Fray Servando o el literato detrás del historiador

Martín Hernández Cortés*

Universidad Nacional Autónoma de México
cloropis@gmail.com


 

   
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Resumen: El presente análisis busca plantear un acercamiento retórico a las Memorias de fray Servando Teresa de Mier para así fijar la atención en algunos aspectos de géneros como la novela de aventuras y la picaresca, además de señalar un par de características ilustradas y románticas, a fin de entrever al literato detrás del historiador.
Palabras clave: Fray Servando-Literatura vs. Historia-Ilustración-Romanticismo-México

 

Amigo, la historia de mi vida se tendrá
que contar de distintas maneras.

PANCHO VILLA

No sobra decir que aunque por esta narración pasen multitud de personajes reales, de esos que suelen llamarse históricos, se trata de una novela y sus historias pertenecen por tanto absolutamente al territorio de la ficción.
PIT II

 

La Independencia de México es un hecho documentado. Empero, cuando se busca ahondar en el período inmediatamente anterior, uno se encuentra con datos generales que no permiten una configuración integral del ciclo fundacional de tal acontecimiento. Ahora bien, no es raro que escritos que profundizan más en este tema, como el libro El proceso ideológico de la revolución de independencia o el capítulo “La revolución de Independencia” de la Historia General de México, ambos de Luis Villoro, tengan como fuente documental las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, pues existen pocos escritos que detallen lo ocurrido en el ocaso de la Nueva España, tanto en la vida privada como en la pública.

Dentro del santoral laico mexicano, la figura del doctor Fray José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra es una de las más ricas por sus anécdotas; sin embargo resulta de las menos abordadas por el análisis filológico. En esta ocasión, nos centraremos en sus Memorias, expresión literaria de principios del siglo XIX que marca la transición entre Ilustración y Romanticismo dentro de sus páginas. Las Memorias reúnen una serie de escritos que comprenden desde su sermón de 1776 en la Basílica de Guadalupe -en el que desarrolló la tesis de que la Virgen de Guadalupe ya existía entre los indígenas mucho antes de que los españoles llegaron a tierras americanas, su proceso judicial por dicho sacrilegio y su encarcelamiento y correrías por España, Francia, Italia y Portugal-, hasta su reclusión en el castillo de San Juan de Ulúa, Veracruz, donde comienza a redactarlas hacia el año de 1820.

¿Hasta qué punto se puede tomar esta autobiografía como objetiva y hasta qué punto como ficción? Con un tono irónico a lo Quevedo, Fray Servando relata las contingencias del período más álgido de su vida. A fin de cuentas son sólo las remembranzas de un hombre letrado influido por las lecturas de toda una vida. Un texto que, si bien se sustenta en datos históricos, es adecuado que se le estudie como novela, pues “En México […] todo es memoria, y la memoria no es otra cosa que una sabia mezcla del eco del olvido involuntario y el recuerdo que persiste en regresar" (Taibo II 2006: 849). De esta manera las Memorias resultan un tema apasionante y ameno que de alguna manera tiene que ver con la configuración del pensamiento del hombre del México del siglo antepasado.

El objeto del presente análisis es plantear un acercamiento retórico a dichas Memorias, para así, fijar la atención en algunos aspectos de géneros como la novela de aventuras y la picaresca, además de señalar un par de características ilustradas y románticas a fin de entrever al literato detrás del historiador. Ésta es sólo una aproximación a la estructura literaria de dichos escritos. Al ser un tema poco estudiado no hay suficientes puntos de referencia que pudieren brindar un camino definido a las conjeturas aquí expuestas.

 

Hacia una exégesis del texto: ¿documento histórico o ficción?

La Real Academia Española de la Lengua define en sus décima y undécima acepciones de la palabra memoria como “ Libro o relación escrita en que el autor narra su propia vida o acontecimientos de ella” y “Relación de algunos acaecimientos particulares, que se escriben para ilustrar la historia”, respectivamente (Real 2001: “Memoria”); lo que plantea un dilema: ¿qué acepción seguir para entender el discurso de Fray Servando? Las dos tienen igual validez si se toma en cuenta que hay varios datos dentro de las Memorias que corresponden a situaciones históricas vividas por el autor implícito.

En la autobiografía, el autor, el narrador y el protagonista llevan el mismo nombre, a diferencia de la biografía, donde el autor relata la vida de alguien en tercera persona. La biografía busca la objetividad histórica, mientras que la autobiografía tiene un carácter subjetivo por lo que se pueden llegar a distorsionar los hechos, ya sea para favorecer al personaje, o para resaltar un aspecto en particular. En las memorias el narrador y el autor son la misma persona, por lo que no puede analizar de manera objetiva su personalidad o los sucesos relatados, presentándose simplemente como un actor o testigo del acontecer histórico.

