Representaciones en juego: La Masculinidad y la Feminidad en entredicho
(Comentarios en torno a La huella del bisonte, de Héctor Torres)

Rosmar Brito Márquez

Universidad Pedagógica Experimental Libertador.
Instituto Pedagógico de Maracay, Venezuela
rosmyte@hotmail.com


 

   
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Resumen: El presente trabajo propone un acercamiento a la novela La huella del bisonte (2008), del narrador venezolano Héctor Torres, en la cual se precisa una serie de rasgos que permiten afirmar la existencia de un cuestionamiento a los patrones tradicionales asociados con los roles de lo masculino y lo femenino. En tal sentido, en un primer momento se reflexiona acerca de las imposturas del orden que, maniqueamente, ha construido los modelos según los cuales deberían regirse hombres y mujeres, pero que han sido cuestionados desde planteamientos como los de Bonaparte (1997), Boscán Leal (2007), Foucault (1998) y Torres (2007), entre otros, quienes fundamentan la investigación que conduce a develar, en una segunda parte, las elaboraciones que se fraguan en el espacio ficticio ya citado. Cabe resaltar que la perspectiva adoptada desde los estudios de género muestra las inconsistencias de añejas representaciones que no logran dar cuenta de las identidades y subjetividades en juego en el marco de la contemporaneidad.
Palabras clave: Representación, estudios de género, identidad, masculino/femenino, contemporaneidad.

 

La crítica literaria actualmente está buscando evidencias de un libreto completamente distinto del que escribió para nosotros/as la literatura sagrada.
Carolyn G. Heilbrun

 

Hacia el Desenmascaramiento de las Sinrazones… Algunos Apuntes Teóricos

Los estudios de género han abierto esclusas para la afluencia de amplios torrentes críticos centrados en la reflexión acerca de las construcciones sociales que atribuyen actitudes y comportamientos a los sujetos, quienes históricamente han sido condicionados por su sexo. Esto significa que, de acuerdo con criterios fisiológicos (no del todo válidos, sino manipulados culturalmente desde las esferas de poder androcéntrico), se han determinado las formas específicas y permitidas de ser y hacer en sociedad, lo cual implica, por supuesto, los límites de las actuaciones en cada uno de los roles [1]. Sin embargo, ya es un hecho admitido que estas elaboraciones son producto de las convenciones sociales y no rasgos inherentes y por tanto indisociables de la persona. Es esclarecedora la afirmación de Torres (2007: 228), para quien: “La feminidad y la masculinidad pertenecen al orden de lo imaginario y lo simbólico, es decir, al orden de las representaciones”. La asunción de esta perspectiva permite desmontar mitos y tabúes en relación con el desempeño de hombres y mujeres e, igualmente, posibilita la revisión de los discursos que han fundamentado el sistema de inclusiones y exclusiones para determinar la asignación de espacios a los individuos y, en consecuencia, han delimitado las imágenes y las expectativas en torno a ellos, lo cual es perceptible, obviamente, en el discurso literario que es el centro de nuestro interés.

La dinámica generada por el estudio e investigación acerca de las jerarquías impuestas por el orden patriarcal ha conducido a un número creciente de críticos y críticas de diversas disciplinas a indagar acerca de los orígenes del movimiento feminista. En tal sentido, Boscán Leal (2007) enhebra un hilo de continuidad entre las primeras luchas reivindicativas tendentes al logro de derechos sociales y su subsecuente transformación y actualización según la época, la concepción política e ideológica, así como las condiciones particulares de cada contexto (país, región). Se destacan los desarrollos y orientaciones actuales del feminismo para hacer énfasis en cómo los cambios propulsados por las mujeres, sobre todo, desde la segunda mitad del siglo XX, han afectado a tal punto el devenir social que también resulta indispensable proponer estudios acerca de la masculinidad. De este modo (seguimos a Boscán Leal), a partir de los años sesenta de la centuria pasada, en los Estados Unidos, los estudios de la mujer representaron la posibilidad de asumir el ámbito académico para reflexionar y debatir sobre los alcances, la pertinencia y la orientación de la problemática femenina. Ahora bien, más allá de designaciones y radicalismos que ya se van haciendo tradicionales, la circunstancia presente reclama la opción de superar ciertos maniqueísmos y antítesis para procurar espacios de auto-conciencia y diálogo en relación con la construcción de las identidades contemporáneas (tanto masculinas como femeninas).

