Juan Bautista Pomar, el sujeto cercenado [1]

María Inés Aldao

Universidad de Buenos Aires
inesaldao@hotmail.com


 

   
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Resumen: Relación de Texcoco de Juan Bautista Pomar, cronista mestizo que culmina su obra en 1582, no consiste simplemente en una respuesta a los cuestionarios enviados por Felipe II a América. Resulta un texto complejo, desde la labor de investigación del autor que supone un intenso relevamiento de información a partir de encuentros con ancianos nativos hasta la densidad retórica comprendida por componentes tan disímiles como la cultura originaria y la formación colonial. De aquí que sea un texto fuertemente escindido en el que conviven, al mismo tiempo y en estrecha relación, lo indígena y lo español.
    Juan Bautista Pomar es el mestizo cercenado entre dos culturas que, de igual forma, influyen sobre él y su escritura. Relación de Texcoco es un texto trasvasado por diversos componentes culturales que producen una crónica sumamente sugestiva, por su información fundamental y su complejidad retórica.
Palabras clave: Conquista - Mestizaje - Aculturación - Escisión - Retórica

 

El sujeto desconocido

Poco se sabe de Juan Bautista Pomar y escasos análisis de su obra se han hallado. Algunos puntos de contacto entre los pocos críticos que se han ocupado de su figura son que este cronista mestizo, hijo de español e india (hija natural de Netzahualpilli, último gobernante de Texcoco) y nieto de Netzahualpilli, último gobernante de Texcoco) y nieto de Nezahualcóyotl, nació en 1535 y murió en 1590.

Criado como cristiano, aprehendió las costumbres y tradiciones aztecas de su madre. Hablaba con igual fluidez español y náhuatl. Pertenece, al igual que Diego Muñoz Camargo y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, al grupo de indios letrados que no limitaron su acción a apoyar la cristianización sino que, también, dedicaron su vida a la defensa de sus privilegios y jerarquías (Gruzinski, 2007: 68).

Tres textos son de su autoría. El primero, Relación de Texcoco, finalizada en 1582. Por otro lado, un conjunto de poemas en náhuatl, Romances de los señores de Nueva España, que algunos historiadores fechan en 1585. Por último, fuera del ámbito literario, Pomar compuso un relato con el fin de conseguir el legado de su abuelo, sin éxito (Garibay, 1987: 19).

En Relación de Texcoco, Pomar responde tardíamente a un cuestionario encomendado por Felipe II en 1577 (Adorno, 2006: 73). Para esto, se entrevista con ancianos nativos, quienes traen a la memoria los viejos rituales de su gente. Este dato resulta fundamental dado que esta relación, no fue escrita por propia voluntad, sino que responde a las obligaciones de los habitantes de su época.

El texto fue publicado en 1891 por García Izcazbalceta. El original se ha perdido. Sólo queda una copia de la época que, desde la década del `20, permanece en la Biblioteca Nettie Lee Benson, de la Universidad de Texas, Austin (León-Portilla, 2003: 24).

 

El sujeto cercenado

Algunos autores han planteado que Relación de Texcoco [2] resulta un mero panegírico de Pomar hacia el pueblo texcocano. Sin embargo, el autor transmite en su texto una interesante documentación de las historias que le son narradas, serias reflexiones sobre indígenas y españoles y su percepción sobre los procesos de colonización y aculturación. De esta manera, a través de una valiosísima información que los españoles no hubiesen podido descubrir (Levin Rojo; Navarrete, 2007: 62), Pomar se posiciona entre conquistadores y conquistados. Ni uno ni otro quedarán exentos de sus severos juicios.

El carácter de mediador entre los representantes ancianos de los texcocanos y los funcionarios de la Corona produce un entrecruzamiento entre lo contado y lo respondido, transformando el relato en escisión y, al mismo tiempo, en estrecha relación entre lo indígena y lo español.