Fray Servando no impone una forma nueva de contar los hechos; influido por sus lecturas -las crónicas de los viajes de Marco Polo o incluso otras autobiografías, Rousseau <

Como toda obra clave, la autobiografía de Villaroel representa un punto en el que coinciden influencias recibidas e influencias que se irradian hacia el futuro, y por esto la Vida sólo se esclarece cuando se interpreta tanto en el contexto de sus antecedentes como en el de sus consecuentes literarios (Torres 1985: 52).

El estilo no está separado de la tradición literaria; engarzadas en el ocaso de la época ilustrada donde era indispensable remitirse a las fuentes clásicas, las Memorias son el inevitable resultado de la evolución tanto de la retórica del Siglo de las Luces como de la tradición escrita de la historia. Es imprescindible ir hasta las fuentes primigenias de la época. Los escritos de San Agustín -por ejemplo-, tuvieron influencia no sólo para los escritores de autobiografías. Fray Servando, en tanto hombre ilustrado de formación clerical debió abrevar en las Confesiones, pues San Agustín es un personaje de relieve, dadas las reformas a la Iglesia que resultaron de todos sus tractata:

En fin, las características más importantes tanto de la autobiografía moderna como de la novela moderna han sido determinadas por el modelo introspectivo de las Confesiones de San Agustín y el método inductivo de Bacon para el examen de la naturaleza física y el conocimiento de la verdad (Torres 1985: 68).

Estas influencias no se deben omitir si se pretende ahondar en el análisis literario, ya que marcaron un canon para las generaciones subsecuentes.

Es pertinente el deslinde de las Memorias entre si se deban asimilar como un discurso histórico, o si se deban parangonar como un texto que sólo cumple funciones literarias, pues la disyunción no estaba aún muy clara en la época del autor. Esto es, en palabras de Hayden White que: “Para fines de la Ilustración, pensadores como Gibbon, Hume y Kant habían disuelto efectivamente la distinción entre historia y ficción en que habían basado sus empresas pensadores anteriores como Bayle y Voltaire” (White 1992: 56). En el discurso de Fray Servando esta indisolubilidad nos lleva a encontrar sucesos fantásticos en medio de hechos históricos, con anécdotas tales como la del guardia que lo ayuda a escapar de la ley y encaminarse a Portugal, sólo para regresar de inmediato e integrarse a las Cortes de Cádiz [1]. Por otra parte se puede notar que la ironía presente a lo largo de las Memorias no es fortuita; responde al modelo historicista vigente. La causticidad servía a los ilustrados de la época para entender los mecanismos históricos en los que estaban inmersos:

He caracterizado la principal tradición del racionalismo como metonímica e irónica en su aprehensión y comprensión, respectivamente, del proceso histórico, y he mostrado cómo ese enfoque de la historia justificaba un modo de representación esencialmente satírico […] (White 1992: 84).

Desde la antigüedad grecolatina, la ironía y la sátira servían para resaltar algún punto velado de la estructura socio-política imperante sin que los autores se vieran comprometidos. Ésto en Fray Servando fue resultado de la herencia ilustrada. Del movimiento romántico en cambio, fue la voluntad individual la que creó los parámetros para desarrollar un proceso histórico bajo cualquier circunstancia; el ego se había convertido en motor del devenir histórico o, para ser más precisos:

El pensamiento histórico romántico puede ser concebido como un intento de repensar el problema del conocimiento histórico en el modo de la metáfora y el problema del proceso histórico en términos de la voluntad individual concebida como único agente de eficacia causal en ese proceso (White 1992: 85).

Se pueden apreciar las Memorias como el medio por el cual nos enteramos de la vida del Fray Servando, ideólogo de la Independencia y, como resultado, creador de historia. Sin embargo, no hay que olvidar el carácter subjetivo con que la obra fue creada, pues como afirma White: “En la ciencia no podemos ir más allá de esa postura irónica, porque, como existimos en la historia, nunca podemos conocer la verdad final sobre la historia” (White 1992: 131).

Otro camino hacia la interpretación del discurso servandino es la representación de la ideología concebida en su época, pues nos ofrece en ésta un parámetro con el cual medir las actitudes dominantes en aquel momento histórico: la decadencia de la Ilustración como filosofía y el nacimiento del Romanticismo en cuanto tal, pues según Paul Ricœur:

Lo que ha sido etiquetado como “historicismo” es la presuposición epistemológica de que el contenido de las obras literarias, y en general de los documentos culturales, recibe su inteligibilidad por su conexión con las condiciones sociales de la comunidad que lo produjeron o que estaba destinado a reflejar (Ricœur 2003: 101).