Creemos que en esta dirección apuntan los trabajos de Bonaparte (1997), La Cecla (2005) y el ya citado Boscán Leal (2007), quienes coinciden en plantear la masculinidad como una ardua y permanente elaboración en que han sido atrapados los hombres. En concordancia, resulta un lugar común y superado que la discusión concerniente al género “es sólo un asunto de mujeres”. De este modo, cualquier intento de banalizar, ridiculizar o desestimar la cuestión debe ser visto como una estrategia de quienes por ignorancia o comodidad intentan evadir la responsabilidad de plantearse las causas y consecuencias del orden social que, indiscutiblemente, se expresa en los diferentes discursos, incluido el literario, por supuesto. Para los citados autores, la complejidad de la dinámica actual se percibe en la imposibilidad de mantener y representar un modelo único de masculinidad porque, según ellos, es más verosímil y pertinente hablar de masculinidades. Esto parece ser factible debido a los argumentos esgrimidos por las diferentes vertientes feministas (independientemente de sus orientaciones y discrepancias) negadas a acoger un patrón universal e intemporal para las mujeres, antes bien, se han reconocido múltiples variables incidentes en la construcción de las subjetividades (etnia, clase social, grado de instrucción, religión, entre otras). Los teóricos de la masculinidad se han apropiado de estos conceptos para explicar cómo los hombres se hallan expuestos a un modelaje permanente que pretende acorralarlos en una racionalidad que los priva de desarrollar y, sobre todo, exteriorizar facetas propias de peculiares caracteres y temperamentos que dan cuenta de la diversidad.

Dicha pluralidad conduce a los varones a asumir actitudes y a emprender acciones variadas en relación con las mujeres y lo femenino. Encontramos, desde posiciones radicales que intentan preservar lo que estiman es un derecho adquirido (actualizadoras de la dicotomía dominación masculina / sujeción femenina), pasando por una indiferencia más o menos arrogante, hasta aquéllos que reciben el nombre de feministas o profeministas por sumarse a las causas tradicionalmente femeninas, pero de las que ahora ellos están conscientes que son partícipes. Con referencia a este último grupo, sostiene Boscán Leal (2007: 60) que:

Los profeministas son más bien partidarios de construir alianzas y coaliciones con otros grupos y movimientos progresistas, tales como el feminismo […]. Rechazan la concepción del varón como un ser intrínsecamente malo, opresor y sexista. Creen que los varones pueden cambiar y por eso apoyan todo esfuerzo por parte de los mismos para un cambio positivo.

Vale decir que la anterior consideración entraña una epistemología más acorde con la sensibilidad del presente momento en la que la conjugación de saberes y experiencias deviene indispensable para procurar espacios realmente habitables, esto es, en los que coexistan armónicamente los seres, porque prevalecen el respeto, la tolerancia y, sobre todo, el reconocimiento hacia las diferencias. A este respecto, sería fundamental trascender la noción de máscara (en los términos empleados por Bonaparte, 1997, con evidente fundamento en los aportes teóricos provenientes del psicoanálisis), por cuanto no responde más que a la proyección de los estereotipos sociales. En concordancia, los varones portarían las máscaras viriles, mientras las mujeres se pondrían las de sumisas, lo que significaría repetir un rol de manera exánime y carente de sentido (aunque también podríamos asistir a la representación “interesada” de dichos papeles, por ejemplo, el personaje Karla, en La huella del bisonte, a partir del cual, según como lo vemos, se produce una puesta en escena de “las estrategias del débil", sobre la que nos detendremos más adelante). En todo caso, la reiteración de ciertas conductas daría cuenta de prácticas tradicionales de dominación establecidas por la costumbre. Será ésta la razón que lleve a Bonaparte (op. cit) al escepticismo en torno a la transformación de las sociedades. Para él, es más lo que se ha mantenido que lo que ha cambiado, puesto que el ejercicio de la conducta es producto de un proceso continuo de aprendizaje que se inicia en la más temprana infancia y se refuerza a lo largo del tiempo bajo la influencia de las instituciones que perpetúan lo construido socialmente como “normal”, traducido en la asunción de las máscaras anteriormente referidas.

