El mosquitero y otros cuentos

Mohamed Saladino
El Cairo, Egipto


 

   
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El bolígrafo

No soy un bolígrafo de marca, pero puedo durar muchos años. Soy viejo, muy viejo. No recuerdo cómo había entrado en la casa de los Ramones, donde me consideraban como un miembro importante de la familia. Soy una parte de la herencia de cada Ramón, que al poseerme promete cuidarme bien y llenarme de tinta, cuando esté vacío.

La primera persona que me tuvo fue Ramón I, el niño más pequeño de la familia. Con él aprendí cómo se aprendía: supe la forma de cada letra, cómo componían juntas una cosa que se llamaba palabra, cómo éstas formaban algo que se llamaba frase, y cómo un grupo de frases podía formar un texto.

Cuando ustedes sigan leyendo mi historia sabrán que mi memoria no me ayuda a recordar cómo se traslada mi propiedad de un Ramón a otro. Mi segundo dueño, Ramón II, era un hombre de negocios singular. No le gustaba cansarme mucho. Solamente me usaba cuando iba a firmar algo. Con él aprendí el valor de la palabra, ya que su firma era capaz de cambiar la vida de mucha gente: le despedía a uno de su trabajo y le daba a otro su puesto. Ramón II me enseñó la definición del poder y control.

Pasó el tiempo y me convertí en una propiedad de Ramón III, el médico más famoso de toda la época. Me utilizaba para escribir las recetas. Con él aprendí qué era el dolor y la alegría. El dolor causado por la enfermedad y la alegría que resultaba de la cura. Era una experiencia que dejó una huella grande en mi ser.

No me gusta hablar de esta etapa de mi vida, pero en todo caso les voy a contar para que conozcan toda mi historia. El siguiente dueño, Ramón IV, ocupaba un gran puesto en el Gobierno. Lo considero un político malicioso. Me esclavizaba para redactar discursos engañadores que amargaban la vida del pueblo, y para escribir informes mentirosos que cambiaban la vida de otras naciones inocentes. Con él aprendí que el mundo era malo.

Mi dueño actual, Ramón V, es una persona con la que el trabajo se convierte en un placer. Es un novelista. La definición más conveniente de este hombre es: un gran creador de personajes; hábil en atraerme para escribir y convertirme en una parte del mundo de sus novelas. Con él repito mi experiencia con los 4 Ramones que me poseyeron. Los veo vivos, de carne y hueso, en algunos personajes que crea. Veo también la vida de otra gente que no pertenece a los Ramones ni sabe escribir como ellos: los mendigos, los ladrones, las prostitutas, etc.

No sé quién será mi próximo dueño, pero sólo sé que mi historia acabará cuando no haya tinta; cuando se acaben los Ramones.

 

 
 
 
 

María

María era una joven guapa. Tenía los ojos de cielo claro, los labios de manzana, la piel de hielo y el pelo oscuro como una noche infinita sin luna ni estrellas. A María no le gustaban sus ojos, porque su hermano le dijo una vez que eran muy pequeños; sus labios porque su novio le dijo que son muy finos; su piel, porque su cuñada le dijo que si fuera morena sería más guapa; ni su pelo porque su madre creía que era corto.

´´¿Sabes, María? Tienes el cuerpo de una bailarina´´, le dijo su amiga predilecta tras su fiesta de graduación. A la joven le encantaba bailar, pero nunca había pensado convertirse en una profesional. A la chica le gustaba ser distinta, por eso decidió aprender el baile oriental. Se apuntó a un curso, compró un traje egipcio de baile y descargó música árabe para practicar en casa. Con el paso del tiempo, María se sentía una profesional. Fue a una discoteca con sus amigas y pidió que pusieran música árabe. Bailaba perfectamente al ritmo de la música, pero de repente se tropezó y se cayó. Al día siguiente, María dejó de bailar.

´´¿Sabes, María? Tienes que ser una poetisa´´, le dijo su novio cuando le había regalado dos versos el día de su cumpleaños. A María le encantaba la poesía, pero nunca pensó ser profesional. Empezó a ir a la biblioteca y pasaba muchas horas allí. Aprendió la métrica, la rima y las diferentes estructuras de estrofas. Supo las distintas tendencias poéticas a lo largo de la historia: el Renacimiento, el Barroquismo, el Romanticismo, el Surrealismo, la poesía intelectual, etc. Leyó las obras de las grandes figuras como Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez. La joven se sintió profesional. Escribió un poema y lo entregó en un concurso, pero perdió. Al día siguiente, dejó de escribir poesía.

´´¿Sabes, María? Tienes el talento de una guitarrista´´, le dijo su hermano tras escucharla tocando su nueva guitarra. A María le encantaba tocar la guitarra, pero nunca pensó ser profesional. Descargó las obras completas de grandes figuras como Paco de Lucía y otros. Aprendió las diferentes escuelas y tipos musicales del flamenco: los tangos, las alegrías, las bulerías, las rumbas, etc. La muchacha se creyó profesional. Compuso una flamenquilla, y participó en un concurso, pero cuando tocaba la guitarra ante el jurado una de las cuerdas se cortó. Al día siguiente, dejó de tocar la guitarra.

Ahora María no es joven. Tiene 40 años y todavía no sabe quién es. No sabe si es bailarina, poetisa o guitarrista.