Fray Servando y sus escritos aparecen como producto de su entorno ideológico, de su tradición cotidiana. Pero también es necesario que los antecedentes estilísticos se observen sólo como una parte de sus Memorias; la otra porción son las ideas específicas que quiso transmitir, y es ahí donde “El texto objetivado y deshistorizado se convierte en la mediación necesaria entre el escritor y el lector” (Ricœur 2003: 103). Esto quiere decir que si se prescinde de los guiños históricos ofrecidos por fray Servando, se puede entender mejor su mensaje sin que el lector se contamine, ya sea de subjetividades o de inexactitudes dentro de un suceso histórico.

Fray Servando ofrece datos históricos, pero hay que tomar en cuenta que pudo maquillar su versión para puntualizar el lado ideológico que prefería. En los siguientes fragmentos se puede apreciar la descripción de la llegada de Mina a América; el primero escrito por Luis Villoro dentro de la Historia General de México, y el segundo por el padre Mier, donde se detectan el carácter historicista del primero y el aspecto literario del segundo.

a)

Francisco Xavier Mina, revolucionario liberal español, había combatido a los franceses y después a favor de la constitución contra Fernando VII. Desterrado a Inglaterra, arma una expedición para atacar el absolutismo desde las colonias americanas. Desembarca primero en Galveston, donde obtiene gente y armas. Con él viene uno de los principales ideólogos de la independencia americana: fray Servando Teresa de Mier. El 15 de abril de 1817 desembarcan en Soto la Marina, donde Mina lanza una Proclama a los americanos (Centro de Estudios Históricos 2000: 516).

b)

Allí volví a encontrarme a Mina que había salido en octubre de 1816 de los Estados Unidos del Norte para México, con dos mil fusiles que ya traía de Londres, doscientos cincuenta oficiales y treinta artilleros con alguna artillería. […] en busca del ministro del Congreso que se aseguraba estar en Gálveston, retrocedió hasta allá para consultar (Mier[b] 1988: 254-255).

Luis Villoro se basó, entre otras obras, en las Memorias para realizar el relato histórico de pasajes como éste. Otra lectura de interpretación histórica sobre los escritos de Fray Servando es la que nos ofrece Josefina Zoraida Vázquez, quien menciona que “[…] en 1817 tuvo lugar el fugaz intento liberador encabezado por el padre Servando Teresa de Mier y el capitán español Francisco Xavier Mina” (Escalante 2000: 146). Esta exégesis resulta exagerada, pues Villoro menciona que Fray Servando acompañaba a Mina, y no que fuese coautor del desembarque; el mismo Teresa de Mier escribió que se embarcó con Mina tan sólo para volver a México después de tantos años. Empero este es un buen almud para dar cuenta de cómo puede haber múltiples interpretaciones y asumir premisas periféricas desechando la idea central del relato. Sobreponer los puntos históricos al relato particular de Fray Servando, daría como resultado que lo más importante dentro de las memorias no fuera la descripción historiográfica de los hechos, sino el recuento de las penalidades del personaje, inclinando la balanza por los detalles ficticios, y no por los históricos.

 

La Ilustración y el Romanticismo en fray Servando

Fray Servando -formado en una orden eclesiástica, como la mayoría de criollos de la Nueva España-, fue educado dentro de una cultura que incluía ideas de la ilustración; producto de una generación de criollos a la que empezaban a quedarle cortas las restricciones que tenía como colonia española y empieza a concientizarse en el romanticismo. En palabras de Edmundo O’ Gorman en su prólogo a la obra de fray Servando: “El padre Mier pertenece a la generación americana que asistió a la agonía del siglo XVIII y al alumbramiento del XIX.” (Mier 1994: V).

En los aspectos ilustrados de la obra, Fray Servando recurre al predominio de la razón humana por sobre todas las cosas. Todo el primer capítulo de las Memorias está dedicado a argumentar con fuentes y autoridades el motivo por el cual dijo lo que dijese en su sermón del doce de diciembre, amén de que, durante toda la obra critica a sus enemigos, calificándolos de ignorantes y ostentando siempre su erudición.

Por otro lado, Fray Servando fue un optimista del progreso humano, y en especial sobre el avance de la Nueva España: intentó buscar una identidad común en la Virgen de Guadalupe y en las fundaciones utopistas que integrarían más tarde el nacionalismo mexicano. En la introducción a su obra, Fray Servando apela al lector diciendo que escribe para que los demás no cometan los mismos errores que otrora él había cometido. Aprender del error para no tropezar dos veces con la misma piedra. Fray Servando describió con lujo de detalle las diferentes contingencias vividas por su alter ego, analizando antes de actuar, para así conseguir una justificación racional de por qué se desenvolvió de tal o cual manera. La búsqueda de la verdad por medio de la razón es la constante que lo obliga a seguir adelante aunque después tenga que huir por la puerta trasera, ya que “El martirio fue siempre admirado, pero tenía que estar al servicio de la verdad. Los cristianos admiraron a los mártires por ser testigos de la verdad.” (Berlin 2000: 29). Por tanto, no importaba lo que sufriera, mientras la verdad saliera a la luz. Al conseguir ésta, o al menos al morir luchando por ella -en este caso sería la verdad sobre su discurso de la aparición de la Virgen de Guadalupe-, adquiría un alto grado de honor y respeto.

