y la acogida del manifiesto en sus obras, demuestra, de todos modos, que se están planteando unos cambios también en la corriente opuesta al “nuevo romanticismo”.

Las novelas rusas revolucionarias y norteamericanas presentan otros rasgos interesantes que sirven al desarrollo de la novela comprometida en España: se subraya sobre todo la importancia del contenido sobre la forma, la inserción del intelectual en los movimientos obreros y la incitación al lector a cambiar la sociedad.

Son muchos los narradores que constituyen el grupo de los neorrománticos presentando obras como El blocao y la Venus mecánica, de José Díaz Fernández; Imán y Siete domingos rojos, de Ramón J. Sender; Los Topos, de Isidoro Acevedo; La Tribuna, de César M. Arconada; La vida difícil, de Andrés Carranque de Ríos; El comedor de la pensión, Venecia y Campesino, de Joaquín Arderíus, entre otras. Estas obras presentan unas constantes temáticas y estilísticas: tratan los problemas de la masa trabajadora, los ambientes son de las fábricas, de las minas, del campo, de las aldeas y de los bajos fondos de las ciudades, en particular, se describen las pensiones de ínfima calidad, las academias cinematográficas de mínimos recursos, las cafeterías, etc. Por ejemplo, cuando los escritores describen el campo, no lo hacen como si fuera un reino de paz, incontaminado, sino como un lugar donde los pobres campesinos viven en difíciles condiciones.

Las estructuras políticas que quieren denunciar son las que pertenecen a la monarquía de Alfonso XIII, a la dictadura de Primo de Rivera e incluso a la Segunda República. A menudo, en las novelas, están citados hechos y personajes históricos que pueden ser reconducidos a los tres momentos precedentemente indicados. La denuncia de la situación histórico-política no se limita a la situación de España sino que se refiere también, por ejemplo, a acontecimientos de la guerra de Marruecos. El intento de estos escritores es el de infundir la idea de que el arte tenga que politizarse para que facilite el ingreso de la masa en su recinto, a través de un estilo realista para presentar al lector la realidad novelesca para que elabore una praxis personal comprometida que la hacen posible, con objeto de mover el interés del lector.

Dentro de la pluralidad y variedad de estilos y tendencias, que caracterizan a la novela social de preguerra, así en conjunto, los narradores emplean muchos recursos retóricos, por lo tanto, prevalecen las imágenes retóricas junto con las metáforas, los símbolos, las símiles o las comparaciones, la animalización de los hombres y la personificación de seres inanimados, anáforas o reiteraciones, que permiten la expresión de opiniones por parte de los personajes. Se hace un uso muy atento de los adjetivos que acompañan un sustantivo destacando una calidad una propia del objeto descrito.

Se expresan a través de un ritmo de prosa bastante sintético que recuerda el estilo periodístico que ellos conocen muy bien porque colaboran con la reproducción de los sonidos fónicos de las palabras que les sirven para que los lectores menos cultos entiendan su mensaje y para que la prosa refleje de manera más fidedigna la situación que están describiendo.

Las revistas no son importantes sólo para la evolución de la vanguardia, ellas desempeñan un papel relevante también para los novelistas del “nuevo romanticismo”. La revista Nueva España es quizá una de las más autorizadas y donde está presente el mayor número de escritores de la nueva tendencia novelística de los años 30. También son importantes otras revistas como Post-guerra, la Revista popular y La Gaceta Literaria que, aunque se contrapone a la revista Nueva España, acoge publicaciones de novelistas comprometidos y reseña la mayor parte de sus obras.

Las colaboraciones de los novelistas en los periódicos representa una forma de compromiso de extrema importancia porque, de esta manera, pueden alcanzar un elevado grado de difusión entre la población. Al margen de estos libros y colaboraciones periodísticas, es importante subrayar el nacimiento de editoriales que acogen y apoyan las novelas de estos escritores: la editorial Ulises formada a partir de Ediciones Oriente, la editorial Zeus surgida de Cenit, Historia Nueva que edita una colección de novelas con el título de “La novela social”. En 1932, los editores hablan también de la posibilidad de constituirse en cooperativa para salvar la CIAP (compañía Ibero-Americana de Publicaciones), en evidente dificultad por el momento de crisis del mundo literario: los escritores deciden presentarse delante de los directivos de la editorial citada para solicitar la solución del problema.