Como en todo mestizo, la figura de Pomar se encuentra atravesada por fuertes marcas de aculturación, más allá de la elección idiomática relacionada con la obligatoriedad del texto. Esto se configura a través de tres procedimientos discursivos: el distanciamiento de la cultura originaria, el acercamiento a esa misma cultura a través de la descripción del pasado y las operaciones textuales de un cronista que se posiciona entre la cultura a revalidar y las formas ligadas a la cultura impuesta. De esta manera, su retórica se conforma a partir de un distanciamiento que se manifiesta en varios rasgos preponderantes de su discurso.

En primer lugar, la distinción nosotros/ellos que entra en juego permanentemente en la descripción de ritos y lugares indígenas y en la explicación etimológica de vocablos en náhuatl: “era tan abominable entre ellos este delito que la mayor afrenta y baldón que uno podía hacer a otro era llamallo cuilon, que quiere decir puto en nuestra lengua” (58); “Tenían el año de trescientos y sesenta y cuatro días, de manera que conforme a nuestro calendario diferían del nuestro en un día y seis horas” (70); “Las enfermedades que comúnmente suceden a los indios son calenturas y fiebres, que se curan con sangrías a nuestro modo, y purgas de la tierra de que ellos usan” (83-84). Estos y otros varios ejemplos muestran de qué forma Pomar se posiciona en la cultura “nuestra”, la del sujeto colonial (no español) que realiza a la vez una operación de reconocimiento, aceptación y distanciamiento del “ellos”, que no es el indio conquistado sino el indio partícipe del pasado glorioso texcocano. De aquí que predominen los pronombres posesivos “su” / “sus” para dar cuenta de lo ajeno de la cultura descripta. Paradójicamente, el acercamiento temático no puede sino acentuar el distanciamiento.

Encontramos otra marca en la minuciosidad descriptiva que prefigura la conciencia de un destinatario español. Los temas que mayormente comprenden un nivel alto de detallismo son el origen del reinado texcocano (capítulo XIII), los sacrificios e idolatrías (capítulo XIV) y las costumbres del pueblo (capítulo XV) [3]. Pomar resalta, enfatiza, insiste en costumbres y elementos que le son más ajenos que propios. A través de una supuesta superioridad espiritual de los texconanos, pretende mejorar la posición de la nobleza indígena en un mundo ya catolizado (Levin Rojo; Navarrete, 2007: 63).

Las descripciones del mestizo satisfacen no sólo a los funcionarios virreinales sino, por sobre todo, a sí mismo. Su presente no es, precisamente, continuum de aquel pasado sino que se delinea a partir de elementos diversos que debe investigar y expresar para (re)conocer(se).

Por último, destacamos la severidad de algunos juicios que provienen de su formación católica y que escapan del intento de objetividad que caracteriza al texto. Pomar regaña a los pocos miembros de la realeza que no reflejan el pasado prestigioso. Por ejemplo, al relatar la historia de Texcoco y presentar a Cacamatzin, su último rey, plantea que “por haber sido muy vicioso, no se tratará de él en esta relación, sino de Nezahualpiltzintli, su padre y de Nezahualcoyotzin, su abuelo, por haber sido hombres muy virtuosos” (27). Selecciona lo más célebre de ese pasado que alaba y adecua su discurso a sus observaciones católicas.

En torno a los sacrificios, cabe destacar la prolijidad con que Pomar describe aquello que, como cristiano, no comprende: los rituales religiosos son detallados, a su vez, para sí mismo, como punto de disyunción con esa cultura que idealiza casi en su totalidad. Son estos una “diabólica invención” (39), para los que se valían de “sacerdotes servidores del demonio” (41,42). A través del riguroso juicio de lo único denostable de sus antepasados, aquellos “espantosos sacrificios” (45), “tan horrendos” (46), Pomar se posiciona en un lugar de cronista similar al de los frailes misioneros, como Fray Toribio de Motolinía [4].