Dejando a un lado la Ilustración en Fray Servando los tópicos románticos son igualmente transparentes. El primero se localiza en su inconformidad con los excesos europeos personificados en sus enemigos: el arzobispo D. Alonso Núñez Haro y el covachuelo Francisco Antonio León, acompañados de las mofas y caricaturas que Fray Servando hizo de ellos. El segundo es el aspecto devoto, por medio del cual todo lo ve a través de la lente espiritual, citando de continuo pasajes de la Biblia y de la tradición cristiana. Pero el rasgo romántico predominante a lo largo de las Memorias es el sentido introspectivo. Relata los sentimientos experimentados momento a momento. La “novela” gira en torno al protagonista Fray Servando, pues a más de mostrar un relato en primera persona, focaliza desde un primer plano en el que el “yo”, es lo más importante, dentro de una historia desarrollada con base en caracterizaciones festivas y tópicos estéticos que agrandan las proezas del personaje:

Así fue que siempre se me trató como reo de Estado, y al cabo se me acusó como tal, sin más fundamento ni prueba que el dicho informe preñado del arzobispo, y casi se me hizo morir en una prisión horrorosa, donde si salvé la vida, perdí un oído, salí cano y destruida toda apariencia de la juventud (Mier[a] 1988: 219).

En este pasaje está apelando a la piedad y simpatía del lector, para hacerle ver que en verdad sufrió estoicamente todas esas penalidades y, por una injusticia, pagó con fortaleza y juventud; pero capítulos más adelante relata el diálogo que sostuvo con un alcalde, y es entonces cuando el sufrimiento se convierte en ostentación, pues todo es vanidad:

Luego me preguntó el alcalde por mi edad, y respondiéndole era de cuarenta años. “Muy bien cuidado ha estado” -me dijo. De México salí de treinta y dos años, aunque apenas representaba veinticinco. A los cuarenta representaba treinta y dos; pero salí viejo y con canas de aquella terrible prisión. Las de los españoles no son para detener los hombres como deben ser, sino para matarlos (Mier[b] 1988: 201-202).

Inmerso en una época de transición política, social y retórica, la influencia de estas dos corrientes del pensamiento -la Ilustración y el Romanticismo- en la obra de fray Servando es muy clara; sólo basta echar un vistazo para hallar infinidad de planteamientos racionales (sobre todo en el aspecto jurídico), así como una gama de sentimientos encontrados dentro de un egocentrismo declarado. Todo esto, inserto en una serie de esquemas propios de las novelas picaresca y de aventuras fácilmente identificables, que permiten al autor introducir a su interlocutor en las situaciones descritas.

Tristes tópicos: la picaresca dentro de las Memorias

A pesar de que las Memorias de Fray Servando se inclinan más hacia la novela de aventuras, tienen un sinnúmero de pasajes picarescos que emulan los que aparecen en la Vida de Diego de Torres y Villaroel. Esta observación no es nueva; tanto los historiadores como los biógrafos de Fray Servando han coincidido en que no es otra cosa que un pícaro, como abundó Christopher Domínguez Michael en su reciente biografía [2].

Para Rusell P. Sebold el sujeto de su prólogo: “Torres es, y no es, pícaro; y del mismo modo en la Vida, él está, y a la vez no está, escribiendo un relato picaresco, según veremos cada vez con mayor claridad.” (Torres 1985: 55), y luego dice, “a diferencia del pícaro clásico, Diego no es en modo alguno un juguete del destino; sino que al contrario su Vida es, entre otras cosas, una epopeya de la voluntad humana en lucha contra las amenazas de la hipocresía […]” (Torres 1985: 66). Fray Servando comparte las mismas características: pasa una serie de penas provocadas por la injusticia de sus antagonistas, aunque al final logre resolver gran parte de estos problemas. Desde un principio, el pícaro sirvió como medio para mencionar lo que estaba mal en la sociedad de una manera divertida, a fin de que el eco de esas palabras llegara a un mayor público, es decir, un panfleto disfrazado de “tira cómica, cualidad detectable dentro de las Memorias.

La prosa de Fray Servando remite a los recursos retóricos de Francisco de Quevedo: es fácil, amena y ácida; la sátira y la ironía son estrategias perceptibles. Incluso, el autor implícito trata de encubrir su propia condición de pícaro, como si de alguna manera buscara justificar sus acciones al negarlas con la palabra; actúa como tal pero no está dentro de sus principios el hacerlo de forma consciente: “Mi candor excluye todo fraude. En vano mis amigos me han exhortado siempre a tener un poco de picardía cristiana, como ellos decían. No está en mi mano tener malicia” (Mier[b] 1988: 10).