Ahora bien, el juego cotidiano de sujeción a modelos predeterminados por la costumbre es lo que denomina Bonaparte (1997: 138): “un invento de la historia”. Una elaboración basada en dicotomías que privilegian la figura masculina sobre la femenina con base en una pretendida superioridad del varón, no sólo en cuanto a dotación y potencial físico sino intelectual, confinando a las mujeres al ámbito de las emociones. Sin embargo, advierte Bonaparte (1997: 141-142): “Por la fragilidad de la identidad masculina, la afirmación final de la masculinidad reside en el poder sobre las mujeres”, con lo que se deconstruye el mito de la invulnerabilidad del modelo en la medida en que se toma conciencia del estereotipo: por una parte, la superioridad no depende del hombre en sí o por sí mismo, sino de su acción de sometimiento sobre la mujer; por la otra, termina cayendo en la trampa de una racionalidad desvinculada de la expresión afectiva, porque es muestra de debilidad. Insiste Bonaparte (1997: 139):

Esa cuasi omnipotencia otorgada muchas veces a los varones por la mera razón de su sexo, presenta sus riesgos y puede dar lugar a frustraciones. Si en algún momento ellos pierden la protección que les dan sus privilegios y deben competir con las mujeres en igualdad de condiciones, pueden ser superados por sus compañeras y sufrir inseguridades y ansiedades a causa de tales circunstancias. Tampoco es muy reconfortante para ellos saber que triunfan porque las cartas están marcadas.

La anterior reflexión contribuye a re-situar los nexos entre ambos sexos. Toda construcción cultural que no plantee una visión amplia y desprejuiciada de los individuos termina, indefectiblemente, por anular a los sujetos. Por imponerles modelos irrealizables en la práctica cotidiana. Por ende, lo que se requiere es el aprendizaje de variantes que se constituyan en alternativas. Resulta indispensable la develación de los artificios esgrimidos bajo criterios naturales o esencialistas que han reducido ostensiblemente el radio de acción y realización de hombres y mujeres. En esta línea de pensamiento entendemos trabajos como el de La Cecla (2005), porque es una muestra significativa de las transformaciones operadas dentro del imaginario de lo que podría llamarse una masculinidad hegemónica. Así, plantea cómo las convenciones sociales y su acatamiento instauran usos acordes con una tradición que ha comenzado a ser revisada y estudiada porque en torno a ella emergen problemas asociados con la identidad. Aunque el texto propuesto por La Cecla está circunscrito a la esfera de lo masculino, ocurre lo mismo que en los casos de los otros autores aludidos en el presente trabajo: es inevitable la referencia hacia las mujeres como entes biológicos y la elaboración cultural que de ellas se ha hecho, la feminidad.

Torres (2007: 206), ya citada al principio del este escrito por la coherencia de su visión en torno al tema que se viene desarrollando, recuerda que para Lacan la mujer es un invento del hombre y afirma: “Pensamos que no la inventó, pero sí la legisló, y al hacerlo tuvo que ordenar y dividir, resultando el legislador también dividido”. Como consecuencia, visualiza cinco representaciones básicas del modelo femenino: la madre, la prostituta, la señora, la dama y la amante. Estas imágenes encierran, desde hace siglos, la polaridad en la que fluctúa la condición femenina: el bien y el mal, lo permitido y su interdicción (sin el reconocimiento de términos medios); también implican la concepción de lo no dicho: el papel del hombre. Siempre señor, siempre caballero, alude al ejercicio de la virtud que sólo se desestabiliza (cual descendiente de Adán) frente a las dimensiones negativas del poder femenino. Es su búsqueda existencial la expresión de una lógica ordenadora del mundo expresada como cultura ante la fuerza natural encarnada en/por la mujer. Se da pie entonces a una dicotomía cuyos correlativos, inexorablemente, van a responder a la idea del hombre como cultura, razón, superioridad, dominio; mientras la mujer ha sido relegada a la naturaleza, emoción, inferioridad y sujeción. Esta visión escindida de la humanidad prevaleció durante siglos mediante la simbología que asocia a las féminas con una fuerza natural que debe ser sometida y domesticada por la racionalidad del varón.