A nivel histórico, a finales de la tercera década, cayó el poder de Primo de Rivera y se instauró, por un año, un gobierno de transición regido por Dámaso Berenguer, conocido con el nombre de “la dictablanda”, que acabó con las dimisiones del 14 de febrero de 1931.

Políticamente, hay dos grandes acontecimientos favorables a la expansión del compromiso social. La caída de la dictadura de Primo de Rivera, en 1930, y la proclamación de la República, el 14 de abril de 1931, creerán un ambiente propicio para el desarrollo de una literatura social en todos los géneros: novela, poseía y teatro.

 

Notas

[1] ROMERO, Leonardo: La novela regeneracionista en la última década del siglo, en Mercedes Etreros y otros. Estudios sobre la novela española del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1977, p. 194.

[2] FUENTES, Víctor: “La literatura comprometida de Ciges Aparicio”, Ínsula, núm. 305, 1972, p. 13.

[3] NORA, Eugenio. G. de: La novela española contemporánea, Tomo I, Madrid, Gredos, 1970, p. 262.

[4] Ibíd. p. 275.

[5] CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: La nueva literatura, II, Madrid, Páez, 1925, p. 109.

[6] ORTEGA Y GASSET, José: La deshumanización del arte, Obras Completas. Madrid: Revista de Occidente, 1947, p. 356.

[7] Ibíd. p. 368.

[8] VILCHES DE FRUTOS, Mª Francisca: La generación del nuevo romanticismo (1926-1939), Facultad de Filología, Universidad Complutense, Madrid, 1984, p. IX.

[9] CUARTERO, José: “Útil balance de la dictadura”, ABC, 2 de junio de 1935, pp. 63-67.

[10] FUENTES, Víctor: “La novela social española (1931-1936): temas y significación ideológica”, Ínsula, núm. 288, noviembre de 1970, pp. 1,4.

[11] MAINER, José Carlos: La Edad de Plata (1902-1939), Madrid, Cátedra, 1987, p 271.

[12] CASTAÑAR, Fulgencio: “El nuevo romanticismo de José Díaz Fernández; un alegato en pro del arte contemporáneo”, Ínsula, núm. 482, enero de 1987, p. 8.

[13] MAINER, José Carlos: La Edad de Plata, op. cit, pp.231-232.

[14] VILCHES DE FRUTOS: Mª Francisca: La generación del nuevo romanticismo (1926-1939), op. cit, pp. 62-63.

[15] Ibíd. p. 22.

 

Notas bibliográficas

CANSINOS-ASSÉNS, Rafael: La nueva literatura, II, Madrid, Páez, 1925.

CASTAÑAR, Fulgencio: “El nuevo romanticismo de José Díaz Fernández; un alegato en pro del arte contemporáneo”, Ínsula, núm. 482, enero de 1987.

CUARTERO, José: “Útil balance de la dictadura”, ABC, 2 de junio de 1935.

ESTEBAN José y Gonzalo Santonja: Los novelistas sociales españoles (1928-1936) Antología, Barcelona, Anthropos, 1998.

FUENTES, Víctor: “La literatura comprometida de Ciges Aparicio”, Ínsula, núm. 305.

FUENTES, Víctor: “La novela social española (1931-1936): temas y significación ideológica”, Ínsula, núm. 288, noviembre de 1970.

ORTEGA Y GASSET, José: La deshumanización del arte, Obras Completas. Madrid: Revista de Occidente, 1947.

MAINER, José Carlos: La Edad de Plata (1902-1939), Madrid, Cátedra, 1987.

NORA, Eugenio. G. de: La novela española contemporánea, Tomo I, Madrid, Gredos, 1970, p. 262.

ROMERO, Leonardo: La novela regeneracionista en la última década del siglo, en Mercedes Etreros y otros. Estudios sobre la novela española del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1977.

VILCHES DE FRUTOS, Mª Francisca: La generación del nuevo romanticismo (1926-1939), Facultad de Filología, Universidad Complutense, Madrid, 1984.

 

© Mohamed Ben Slama 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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