Con similitudes discursivas, Pomar asocia el politeísmo de los indios con una mentira (“el engaño en que vivían”, 49) y describe a los dioses indígenas con una mirada de historiador que refleja más una mezcla de curiosidad, fascinación y rechazo que una respetuosa adhesión (30).

Un segundo procedimiento es el acercamiento a su cultura originaria. Esto se realiza a través de diversos ejes. En primer lugar, las permanentes referencias a las fuentes indígenas que le permitieron recopilar la información necesaria para la relación. Esta investigación se hizo “habiendo primero hecho muchas diligencias para ella, buscando indios viejos y antiguos inteligentes (…) y cantares antiquísimos” (21). En segundo lugar, un intento de objetividad como cronista capaz de diferenciar lo bueno y lo malo de sus antepasados. Pomar distingue “las costumbres buenas y malas” (49) y releva el papel del arte entre los indígenas. Sin embargo, incurre en momentos idílicos e hiperbólicos al narrar las formas de justicia en Texcoco. Además, toma partido por el pueblo indígena en general: “los indios son muy domésticos y pacíficos unos con otros” (71), “eran fidelísimos y constantes en toda adversidad” (80) y otras expresiones que podemos encontrar en, por ejemplo, Bartolomé de las Casas [5]. Así presenta ese virtuosismo que caracterizaba a Texcoco dejando entrever que la causa de su actual inexistencia es el proceso de colonización que arrasó con la cultura indígena [6]. Sin embargo, el movimiento resulta más una aproximación al lugar común de las crónicas misioneras que una postura firme y convincente.

Por otra parte, su acercamiento a esta cultura se acrecienta en las duras críticas al proceso de conquista, enquistadas en tres problemáticas: la destrucción de las fuentes de información (22, 28), la irrupción de las pestes por parte de la llegada de los españoles (82) y el sometimiento al trabajo forzado y reducción al servilismo (82). La relación entre vencedores y vencidos, caótica y heterogénea, produce formas de mestizaje que se relacionan con el afán de supervivencia (Gruzinski, 2007: 91). De aquí que Pomar silencie datos que podrían comprometerlo con las autoridades coloniales. Empero, por otra parte, denuncia fervientemente la desaparición de los códices, quemados por los conquistadores (Martínez Marín, 2003: 31).

Es en este punto en el que Pomar representa más hondamente la mitad indígena de su condición de mestizo. Aunque las críticas no son extensas, portan una agudeza y densidad que revierte el distanciamiento. Construye su figura desde un profundo pesar que pareciera sentir ante la paulatina desaparición de lo poco que queda del legado y que se refleja en estas páginas finales, a nuestro parecer, las más sentidas de la relación. Se muestra dolido por el presente de su pueblo y denuncia que “los tratan muy peor que si fueran esclavos” (83). Si bien la revalidación del pasado a partir de la crítica a los españoles resulta un lugar común de la retórica mestiza y que, precisamente, esta condición lo exime de tamaña opresión, no puede sino denunciar que ese célebre pasado devino en un pueblo casi extinto a causa de la acción del español.

Por último, reconocemos en Relación de Texcoco diversos rasgos que posicionan al autor en el centro mismo de ambas culturas. Si bien percibimos una alabanza permanente a ese pasado áureo que ya no existe, la forma de manifestarse se liga fuertemente a normas propias de la cultura impuesta.

Por un lado, distinguimos un claro y constante manejo discursivo por parte del enunciador que, conciente de la importancia de sus respuestas, ordena, secuencia y brinda hábilmente la información: “de lo cual se tratará adelante” (37), “como en su lugar se dirá” (38), “volviendo a los sacrificios” (45), “No se pudo saber este misterio y significación, por eso se pasa delante” (46), “en la forma que se ha dicho y pintado” (66).