Dentro de la encrucijada de lo que es pícaro y lo que no, Stanislav Zimic menciona que: “[…] esta relación entre la condición de Lázaro, en el momento de escribir su vida, y la articulación de su relato, sigue suscitando preguntas importantes, viejas y nuevas, todavía no contestadas de modo satisfactorio” (Zimic 2000: 16). ¿No se podría hacer la misma conjetura en nuestro caso? La única diferencia es que Lázaro es un personaje (hasta donde sabemos) ficticio; pero Fray Servando fue una persona de carne y hueso que decidió escribir esta historia basándose en su propia vida, carácter poco común dentro de la picaresca.

Diversos pasajes de las Memorias remiten a la novela picaresca que maneja los mismos tópicos literarios. Del siguiente pasaje del Periquillo Sarniento se pueden desprender dos detalles semejantes en el protagonista de Fray Servando:

Januario me hizo seña de que me callara la boca, y nos acostamos sobre la mesita de billar, cuyas duras tablas, la jaqueca que yo tenía, el miedo que me infundieron aquellos encuerados, a quienes piadosamente juzgué ladrones, los innumerables piojos de la frazada, las ratas que se paseaban sobre mí, un gallo que de cuando en cuando aleteaba, los ronquidos de los que dormían, los estornudos traseros que disparaban y el pestífero sahumerio que resultaba de ellos, me hicieron pasar una noche de perros (Fernández 1978: 167).

Este tipo de concomitancias esboza las condiciones adversas de los pícaros, acentuando cada vez más toda su mala suerte. Por fortuna Lázaro sólo tuvo que sufrirlo una vez, pero el padre Mier compartió incontables veces el sueño con tales alimañas:

Al cabo de tres días, aunque la sentencia del arzobispo no mandaba sino reclusión en el convento, se me puso preso en una celda, de donde se me sacaba para coro y refectorio y me podían sacar también en procesión las ratas. Tantas eran y tan grandes, que me comieron el sombrero, y yo tenía que dormir armado de un palo para que no me comiesen (Mier[a] 1988: 229).

Después de pasar esa penuria con los roedores, en otra cárcel tuvo que lidiar con piojos. Característica elemental de estos episodios es la comicidad con la que son contados -y de la cual disfruta el receptor-, aunque claro, nadie quisiera vivirlos en carne propia:

Todo el rigor del invierno, sin fuego ni capote, pasé en la nevera de aquel calabozo. La ropa se me había podrido en el cuerpo, y me llené de piojos, llené con ellos la cama, tan grandes y gordos que la frazada andaba sola; peor era que por el frío y no tener otro abrigo, me era preciso estar lo más en ella (Mier[b] 1988: 209).

La crítica social fue abordada de continuo por los escritores de la picaresca; Lizardi, en boca de Perico, advierte en su prólogo que “a quien le quede el saco que se lo ponga”, a propósito de lo siguiente: “De la misma manera digo: si en esta mi obrita hablo de los malos jueces […] ¿por qué al momento han de saltar contra mí los jueces […], diciendo que hablo mal de ellos o de sus facultades?” (Fernández 1978: 12). Mas lejos de ser una advertencia para el lector del Periquillo Sarniento, esto parece un aviso a todo aquel que lea las Memorias, en donde se ataca la incompetencia y corrupción de los magistrados, diciendo cosas como: “Entrad, cerdos, gritó, desesperado, un pastor de marranos, que largo tiempo se habían resistido para entrar en la zahurda, entrad como entran los jueces en el infierno; y se precipitaron todos de tropel a la puerta, entrando hasta unos sobre otros” (Mier[a] 1988: 277).

Al respecto Torres y Villaroel hizo alusiones semejantes, acusándose víctima de una serie de injusticias propiciadas por la credulidad de un juez ante habladurías que en apariencia no tenían fundamento; sin embargo como se verá líneas abajo, jamás niega haberlo hecho, sólo que se le acusó “injustamente”, aunque claro, jamás habría de confesar si lo hizo o no; precisa decirlo por el carácter subjetivo con el que se redacta en el género:

A mí, por más mozo o por más inquieto, me tocaron (además de otros disgustos) seis meses de prisión, padeciendo, por el antojo de un juez mal informado […]. El motivo fue haber hecho caso de una necia y mentirosa voz (sin poderse descubrir la voraz boca por donde había salido) que me acusaba autor de unas sátiras que se extendieron en varias coplas, y su argumento era herir a los que votaron en favor de la dicha alternativa (Torres 1985: 169).