 

El mosquitero

´´Voy a dormir con el mosquitero colgado sobre mi cama´´, gritó el niño, enfadado, a su madre. El niño estaba sentado sobre su cama grande y tapado con sábanas finas de seda. La cabecera era dorada y tenía incrustaciones de gemas, topacio, rubí y demás piedras preciosas. Su habitación era muy amplia y equipada con estatuas de caballeros, damas, aves… junto a otras maravillosas piezas artísticas.

´´¡Niño! Ya lo tengo decidido: desde hoy en adelante dormirás sin el mosquitero. Además, ya es primavera. No debes tener miedo de insectos ni nada´´, dijo su madre tiernamente.

´´Es que tú no lo entiendes. El mosquitero me protege de muchas cosas. Es mi mundo. No sabes lo que existe fuera de él. Las estatuas son fantasmas. Se mueven en mi cuarto por la noche y me dan miedo. Rodeado por el mosquitero estoy a salvo y seguro. Hay muchos peligros fuera de ella. No me dejes sin él con todos los peligros que me están esperando´´, insistió el niño cruzando sus brazos de manera infantil.

´´Mi sultanito, el mosquitero te impide mirar las cosas como se debe. Te hace ver las cosas que están fuera muy borrosas, Te hace imaginar cosas que no existen. Te protege unas veces, pero con el paso del tiempo se estropeará y se hará inútil´´, aclaró la sultana con su voz suave.

´´¿Y si un mosquito me pica?´´, cuestionó el niño.

´´Te molestará un poquito, pero después te harás inmune. Se acabó la discusión, cielo´´, respondió la madre y las doncellas se adelantaron a deshacer el mosquitero. El sultanito se puso a gritar y a llorar cuando las mujeres salieron llevándose su protección. Su madre intentó tranquilizarlo y le dio un beso en la mejilla antes de dejarlo en el cuarto.

El niño se acurrucó en la cama y se tapó todo el cuerpo con la sábana extendida sobre su cama lujosa.

Pasó una hora y el sultanito se quedaba sin dormir. De repente, el niño se atrevió a levantarse y bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, que iluminaba gran parte de su habitación, vio que no había fantasmas ni sombras maliciosas. Se acercó a una de las estatuas, que tenía forma de un pájaro grande y se detuvo por primera vez a mirar lo bella que era. Se adelantó a otra de un caballero y una dama abrazados y se enteró de lo bonita que era esta pareja.

Pasaron dos horas y el niño descubría en cada momento una belleza o una maravilla en su cuarto. El sultanito ya estaba cansado. Fue a su cama, extendió su cuerpo sobre ella, cerró sus ojos y se durmió. Esta era su primera noche sin el mosquitero.

Al día siguiente, su madre fue a buscarlo en su habitación. Notó que estaba más feliz, vivo y lleno de energía. El sultanito corrió hacia ella, le dio un beso y le dijo:

´´Yo aprendí una cosa ayer.´´

´´¿Qué aprendiste?´´, le preguntó la madre, sorprendida.

'´¡Que hay que vivir fuera del mosquitero!´´, contestó el sultán.

 

Otro mundo

Soy un mundo paralelo al suyo. Tengo una persona idéntica a usted. Tiene los mismos rasgos, la misma altura, el mismo peso y los mismos hábitos. Cada persona, que vive en su mundo, es quien controla, aunque sin querer, su ser típico que vive en mí.

Yo no me considero un mundo feliz, porque mis seres no tienen personalidad. Siempre dependen de usted y de los que le rodean. Me siento culpable y esta es mi maldición. Siempre me arrepiento por no haber enseñado a los seres que nacen en mí intentar cambiar su vida y olvidar un poco personas como usted, pero mi única consolación es que yo fui creado así. En otras palabras, simplemente es mi forma de ser.

En su mundo me llaman "espejo". Yo fui fabricado por una persona parecida a usted, y quizás por eso no me puedo separar de lo que hacen los que pertenecen a su raza.

Con vivir se aprende. Oí una vez esta frase, pero no le hice mucho caso. Recientemente me he enterado de que esta frase es pura verdad, por eso aprendí ahora que usted, y los que le rodean, son también espejos; reflejos que imitan a otras personas.

La semana pasada cambió su peinado, deseando parecerse a este actor famoso, y se convirtió en nada más que un reflejo. Un ser sin identidad. Su novia también anteayer se hizo una operación estética para tener una nariz semejante al de aquella cantante conocida, y también se convirtió en un reflejo, como usted.

Ahora me pregunto: ¿Por qué la gente en su mundo prefiere convertirse en reflejos, aunque tienen la libertad de elegir? Mis seres no son como ustedes. Son sus esclavos. Les gusta imitarlos porque es lo único que saben hacer. Nacen, viven y mueren de esta manera. ¿Usted es así? Piénselo antes de que se rompan los espejos o desaparezcan los reflejos.

 

Mohamed Salah El Din es un joven escritor y periodista egipcio. Estudió español en la Universidad de El Cairo. Fue condecorado con la Medalla de la Paz por las Naciones Unidas por su participación en UNAMID (AU-UN Mission in Darfur). Escribe sus narraciones en español y árabe.

 

© Mohamed Saldino 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero45/saladin.html