De igual forma, notamos el acatamiento a la Corona mediante la elaboración de este cuestionario en frases como “aunque de él hay mucho escrito, por satisfacer a este capítulo se dirán algunos de sus aprovechamientos” (95), “tienen otras muchas plantas, raíces, yerbas buenas y malas, de que no se trata por no hacer largo proceso en esta relación” (96). Es conciente de que su condición de mestizo más la ardua labor de recolección de la información devendrán en un texto creíble, que porta en sí mismo una dura crítica al proceso de conquista como un estrangulamiento de la cultura originaria.

Por otra parte, la tercera persona se alterna con una primera persona que aparece para brindar verosimilitud al texto (rasgo muy común en el ya citado Bartolomé de las Casas) en un vaivén entre lo ajeno y lo propio. Abunda el impersonal en casos como “no se ha podido saber” (26), “se averiguó que Nezahualcoyotzin” (35), “No se pudo saber por qué se hacía” (47). Asimismo, la primera persona aparece hacia el final para dar cuenta de la veracidad de la información y relevar su estatuto de cronista: “Yo alcancé a conocer uno de los embajadores, que se llamaba Tlalcoyotl (…), del cual supe muchos secretos y antigüedades” (72), “Yo, por apurar más esta verdad, lo he preguntado a algunos tlaxcaltecas, hombres viejos y de autoridad, y me han confesado ser verdad” (74), “yo me acuerdo que por la sequedad del año apenas se podía navegar” (87).

Además, incurre en otra estrategia de la retórica de los cronistas españoles: las comparaciones con España, sin haber estado allí. Los frutos, los árboles, la verdura y los animales son objeto de comparación, al igual que en Diario de viaje, de Colón [7], con la diferencia de que Pomar compara a raíz de una operación de escritura típicamente española y no de la experiencia directa.

 

Conclusión

La aculturación es siempre un proceso de imposición y, por lo tanto, de violencia. De aquí que, al producirse un distanciamiento que dificulta la aproximación de la cultura del otro, la narrativa de la conquista separe al sujeto colonial de lo que éste narra.

Con un estilo que nos remite a conocidos cronistas (Colón, De las Casas, entre otros) y desde el afán tanto histórico como político, nuestro autor se centra en los testimonios antiguos para gestar un texto que resulta mucho más subjetivo de lo que, a simple vista, parece. Pomar representa al mestizo completamente escindido entre dos culturas que, de igual forma, influyen sobre él y su escritura y que decantan en una crónica sumamente sugestiva, por su información fundamental y su complejidad retórica.

Juan Bautista Pomar se posiciona en un lugar que no corresponde ni al del colonizador ni al del colonizado. Es el sujeto cercenado por diversos componentes culturales que lo trasvasan con la misma fuerza.

 

Notas

[1] Este trabajo es una continuación de la ponencia “Alteridad y aculturación en Relación de Texcoco, de Juan Bautista Pomar”, II Congreso Internacional Cuestiones críticas, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, 28 al 30 de octubre de 2009.

[2] Pomar, Juan Bautista, Relación de Tezcoco en Vázquez, Germán (Ed.), Relaciones de la Nueva España, Madrid, Historia 16, 1991. De aquí en adelante, figuran entre paréntesis los números de página correspondientes a esta edición.

[3] Ejemplo de esto son los numerosos dibujos realizados por el mismo autor que complementan el texto pero que no se conservan. Estos dibujos reflejan la meticulosidad descriptiva y la curiosidad de la mirada extrañada para con un pasado que intenta acercarse a través de la relación.

[4] Motolinía, Toribio de Benavente (1985): Historia de los indios de la Nueva España. Madrid, Castalia.

[5] Las Casas, Bartolomé de (1992): Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Barcelona, Cambio 16.

[6] Por otra parte, Pomar plantea que los mismos indios criticaban aquellas actitudes que muchos españoles rechazaban en ellos: la ebriedad, la vagancia, la lujuria, el despotismo de los monarcas, la crueldad de las guerras, etc.

[7] Colón, Cristóbal, Diarios, Bogotá, La oveja negra, 1996.

 

Bibliografía

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© María Inés Aldao 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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