Ha sido ésta una rápida aproximación a las imágenes más frecuentes de la tradición que, sin embargo, no pueden ser sostenidas en un entorno signado por las contradicciones entre los usos y las realidades concretas, así como el reconocimiento de que muchos hábitos son sólo el resultado de creaciones discursivas. En este orden de ideas, las obras literarias de nuestra contemporaneidad apuestan por el cuestionamiento de los supuestos establecidos socialmente, los cuales son constantemente revisados debido a su inefectividad, incongruencia e, incluso, decadencia. Si bien es cierto, la escritura de las mujeres se ha mostrado consciente de las circunstancias vinculadas con el género desde hace tiempo, no es menos evidente que algunos escritores también se han mostrado sensibles ante esta inquietud. Obviamente, esto no nos lleva a sostener que de forma consciente y explícita todos ellos promuevan una causa profeminista, pero sí muestran en sus textos una postura que dista mucho de ser indiferente frente al tema, debido a las condiciones sociohistóricas que lo originan. Esto quiere decir que aun cuando hace décadas se discute y debate en torno a la equidad entre los sexos, la situación está lejos de ser resuelta en términos satisfactorios; en tal sentido, reaparece el tópico una y otra vez desde variados matices asociados con estrategias de construcción textual que colocan en entredicho parámetros ancestrales. Así, en el próximo apartado veremos cómo desde una novela escrita por un hombre, la masculinidad y la feminidad generan des-conciertos en la medida en que la obra se explaya en desplazamientos que desjerarquizan las relaciones de poder y los roles antiguamente atribuidos a unos y otros.

 

Imaginarios Entrecruzados: Tramas de lo Femenino y lo Masculino

La huella del bisonte (2008) es la primera novela del narrador venezolano Héctor Torres (Caracas, 1968), quien hasta la fecha se había dedicado a la creación de relatos breves. El texto responde a una estructura en cuatro partes tituladas, respectivamente, Karla, Mario, Gabriela y La huella del bisonte. La primera cuenta con ocho capítulos, la segunda con diecinueve, la tercera con diez y la última sólo tiene dos. A simple vista esta proporción inclinaría al lector a pensar que el énfasis de la narración está colocado en Mario, pero la lectura nos va descubriendo que es parte del artificio de la novela porque, desde el principio, se van alternando las historias de los tres personajes principales, quienes conforman un particular triángulo afectivo.

Karla es una jovencita quinceañera, desinhibida, jovial y ávida de experiencias que tiene una figura materna, Raquel, bastante conflictiva: inestable sentimentalmente, temperamental, inmadura y celosa de los atributos que va desarrollando su hija en la medida en que se aleja de la niñez. La figura paterna es inexistente, en cambio, se suceden las parejas de la madre, ninguna de ellas muy duradera. Luego está Mario, quien es el padre de Gaby, la mejor amiga de Karla y tercer personaje principal. Él es un padre atípico (si se alude al modelo, al deber ser, pero más bien típico si se piensa en el referente venezolano). Se ha divorciado de América, la madre de Gaby, y se ha ausentado por varios años. Vive solo en el apartamento al que las chicas llaman “la cueva”, es bastante permisivo y condescendiente, sin afectos estables de/a su edad, salvo Miguel, el dueño del bar al que acude con frecuencia. Por su parte, Gabriela se perfila como la mesurada del trío, inteligente, equilibrada y discreta; sólo hasta el final se sabe que ha estado al tanto del tinte amoroso de la relación entre su padre y Karla, aun así siempre mantiene una actitud cónsona con los atributos enunciados. Ella sí tiene una figura paterna sustituta (Alfredo Rodríguez), mas resulta bastante acartonada en su apego a las estrictas normas impuestas por la madre de Gaby en el hogar, por lo que ambos se constituyen en la antítesis de Mario, eterno adolescente, condición que se muestra en una respuesta que él da cuando se le pregunta su edad: “fifteen forever” (p. 82).

Ahora bien, en el plano narratológico destaca la combinación entre la voz del relato y los personajes, díada que se constituye en armazón del espacio ficticio. Desde el comienzo se aprecia una narración emanada desde una entidad en perspectiva externa que juega a dar infinidad de detalles sin participar nunca de los acontecimientos, en una especie de juego omnisciente, pero mientras transcurre el tiempo de la novela lo parece cada vez menos. Su grado de conocimiento podría ser más bien equisciente, en términos de Tacca (1978). El efecto logrado, nos parece, otorga una absoluta verosimilitud al espacio ficticio, porque la minuciosa narración plagada de descripciones sensibles introducirá a los lectores en la complejidad y misterios de cada ente de papel (Bustillo, 1995) exhibido permanentemente como arbitrario y ambiguo en la medida en que reta y desconcierta a los receptores textuales, quienes penetran en la intimidad de sus espacios, pensamientos y expectativas, a la par que las confrontan con sus participaciones en público. Este vaivén generará un ritmo narrativo indisociable del espacio urbano: la ciudad de Caracas con su geografía, las costumbres de sus habitantes, la percepción que éstos tienen de cuanto les rodea, en especial Mario, quien vive de ficcionalizar para la televisión las relaciones que suscita el ámbito citadino. Todo se acompasa para tramar situaciones que mantienen la atmósfera de la narración.