El hambre es una constante en este tipo de relatos, por ejemplo, en el Lazarillo de Tormes, donde Lázaro se hace escolta con un escudero pretencioso que no tenía dinero ni para comer relata que: “Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la forma serme adversa.” (Anónimo 1961: 39) Con la misma hidalguía, Fray Servando, al estar en Roma, pretende ser una personalidad perteneciente a un estatus que había perdido desde ya hacía tiempo, por lo que se reservaba el derecho de pedir ayuda alimenticia: “Yo traté desde el principio con gentes muy distinguidas, especialmente literatas; pero incapaz siempre de descubrir a nadie mi miseria, pasaba hambres mortales” (Mier[b] 1988: 65).

Anécdotas semejantes se encuentran en el discurso de Fray Servando, como acontece cuando es apresado y va de regreso a los Toribios, lo que no hace sino corroborar el carácter estético literario que predomina en sus Memorias:

Me embarqué en la bahía de Cádiz con un cabo y dos soldados, porque León, para honrarme y asegurarse siempre me proveía de esta comitiva. Un marinero se agradó tanto de mí, que para cualquier apuro me ofreció y dijo su casa en el barrio de Chiclana, de Sevilla. Los soldados también se hicieron mis amigos; me proveyeron de una buena lima, que cosieron encubierta en el respaldo de mi chaleco; cosieron también 16 duros en un cinturón de lienzo para llevarlo a raíz de la carne, y yo oculté una buena navaja y una tijeras, como mis breves, en las vueltas de mi citoyén; y cátame otra vez, a los dos meses, en los Toribios, por disposición maligna del gachupín fraile procurador de México (Mier[b] 1988: 235).

Por último, pasadas todas las penurias, Fray Servando agradece haya llegado la calma después de su tempestuosa vida en el inicio de su discurso al formular la protesta de ley como diputado al primer Congreso Constituyente. Este agradecimiento vendría a ser el epílogo legitimador de todas sus pícaras correrías:

Señor: doy gracias al cielo por haberme restituido al seno de la patria al cabo de veintisiete años de una persecución, la más atroz y de trabajos inmensos; doy gracias al Nuevo Reino de León, donde nací, por haberme elevado al alto honor de ocupar un asiento en este augusto Congreso; doy gracias a V.M. por los generosos esfuerzos que hizo para sacarme de las garras del tirano de Ulúa; y las doy a todos mis caros paisanos por las atenciones y el aplauso con que me han recibido y estoy lejos de merecer (Robles 1974: 109).

Las Memorias diluyen el tono ácido-humorístico de la novela picaresca con los ingredientes de la novela de aventuras. Los elementos sicalípticos, así como el hambre y las malas condiciones de vida manifiestan los tópicos comunes a los que recurrió Fray Servando para elaborar su discurso, justificándose con la sentencia “nihil novum sub sole”.

 

La potestad transtextual de Don Quijote

Un atributo de las Memorias es que -al menos durante la primera parte- Don Quijote es un personaje recurrente. Es mencionado a menudo en un tono mordaz y socarrón a modo de evidenciar las injusticias por las que Fray Servando ha pasado. Aunque Cervantes ha influido en la literatura universal, no es frecuente que otros personajes citen las aventuras del Señor de la Mancha como acontecimientos históricos. En la primera alusión al héroe cervantino, Fray Servando lo confronta con su adversario por antonomasia -transformado en archienemigo-, cuando dice: “[…] para que me aplacase al arzobispo, que una vez embarazado del escudo, como su paisano D. Quijote, no era capaz de aplacarse hasta sepultar en una entera ruina al criollo follón y malandrín que se le ponía entre las cejas” (Mier[a] 1988: 103). La segunda aparición sucede al ser narradas las condiciones de un raro interrogatorio en el que “toda esa jerga se reducía a saber si tenía más pruebas, o si estaban en autores impresos, únicos que respetasen sus obras como el señor Don Quijote de la Mancha” (Mier[a] 1988: 119). Y Fray Servando relata la afición de una de sus principales fuentes para llevar a cabo el sermón sobre la Virgen de Guadalupe: “Asienta que Borunda desbarraba sobre el punto de antigüedades americanas, como Don Quijote sobre caballerías, y se ocupaba en comparar varios pasajes de su obra con las aventuras del caballero de los Leones” (Mier[a] 1988: 121). En uno de los pasajes más ocurrentes califica de ineptos y párvulos a los que han creído las charlatanerías del arzobispo. Para tal efecto narra uno de los lances más jocosos del último libro de caballerías a fin de resaltar lo absurdo de la situación:

Pero son responsabilísimos por haberse puesto a jugar títeres enfrente de manchegos expuestos a encalabrinarse y tomarlos por realidades, como le sucedió a D. Quijote con el totilimundi de maese Pedro. Al ruido de los atabales, moros, gaiteros, Melisendas, etc., el hombre se creyó en su obligación de acudir en su calidad de caballero andante, sacó su tizona y no dejó títere con cabeza en el retablo; y si maese Pedro no agazapa tanto la suya, se la taja, como me ha cortado a cercén mi honor el redactor del edicto (Mier[a] 1988: 133).