Lo anterior es posible porque los personajes no se organizan sobre la base de preconceptos, sino que juegan a hacerse dentro de la novela. Son sus acciones las que nos exhiben sus debilidades y fragilidades, así como su búsqueda incesante de certezas, aun cuando desde el mismo segundo capítulo se anuncie: “Como aquellos remotos parientes que enfrentaron bisontes, buscó en el cielo algo parecido a una esperanza. Pero en este cielo opaco ese gesto siempre va a resultar inútil. Incluso a pocos segundos de la palabra `Fin´” (p. 27). Esta anticipación, junto a otras que con frecuencia aparecerán en el texto, anuncian el fracaso y la frustración como salidas; sin embargo, no decrece el interés, antes bien irá en aumento con la articulación de los personajes, sus intereses y des-encuentros. Por ejemplo, en relación con Karla se nos dice: “la única debilidad que no se puede permitir una mujer es ser predecible” (p.64), si bien es cierto el relato dará evidencias de lo impredecible que puede resultar el personaje, también lo es que nuestro asombro radica en el hecho de que se trata de una jovencita y no de una mujer, por lo que estas categorías acaban afianzándose también como convenciones que no como verdades [2]. La construcción de las identidades deviene intercambio de miradas y valoraciones desde el otro, esto es, cómo el otro ve, aprecia y, por ende, trata:

En adelante, ya Karla no sería más Karla, la amiguita de su hija. En adelante, sería una mujer pequeña con los pechos más firmes que recordaba haber tocado en toda su vida. Era sólo Karla, un nombre propio aislado de cualquier referencia que atenuara todo el poder de su condición femenina (La huella del bisonte: 128).

Es el deseo de Mario el que da vida a una percepción distinta. Él “descubre” una mujer no porque ella haya cambiado, lo que ha variado es su forma de apreciarla; después del primer contacto físico en el que ella acepta las caricias masculinas, la obsesión del hombre será repetir los encuentros. Por su parte, Karla resulta desconcertante, admite las situaciones, coquetea, genera códigos (los mensajes que Mario busca con ansiedad), hasta que toma la iniciativa conducente a la primera relación sexual entre ellos (no se sabe con plena seguridad si Karla ha tenido otras, como siempre el relato sugiere, pero predomina la ambigüedad, es más, con frecuencia se tiene la idea de que el narrador, muy hábilmente, escamotea la información para crear una atmósfera con la que los lectores se vean obligados a indagar e imaginar para producir interpretaciones. Éste, a nuestro parecer, es uno de los principales valores del texto). En todo caso, más que el hecho en sí, se narra cómo es percibido por los personajes.

Ante la situación narrativa surge la interrogante: ¿En qué radica ser hombre o mujer: en la cronología o en la madurez? Según la respuesta, podría invertirse la imagen inicial de Karla-niña / Mario-hombre, y asumir que por la manera en que se comportan y buscan saciar sus expectativas, así como el modo en que fraguan sus relaciones con el entorno (juego de satisfacciones e insatisfacciones), Karla se configura como una mujer mientras que Mario en realidad es sólo un niño. Este cruce se acentúa con el personaje Gaby, quien a pesar de sus desaciertos puede ubicarse y razonar con mayor tino y sensatez que el padre. Hacia el final de la novela se puede leer:

Gabynaturaleza: espléndida e inalterable, cayendo siempre de pie, soportándolo todo y renaciendo perpetuamente. Y en otro rincón aquella herida pequeña: Karlabisonte, inalcanzable, mutando y muriendo a lo lejos. Y él, de súbito viejo y agotado, desilusionado porque la vida, la felicidad, el placer, nunca fueron lo que creyó; porque no había entendido nada y ya no tendría oportunidad de darle otra vuelta al asunto (p. 245).

La naturaleza y el bisonte asociados a los dos personajes femeninos se convierten en metáforas del misterio inaccesible que representan Karla y Gaby para Mario. Por razones diferentes y en medida distinta, ambas se muestran elusivas a la apropiación masculina. A pesar de la camaradería, al final se percibe que el escritor sólo atrapó gestos sin asir la complejidad de las motivaciones de sus interlocutoras. En cambio, ellas tienen con él actitudes condescendientes porque lo saben extraviado. A ellas les espera la vida. A él sólo le queda la nostalgia.

Cabe destacar que en la novela existe una variedad de personajes femeninos. Por un lado se encuentran Raquel y América, cuyas diferencias entre sí no evitan la construcción conflictiva de la maternidad, sino que le otorgan matices. En su antítesis, la primera se exhibe despreocupada y hasta indiferente (reclamo que en algún momento formula Karla), mientras la segunda es dominante y normativa. Las dos reflejan la inconsistencia de la noción según la cual ser madre es la realización de toda mujer. No es una actividad que pueda valorarse de forma descontextualizada, sino que depende, por encima de todo, de las circunstancias externas e internas, tal como lo sugieren ambos personajes. Es más, pareciera que este rol se encuentra profundamente afectado por los niveles de satisfacción en el plano erótico, al menos tal como lo vemos en esta novela, las madres generan ciertos vínculos de in-comunicación con las hijas a partir de su equilibrio afectivo (y económico) con una pareja y a él someten todo lo demás. Quizás por esto que parece ser un apego a referentes enraizados en hábitos añejos, Karla y Gaby se presentan como ajenas, de algún modo, al modelo al que han estado expuestas. Podría asumirse entonces que la representación de las familias disfuncionales contribuye a la aparición de los roles divergentes que tienden al distanciamiento de los patrones prefijados. No obstante, la voz narrativa no se detiene mucho en América y Raquel, sino que a partir de algunos datos las perfila más por sus ausencias constantes (de hecho, algunas de las preguntas que pueden hacerse los lectores, pero sobre todo las lectoras es qué hacen, dónde están y por qué no aparecen las madres en los momentos de conflicto de las jóvenes, quienes pasan incontables horas fuera de sus casas. América, tan formal, deja a su hija con Mario a pesar del concepto que tiene de él y Raquel ni siquiera pregunta o averigua nada).

Aparece también el grupo de compañeras del colegio que, en torno a los dos personajes principales femeninos, terminan por esbozar una gama de posibilidades que se aleja de la imagen de un inexistente “eterno femenino”. Estas mujeres “en ciernes” manejan un código al cual Mario desea tener acceso. En principio, como fuente de su trabajo creativo, después, como vía de acercamiento a Karla, sin dejar de lado su intento de comprender a Gaby (ésta, de algún modo, es un llamado de conciencia permanente para el personaje masculino, quien en cada una de sus acciones no puede dejar de pensarla hasta finalmente descubrírsele como “su perfecto viejo amor”). Pero, fundamentalmente, creemos que se trata de un intento desesperado aunque inconsciente de permanecer joven. Se llega a entender, por esta vía, la recurrencia a la canción del grupo español Mecano. La fuerza del destino se carga de acepciones: Desde el elemento cursi que daría cuenta de los raptos adolescentes de Mario, como estructurante de un referente epocal en el que se insertan los personajes y se hacen verosímiles las situaciones de la cotidianidad, hasta alcanzar la connotación de aquello que ocurre como inevitable porque la vida sigue su propio curso. Termina siendo paradójico que este escritor de guiones para la televisión sea incapaz de elaborar uno coherente para su propia vida.