En una de las últimas alusiones al ingenioso hidalgo, no se hace mención de él, sino a una de sus virtudes, al parecer ausente en esta aventura: “Pero no estaba la mansedumbre en el genio de nuestro caballero de la Mancha; era menester ruido, atropellamiento y exceso” (Mier[a] 1988: 186).

En los episodios citados se ve que en primer lugar Fray Servando dejó constancia de su vasta cultura y de la buena memoria con que contaba -las Memorias fueron redactadas durante su cautiverio en el castillo de San Juan de Ulúa bajo condiciones que no le permitían el acceso a una biblioteca-. En segundo lugar, no alude al Quijote como un personaje literario, sino que le da nueva vida con cada incidente, bordando el contenido de su obra en el hilo tenue entre la ficción y la realidad, lo que dará por resultado un contrafuerte más a la cualidad literaria de las Memorias.

 

De fugas y novelas bizantinas

El lance figura entre los abundantes tópicos literarios en que incurren las Memorias; la mención de que lo relatado son aventuras es un trasunto que comparte con Villaroel, quien primero se disculpó con el lector por no poder contar más pues: “Omito también las narraciones de otros enredos y delirios, porque para su extensión se necesitan largos tomos y crecida fecundidad […]” (Torres 1985: 172). A la postre Torres y Villaroel transcribió de manera explícita la palabra “aventura” al decir que: “Prólogo fue del libro de mis desgracias esta melancólica aventura, porque detrás de ella se vino paso a paso mi ruinoso destierro, en el que padecí prolijas desconveniencias, irregulares sustos y consideraciones infelices” (Torres 1985: 193).

Las novelas de aventuras como las de caballerías sostienen su trama en el periplo de un caminante que se enfrenta a múltiples contingencias: batallas, desafíos, romances, pérdidas, escaramuzas, y tráfagos en un espacio exótico, lejano. Las Memorias se integran a esta tipología de correspondencias con la literatura popular que “no procura ser ‘original’” (Ducrot 1980: 180). Baste recordar que nuestro desafortunado personaje asistió a la histórica batalla de Trafalgar y a otras más que buscaban la independencia de la Nueva España. El arzobispo Núñez Haro lo desafió por su condición de criollo, empecinado en que se hundiera hasta lo más profundo. Su amor fue el de un devoto espiritual como lo era Fray Servando: la Virgen de Guadalupe en tanto madre de los mexicanos. Fray Servando lo pierde todo, aún lo más importante: su libertad. Después de numerosas persecuciones logró volver al suelo que lo vio nacer. Gracias al proceso en su contra -como ironía-, transitó por lugares lejanos: España, Italia y Portugal. Y por si no fuera suficiente recorrió Francia, país exótico en su época debido a la Revolución y a la mudanza de la civilización hacia una forma de gobierno desconocida.

Se incrusta en las Memorias un elemento más de la novela bizantina: la inserción de adefesios y seres fabulosos que los protagonistas van encontrando a su paso. Fray Servando no será menos legendario e irá fabricando los propios:

[…] vi desde Montmarsan, a ocho o diez leguas de Bayona, hasta París, hombres y mujeres morenos, y éstas feas. En general las francesas lo son, y están formadas sobre el tipo de las ranas. Malhechas, chatas, boconas, y con los ojos rasgados. Hacia el norte de la Francia ya son mejores (Mier[b] 1988: 21).

Y dentro de las aventuras, por si lo antes citado no bastase, hay mascaradas. El protagonista asiste a unas carnestolendas donde la gente enloquece durante tres meses y vuelve a la cordura con la ceniza del Miércoles Santo: “En los tres días últimos del Carnaval, a las tres de la tarde, la campana del Capitolio toca a máscaras y se llena Roma de ellas, mudando hombres y mujeres de traje y vistiéndose de mil figuras.” (Mier[b] 1988: 112) Y para rematar, como acto de ilusionismo, ve con agrado el espectáculo pirotécnico que se presenta, relatando:

Por ese tiempo de Carnaval suele haber el espectáculo de la Girándola en el castillo de Sant´Angelo. Se hacen allí por algún rato fuegos artificiales, y luego, de improviso, se ve una explosión de pólvora que, elevándose por los aires, forma, los ocho o diez minutos que dura, una perspectiva de tantos y tan brillantes colores, que encanta (Mier[b] 1988: 115).