En conclusión, se ha podido ver cómo las historias particulares se van entrecruzando, desmontando y entretejiendo en una trama dinámica. Mientras Karla y Gaby se enrumban hacia la madurez, Mario parece involucionar a lo largo del relato para, en los dos capítulos de la última parte, develarse en un acto de conciencia desolador en la medida en que descubre que no puede evitar el paso inexorable del tiempo. Así, se alejan todos de imágenes tradicionales: él no es (ni puede ser) el típico macho, varón seguro, exitoso (sobre todo a los cuarenta años) porque queda preso de unos anhelos irrealizables. Ellas no se corresponden con las imágenes de las niñas inocentes típicas o las jóvenes “sabelotodo” contemporáneas, mas colocan en escena esas estrategias del débil de las que se hiciera referencia en algún momento y que no son otra cosa que aparentar adecuarse a un rol para, desde allí, iniciar un recorrido propio, particular, sin guiones previos y arbitrarios que seguir. Karla utiliza su aparente fragilidad para socavar el poder (ése que, cuando era pequeña, descubrió que ostentaban los hombres), también recurre a la rebeldía para ocultarse y mostrarse cuando cree conveniente, según sus intereses de sobrevivencia. Gaby se refugia en el silencio y la prudencia, pero termina siendo tan atrevida como su amiga sólo que a su manera. Las dos exhiben lo que saben que esperan de ellas para tener la posibilidad de actuar con libertad. Quedan socavadas, en uno y otro caso, las nociones de la sumisión.

Las sinrazones de ciertos modelos quedan expuestas al no haber correspondencia entre sus constructos y espacios narrativos como la novela de Héctor Torres, en la que se apuesta al desenmascaramiento de convenciones anquilosadas en la medida en que se urden tramas que no fijan (ni siquiera intentan) creaciones inmóviles e inamovibles, sino que lúdicamente se proponen desplazamientos donde lo considerado “femenino” o “masculino” se reacomoda y rearticula en la búsqueda de opciones más verosímiles.

 

Notas

[1] Habría que señalar que estas delimitaciones y restricciones han operado con mayor énfasis sobre la mujer, reduciéndola al ámbito doméstico para controlar y regular sus acciones (pensemos en la noción de panóptico de Foucault, 1998). La conciencia acerca de la existencia de estos mecanismos y las estrategias para superar y subvertir sus constricciones se han hecho evidentes, con mayor intensidad y constancia, desde la segunda mitad del siglo XX, lo cual ha signado, de manera significativa, una orientación teórico-crítica dedicada a estudiar, de manera amplia e interdisciplinaria, el fenómeno.

[2] No puede obviarse que se elabora un guiño intertextual con el referente de la famosa Lolita, de Nabokov, reforzado por la historia de Lilita, la perturbadora amiga de Miguel; pero creemos que Karla no llega a ser esa enfant terrible o fille fatale, plenamente consciente de su atractivo sexual con el que enloquece a los hombres. Más que la veleidad del juego erótico en sí mismo, parece importarle su propia búsqueda de satisfacción, acorde con sus pensamientos, circunstancias y experiencias desde niña.

 

Referencias

Bonaparte, Héctor. (1997). Unidos o dominados. Mujeres y varones frente al sistema patriarcal. Homo Sapiens Ediciones, Rosario-Argentina.

Boscán Leal, Antonio. (2007). El feminismo como movimiento de liberación de mujeres y de varones. Ediciones del Vicerrectorado Académico. Universidad del Zulia, Maracaibo.

Bustillo, Carmen. (1995). El ente de papel: un estudio del personaje en la narrativa latinoamericana. Editorial Vadell Hermanos, Caracas.

Foucault, Michel. (1998). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. (A. Garzón del Camino, Trad.). Siglo XXI Editores, México.

Heilbrun, Carolyn. (2001). Mujeres, hombres, teorías y literatura. Un nuevo saber. Los estudios de mujeres. Nuevas direcciones (IV). (M. Navarro y C. Stimpson, Comp.). Fondo de Cultura Económica. pp.: 233-244, Buenos Aires.

La Cecla, Franco. (2005). Machos. Sin ánimo de ofender. (F. Borrajo, Trad.). Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

Tacca, Oscar. (1978). Las voces de la novela. Editorial Gredos, Madrid.

Torres, Ana Teresa. (2007). Historias del continente oscuro. Ensayos sobre la condición femenina. Editorial Alfa, Caracas.

Torres, Héctor. (2008). La huella del bisonte. Editorial Norma, Caracas.

 

Rosmar Brito Márquez: Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, donde trabaja como profesora de pre y postgrado. Es jefa del área de líneas de investigación del Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias “Doctor Hugo Obregón Muñoz”. Actualmente cursa estudios doctorales en Humanidades en la Universidad Central de Venezuela. Centra su interés en la narrativa de ficción que recrea el discurso historiográfico y la producción de autoría femenina, a cuyos temas le ha dedicado trabajos en eventos nacionales e internacionales.

 

© Rosmar Brito Márquez 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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