Otra constante en el texto es la astucia con la que logra escapar de todas las cárceles en las que ha sido confinado; al principio se rehúsa a realizar cualquier cosa que atente contra la ley o la moral, pero desesperado por las condiciones infrahumanas de sus celdas, invariablemente termina realizando alguna fuga creativa y divertida. Baste recordar algunas:

—“Entonces vi que no había otro remedio contra mi persecución, que lo que Jesucristo aconsejó a sus discípulos: cum persecuti fuerint vos in hac civitate, fugite in aliam. Las rejas de mi ventana asentaban sobre plomo, y yo tenía martillo y escoplo” (Mier[a] 1988: 230).

—“Con el atado de la ventana comencé a descolgarme en el punto de media noche, hora en que el fraile centinela se retiraba con ocasión de los maitines; y mientras hubo ventanas en que estribar, bajé bien; pero después, con el peso del cuerpo las manos se me rajaron, y sin saber de mí bajé más aprisa de lo que quisiera. Cuando por lo mismo pensé hallarme hecho tortilla en el suelo, me hallé a horcajadas en la extremidad del cordel, que estaba doblado” (Mier[b] 1988: 12).

—Una noche, a las once, bañando con agua la pared, comencé a desmoronarla con un clavo alrededor de la ventanilla de hierro y alambres de mi prisión” (Mier[b] 1988: 229).

Las Memorias de Fray Servando hacen uso de los múltiples recursos de la novela bizantina, narrados en una prosa exquisita y amena. Sólo faltó el final feliz, pues quiso la mala fortuna que el relato diera fin en una celda del castillo de San Juan de Ulúa. Mas por si pudiere quedar un ápice de duda, el mismo fraile mencionó constantemente que todo es una aventura, escriturando párrafos como el que continúa:

Emprendí mi viaje de 300 leguas con una onza de oro, doble de lo que saqué de Madrid a París, y así como llegué a éste en coche, también entré en Roma. Se deseará saber cómo sucedió esto, especialmente siendo yo incapaz de trampa, engaño o intriga. No acabaría de contar las aventuras a que daba lugar mi pobreza y mi sencillez (Mier[b] 1988: 59).

Fray Servando escribió sus Memorias dentro del castillo de San Juan de Ulúa y mantenía aún una ideología conservadora; todavía era de sus preferencias políticas el gobierno de un rey justo, y no el gobierno de un sistema desconocido como hasta entonces resultaba ser el republicano -prueba fue su asistencia a las Cortes de Cádiz-. Sin embargo más tarde aceptaría de buen grado -aunque con sus reservas-, la ideología republicana.

Para concluir: dentro de la literatura, los viajes de iniciación abundan. Paradigma tal se puede consignar en las novelas de aventuras que, como en este caso, se diluyen con características de la picaresca; el periplo de Fray Servando se prolongó toda su vida; mas en definitiva, fue un peregrinar que distó de carecer de divertimento y de arrojo; siempre investido de figuras literarias y de relieve. El discurso servandino fue producido en una época de transición, entre la Ilustración decadente y los albores de un naciente Romanticismo en las Américas; la conjunción de estos dos elementos creó una obra híbrida, puente, rica en elementos, con el fluir de consciencia en medio de las vicisitudes, como las explicaciones introspectivas manadas del sentir del protagonista, y por si no bastara, señala el sendero de la literatura fundacional decimonónica en su estructura lúdica del subjetivismo de la historia, como quedó asentado en los títulos y autores. Los elementos analizados sugieren que las Memorias deben ser consideradas como correspondientes a la literatura, dado que la veracidad de los eventos es puesta en tela de juicio por factores diversos, como la lejanía temporal entre lo sucedido y la redacción del discurso, la fluidez entre situaciones inverosímiles y situaciones históricas, o el detalle hipertextual de que don Quijote figure como un personaje más. El objeto de este ensayo ha sido desentrañar de la obra de Fray Servando, al literato detrás del historiador, quien hubo de vivir -en palabras de Reinaldo Arenas-, El mundo alucinante [3].

París, Francia, verano de 2009.

 

Notas

[1] En 1810 comenzaron las Cortes de Cádiz como respuesta a la invasión napoleónica hacia la península ibérica, teniendo como resultado en 1814 la primera constitución española. Si bien es un dato completamente histórico, resulta inverosímil que Fray Servando, siendo perseguido por la justicia, haya podido participar en ellas, por lo que comienzan a surgir resquicios en la veracidad histórica del relato.

[2] Me refiero a la biografía de Christopher Domínguez Michael titulada Vida de Fray Servando editada por ERA/CONACULTA en el 2004.

[3] La novela El mundo alucinante. Una novela de aventuras retoma la vida de fray Servando desde el punto de vista de lo “real-maravilloso”, exagerando datos y características que en mi opinión ya eran suficientemente hiperbólicos en la obra del padre Mier.

 

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[*] Martín Hernández Cortés. Tesista de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ex/asistente de investigador del Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Colaborador de José T. Espinosa-Jácome de la División de Letras de la Ball State University of Indiana.

 

© Martín Hernández Cortés 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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